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jueves, 15 de septiembre de 2022

La mascarilla electoralista

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Parece que después de todo este tiempo seguimos con ciertas dudas sobre los usos de las mascarillas y de la situación general. Hace tiempo que dijimos que en España (no significa que solo aquí), el enemigo no era el coronavirus sino la mascarilla. Lo peor, a tenor de lo visto ayer, es que al igual que se jugó con las vacunas como éxito político (se manó a Salvador Illa a las elecciones catalanas), ahora algunos quieren apuntarse el "éxito político" del cese de las mascarillas.

En RTVE.es una pieza nos dice que los "expertos" siguen divididos (es lo suyo, afortunadamente). Si antes fueron sobre el uso en los ascensores, ahora es el transporte público el que está en el punto de mira. No deja de ser un tanto deprimente que después de tantos muertos y tantos casos, sigamos jugando con estas cosas, en este debate por ver quién se lleva la mascarilla al agua, por decirlo así.

Como usuario diario del transporte público, tren y metro, me siento más seguro con mi mascarilla y con que los otros la lleven. Hemos pasado de  mirar mal al que no la lleva a mirar mal al que la lleva. En el transporte de Madrid es obligatorio, pero ya tenemos a muchos desafiantes que muestran su indiferencia ante lo que les repiten los altavoces. Ellos son ellos y los demás son parte del paisaje.

En la noticia de RTVE.es escuchamos dos cosas muy sensatas a cargo del catedrático de Inmunología de la Universidad de Valladolid, Alfredo Correll. La primera es que la gente no entiende que tenga que llevar la mascarilla en el metro y luego estar en un concierto con 50.000 personas que no se las ponen. Y en segundo lugar, una advertencia: cuanto más reduzcamos las medidas que han funcionado más subirán los contagios que antes habían descendido.

Este último punto es esencial. El primero no es más que una cuestión sobre la mala comunicación y el fenómeno del autoengaño, que nos hace entender como nos convenga. Pero el segundo caso es una cuestión puramente lógica y mecánica. Es lo que ha causado nuestras oleadas específicas del virus. Cuando la cosa iba bien, nos desmadrábamos (fiestas, vacaciones, viajes, celebraciones, etc.) formándonos nuevos picos que ascendían en función de la medidas que retirábamos. Creo que esto es muy evidente. Como señala Correll, la pandemia no ha terminado. La tenemos controlada gracias a las medidas que hemos respetado y sobre todo a la retorcida idea de muchos de vacunarse para poder salir de marcha con más garantías. Unos se vacunaron por unos motivos de prevención de la salud; otros lo han hecho como prevención de la actividad, es decir, no dejar de hacer lo que les apetece y le apetece a los sectores del ocio en cualquiera de sus modalidades, la columna vertebral de este país cañero.


Lo más interesante es que aquella ministra, Carolina Darias, la que dio la bienvenida a la radiante sonrisa anunciando la retirada de las mascarillas, es hoy la que dice otra cosa. En RTVE.es señala: "Será cuando tengamos una propuesta de las personas expertas que asesoran tanto al Gobierno como a las comunidades cuando estaremos en disposición de valorar tal medida". La medida es la retirada de la mascarilla del transporte público. Hoy es obligatorio usarla, nos dicen, en farmacias, centros sanitarios, residencias de mayores y en el transporte público.

Desde la política se juega con las posibles opciones, convirtiéndose unos en sus defensores y otros en sus detractores. Si uno dice blanco, el otro dirá negro y cambiarán sus opciones sin pudor. Es cierto que tampoco es bueno en enrocarse en posiciones, pero los políticos se muestran incapaces de ponerse de acuerdo en estas medidas sanitarias, que deberían ser poco ideológicas, pero lo cierto es son otra cosa, electoralistas. El gobierno no quiere que le estalle un nuevo pico en periodos preelectorales y ya todos están pensando en el final de la legislatura. Apuntarse que fueron ellos, los que sean, quienes liberaron a los españoles de la tirana máscara da unos cuantos votos. Unos dirán que han salvado vidas, otros que nos han devuelto a la buena vida, que es otra cosa. Lo cierto es que solo los vivos votan (aunque Gogol nos mostró que no siempre es así en Las almas muertas y ahora tenemos la Rusia que tenemos). Pero si se dispararan los contagios, frente a las buenas cifras actuales, alguien pagaría electoralmente por ello.

También en RTVE.es la noticia estrella en estos momentos nos dice en su titular: «Un informe de expertos atribuye a los errores en la gestión de los gobiernos "millones de muertes evitables" por la COVID"». Y nadie se da por aludido, claro. Muchos son muertes debidas a imprudencias, a excesos de confianza, hasta a la paranoia de los antivacunas o de los conspiracionistas. El informe, elaborado por 28 expertos, ha sido publicado en The Lancet y nos dicen:

Durante los dos primeros años de pandemia de COVID-19, la mayoría de los gobiernos no estaban preparados, fueron demasiado lentos en responder a la crisis y prestaron poca atención a los más vulnerables, una suma de fallos que en total ha costado un exceso de muertes, muchas "evitables".

Son conclusiones del último informe de la Comisión de The Lancet, elaborado por 28 expertos mundiales en políticas públicas, gobernanza, epidemiología, vacunación, economía, finanzas internacionales, sostenibilidad y salud mental.

La publicación del informe coincide con el anuncio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que afirma que el final de la pandemia está "a la vista".

Los expertos mundiales advierten también de que todos los esfuerzos por combatir la crisis sanitaria se vieron obstaculizados por la falta de cooperación internacional y por una "epidemia de desinformación". * 

Instan, además, a no bajar la guardia en medidas para acabar de vencer al COVID, a erradicarlo. Coincide con lo dicho por Correll. Bajar la guardia es empezar de nuevo. Por eso la dureza del documento trata de evitar que nuevas personas se añadan a esos más de 17 millones de muertos, muchos, como se nos dice "evitables".

La "epidemia de desinformación" ha sido creada por los intereses mediáticos, políticos y económicos. Los vínculos entre medios y economía y medio y política han sido y son evidentes en cuanto a la forma de promover o criticar medidas. En este sentido ha sido una fuente de conocimiento respecto a funcionamiento del sistema, de las interacciones entre sectores clave.

La pandemia ha generado muchos tipos de informaciones. Cuando podamos considerar cerrado el episodio, sería bueno hacer un listado de errores cometidos, algo difícil si están los políticos por medio. Pero necesitamos que expertos en salud e historiadores hagan análisis variados de este fenómeno, global, político, económico, cultural, etc. Hay que intentar esclarecerlo, comprender y explicarlo. Quizá nuestros análisis parciales y parcelados no nos dejen ver el bosque resultante.

En el informe de The Lancet se adelantan algunos datos, preocupantes todos ellos: 

Otra cuestión que la pandemia ha puesto en evidencia es que algunos baremos como el Índice de Seguridad Sanitaria Mundial de 2019, que situaba a Estados Unidos y a muchos países europeos entre los más fuertes por su capacidad de respuesta a las epidemias, resultaron ser malos predictores de la pandemia.

