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domingo, 4 de septiembre de 2016

Huntington, Brooks y los choques de civilizaciones

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Cuando un astrónomo adelanta que se producirá un eclipse tiene una seguridad: ni el sol ni la luna va a leer sus predicciones para hacer que se cumplan sus cálculos o burlarse de él. No ocurre lo mismo con los sociólogos, los historiadores y otros profesionales de la cultura, cuyas predicciones, ideas, etc. son conocidas por muchos de aquellos a los que afectan. La cuestión no es nueva y nos deja la pregunta de hasta qué punto conocer las predicciones inclinan la balanza hacia su cumplimiento.
Se van a cumplir los veinte años del libro de Samuel P. Huntington "The clash of civilizations and the remaking of world order", la obra en la que amplió y explicó su artículo seminal de 1993 que puso sobre la mesa el papel de las civilizaciones en el mundo que estamos y sus conflictivas relaciones. En el prólogo del libro Huntington explicaba:

El presente libro no es, ni pretende ser, una obra de ciencias sociales. Intenta ser más bien una interpretación de la evolución de la política global tras la guerra fría. Aspira a ofrecer una estructura, un paradigma, para ver la política global, que sea válida para los estudiosos y útil para los decisores políticos. La piedra de toque de su validez y utilidad no es si da cuenta de todo lo que está aconteciendo en la política global. Evidentemente, no da cuenta de todo. Su piedra de toque es si proporciona un filtro más válido y útil que cualquier filtro paradigmático análogo a la hora de considerar las nuevas circunstancias internacionales. Además, ningún paradigma es válido eternamente. Aunque una aproximación desde el punto de vista de la civilización puede ser útil para entender la política global a finales del siglo XX y principios del XXI, esto no significa que hubiera sido igualmente útil a mediados del siglo XX ni que lo vaya a ser a mediados del XXI.*

La lectura actual de la obra de Huntington es una lectura distinta, como él mismo sabía sobradamente, de la que se pudo hacer en su momento, una década después y ahora a los veinte años del libro y veintitrés de la publicación del artículo en el que se preguntaba (Huntington hizo notar la poca atención de que el título de su artículo en la revista Foreign Policy llevara una interrogación: "The Clash of Civilizations?") por el nuevo orden del mundo.
Es un principio teórico de la hermenéutica que no podemos escapar de nuestra época. Aunque los libros sean antiguos, quienes los abren son lectores que viven su momento histórico y no pueden prescindir de lo que saben o dejan de saber. Los lectores de hoy no son los lectores de ayer o de mañana, sino del momento, categoría que afecta al presente como contendor del pasado y de las expectativas de futuro que en él se cimentan. El momento es siempre donde habitamos y, por ello, donde leemos e interpretamos.
Leer o releer hoy, con lo que está ocurriendo en el mundo cada día, el libro de Huntington es una aventura reflexiva. El libro ha navegado por la Historia con lectores que han pasado por el 11-S, la Primavera Árabe y la actual guerra de Siria, forma incorrecta, anticuada quizá, de comprender un fenómeno de enormes dimensiones históricas reduciéndolo a un pequeño espacio geográfico. Desde que Huntington escribió su artículo y después su libros han pasado los años, pero sobre todo han pasado acontecimientos que son las puntas del iceberg de ese movimiento de placas tectónicas de la cultura.
La lectura hoy de la obra es un ejercicio apasionante. La lectura actual está afectada por lo que vemos y sabemos, por lo que podemos intuir y por nuestros deseos de que los movimientos vayan en una dirección que evite la catástrofe que amenaza las próximas décadas con inestabilidad constante. La obra, como dice su autor en el fragmento citado, es un "filtro", un modelo de paradigma en el que encajar los hechos, los que conocía, pero ahora también los que hemos vivido desde entonces y estamos viviendo.
El propio Samuel Huntington se encargó de establecer los principios generales de su propuesta y de cómo sería desarrollada en cada una de las partes de la obra:

Primera parte: por primera vez en la historia, la política global es a la vez multipolar y multicivilizacional; la modernización económica y social no está produciendo ni una civilización universal en sentido significativo, ni la occidentalización de las sociedades no occidentales.
Segunda parte: el equilibrio de poder entre civilizaciones está cambiando: Occidente va perdiendo influencia relativa, las civilizaciones asiáticas están aumentando su fuerza económica, militar y política, el islam experimenta una explosión demográfica de consecuencias desestabilizadoras para los países musulmanes y sus vecinos, y las civilizaciones no occidentales reafirman por lo general el valor de sus propias culturas.
Tercera parte: está surgiendo un orden mundial basado en la civilización; las sociedades que comparten afinidades culturales cooperan entre sí; los esfuerzos por hacer pasar sociedades de una civilización a otra resultan infructuosos; y los países se agrupan en torno a los Estados dirigentes o centrales de sus civilizaciones.
Cuarta parte: las pretensiones universalistas de Occidente le hacen entrar cada vez más en conflicto con otras civilizaciones, de forma más grave con el islam y China, mientras que, en el plano local, las guerras en las líneas de fractura, sobre todo entre musulmanes y no musulmanes, generan «la solidaridad de los países afines», la amenaza de escalada y, por tanto, los esfuerzos por parte de los Estados centrales para detener dichas guerras.
Quinta parte: la supervivencia de Occidente depende de que los estadounidenses reafirmen su identidad occidental y los occidentales acepten su civilización como única y no universal, así como de que se unan para renovarla y preservarla frente a los ataques procedentes de sociedades no occidentales. Evitar una guerra mundial entre civilizaciones depende de que los líderes mundiales acepten la naturaleza de la política global, con raíces en múltiples civilizaciones, y cooperen para su mantenimiento.*


