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sábado, 2 de agosto de 2025

El agresivo presidencialismo de Trump

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Al mundo no le es fácil sustraerse a los actos y palabras de Donald Trump, que es algo más que presidente de los Estados Unidos. La variedad de titulares y frentes nos hacen ser plenamente consciente que su presidencia establece nuevos límites y funciones que anteriormente no habían sido explorados.

Lo primero que el noticiario de RTVE.es nos contaba era el envío de dos submarinos nucleares hacia Rusia y la amenaza sobre el fin de la guerra en Ucrania, sobre cuyo desarrollo no ha dejado de actuar en una dirección u otra según soplaran los vientos del momento.

Como reconocen muchos, el problema con Trump no es solo lo que hace o puede hacer sino la enorme incertidumbre que genera. En un mundo que se ha convertido en "mercado", la incertidumbre es el mal que temen las corrientes de intereses que lo recorren.

Nos quedamos en lo anecdótico, como que se quede con una medalla deportiva o decir que no le molestaría ser "papa", pero lo malo está tanto en lo que hace como en lo que los demás piensan que pueda hacer. Ese es el rasgo más daño hace y por el que le temen. Nada parece que pueda fijarle límites y él se mueve en todas direcciones. El problema es que lo hace fuera del marco de su país y sus efectos llegan hasta los confines del planeta en todos los órdenes.

Me llama la atención un párrafo de Marshall McLuhan, profeta de tantas cosas, sobre lo característico de la presidencia norteamericana en su "Comprender los medios de comunicación. Las extensiones del ser humano" (1964). En el inicio de la obra, señala que

Aparte de la monarquía, la Revolución Norteamericana no tenía ninguna institución legal medieval que descartar o erradicar. Por otra parte, muchos han sostenido que la presidencia estadounidense se ha vuelto mucho más personal y monárquica de lo que pudo ser nunca ningún monarca europeo.* 

El problema con Trump no es solo que sea "más personal y monárquica", sino que a esa idea de poder "absoluto" se añade la imprevisión, por no utilizar otras expresiones más duras que pongan en cuestión su forma de funcionar. Siempre hemos sabido del "personalismo" de la figura presidencial norteamericana, pero Trump le ha dado un peligroso sentido nuevo cuando puede amenazar desde su propia percepción distorsionada del poder.

Antes de que llegara por segunda vez al poder, nos llamó la atención una respuesta que dio en 2002 a preguntas sobre su película favorita, Ciudadano Kane. Quién seleccionó a Trump para hablar de Kane sabía lo que hacía. Trump no entendía, según contestó, para qué servía el poder si no se divorciaba; el poder es precisamente lo que te permite tener lo que quieres.

Me pareció en su momento que la respuesta dejaba al descubierto la mentalidad de Trump: ¿de qué te sirve ser presidente de los Estados Unido, el país más poderoso del mundo, si no puedes conseguir lo que quieres? Y ese "lo que quieres" no tiene límites ni matices.

Hoy Trump tiene el poder absoluto y, con él, posee la "verdad" absoluta, algo que se produce cada vez que nos explica el funcionamiento del mundo que controla. El mundo según Trump es sencillo: lo bueno es obra suya; lo malo de los demás.

Dos noticias superpuestas en el diario El País nos muestran dos caras de Trump: "EE UU envía dos submarinos nucleares a zonas cercanas a Rusia" y "Trump despide a su responsable de Estadísticas Laborales por los malos datos de empleo en julio". La primera, se nos dice, responde a las palabras despectiva que el expresidente ruso, Dimitri Medvédev, le ha dedicado. Trump, que no deja de insultar a media humanidad, responde enviando submarinos nucleares con el riesgo que supone de adentrarse en un conflicto. El despido de la responsable de las estadísticas del paro norteamericano, señala, forma parte de una conspiración política que supone aportar datos negativos. No es la primera vez que aplica estos argumentos conspirativos para tapar los efectos negativos que puedan producir sus acciones.

Ambas noticias forman parte de esa mentalidad absolutista, arbitraria y sin límite que le caracteriza y que McLuhan anticipaba como posibilidad. Al no tener esos modelos autoritarios, el sistema presidencialista norteamericano se muestra en toda su crudeza y arbitrariedad.

Una de las clásicas críticas al modelo democrático hacía hincapié en el peligro de "elegir mal", de que el "pueblo" fuera víctima de los demagogos. Trump se enfrenta diariamente a los poderes de equilibrio, de la prensa a los jueces, pasando por los que se le oponen en ambos partidos, contra los que arremete a la más mínima. Lo preocupante son los "apoyos" populares que cosecha y le siguen como a un iluminado, 

Los grandes poderes económicos tienen claro qué buscan y encuentran, aunque cada vez sea más difícil tener planes con tanta variabilidad e incertidumbre. Pero ¿qué saca el pueblo? Eso es lo que está poco claro y cuando las cifras del desempleo aumentan, según Trump, es una conspiración.