Y contra todo pronóstico, la región del Pacífico Occidental, que sufrió la epidemia de SARS en 2002, adoptó estrategias que dieron como resultado un número acumulado de 300 muertes por millón, mucho menos que en otras partes del mundo.

Por el contrario, los sistemas de salud pública de Europa y los países latinoamericanos dieron lugar a unas 4.000 muertes acumuladas por millón, la mayor cifra de todas las regiones de la OMS.* 

Lo que muestra esto es que las víctimas han sido más allí donde los intereses políticos y sobre todo económicos tenían capacidad de influir y manipular en diferentes sentidos. También es cierto que los datos de muchos otros países han sido manipulados en la contabilidad real de fallecimientos, pero eso es otra cuestión. La reprimenda a los medios de información es constante en el informe. Quizá haya que replantear también las políticas de información y su independencia y capacidad de abordar con mayor objetividad y conocimiento cierto tipo de problemas. Lo que está claro es que la pandemia no se ha tratado de una forma objetiva sino como parte que afecta a los intereses de diverso orden, como hemos señalado. La información modula y modela la forma de respuesta y esta ha tenido vías claras, las profesionales, y otras más oscuras a través de las redes sociales. No ha quedado claro a quién servía cada una, en muchos casos. Nos dicen  que la situaciones "se vieron agravadas por las campañas de desinformación en los medios de comunicación"* Más allá de las incontrolables redes, los medios tradicionales no han dado la talla. Quizá habría que plantearse el sentido de la formación especializada en los medios y su independencia. No es sencillo ni tiene fácil arreglo. Lo que está encima de la mesa es si la función de los medios es dirigir y manipular para obtener unas específicas respuestas sociales o si, por el contrario, es informar al servicio de ese ente extraño que llamamos "opinión pública", público, etc. La pregunta es sencilla, la respuesta muy compleja. 

* "Un informe de expertos atribuye a los errores en la gestión de los gobiernos "millones de muertes evitables" por la COVID" RTVE.es - Telediario 2 14/09/2022 https://www.rtve.es/play/videos/telediario-2/darias-atribuye-expertos-decision-se-mantenga-mascarilla-transporte/6692085/

sábado, 7 de mayo de 2022

¿Hacia una nueva ola para los mayores de 60?

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Si un clavo saca otro clavo, como dice el refrán, una noticia tapa otra, según una vieja ley informativa no puesta en tablas, pero de sentido común. Pero hay ciertos límites en lo que puede ser tapado, momentos en los que el agua hirviendo rebosa y salpica.

Me estoy refiriendo a nuestro "olvidado" coronavirus —¿se acuerdan?— que no solo no ha desaparecido sino que los expertos empiezan a hablar de una "séptima ola", un lenguaje popular que la gente entiende, aunque desfigura un tanto la percepción del fenómeno. Como todas las metáforas, explica y oscurece.

Pero ya ni Pegasus y otras disputas políticas españolas puede tapar lo que es un hecho. Los enjuagues contables ya no pueden frenar las cifras, que vuelven a ser más que preocupantes. Una vez más se vuelve a repetir el proceso: los discursos contra la tozuda realidad, en lo que es uno de los mayores errores comunicativos cometidos desde las administraciones.

Hay dos formas de hacer política: diciendo a la gente la verdad o diciéndole a la gente lo que quiere escuchar. Aquí no hemos dejado de repetir que se ha convertido a la mascarilla en el enemigo y no al coronavirus. La didáctica ha sido equivocada oleada tras oleada. El virus no ha hecho más que aprovechar nuestros errores. No es el virus el que provoca las olas, sino nosotros con nuestras acciones. No somos pasivos en la infección, sino negligentemente activos en nuestros contagios. Los medios se preguntan ¿por qué hay gente que no se contagia, buscando explicaciones genéticas? La explicación, en muchos casos, es mucho más sencilla: se protegen, usan el sentido común. Esto se aprecia ahora yendo a cualquier supermercado, paseando por las cafeterías o paseos: hay gente que mantiene la prevención y gente que no. Les han vendido, de una forma u otra, que pueden eliminar las mascarillas, que pueden compartir ascensores (como tratamos aquí el otro día), que pueden ir a todas partes sin riesgo. De vez en cuando, se usa la letra pequeña, que es el sentido de las "recomendaciones", del "poco probable", etc. que son formas de curarse en salud, como esas cosas que solo curan el 99% de los casos.


La pasada ola navideña es pronto ignorada. Había que salvar la "campaña de navidad", había que salvar el "ocio" en cualquiera de sus variantes. Las empresas se pueden organizar, pero el ocio vive de la concentración y nosotros vivimos de todas las formas posibles de ocio, del turismo a la discoteca. No hay salida porque estos sectores son poderosos y el gobierno tienen que vender eficacia económica, lanzar las campanas al vuelo mientras la inflación se dispara y el turismo extranjero puede retraerse si la situación empeora en Europa, azotada por los efectos de las restricciones, la inflación y la guerra. Veremos cuándo empiezan a ahorrar o a negarse a financiar a un sector, como el hostelero, que dice haber subido sus tarifas más de un 30% por ciento.

Pero el coronavirus es absolutamente indiferente a la economía, a la guerra, al entretenimiento... Solo es sensible a dos cosas, la distancia física y nuestra mayor o menor debilidad inmunológica. Es lo principal, a qué distancias nos situamos (con otros factores como la ventilación, que es una forma de establecer "distancia") y cuál es nuestro estado de salud, cómo son nuestras respuestas al virus. Conforme sea nuestro estado varían los límites de las distancias, al igual que las condiciones espaciales (lugar, ventilación, etc.)

De una forma u otra, distintos países, entre ellos España han acabado con el modelo británico que tantos desastres causó, el basado en cuantos más contagios mejor porque antes se acaba. El modelo puso de moda lo de la "inmunidad de rebaño", con un problemilla teórico y práctico importante: el virus mutaba cuanto más se extendía y somos nosotros los que lo extendemos, aspecto que siempre hay que tener en cuenta.

Entre la locura del "COVID cero" de China y el que sea lo que Dios quiera español hay muchos grados y combinaciones. Pero la vía del camuflaje contable, del decir que ya no te mueres porque estás vacunado, que el objetivo es reducir la incidencia en las UCIs, creer que solo los mayores de 60 se contagian y algunos mueren, que es lo que todos los menores de 60 quieren escuchar, choca con la dura realidad.

Hoy leemos, en Antena 3, los resultados de lo que llaman ya la "séptima ola": 

El Ministerio de Sanidad ha notificado 55.578 casos de coronavirus este viernes. España ha comenzado el mes de mayo sin restricciones tras el fin de la mascarilla en interiores y de Semana Santa y el puente de mayo.

El país registra una tasa de incidencia acumulada de 813,22 puntos en mayores de 60 años. El presidente de la Sociedad Española de Inmunología (SEI), Marcos López Hoyos, ha pedido cautela ante la situación.

