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miércoles, 17 de noviembre de 2021

En ascenso

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Mientras Europa está desbocada en el número de contagios de coronavirus, España asciende lentamente, pero sin pausa, hacia un futuro peor. "Mejor" o "peor" son términos muy relativos. Por ejemplo, el futuro en términos propios es peor que el presente porque tendremos mañana más casos que hoy. Eso, desgraciadamente, lo hemos asumido. Aquí los "repuntes" van en grupo: repunte de casos, repuntes de la economía, repuntes del turismo, etc. Mientras unos compensen a los otros. Ya sabemos que para que la economía repunte tienen que repuntar los casos porque nos llegarán turistas si no les prohíben salir de su país y porque nosotros mismos saldremos porque no vamos a quedarnos en casa mientras ellos llenan chiringuitos, playas y demás.

Esto parece que ya es un hecho. El mayor peligro, piensan nuestras lumbreras económico políticas, es tener cifras de incidencia por encima de las europeas. Eso sí que es malo porque quién quiere venir a un país donde estarás peor que en el tuyo. Nosotros, internamente, lo resolvemos pasando de una autonomía de alta tasa de incidencia a una de menor, es decir, yendo a un lugar más sano. Ya hemos comentado cómo en este tiempo, esto ha hecho cambiar las situaciones de lugares sanos relativamente a lugares malsanos porque se les disparan los contagios por puro éxito al ir mucha más gente. De esta forma se producen movimientos pendulares atracción-huida.

En el informe que se va haciendo actualizando los datos, a las 19,49 h, nos decían en RTVE.es que la tasa es superior a 88 casos:

 

La tasa asciende en todo el país. Las subidas más elevadas se observan en País Vasco (+14 puntos), Ceuta (+14), Aragón (+12) y Cataluña (+12). Ya solo hay tres comunidades en riesgo bajo: Andalucía, Asturias y Ceuta. Navarra y País Vasco están en riesgo alto (más de 150 casos) y el resto del país, en riesgo medio. 

Por grupos de edad, la incidencia ya se encuentra en nivel de riesgo medio en todas las franjas, salvo en la de 12 a 19 años. Las mayores subidas se han dado en los menores de 12 años (no vacunados) y en los adultos de 30 a 49 años. Por comunidades, la incidencia a 14 días roza los 200 casos en País Vasco, Navarra y La Rioja.*


La verdad es que no son buenas noticias. Ahora ya llega el frío, se cierran las ventanas y el tiempo de estar en la calle se reduce. Las noches empiezan a ser de heladas y apetece poco. La gente se irá concentrando y con estos roces llegarán los contagios.

El hecho de que sean niños, en los menores de 12 años, complica mucho las cosas porque lo que tenemos por delante, las festividades, los tienen a ellos como protagonistas, lo que implica mayor transmisión dentro de las familias y grupos.

La llegada de fiestas, rebajas y ofertas comerciales con gente como loca por hacerse con las oportunidades nos llevan de nuevo al problema inicial. Quedarse en casa no resulta rentable para las economías generales. Con estímulos por todas partes para la compra, incluso para el acaparamiento no vaya a haber escasez de algo o un gran apagón, el que se queda en casa pasa a ser un enemigo de la economía. De nuevo nuestro drama acentuado, hay que salir, que consumir para que esto se ponga en marcha medianamente. ¿Lo conseguiremos con el menor número de bajas? ¿Quién sabe?

Nuestros datos actuales generales nos hablan de una incidencia de 82. No ha tardado mucho en subir. Solo la vacunación superior al resto de Europa nos salva de desastres mayores. Salvo algunos energúmenos, no tenemos muchos negacionistas, comparativamente hablando. Hacen poca piña porque la sociedad tiende más hacia las vacunas. Pero todavía se ve mucho "provocador" sin la mascarilla en ciertos ambientes. ¿Están vacunados? Secreto del sumario.

Las medidas tomadas por países como Austria y otros que ya le siguen de confinar a los no vacunados empieza a ser una forma de tope en cuanto a la permisividad. No se pueden seguir estirando los casos como consecuencia de la resistencia de un grupo social. Puede que no se pueda obligar a nadie a vacunarse, pero sí se le puede dejar de lado cercándoles. Esta solución es cada vez más drástica por las enormes consecuencias de prolongar esto.


Mientras los negacionistas se atrincheran en Europa, aquí ha pesado más la sociabilidad responsable o pragmática de la mayoría. Ya sea por prevención o por temor a quedarse aislados, lo cierto es que nuestras cifras son mejores en lo que respecta a las vacunas y eso se nota en otras variables, de las UCI a los fallecimientos. Por eso el rápido aumento es muy preocupante por lo que implica de retroceso. ¿Hasta dónde podemos llegar en esta subida?

Si fuéramos capaces de realizar ciertos controles y autocontroles mínimos, podríamos —con nuestras cifras de vacunados del 80% y ya revacunando— frenar las elevadas tasas que se esperan y van a tener incidencia, tal como ocurre ya en País Vasco y Navarra, donde ya han planteado medidas serias para evitar el descontrol que haga dispararse más los contagios. 

