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miércoles, 21 de julio de 2021

Poca justicia

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Por si no tuviéramos bastante, al problema sanitario y al de los partidos se le añade el judicial. Añadir, en este caso, hace referencia a la absorción conflictiva de un determinado poder o sector, que pasa a ser inmediatamente escenario de luchas. Pero vayamos al núcleo.

En el centro de todo esto está la negativa constante de la realización de una normativa que permita abordar "correctamente" la situación cambiante en la que nos encontramos. Como en el juego de las "7 y media", la figura jurídica del estado de excepción se pasa y la del estado de alarma no llega. En una situación tan cambiante como esta, ambas figuras son demasiado rígidas en lo que implican para dar respuesta adecuada.

La parte política del asunto es que este gobierno de socios mal avenidos no se siente con la fuerza de tomar una decisión dura porque sabe que su socio se desmarcará en cuanto tenga ocasión y le dejarán solos frente a una oposición que pide más medidas, pero que en cuanto que se tomen criticará que hayan sido tomadas. Todo menos el acuerdo, que es precisamente lo que hace falta.

Ante esta situación borrosa, se toman decisiones que van en detrimento de lo verdaderamente importante, que es la salud pública, concepto que se vuelve igualmente borroso en este caos anárquico al que ahora están contribuyendo desde la judicatura con sus múltiples versiones, enfrentados a los estamentos políticos.



La sentencia del constitucional, celebrada como un varapalo al gobierno por parte de la oposición, pese a que todos estuvieron de acuerdo, menos Vox, acaba de sembrar el desconcierto que desciende como una cascada de sinsentidos. Las multas, por ejemplo,  que se han puesto no se pueden cobrar ya que al decretar como anticonstitucional el estado de alarma todo lo que esté vinculado queda en la papelera.

Ayer se daba otro despropósito, el requerimiento a la Directora General de Salud Pública en Baleares por las medidas tomadas para evitar la expansión del coronavirus ante el macrobrote producido por la inconsciencia de haber dejar realizar un viaje de fin de curso a miles de estudiantes, todos ellos con familias "responsables":

 

Un juzgado de Palma ha citado como investigada a la directora general de Salud Pública del Govern de Baleares, Maria Antònia Font, por los presuntos delitos de prevaricación y detención ilegal por ordenar el pasado 25 de junio el confinamiento forzoso de los 175 estudiantes del macrobrote de Mallorca.

Según han confirmado fuentes de la investigación, la alto cargo del Ejecutivo autonómico tendrá que declarar el próximo 7 de septiembre.

El juzgado, ante el cual varios progenitores presentaron una querella, ha decidido investigar las circunstancias y los motivos que rodearon el traslado vigilado por la Policía Nacional y el confinamiento de estudiantes peninsulares en el Hotel Palma Bellver.

Por su parte, el Gobierno de las Islas Baleares ha transmitido en un comunicado "su respeto por todas las actuaciones del poder judicial" y ha reiterado que está a disposición de cualquier requerimiento por parte de los tribunales.

"Esto es compatible con la defensa y apoyo a la actuación de la Dirección General de Salud Pública de la Consejería de Salud y Consumo, así como de todos sus miembros, para controlar el macrobrote de contagios" ha añadido, ya que considera que "la actuación fue proporcionada".

Asimismo, el Ejecutivo recuerda que los jueces no atendieron judicialmente las peticiones de habeas corpus solicitadas por algunos de los jóvenes a los que se requirió mantener cuarentena.*

 


Los jueces pueden usar su tiempo para deliberar, para discutir; los responsables de la salud pública, en cambio, tienen que tomar decisiones sobre la marcha en esta extraña mezcla de inoperancia institucional, social y familiar. Todo esto forma parte de esta locura colectiva que está dejando en evidencia el coronavirus, nos muestra el caos en el que vivimos.

Pero cada uno debe aguantar su palo. Los parlamentos deben legislar, hacer leyes adecuadas a las situaciones dadas, y los jueces deben hacer cumplir las leyes. Pero esto ocurre en lugares "normales" y no en un país que ha conseguido llevar el conflicto a todos los niveles de la vida social y política. Esto crea un caos al que nos hemos acostumbrado y que el coronavirus aprovecha. Ante esta situación cada uno barre para casa tratando de salvarse —y aprovecharse algunos— de esta situación. 