Trump no ve límites a sus actuaciones. El mundo es su escenario. Presiona, amenaza, cambia de opinión constantemente. Eso no es bueno para nadie. Es lo que McLuhan supo ver como problema de la institución presidencial, que podía traer un "presidente absoluto". Había que esperar a que apareciera el peor presidente para comprobarlo.

sábado, 11 de noviembre de 2023

La batalla del móvil

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

En su Comprender los medios de comunicación (1964), el canadiense Marshall McLuhan escribió:

La descomposición de la tribu por la capacidad de leer y escribir y sus efectos traumáticos sobre el hombre tribal es el tema de un libro del psiquiatra J. C. Carothers, The African Mind in Health and Disease (Organización Mundial de la Salud, Ginebra, 1953). Gran parte de su material apareció en un artículo de la revista Psychiatry, de noviembre de 1959: «La cultura, la psiquiatría y la palabra escrita». Una vez más, es la velocidad eléctrica la que ha revelado las líneas de fuerza que, desde la tecnología occidental, operan incluso en las zonas más remotas de la sabana y del desierto. Un ejemplo de ello es el beduino montado en camello y escuchando la radio. (trad. Patrick Ducher)


Para el McLuhan profeta de los medios, ese ejemplo representan el punto en el que la tribalización vuelve a reinar tras el episodio de la individualización de la escritura. Escritura y lectura nos distancian, mientras que el mundo oral es colectivo. La electrificación, señala McLuhan, nos lleva a las tribus, representadas por ese beduino sobre su camello escuchando la radio, la nueva oralidad eléctrica.

Hoy el beduino no tendría una radio en su mano, sino un teléfono móvil con el que podría estar conectado por videoconferencia con sus colegas tribales o de cualquier parte del mundo, chatear, escuchar música, hacer fotos desde lo alto de su camello recogiendo la belleza de las puestas de sol y podría tener una aplicación para saber la posición de los animales que vigilara, entre otras muchas cosas.

El mundo del beduino ya no es solo eléctrico, como el descrito por McLuhan, sino digital y global. Todo pasa por su móvil y su móvil es el centro de su mundo. Desde allí recibe todo y desde allí emite todo.

En cierto sentido, todos somos ya ese beduino en lo alto de un camello, conectados al mundo y, a la vez, lejos de él. El móvil conecta y aísla simultáneamente. Estar conectados, además, implica una dimensión teatral. No somos más nosotros mismos, sino más el resultado de las miradas de los otros, que nos modelan con sus imposiciones. Cuantas más conexiones, más dimensiones del yo en marcha.

El teléfono móvil se ha convertido en un centro absorbente de atención que nos aísla a la vez que nos conecta. Nos aísla de todo lo que no aparase en la pantalla, escenario feroz de una guerra no declarada, una "operación especial", que diría Vladimir Putin, en nuestro cerebro.

Los psicólogos y educadores nos lo advierten. Los profesores universitarios lo padecemos como en cualquier otro nivel. Lo padecemos de dos formas. A) desde la perspectiva de los contenidos, han empleado la mayor parte de su tiempo en atender lo que el móvil les demanda, olvidando atender muchas otras cosas; sencillamente se han movido por el mundo durante unas décadas ya ignorando todo aquello que no aparece en las pantallas. Nada de Literatura, cine, etc. solo lo que el móvil les manda para tener la sensación de que están "conectados" al mundo. B) como nos explican psicólogos y economistas, el descenso de la edad de uso del móvil busca generar una adicción. Esto cambia el sentido del tiempo y se produce una incapacidad de mantener la atención, algo que constituye la queja en colegios, institutos y universidades. La atención fija se convierte en un imposible de sostener cuando el hábito es el cambio permanente, la necesidad de fijar la mira en el móvil el deseo incontrolable de verificar si se han puesto en contacto con los nosotros. He proyectado películas mientras los alumnos eran incapaces de fijar la mirada en la pantalla y esta se les iba irresistiblemente hacia sus teléfonos.

Hace unos días asistí a una comida en la que el hijo, mayor de 20 años, mantuvo todo el tiempo el teléfono bajo la mesa. Sus ojos iban del plato a la pantalla, entre bocado y bocado. No había otro movimiento; no dirigió una palabra a sus padres en toda la comida.

La guerra del móvil va a comenzar ya. Más bien se trata de una "reconquista" de un territorio, el atencional, para poder llenarlo de contenido antes de que se convierta en eso que han llamado "memoria de pez", algo que apenas dura unos segundos.

La guerra por recuperar la atención se presenta fuertemente disputada, épica. Se trata de convencer a las víctimas de que lo son, de que está perdiendo gran parte de su vida en cosas efímeras por definición, una larga cola de instantes intranscendentes.

Los libros se acumulan sobre esta cuestión. A los que viven de ella no les importan. Lo disfrazan como parte de la "nueva economía", la que se disputa nuestra atención, la que le pone precio. El problema es que su objetivo es formar adictos distraídos, gentes incapaces de separar sus ojos de esas pantallas que hoy muchos piden prohibir en los colegios. Como a todo adicto, la supresión de su materia de adicción conlleva efectos de irritación, violencia, etc.  Los padres que han dejado a sus hijos teléfonos para poder estar tranquilos mientras consultan los suyos experimentarán ahora los efectos de esos años con el móvil en la mano, ojos y mente.

Por allí han dejado de pasar libros, películas, etc. Es la conexión al momento y la negación del pasado como legado. Generaciones ligeras, cargadas solo con el presente, incapaces de conectar con la cultura. Esto es ya un hecho y la diferencia entre los que son incapaces de dejar el móvil y los que han sido educados de otra forma empieza a ser abismal. Afecta directamente a la educación y, por ello, a nuestras vidas en lo personal, lo relacional y lo cultural.

Solo beduinos en el desierto, con el móvil en las manos. No hay más. Una nueva forma de tribu, aislada y a la vez conectada a través de los móviles o dispositivos que les hacen sentir que hay algo más allá de las pantallas, un estímulo constante y adictivo a la virtualidad.