La cifra de fallecidos se encuentra en 234 en los últimos siete días. La cifra global de muertos en España desde el inicio de la pandemia de coronavirus asciende a 104.869 fallecidos, según Sanidad.

 

¿Séptima ola del Covid-19?

Los datos del último balance muestran que en los últimos días, se ha producido un aumento de casos. El presidente del SEI indica que no es momento de relajarse y que es probable que "nos encontremos en la séptima ola" de la pandemia si hablamos de incidencia.

La incidencia en mayores de 60 años es una de las más altas, en comparación con otras franjas. Si se mantienen las cifras, "aumentará la presión asistencia". "Es posible que si sigue circulando el virus a este nivel tan elevado pueda haber más casos graves", explica López Hoyos.

Otros expertos también afirman que estamos cerca o en la séptima ola. Así lo indica el inmunólogo Oriol Mitjá tras dar positivo en Covid-19. El incremento de la incidencia, hospitalizaciones y muertes preocupa a los expertos.* 


Está bien que los expertos se preocupen por "el incremento de la incidencia, hospitalizaciones y muertes". Sí, no estaría mal que lo hicieran y se enteren los que no quieren aceptarlo. Pero mucho me temo que esto no es cuestión de expertos (hay expertos según cada caso, con versiones distintas). Esto es una cuestión esencialmente del comportamiento y de regulación de la convivencia. 

El problema principal es quién le pone el cascabel al gato, algo que hemos visto muy a menudo en las reuniones interterritoriales en la que ninguna ha querido ser la mala de la película, pidiendo acciones comunes que no hagan quedar mal a unos y a otros bien según regulen. Hemos visto ya esto, ¿recuerdan aquellas autonomías que tenían restricciones y que la gente cogía los coches para irse de copas a los pueblos limítrofes donde había un ambiente más "tolerante", por decirlo así?

Cualquiera puede entender que tras más de dos años, la gente puede estar harta, aburrida, enfadada... y todo lo que se les ocurra. Pero si todo eso se traduce en imprudencias, el resultado es que esto seguirá durando años.

A lo señalado anteriormente, se añade otro dato importante: nos sabemos la duración de las vacunas. Llevamos ya tres dosis muchos y dos muchos otros. Sin embargo, puede llegar una nueva variante ante la que la eficacia se reduzca y empecemos ya a tener muertes en otras franjas de edad.

La idea de la "gripalización" es mal entendida; esto no es una gripe ni el virus se comporta de la misma forma, no siendo estacional. El virus ataca todo el año y debemos estar protegidos allí donde estemos, pero si se nos cuenta lo que estamos deseando escuchar, no acabaremos nunca.

Los enjuagues contables del gobierno son una forma de camuflaje, de que no sepamos realmente cómo estamos. Solos los datos de la Sanidad de ingresos aparecen. ¿Qué ocurre con los menores de 60? ¿Qué ocurre con los infectados que ya no tienen la obligación ni de guardar cuarentena ni de comunicarlo? Con razón se dio la queja hace unos días de la OMS sobre la falta de datos de muchos países sobre el comportamiento de la pandemia.

En la calle lo podemos percibir con claridad. Mucha gente de todas las edades sigue manteniendo la mascarilla en interiores. Los empleados de las grandes superficies siguen manteniendo cara al público sus mascarillas, ya que están expuestos a estar frente a cientos de personas en sus cajas o lugares de trabajo. Las empresas, en este caso, no se pueden permitir ni bajas ni tener personas infectadas, por lo que se extreman las medidas. Así debería ser en muchos espacios. Pero nuestra dependencia de la concentración hace que desde los medios y de algunas administraciones se potencie ese olvido de lo que tenemos entre nosotros.

Hemos hablado de las luchas psicológicas en los espacios donde ponerse o quitarse la mascarilla. Con el crecimiento de los datos negativos, habrá que empezar a pensar en que esa "séptima ola", ya anunciada, llegará gracias a nuestra ligereza, la necesidad de activar nuestros negocios principales (ocio y turismo) y a los nada sutiles impulsos informativos que se nos dan desde los medios para hacernos creer en una normalidad que no es lo que debería ser.

Esto no se ha acabado. Vuelve y no como una "gripecita", como dijo Jair Bolsonaro. A nuestro favor, la gran voluntad expuesta con la vacunación. Pero esta se ha frenado ante la llegada de los incombustibles negacionistas, temerosos a males ficticios, etc. Pero queda por ver la duración de las vacunas y la resistencia real a los viejos y nuevos brotes que ya se detectan. Una noticia se abrió paso entre tanto Pegasus: unas investigaciones señalaban que las infecciones con mascarilla eran más débiles porque se exponían a una cantidad de virus menor. Frente a todas aquellas que acusan a las mascarillas de todo, era una noticia contracorriente.

Las subidas de contagios de mayores de 60 años vienen dadas por la relajación de las medidas en su entorno, donde ya no hay restricciones. Al igual que ocurrió con las residencias, los mayores de 60 años quedan más expuestos ante aquellos que, según se nos dice, tienen más débiles los síntomas, la "gripecilla". La cuestión es así de clara: si los menores de 60 no tienen obligación alguna de tomar medidas, si no tienen por qué pasar cuarentenas, etc., a los mayores de 60, los de mayor y creciente mortandad, solo les queda protegerse, aislarse y tomar sus propias medidas. ¿Podrán?


* "Sube la incidencia acumulada en mayores de 60 años y se asoma la séptima ola de coronavirus" Antena 3 06/05/2022 https://www.antena3.com/noticias/sociedad/sanidad-notifica-55578-nuevos-casos-covid19-incidencia-mayores-60-813-puntos_2022050662752aac47c5eb00019d95b3.html

jueves, 28 de abril de 2022

La OMS advierte de la falta de información sobre el COVID

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Dice el refrán que "no hay peor ciego que el que no quiere ver", un punto en el que la sabiduría popular se junta con la psicología social. La observación es más pertinente en un mundo en el que se fina constantemente los reclamos de la atención, en un mundo en el que lo que no se "ve" en los medios deja de existir. No querer ver, dejar mirar para que el problema no esté en boca de todos es un ejemplo de dirección de la opinión pública, de hacer juegos de ilusionismo haciendo desaparecer los problemas con solo dejar de hablar de ellos. Pero los problemas reales no desaparecen porque no se hable de ellos.

Euronews nos mostraba ayer la denuncia de la dirección de la OMS respecto a la desaparición de la información sobre el COVID. La noticia escrita es escueta y la pieza breve, apenas 25 segundos:

El nuevo riesgo vendría de bajar la guardia al dejar de vigilar los contagios de la Covid-19.

El director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus, instó a los gobiernos a mantener la vigilancia de las infecciones por coronavirus.

