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sábado, 11 de noviembre de 2023

La batalla del móvil

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

En su Comprender los medios de comunicación (1964), el canadiense Marshall McLuhan escribió:

La descomposición de la tribu por la capacidad de leer y escribir y sus efectos traumáticos sobre el hombre tribal es el tema de un libro del psiquiatra J. C. Carothers, The African Mind in Health and Disease (Organización Mundial de la Salud, Ginebra, 1953). Gran parte de su material apareció en un artículo de la revista Psychiatry, de noviembre de 1959: «La cultura, la psiquiatría y la palabra escrita». Una vez más, es la velocidad eléctrica la que ha revelado las líneas de fuerza que, desde la tecnología occidental, operan incluso en las zonas más remotas de la sabana y del desierto. Un ejemplo de ello es el beduino montado en camello y escuchando la radio. (trad. Patrick Ducher)


Para el McLuhan profeta de los medios, ese ejemplo representan el punto en el que la tribalización vuelve a reinar tras el episodio de la individualización de la escritura. Escritura y lectura nos distancian, mientras que el mundo oral es colectivo. La electrificación, señala McLuhan, nos lleva a las tribus, representadas por ese beduino sobre su camello escuchando la radio, la nueva oralidad eléctrica.

Hoy el beduino no tendría una radio en su mano, sino un teléfono móvil con el que podría estar conectado por videoconferencia con sus colegas tribales o de cualquier parte del mundo, chatear, escuchar música, hacer fotos desde lo alto de su camello recogiendo la belleza de las puestas de sol y podría tener una aplicación para saber la posición de los animales que vigilara, entre otras muchas cosas.

El mundo del beduino ya no es solo eléctrico, como el descrito por McLuhan, sino digital y global. Todo pasa por su móvil y su móvil es el centro de su mundo. Desde allí recibe todo y desde allí emite todo.

En cierto sentido, todos somos ya ese beduino en lo alto de un camello, conectados al mundo y, a la vez, lejos de él. El móvil conecta y aísla simultáneamente. Estar conectados, además, implica una dimensión teatral. No somos más nosotros mismos, sino más el resultado de las miradas de los otros, que nos modelan con sus imposiciones. Cuantas más conexiones, más dimensiones del yo en marcha.

El teléfono móvil se ha convertido en un centro absorbente de atención que nos aísla a la vez que nos conecta. Nos aísla de todo lo que no aparase en la pantalla, escenario feroz de una guerra no declarada, una "operación especial", que diría Vladimir Putin, en nuestro cerebro.

Los psicólogos y educadores nos lo advierten. Los profesores universitarios lo padecemos como en cualquier otro nivel. Lo padecemos de dos formas. A) desde la perspectiva de los contenidos, han empleado la mayor parte de su tiempo en atender lo que el móvil les demanda, olvidando atender muchas otras cosas; sencillamente se han movido por el mundo durante unas décadas ya ignorando todo aquello que no aparece en las pantallas. Nada de Literatura, cine, etc. solo lo que el móvil les manda para tener la sensación de que están "conectados" al mundo. B) como nos explican psicólogos y economistas, el descenso de la edad de uso del móvil busca generar una adicción. Esto cambia el sentido del tiempo y se produce una incapacidad de mantener la atención, algo que constituye la queja en colegios, institutos y universidades. La atención fija se convierte en un imposible de sostener cuando el hábito es el cambio permanente, la necesidad de fijar la mira en el móvil el deseo incontrolable de verificar si se han puesto en contacto con los nosotros. He proyectado películas mientras los alumnos eran incapaces de fijar la mirada en la pantalla y esta se les iba irresistiblemente hacia sus teléfonos.

Hace unos días asistí a una comida en la que el hijo, mayor de 20 años, mantuvo todo el tiempo el teléfono bajo la mesa. Sus ojos iban del plato a la pantalla, entre bocado y bocado. No había otro movimiento; no dirigió una palabra a sus padres en toda la comida.

La guerra del móvil va a comenzar ya. Más bien se trata de una "reconquista" de un territorio, el atencional, para poder llenarlo de contenido antes de que se convierta en eso que han llamado "memoria de pez", algo que apenas dura unos segundos.

