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viernes, 7 de noviembre de 2014

Comunicación, representación y partidos políticos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los electorados ya no son lo que eran. No sabemos explicarlo muy bien, pero es lo que está sucediendo en muchas partes del mundo. Quizá sea que la política se ha vuelto mucho más erosiva y se produce un desgaste mayor del liderazgo y un cuestionamiento mayor de las decisiones que los gobernantes toman o las oposiciones proponen. Sea por lo que sea, la política ha cambiado.
Lo que no está ya tan claro son los efectos a medio plazo de estos cambios, es decir, los que transforman la política misma y no solo a las caras que la representan. En el corto plazo, las elecciones se producen de forma continuada y son sensibles a acontecimientos que pueden ser puntuales pero que poseen un efecto devastador. Hay desgastes del día a día y hay desgaste de un día, mediante los que se puede dar un giro a las situaciones que parecían cantadas.
Estamos viendo cómo presidentes que llegaron a sus cargos con gran popularidad y esperanzas sufren reveses que les hunden en picado. El caso más evidente es el de François Hollande que se mantiene en estos momentos en un 12% de popularidad, una de las cifras más bajas de la historia para un presidente de la República. Hollande llegó como la gran esperanza para Francia y para Europa y hoy las encuestas dicen preferir a su primer ministro antes que a él. El descrédito de Barack Obama ha sido también notable y el desastre de las elecciones realizadas hace unos días, las de mitad de legislatura, ha sido un varapalo muy fuerte para los demócratas y para el presidente que será sometido a un desgaste mayor e implacable.
Hablamos de personas, pero podríamos hacerlo perfectamente de partidos, como es el caso de España. En otros países se han producido terremotos electorales en las elecciones europeas con el ascenso de grupos populistas, antieuropeos o radicales. Grupos como el Movimiento 5 Estrellas, la consolidación del Frente Nacional francés o Podemos en España, además de los casos de Grecia o en los países nórdicos.


Creo que es perceptible que el panorama político cambia en distintos órdenes: el comunicativo, el representativo y el organizativo. En el plano comunicativo se está evidenciando un cambio debido a la entrada de nuevos medios que ha cambiado la direccionalidad de la información, han aumentado las fuentes y ampliado exponencialmente el caudal de los discursos. Esta constancia de la información ha llevado a vivir en una campaña entre campañas. Lo que antes determinaba picos y valles muy marcados en las comunicaciones, hoy se ha convertido en una irregular línea llena de altibajos cuyo comportamiento más previsible y estándar se da precisamente durante los periodos electorales. Hoy creo que eso ha cambiado y que —como les suele gustar decir a los deportistas— cada partido es una final.



Esto causado también una grave perturbación en la forma de los discursos políticos que dejan de ser constructivos, en el sentido de buscar soluciones racionales a los problemas, y se han convertido en más emocionales, es decir, provocan en los que los reciben el rechazo de aquellos contra los que se apunta.
Eso, a su vez, ha contribuido a la formación del perfil del político, que lejos de proponer soluciones, se limita a señalar defectos y a dirigir estratégicamente el rechazo. Esto se lo aplican especialmente aquellos partidos que no tienen aspiraciones reales de gobierno, sino que pueden permitirse el lujo de la demagogia agresiva contra unos y otros, sabedores de que es poco probable que tengan responsabilidades de gobierno. La crítica deja de ser un ejercicio político responsable y es una forma de llamar la atención dentro de un ecosistema mediático en el que se compite en estridencia e ingenio para atraer a la opinión pública. La demagogia puede llegar a ser insoportable y es contagiosa.