Estas son las bases, pero los detalles en su desarrollo son muy interesantes al aplicarse a países y áreas. Muchas de las afirmaciones y previsiones de Huntington en la obra son perfectamente identificables en el presente. Como él señala, eso significa que el paradigma de las "culturas" funciona en la medida en que permite interpretar los hechos del presente.
A pocos días del estallido de la Primavera Árabe, el columnista David Brooks publicó en The New York Times un artículo titulado "Huntington’s Clash Revisited". En esos momentos, algunos de los supuestos de Huntington parecían removerse y debilitar el modelo. Los pueblos árabes se estaban sublevando contra los dictadores que llevaban décadas en el poder y parecía que un modelo democrático podría a triunfar. En la obra de Huntington ya está prevista la posibilidad de un levantamiento popular basado precisamente en el estallido joven producido por la expansión demográfica y la falta de oportunidades.
Brooks reconocía la importancia de la obra de Huntington y señalaba los aspectos que le parecían relevantes:

Samuel Huntington was one of America’s greatest political scientists. In 1993, he published a sensational essay in Foreign Affairs called “The Clash of Civilizations?” The essay, which became a book, argued that the post-cold war would be marked by civilizational conflict.
Human beings, Huntington wrote, are divided along cultural lines — Western, Islamic, Hindu and so on. There is no universal civilization. Instead, there are these cultural blocks, each within its own distinct set of values.
The Islamic civilization, he wrote, is the most troublesome. People in the Arab world do not share the general suppositions of the Western world. Their primary attachment is to their religion, not to their nation-state. Their culture is inhospitable to certain liberal ideals, like pluralism, individualism and democracy.
Huntington correctly foresaw that the Arab strongman regimes were fragile and were threatened by the masses of unemployed young men. He thought these regimes could fall, but he did not believe that the nations would modernize in a Western direction. Amid the tumult of regime change, the rebels would selectively borrow tools from the West, but their borrowing would be refracted through their own beliefs. They would follow their own trajectory and not become more Western.**


En esos momentos, la observación de Brooks era relevante. La predicción de Huntington, cuyo punto fuerte era la idea de relevancia de la "cultura" y, en particular, la "religión", parecía en el aire ante lo que estaba ocurriendo. En la teoría de Huntington, en su interpretación, son los elementos de la "cultura", esencialmente las religiones las que determinarían las relaciones y los agrupamientos futuros. La geografía, las fronteras, son menos determinantes que el aquello que hace formarse alrededor de valores.

La idea expresada varias veces por Huntington y tomada del título del libro del orientalista francés Gilles Kepel, la "revancha de Dios", apuntaba a que la religión sería determinante de las relaciones conflictivas. 
Todo indicaba un resurgimiento de la religión frente a un mundo, el Occidental, que había perdido la identidad religiosa al aceptar la visión escéptica de la Ciencia con la consiguiente pérdida de valores —si Dios no existe, todo está permitido, escribió Dostoieveski en plena época nihilista— y la soledad del individualismo. Las religiones representan, por el contrario, valores, comunidad y permanencia. Huntington daba por hecho el resurgir de las religiones —la revancha de Dios— y su peso en la reordenación social y en las relaciones conflictivas con otras culturas de religiones diferentes.
Brooks criticaba este planteamiento que llamaríamos "esencialista" de las culturas:

Huntington’s thesis set off a furious debate. But with the historic changes sweeping through the Arab world, it’s illuminating to go back and read his argument today.
In retrospect, I’d say that Huntington committed the Fundamental Attribution Error. That is, he ascribed to traits qualities that are actually determined by context.
He argued that people in Arab lands are intrinsically not nationalistic. He argued that they do not hunger for pluralism and democracy in the way these things are understood in the West. But it now appears as though they were simply living in circumstances that did not allow that patriotism or those spiritual hungers to come to the surface.
It now appears that people in these nations, like people in all nations, have multiple authentic selves. In some circumstances, one set of identities manifests itself, but when those circumstances change, other equally authentic identities and desires get activated.
For most of the past few decades, people in Arab nations were living under regimes that rule by fear. In these circumstances, most people shared the conspiracy mongering and the political passivity that these regimes encouraged. But when the fear lessened, and the opportunity for change arose, different aspirations were energized. Over the past weeks, we’ve seen Arab people ferociously attached to their national identities. We’ve seen them willing to risk their lives for pluralism, openness and democracy.*