 

viernes, 13 de enero de 2023

Explotar las redes

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

"Explotar las redes". Esa es la expresión que se repite en los medios. No, no es ningún descubrimiento importante, como signos de vida extraterrestre, algo relacionado con nuestro "eslabón perdido" o algo sobre qué había antes del Big Bang; tampoco es sobre nuevas curas de enfermedades imposibles o, peor, que en España los políticos han dejado de pelearse. No. Se trata de que Shakira ha sacado una canción —en un telediario de ayer el presentador nos insistía en que escucháramos la letra con atención— en la que lanza "dardos" a su ex, un futbolista que se acaba de retirar y sobre el que existen algunas dudas económicas y organizativas, según nos han ido contando en estos últimos tiempos. Sí, todo esto, nos dicen los titulares, ha hecho "explotar las redes".

La expresión es una metáfora de algo que se me acaba de escapar por la ambigüedad que toda metáfora tiene al salirse de la enunciación directa. Pero, como ya nos advirtió, Nietzsche, fabricamos metáforas y se nos olvida que lo son. En realidad es lo que ocurre, las redes explotan y son explotadas. Son el negocio del siglo XXI. Cada vez que "explota una red", la red es explotada y alguien se beneficia de ello. En este caso, por ejemplo, la canción se convierte en beneficioso espectáculo de la condenada por evasión de impuestos. Esperemos que al menos Hacienda —que somos todos los españoles— se beneficie de este escandaloso —hay un perfume que se llama Scandal!— drama privado para multitudes al que se le ha puesto letra y música. Afortunadamente, esperemos, que al ex no le dé por cantar y que solo se le den bien los negocios y las patadas a los balones, terrenos en los que cometía alguna que otra falta.

Explotan las redes, sí, y a algunos la cabeza, pues te vas impacientando viendo noticia tras noticia del evento incendiario, que no llega la información sobre lo que ocurre en Brasil, la corrupción en el Parlamento Europeo e incluso el caso "¿qué pasa con Harry?", que combina ambos terrenos, una vez muerta la reina que, afortunadamente, no llegó a leer el otro caso que hace explotar las redes con pingües beneficios. No sé cómo hemos podido vivir sin saber que a Harry le pegaba su hermano mayor, algo que pasa en todas las familias, pero no con el mismo sentido, claro.

Confieso que la primera vez que me colaron la letra de Shakira en un telediario no entendía nada de esa letra mientras trataba de encontrar el mando y largarme a la programación infantil, que es la única que solo tiene personajes reales y no como nuestros informativos, llenos de muñecos y ficciones.

Copiándose unos a otros en su sangrienta competición por las audiencias y las redes, que son dos caras en distintas monedas, los informativos se degradan. Dejan cada vez más sitio a todos estas ficciones parlantes cuya trascendencia es nula con la excepción de sus cuentas bancarias. Pero da igual. Mientras haya "explosiones" hay "vida informativa", late el corazón de las pantallas, las de los televisores, los ordenadores y teléfonos. Y late con ritmo, con letras tontas, con indirectas directísimas que se lanzan moviendo frenéticamente las caderas.

Los medios hacen caso a las redes (están que echan chispas, que explotan, que arden, nos dicen en socorridas metáforas incendiarias) y las redes hacen caso a los medios difundiendo sus clips, retuiteando sus palabras, cargándolos de "likes" hasta rebosar.

Hemos creado una fauna específica para ser consumida a través de las redes. Los medios tradicionales (la TV, la prensa, la radio...) se han fusionado en un espacio multimediático, uno donde cabe todo, donde es más barato reproducir que producir, donde el éxito no es lo original sino la repetición inagotable, recurrente.

A nadie le preocupa los efectos mentales de todo esto... mientras dé beneficios. Tenemos parejas que se pelean y se reconcilian en dudosas historias con mediocres guionistas. ¿Es verdadera —se preguntan— su ruptura? Pero la "verdad" y lo "verdadero" ya no es lo que era antes. Aquello tan solemne de las películas de "levante la mano derecha: jura usted..." hoy no se hace sobre una Biblia, sino sobre un teléfono que lo retransmite.

Hemos tenido que crear en los propios medios formas de verificación de las noticias por la abundancia de falsas noticias, las famosas "fakes". ¿Pero qué pasa con esas otras "no noticias" multitudinarias, las que hacen "explotar las redes"? Todavía no se ha encontrado un antídoto. Tampoco se ha buscado.

La vida puede ser un buen guion o un mal guion. Decía Edgar Morin, en ese libro de memorias que ha sacado a sus cien años, que la vida es imprevisible, que está llena de azar de la cuna a la tumba. Es la confirmación de que lo que aparece cada vez más en los medios no es la "vida", sino un simulacro, como señalaba Edgar Morin. 

Hemos dejado de preguntarnos por la esencia y solo nos importa la apariencia, lo que puede ser deglutido y vomitado como en una bien organizada orgía romana. Sí, el mundo de la información está siendo consumido por el del espectáculo formando un híbrido de difícil frontera, sin posible muro trumpista que lo detenga (¡y que lo paguen ellos!), sin test ni PCR, donde saltan la valla cada día todos estos personajes y personajillos cuya esencia determina el público que explota y es explotado. ¿Qué hay más allá de las apariencias? La nada, la oscuridad, es decir, el anonimato, la plebe que mira un teléfono en el metro, en el autobús; mientras pasea a los niños, que baja las escaleras mecánicas con su smartphone, que se pasa de estación en un despiste; en parejas que ya no se miran a los ojos sino que miran sus pantallas, seres de pulgares degastados y ojos irritados.

El problema es que todo esto educa y mal educa. Se ha convertido en una generación crecida en un agujero que se traga todo y lo devuelve convertido en colorines, dramas y pitorreo. Son tonterías elevadas a la máxima categoría, la de un titular al inicio de un telediario en la hora de máxima audiencia. 