El invierno va a ser duro y los será más si hay más irresponsables de la cuenta dispuestos a ignorar las medidas básicas de autoprotección y transmisión. Es sorprendente que después de todo este tiempo haya gente que no se entere o no se quiera enterar.

Una vez que las medidas ya no son cuándo va a desaparecer el virus sino cuándo va a reaparecer, la cuestión cambia mucho. Se hizo mal en prometer la llegada de diversas normalidades. Es mejor ser realistas y decir lo que hay, lo que sabemos y lo que tememos para no sembrar ni el aburrimiento ni la irresponsabilidad. Media Europa está sometida ya a auténticas batallas por controlar a los irresponsables que no se vacunan. Los gobiernos no pueden hacer otra cosa ante una pandemia que nos está afectando en todos los niveles de la vida, personal y social. 


* Noa G. Santiago y Cristina Pérez "Coronavirus última hora, hoy | La incidencia sube a 89 casos sin contar los datos de la C. Valenciana ni Navarra" RTVE.es 16/11/2021 https://www.rtve.es/noticias/20211116/coronavirus-covid-directo-espana-mundo-ultima-hora/2225322.shtml

jueves, 1 de julio de 2021

Viajes sin sentido

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Empecemos por lo obvio. Un contagio no es como romperse una pierna, un hecho aislado, que puede ser fortuito o debido a factores específicos ligados a un punto, como una escalera resbaladiza o una acera mal nivelada. Un contagio, en cambio, es un elemento fuertemente social, ya que se parte de la proximidad de las personas. Las personas se contagian porque están próximas; lo están en unos determinados espacios, compartiendo una actividades comunes, agrupadas por actividades que les agrupan (afinidades, intereses, familias, etc.) o por compartir espacios (escuelas, dependencias, transportes, lugares de trabajo, etc.). En ocasiones, se entremezclan actividades y espacios, ya que las unas y las otras pueden tener fuerte vinculaciones.

Si la gente resbala en una escalera y si hay varios casos, se puede arreglar la escalera. En la pandemia, en cambio, los factores son de más complejidad, pues no están ligados a un solo lugar o actividad, sino a muchos. La complejidad aumenta, pero siempre es posible usar eso que nos han dado llamado cerebro.

Las epidemias se extienden por medio de contagios. Necesitan de nuestra proximidad, por ello los factores de costumbre, los repetitivos, son fundamentales. No solo se debe a los factores físicos del entorno (por ejemplo, la ventilación, la distancia o la higiene), sino nuestras formas de interactuar socialmente, es decir, a cómo nos relacionamos.



Esto es fácil de entender, pero por lo que parece no es sencillo, trasladarlo a la realidad en forma de medidas coherentes. Creo que el hecho de que hubiera tantas muertes entre las personas mayores en las residencias distorsionó percepción y medidas tomadas. La escala de edad obvia un elemento: que los fallecidos de las residencias tienen más puntos en común con los jóvenes que los grupos intermedios.

El primer punto en común es la alta concentración dentro del mismo grupo. En una empresa puede haber enormes variaciones de edad, desde el inicio de la edad laboral hasta la jubilación. Si la edad está relacionada con la resistencia al coronavirus, en las empresas hay gente de todas las edades. Los jóvenes y los ancianos son, en lo que respecta a lo señalado, grupos con un contacto estrecho y similar, la variante es, por supuesto, la mortandad. Los ancianos están concentrados de forma constante mientras que con los grupos jóvenes ocurre lo contrario, concentración intensa (reunión en un momento y contagio) y expansión más a rápida porque, tras el contagio, conectan con otros grupos. Eso lo entendieron los jóvenes que quisieron entenderlo: se hacían test antes de regresar a casa. Si daban positivo, no iban; si daban negativo, podían dar el salto al nuevo escenario grupal.



Si los más mayores tenían un organismo marcado por su historial de enfermedades y las defensas debilitadas por la propia vida, los jóvenes tienen un cuerpo más resistente y mayores casos de asintomáticos.

Es lógico que el sector con más muertes tuviera una atención prioritaria. Pero una vez superado ese hecho, la estrategia de ir descendiendo debería haberse variado porque ahora nos encontramos con un resultado inesperado: el proceso de vacunación está solo a medias (lejos de ese 70% que el gobierno anunció) y el que está sin vacunar al 100% es precisamente el que tiene una mayor intensidad en las interacciones y en el peor momento, el periodo vacacional.

Cuando se planteó en nuestra Junta de Facultad la cuestión de la "seguridad", se nos hicieron llegar las directrices sobre cómo debía atenderse la presencia en las aulas: número, distancias, etc. Mi intervención, con poco resultado, fue para decir que las aulas no eran lo importante porque podíamos establecer las reglas de juego, que lo que me preocupaba eran los espacios de socialización, es decir, aquellos en los que los estudiantes se reúnen fuera de normas. Solo me dio la razón expresamente una compañera socióloga. Pronto se vio que era así, que el orden que se mantenía en el aula, contrastaba con lo que ocurría en los periodos de descanso o al término del día. Las reuniones sin medidas de seguridad en los aledaños, sobre el césped, entre los dos edificios, etc. eran el reverso de las aulas; era un espacio donde nadie seguía las normas y donde, peor todavía, nadie tenía la autoridad para regularlo. Técnicamente, fuera del edificio, no hay más autoridad que la pública, por lo que bastaba con poner un pie fuera del edificio para romper las pautas de seguridad.