La primera crítica de Brooks a Huntington, nos explica, se debe a haber pensado que lo que era circunstancial era sustancial y formaba parte de la idiosincrasia de los pueblos árabe musulmanes. La idea occidental de "universalidad", dice Huntington, es "occidental", proyectada a todos, no asumible por otras culturas —como la islámica esencialmente—, donde la religión lo llena todo. Es el argumento en el que algunos dictadores se amparan cuando dicen que la "declaración universal de los Derechos Humanos" no es "universal" sino "occidental", una imposición que no tienen porqué respetar. Los escuchamos con cierta asiduidad en políticos de regímenes con déficit de democracia, otro invento occidental según los mismos.
La tesis de David Brooks, por el contrario, rechaza las esencias invariables y se apuntan a las identidades contextuales: los pueblos son como pueden ser en función de las circunstancias. En esos momento, la Primavera Árabe era un movimiento general que reclamaba democratización y no solo modernización. Y el modelo de democracia estaba claro. Su ausencia en los países musulmanes era prácticamente total. Y al levantar la cabeza vieron un modelo posible: Turquía, un país musulmán y democrático, perteneciente a la OTAN y aspirante a Europa. Esa era una opción; podía haber democracia en un país musulmán y laicismo en el estado.
El análisis que Samuel Huntington hace de Turquía en 1997 deja abierta como una posibilidad (entre tres) el retroceso de la democracia a la occidental y la salida de Turquía hacia el mundo islámico, algo que, llega a decir expresamente. Lo que está ocurriendo hoy, el retroceso democrático a un estado autoritario, las purgas de miles de personas y la toma de las instituciones por su partido islamista, etc. muestran que la Primavera Árabe tenía un modelo poco estable en Turquía. Y da la razón a Huntington en su posible movimiento de retroceso hacia un estado islámico.
David Brooks critica la idea de cultura de Huntington precisamente para permitir la posibilidad de cambios y no el retroceso constante hasta un grado cero de la cultura:

I’d say Huntington was also wrong in the way he defined culture.
In some ways, each of us is like every person on earth; in some ways, each of us is like the members of our culture and group; and, in some ways, each of us is unique. Huntington minimized the power of universal political values and exaggerated the influence of distinct cultural values. It’s easy to see why he did this. He was arguing against global elites who sometimes refuse to acknowledge the power of culture at all.
But it seems clear that many people in Arab nations do share a universal hunger for liberty. They feel the presence of universal human rights and feel insulted when they are not accorded them.
Culture is important, but underneath cultural differences there are these universal aspirations for dignity, for political systems that listen to, respond to and respect the will of the people.**

Eso se puede expresar cuando las calles de varios países están llenas con millones de personas reclamando libertades frente a unos sistemas corruptos. Pero qué ocurre con esas aspiraciones de "dignidad", "democracia" y respeto al deseo del pueblo cuando lo que tenemos en estos momentos es un retroceso democrático o una situación bélica con la excepción de Túnez, que ha conseguido resolver las dificultades y donde esas aspiraciones han conseguido mantenerse.
Creo que con lo que no contaban ambos, Huntington y Brooks, es con el fenómeno de la conflictividad interior de las culturas hasta niveles como los vistos en estos momentos. Me estoy refiriendo esencialmente al fenómeno del Estado islámico y lo que representa realmente dentro de la cultura.
La última crítica a Huntington por parte de Brooks es breve: «Finally, I’d say Huntington misunderstood the nature of historical change. In his book, he describes transformations that move along linear, projectable trajectories. But that’s not how things work in times of tumult.» Para el articulista de The New York Times, la Historia no se mueve como señala Huntington, sino a través de los pequeños pasos que la gente va dando. Pero lo que finalmente ha ocurrido es que los pasos que se deban comenzaron a ir en direcciones distintas, creando el conflicto que hoy tenemos, cuyas consecuencias son imprevisibles y en cadena.


Una cuestión importante: Brooks está hablando de lo que acaba de ocurrir; es más sencillo. Huntington, en cambio, está hablando de un futuro descrito en 1993 que es posible discutir en 2011, como hace en el artículo. El de Huntington puede seguirse discutiendo mucho tiempo; el descrito por Brooks ya tiene que ser interpretado de otro modo desde que el fenómeno Al-Qaeda se transformó en el Estado Islámico cuyo papel es muy diferente. Lo que era un grupo terrorista es hoy la punta del iceberg de la radicalización cultural que quiere regresar a una raíces fundamentales e imponerlas a los que considera propiedades culturales.
Parte del problema que hoy vivimos es precisamente heredero de un concepto propietario y esencialista de las "culturas": las personas son propiedades de los que se han erigido en autoridades omnipotentes. Lo que los propios musulmanes padecen tras el paso de los yihadistas no tiene precedentes en los tiempos modernos porque suponen una inversión de la Historia hacia un estado mítico, que es el de los antepasados, fuera del cual solo hay muerte.
Todo esto fue disparado por el fracaso de la Primavera Árabe o, si se prefiere, por su éxito al derribar a los dictadores. Huntington los describe como confirmación de su teoría. Todos los dictadores árabes laicos se habían vuelto religiosos para evitar ser criticados y poder continuar con sus manejos y controlar la sociedad. Todos creyeron que podrían controlar a los islamistas cuto programa parte del principio de que "El islam es la solución", cerrando cualquier esperanza evolutiva hacia modelos centrados en las libertades, al igualdad, etc.

Creo que todos estos dictadores habían leído a Huntington. ¿Por qué no hacerlo si les confirmaba que el futuro era suyo, un futuro religioso y antioccidental? Lo habían leído también los gobiernos occidentales que apostaron por partidos islamistas —por los Hermanos Musulmanes o por el de Erdogan en Turquía, por ejemplo— creyendo que, como era inevitable, mejor tener amigos conocidos que enemigos por conocer. Lo había leído cabalmente también los intelectuales árabes, que decidieron que el modelo de libertades occidental era un fracaso y que era mejor intentar encontrar uno bueno que, por cierto, todavía no han encontrado, por lo que se limitan a la crítica de Occidente.
Por mi parte solo quiero hacer una pequeña crítica a la obra de Huntington, que me parece de un enorme valor: la ausencia de las mujeres.
La obra, como tantas otras, tiene una visión masculina de la Historia y de sus motores y cambios. Carece de un elemento que me parece clave en la transformación cultural interna hacia el futuro: son las mujeres las que están manteniendo mayoritariamente el espíritu de la revolución porque la vieja cultura las deja fuera, las ignora y reprime. Las culturas que describen son masculinas, patriarcales.