El gobierno ha visto que a Díaz Ayuso le va bien electoralmente con una actitud altanera, que hace y responsabiliza a los demás de las consecuencias. Su populismo ha calado en el gobierno y han aprendido la lección: todo lo que haces es bueno, todos lo que otros hacen es malo. Todo esto aderezado con grandes palabras, como "libertad", ha conseguido convertirse en un "modelo" desastroso para el país pero eficaz comunicativa y electoralmente. La política ya no es el arte de gobernar, sino el de responsabilizar a otros de lo malo.

Tenemos a la ministra Darias vendiendo la retirada de la mascarilla —"hoy es el día de la sonrisa"— o tratando de congraciarse con los "jóvenes" —"no estigmaticemos a los jóvenes"— mientras que el presidente presume de vacunar más que nadie y así permitir que se haga de todo. Para todo hay respuesta... ¡menos para el avance de la pandemia! Se sigue incrementando y el gobierno se niega a legislar arrojando a las autonomías al choque con los jueces, algo a lo que él mismo se ha visto abocado por la sentencia del Constitucional. ¿Qué salida tiene esto?



El caso de Mallorca sentará un precedente porque si los responsables del brote pasan a ser los que toman medidas y pasan a ser los "damnificados", todo se complica. Leemos en RTVE.es la explicación dada por las autoridades ante el macrobrote:

"La decisión fue identificar a estos alumnos, hablar con los monitores, y trasladarlos al 'hotel puente' para hacerles una prueba PCR", defendió entonces la consellera de Salud Patricia Gómez, mientras que la presidenta de Baleares, Francina Armengol, afirmó más tarde que "es un peligro para la salud pública que un contacto estrecho no haga la cuarentena".

Finalmente, el 30 de junio, el Juzgado se expresó en el sentido de mantener el confinamiento únicamente en el caso de los jóvenes que hubieran dado positivo por coronavirus en las pruebas realizadas, dando la razón a algunas de las quejas de padres y estudiantes.

Ante esto al menos 45 jóvenes optaron por quedarse en el 'hotel puente' Palma Bellver, mientras que los demás decidieron abandonar Mallorca en un barco con destino a Valencia pagado por el propio Govern. Sin embargo, al menos 13 de los 118 estudiantes que zarparon en el buque dieron positivo a su llegada a al Puerto de Valencia.

Este brote por COVID-19 vinculado a viajes de estudios ha llegado a superar los 2.000 contagiados.*

 


Los jueces juegan con un sentido de la justicia normativo, lo que me parece muy bien. Pero una decisión de 6/5 significa que esa norma se puede interpretar de diversas formas. Lo vemos todos los días porque ellos mismos, los jueces, varían de criterio de un lugar a otro en el mismo día. Esto sitúa la "justicia" de las decisiones en un lugar un tanto problemático y mucho más a los ciudadanos que quedan bajo su mano directa o indirectamente.

Pero hay otro elemento más en este sentido que no se pone sobre la mesa. La profunda injusticia que supone que las personas con los efectos menos graves, ignoren lo que no tendría que cumplirse bajo mandato de la ley, sino por la solidaridad social, por el respeto al otro. La base de la justicia es cierto sentido de la igualdad, el que es igual para todos. Pero aquí no todos actuamos igual ni estamos en la misma situación; no hace lo mismo el que está en una residencia de mayores temiendo por su vida, que el que se pasa por la noche al pueblo de al lado para hacer botellón porque su pueblo está perimetrado y lo tienen allí prohibido. ¿Son igual de "libres", están en igualdad de "derechos"?

Lo que ha hecho el coronavirus es clasificarnos en zonas sobre las que no podemos decidir: más vulnerables y menos vulnerables. Los que se sienten menos vulnerables, lo han dicho con claridad: "si tuviera ochenta años tendría miedo; pero como tengo veinte, no lo tengo". Son palabras dichas con descaro y desparpajo, con un vaso en la mano, en mitad de una celebración de botellón. La cara, entre de guasa y desprecio por tener que explicar una obviedad. 



Lo mismo podemos decir de las vacunas: unos se las ponen para poder sobrevivir, otros —escuchen las declaraciones constantes— para poder seguir con las actividades sin riesgo. Mucho me temo que las visiones de la vida están muy desequilibradas, que realmente no vivimos en el mismo mundo.