Aseguró que el mundo está "ciego" respecto a la propagación del virus porque ha disminuido el número de análisis y variantes y mutaciones del virus podrían pasar desapercibidas.*

Aquí hemos llamado la atención sobre los sucesivos ejercicios contables sobre la enfermedad, sobre la reducción de los datos y cambios de parámetros para tratar de justificar acciones que hoy mismo los expertos señalan sin pudor que "pueden haber sido precipitadas". La limitación de datos a los mayores de 60 años y la reducción de días de información para evitar que cada día aparezcan en los medios es un ejemplo paradigmático de cómo se produce eso que la OMS denuncia, el silencio.

El hecho de que la gente que esté contagiada no tenga que guardar cuarentena, que pueda incorporarse a su puesto de trabajo, donde las mascarillas han desaparecido, que se desconozca el número real de casos porque solo algunos se registran como tales, etc. Es precisamente lo que la OMS denuncia.


La mejor forma de combatir el virus no es ignorarlo, sino lo contrario, tener la mejor información sobre él, sobre las variantes, número de afectados, síntomas, secuelas etc. Pero la vía elegida por muchos países no es la de la salud, sino que la situación económica es prioritaria, máxime cuando se abre una importante crisis por la situación creada por la invasión de Ucrania.

La división de los medios en secciones es solo una ilusión clasificadora. En la realidad todo está mezclado, todo influye sobre todo en mayor o menor medida. Es el mundo real, complejo e inabarcable en sus relaciones sistémicas. Pero renunciar a la información es lo peor que se puede hacer.


Por eso, la OMS denuncia que la falta de información no ayuda a resolver nada, solo produce ceguera. Y más que eso, agrava las situaciones ante la imposibilidad de establecer acciones que detengan el virus. Difícilmente se podrán realizar acciones si se desconoce el impacto real del virus, su circulación, a quienes afecta, qué síntomas se desarrollan, etc.

La queja por la falta de información debe ser tomada muy en serio. Nos va la salud a corto, medio y largo plazo en ello, pues tratar de poder puertas al campo de la salud siempre tiene consecuencias. La ceguera y el silencio se pagan muy caros en un mundo donde tener acceso a los datos es esencial para cualquier acción preventiva.

Lo más sorprendente son estos cambios de estrategia que acaban en silencio. La incidencia está subiendo entre los mayores de 60 años, lo que no me atrevería a llamar "mejora" de nada. En los grupos de edad de mis estudiantes, se siguen produciendo casos, con ingresos incluidos. No sé dónde van esos datos. Lo cierto es que son necesarios

La maniobra del silencio es clara: si no nos enteramos, muchas actividades sociales no se interrumpen, se dejan a criterio de los participantes, lo que lleva a más conflictos sociales sobre el uso o no de las mascarillas, las distancias, condiciones de los espacios, etc. Por otro lado, difícilmente se puede tener un buen criterio si falta la información. Hay gente que interpreta de forma inversa efectos y causas, es decir, creen que se quitan la mascarilla porque ya no hay virus, lo cual es un error. Esto se incrementa si estamos recibiendo constantes invitaciones a viajar, a salir, a adentrarnos en las variantes del ocio. Por eso lo expertos que intervienen estos días en los medios no quieren comprometerse apoyando una situación que les parece "precipitada" y preocupante. "Estamos avanzando a ciegas", señala el director general de la OMS. Cada vez se recibe menos información y aunque los datos generales van a la baja, el virus no ha desaparecido. Cabe preguntarse si es el método contable el que ha reducido las cifras. "La ignorancia no puede ser bienvenida", señala en la conferencia de prensa el director general.

La OMS necesita información. Es esencial para todos. Pero la información es lo que no se quiere dar para crear una sensación de "normalidad", que es falsa porque el virus sigue, existe la amenaza de nuevas variantes y, especialmente, se desconocen los efectos a largo plazo, por lo que el seguimiento es esencial.

Hemos denunciado aquí la campaña contra la mascarilla, que se ha convertido en la enemiga en vez del virus. Los artículos se suceden en los medios sobre el entierro de la mascarilla, que ha sido nuestra salvadora y no nuestra opresora. Pero los intereses económicos han estado siempre luchando contra ella, porque el negocio del ocio, por ejemplo, no es el mismo a cara descubierta que tapados, juntos que distantes, en intimidad u obligados a mantener distancias "sociales". Las explicaciones de por qué la gente no se las quita van desde el acné juvenil al síndrome de la cara vacía pasando por las inseguridades de todo tipo. Pero creo que la realidad es más sencilla: no se la quitan porque no se fían. No se fían de las informaciones o falta de informaciones desde las autoridades y no se pueden fiar del propio entorno en el que están porque si nadie tiene obligación de guardar cuarentena no sabes a quién tienes a tu lado. 


* "La OMS advierte que estamos "cada vez más ciegos" ante el coronavirus" Euronews 27/04/2022 https://es.euronews.com/2022/04/27/la-oms-advierte-que-estamos-cada-vez-mas-ciegos-ante-el-coronavirus

miércoles, 27 de abril de 2022

La nueva anormalidad

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Hay palabras de las que se abusa, sobrevaloradas. Son palabras que en la cabeza de cada uno toman más significados de los que esperamos. Las escuchamos y pensamos que sabemos lo que nos están diciendo o lo que el otro tiene en mente. Me estoy refiriendo, por no divagar más, a la palabra "normalidad", un término que es ya difícil manejar en estos tiempos de pandemia, donde ha pasado a ser futuro imaginado, pasado idealizado y presente confuso y alternativo. La normalidad, no, ya no es lo que era.

Deberíamos haber sospechado algo cuando se empezó a jugar con lo de la "nueva normalidad", algo que iba desde la recuperación del cafelito en terraza a la retirada a tutiplén de mascarillas, la vuelta de la sonrisa a la negociación comunera del espacio de los ascensores, entre muchos otros casos pandémicos en los que unos ven una "normalidad" y otros otra.

No sabía yo que la RAE había incluido la "nueva normalidad" en el Diccionario. Allí se define como: "1. f. Situación en que la forma de vida normal o habitual se modifica debido a una crisis o a razones excepcionales; p. ej., en una pandemia."

Como sucede con las palabras, unas nos mandan a otras. Si no podemos ponernos de acuerdo en la "normalidad", menos lo haremos en la "nueva normalidad", que muchos han entendido como vuelta a las andadas y han interpretado como "volver a lo que hacías antes", sea esto lo que fuera. Teniendo en cuenta que el DRAE tiene siete acepciones de "normal", siendo la primera "Dicho de una cosa: Que se halla en su estado natural" y que todo esto viene de "norma", que son precisamente las que nadie cumple porque "lo normal" es saltárselas, es comprensible que nademos en la confusión y que muchos incluso se ahoguen.

Sí, lo de "normal" está cada vez más difícil y eso que se han instaurado rigurosas disciplinas para lo que llaman "normalización", pero funciona bien con los enchufes y cargadores de móviles, pero en la vida humana, cada día más revuelta para unas cosas y más plana para otras, está perdiendo su sentido.