La revolución de las mujeres es de otro orden y de otra visibilidad. Al igual que el Estado  Islámico es una reacción al intento de conseguir sacudirse el imperativo cultural de una generación que efectivamente —como señala Brooks— aspiraba a una universalidad de la dignidad personal y de la representación colectiva en la Historia, los ataques a las mujeres son la reacción con la que se intenta frenar su revolución en países como Pakistán, que han dado un referente como Malala.
Son las mujeres las que pueden cambiar el mundo y sus civilizaciones. Es la reclamación de la dignidad y de la igualdad femenina la que mantienen en alto el conflicto en el interior de las culturas. A Huntington (y a muchos otros analistas) les falta por comprender el papel de esa otra batalla que son las cuestiones de género, que llevan su propio ritmo según los espacios.


La incapacidad para entender hechos culturales como el del "burkini" es grave. Que las mujeres puedan participar en las olimpiadas como nadadoras, levantadoras de pesa, tenistas, vóley, etc. es una batalla que la cuestión del velo no debe hacer malinterpretarse. Es un gran logro y abre muchas puertas en sus países, las mejores defensas contra el integrismo. La tontería de Manuel Valls solo demuestra que nunca ha conversado con mujeres con velo para comprobar lo que hay debajo.
Comprender las culturas es esencial, como señalaba Huntington. Su modelo es muy válido, pero necesita de una reconsideración constante de los factores que las hacen moverse. Su idea, como expresa ya en el título, era cómo habían dejado de valer las agrupaciones producidas por la Guerra Mundial y la Guerra Fría posterior y se preparaba un nuevo orden o quizá un nuevo desorden, algo que también es visto por Huntington si las civilizaciones no consiguen tener un elemento central fuerte que controle las periferias. Los bloques, concluye, ya no funcionan y habrá que establecer otro tipo de relaciones, que consideraba que serían conflictivas durante un tiempo pero no eternamente. El mundo, al final, se reordenaría.


Cualquier visión que maneja grandes unidades corre el riesgo de perder de vista a las personas. En esto Brooks tiene razón: son los pasos de las personas las que hacen avanzar la Historia. Lo malo es cuando se tira en distintas direcciones y una de ellas es hacia un pasado imposible. Lo que en los sistemas democráticos se decide entre un partido y otro, en una cultura no democrática la pugna se eleva a niveles dramáticos. Todo está en juego.

Las relaciones interculturales son esenciales, pero también lo es entender que las culturas no pueden ser cárceles esencialistas, objetos cerrados y estáticos, en las que todo es siempre igual. 
El gran drama del mundo islámico es precisamente que a lo largo de la Historia se ha evitado su transformación y evolución. Se ha perseguido a los que abogaban por reformas capaces de hacer unas sociedades habitables en las que fuera posible vivir sin las tensiones actuales. 
Si no se cambia, algo natural en todo lo humano, la vida se vuelve trágica en todos sus momentos porque sentimos que habitamos un mundo que no es el nuestro, aquel que podemos construir para intentar ser felices. Se nos obliga a vivir en un mundo construido por otros, convertido en pesadilla.
La Primavera Árabe fue un intento, pero la persecución constante de las personas que podían haber contribuido a los cambios necesarios lo ha frustrado en muchos lugares. Pero su fuerza continúa por debajo de la superficie.
A diferencia de la Naturaleza, como decíamos al principio, la Historia es leída e interpretada, y de ella sacamos consecuencias y consejos. No es una "ley", solo un discurso que recoge nuestra comprensión de lo que hemos hecho, hacemos o podemos hacer. El libro de Huntington merece leerse no tanto por ver si acertó o no (describió bien mucho de lo que vendría) sino para evitar cometer los errores que nos llevan por los malos caminos.



* Samuel P. Huntington (1997 4ªr 2001) "El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial". Paidós, Buenos Aires.

** David Brooks  "Huntington’s Clash Revisited" The New York Times 3/03/2011 http://www.nytimes.com/2011/03/04/opinion/04brooks.html

sábado, 25 de julio de 2015

Dos artículos o el verdadero campo de batalla de las "civilizaciones"

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El día 24, Le Figaro publicaba un artículo del director del suplemento Figaro Histoire, Michel De Jaeghere, con el título "Manuel Valls, Lévi-Strauss et la guerre de civilisation" en que escritor daba vueltas sobre las declaraciones del primer ministro francés, Manuel Valls, tras el atentado en el que el terrorista asesino se había hecho un selfie con su ex jefe decapitado. Las palabras de Valls, con las que se inicia el texto, fueron: «Nous ne pouvons pas perdre cette guerre, parce que c'est au fond une guerre de civilisation.»*
La expresión "civilizaciones" le sirve al articulista para dudar inicialmente sobre si el socialista Valls se ha pasado al vocabulario de la "derecha" y trata de encontrarle, tras las matizaciones del propio autor al día siguiente, un sentido en el que no se trata de enfrentar a dos civilizaciones, sino una idea general de "civilización" opuesta a otra de "barbarie". Señala el articulista:

Les civilisations ont, à gauche, mauvaise presse depuis que Samuel Huntington a prophétisé en 1996 que, succédant aux nationalismes du XIXe siècle et aux idéologies mortifères qui ont ensanglanté le XXe, elles seront au cœur des grands affrontements qui pulvériseront, demain, l'utopie d'une fin (pacifique) de l'Histoire. Pis encore: l'expression renvoyait à la «croisade» par laquelle George W. Bush avait riposté aux attentats du 11 septembre 2001 par une déclaration de guerre au terrorisme qui semblait considérer l'ensemble du monde musulman comme un bloc et le désigner comme un adversaire potentiel de l'Occident. Guerre perdue d'avance contre 1,6 milliard de croyants. Et stigmatisation qui se révélerait à haut risque dans un pays (le nôtre) remodelé par quarante ans d'immigration, et qui compte désormais plusieurs millions de musulmans sur son sol.*


La idea de una "guerra de civilizaciones" es algo sobre lo que se puede discutir en el negro sobre blanco del papel, pero que carece de sentido en la realidad, en la que pesan muchas otras circunstancias. Si pudiéramos entrar en la mente del decapitador, probablemente encontráramos allí una idea muy sólida y clara sobre la "guerra" en la que estaba participando. Si pudiéramos haber entrado en la de la víctima es probable que la idea fuera muy distinta o inexistente.
Lo que debatamos sobre el papel tiene muy poco sentido ante un fenómeno de una complejidad única en la historia, pues jamás había habido una mezcla humana tan grande como la existente ni habían existido los medios de interacción entre los distantes, como de los que disponemos hoy. Hay conflicto en la proximidad y también en la distancia en un mundo que ha encogido hasta hacerse casi claustrofóbico.
La idea de distancia ha desaparecido en el sentido de la instauración de una especie de copresencia global. Las cosas ya no suceden allí y aquí, sino que elegimos cuáles nos afectan y cuáles ignoramos en un proceso constante de selección. Hay una proximidad física y una proximidad emocional.


La idea de dos "civilizaciones" separadas colisionando como si fuera "La guerra de los mundos", de H.G. Wells, es absurda en sí misma pero puede convertirse en una forma de creencia si así queremos representárnosla. Hay a quien le interesa hacerla realidad más allá de los libros y artículos.
La verdadera lucha no es entre "civilizaciones" sino en el interior de las propias "culturas". Esta lucha es fruto de un movimiento de aceleración de los cambios debida a las interacciones constantes y a la resistencia a esos mismos cambios. El conflicto, como ha mostrado la Primavera árabe con sus luces y sombras, es producido por la resistencia al cambio en un momento en el que no es posible aislar a las sociedades para mantenerlas bajo control. Otro mundo existe fuera de ellas y no puede ser ignorado.
La radicalización a la que asistimos no es una muestra de fuerza sino, por el contrario, una muestra de debilidad de las estructuras que han funcionado hasta el momento para mantener el control social. Algunos perciben que si se va más allá históricamente, se producirá una disolución. Por eso los fundamentalismos islámicos tras todos los grupos son profundamente involutivos y acusan a los modernistas y adaptadores a los nuevos tiempos de herejía, de abandonar los supuestos "fundamentales".


Mientras que en Occidente la idea de progreso nos dirige hacia el futuro, en el mundo del fundamentalismo islámico, el progreso les saca de la Historia y es necesario desandar el camino para evitar el desastre. No hay ningún movimiento islamista que proponga más libertades o modernizaciones. Solo el regreso medievalista hasta los orígenes. Por eso ese odio profundo a lo que implique cambio. Su "cambio" es "regreso". Sus ideales están en el pasado, ya sea por las glorias de las conquistas o por la santidad de la vida. Ellos son los "puros", los que no se dejan desviar del camino. Ese retorno a la "pureza" tendrá un premio: la reconquista de lo perdido y la ganancia de la totalidad.

Para que haya una real "lucha de civilizaciones", el fundamentalismo tendría que ganar su batalla en casa. Es allí donde se decide todo. Y esa batalla es realmente cultural, pues no se deben repetir los errores coloniales ni la hipocresía poscolonial. Seguimos prefiriendo tratar con dictadores que reprimen y no transforman a sus pueblos, antes que abogar por una verdadera transformación moderna esos países.
Curiosamente, con todas nuestras tecnologías y estudios sobre la comunicación, esta se está usando para ganar una batalla por las mentes frustradas, a las que llegan sin dificultad gracias a nuestra ingenuidad.
Las élites que han controlado el mundo árabe se han reservado los privilegios mayoritarios y se han ido distanciando de sus propios pueblos, a los que solo han apelado de forma interesada. Hoy existen voces que han quedado aisladas en el desierto de la intransigencia; no ha tenido ni eco ni ayuda. No solo no han sido escuchadas, sino que han aprendido a recelar de un Occidente que no se involucra realmente más que a través de un beneficio económico, que no tiene problemas en declararse amigo de explotadores, tiranos y mentes retrógradas si le viene bien a sus intereses.