Sí, podemos hablar de "leyes", pero no de "justicia", algo que no estaba ni está en la mente de los que reivindican sus juergas frente a la enfermedad de otros, que sabemos que son parte importante de la expansión incontrolada y que, hay que decirlo, será asumido por un sistema sanitario sostenido no por los que hacen botellón sino por los que tienen que levantarse temprano a salir a trabajar sin más remedio. No tienen final de curso que celebrar; solo aspiran a que no cierren sus negocios.

Los padres que han denunciado el "trato" dado a sus hijos, deberían haber pensado antes un poco mejor lo que hacían. ¿Eran libres de mandarles a Mallorca? Por supuesto, pero no deja de ser profundamente imprudente primero e injusto después. Esos trece infectados en el crucero de vuelta, fletado por el gobierno balear y puesto a disposición de los chicos y chicas que querían disfrutar de esa libertad de la que hablan sus padres, son un indicador de que no era broma la necesidad de mantenerles en cuarentena. Pero da igual. ¿Por qué robarles la juventud, como escribía un padre hace unos días? ¿Por qué dejarle sin lo que él tuvo y quiere que su hijo tenga?  

Entre unos y otros, estamos desvariando. El desprestigio por ineficacia y caos de las instituciones crece. Eso no es bueno para nadie.

 


* "Imputan por "detención ilegal" a la responsable del confinamiento de los estudiantes del macrobrote de Mallorca" RTVE.es 20/07/2021 https://www.rtve.es/noticias/20210720/imputan-detencion-ilegal-directora-salud-publica-confino-estudiantes-del-macrobrote-mallorca/2134101.shtml

jueves, 1 de julio de 2021

Viajes sin sentido

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Empecemos por lo obvio. Un contagio no es como romperse una pierna, un hecho aislado, que puede ser fortuito o debido a factores específicos ligados a un punto, como una escalera resbaladiza o una acera mal nivelada. Un contagio, en cambio, es un elemento fuertemente social, ya que se parte de la proximidad de las personas. Las personas se contagian porque están próximas; lo están en unos determinados espacios, compartiendo una actividades comunes, agrupadas por actividades que les agrupan (afinidades, intereses, familias, etc.) o por compartir espacios (escuelas, dependencias, transportes, lugares de trabajo, etc.). En ocasiones, se entremezclan actividades y espacios, ya que las unas y las otras pueden tener fuerte vinculaciones.

Si la gente resbala en una escalera y si hay varios casos, se puede arreglar la escalera. En la pandemia, en cambio, los factores son de más complejidad, pues no están ligados a un solo lugar o actividad, sino a muchos. La complejidad aumenta, pero siempre es posible usar eso que nos han dado llamado cerebro.

Las epidemias se extienden por medio de contagios. Necesitan de nuestra proximidad, por ello los factores de costumbre, los repetitivos, son fundamentales. No solo se debe a los factores físicos del entorno (por ejemplo, la ventilación, la distancia o la higiene), sino nuestras formas de interactuar socialmente, es decir, a cómo nos relacionamos.



Esto es fácil de entender, pero por lo que parece no es sencillo, trasladarlo a la realidad en forma de medidas coherentes. Creo que el hecho de que hubiera tantas muertes entre las personas mayores en las residencias distorsionó percepción y medidas tomadas. La escala de edad obvia un elemento: que los fallecidos de las residencias tienen más puntos en común con los jóvenes que los grupos intermedios.

El primer punto en común es la alta concentración dentro del mismo grupo. En una empresa puede haber enormes variaciones de edad, desde el inicio de la edad laboral hasta la jubilación. Si la edad está relacionada con la resistencia al coronavirus, en las empresas hay gente de todas las edades. Los jóvenes y los ancianos son, en lo que respecta a lo señalado, grupos con un contacto estrecho y similar, la variante es, por supuesto, la mortandad. Los ancianos están concentrados de forma constante mientras que con los grupos jóvenes ocurre lo contrario, concentración intensa (reunión en un momento y contagio) y expansión más a rápida porque, tras el contagio, conectan con otros grupos. Eso lo entendieron los jóvenes que quisieron entenderlo: se hacían test antes de regresar a casa. Si daban positivo, no iban; si daban negativo, podían dar el salto al nuevo escenario grupal.