El abaratamiento de los medios de comunicación hace que se puedan dar unos saltos impensados a la arena política. Las nuevas formas de comunicación que se percibían como una forma de extensión de la democracia han ido más allá y ha aumentado el número de agentes en liza política, atomizando el espectro electoral. 
El filtro económico de la comunicación era uno de los más poderosos. La comunicación era muy cara y llegar a los votantes requería reunir fondos. A los partidos políticos se les exigía unos mínimos para poder tener acceso a los medios clásicos como la televisión y el espacio reducido de la prensa no daba para mucho más. La aparición de las redes y medios digitales ha causado esta ampliación de las posibilidades de crecimiento rápido, tal como estamos viendo, mediante los combinados de medios baratos que usan a los propios seguidores como replicadores virales de la información. Los canales que se crearon para fundar comunidades con lazos virtuales son aprovechados para crear corrientes de opinión, sincronizar actividades y hacer llamadas a la participación. Y esto es válido para los yihadistas o Podemos, para Obama o Marine LePen.
Los nuevos medios están ahí favoreciendo el mayor empuje social y sobre todo aprovechando el descontento de los descontentos, que en épocas de crisis es mucho más fácil de manejar que el optimismo. Esto conlleva unas formas altamente emocionales en la comunicación política, que son el arma preferida de los partidos populistas. El despertar de los nacionalismos, de los sentimientos religiosos en política (pensemos en Francia, en la Rusia de Putin, en el islamismo), etc. son la consecuencia de esta "era de la empatía", como algunos la han calificado, como es el caso de Jeremy Rifkin. "Empatía" ha pasado a ser una palabra clave.


En el orden de la "representación política" se lleva tiempo poniendo sobre la mesa la cuestión de la "legitimación". Aquí la crisis es de otro tipo y existe un movimiento fuerte de cuestionamiento y socavamiento de las representaciones tradicionales. De nuevo la aparición de los medios digitales de comunicación ha sido decisiva, ya que han situado en el debate cuestiones como la ciberdemocracia, que pretende ser "directa" frente a las formas representativas o delegadas. El ataque constante contra la clase política mostrando sus fallas y corrupción se inspira en la denuncia del mecanismo de representación, que consideran la base de muchos abusos. Se quieres más democracia directa, delegar menos y actuar más. Curiosamente, el origen de estos grupos e ideas están el anarquismo republicano de los Estados Unidos en los que siguen latiendo los modelos del "pueblo" frente a la "aristocracia" política y administrativa, y los grupos que se sitúan por encima de las comunidades.


Aquí varía la radicalidad de las propuestas, pero en todas ellas hay un cuestionamiento de la clase política profesionalizada —la "casta" de Podemos— y se aboga por modelos de responsabilidad colectiva pretendiendo que, gracias a las Nuevas Tecnologías y formas de comunicación social, el país más grande puede gestionarse como una Suiza cibernética o que, gracias a la tecnología, los propios partidos pueden abandonar los modelos personalistas —característicos de la época de la Televisión— en favor de movimientos asamblearios en los que la representatividad no conlleva privilegios ni formaciones de elites. La ingenuidad del sistema y de las propuestas se puede valorar de diferentes formas, desde el cinismo de las teorías sobre el poder y la naturaleza humana hasta la eficacia de los gobiernos gestionados de esta manera asamblearia.


El tercer elemento es el organizativo. Este afecta tanto a las organizaciones en sí como a los resultados que produce. Una organización tiene un "output", que son ideas y personas, es decir, programas y dirigentes. Una buena organización política es la que es capaz de producir en ambos campos elementos valiosos, buenas ideas y buenos dirigentes. Los test son las crisis y sus resoluciones, el nivel de satisfacción ciudadana, la estabilidad, etc.
La situación de los partidos políticos españoles —habrá más casos— adolece de los males de la organización: se los percibe como malos productores de ideas y de personas, de líderes ineficaces o corruptos tras los escándalos salidos a la luz. A los dirigentes se les pide que resuelvan los problemas del presente, eviten los del futuro y den además cohesión al conjunto del país. Un partido es acciones, ideas e ideales. Pero si se pervierten sus fines y maneras, no produce una cosa ni otra. Se mantienen por la inercia de los votantes, que tiende a sostener su tendencia de voto en el tiempo. Pero si se llega a un punto crítico, como ocurre en España, con unos altos niveles de desconfianza y de exigencia de responsabilidad a los partidos, se puede producir un giro drástico, que es lo que asusta en estos momentos a los partidos políticos tradicionales.