Tras hacer un recorrido por Roma y el mundo clásico, los valores republicanos, etc., el artículo de Le Figaro se decanta finalmente por el "espíritu":

Parce qu'ils estimaient qu'une telle formation était seule susceptible de nourrir leurs âmes par l'exemple magnifié des héros fondateurs comme par le spectacle des défaillances et des trahisons qui leur avaient fait cortège ; d'aiguiser leur discernement par l'initiation aux conflits de devoirs et aux cas de conscience qui forment la trame de l'existence ; de les habituer à reconnaître l'ordre naturel du monde derrière le désordre des apparences, et à orienter leur vie vers la recherche du Vrai, du Beau et du Bien.
Ces disciplines ont un beau nom: celui d'Humanités. Elles sont, depuis cinquante ans, considérées chez nous comme inutiles, et vouées à devenir, peu ou prou, matières à option dans un système éducatif orienté par la volonté de répondre chaque jour un peu plus aux nécessités d'une professionnalisation technicienne, aux présupposés d'un individualisme peu soucieux d'imposer des limites à la tyrannie des désirs instables, non plus que de proposer à la liberté souveraine des exemples de comportement. Elles ne visent, de fait, qu'à former des hommes dignes de ce nom. On peut, sans elles, gagner des guerres contre toutes sortes d'adversaires. On ne peut faire triompher la civilisation dont elles sont constitutives, puisque leur propos même est de dominer le fond de barbarie qui demeure tapi en chacun d'entre nous.*


El recorrido del artículo es sorprendente. Comienza con las dudas sobre la "lucha de civilizaciones", como la haya podido entender Valls, y acaba con un texto digno del fiscal que condenó por inmoral Las flores del mal baudelerianas. Es de una ingenuidad pasmosa.
Le preocupa más la corrección de las palabras que la realidad misma, cuyo análisis no se plantea. Por mucha lucubración que hagamos sobre si existe o no una "guerra de civilizaciones", de lo que no existe duda alguna es de que existe una "guerra", aunque también podríamos llamarla de otra manera, claro. Y esa guerra existe en la mente de quien la declara contra todo aquel que se le opone. Da igual lo que creamos o especulemos sobre ello; lo importante es lo que el otro quiere. Es mentira aquello de que "dos no se pelean si uno no quiere".

El texto revela que la única preocupación es que se produzcan más casos como el de "lobo solitario" acogido en su clasicista Francia y que acabó decapitando a su jefe y haciéndose un selfie con el cadáver, desgraciado ejemplo de una mentalidad. Con todas mis simpatías para las Humanidades, pero la solución, en el mejor de los casos, solo afectaría a Francia. Y el problema de Francia es solo una parte del problema.
Mientras no se produzca una modernización amplia, más allá de las élites, en muchos países, el islamismo tendrá una voz dominante porque es quien les confirma que el progreso es el mal y la modernización el diablo; es quien les dice que la Ciencia miente y que todo está en el Libro, que no necesitan más. Es quien les señala quiénes son los herejes contra los que hay que dirigir la ira, las mujeres a las que hay que linchar si dudan de la autoridad masculina, y quiénes son los "faraones" a los que hay que derrocar. Son ellos los que dan las respuestas. Una respuesta no es una verdad; es algo que satisface unas expectativas, y las suyas son simples, aunque no las comprendamos desde nuestros parámetros.
Hace poco más de una semana, Egypt Independent publicó un artículo del doctor Khaled Montasser.  El médico y presentador de programas televisivos sobre salud dedicaba la primera mitad del artículo a las últimas informaciones dadas por los científicos sobre Plutón con los datos enviados por la sonda espacial. En la segunda parte del escrito señalaba:

This must have been shocking news to us and to our famous preacher Zaghloul al-Naggar, who used to explain to us the miraculous scientific aspects of the Quran in his weekly articles in Al-Ahram.
In one of his articles, Naggar talked about the verse in Surah Yusuf that reads: “I saw one of eleven stars and the Sun and the Moon prostrating themselves before me,” which he claimed to be a scientific fact that was discovered only in 2003.  
He then fabricated the number of planets in order to arrive at the total number of 11, saying that the number of planets was six in 1781, namely Mercury, Venus, Earth, Mars, Jupiter and Saturn. Then Uranus was discovered, bringing the total number to seven. Then the asteroid belt was discovered in 1801 between Mars and Jupiter, which was the result of a planet exploding in this place, bringing the total number to eight. And then in 1846 Neptune was discovered, followed by Pluto and Sedna, bringing  the total number to 11 in 2003.
This is how Naggar counted the number of planets, so as to contrive the business of Quranic miracles. And in order to rule out any possibility of discovering a twelfth planet, he said it would have to be 90 astronomical units away from the Sun, in which case it would not be affected by the Sun’s gravity and thus should not be considered a planet.
Naturally, the discovery of the 2,500 scientists in Prague turns Naggar’s talk into nonsense, because planets have been and will continue to be added to the Solar System, whether Naggar likes it or not.
This is the predicament that Naggar and others put us in, when they made a connection between the absolute religion, which knows answers, and science, which raises questions. Religion belongs to the realm of certainty, while science belongs to the realm of doubt. And there is no need to mix both of them, since this brings us to the trap of questioning religion.
The Quran is a book of guidance, not a book of biology, geology and astronomy. Its miraculous side lies is in its revolutionary ideas, which will prevail, and not in scientific theories that will change.
We defend the holiness of religion, but we also defend the liberation of science.**


Esta es la verdadera lucha que se está celebrando, no la de las civilizaciones sino la de las conciencias. Lo que hace aquí Montasser es enfrentarse en el mismo terreno, en un artículo de prensa, a quien sigue manteniendo el control de las mentes por las tergiversaciones que hace de los textos coránicos. Dejando en evidencia su juego, Montasser se convierte en un auténtico ejército, mucho más eficaz que otros muchos esfuerzos que se hace con despilfarro de dinero y vidas. La guerra es de ideas, aunque los muertos, sus víctimas, sean desgraciadamente reales.
El escrito de Montasser en una batalla en sí mismo. Se enfrenta a la manipulación y al sometimiento a la ignorancia. Los escritos en Al-Ahram, el periódico más importante de Egipto y del mundo árabe, del predicador Zaghloul al-Naggar buscan evitar que la ciencia se convierta en una alternativa al pensamiento religioso, que debe explicarlo todo para que nadie busque respuestas de ningún tipo fuera. Todo está ya dicho y lo dicho es verdad absoluta. La "religión" es la "ciencia".