Si los más mayores tenían un organismo marcado por su historial de enfermedades y las defensas debilitadas por la propia vida, los jóvenes tienen un cuerpo más resistente y mayores casos de asintomáticos.

Es lógico que el sector con más muertes tuviera una atención prioritaria. Pero una vez superado ese hecho, la estrategia de ir descendiendo debería haberse variado porque ahora nos encontramos con un resultado inesperado: el proceso de vacunación está solo a medias (lejos de ese 70% que el gobierno anunció) y el que está sin vacunar al 100% es precisamente el que tiene una mayor intensidad en las interacciones y en el peor momento, el periodo vacacional.

Cuando se planteó en nuestra Junta de Facultad la cuestión de la "seguridad", se nos hicieron llegar las directrices sobre cómo debía atenderse la presencia en las aulas: número, distancias, etc. Mi intervención, con poco resultado, fue para decir que las aulas no eran lo importante porque podíamos establecer las reglas de juego, que lo que me preocupaba eran los espacios de socialización, es decir, aquellos en los que los estudiantes se reúnen fuera de normas. Solo me dio la razón expresamente una compañera socióloga. Pronto se vio que era así, que el orden que se mantenía en el aula, contrastaba con lo que ocurría en los periodos de descanso o al término del día. Las reuniones sin medidas de seguridad en los aledaños, sobre el césped, entre los dos edificios, etc. eran el reverso de las aulas; era un espacio donde nadie seguía las normas y donde, peor todavía, nadie tenía la autoridad para regularlo. Técnicamente, fuera del edificio, no hay más autoridad que la pública, por lo que bastaba con poner un pie fuera del edificio para romper las pautas de seguridad.


Incomprensiblemente, se seguía (y sigue) hablando de "aulas" o "espacios seguros" por mantener las distancias y normas cuando la gente se ha podido contagiar antes de entrar o lo hará después. Mientras la gente está sentada, controlas las distancia y el número; pero fuera...

Ahora nos encontramos con un escenario poco deseable, el del rebote de los contagios gracias a este doble factor: la inexistencia de la vacunación entre los jóvenes, por un lado, y la llegada de lo podemos calificar de "verano", un intenso y extenso periodo de interacciones sociales dentro del grupo con el agravante de que muchos lo harán compartiendo el espacio familiar, donde los más pequeños y las otras personas del grupo siguen sin estar vacunados. Unos están sin ningún tipo de vacuna (los más pequeños), de los que se que se dice serán vacunados en septiembre antes de empezar las clases, y los demás, con la excepción de los abuelos, siguen sin estar todos vacunados.

Sé que es fácil criticar cuando ya es complicado ponerle un remedio, más que por la logística en sí, por los cambios constantes de estrategia seguidos por las autoridades en uno y otro nivel. Las complicaciones de los tipos de vacunas, sobre qué dosis y cuándo, etc. han sido constantes en este periodo, lo que ha socavado la propia credibilidad de la autoridad, que se ha manifestado demasiado dubitativa y muchas veces "política", como ha ocurrido con la absurda norma de quitarse la mascarilla en público cuando precisamente más falta hacía con la llegada del verano, que es -como se ha visto- un semillero de contagios.



Creo que ha fallado la estrategia, que ha fallado el cálculo de obsesionarse con la edad y nada con la intensidad de las interacciones. Los números disparados de contagios y las proporciones de edad, con una enorme diferencia en la incidencia, solo se explican por el factor "joven" (para algunos llega a los 40) o, si se prefiere, por la forma de relacionarse. ¿No hubiera sido más lógico una doble línea, ascendente y descendente; una estrategia centrada en la vacunación en los puntos de concentración difíciles o imposibles de controlar? Espero que hayamos aprendido algo.

De no ser algo serio, da cierta sensación chapucera que los contagios se hayan producido en algo como los "viajes de fin de curso", supongo que porque existe algún sector que vive de ello. ¿Qué sentido tiene —como se ha señalado anteriormente— mantener el control durante el curso para luego contagiarse en el final en un viaje? ¿Es absurdo? Sí, pero es una demostración de esa forma tan peculiar de ver el mundo que implica que mientras no se contagie en "mi" espacio ni bajo "mi" tutela, me importa poco lo que ocurra diez metros más allá. Es una forma de ver el mundo muy burocrática y percibida no desde la realidad de evitar contagios sino bajo el prisma de "desde aquí no es mi problema".