Una muestra ejemplar de que la normalidad ya no es lo que era nos la ofrecen los juzgados en donde se está escuchando —atónitos— a los dos comisionistas de las mascarillas, sí, los de los Rolex, el yate, pisos, los coches de alta gama (¡qué bonita expresión!) y alguna juerga, de alta gama también. El diario ABC nos cuenta estos instructivos interrogatorios:

El juez instructor del caso mascarillas, Adolfo Carretero, fue muy crítico en su interrogatorio a los empresarios Luis Medina y Alberto Luceño cuando este lunes, comparecieron ante él y se avinieron a responder sus preguntas. En el caso del hermano del Duque de Feria, cuestionó que tachara de «normal» la elevada comisión que entre ambos se llevaron y que ascendía a seis millones de dólares, la mitad del importe abonado por el Ayuntamiento de Madrid por una partida de mascarillas, otra de guantes y una más de test de covid.

«¿A usted le parece normal que de unos guantes la comisión suya ascienda a un 81%? Porque según usted, Luceño no le ha engañado, pero él cobra cinco millones y usted uno (...) Entonces, está conforme con que cobrase eso. 

¿Le parece normal?», inquirió el juez ante las respuestas que intentaba, con cierto atropello, dar Medina.

Aunque el empresario insistió en que estaba conforme porque Luceño «hizo todo el trabajo y traía la oferta (de productos sanitarios) que no había» en aquellos momentos en Madrid, reconoció que el precio no era tan normal, pero porque «un contenedor que se mandaba por dos mil euros en esa época lo mandaban por 30.000».

«Ni normal ni no normal», acabó por decir Medina, y el juez replicó: «Pues si era tan normal, ¿Por qué no se lo dijo al Ayuntamiento? Si usted le hubiera dicho al Ayuntamiento, oiga, nos llevamos esta comisión, el Ayuntamiento habría dicho sí o no (...) pero tampoco Luceño les dijo el precio que quería Leno. Leno quería un precio, vendía por eso, y no se lo dijeron (al consistorio)». *


La palabra "normal" aparece seis veces en este diálogo anti platónico, bien apegado al suelo de las dudas más que metódicas sorprendentes. El diálogo entre juez instructor y los dos comisionistas es digno de los Álvarez Quintero y, ahora que Madrid quiere recuperar la asignatura de Filosofía (¡qué extraño sentido del humor tiene Díaz Ayuso!) podría ser debatido en las aulas como ejercicio adecuado a temas del programa que van del citado Platón, el metódico Descartes, el obispo Berkeley, el positivismo comteano y hasta los límites del lenguaje y del mundo de siempre actual Wittgenstein. ¡Una joya de la retórica, vamos!

En esta banda comisionista, donde tenemos al cerebro y al rostro, en perfecta sintonía. El famoso "pa´la saca", eslogan e himno generacional ya, es equiparable al "Cogito ergo sum" en donde el pienso es sustituido por "comisiono", una forma a la que hay que dar un nuevo sentido en el DRAE.

El juicio de las mascarillas (uno de ellos, por lo que vemos) quedaría perfecto en una comedia italiana, con su pareja bien combinada, de cerebro uno y cara los dos. Explican bien que lo de la "normalidad" este sujeto a revisión y perversión constantes. Antes "anormal" era un insulto, ahora no sabemos bien qué es.

La verdad es que yo no quiero ser "normal", como el dúo Medina-Luceño. Tenemos una sociedad tan abierta, que padecemos estos catarros éticos por las corrientes de sinvergonzonería que se producen.

Hacemos lo que queremos y hemos desarrollado la maquinaria de las excusas, que es la que se pone en marcha para lanzar las cortinas de humo de la "normalidad", tal como hacen los comisionistas en el juicio. No sé si el juez logrará entender qué es "normal" para estos individuos. La excusa del "normal" suele ser que todos lo hacen, pero cuando lo que hacen es saltarse las normas, ya entramos en terreno resbaladizo. La anormal normalidad parece ser la norma. Es decir, si todos lo hacen, ¿por qué yo no? Mi temor es que a muchos les caigan simpáticos, un modelo a imitar. Los tiempos están muy raros.

 

 

* Isabel Vega "La bronca del juez a Medina por la comisión: «¿A usted le parece normal?»" ABC https://www.abc.es/espana/abci-bronca-juez-medina-comision-usted-parece-normal-202204261017_noticia.html

domingo, 24 de abril de 2022

La perversa mascarilla y la mala suerte

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Los medios de comunicación desciende al detalle y la casuística trasladando lo que se supone son los intereses de la gente de la calle. Esta vez la cuestión era ese miniespacio de convivencia llamado ascensor, anteriormente —uno es viejo y con memoria— una ocasión de mostrar educación —"¡Suba usted primero, señora, por favor!", "—No se preocupe, ya sube el niño por la escalera", "—Suba usted, que va con bolsas", etc.— a ser motivo de una guerra descarada y exhibición de mala educación.  Son muchos los kilómetros de escalera que le debo agradecer a la pandemia y a la mala educación de muchos vecinos. Como muchos juegan a la tensión —a ver quién cede antes y se va por la escalera— no les doy esa satisfacción y subo directamente, cargado o no, los dos pisos hasta llegar a casa. Muchos no se han puesto la mascarilla en los ascensores, ya fuera porque iban al garaje a por el coche o porque consideraban que su casa terminaba en la acera.

En el comienzo de la pandemia, algunos estigmatizaron sobre todo a las enfermeras y médicas (había bastante machismo en esto), que de aplaudidas en los balcones junto al personal sanitario pasaban a no serlo tanto en algunas comunidades de vecinos, que las rechazaban. Lo manifestaban en cartelitos dejados, entre otros lugares, en los ascensores.

Los ascensores de las estaciones del metro o de RENFE han sido marcadas con carteles señalando que solo subiera un pasajero y, por supuesto, como en toda la red de transportes, con mascarilla. Fue una de las reglas más pisoteadas desde el principio. He visto subir más de siete u ocho personas en ascensores. El verbo más usado en este tiempo por nuestros responsables en todos los niveles ha sido siempre "recomendar", como por ejemplo, "se recomienda que no suba más que un viajero" o fórmulas similares, como "se recomienda mantener la distancia de seguridad", aunque esta no se manifestara. Lo que está claro es que sea cual sea es distancia, se incumple en los ascensores en cuanto que suben dos personas "no convivientes" (otra fórmula para la Historia).

Hace tiempo que no tenemos una buena película sobre ascensores (las hay, como "Ascensor para el cadalso"), un lugar, como digo, donde se ven las maneras, buenas y malas, una vez desestimada la mesa, en donde se suponía que se podían apreciar la maneras, que son la exteriorización de lo que nos habita y nuestra forma de respetar a los demás. Hay mucha gente que ha hecho del ascensor su plató favorito para los selfies porque sencillamente se suele mantener la vieja costumbre de los espejos, antesala de las omnipresentes pantallas.