Pero la celebridad estelar es dura y requiere un intenso trabajo, ya que puedes ser desplazado por alguien con letras de canciones con doble sentido, una nariz nueva o un embarazo inesperado seguido de un parto feliz. Estos seres viven y sufren delante de la pantalla, que no es el espejo del alma, sino aquello que da sentido a su guion y a su cuenta corriente, si hay suerte. Es el mundo que prefiere el "mundanal ruido", que escribía el poeta; un mundo al que el silencio agobia, deprime y destruye. ¡Vade retro!

Entre todo esto, asfixiados por el olor —que afortunadamente las cámaras todavía no captan— quedan algunos buenos periodistas que ven cómo se recorta su tiempo, el de su reportajes, el de su análisis, para poder meter más canción que haga explotar las redes. Mi admiración y condolencias para ellos. Sé lo que sufren.

Ya no se da la información que necesitan, sino la que quieren, un cambio que afecta en forma de descenso hacia la trivialidad. Antes los buenos profesionales, los medios con profesionalidad, era capaces de seleccionar qué era lo básico que un lector o un espectador debía saber para estar eso que se llamaba "bien informado". Hoy eso se ha perdido y la información importante se esconde detrás de cosas triviales, sin trascendencia alguna o, peor, de cosas triviales que se han vuelto transcendentales para millones de personas.

Veo con intensa emoción como Tamara F. se va a casar en el mismo castillo que sirve de escenario a una serie de televisión que se estrena y se presume exitosa. Es la búsqueda del refuerzo, el escándalo o la gloria de unos sirve de alimento a los otros y viceversa. ¡Qué mayor fusión de fantasía y pseudo realidad que compartir en tu mente recalentada los episodios de la serie mientras derramas lagrimitas sentidas por la boda! ¡Qué mayor emoción que acordarte de la boda cuando veas la serie!

A la intensa emoción de la canción polémica cuya letra no nos podemos perder, se le suma ahora la polémica si es un plagio o no. ¡Plagio en esta época seriada, multiplicada, traducida! ¿Hay algo auténtico? ¿Estaba en el guion o no? Si es plagio, le han dado nueva vida al plagiado, pues seremos arrastrados para resolver si lo es no no? Así este esta nueva vida que explota en todas las dimensiones de la palabra, de explosiva a explotadora.


¡Cuánta razón tenía MacLuhan cuando nos percibía como pueblerinos en la "aldea global"! Paletos globales dispuestos a exclamar ¡cuánta agua! ante la vista del mar informativo. Robinson y Viernes chateando cada uno desde su rinconcito en la isla en mitad de la nada. ¡Y la nave va!

 

martes, 4 de octubre de 2022

El ocaso del libro

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Los libros se amontonan sobre la mesita en el pasillo. Son el resultado de la limpieza de los despachos de los que se jubilan o de los que han fallecido y los siguientes ocupantes consideran poco útiles. Te llaman: "estoy vaciando el despacho; pásate por aquí a ver si te interesa algo". Vas y vuelves cargado de libros. Son el resultado de años de trabajo, libros acumulados en el día a día de las investigaciones.

El hecho más dramático es el rechazo de las bibliotecas. No quieren libros. No tienen espacio, les resulta incómodo tener que moverlos, para lo que necesitan más personal, algo que, como en otros campos, no tienen.

Veo cómo se acumulan a la espera de que alguien se fije en ellos. Algunos desaparecen pronto. Otros, en cambio, siguen allí a la espera de que alguien se los lleve y les dé un destino mejor que el acabar reciclados algún día. Una vez a la semana viene un trapero que se lleva todo el papel que haya: trabajos encargados a los alumnos, viejos ejemplares de tesis o de trabajos de graduación. Se los lleva con el compromiso de destruirlos.

Hace años podías llevar libros a clase y repartirlos a los alumnos. Pero el nivel de lectura ha descendido tanto que no leen mucho más allá de lo que el teléfono les permite. Algún documento en formato pdf todo lo más. Lo que puedan leer en las tablets y los ordenadores portátiles.

Me cuenta una profesora que se ha hecho cargo de dos trasteros llenos de libros. Son la acumulación de libros de un estudiante extranjero que estuvo aquí unos años para realizar su tesis doctoral. Regresó a su país y no se pudo llevar los libros que había ido almacenando en su investigación. Aquí quedaron, a la espera de que alguien se ocupara de ellos.

Nadie quiere los libros. Suena demasiado material, como si fuera una cuestión de espacio, que también lo es. Pero este problema espacial no debe ocultar lo que hay detrás: un brutal descenso de la lectura, algo que abarca ya a dos generaciones. Estamos en otro mundo, no es el de los libros y la lectura.

Los hábitos de lectura se han modificado profundamente en la Sociedad de la Información. La entrada de las video llamadas por la pandemia ha permitido comprobar que apenas se veían bibliotecas, algo que llegó a ser un bien preciado durante generaciones anteriores. Las bibliotecas familiares han ido desapareciendo y con ellas el amor por los libros, una expresión que hoy nos resulta cursi, irreal, fantasmagórica.

Se mantiene algo en los niños por una cuestión de las ilustraciones, colores y tamaño. Después llega el teléfono y todo desaparece, Entre en el transporte público y lo entenderá en pocos segundos. El número de personas que leen libros es mínimo. El teléfono absorbe la atención de todos durante los trayectos. La gente camina con el teléfono en la mano; camina viendo series de televisión o simplemente a la espera de que le llegue algún mensaje.