Cada uno de estos órdenes —comunicativo, representativo y organizativo— tienen funcionamientos distintos. Reflejan una crisis política profunda que es, sobre todo, la erosión de la confianza en el sistema. Cada nuevo caso de perversión de la política con acciones delictivas o inmorales, es un caso de fallo del funcionamiento del sistema.
Los debates sobre la situación del bipartidismo en España no se orientan como deben. El problema no es el "bipartidismo", como llevan sosteniendo muchos años los que reclaman su hueco en el sistema. El problema es la erosión del propio sistema y sus instituciones, en manos de personas que no han sabido cuidarlas y mantenerlas al servicio de la ciudadanía, colapsándolas o volviéndolas inútiles o parciales.
Hay rivales políticos y hay rivales del sistema. Estos últimos crecen tanto por méritos propios como por errores de los demás y no discuten en términos de alternancia sino como sustitución, que es un concepto distinto. Otras cosa es, por supuesto, que lo puedan hacer, pero no es eso lo que se discute aquí, sino solo la naturaleza de sus discursos. En el caso de Podemos, lo que se ha buscado es el equilibrio entre negatividad (los otros) y la positividad, sujeto de ese "poder" transformados en un "podemos" acogedor e integrador. No sabemos muy bien "lo que se puede", cuestión que queda implícita en la negación de los "otros". En cualquier caso, el problema de la vida política española no es "Podemos", que es solo una consecuencia directa de la ineficacia en los fines que los partidos deben cumplir, en la forma de integrar a la ciudadanía y sus aspiraciones y, especialmente, en la incapacidad de purgar sus propias organizaciones de los delincuentes recién llegados o de los que descubrieron su vocación en sus despachos y cargos.


Lo que parece claro es que estos tres elementos configuran un sistema cambiante que requiere una nueva forma de abordar la política pero mantienen una vieja exigencia: la honestidad. Es el recelo el que lleva a la exigencia de cambios cuando el sistema presenta fallos notables. Los ciudadanos deberían cuidar más a quien votan y los grupos políticos deberían seleccionar mejor a quienes proponen para ser votados y posteriormente colocados. El recelo es lo que llevará a establecer sistemas de vigilancia por parte de los ciudadanos, los medios de comunicación y de las propias organizaciones políticas.
Los que no se hayan dado cuenta de que la política ha cambiado es que no se han dado cuenta tampoco de que el mundo lo ha hecho. Los males que se les achaca a los partidos políticos son reales, no ficciones. Lo que tienen que demostrar ante todos es que son capaces de curarse sus propias enfermedades, porque de no hacerlo así, el cambio se acelerará hacia formas más alejadas de las que hemos conocido hasta ahora. Las sociedades modernas son complejas y los populismos son simplificaciones. Hay que encontrar el equilibrio en la representación, alejarse del "malestar en la política" y buscar caminos que ayuden a vivir en sistemas más armoniosos, que permitan identificarse a los ciudadanos con fines y medios.




sábado, 15 de febrero de 2014

La opinión representativa

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El escuchar en una de esas tertulias periodísticas nocturnas la afirmación por parte de uno de los asistentes de "que no era partidario de la democracia directa" y sí lo era en cambio de la "representativa" me dejó bastante perplejo, especialmente en una situación como la que vivimos, en la que nuestros representantes aquí y en muchas otras partes del mundo, son cuestionados precisamente porque se consideran "poco representativos". Uno de los gritos de protesta más habituales es el de "no nos representan" con el que se trata de expresar esa discordancia aparente entre los votantes y los votados, entre los representados y los representantes.
Manifestarse en contra de la "democracia directa" es un solemne tontería, pues es la base de la democracia, que solo a efectos de operatividad se desplaza hacia unos representantes que no son elegidos para ser oráculos sino para cumplir el compromiso que contraen con sus votantes. Pero de estas tonterías solemnes se nos llenan cada día los oídos, por esta versión de "opinión representativa" que, calcada de la política, se ha profesionalizado de forma inamovible en las televisiones.


El mismo inmovilismo que hay en la política lo hay en el grupo selecto de "opinadores" que se turnan unos con otros para filtrarnos el mundo nuestro de cada día, en cuidadoso reparto. No se sabe muy bien de dónde sale ese reparto más o menos equilibrado, pero dada la alineación de los medios con los intereses políticos que más les miman, reproducen esta vez una especie de parlamento de papel en el que cada uno tiene su cupo. Unos son más independientes que otros, algo que nadie niega, pero sí que la mano que los selecciona y agrupa en cada caso tiene en mente su propio parlamento.
Se echa de menos la presencia de verdaderos especialistas con opiniones más fundadas que las que pueden en ocasiones manifestar, bastante burdas en algunos momentos. La especialización periodística tiene su sentido, pero que los medios se utilicen a sí mismos como fuente de información —periodistas que declaran ante periodistas— no debería ser un recurso del que se abusara, pues puede incurrir en los mismos vicios que la política, que dejen de defender los intereses comunes y se dediquen al papel que les ha sido asignado.
Hay personas que cumplen bien su papel y no es esa la cuestión, sino el cierre de otras voces sociales que pudieran ofrecer visiones más precisas de ciertos aspectos de lo cotidiano en cualquier campo. Es muy cómodo saber que cada noche  o mañana tendrás a tres, cuatro o cinco personas sentadas ante ti, dispuestas a contestar cualquier cosa que les preguntes. Es mucho más sencillo que localizar expertos que puedan aportar visiones más completas de cada asunto.