La guerra por recuperar la atención se presenta fuertemente disputada, épica. Se trata de convencer a las víctimas de que lo son, de que está perdiendo gran parte de su vida en cosas efímeras por definición, una larga cola de instantes intranscendentes.

Los libros se acumulan sobre esta cuestión. A los que viven de ella no les importan. Lo disfrazan como parte de la "nueva economía", la que se disputa nuestra atención, la que le pone precio. El problema es que su objetivo es formar adictos distraídos, gentes incapaces de separar sus ojos de esas pantallas que hoy muchos piden prohibir en los colegios. Como a todo adicto, la supresión de su materia de adicción conlleva efectos de irritación, violencia, etc.  Los padres que han dejado a sus hijos teléfonos para poder estar tranquilos mientras consultan los suyos experimentarán ahora los efectos de esos años con el móvil en la mano, ojos y mente.

Por allí han dejado de pasar libros, películas, etc. Es la conexión al momento y la negación del pasado como legado. Generaciones ligeras, cargadas solo con el presente, incapaces de conectar con la cultura. Esto es ya un hecho y la diferencia entre los que son incapaces de dejar el móvil y los que han sido educados de otra forma empieza a ser abismal. Afecta directamente a la educación y, por ello, a nuestras vidas en lo personal, lo relacional y lo cultural.

Solo beduinos en el desierto, con el móvil en las manos. No hay más. Una nueva forma de tribu, aislada y a la vez conectada a través de los móviles o dispositivos que les hacen sentir que hay algo más allá de las pantallas, un estímulo constante y adictivo a la virtualidad.

 

miércoles, 20 de septiembre de 2023

Los niños, los móviles y la atención

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

En Antena 3 plantean de nuevo la posibilidad de que las Comunidades Autónomas, que son las que tienen las competencia educativas, prohíban el uso de los teléfonos móviles en las aulas de los centros públicos a los menores de 15 años. El artículo recoge algunos países donde esa medida se está implantando ante los resultados del uso de los móviles.

No sé muy bien cuál es el espacio para la especulación porque todos los informes existentes y, mejor todavía, las experiencias de los docentes apuntan a lo mismo. Es más, cada vez hay más estudios y publicaciones que hablan de los efectos negativos. Esto además incluye un factor esencial: los efectos se producen en el momento "natural" del aprendizaje, en un periodo en el que se forman y que se ve alterado por toda una serie de efectos y también por una pérdida de tiempo que se debería dedicar a la formación real, a lo más valioso. Si al teléfono le sumamos el tiempo que consume el otro gran devorador de tiempo y atención, los videojuegos, veremos que el panorama es realmente penoso.

Ayer hablábamos aquí de los semáforos en el suelo en Sabadell instalados porque la gente cruza las calles sin quitar la vista de la pantalla, con el peligro que esto supone. Pero si esto es crucial en la infancia y adolescencia, basta con ver los efectos en los adultos, en la pérdida de demasiadas cosas, de la conversación a la atención a los que nos rodean. Hablamos de los niños, pero ¿y los padres? Acérquese a un parque y verá lo que sucede. Durante la pandemia, los psicólogos y los medios especulaban sobre aquellos pobres bebés que crecerían sin ver las caras de sus padres y demás porque llevaban mascarillas. Hoy vemos pasear a bebés en cochecitos, aburridos, sin estímulo alguno, mientras sus padres consultan el teléfono. Muy poquitos van con las manos libres y miran a sus hijos, les hablan. Sobre todo en las edades más tempranas, la indiferencia es enorme. La cara de los niños lo refleja a la perfección. ¿Qué de extraño tiene que quieran pronto un móvil, como sus padres?

La generación que no lee, no ve cine, ni escucha algo más que lo que le ofrecen está ya en los niveles universitarios. Ya te hablan de videojuegos de la misma manera que antes te hablaban de la literatura, el cine o cualquier otro arte con capacidad de desarrollo formativo.

Hay dos libros que les recomiendo encarecidamente. Son muy diferentes pero con un mismo tema, el robo de la atención, es decir, la forma en que se secuestra para evitar que se centre en algo que no sea rentable para las grandes empresas de las comunicaciones que han creado este nuevo mundo y su capitalismo tecnocrático. El objetivo de las mismas es crear esa adicción que basta con que se suba a un transporte público para comprobar: miles de personas con la mirada perdida en el móvil. Ya son de todas las edades porque esto no comenzó ayer.

