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lunes, 11 de julio de 2011

Aunque todo vaya mal, no se sienta fracasado

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

En La corrosión del carácter, Richard Sennett escribió:

El fracaso es el gran tabú moderno. La literatura popular está llena de recetas para triunfar, pero por lo general callan en lo que atañe a la cuestión de manejar el fracaso. Aceptar el fracaso, darle una forma y un lugar en la historia personal es algo que puede obsesionarnos internamente pero que rara vez se comenta con los demás. Preferimos refugiarnos en la seguridad de los clichés. Los campeones de los pobres lo hacen cuando intentan sustituir el lamento «He fracasado» por la fórmula supuestamente terapéutica «No, no has fracasado; eres una víctima». En este caso, como siempre que tenemos miedo de hablar directamente, la obsesión interna y la vergüenza se vuelven mayores. Si se dejan sin tratar, se resume en esta cruel sentencia interna: «No soy lo bastante bueno». (124)*

El fracaso no solo es una realidad, sino que es un gran negocio. Desde que Sennett publicó su libro en 1998, el fracaso ha aumentado su ya floreciente mercado. El sistema aprovecha los sentimientos a los que hace referencia Sennett —la culpa, la vergüenza…— y trata de sacar provecho de ellos ofreciéndote alternativas con las que gestionar tus estados de ánimo. El abanico es inagotable. Podemos sentirnos culpables de casi todo.
Los mecanismos psíquicos más efectivos para la manipulación son los que se derivan de la culpa. El mundo está lleno de personas a las que se les hace sentir culpables de su destino o del de los demás. Esto funciona en todos los niveles. Afecta a su renta, a su peso, a sus canas,… Al fracaso, la incapacidad de hacer lo que los demás o nosotros mismos hemos fijado, sigue el sentimiento de culpa por no haberlo logrado. No hay probablemente insulto más hiriente que el de ¡fracasado! Es un insulto que abarca desde la presidencia de las grandes empresas hasta la intimidad de los dormitorios.

 
Al ponderar tanto el éxito, nuestra sociedad incrementa los estragos del fracaso. La simple existencia de listas y rankings —una obsesión actual— implica el éxito de los que están en la cima y el fracaso de los que se encuentran en los puestos inferiores. La inhumanidad de la sociedad que estamos construyendo magnifica las distancias para que los triunfadores queden lo suficientemente alejados de los fracasados. La modestia ha dejado de ser una virtud desde el momento en el que podemos ser confundidos con un fracasado.
Del fracaso viven instituciones enteras y grandes negocios, como el creciente sector de la autoayuda. La autoayuda es la forma de intentar salir del fracaso sin tener que pasar por la vergüenza de solicitar apoyo a otros. Pedir ayuda ya es signo de debilidad y un síntoma más de porqué se ha fracasado. Las personas de éxito son las que escriben los libros de autoayuda, no quienes los compran. El aumento en cantidad y longitud de los estantes de estas secciones en los grandes almacenes y librerías es un signo preocupante del miedo al fracaso en nuestra sociedad.



Hay personas estigmatizadas, como hay países estigmatizados por el fracaso. Lo que está ocurriendo con Grecia y Portugal es un ejemplo de lo mismo, de la incapacidad de esos extraños entes impersonales llamados mercados o inversores —que somos nosotros mismos sin saberlo— de frenar su odio y sanciones al fracaso. El sistema necesita que unos vayan mal para que otros vayan bien. El mecanismo del fracaso es contagioso y se extiende como se están extendiendo los problemas de la deuda a los demás países, incluidos nosotros. Cuando desaparece el último de la lista, el penúltimo ocupa su lugar. Y sigue subiendo. El dominó del fracaso se pone en marcha.

Lo que Richard Sennett llama la “fórmula supuestamente terapéutica” consiste en pasar del fracaso, del cual es uno mismo responsable, a considerarse “víctima”, a responsabilizar a los demás. También los países pueden considerarse víctimas. Pero a diferencia de las personas, que pueden a llegar a hacer un examen medianamente consistente de las causas de su fracaso y superarlo, los países lo tienen un poco más complicado. En primer lugar, porque las causas que llevan al fracaso se pueden haber estado vendiendo hasta minutos antes como claves del éxito. La política tiene estas incongruencias al ser un arte que oscila entre los hechos y las palabras. A veces los hechos se quedan en palabras y a veces las palabras sirven para encubrir los hechos. Los principales obstáculos para la terapia del fracaso suelen ser los propios políticos ya que, al ser el resultado de sus errores, son incapaces de asumirlos y tienden a aplicar la mala terapia de la victimización. El auge del nacionalismo en muchos países es el contrapeso terapéutico de los fracasos. Se responsabiliza a los demás: terceros países, la inmigración… Es más fácil echar la culpa a otros que asumir los verdaderos errores. Hay que romper el tabú del que hablaba Sennett, el silencio que envuelve al fracaso. La mejor terapia es la sinceridad y el debate. Con el autoengaño, individual o colectivo, no se logra nada. Solo comprender los problemas lleva a las soluciones.
Probablemente los griegos, los portugueses, los irlandeses, nosotros mismos, no sabemos qué hemos hecho mal, pero nos señalan como fracasados y se empeñan en hacernos sentir culpables. Usted y yo hacemos lo mismo todos los días, pero el mundo se mueve en una dirección o en otra. No lo entendemos muy bien, pero unos días subes y otros bajas en las listas oficiales de países fracasados. Hay muchos que lo explican, pero muy pocos que lo solucionen.