Los medios han creado una especie de "plantilla exterior" en la que las mismas caras reaparecen una y otra vez. Su función consiste en responder por turnos a una pregunta sobre algo ocurrido que les formula el presentador o presentadora. En ocasiones llega a ser obsesivo porque hay personas que aparecen en varias cadenas e incluso en la radio. Al estar en ocasiones grabado, he podido apreciar a una misma persona en dos cadenas a la vez, lo cual  confiere una ubicuidad milagrosa gracias a la tecnología.
Sabemos mejor lo que piensan ellos que lo que piensan la gran mayoría de los políticos que elegimos. No es bueno para la independencia periodística esta presencia constante de las mismas personas convertidas en fuente de opinión sin más representatividad que el estar contratados por un periódico o cadena. Esa frase tan manida de que el periodista no debe ser el foco de la noticia, se anula cuando es el periodista el foco transmisor de constante de las noticias.
Los periodistas están para preguntar y después informar. No creo que su función sea la contraria, convertirse en respondedores de preguntas del medio que les acoge. Pueden hacer sus reportajes y después informar sobre las circunstancias o su opinión de lo expuesto, pero no es esto lo que se hace aquí. He visto en otras cadenas extranjeras que, en ocasiones, cuando son asuntos delicados, aparece un "editor responsable" del área, que es preguntado por quien presenta el programa. Pero es un especialista responsable del área y es de la misma cadena. En ocasiones se hace aparecer en el estudio a un corresponsal recién llegado de algún lugar y se le entrevista para tener información directa sobre lo que está ocurriendo. Nada que ver con todo esto.


Lo que se acaba creando es una "red" entre los medios a través de las personas, ya que cada cadena tiene bajo contrato a periodistas del resto de los medios. Se respeta el principio de competencia entre cadenas, pero se aceptan los cruces entre las televisiones y los periódicos. La teoría es que se promocionan unos a otros. Los periodistas adquieren popularidad a través de las pantallas, que acaban aumentando el número de sus lectores, algo de lo que se suele beneficiar el periódico (aunque tenga que mejorarles el contrato por su estatus de populares televisivos), y las televisiones se hacen con los servicios de los periodistas de opinión sin correr los de la casa el peligro de estar bajo el punto de mira de los políticos, algo bastante habitual, especialmente en las cadenas estatales y autonómicas, que son quienes más usan este método. Se da así la ilusión de que existe un distanciamiento, cierta objetividad, al usar a profesionales del exterior de la cadena.
Cuando veo canales de televisión de otros países, percibo que la función principal del periodista es acercar las voces de la sociedad, no solo las de representación política o ciudadana, sino las de los expertos en cada problema. Más allá de los noticiarios, veo que las pantallas se parten para dar entrada a una o dos voces diferentes sobre un problema sobre el que debaten. No debaten dos periodistas. Son voces directas, de los implicados y el periodista, que muchas veces debate con dureza con su invitado; no son las voces de otros colegas que cuentan su opinión. ¿Qué sentido tiene ver discutir a dos periodistas? ¿Por qué no a dos expertos?

No me extraña que el periodista al que citaba al comienzo, se manifestara en contra de la "democracia directa" y a favor de la "representativa". También existe una "información directa" y otra "representativa", que es la que él encarnaba, aunque no fuera representante de nadie. La importancia mediadora del profesional de la información es enorme, pero lo que no puede hacerse es absorber todas las informaciones evitando que se perciba la polifonía social. 
Si tenemos la sensación de estar en manos de caciques políticos —de volver a los problemas señalados por Joaquín Costa—, no se debería correr el riesgo real de que ocurra lo mismo con la información, que en vez de contribuir a ampliar la opinión, la secuestre. Las funciones de los periodistas están muy claras, pero su exceso no contribuye a una mejor información sino a reducción de fuentes. El protagonismo periodístico es un riesgo para el propio periodismo y, por ello, para la propia sociedad, que se hace la ilusión de estar muy bien informada porque las pantallas están llenas de informadores.
Aunque nos informaran bien, no es bueno que sean siempre los mismos lo que lo hagan. Hace falta oxigenar la información, como hace falta hacerlo en la política. No por cambiar de caras simplemente, sino por asegurarnos que se escuchan las voces adecuadas en cada momento, que son las que los ciudadanos y las de los que pueden analizar u ofrecer soluciones o alternativas a los problemas reales. Algunos tienen la honestidad de comenzar sus frases diciendo "aunque no soy experto en...", pero eso no evita que el que tuviera que estar ahí sí debería serlo, por respeto al propio público, que debe estar lo mejor informado posible.