Ahora ya será complicado variar el rumbo. Los que lo han pasado no quieren perderse nada de la diversión tan esperada; los que están asintomáticos dicen que se preocupen los demás de ir protegidos; los que están sin contagiar, ponen en la balanza lo que se van a perder y confían en su suerte y en la resistencia  del organismo. 

De todo lo que ha ocurrido en Mallorca, en el macrobrote, hay menos de una docena ingresados y uno en la UCI, al que le deseamos pronta recuperación. ¡Qué exagerados somos! Como diría Bolsonaro a pesar de los 600.000 muertos en Brasil, "¡una gripecita!"

El Diario de Mallorca nos trae la dimisión de la profesora, jefa de estudios y encargada de Covid-19 de su centro, expresada en forma de carta donde les dice. Creo que sus palabras son claras:

 

Sí, mi instituto es uno de los cuatro que también se han visto salpicados por este brote y la responsabilidad es única y exclusivamente de las personas que se han contagiado (alumnos del centro, muchos de ellos menores aún -pero con sobrada información de la capacidad de contagio y funcionamiento de este SARS-, y de los familiares que se lo han permitido) porque como esta coordinadora covid les dijo a cuatro de estos alumnos (dos de ellas finalmente fueron al viaje y otros dos, afortunadamente y gracias a haber suspendido la asignatura de Lengua, no): "Os vais a Mallorca en busca del coronavirus después de que durante meses, en el instituto, nos hayamos dejado la vida para que no os contagiéis y no contagiéis a vuestras familias".

Hasta donde pueda llegar mi testimonio en este rinconcillo, os contaré que este viaje lamentable no tiene nada que ver con el instituto (y puedo afirmar que con ninguno). La jefa del departamento de Actividades Extraescolares, Jefatura de Estudios y Coordinación Covid19 no han organizado ni mucho menos autorizado (puesto que ha sido ajeno al centro) semejante estupidez con forma de contagio masivo. No solo eso sino que además, la agencia de viajes que ha promovido este atropello sanitario les dio las fechas del viaje cerradas coincidiendo con los exámenes de la evaluación extraordinaria y se nos instó a que desde Jefatura de Estudios enviásemos a dicha agencia un documento donde especificáramos que algunos alumnos habían suspendido para que se les pudiera devolver el dinero puesto que ya lo habían pagado (sin sospechar que podrían suspender y tener que examinarse en las fechas marcadas para ello desde la dirección del centro).*


 Como se suele decir, se puede decir más alto, pero no más claro. Por eso es un escarnio que aquellos que fueron y quienes les financiaron y autorizaron, se presenten como víctimas, defensores de no se sabe muy bien qué libertad. El hastío de las personas que se han pasado el curso intentando mantener a los estudiantes a salvo del coronavirus es comprensible. Provoca depresiones ver este esfuerzo tirado a la basura por un poco de desmadre, de saltarse todo... porque tienen la sensación de que no va con ellos, de que no les pasa nada. Es lo mismo que manifiesta el personal sanitario cuando nos cuentan que salen agotados y se encuentran con botellones en la calle, la misma frustración y desesperanza. No es fácil de digerir.
La estrategia seguida debería haber seguido no solo a los años, sino la capacidad de entender las cosas, la responsabilidad y la solidaridad con los demás. No son fáciles de establecer, pero...
Las consecuencias de estos viajes estos viajes las tenemos delante; las causas nos cuesta reconocerlas por más que nos las pongan delante.


 * "Lee la carta viral de una jefa de estudios con alumnos afectados por el macrobrote de Mallorca" Diario de Mallorca 30/06/2021  https://www.diariodemallorca.es/buzzeando/2021/06/30/carta-jefa-estudios-alumnos-afectados-macrobrote-mallorca-54524946.html

 

martes, 29 de junio de 2021

Los lunes, estigma

Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Una expresión se repite en los medios estos días a cuenta del macrobrote producido en Mallorca, "estigmatizar". Se pide —no está muy claro a quién— que no se "estigmatice" a los jóvenes por lo ocurrido, que no es ni más ni menos que un comportamiento irresponsable en cadena, que no solo les afecta a ellos. En este sentido, por ejemplo, RTVE.es incluye dos titulares al respecto: "Sanidad llama a no "estigmatizar" a los jóvenes pero les pide que "mantengan un mínimo de etiqueta" con los más mayores" y "Macrobrote: los jóvenes pide que no se les estigmatice".