No tenemos ningún Marshall McLuhan a la vista que nos diga cómo el teléfono, el medio, es ahora otro mensaje. Tampoco que nos explique cómo está afectando a nuestra forma de consumir información y de modelar las mentes primero y la sociedad después. No hay nadie que nos explique cómo el medio actúa como filtro condicionando la recepción, lectura y la interpretación.

Pero aunque carezcamos de las investigaciones y las explicaciones, no podemos negar los efectos, fácilmente observables: una profunda incultura que nace del desprecio a todo lo que provenga del "pasado" en una sociedad que solo valora la inmediatez. En este entorno solo tiene sentido la trivialidad, cuyo consumo está garantizado en una nueva forma de hedonismo informativo. Los avances en la configuración de la opinión, la creación de perfiles personalizados, etc. han construido un sociedad mediática en la que se nos suministra aquello que nos satisface. Los buscadores nos tientan con los recursos que han aprendido de nuestras acciones. Es el reino de la seducción, no del esfuerzo.

Basta echar un vistazo a lo que los medios nos ofrecen para comprobar ese ascenso generalizado de la trivialidad, que busca formas gratificantes de transformación para evitarnos cualquier tipo de esfuerzo. La transformación de las obras del pasado en "novelas gráficas", por ejemplo, alcanza ya a la Filosofía o la Ciencia, que necesita de lenguajes accesibles para intentar llegar a unas audiencias que se han acomodado a los nuevos medios. La incapacidad de llegar a la concentración que el libro requiere, la ilegibilidad por la pérdida o empobrecimiento del lenguaje (algo que saben bien maestros, profesores y editores), etc. hace que el texto se disocie y se transforme en fórmulas que permitan acceder a las nuevas "versiones". Se mantiene el soporte (es mejor en el formato del libro), pero se recurre a otros lenguajes más asequibles por los nuevos "consumidores".

La proliferación de películas y novelas sobre los propios libros, es un síntoma claro, de la misma forma que la idealización romántica del campesino era el síntoma evidente de la llegada de la era industrial. Hoy hay lectores mitificados como parte de universos en los que los libros son ya algo misterioso y no un elemento de la vida cotidiana. Es el canto del cisne.

Hoy comprendemos que la Sociedad del Libro no es la Sociedad de la Información. El libro posibilitó la transmisión de lo valioso, del legado, y permitió crear a su alrededor todo un universo cultural a través del que se canalizaba. Hoy el centro es otro y deja fuera gran parte del legado, un concepto incompatible con el consumo constante de información volátil que requiere toda la atención disponible. Los teóricos hablan de una "economía de la atención", de la disputa competitiva, de auténtico mercado, por conseguir que nos fijemos, primero, y que nos enganchemos después a la tendencia que se nos ofrece, una línea a la que colgarnos.

Se está creando una enorme y cada vez más ancha franja cultural, la que separa ambos mundos. ¿Es el libro y lo que lleva una causa perdida? Me temo que sí. Aquellos que deberían situarlo en el centro, no como objeto fetiche, sino como portador de una cultura previa, fallan empujados hacia las normas del mercado de la información, que no es el de la cultura necesariamente. Los estamentos, como las universidades y el sistema educativo, ya no lucha por la cultura y se contenta con ofrecer lo que tiene más atractivo para el que es incapaz de saber lo que le falta. El objetivo de la conversión en expertos, es decir, en centrarse en una determinada línea, ya sea investigadora o laboral, evita que tengamos una visión más amplia del mundo, que es lo que trata de hacer la cultura. Pero eso no interesa ya a nadie, empezando por las propias autoridades educativas que buscan formas de reducir la complejidad a esquemas más fáciles que les eviten problemas.

Con la desaparición de las bibliotecas familiares desaparece la familiaridad con el libro y con lo que representa, un legado. Los mecanismos de producción editorial, igualmente, han aceptado las transformaciones sociales y las secundan. ¿Por qué luchar por una sociedad más culta, por dar salida a lo mejor, antiguo y moderno, cuando se trata solo de vender? Hay románticos empeños en editar clásicos sin royalties, editoriales pequeñas que satisfacen la demanda de libros, especialmente, decimonónicos, que es cuando se gestó la novela moderna. Algo es algo.

Tras la desaparición de la biblioteca familiar desaparece la estudiantil, la que uno se hacía durante los estudios. Se trabaja con artículo, fotocopias y pdf ante la resistencia a la lectura. Todo ello desintegra la idea de unidad que el libro ofrecía y nos condena al fragmento.

La resistencia de las bibliotecas a tener más libros es otro factor de presión. Si vamos a las salas de lectura nos encontraremos que la gran mayoría están leyendo sus ordenadores.

Tampoco ha prosperado mucho la idea del ebook. Es la gente mayor la que más los usa por motivos evidentes de falta de espacio y por la alta disponibilidad de clásicos gratuitos en la red. Los que no quieren leer "lo último", entretienen su tiempo con los ebooks con sus ejemplares descargados. La posibilidad de ampliar la letra en los dispositivos es otro factor que ayuda a su implantación entre los mayores. Consideran rentable la inversión en la compra.

El libro es un dispositivo de lectura, una forma de almacenar información. Tiene una gran duración y no necesita de otra energía que la de su lector para extraer los contenidos. Es simple, un gran invento que cambió la historia de la Humanidad. Hoy lo vemos como una molestia, algo a lo que hay que limpiar el polvo o mover cuando uno se traslada o jubila. La estabilidad del soporte daba estabilidad a la información que llevaba, que no se "borraba" tras leerse.