La otra noche asistí asombrado al pase rápido, a instancias del moderador, de lo ocurrido con el referéndum en Suiza —primera página y editoriales de los medios más importantes en todo el mundo— porque no quería que se quedara sin tratar lo "de Wert y los goyas". Eso dio lugar, como era previsible, a comentarios ingeniosos para delicia de los noctámbulos. Pero con todo, el más ingenioso, fue el de estar "en contra de la democracia directa". Lo entiendo.








lunes, 1 de octubre de 2012

Tanto monta...

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Tras leer la entrevista* que el diario El País ha realizado a los diputados Gabriel Elorriaga y Eduardo Madina —PP y PSOE respectivamente—, para tratar de comprender cuál es su estado de ánimo y razón ante las críticas constantes y el desprestigio generalizado que la clase política ha producido en un sector importante y, probablemente, mayoritario de la sociedad española, la constatación que saca cualquier persona medianamente normal es que ser "político" es tener respuesta para todo. Dense cuenta del matiz importante: no tener "solución" para todo; solo tener "respuesta".
Lo que más indignación ha causado entre los ya generalmente irritados —reservamos el término "indignado"— comentaristas de los foros es la respuesta que ha tenido el dudoso honor de convertirse en titular de la entrevista: "La clase política es toda la sociedad". Creo que, con la que está cayendo, no es la respuesta más afortunada. Parece más bien un intento, por decirlo expresivamente, de salir camuflados entre los rehenes.


Los márgenes de discrepancia entre ellos son tan reducidos que formarían una buena pareja de dobles en la Copa Davis de la política si esta existiera. Pareja imbatible en tierra batida, desde luego. Juego de fondo y a aburrir al contrario.

Se centra gran parte de la entrevista —lo explico para los que la irritación del titular no les permitió ir más allá— en la cuestión de la profesionalización de la política y en la sorpresa que les causa que casi todo el consejo de ministros actual esté formado por funcionarios. No logro sacar una conclusión de si eso les parece muy bien, muy mal o normal, pero insisten bastante en ello.
Que después de tantos años, hay tantos políticos funcionarios tiene su sentido, porque algunos entran liberales y salen opositados directamente. Esto va precisamente contra el principio de no politización de la administración. 
El hecho de que existan las plazas fijas es, precisamente, para evitar que la administración esté sujeta a los vaivenes de los políticos. Claro, lo que no se le ocurrió a nadie fue pensar que los funcionarios se iban a dedicar en masa a la política y que los políticos se harían funcionarios por aquello del retiro. Así hemos incorporado la enfermedad y el remedio agravando la situación: una administración politizada e inamovible. La politización de la administración, vía partidos o sindical, es un problema que nadie afronta porque no se ve como un problema sino como una forma de medrar, de ascenso rápido y protegido por los de tu cuerda.
Lo combinan con el problema (teórico) que tendría un político cirujano —o cirujano político— si se le dejara sin operar durante los cuatro años de legislatura. Yo creo, sinceramente, que los cirujanos deberían ser apolíticos, por el bien de todos los que se pongan en sus manos. Pero esto, los dos interlocutores, habitualmente enfrentados, no lo ven como problema. No sé si dejaría acercárseme a algunos con un bisturí después de haberles escuchado en la tribuna de oradores. Bien pensado, daría para un interesante thriller político-sanitario.