Lo ocurrido en Mallorca es una situación en la que convergen una serie de factores y fuerzas de las que no deja de ser responsable la línea mantenida desde el gobierno y, por ello, el propio ministerio, del que forma parte. Siguiendo la línea habitual de dar "buenas noticias" el presidente y los ministros, para dejar a los siguientes del escalafón la tarea de "dar la cara" cuando las cuestiones no están muy claras, podemos leer en la primera de las noticias:

 

La secretaria de Estado de Sanidad, Silvia Calzón, ha aseverado este lunes que "no es justo" estigmatizar a los jóvenes en un momento en el que vuelven a aumentar los contagios entre la población no vacunada y tras el brote masivo en un viaje de fin de curso a Mallorca. Al mismo tiempo, el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencia Sanitarias, Fernando Simón, les ha llamado a "mantener un mínimo de etiqueta", respetando las medidas de prevención de contagios, cuando se relacionen con personas más mayores, aunque estas estén ya vacunadas.

En la rueda de prensa semanal para informar de la situación del coronavirus, Calzón ha defendido que los jóvenes y adolescentes españoles han tenido un comportamiento ejemplar desde el comienzo de la pandemia, con "gestos de solidaridad" en "unos meses especialmente duros en estas edades".*

 


Toda categoría es injusta y, por ello, hablar de los "jóvenes" —como de cualquier otra categoría— siempre tendrá la injusticia de las etiquetas. Es injusto que se pegue en plena calle a un asiático americano, porque se les estigmatiza en los Estados Unidos, por ejemplo; es injusto igualmente que se considere que todos los norteamericanos son "racistas" por el mismo principio. También es "injusto" que se diga que " los jóvenes y adolescentes españoles han tenido un comportamiento ejemplar desde el comienzo de la pandemia". Sí, el lenguaje es siempre injusto en cualquier generalización que hacemos en cualquier campo.

Es interesante que cuando se produce una situación (no uso el término "hecho") como esta se hable de "estigmatización", cuando esto no es más que una consecuencia de algo que tenemos todos los lunes en los medios de comunicación, el fin de semana de botellones, donde jóvenes y algunos disfrazados de jóvenes son "mostrados" en clara violación de las normas de seguridad, propia y ajena. No sé entonces porque la señora Secretaria de Estado sale ahora a pedir que no se estigmatice a los jóvenes, que han sido ejemplares. Lo que hemos visto hasta el momento nos muestra las dos cosas, incumplimientos y labores solidarias, según la atención que los medios les presten. Los fines de semana toca estigma y durante el resto de la semana, a ser posible, ejemplos de solidaridad de muchos jóvenes que, efectivamente, han sido ejemplares en sus ayudas a los que lo necesitaban.



Me interesan en cambio dos observaciones que se realizaban en estos vídeos de RTVE.es. La primera se refiere a la presión de los sectores empresariales implicados mediante la creación de estímulos que favorecían este tipo de situaciones. Esto es importante porque se está jugando permanentemente con estímulos para la contención, por un lado, y por estímulos a bajar la guardia. Esto se pudo empezar a percibir desde el inicio de la desescalada. Al principio los locales debían ser quienes mantuvieran el orden y el comportamiento seguro. Pronto se vio que esto les generaba conflictos con la clientela a la que no podían estar controlando porque, sencillamente, se iba a otros lugares donde pudieran hacer lo que quisieran. Es la ley del mercado, por decirlo así. Hartos de que se beneficiaran los que no eran exigentes, se empezó a relajar todo. Las imágenes destinadas a mostrar cómo se cumplían las normas contrastaban con las denuncias contra locales que se mantenían tras el cierre "oficial", donde se estaba sin mascarillas, etc. Para estos parece que siempre ha habido clientela y las denuncias y sanciones se han multiplicado. También aquí hay que señalar que unos han cumplido y otros no; unos han seguido las normas de seguridad exigiéndolas a los clientes, ajustando sus locales; otros, en cambio, han preferido ignorarlas para mantener sus negocios. También ellos pedían que "no se estigmatizara" al "ocio nocturno".