Las Humanidades que son válidas para Francia, según el artículo de Le Figaro, necesitan de su propia versión en el mundo árabe. Necesitan que palabras como las de Khaled Montasser se repitan en cada periódico frente a los artículos ridículos y a las televisiones sonrojantes en las que se dicen las cosas más increíbles sin que nadie se atreva a contestarlas. Es el reino de la ignorancia orgullosa y del miedo. Por eso se persigue al que les desafía. Montasser lo hace a menudo. Es un ejemplo. Por decir cosas así, algunos tuvieron que salir al exilio porque sus honestos compatriotas les denunciaron por insultar a la religión, la forma en la que tradicionalmente se han frenado los intentos de cambios. Cada persona que se atreve a manifestar sus pensamientos sin temor a ser considerado un hereje es una victoria para todos, no solo para ellos sino para nosotros, Francia incluida. El título del artículo de Montasser es claro: "How they think and how we think makes all the difference". Es cómo pensemos lo que determina el resto.
Humanidades y Ciencia; valores y conocimiento. Ambas son recetas eficaces contra el desmoronamiento y la regresión constante, aquí y allí, hacia fórmulas irracionales y violentas. Si no se ponen en marcha, se corre el riesgo de que no haya con quién establecer diálogo alguno.


* "Manuel Valls, Lévi- Strauss et la guerre de civilisation" Le Figaro Michel De Jaeghere Le Figaro 24/07/2015 http://www.lefigaro.fr/vox/histoire/2015/07/24/31005-20150724ARTFIG00213-manuel-valls-levi-strauss-et-la-guerre-de-civilisation.php
** "How they think and how we think makes all the difference" Egypt Independent 18/07/2015 http://www.egyptindependent.com/opinion/how-they-think-and-how-we-think-makes-all-difference 



miércoles, 8 de febrero de 2012

Hombres pequeños, grandes palabras

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Cuando los políticos usan ciertos términos, la lían. El resultado final es lo que ha ocurrido en la Asamblea Nacional Francesa tras la intervención del diputado por la Martinica, Serge Letchimy, recriminando al ministro del Interior, Claude Guéant, su concepción de las civilizaciones expuesta el fin de semana en un acto electoral. El diario El Mundo resume así el origen de la polémica:

"Contrariamente a lo que dice la ideología relativista de izquierda, para nosotros todas las civilizaciones no tienen el mismo valor", había señalado Guéant el pasado sábado durante un acto de jóvenes sindicalistas conservadores. "Las que defienden el humanismo nos parecen más avanzadas que las que lo niegan, así como las que defienden la libertad, la igualdad y la fraternidad nos parecen superiores a las que aceptan la tiranía, la sumisión de las mujeres y el odio social o étnico".*

La respuesta no se hizo esperar y Serge Letchimy le lanzó una réplica que causó la indignación de la mayoría parlamentaria y del banco de los ministros que abandonaron el hemiciclo ante la impotencia del presidente de la Cámara, que trató de poner calma y reconducir la sesión, finalmente suspendida. Letchimy le dijo al ministro, por encima de voces y gestos de indignación y burla, que no lograron interrumpirle:

"Usted privilegia la sombra y nos devuelve, día tras día, a esas ideologías europeas que dieron nacimiento a los campos de concentración", exclamó el político martiniqués antes de referirse, en medio de un griterío, al "régimen nazi". "Ninguna civilización tiene la exclusividad de las tinieblas, ningún pueblo tiene el monopolio de la belleza, de la ciencia, del progreso o de la inteligencia", recalcó antes de llamar demagogo a su adversario y defender la Francia de la condición humana de Montaigne y de Voltaire.*

El Ministro Claude Guéant durante la sesión
Es cierto que los actos electoralistas no suelen ser el lugar más adecuado para debatir conceptos de altura, pero sí parecen el lugar idóneo para decir todo tipo de sandeces. Cuando los políticos utilizan conceptos tales como “culturas”, “civilizaciones”, etc., hay que echarse a temblar porque no están hechos para ser utilizados de esa manera ni con esas intenciones. Las grandes palabras, así usadas, suelen esconder la pobreza de ideas, que es lo que le ha pasado al ministro Guéant.

Diputados y ministros abandonan la Cámara

Existe un problema de perspectivismo, por un lado, y político, por otro. El primero es la aplicación del reduccionismo negativo. Definimos a los demás negativamente y a nosotros mismos de forma positiva. Somos portadores de virtudes y los demás de defectos. Esto es un problema que —como la ignorancia— se reduce con un aumento del conocimiento de aquello de lo que se habla, para algunos un esfuerzo sobrehumano o una pereza infinita.