El libro y la lectura representaron durante mucho tiempo una forma de construcción de la identidad y de la individualidad. La imagen del lector y de las lectoras en soledad, concentrados en su lectura, es hoy peligrosa en un mundo de conexión permanente, de sociabilidad virtual en la que abandonar el grupo se percibe como un drama personal y social. Estamos en la era de la conexión permanente y de la información efímera. Nadie busca la soledad ni la presión mediática le permite aislarse.

Veo los libros amontonados esperando que alguien los considere interesantes y se lleve alguno. Pero mayor es la tristeza que provoca el desprecio cultural que supone, la cancelación del legado, un abismo cultural. Hoy solo consumimos lo que producimos o lo que producimos es para ser consumido. No hay un ideal formativo claro, solo un enorme pragmatismo utilitarista. ¿Para qué te sirve leer ese libro? De la respuesta dada dependen muchas cosas. 


domingo, 24 de enero de 2021

De parecidos y guantes o sobre la crisis de los medios

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)




Llevo varios días resistiéndome, pero creo que se debe decir. Uno de los momentos más vergonzosos que me han hecho pasar los programas televisivos ha sido  la sorprendente "noticia" del "asombroso parecido" de una doctora transexual Rachel Levina, recientemente nombrada para la administración Biden, con la mitad de un conocido dúo cómico. Tras anunciar el nombramiento de una mujer transexual y mostrar su rostro, la imagen se completaba con el retrato del humorista para gastar bromas. No se profundizó en el hecho importante, sino que se le llevó a la broma y al ridículo. Pronto una riada de medios repetían la broma inicial. ¿Cómo iban a dejar pasar lo ocasión de repetir una gracia trivial?

Muchas veces te da vergüenza lo que ves y escuchas, pero creo que esta vez superó los niveles primero de vergüenza y después de indignación. ¿En qué están cayendo los medios, qué extraño juego caen o en qué desorientación se encuentran?

Los medios españoles sufren una profunda crisis que afecta tanto a su función como a sus prácticas, a su sentido de cuál es su función social y a los efectos sobre el público. Sé que decir los "medios españoles" es arriesgado porque hay muchas diferencias —afortunadamente— entre unos y otros, tanto por sectores (prensa escrita, audiovisuales, radio, digitales) como por las cabeceras. Hay, incluso, enormes diferencias dentro de cada medio, con buenos profesionales, gente que se deja la piel y que son los primeros probablemente en sentirse avergonzados por cosas que sus propios medios publican.




Aquí citamos cada día textos de medios que, entendemos, cumplen su labor informándonos de qué ocurre en el mundo y esforzándose por hacerlo bien. Pero también es cierto que, especialmente, en el campo de la televisión se está produciendo un cierto contagio de maneras de conseguir audiencias que están batiendo sus propios récords de ordinariez, trivialidad y despropósito.

Mientras algunos países, como acabamos de ver en los Estados Unidos, la prensa ha tenido un papel fundamental para combatir el avance de las falsedades para salvar el orden democrático, el panorama español es diferente y se ve arrastrado en su conjunto por una forma de considerar los medios y su función muy distintas.

Hasta hace unos años, el espacio de los informativos en las televisiones tenía una clara distinción del resto de la programación. Era la forma clara de decir que mientras las demás horas de programación podían responder a intereses de diverso tipo, como los comerciales, por ejemplo, y se podían emplear muchos estilos comunicativos, los informativos eran el espacio de la seriedad y sobre todo del servicio al público. Los periodistas eran periodistas y los criterios de organizar la información tenían un objetivo claro: la mejor información posible para los espectadores, a los que se respetaba en su acto de confiar para informase en un canal u otro.



Desde hace años esto ha dejado de ocurrir, la barreras en muchos programas se han rebajado y se permite el acceso de la publicidad, propia o ajena. Hace unos años, los profesionales habrían considerado inaceptable dedicarse a la publicidad en el seno del mismo programa, como se puede ver en la actualidad en varias de las cadenas. Ya sea para anunciar en el tiempo de informativos lo que se estrena esa noche en la cadena o, como en otras, insertar comerciales realizados por el mismo presentador. Pero esto es solo el comienzo.

Más preocupantes son las rupturas provocadas por las noticias intrascendentes, triviales, que permiten el chiste o la gracia. El informativo no se hace ya para contarnos el mundo y sus sucesos, sino para tratar de retenernos ante la pantalla de cualquier forma.

No es "lo que ocurre" lo que tiene preferencia para ofrecerse, sino aquello que pueda interesar, dándole a este término un sentido de mera atracción y en función de la capacidad de hacer que los espectadores tengan un sentido más completo de mundo en el que viven. Esto afecta a la forma de contarlo, que debe tratar de ser impactante,  morbosa o simpática, según los casos.



Muchas de las cosas que se nos ofrecen no son "noticias", pero se dispone de un oportuno vídeo sacado de las redes sociales que lo eleva a la categoría de "noticia". La excusa, claro está, es siempre su carácter "viral". Lo que se hace "viral" merece llegar a las pantallas de los informativos simplemente porque la gente lo ha hecho circular y eso es tanto justificación como garantía. Hay profesionales cuya tarea es rastrear vídeos curiosos que se nos introducen en las noticias con la misma naturalidad que cualquier suceso. Hay vídeo, hay noticia.

Un ejemplo claro nos lo ha ofrecido la prensa norteamericana y se ha hecho eco la española, con los guantes del senador Bernie Sanders en la toma de posesión de Joe Biden. Los miles de memes producidos lo han elevado a un acto tan importante como la toma de posesión. La vestimenta desenfadada de Sanders ha recorrido el mundo abriéndose paso seguramente dejando fuera otros aspectos importantes de la actualidad. Pero este ya no es el criterio sin la capacidad en entretener.