Las presiones para llegar "en condiciones" al verano han hecho que lo que proliferen sean los botellones, una alternativa barata y más eficaz en términos de interacciones sociales, que es lo que se busca por la mayoría. La bebida es el inhibidor que facilita las relaciones. Con el cierre de muchas actividades, los botellones tienen también su "sector", no pensemos ingenuamente que son actos espontáneos. Tienen sus propios "empresarios" y sectores de abastecimiento que forman parte de la economía sumergida en muchos casos. En este sentido, hay muchos jóvenes y no tan jóvenes "emprendedores" en el "sector botellón".



Otro sector que hemos visto en el punto de mira antes de macrobrote de Mallorca ha sido el de los "pisos turísticos", motivo también de escándalo, del que nos sabemos cuántos contagios se han producido. Era otro de los temas estrella de los fines de semana con recuento los lunes. Alquileres de chalets, fletado de autobuses, etc. han sido otros elementos que han contribuido a los "lunes de estigma."

Hace unos días comentábamos aquí la generosa oferta del sector del ocio nocturno para abrirse y acabar así con los botellones, a los que —esta vez sí— se estigmatizaba como fuente de contagios, fuera de control, etc. La apertura de discotecas y pubs nocturnos iba a solucionar todo al ofrecer situaciones controladas. Esa era la teoría generosa. La realidad es otra, tal como señalan del sector. El botellón es ya una institución; es el "Uber" de los taxis, por decirlo así. Es la competencia informal al sector formal.

Nuestra falta de creación de una economía productiva organizada ha hecho que sea el ocio en sus diversas variantes, del turismo de 5 estrellas al botellón de cientos de personas, el que atraiga a estos "autónomos" que viven, algunos muy bien, de la organización de lo que ha pasado a ser el auténtico símbolo de este país, la "fiesta" en cualquiera de sus manifestaciones. Lo adultos viven de sanfermines, fallas o del chotis, mientras que los periféricos del sector viven de todo ese otro mundo que perciben menos oficial o folclórico y, sobre todo, más social, más interactivo de mayor intensidad social.



El "estigma" no tiene su origen en Mallorca; se equivoca la Secretaria de Estado de Sanidad. Es la "guinda del pastel", el "tanto va el cántaro a la fuente", etc., cualquier tópico que se le ocurra, de lo que lleva sucediendo sin arreglo durante la mayor parte del periodo llamado de la "desescalada". Son los efectos secundarios de lanzar a la gente a la calle, de quitar las mascarillas, de sonreír tanto en las ruedas de prensa tras el Consejo de Ministros.

Mallorca no ha sido un "botellón" o un "concierto" sin reglas, como en otras ocasiones. Ha sido, sobre todo un "viaje", algo que —por la edad— ha sido autorizado y financiado por las familias, las mismas que ahora hablan del "secuestro de sus hijos". No deja de ser una ironía esos jóvenes que juntan sus muñecas para que la prensa los inmortalice como "Edmundos Dantés" de la pandemia, como inocentes víctimas de reactivar la economía.



Esto es importante también por lo que algunos están apuntando. La franja de edad de los padres está, según los cálculos, entre los 45 y los 55 años, justo los que se están vacunando ya. Algunos analistas estiman que el hecho de que los padres estén ya vacunados o a medias, ha sido un factor determinante al pensarse que ya no hay que cuidarse pues la familia es ya inmune. Con los  abuelos vacunados y con la franja de edad correspondiente a los padres, que puedas contagiar a otros deja de ser importante.


20 minutos (17/05/2021)

Uno de los temores que manifestaban el año pasado los jóvenes que estudiaban fuera era regresar a casa con el coronavirus y contagiar a la familia. Para evitarlo se realizaban un test antes de regresar. Es un freno comprensible; es una enorme responsabilidad saber que has podido ser tú quien ha contagiado a algún miembro y especialmente cuando las personas más mayores han sido quienes peor parte se han llevado en esto.