No divaguemos y entremos en lo que la gente quería saber sobre los ascensores y la reportera estaba dispuesta a investigar consultando a los expertos en esto de la retirada de las mascarillas. Vaya por delante en que muchos expertos no están de acuerdo con esta retirada gloriosa de las mascarilla, aunque no lo manifiesten directamente. Varios expresaron su opinión. Pero uno de ellos, tras afirmar que no era peligroso estar en el ascensor sin mascarilla porque se estaba en él muy poco tiempo (¿cuánto tiempo hace que no se ha quedado encerrado en un ascensor?), que las probabilidades de contagiarse eran muy bajas, soltó la temida frasecita: "...y si se contagia, pues mala suerte".

Debo confesar que un "experto" hablando de mala suerte me llamó la atención pues se supone que están hablando desde los hechos y las probabilidades y no del destino o suerte de cada uno. Aplicando este principio teórico no hacen falta mascarillas, señales de tráfico, pasos de cebra, ni siquiera Seguridad Social. Basta con la fe en la suerte, en tener un vidente o alguien que nos lea la mano, que interprete la posición de las estrellas en la fecha de nuestro nacimiento, etc.

Pero dándole vueltas al asunto, creo que es lo que en realidad esconde la postura oficial sobre la pandemia. Subamos todos en el mismo ascensor, dejemos las mascarillas, y los que enfermen, mala suerte. De los que se enfermen, tendrán mala suerte los que se mueran y no hay que darle más vueltas. ¿Para qué?

El gobierno lo ha intentado todo: ha cambiado los sistemas de conteo de casos, ha redefinido la gravedad y nos lanza a calles, a locales cerrados o abiertos, a los ascensores a que decidamos convirtiendo nuestras acciones en tiradas de dados en las que comprobar si hemos tenido suerte o no. Su obligación, se nos dice, es que haya sitio en los hospitales y en las UCI para atendernos, pensando, más que en nosotros, en el colapso del Sistema sanitario y, de forma especial, en su enfado por el desbordamiento de trabajos, la precariedad de los contratos y la falta de recursos destinados a la Sanidad.

Ahora los casos están subiendo y los "otros expertos" nos dicen que en dos semanas se verán los resultados de la Semana Santa de las Sonrisas y otras dos semanas después los resultados de esta retirada, ambas coincidirán.

De nuevo —¡qué casualidad!— es otro periodo vacacional el que nos marca el rumbo en esta país del ocio, propio e importado. Los medios se han lanzado a celebrar el éxito, la felicidad de la gente porque se han librado de las mascarillas..., pero no del virus. No hemos luchado contra el virus sino contra las mascarillas, las auténticas culpables de que la gente no vaya a los dentistas, a las peluquerías, a que se venda menos maquillaje, etc. ¡Perversa mascarilla!

Cualquier pedagogía que se haya realizado sobre eso tan bonito de la "gripalización" o de "aprender a vivir con el virus", se echa por la borda al pasar el mal del virus a la mascarilla. Eran las perversas mascarillas las que nos impedían vivir; esas mascarillas que han hecho ricos a sinvergüenzas comisionistas y pobres a honrados ciudadanos y ciudadanas que se privaban del cafelito por poder dar a sus familias esa mascarilla, por la que algunos hasta viajaban a Portugal, que las tenía más baratas en supermercados y a 2x1.

En mi caso, doy gracias a la suerte por vivir en un segundo piso y por estar en grupo de riesgo por la edad. Me pintaré más canas para que nadie me vea como un bicho raro, como un "negacionista positivo de la mascarilla". Diré que me viene bien subir por las escaleras o que lo hago por protegerles, que suban ellos y que la tirada de dados de la suerte les sea favorable. Y que si no lo es la primera tirada, y se contagian, la segunda, la de la atención médica, sí lo sea y les atiendan rápido. Y que si la segunda no lo es y tardan en atenderles, que en la tercera tengan toda la suerte del mundo y salgan de la UCI. No me atrevo a seguir deseando suerte a la gente porque no soy un experto. 

23/04/2022
 
13/09/2020

jueves, 21 de abril de 2022

A ver cómo va la cosa

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Ayer asistí a dos actos públicos, un consejo de departamento (50-60 personas presentes) y la presentación de un libro de una compañera por la tarde (120-150 personas), lo que suponía un buen test sobre el uso de las mascarillas. Los dos reflejaron mucha precaución por parte de los presentes y una cuestión clara: el conflicto se traslada de nuevo a la gente.

El decreto de nuevo pasa la pelota a las empresas y a las personas. Nos dice que los que quieran lo podrán seguir llevando (¡estaría bueno!), que serán las empresas las que decidan si se lleva o no (decidirán los de Riesgos Laborales) y pone solo algunos límites entre los que se incluyen las farmacias y residencias de mayores, además del transporte público, y se vuelve a decir eso de "siempre que se pueda mantener las distancias" y todas esas fórmulas.

Era interesante ver cómo las personas coincidían en un mismo espacio con mascarillas y sin ellas, reflejándose el miedo, la prudencia y el desafío de una normalidad en la que casi nadie cree. Los había que conservaban las distancias y las mascarillas, los que llevaban mascarillas pero se reunían y finalmente, los menos, los que iban sin mascarillas y no mantenían las distancias. Todo un muestrario del estado interior de cada uno respecto a las normas y a la interpretación de cada cual en función del nivel de seguridad percibido y del propio análisis de la credibilidad.

Los expertos se curan en salud y ya empiezan a vaticinar las nuevas subidas tras la festiva Semana Santa. Hay dos líneas principales que se entrecruzan: la festiva, que presenta la retirada de la mascarilla como una celebración de la sonrisa y la felicidad, que anima a la gente a que se sume a la celebración mediante mensajes de playas, fiestas, brindis y niños saltan alborozados en sus clases; por otro lado, la crítica, que advierte que no hay que bajar la guardia, que el coronavirus sigue ahí, que apela a la responsabilidad individual frente a las medidas "liberadoras" y al sentido común. Me ha resultado interesante ver cómo algún experto que hemos visto en las televisiones hablando sin mascarilla ahora era entrevistado con ella puesta. ¿Casualidad?

De nuevo, el principal argumento del gobierno es que estamos vacunados muchos, que la presión sobre la sanidad ya no es tan crítica. La traducción es: si se enferma hay sitio y se morirá principalmente por no vacunarse o por ser persona de riesgo. Teniendo en cuenta que en gran parte el mayor riesgo es la edad y que vivimos en un país de viejos, ya sea en residencias, casas propias o con las familias, es comprensible que el  miedo a quitarse las mascarillas esté presente en mucha gente.