Incomprensiblemente, se seguía (y sigue) hablando de "aulas" o "espacios seguros" por mantener las distancias y normas cuando la gente se ha podido contagiar antes de entrar o lo hará después. Mientras la gente está sentada, controlas las distancia y el número; pero fuera...

Ahora nos encontramos con un escenario poco deseable, el del rebote de los contagios gracias a este doble factor: la inexistencia de la vacunación entre los jóvenes, por un lado, y la llegada de lo podemos calificar de "verano", un intenso y extenso periodo de interacciones sociales dentro del grupo con el agravante de que muchos lo harán compartiendo el espacio familiar, donde los más pequeños y las otras personas del grupo siguen sin estar vacunados. Unos están sin ningún tipo de vacuna (los más pequeños), de los que se que se dice serán vacunados en septiembre antes de empezar las clases, y los demás, con la excepción de los abuelos, siguen sin estar todos vacunados.

Sé que es fácil criticar cuando ya es complicado ponerle un remedio, más que por la logística en sí, por los cambios constantes de estrategia seguidos por las autoridades en uno y otro nivel. Las complicaciones de los tipos de vacunas, sobre qué dosis y cuándo, etc. han sido constantes en este periodo, lo que ha socavado la propia credibilidad de la autoridad, que se ha manifestado demasiado dubitativa y muchas veces "política", como ha ocurrido con la absurda norma de quitarse la mascarilla en público cuando precisamente más falta hacía con la llegada del verano, que es -como se ha visto- un semillero de contagios.



Creo que ha fallado la estrategia, que ha fallado el cálculo de obsesionarse con la edad y nada con la intensidad de las interacciones. Los números disparados de contagios y las proporciones de edad, con una enorme diferencia en la incidencia, solo se explican por el factor "joven" (para algunos llega a los 40) o, si se prefiere, por la forma de relacionarse. ¿No hubiera sido más lógico una doble línea, ascendente y descendente; una estrategia centrada en la vacunación en los puntos de concentración difíciles o imposibles de controlar? Espero que hayamos aprendido algo.

De no ser algo serio, da cierta sensación chapucera que los contagios se hayan producido en algo como los "viajes de fin de curso", supongo que porque existe algún sector que vive de ello. ¿Qué sentido tiene —como se ha señalado anteriormente— mantener el control durante el curso para luego contagiarse en el final en un viaje? ¿Es absurdo? Sí, pero es una demostración de esa forma tan peculiar de ver el mundo que implica que mientras no se contagie en "mi" espacio ni bajo "mi" tutela, me importa poco lo que ocurra diez metros más allá. Es una forma de ver el mundo muy burocrática y percibida no desde la realidad de evitar contagios sino bajo el prisma de "desde aquí no es mi problema".



Ahora ya será complicado variar el rumbo. Los que lo han pasado no quieren perderse nada de la diversión tan esperada; los que están asintomáticos dicen que se preocupen los demás de ir protegidos; los que están sin contagiar, ponen en la balanza lo que se van a perder y confían en su suerte y en la resistencia  del organismo. 

De todo lo que ha ocurrido en Mallorca, en el macrobrote, hay menos de una docena ingresados y uno en la UCI, al que le deseamos pronta recuperación. ¡Qué exagerados somos! Como diría Bolsonaro a pesar de los 600.000 muertos en Brasil, "¡una gripecita!"

El Diario de Mallorca nos trae la dimisión de la profesora, jefa de estudios y encargada de Covid-19 de su centro, expresada en forma de carta donde les dice. Creo que sus palabras son claras:

 

Sí, mi instituto es uno de los cuatro que también se han visto salpicados por este brote y la responsabilidad es única y exclusivamente de las personas que se han contagiado (alumnos del centro, muchos de ellos menores aún -pero con sobrada información de la capacidad de contagio y funcionamiento de este SARS-, y de los familiares que se lo han permitido) porque como esta coordinadora covid les dijo a cuatro de estos alumnos (dos de ellas finalmente fueron al viaje y otros dos, afortunadamente y gracias a haber suspendido la asignatura de Lengua, no): "Os vais a Mallorca en busca del coronavirus después de que durante meses, en el instituto, nos hayamos dejado la vida para que no os contagiéis y no contagiéis a vuestras familias".