Hace años se acuñó el término "infotainment" para explicar la mezcla entre información y entretenimiento. Era el primer paso en este cambio de orientación, pero que va a más y, sobre todo, tiene consecuencias.

Los medios tradicionales están en crisis desde hace tiempo. No es una novedad. La televisión está en medio, ya que los nuevos medios son audiovisuales. Si la escritura se ajusta a la longitud del tuit, los audiovisuales se han ajustado a las longitudes en segundos permitidas por las diversas redes sociales, que a su vez establece la medida interna del tiempo estándar.

Nuestras medidas de los estándares temporales en muchos campos (incluida la educación) se han ido reduciendo. Lo que antes podíamos leer, ahora se nos hace largo, por lo que se recorta. Lo que antes veíamos o escuchábamos se ajusta ahora a las nuevas medidas de los vídeos y a las dificultades de concentración, comprensión y atención, algo de lo que se nos avisa constantemente desde muchos campos, pero lo ignoramos. Son demasiados los intereses en este mundo aparentemente desenfadado e informal; mucho el dinero que se mueve.




En mundo de la información forma un sistema donde todo interactúa. Lo hace además en interacción con sectores esenciales, como el educativo. Como personas, formamos parte de un espacio en el que estamos constantemente recibiendo y ahora produciendo información. Cualquier acontecimiento se vuele poliédrico gracias a las múltiples miradas que exploran el mundo, ya sea de forma voluntaria (teléfonos, cámaras) o involuntarias (cámaras callejera, de seguridad, tráfico...).

Hemos producido una sociedad mirona, por un lado, y con afán de protagonismo: mirar y ser mirados. Eso genera un tráfico del que se benefician los que poseen el campo de juego y fijan las reglas del movimiento. Lo que hemos contemplado estos días, las grandes compañías controlando o cerrado las cuentas del presidente de los Estados Unidos parecía más de una distopía invertida que de la realidad. Pero así ha sido y así siguen con una cadena que pronto será interminable: el líder supremo de Irán, autoridades chinas...

¿Cómo tratar este mundo saturado de información y cada día más alejado de los comunes mortales, narcotizados por imágenes triviales, buscadores de impactos, de emociones visuales, ya sean propia o ajenas? La herramientas se multiplican con nuevas aplicaciones que arrastran millones y que deforman con su peso el espacio mediático, que se curva y pliega antes el impacto innegable sobre millones.

Los informativos, los periódicos, etc. recurren cada vez más al propio mundo virtual más que al real. No muestran lo que las redes mueven y dejan de moverse por la realidad. Es más barato y eficaz encontrar el parecido entre una persona nombrada para la administración Biden y un cómico que investigar sobre los nombramientos y dar información valiosa sobre la primera persona transexual en la administración norteamericana. Es más barato coger un programa asiático de humor y hacer comentarios racistas "chistosos" ridiculizándolos que hacer un programa original. Cada vez proliferan más los "enfoques divertidos", los comentaristas chistosos.

Los medios tienen que competir con "influencers", con  "YouTubers", con ingeniosos que logran el objetivo supremo: atraer la atención. Ya no hay otro. La información es la excusa no el objetivo. ¿Cómo competir en la atracción de personas cada vez más triviales, menos interesadas en la profundidad de las cosas, sino solo es su trivialidad ingeniosa, en algo que retuitear? ¿Cómo compite la palabra con el meme, el logos con la copia?




Los informativos, de forma voluntaria u obligada, llenan sus espacios de los dos elementos que se comen la información sobre el mundo: la información meteorológica y el deporte, otro elemento sobredimensionado. ¿Se ha molestado alguien en establecer las diferencias entre las grandes cadenas informativas internacionales respecto al tiempo que dedica a ambos espacios? ¿Cuánto le dedicamos a cada ámbito? Los minutos que la BBC le dedica al tiempo meteorológico del mundo es el que empleamos nosotros para una sola autonomía. Nuestra "economía del desplazamiento" (movernos para generar gasto) hace que se le dedique este tiempo excesivo cuando se ignoran importantes cuestiones de la actualidad. Pero qué sea importante ya no lo deciden los profesionales, sino la gente cada vez peor informada sobre el propio mundo; son las cifras de la audiencia las que marcan de qué hablar, cuánto tiempo dedicarle, etc. Es un círculo vicioso.

La atención dedicada estos días a los "YouTubers" escapados a Andorra para pagar menos impuestos ha tenido que ser de un tanto desmoralizante para aquellos que tratan de informar profesionalmente y con profesionalidad. Estos jóvenes millonarios gracias a su ingenio, convertidos en héroes de la sociedad de la información, en emprendedores del ingenio, comunicadores sin barreras ni restricciones, acaban marcando las tendencias. Su éxito social es un síntoma más de cómo funciona la pecera en la que nos movemos cada día.

Hay una gran crisis mundial de la Información. El problema son sus consecuencias. Lo estamos viendo cada día. El ejemplo de la responsabilidad asumida por algunos medios en los Estados Unidos para enfrentarse al mundo de las fake news, de los reenvíos de tuits incendiarios, de los medios alternativos dedicados a la desinformación, hasta de los robots dedicados a la reescritura de tuits o noticias... solo se puede resolver mediante más y mejor información. Pero el gran problema es que la buena información solo se aprecia por parte de aquellos que desean estar bien informados. Y es este número el que decrece por la exposición continua a estos sucedáneos de información con los que somos bombardeados, que cread además, adicción informativa.