Casi todos los medios han salido a la calle a tantear el ambiente en esta fecha de quitado de mascarillas. En RTVE.es comienzan el recorrido así:

El primer día del fin de las mascarillas en interiores ha arrancado con cautela y dudas. "Aquí no sabemos si ponérnosla o quitárnosla", dice un trabajador a TVE. Lo cierto es que muchos comercios han amanecido este miércoles con ellas: la mayoría de los clientes y de los trabajadores se han resistido a guardarlas. “Nos da más seguridad”, explica la encargada de un centro de belleza madrileño. El cambio puede ser algo brusco, reconoce. Pero quizás en unas semanas, cuando entrar en un supermercado sin mascarilla vuelva a ser normal, todo cambie. “A lo mejor nos la quitamos, vamos a ver cómo va la cosa”, incide.*

La respuesta de mucha gente sigue siendo vertical "¿se puede?", cuando la esencial debería ser "¿se debe"? La tensión entre estas dos formas de plantearse el uso de las mascarillas es esencial para entender lo poco que han aprendido algunos (o lo poco que importa), algo que forma parte de la explicación del "miedo" del que hablan. Al virus no debemos tenerle miedo si se cumplen las normas. Pero no es el virus quien las incumple, sino las personas con las que nos relacionamos, de ahí que el miedo sea finalmente a aquel que no hace lo que debe. Son aquellos que no solo no llevan la mascarilla, sino que se te sienta al lado, sin mantener distancia alguna, que viajan sin ponérsela en el transporte público, etc.

Nos hemos empeñado en considerar la mascarilla como un "obstáculo" de la normalidad" y no como una protección contra la anormalidad que es el contagio. Lo normal sería protegerse y respetar las formas de protección. Sin embargo, hemos hecho lo contrario, hemos estigmatizado la mascarilla como un obstáculo, como una maldición. Esto hace mucho más difícil eso que a veces se dice pero no se practica, "convivir con el virus". No convivimos con el virus sino con ciudadanos a nuestro alrededor, personas responsables o irresponsables según se tercie.

De nuevo han vuelto las ministras a lucir sonrisas y a pedirnos que las luzcamos por calles, bares, fiestas y playas, que es donde se realiza esa vida productiva española. Lo peor es que esa sonrisa es un mensaje de autosatisfacción, como si se hubiera conseguido un objetivo, cuando la pregunta debería ser otra: ¿qué hemos hecho mal para tener más de cien mil muertes, cuántas se han debido a insuficiencia de recursos, mala gestión, etc.? Pese a los cambios contables, lo cierto es que nuestras cifras crecen de nuevo y los expertos advierten que habrá en poco más de una semana reflejo de las alegrías vacacionales, como las hemos tenido anteriormente tras los periodos de sonrisas vacacionales de todo tipo.

Las cifras serán cruciales en estos próximos días y cada cual pondrá el listón de la prudencia o de la imprudencia en su cota. De nuevo, tendremos que ser los ciudadanos los que tengamos que dirimir en los espacios dónde nos quedamos, si ventilamos, etc. La idea de "a ver cómo va la cosa" se acaba imponiendo y dependerá de ello lo que pase. La pena es que aquí los experimentos no se hacen con gaseosa, sino con vidas humanas. De nuevo chocan los conceptos de "normalidad", que en modo alguno debería ser en términos prepandemia, sino al contrario, sacando consecuencias de lo vivido para tratar de evitarlo. Con el virus presente, es solo cuestión de tiempo.


* Laura Gómez Sánchez "El fin de las mascarillas en interiores arranca con cautela y dudas: "Aquí no sabemos si ponérnosla o quitárnosla"" RTVE.es 20/04/2022 https://www.rtve.es/noticias/20220420/fin-mascarilla-interiores-reacciones-cautela-donde/2334800.shtml

domingo, 3 de abril de 2022

El debate de las mascarillas en interiores

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

De todas las decisiones sobre el COVID-19 la más controvertida es la decisión sobre el uso de las mascarillas en los interiores. Ni los expertos ni la calle están de acuerdo; solo los políticos tienen mucha prisa en llegar a ellas. Evidentemente no es por razones sanitarias, sino políticas: se trata de vender que se ha hecho bien y que ha llegado el momento de la "normalidad". Para ellos, la normalidad es un mundo sin mascarillas. Sin embargo, es dudoso que esto ocurra en un corto plazo.

Todos los movimientos llegados desde las autoridades políticas han estado supeditados a los intereses económicos sobre los sanitarios. La teoría es sencilla: los políticos son responsables de la situación económica general, mientras que los ciudadanos son responsables individuales de su propia salud. Todas las medidas últimas se han centrado en este principio. Como referencia, cada día escuchamos más las bondades del sistema británico, uno de los peores de toda Europa en cuanto a los resultados. Desde el principio Boris Johnson apostó por algo tan neoliberal como el propio cuidado, la "inmunidad de rebaño" y todo aquello que dejaba en las personas la responsabilidad.

Al final hemos acabado teniendo a Johnson como referencia —la peor referencia— para justificar todo lo que vamos a hacer en cadena, incluido el despido de los sanitarios que se contrataron para frenar las avalanchas que se produjeron. Una vez más, se comete el error de confundir el deseo y la realidad, pensando que por el hecho de negar la realidad esta deja de existir.

En ABC leemos lo ocurrido hace unos días en el Congreso: 

Un mandato para unos, un anhelo para otros. El Congreso de los Diputados ha aprobado este jueves la moción consecuencia de interpelación de Ciudadanos (Cs) sobre la eliminación de las mascarillas en interiores. El texto ha salido adelante con los votos del PSOE, que se posicionó a favor después de que los liberales aceptasen una enmienda que modificaba el segundo punto del articulado de la iniciativa. El cambio, no obstante, hace que la ambigüedad se imponga a la hora de interpretar sus consecuencias.

Cs lleva semanas batallando por el fin de la obligatoriedad de las mascarillas en interiores, dado el alto porcentaje de vacunación contra el Covid-19 en España y la mejor situación epidemiológica pese a la todavía alta incidencia acumulada. 

El Gobierno ya no comunica los contagios ni muertes diarios, en un paso evidente hacia la 'gripalización' del virus. Por ello, el partido de Inés Arrimadas considera que es el momento de dar un paso adelante y, como han hecho otros países europeos, terminar con el uso imperativo de este elemento de protección.

Este jueves, en las votaciones, la moción de Cs, con la enmienda del PSOE incluida, se ha aprobado con 187 votos a favor, 63 abstenciones y 94 en contra. Solo la han rechazado el PP y el PNV, que creen que aún es pronto para prescindir de las mascarillas. Aun así, la interpretación del resultado de la moción difiere entre Cs y el PSOE.

El primer punto del texto reclamaba al Gobierno lo siguiente: «Eliminar la obligatoriedad del uso de mascarillas en interiores, en línea con la evidencia científica, con la situación epidemiológica y con la perspectiva». El segundo añadía: «Establecer, de forma acordada con el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud, un calendario claro de desescalada de todas las medidas de contención de la pandemia de Covid-19 aún vigentes con el objetivo de ofrecer certidumbre a familias y empresas».*


La idea de "gripalización" se presenta una y otra vez pese a las enormes diferencias. De la gripe sabemos, mucho; del COVID bastante menos. Desde el principio el coronavirus ha sorprendido a los expertos que no tenían registros de un virus tan amplio en sus consecuencias, con secuelas sorprendentes en sus manifestaciones y duración. Por mucho que lo queramos considerar o tratar como una "gripe", lo cierto es que la gripe no tiene la variedad de síntomas, no pierdes el gusto por meses, la movilidad, el habla, no tienes dolores por el cuerpo durante años, por citar solo algunos. Los expertos siguen descubriendo efectos de la enfermedad conforme pasa el tiempo.