Hasta donde pueda llegar mi testimonio en este rinconcillo, os contaré que este viaje lamentable no tiene nada que ver con el instituto (y puedo afirmar que con ninguno). La jefa del departamento de Actividades Extraescolares, Jefatura de Estudios y Coordinación Covid19 no han organizado ni mucho menos autorizado (puesto que ha sido ajeno al centro) semejante estupidez con forma de contagio masivo. No solo eso sino que además, la agencia de viajes que ha promovido este atropello sanitario les dio las fechas del viaje cerradas coincidiendo con los exámenes de la evaluación extraordinaria y se nos instó a que desde Jefatura de Estudios enviásemos a dicha agencia un documento donde especificáramos que algunos alumnos habían suspendido para que se les pudiera devolver el dinero puesto que ya lo habían pagado (sin sospechar que podrían suspender y tener que examinarse en las fechas marcadas para ello desde la dirección del centro).*


 Como se suele decir, se puede decir más alto, pero no más claro. Por eso es un escarnio que aquellos que fueron y quienes les financiaron y autorizaron, se presenten como víctimas, defensores de no se sabe muy bien qué libertad. El hastío de las personas que se han pasado el curso intentando mantener a los estudiantes a salvo del coronavirus es comprensible. Provoca depresiones ver este esfuerzo tirado a la basura por un poco de desmadre, de saltarse todo... porque tienen la sensación de que no va con ellos, de que no les pasa nada. Es lo mismo que manifiesta el personal sanitario cuando nos cuentan que salen agotados y se encuentran con botellones en la calle, la misma frustración y desesperanza. No es fácil de digerir.
La estrategia seguida debería haber seguido no solo a los años, sino la capacidad de entender las cosas, la responsabilidad y la solidaridad con los demás. No son fáciles de establecer, pero...
Las consecuencias de estos viajes estos viajes las tenemos delante; las causas nos cuesta reconocerlas por más que nos las pongan delante.


 * "Lee la carta viral de una jefa de estudios con alumnos afectados por el macrobrote de Mallorca" Diario de Mallorca 30/06/2021  https://www.diariodemallorca.es/buzzeando/2021/06/30/carta-jefa-estudios-alumnos-afectados-macrobrote-mallorca-54524946.html

 

sábado, 26 de junio de 2021

Sé lo que hiciste el último verano

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Siguen las reacciones ante el llamado ya "macrobrote" balear que se ha esparcido por toda la superficie nacional. La cadena de amenazas de expedientes a compañías de viajes, hoteles, plazas de toros (se celebraron fiestas allí), etc. hace ver la cadena de responsabilidades. Pero la responsabilidad más alta es la de la irresponsabilidad llamada "optimismo", una forma suave del negacionismo, que no niega que exista el virus, pero sí te dice que algo "es seguro", el mantra irresponsable.

Lo mencionaba ayer, de todo este lío que el gobierno ha montado con su mal entendido de la "seguridad", lo peor del todo han sido las sonrisas con las que se anunciaba, del presidente del gobierno a la ministra que se regodeaban con ello. Esas sonrisas mandaban un equívoco mensaje donde las palabras jugaban a la ambigüedad y el énfasis optimista en la sonrisa era como un pistoletazo en una carrera, ¡adelante!

No vamos a insistir demasiado en lo dicho ayer aquí. Es todo de una evidencia pasmosa, lo que hace más criticable e irresponsable la decisión sobre las mascarillas en exteriores precisamente en el momento en que más se iban a incumplir, el verano, y por el sector que está sin vacunar, el más joven, lo que ya había dado un espectacular descenso en las edades de los contagios. ¿Cómo es posible no sumar dos más dos?

Las prevenciones del gobierno, del "lleven una mascarilla encima" al "póngansela si no hay metro y medio de distancia", son una solemne estupidez en un momento que todo el mundo tenía claro que había que extremar las medidas por los factores señalados.


El añadido de los estadios —partidos con público— era el gesto populista para calmar al reprimido deportivo que ha dado ya muestras de irresponsabilidad precisamente en este tipo de eventos. Todas las celebraciones deportivas han dejado ver fuera de los estadios que la gente se saltaba todos los consejos y normas. Lo hemos visto una y otra vez. Ahora se les dan más señales para poder hacer lo que sigue siendo un riesgo muy elevado, tal como el macrobrote demuestra en un sector, el juvenil, que se ha comportado en parte de la forma vista, mediante botellones y demás formas de celebración desde el principio de la pandemia. Las noticias de todos los fines de semana y el resumen del lunes ha sido siempre el mismo: fiestas disueltas, multas, botellones, casas alquiladas para más discreción fiestera, etc. Incluso nos han venido, principalmente de Francia e Italia porque, ellos mismos lo dicen, aquí pueden hacer lo que no les dejan en su país. Esto ha sido espacialmente llamativo en Madrid.



Ahora, gracias al gobierno, no hay arma para frenar todo esto que no implique el conflicto callejero entre la autoridad que tiene que ir "midiendo" la separación para pasar de la legalidad a la prohibición, como una especie de acordeón que se estira al metro y medio para volver a encogerse en cuanto que los responsable de mantener ese orden se hayan retirado un poco. Las dimensiones del macrobrote permiten ver lo que va a ocurrir con toda seguridad y se temen la mayoría.

De nuevo el egoísmo del asintomático, del que se sabe contagiado (o no quiere saberlo) y no le importa porque la naturaleza le ha seleccionado para inmortal. Es el mismo proceso mental que lleva a la estadística frecuente de muertes en los fines de semana por accidentes de tráfico. Son los demás los que mueren y yo ¡a vivir! Hasta que un árbol, una curva, un cruce o barranco te demuestra, en una variante brutal del "¡recuerda que eres mortal!" con el que avisaban a César, que los dioses tienen límites en su paciencia con los imprudentes y los idiotas.