Pero el salto de la "familia" al extra familiar introduce en un escenario nuevo. Con abuelos y padres vacunados ¿por qué no seguir tu vida?, pensarán algunos. Los que van quedando sin vacunar todavía son los menores de treinta años, la franja más peligrosa en este momento, porque se dan las circunstancias más favorables para que se produzcan situaciones como las de Mallorca o similares. Insisto en que las diferencias entre el "botellón" y el "viaje de fin de curso" son importantes porque implican un visto bueno familiar que ha resultado, a todas luces, irresponsable. Por eso es una enorme ironía los que autorizaron y pagaron los viajes hablen ahora de "secuestros" al tener que estar sus hijos en cuarentena, además de unos cuantos miles de personas, contactos directos, en igual situación. De estar en algún otro país, probablemente les hubieran pasado la factura de los hoteles que están ocupando sus hijos mientras languidecen aburridos unos días, privados de fiestas y demás.



Se nos ha dicho que "se está investigando", que es una forma de frenar las críticas en lo que es un total despropósito. La evidencia es el cambio anunciado ayer sobre la exigencia a los turistas británicos de vacunación y test, algo que la patronal del sector en las Baleares ya ha considerado un posible "desastre".

Los "turistas" juveniles que han llegado de otros países a pasarse los fines de semana en Madrid haciendo aquí lo que nos le dejan hacer allí no son más que el anticipo de la polarización turística entre aquellos que quieren seguridad y aquellos que buscan impunidad, es decir, hacer lo que quieran ante la mirada impotente del sector. El turista es un cliente y este siempre tiene razón, especialmente cuando hay escasez de ellos. El problema es que el turista de la seguridad es incompatible con el de la impunidad. Se juega a unos o a otros. Intentar los dos, es perder a ambos.

Ha habido muchos otros brotes simultáneos, como los de las fiestas en los colegios mayores o la de los Erasmus italianos. No ha interesado moverlos mucho y es más "interesante" para los medios comprobar cómo va a afectar a Baleares. Los Erasmus se irán y los colegios mayores cerrarán hasta la vuelta del verano. Lo de Mallorca es más suculento.



Puede que el gobierno y las autoridades se hayan equivocado en la estrategia de vacunación por franjas de edad, tal vez abrumados por las muertes (siempre llamativas) de las personas más mayores, las de las residencias. Pero el descenso de esa edad ya no está tan clara su eficacia. Es donde están la mayoría de los asintomáticos o de leve síntomas donde está el mayor problema, el de las interacciones sociales, que seguimos sin entender que es la causa de la extensión de la pandemia.

Lo importante, nos dicen, es mantener controlado el nivel en los hospitales, algo que funciona, pero se nos ha desbordado en la atención primaria, donde acuden muchas personas con síntomas menores pero que pueden tener que ser ingresados.

No se acierta siempre, claro, pero sí hay que hacerlo en lo básico. Las recriminaciones a la retirada de las mascarillas es un error de bulto, denunciado por la mayoría de los especialistas. Ha sido, además, un error "político", ya que se trataba de mostrar un "éxito" en una vacunación que no ha llegado a los niveles requeridos como para tomar una decisión de este tipo.

Las noticias de hoy nos dicen que hay Comunidades que se están echando para atrás con la apertura y que la incidencia ha subido cuatro puntos de ayer a hoy. Todo esto ocurre a las puertas del verano, donde los fines de semana se expanden, con viajes y traslados, con nuevas interacciones sociales con propios y extraños.

No, no se trata de "estigmatizar" a nadie, seguro que hay muchos más sensatos que insensatos, responsables que irresponsables. Lo importante no es cuántos, sino quiénes y dónde, detectar el problema allí donde se cree y sobre todo tratar de evitarlos. Lo malo es que este problema es ya una tradición de la que que muchos viven y con la que otros muchos no pueden vivir sin ella. Es nuestro "modo de vida", algo a lo que me niego a llamar —como hacen algunos— "cultura".

 


* "Sanidad llama a no "estigmatizar" a los jóvenes pero les pide que "mantengan un mínimo de etiqueta" con los más mayores" RTVE.es 28/06/2021 https://www.rtve.es/noticias/20210628/coronavirus-sanidad-jovenes-estimagizar-etiqueta/2114062.shtml