La capacidad de mutar y de reinfección también son dos elementos que vamos descubriendo momento a momento. Lo ocurrido en China es un ejemplo de que en cualquier momento se pueden volver a disparar las cifras. Las  que hemos tenido en España hasta hace unas pocas semanas son una barbaridad, en gran medida, producidas por la bajada de nuestras defensas frente al virus. Todavía resuena la "llegada de las sonrisas" de la ministra Darias y el ascenso posterior de los contagios.

Una cosa es convivir con el virus y otra muy diferente ignorarlo, tratarlo como si no existiera. Convivir con el virus es, sobre todo, aprender a estar prevenidos, no a golpe de decreto sino de sentido común. Lo que se ha hecho desde el gobierno es eliminar los mecanismos de conteo, jugar con las cifras, con las pruebas diagnósticas, etc., un ejercicio, en suma, de camuflaje contable de la realidad. Lo hemos hecho de una forma u otra debido a nuestra necesidad (política y económica) de mostrarnos como "saludables". Pero la realidad de los hechos es contundente.

10/03/2022

En la prensa de un país que vive también del turismo, leo hoy mismo que se han producido ayer 558 casos y 8 muertes. Con esas cifras —es un país que duplica con creces la población española— se pueden permitir "relajar" lo que nunca fue riguroso. Una fuente de ese país me informa del fallecimiento de un familiar directo por Covid-19 tras una estancia de un mes en una UCI. Cuando fue a recoger el certificado de defunción, el motivo que aparecía oficialmente no era el coronavirus. Al protestar, la repuesta fue que si quería tener un certificado oficial de defunción no había más respuesta que esa. Cuando comentó el caso con otra persona, esta le dijo que le había ocurrido lo mismo. Sencillamente, allí solo mueren las personas que el gobierno considera "prudente" comunicar. Con cifras muy pequeñas de vacunación, con una masificación en varias ciudades y una falta de condiciones sanitarias, esos 8 muertos son solo una forma de propaganda, una manera atractiva para que les vaya el turismo. Cuando regresan contagiados a sus países se les dice que "lo habrán cogido por el camino". Afortunadamente, aquí no resulta tan sencillo hacer esto, pero se pueden ignorar los datos reales si sencillamente no se recogen, que es por lo que se ha optado.

La excusa de las tasas de vacunación y de los efectos menos graves es realmente insólita. La variaciones en las vacunas ha sido mínimas en los últimos meses porque se frenó al llegar a ciertas tasas, pero hemos tenido muchísimos casos hasta hace pocas semanas. La idea de que se trata de mantener las UCI descongestionadas es una idea de un cinismo pragmático realmente notable, ya que todo se justifica no por la salud sino por la disponibilidad de recursos, que finalmente se acaban reduciendo. Los movimientos por la sanidad pública y los propios sanitarios lo denuncian de continuo. Se han hecho todo tipo de ejercicios malabares para justificar la falta de recurso, planteándose la sanidad como una especie de fuelle. Lo cierto es que el envejecimiento de nuestra población es un hecho, que se les ha amontonado en residencia, muchas de ellas sin control alguno, y cuando enferman se les envía a la Seguridad Social, que es quien acaba asumiendo atención, tratamiento y gasto. La residencias privadas son de pago, pero gasto lo pagamos todos. Con la pandemia, todo esto ha salido de forma escandalosa a la luz. Todavía hoy sigue apareciendo en la prensa que se investiguen las circunstancias de por qué se les murieron tantos "clientes".

Lo de "ofrecer certidumbre a las familias", señalado en el artículo de ABC, es realmente un chiste malo, pues no habrá certidumbre, sino lo contrario. El no saber si la persona que tienes al lado está contagiada, con síntomas leves o si es asintomático, no genera certidumbre alguna., Por contra, obligará a que la gente se tenga que proteger más ante el desconocimiento de las condiciones de las personas que tienes al lado.

Los casos suben de nuevo, pero solo preocupan las UCI y los fallecimientos, que siempre son "llamativos". Queda la cuestión de los contagios repetidos —que ya sabemos existen—, la duración protectora de las dosis recibidas y la definición de qué es una "persona vulnerable".

Y otro problema, ¿cómo se combinan las personas vulnerables con las que no lo son en los espacios obligados, como el transporte o los espacios de trabajo? La respuesta es compleja porque hay gente que trabaja con grupos cuyos porcentajes de contagio son altos, como ocurre en la enseñanza. ¿Habrá que discutir en cada oficina, en cada aula, en cada ascensor, en cada vagón de metro o tren, en cada autobús, etc. quién se debe poner la mascarilla? Eso, de nuevo, como ya ha ocurrido en varias fases, lleva al conflicto entre los ciudadanos, que deben defenderse ante aquellos a los que les da igual. Los ejemplos de este comportamiento los conocemos todos.

La prisa por retirar la mascarilla es complicada y conflictiva. Lo mismo que ha ocurrido con la idea de que no sea obligatoria en exteriores, ha dejado que muchos sigan (seguimos) con ella por el doble motivo de la seguridad y de la falta de confianza. Volvemos al principio: uno puede decidir tirarse desde una azotea, y es cuestión suya; pero no llevar mascarilla con una enfermedad contagiosa grave es una falta grave contra los que nos rodean. La pandemia ha sacado a la luz la responsabilidad de muchas personas, pero también la grave, en ocasiones agresiva, irresponsabilidad de muchos otros.

En los países asiáticos mucha gente se pone mascarillas por respeto a los demás. Es el enfermo quien se preocupa de no contagiar a otros. Lo que estamos viendo aquí es justo lo contrario: yo soy asintomático y no me privo de nada, yo ya lo he pasado y me da igual, etc. Este es el comportamiento egocéntrico que ha sido recogido muchas veces en declaraciones ante cámaras y micrófonos. Y este es el comportamiento "normal" que se va a desarrollar gracias al deseo de nuestros políticos de anticiparse a la realidad con el deseo y los intereses. El verano se acerca. Ya habrá tiempo de recuperarse en invierno, en los que deberemos viajar para que salgan las cuentas en puentes, fines de semana, ir a las rebajas, "black friday", navidades, cabalgatas, carnavales... y todas esas cosas por las que merece la pena enfermar o morir.

En algún momento habrá que retirar la mascarilla, evidentemente; pero mucho me temo que los ciudadanos acabarán tomando sus precauciones al margen de las instrucciones que les parezcan poco fiables o prematuras.

30/03/2022

* Juan Casillas Bayo  "El Congreso insta al Gobierno a eliminar mascarillas en interiores pero sin poner fecha" ABC 31/03/2022 https://www.abc.es/espana/abci-congreso-insta-gobierno-eliminar-mascarillas-interiores-pero-sin-poner-fecha-202203311634_noticia.html