La retirada de la mascarilla en espacios públicos es una imprudencia acompañada de pura demagogia, porque no se puede hablar de otra cosa. Ya hemos pasado por momentos así, de bajada de guardia, pero no creo que hasta el momento hayan ido acompañados de esta euforia, de este optimismo inexplicable desde el punto de vista epidemiológico y sanitario. Solo el carácter político es el que explica esto en un momento en que las encuestas dan una bajada del gobierno, tanto de unos como de otros socios.



Prácticamente no hay especialista que no se haya llevado las manos a la cabeza ante esta conjunción de factores para lanzar a la gente a las calles. En RTVE.es, Sofía Soler, con el titular "Macrobrotes, o el peligro de olvidar cuándo hay riesgo en exteriores: "Podemos repetir el error del verano pasado"", recoge los datos y los temores ante este macrobote:

 

El macrobrote de coronavirus originado en un viaje de fin de curso a Mallorca deja al menos 470 positivos entre estudiantes de seis comunidades y más de 2.000 jóvenes en cuarentena. Con la temporada de vacaciones recién estrenada y el optimismo latente por la relajación de la norma de las mascarillas, la noticia llega como un jarro de agua fría: ¿es esto el preludio de otro verano de rebrotes?

"Nos puede venir muy bien precisamente para no lanzarnos a pensar que esto se ha terminado. Porque no se ha terminado. Yo creo que es una advertencia: tenemos todavía virus para rato", responde a RTVE.es Alberto Torres, jefe de Medicina Preventiva del hospital Virgen de la Arrixaca de Murcia, poniendo énfasis en que no olvidemos cuando hay peligro de contagio también al aire libre.

"Ojo: se percibe euforia y podemos repetir error verano pasado. Con que tengamos una pequeña ola, el turismo caería en picado...", advierte el epidemiólogo Joan Caylà. Ambos especialistas coinciden en la amenaza que supone la variante Delta para este verano: "Es más transmisible y tiene un mayor riesgo de hospitalización".

El riesgo del virus en exteriores: ¿cómo identificarlo?

Ante estos datos, Torres reprocha la mala pedagogía y excesiva banalización del riesgo en espacios abiertos, especialmente ahora que la mascarilla pasa a no ser obligatoria cuando se pueda mantener la distancia de seguridad al aire libre. "Hay que matizar las situaciones. No quiere decir que en el exterior no tengamos riesgo", avisa.

Existen escenarios sin peligro de contagiarnos, en los que la persona camina sola o con convivientes por un espacio abierto, cuando no haría falta llevar mascarilla. Asimismo la probabilidad de transmisión es "prácticamente nula" en un cruce rápido de dos personas por la calle. Ahora bien, a partir de ahí, las posibilidades son variadas y entran en juego factores como si se lleva protección respiratoria o no, cuál es la distancia entre las personas, cuánto tiempo vamos a permanecer hablando, etc.

"La pregunta es: 'si esta persona estuviera infectada, ¿estaría yo en una situación de riesgo?' Si tu respuesta es sí, ponte la mascarilla", aconseja Torres. "Probablemente en estas macrofiestas se habrán visto muchas situaciones en las que han estado cerca unos de otros, sin mascarilla, cantando, saltando. En esas situaciones se generan muchos aerosoles y hay oportunidad de transmisión".*

 


Como se aprecia, ya no se critica solo la medida, sino ese "optimismo" y hasta "euforia" que la compaña, ese "color de rosa" del que hablábamos ayer aquí. Considerar el macrobrote como un "aviso" de lo que puede ocurrir es lo menos que se puede sacar de esta situación.

Lo que se nos muestra es que la estrategia del fuelle —bajar a un punto para después dispararse la subida por ser impulsados, sacados a la calle— no funciona. ¿No está haciendo el gobierno lo que le criticaba a Díaz Ayuso en Madrid? ¿Hasta qué punto es lo que tienen en mente a la hora de tomar esta (falta de) medida? ¿Pretende así congraciarse con aquellos que están hartos de las medidas (como todos), que no entienden o quieren entender su sentido?

Deberíamos tener claro: a) el virus no se va, solo está contenido por nuestras acciones preventivas; b) si se relajan estas medidas, inmediatamente vuelve a subir la incidencia en aquellos grupos que las relajan. No se trata de "criminalizar" a nadie, como se suele decir; pero lo que empezó contagiándose en funerales y viajes a partidos en Italia, ahora requiere, por su concentración, de menores "trayectos". El movimiento de concentración/contagio, primero, y de expansión/reparto después explican que somos nosotros los que causamos todo.



De las advertencias anteriores, las hay también sobre la economía: "... el turismo caería en picado". La economía solo se salva con responsabilidad, que es lo único que puede dar cierta confianza. Por eso son contraproducentes aquellas acciones que tratan de recuperar los perdido acelerando y desatendiendo las normas. En el macrobrote son muchos los mecanismos irresponsables puestos en marcha. Nadie ha intervenido para algo que se hacía a plena la luz.

Todo el esfuerzo que se hace previamente contrasta con el pistoletazo veraniego de salida, que se vuelve a repetir y cuyo resultado ya conocemos. Sí, "sé lo que hiciste el último verano", podríamos decir recordando el título de la película. Todos los sabemos, cómo ocurrió y cuáles fueron sus consecuencias.