* Richard Sennet (2011 11ªed.): La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. Anagrama, Madrid.


lunes, 16 de mayo de 2011

La ingeniería de la frustración

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Ayer, en España, la indignación salió a la calle. Va tocando en todas partes y los informativos nos muestran un largo encadenamiento de secuencias con la misma historia en distintas partes del mundo. Sobre un mapa plagado de señales rojas, se desvela que no es una crisis, algo pasajero y anómalo, sino un estado real del sistema. La crisis es el sistema. El mundo se parece cada vez más en todas partes. Las mismas recetas, las mismas respuestas: indignación.
Las promesas constantes han llenado todo de irrealidad y cada vez se nos hace más difícil reconocer el mundo que nos rodea en las palabras que nos repiten. Han aprendido que ante la frustración no hace falta cambiar nada, solo aumentar el nivel de las promesas. Promesa tras promesa, se intenta aplacar el descontento general y la raíz de los problemas.


No es necesario recurrir a teorías complejas para explicar lo evidente: los diseños sociales no han funcionado. Ni los políticos ni los económicos. El deterioro es claro. El resultado social no es el esperado y es importante que se entienda cuanto antes, porque puede que ya sea tarde. Esto no es fruto de la casualidad.
Richard Sennett escribió en La corrosión del carácter hace más de diez años:

Las especiales características del tiempo en el neocapitalismo han creado un conflicto entre carácter y experiencia, la experiencia de un tiempo desarticulado que amenaza la capacidad de la gente de consolidar su carácter en narraciones duraderas.
[…] Lo que tiene hoy de particular la incertidumbre es que existe sin la amenaza de un desastre histórico; y en cambio, está integrada en las prácticas cotidianas de un capitalismo vigoroso. La inestabilidad es algo normal.* (30)

El sistema que se ha construido impone un tiempo y una experiencia personales cuyo resultado final es la ausencia de cualquier forma de estabilidad. Con la receta de adaptabilidad exigen a las personas que renuncien a cualquier especulación sobre lo que desean ser y se acojan a un sistema que les indica lo que pueden ser en cada momento, en función de las necesidades exteriores. Esto supone la negación de la dirección de tu propia vida, la negación del desear —que solo puede desembocar en frustración por la imposibilidad de llegar a ello— y su transformación en la aceptación de lo inestable, de lo precario, como fondo real de tu vida. El sistema te exige la renuncia a ser para que estés en una situación de permanente adaptación a lo que se necesita en cada momento. Esta situación afecta a la educación, al empleo, a cualquier otra actividad social, y provoca la existencia de un mundo lleno de palabrería amable y de acciones implacables.Se equivocan los que piensan que solo se están pidiendo mejoras en el empleo. Esto va mucho más allá. [ver entrada]
Lo que tú quieras no es importante; solo lo es lo que el sistema necesite. A esto se le llama adaptación, flexibilidad o cualquier otro eufemismo técnico con el fin de encubrir lo único importante: que tu futuro no está en tus manos, que es un escrito cambiante y caprichoso en el que cada día alguien decide cuáles son tus metas y si participas o eres desechado a los márgenes del sistema. Eso destruye nuestra capacidad de narrarnos, de definirnos como personas, de construirnos una identidad, porque pasamos a ser reescritos permanentemente. Es una existencia al dictado.
La segunda observación de Sennett es muy importante. La inestabilidad no es la causa de las crisis; la inestabilidad es la base del sistema. Y esta inestabilidad sistémica afecta a lo individual y a lo colectivo. La inestabilidad institucionalizada genera una angustia permanente que va erosionando el carácter, como señalaba Richard Sennett y puede ver cualquiera que conviva con otras personas de su entorno. Provoca también la erosión y el descrédito institucional. Dejamos de confiar en las instituciones cuando comprobamos que actúan en nuestro nombre pero no en nuestro interés. Se convierten en mediadoras para evitar que nuestra ira vaya a más.
El sistema no elimina la angustia, adiestra a algunos a convivir con ella para que el caos no se adueñe del conjunto. De ahí la obsesión por la “excelencia” educativa y el “liderazgo”, por la formación de cuadros ejecutivos cuya primera virtud es no enloquecer con la tensión que el sistema les provoca. Los episodios de crisis y suicidios [ver entrada] son cada vez más frecuentes en todos los ámbitos laborales. Son el resultado de la ausencia de espacios y tiempos, de cronotopos, internos en los que refugiarse.
Vivir la vida como angustia —angustia educativa, angustia familiar, angustia laboral…— es la mayor frustración que cualquier ser humano puede padecer. Condiciona el carácter y este las relaciones en un círculo vicioso casi imposible de romper. Como alternativa, el sistema nos ofrece la gestión productiva de nuestro ocio, el entretenimiento elevado al nivel de religión. Lleva tu ira al estadio.
Los niveles de insatisfacción están aumentando peligrosamente y, como los diques en las crecidas, tendrán que ser abiertos en algún momento. La rabia que ayer salió a la calle se dirige contra el sistema y los que lo gestionan, contra los que nos cantan sus excelencias y nos dicen que para acabar con el problema se necesitan mayores dosis del sistema. Pero los problemas no se acaban porque benefician a una parte, la que decide, la que tiene la capacidad de crearlos para obtener una rentabilidad. Nuestras crisis son especulativas, son provocadas.Se llaman "oportunidades".
Sennett vio muy bien que los problemas del sistema no son los problemas de las personas que viven bajo el sistema; que lo que nosotros padecemos, la angustia, la inestabilidad, la precariedad… son los efectos colaterales de la normalidad.

* Richard Sennett (2010 11ª): La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. Anagrama, Madrid