Serge Letchimy da lectura a su recriminación al Ministro
Las personas que no saben de lo que hablan recurren a generalizaciones y, sobre todo, a tópicos, a lugares comunes sobre los demás. Recuerdo el título de una obra, de allá por los setenta, que me pareció revelador: “Catálogo de necedades que los europeos se aplican unos a otros”. Este tipo de grandes generalizaciones “culturales” no son más que paraísos fiscales de la estupidez, ya sean aplicados por un pueblo a su vecino,  un país a otro, o una “civilización” contra aquella con la que quiera contrastarse. La civilización no es algo; es el nombre que le ponemos a un algo difuso y dinámico, poliédrico, cambiante y diferente. Llamamos “civilización” a lo que agrupamos del otro desde nuestra perspectiva. Eso debería estar medianamente claro, especialmente en Francia, que ha tenido y tiene buenos pensadores y científicos sociales. Pero Guéant estará muy ocupado.
El problema político, en cambio, son las consecuencias de esto. Desde que los políticos han decidido que deben ser hombres de acción, ejecutivos, gestores y otras lindezas gimnásticas (¿puede alguien mencionar algún libro de ideas de alguno de nuestros líderes, no los biopics electorales?), es decir, ser hombres sin ideas pero con programas, tratan de alimentar a los demás con estas grandes palabras, conceptos que, sacados de sus contextos reflexivos, se convierten en energía electoral. “Humanismo”, por ejemplo, pasa a ser una palabra “bonita”, positiva, que suena bien y puede ser repetida, sin más explicaciones, en cualquier mitin, discurso o inauguración de un matadero municipal. Haga pruebas, ante un espejo, repitiéndola y verá qué bien se siente. Hu-ma-nis-mo.... Los demás, claro, son inhumanos.

La barbarización del otro, su reducción negativa, como decíamos antes, se traduce en dos efectos políticos peligrosos: primero la traducción a acciones reales (ataques, insultos, etc.) emprendidas por los que están deseando que les digan este tipo de justificaciones maximalistas para agarrar un bate de béisbol o un lata de gasolina. Con el caso reciente del monstruoso criminal de Oslo y Utoya reciente no estamos hablando de casos improbables ni de la historia del nazismo. Lo hizo convencido de su superioridad civilizada; mató a los que consideraba traidores a una civilización humanista y cristiana. Evidentemente ese loco, permeable social, es decir, sensible a lo que escucha, ha justificado su locura en las palabras de otros, palabras e ideas retorcidas hasta convertirlas en las armas deseadas. Ninguna retórica es en balde; siempre hay algún loco que pone en marcha su mente enferma después de ver esas luces que otros le ponen en el camino.
El segundo efecto político es también muy peligroso y consiste en la percepción exterior. Por el mismo reduccionismo negativo que nosotros aplicamos a los demás, los demás nos lo aplican a nosotros. Donde nosotros hemos visto a un loco criminal, algunos de los que están al otro lado de esa imaginaria línea que trazamos lo utilizan no como excepción sino como norma. Así son los occidentales. Lo que se acaba produciendo es una espiral de intransigencia, una retroalimentación de fuerzas negativas que provocan sus propios desenlaces. No otro ha sido el caso del estúpido visionario Terry Jones, el pastor que decidió realizar un juicio contra el Corán. Su imbecilidad manifiesta —que se condene en su propio infierno— no sirvió más que para causar la muerte de inocentes que pagaron sus alegrías de civilización superior.
La incapacidad para ver nuestros propios defectos es solo una parte. Los grandes conceptos como “civilización”, “cultura”, etc. son pobres instrumentos para intentar definir, abarcar o explicar nuestra identidad o nuestra diferencia respecto a otros.  Son herramientas imperfectas —incluso en el campo científico o académico— y controvertidas porque no sabemos si realmente nos ayudan a comprender o evitan que lo hagamos tras los muros de los prejuicios. Son fuente permanente de debate y redefinición.

Por eso, las aseveraciones tan enérgicas del ministro afirmando nuestros valores y negando los de los demás son, en el mejor de los casos, osadas. Lo que le han dicho sobre el monopolio es cierto. Nadie lo tiene. Pero en cualquier lugar del mundo pueden escucharse las campanadas de la estupidez dando imperturbables y satisfechas las horas.
La solidaridad de la Asamblea con el Ministro les hizo levantarse para no escuchar lo que se les estaba diciendo. No es agradable que te recuerden que las palabras contra otros acaban siendo la semilla de la xenofobia o el racismo. En un mundo sensato, el Ministro habría  pedido disculpas por sus palabras y habría vuelto a la biblioteca. Pero un mundo que tiene elecciones cada cuatro años —y entremedias incontables discursos— no es el lugar adecuado para pensar serenamente, sino para adular los egos individuales y sociales, para remar siempre a favor de la corriente. Hasta que la corriente se convierte en riada y se lleva todo por delante.
Está claro que, como buen político, Claude Guánt tiene la obsesión polar: la izquierda / la derecha, nosotros / ellos, humanismo / barbarie. De hecho, el ataque era una excusa contra los que llama "relativistas", es decir, una acción electoralista. Lo importante del caso no solo es que un Ministro del Interior crea en lo que cree, sino que lo extienda a esos jóvenes sindicalistas conservadores, tal como los define el periódico. No hace bien a nadie y, en cambio, puede hacer daño a muchos. Propagar prejuicios siempre tiene sus riesgos.

* 'Señoría, no me llame usted nazi, que me voy' El Mundo 8/02/2012 http://www.elmundo.es/elmundo/2012/02/08/internacional/1328669955.html