El gobierno sigue pensando que con las cifras actuales de vacunación es posible salir adelante. No es así, como se ha mostrado. El descenso se ha estancado y hay un repunte. Las vacaciones y su movilidad (de un espacio a otro) y su concentración (se juntan las personas) son la situación ideal para una gran explosión y una rápida expansión (el regreso a sus comunidades de los jóvenes infectados).



Es el tipo de noticia que mucha prensa extranjera está deseando publicar para evitar que sus nacionales salgan del país y así dejar el gasto en casa. No deja de ser una paradoja que Baleares fuese el único lugar al que Reino Unido —¡los deseados turistas británicos!— había autorizado en España.

La gran pregunta ahora es si va a ser posible parar lo que es previsible que ocurra con un sector sin vacunar en absoluto que considera que el tiempo libre del que dispone en abundancia debe dedicarse a reunirse en lugares públicos y que no tiene porqué llevar puesta una mascarilla, que ya se la quitaba antes y que ahora considera que no tiene porqué. 

Todos los matices del gobierno contrastan con esas sonrisas y esa euforia que muchos han percibido en el mensaje. Las celebraciones nocturnas del "fin de la mascarilla" son suficientemente ilustrativas del estado de ánimo. Se advierte desde todas partes que hay que seguir vigilantes, pero no es ese el mensaje que percibimos en las celebraciones de personas de todas las edades, especialmente, los jóvenes (entendiendo por estos una amplia edad que se considera tal). Las cifras de la edad de contagios e ingresos son muy claras al respecto.

La pandemia tiene unos aspectos biológicos, pero el carácter expansivo se lo dan nuestros hábitos sociales, nuestra forma y capacidad de reunirnos y movernos. El coronavirus, por su parte, se limita a aprovechar todo aquello que les es favorable.

Todavía me acuerdo de lo que hicimos el último verano.



* Silvia Soler "Macrobrotes, o el peligro de olvidar cuándo hay riesgo en exteriores: "Podemos repetir el error del verano pasado"" TRVE.es 26/06/2021 https://www.rtve.es/noticias/20210626/coronavirus-riesgo-verano-exteriores/2110640.shtml






viernes, 25 de junio de 2021

Todo es color de rosa

Joaquín Mª Aguirre (UCM)


De repente, todo es color de rosa. El rosa representa el optimismo, todo se ve con una sonrisa. Sí, como la que exhibe el presidente del gobierno para decirnos que se acaban las mascarillas, como las de la ministras (dos) que no pueden ocultar su euforia repitiendo una y otra vez las buenas nuevas. La vida española se divide, por decisión del gobierno,  en dos grandes bloques: el denominado "procés" y  todo lo demás. Mediante el primero se acaban los conflictos históricos con un magnánimo acto, llamado "indultos", ampliamente rechazado por sus beneficiados y discutido por casi todos los demás.

El "todo lo demás rosa" gira sobre el coronavirus (¿qué coronavirus?) y sobre cómo lo hemos derrotado, a mayor gloria de la economía, a golpe de vacuna. El gobierno se ha mostrado tan eufórico y optimista que ha acabado asustando a todos.

Sacó de alguna guija, adivino o bombo la cifra del día en que el ponerse la mascarilla era ya un acto estético y sigue dando noticias para la euforia nacional, como la vuelta a los estadios de fútbol y de baloncesto. Como los primeros son al aire libre, solo habrá que respetar distancias; como los segundos son en estadios cubiertos, entonces habrá que ponérsela.

Sobre la primera parte, la de los indultos, ya dirá la historia en qué queda esto, pero me temo que no solo no ha arreglado nada, sino que la cosa se reactiva y va a más.

Pero en la segunda, la de decretar la felicidad, el regreso al estadio (vienen a ser equivalentes para muchos), lucir mentón por la calle, etc. los problemas ya han surgido antes de darse el pistoletazo. Solo el sector de la estética (de la cirugía al carmín, pasando por la barba recortada y los dentistas) ha dado el visto bueno. ¡Fuera mascarillas!

La cuestión de la mascarilla en las calles ya ha suscitado un considerable recelo, según nos dicen encuestas y expertos en una rara unanimidad. Los recelos son diversos, pero todos pasan por la experiencia desarrollada en este tiempo, que algo había que aprender, aunque a veces no lo parezca.



De nuevo se nos ha llenado el mundo de condicionantes. Una cosa que se ha demostrado con claridad en esto de la pandemia son las ventajas del binarismo, "se puede o no se puede", "sí o no", "0 y 1", etc. Lo demás es una ilimitada franja de excepciones que permite hacer al que le apetezca de su capa un sayo y de quien tenga que vigilarlo un auténtico quebradero de cabeza que acaba en desentenderse ante los conflictos. La actitud de las fuerzas encargadas de "poner orden" en el caos establecido por la ambigüedad de las normas es una consecuencia clara. Nos mandan aquí y encima se ríen de nosotros, podrían decir.