Los medios necesitan reorganizarse y reorientarse hacia un fin claro. Tienen todo en contra, desde el cambio de lo que se llama "modelo de negocio" hasta la competencia por la atención. Hace tiempo que la atención es estudiada desde múltiples ángulos, personales y colectivos, psicológicos y sociales. En ella está la clave del nuevo modelo económico.

La atomización de los medios en el ciberespacio de las redes resta eficacia; las "masas" ya no son los que eran. El papel vertebrador y orientador de los medios tradicionales agrupando audiencias se ha reducido ante la competencia de los nuevos medios, más absorbentes de la atención, más narcóticos, en términos de Marshall McLuhan, cuya importancia va creciendo conforme se desarrolla esta etapa narcisista en la que vivimos.

¿No es desmoralizante para un profesional que invierte tiempo y recursos en hacer una buena información comprobar que un vídeo sacado de las redes sociales tiene más lecturas que aquello que sabe que tiene interés? Más allá de la desmoralización, esto tiene un impacto fuerte dentro de una concepción economicista de la información. Su contrato depende del gancho, de la capacidad de atraer "visitas", de mantener la audiencia ante una pantalla o del número de visitas de su información.

Muchos medios importantes investigan sobre los efectos de la titulación para atraer a sus lectores. Unos titulares morbosos, intrigantes, etc. van a la contra de la práctica leal de que la información sea clara y los lectores sepan qué se van a encontrar. Sin embargo, eso no importa, solo el clic que te ha llevado hasta allí y que se contabilizará.

Son muchos factores, pero todos van en la misma dirección, la pérdida de tensión informativa, la creación de una realidad artificial de la que se informa en detrimento de la profundización en los acontecimientos reales. Pero estos ¿a quién le importan?



Cuando te enfrentas a un problema político de primer orden, como ha ocurrido en los Estados Unidos; cuando tienes que elevar la "verdad", una especie en extinción,  al centro de tu discurso, deberíamos comprender la importancia de tener un sano espacio informativo. Las democracias son espacios de decisión y por ello la calidad de la información es esencial. Para que esta se produzca hacen falta dos requisitos, profesionales bien formados y comprometidos, por un lado; por otro, algo cada día más difícil, una sociedad más consciente de sí misma, de sus problemas y necesidades, con capacidad crítica e interés en el mundo real.

La prensa surgió en el mundo en el siglo XVIII cuando el mundo se empezó a relacionar y cuando empezó a tomar el destino en sus manos creando algo llamado "opinión pública", que debía estar informada para tomar las decisiones que se habían alejado de los poderes absolutos, que no necesitan más que la obediencia.

Recibimos mucha información, pero estamos mal informados. Unas veces por los medios, que desatienden su función básica y se muestran como un negocio más o tratan de sobrevivir. Otras veces por la falta de interés en un mundo del que solo se ven las excentricidades, del que solo interesa lo insólito, que muchas veces se fabrica expresamente para ser consumido, para llenar programaciones y bolsillos. Me viene a la mente la imagen de una hoja en el aire, sin dejar de caer, sin llegar al suelo, movida por las corrientes de todos estos chorros informativos que nos mueven.




No voy a decir que la información que citábamos al principio sea una línea roja. Aquí cada día se pintan y repintan en un mundo posibilista y cuyas normas de modifican. Pero sí creo que cuanto peor sea nuestro sistema informativo, cuanto más nos coma esta fascinante trivialidad, más se deformará nuestra vida. Los medios son la tubería por la que tratan de llegar a nosotros. Por ellas pasa la actualidad filtrada, los políticos astutos que saben plegarse a estos modelos (Trump y sus tuits), los partidos con sus gabinetes de comunicación, las empresas con sus estrategias de penetración en los mercados... Todo es hoy comunicación. En este espacio de falsa naturalidad, donde todo está pensado al milímetro, donde el Big Data nos revela en nuestra trivialidad cotidiana, recibimos aquello que se nos asigna, lo que nos toca, lo que decide el algoritmo. Los múltiples desafíos que tenemos por delante necesitan que estemos bien informados; los que nos quieren sumisos, lo contrario.

Me imagino que a quien se le ocurrió la pieza del parecido habrá sido felicitado por haber conseguido el "minuto de oro", el momento de máxima audiencia, que la información se haya retuiteado hasta el infinito para mayor gloria de la nada, que nos espera sonriente. Todo se basaba, parece ser, en una estrategia causal de promoción del nuevo programa de los humoristas en la cadena. A alguien se le ocurrió la idea del "parecido" y les ha funcionado. La importancia histórica del nombramiento de Biden ha quedado difuminada por un mal chiste promocional. La BBC en español hablaba de los guantes de Bernie Sanders como uno de los "momentos notables" de la toma de posesión de Biden. Saben distinguir cuando se dirigen a sus audiencias británicas y cuando lo hacen en español, esencialmente hacia América Latina.

Este es el diseño mediático del futuro, la nimiedad convertida en tendencia. ¿Los efectos? Puede que incalculables pero camuflados por lo cotidiano. En aquellas sociedades en las que la educación falla, también lo hace la información, pues son los mismos receptores. Cuanto menor es el nivel social, más condenados estamos a consumir información basura. Es una interacción que hace que se rechace lo "difíci" y nos lancemos de cabeza al cenagal de este tipo de informaciones, cada vez más atractivas para el que se va vaciando de sentido junto con el mundo que le rodea que queda reducido a espectáculo intrascendente en el que solo se aspira a salir del aburrimiento existencial, al lento pasar de los días esperando el próximo chiste, la próxima gracia.