Son dos libros muy diferentes en extensión y enfoque. El primero de ellos fue declarado libro del año por The New York Times, se titula "Mercaderes de atención: La lucha épica por entrar en nuestra cabeza" (Capitán Swing, 2017, ed. española 2020) y está escrito por Tim Wu, un profesor de la Escuela de Derecho de la Universidad de Columbia. Su traductora es Paula Zumalacárregui. Esa "lucha épica" que describe da lugar a una interesante historia de algo a lo que hemos llegado hoy, pero que comenzó precisamente con la llegada de los periódicos en las primeras décadas del siglo XIX cuyo objetivo era buscar la contratación de la publicidad a la que somos vendidos. El libro son quinientas páginas en las que se va comprobando cómo cada nuevo medio creado acababa al servicio de ese mercadeo atencional que nos saca de nuestro pensamiento y nos sumerge en un flujo que nos arrastra consumiendo nuestro tiempo, es decir, nuestra vida. La obra avanza paso a paso mostrándonos los nombres de aquellos que fueron diseñando este espacio en el que nos encontramos. Del XIX al XXI, nos muestra todos los pasos dados. Puede decirse que es una historia de las comunicaciones modernas desde esta perspectiva, desde ese secuestro atencional.

La otra obra tiene un estilo muy diferente, un tono y enfoque que apunta directamente al problema y no se anda con contemplaciones. El dedo señala de forma continuada a los responsables de este mundo alterado. El autor es Bruno Patino, decano la escuela de Periodismo Sciences Po y director de Arte France, y su título es "La civilización de la memoria de pez. Pequeño tratado sobre el mercado de la atención" (Alianza Editorial). Apareció en 2019 en su versión original francesa y está traducida por Alicia Martorell. Está en su cuarta reimpresión en 2023.

Allí donde Wu saca sus dotes de analista histórico, Patino se lanza a la yugular y expone las distintas patologías desarrolladas por este sistema viciado. "Ha llegado —nos dice— el momento de combatir, no para rechazar la civilización digital, sino para transformarla en su naturaleza y recuperar el ideal humanista que movía a los primeros utopistas de la eclosión del mundo digital" (20).

So dos libros importantes para comprender esta realidad reductora, adictiva y trivial, que comercia con todo con tal de que no apartemos los ojos de ella. El teléfono, como nos señala Wu, no es el origen sino una pieza más en un proceso de transformación del capitalismo que ha adquirido tal poder sobre nosotros que es difícil de resistir o evitar.

La polémica de nuestros responsables educativos es una polémica tonta más que añadir a nuestra lista nacional o regional. El daño causado es grande y no cesa. Puede que a muchos no les importe estar rodeados de personas que ya no hablan, solo discuten, que son movidos como títeres por los hilos atencionales. A otros sí nos importa, especialmente cuando la enseñanza es tu trabajo y vocación. Es triste ver cómo algo tan grande, tan poderoso, queda en manos de manipuladores con enorme capacidad económica (es el negocio del siglo) y muy pocos escrúpulos. Han puesto a su servicio la tecnología y, sin duda, la propia Ciencia, que investiga para ellos, para realizar una más sutil manipulación de las mentes y del comportamiento consiguiente. Desgraciadamente, en muchas de nuestras Facultades de Comunicación es ya el camino reglado. Enseñar a manipular es el objetivo declarado sin tapujos.

Una de las cosas en las que inciden los libros sobre economía de la atención es que no se trata de una imposición, sino de una adicción. Son las personas las que reclaman más. Por eso la atención a la infancia es un objetivo: es allí donde se forman los consumidores futuros que, sin defensas, demandan más dejando su tiempo ante las pantallas en un continuo explorar mecanizado, sin más sentido que la incapacidad de hacer otra cosa. El libro de Bruno Patino, por ejemplo, explora las diversas patologías que se han formado en este proceso creciente.

Qué hacer con los menores y los teléfonos en las escuelas es una pregunta con poco sentido cuando miramos la sociedad que pasa ante nosotros. Quizá ya es tarde.