Parece que no hemos aprendido nada de aquellos líos, por ejemplo, para pasear mascotas y niños, a veces intercambiables. La casuística se extendía hasta el infinito. ¿Y si cada uno de los padres vive en un barrio diferente, se puede ampliar la distancia del paseo? ¿Se puede sacar a pasear a un sobrino? ¿Y a un ahijado? ¿Cuántas veces se puede sacar a pasear al perro en un día? ¿Hay diferencias entre perros grandes y pequeños o entre razas? ¿Puedo prestar el perro a un vecino?... Y así hasta el infinito.



La nueva norma de quitarse la mascarilla nos obliga a medir las distancias, a calcular la cantidad de personas existentes en la zona, el carácter de peligrosidad del lugar... Nos dicen, además, que hay que "tener la mascarilla a mano", por si de repente surge una cantidad inesperada de gente (por ejemplo, para cruzar por un semáforo) o si va a entrar en algún local. ¿Qué ocurre si al salir de casa me encuentro con una maratón? Salir del binarismo es peligroso; especialmente si se juega con vender optimismo. Es soltarle el marrón a otro con una sonrisa.

En RTVE.es se preguntan de forma llamativa si era el momento, una forma eufemística de preguntarse si es una irresponsabilidad:

 

¿Era ya el momento de levantar las mascarillas obligatorias al aire libre? Algunos epidemiólogos consideran que el paso ha sido "precipitado", dadas las coberturas de vacunación, las incidencias del coronavirus actuales y la preocupación por las nuevas variantes. Otros, en cambio, juzgan "razonable" el planteamiento del Ministerio de Sanidad, que exige que cubramos nariz y boca cuando no se pueda mantener la distancia de seguridad y siempre en interiores.

En cualquier caso, no hay vuelta atrás: la norma ya ha sido firmada en el Consejo de Ministros y entrará en vigor este sábado. Ante esta realidad, los expertos piden "prudencia" a la ciudadanía. Que se flexibilice una medida no implica que la pandemia se haya acabado y que se pueda relajar el resto de precauciones. Es más, su cumplimiento debería ser aún más impecable.*



¿Es posible que haya que recordarle al gobierno que la pandemia NO ha terminado? ¿Es posible que el hecho de eliminar la obligatoriedad de la mascarilla en exteriores (oficialmente) se sustente solo en esa especie de obligación de transmitir "optimismo"? El problema es que cada vez que el gobierno se muestra optimista sobre algo, la gente se echa a temblar. Creo que han comprendido que la "realidad" es irrelevante, que les puede más el "deseo". Ese deseo que todos tenemos porque esta situación termine no casa bien con lo que vemos en el gobierno, en sus decisiones optimistas, en el mundo color de rosa.

En estos últimos días, la realidad ha quitado al gobierno la razón, pero a este no le importa lo más mínimo debido a su optimismo. Todos los medios dan cuenta de los contagios masivos producidos entre jóvenes, del descenso en picado en las edades de los contagios. Brotes de estudiantes Erasmus italianos al completo, de colegios mayores enteros, de viajes de fin de curso a Baleares... aparecen como salidos de la nada pesimista.




 Estos casos son verificables por el contacto y el trazado, pero no ocurre lo mismo con los botellones de fin de semana y que ahora amenazan con aumentar su frecuencia con el final de las épocas de exámenes. Muchos jóvenes regresan a sus casas desde las ciudades en las que han estudiado durante el curso y, claro, cómo no va a haber una fiesta de despedida. Esa despedida se combina con la alegría del regreso. Seis comunidades autónomas están ahora vigilantes por los casos de los que se organizaron por su cuenta el viaje de fin de curso a Baleares.

El resultado es que el gobierno ha generado más alarma que otra cosa. ¿No sirve de nada lo vivido, la experiencia de lo que ocurre tras los veranos, puentes y festivos? Hay quien habla ya de la nueva ola del otoño. Pero no será el otoño el que la cause sino lo recogido en el verano al que se nos lanza por el bien de la causa (económica). La presumible estrategia del gobierno es que habrá menos contagios dado el nivel de vacunación, pero hay muchas incógnitas en esto, entre ellas las nuevas variantes y la duración de la propia vacuna.



Todo lo que se sabemos del coronavirus está abierto al cambio porque no tenemos experiencia comparable. Hemos tenido que avanzar con la esperanza de que lo que sabemos de casos anteriores pudiera servirnos para lo nuevo. No siempre ha sido así y más de una vez los científicos han mostrado su extrañeza señalando que nunca habían visto un caso así.

La falta de control en muchos países y la enorme movilidad (¿recuerdan cómo se trajo a España el virus desde Italia, aquel partido del Valencia contra el Atalanta? y ahora tenemos los viajes de fin de curso) están haciendo que haciendo que la pandemia siga una pautas distintas. Es decir, el hecho de que haya países "más seguros" mientras que haya otro con las epidemias disparadas, fuera de control, aumenta el riesgo por la constante llegada de nuevas variantes del virus cada vez más agresivas por un simple mecanismo de evolución. La velocidad de transmisión entre zonas es una consecuencia de los viajes humanos, por negocios, turismo, deportes, etc. El hecho claro es que las nuevas entradas de virus complican la propia eficacia de las vacunas, diseñadas en un momento determinado. Por eso la preocupación científica por la eficacia de las vacunas existentes frente a las nuevas variantes.



Cuanto más nos contagiamos, más probabilidades hay que aparezcan variantes que puedan ser resistentes a las vacunas existentes. Cada año la gente se pone nuevas vacunas de la gripe porque las de años anteriores no funcionan ya para proteger a los organismos humanos. Por eso hay que volverse a vacunar.  ¿No imaginamos este lío año tras año? Por eso muchos advierten que la distinción entre países seguros y otros que no lo son es muy relativa y sujeta a grandes cambios, como estamos viendo ahora mismo en Portugal, por ejemplo. La nueva variante, además, se expande con una enorme velocidad, muy superior a las anteriores, por lo que en muy poco tiempo pasa a ser dominante entre los contagios.

En el documento que me dieron ayer al recibir mi segunda dosis se advierte que ninguna vacuna es segura al 100%. Es una forma sencilla de plantear el problema, que es de enorme complejidad en muchos niveles, del sanitario al social o política, si lo queremos llamar así. En cierto sentido lo es, pues son los políticos finalmente los que acaban tomando decisiones sobre la población. Sus acciones son parte del fenómeno de la expansión del virus. Leemos en la misma noticia de RTVE.es:

El epidemiólogo Quique Bassat ha juzgado de "precipitado" el fin del uso obligatorio de las mascarillas en exteriores, que ha aprobado este jueves el Gobierno. "Esta medida tendría que tomarse cuando la incidencia fuese más baja y la vacunación más alta. Sabiendo que no se cumplen estas dos premisas puede parecer precipitado levantar esta medida", ha valorado en una entrevista en directo en el Canal 24 horas, en el mismo día en el que el Ejecutivo de Pedro Sánchez ha dado luz verde a la reforma de la normativa.

El investigador ha explicado que las nuevas variantes del virus, más transmisibles, nos exigirán coberturas más altas para alcanzar la ansiada inmunidad de grupo, que se fijó inicialmente con el 70 % de la población vacunada con pauta completa.*


Pero parece que todo esto no ha sido tenido en cuenta, por lo que la medida ha de considerarse estrictamente "política" por más que se repita el mantra de que se ha escuchado a los expertos. Los expertos dicen claramente no estar de acuerdo. Los analistas políticos, en cambio, están evaluando esta medida como una cortina de humo para distraer sobre otros asuntos.



El optimismo tiene unos límites. Con los coronavirus no hay "seducción", solo las medidas adecuadas conforme a la situación. El hecho es que la guardia no puede ser bajada porque basta retirar ciertas medidas para que se vuelvan a disparar los contagios, como está ocurriendo. El gobierno tendrá que pasar su examen cuando termine este verano. La carrera por la vacunación está lanzada, pero hay que tener en cuenta que una cosas es vacunar y otra ausencia de riesgos. Nuestro problema económico-político es grave porque nuestra principal forma de vida necesita de los visitantes. Da igual que se hable de "variante británica", porque los británicos son bienvenidos si además de coronavirus vienen con euros que gastar.

La presión de la industria británica del turismo (no la española) ha conseguido que se permita viajar a Baleares (no a Canarias) decidiendo, a la vez, dónde se dejaran (o cargarán) virus y euros.




Podemos entender la "necesidad", pero lo realmente suicida es no solo abrir las puertas sino quitar las mascarillas. Esto es lo que no es comprensible más que como un gesto irresponsable y propagandístico por parte del gobierno. Igualmente, lo ocurrido con los estadios de fútbol, ¿qué problema había en mantener las mascarillas es lugares donde sabemos que se van a incumplir las normas? ¿No es mejor dejarlas?

Hay una parte que es la que muestra lo vergonzante de la medida: las reservas del gobierno cuando dice que, claro, todo dependerá de la evolución. ¿Qué evolución si ya se están proclamando medidas que no entrarán en vigor hasta que comience la Liga, por poner solo un caso? Precisamente se hace lo contrario, se toman decisiones a cuatro meses vista cuando no se sabe qué va a ocurrir dentro de un mes.

Algunos sostienen que todo esto es por el "procés", para tapar un escándalo con otro. No tengo ningún interés en considerarlo así. Me basta con ver la cara de optimismo absurdo que se dan las noticias. La misión de un gobierno no es transmitir "optimismo" infundado ni crear situaciones que pueden ser incontrolables y peligrosas, como es la retirada de la obligatoriedad de las mascarillas un día mágico, sin saber por qué. Al contrario, hay que "crear" primero y "transmitir" después seguridad. Transmitir confianza cuando no hay seguridad o, más allá, crear nuevas condiciones para la inseguridad elevando el riesgo es irresponsable.

Los titulares actuales en casi todo los medios hablan de los macrobrotes de los jóvenes, ya sea en Baleares o en otros lugares. ¿Rectificará o seguirá siendo todo de "color de rosa"?

 


* "Los riesgos del fin de la mascarilla en exteriores: "El virus sigue circulando"" RTVE.es 25/06/2021 https://www.rtve.es/noticias/20210625/mascarillas-expertos-cautela-cumplimiento-medidas/2110624.shtml