Cuando se les pregunta si no hay demasiados políticos, la respuesta también está sintonizada en una misma frecuencia. No hay demasiado políticos, ¡hay demasiados ayuntamientos! ¡Si es que el pueblo tira mucho! En Francia, en cambio, que son unos apátridas desnaturalizados, hay menos.
Que la gente se eternice en la política no les parece un problema, claro. Gabriel Elorriaga lo expresa muy bien: "A mí no me parece un problema que haya largas trayectorias políticas, lo que me parece un problema es que eso sea a costa de impedir el acceso a otros."* Habrá que poner en los ministerios e instituciones, como en el Metro, aquel viejo cartel de "antes de entrar, dejen salir" porque si no sale nadie de la política y todos quieren entrar, ya me contarás. Además de listas electorales habría que hacer listas de espera. Un lío.


Insisten mucho en lo de las incompatibilidades porque, según se pregunta Eduardo Madina, ¿cómo va a haber un empresario de la construcción que presida la comisión de Urbanismo? Como parece que se lo pregunta en serio, habrá que explicarle que hay cosas que se llaman "conflictos de intereses" para evitar que se dé este tipo de casos, que por eso es tan importante que hagan lo que a algunos les ha costado mucho hacer, la declaración de bienes, negocios, etc.
La insistencia en las incompatibilidades y su control férreo, dicen, es esencial. Se evitaría así lo del constructor y la gente no dejaría de votar —como en el caso del diputado cirujano— porque tuviera una urgencia operatoria, que si la cosa está ajustada lo mismo pierdes una votación por una apendicitis, digo yo.

Como trabajar en otra cosa es un riesgo grave para la salud democrática española —incluida la de los pacientes de los políticos cirujanos—, la defensa del político profesional se convierte en el tema recurrente de la entrevista. Y además le permite a Eduardo Madina lanzar la frase estrella: "[...] si la política desaparece, desaparece lo público. Si ciudadanos dispuestos a participar no lo hacen, ¿quién controlará a los poderes salvajes?"*
Me asalta la terrible duda de qué serán los "poderes salvajes". Vi este fin de semana la película de Oliver Stone "Salvajes" y solo mencionar la palabra me produce escalofríos de tanta cabeza cortada a lo bruto. Intento imaginármelo, pero no logro localizar la amenaza que se cierne sobre nosotros. Quizá sea algún problema en la traducción, perdón, en la transcripción.
Habrá que explicar que a la política se debe dedicar no solo el que le gusta o apetece, sino el que vale para ello. Y que eso no lo debe decir papá o mamá o un amigo, sino alguien que de verdad sea objetivo, por ejemplo, un congreso que no haga todo por aclamación, con algún debate, listas abiertas..., vamos, todo sin pasarse, por supuesto.
Los dos se muestran de acuerdo en lo básico: "El sistema funciona bien".*
Creo que sus señorías siguen sin entender nada. O nosotros los les entendemos a ellos, que puede ser.

* "La clase política es toda la sociedad” El País 30/09/2012 http://politica.elpais.com/politica/2012/09/30/actualidad/1349016019_769987.html





sábado, 9 de junio de 2012

La mitad buena

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El único recorte que no ha sembrado discordia —por ahora— es el del número de diputados autonómicos, concejales, etc. Solo los “hermanos mayores” del congreso de los diputados han dicho que una cosa es bajarse el sueldo y otra bajarse del burro, que en términos de ingresos es un recorte del cien por cien para el que se queda fuera.
Y es que lo de la reducción del número de políticos electos es bien visto por la mayoría de los ciudadanos. Hay demasiadas instituciones con demasiada gente. La cuestión no es, en cualquier caso, algo que deba tomarse a la ligera porque ha de ser contemplada desde la eficacia institucional más que desde los números rotundos —¡la mitad!— que se barajan.
Hay al menos dos aspectos que deben ser tenidos en cuenta: que el número de electos garantice la mayor representatividad social y el que se puedan ejecutar con eficacia las tareas que tienen encomendadas los políticos en los parlamentos autonómicos y ayuntamientos.


Si la reducción supone un afianzamiento del bipartidismo porque quedan menos puestos parlamentarios para cubrir, el coste en términos de polifonía social puede ser alto y habrá que evaluar las propuestas. Y evaluarlas a fondo, no vaya a ser que lo que se provoque sea una maniobra para afianzar el sistema ahora que la gente quiere mayor diversidad en la representación introduciendo fuerzas políticas que realicen una fiscalización parlamentaria, como es el caso de Compromis. Habrá que estudiar cómo se traducen los votos en escaños al reducir el número para ver si la medida es solo de ahorro económico y de eficacia de gestión.
El que la gente está tan contenta con la posibilidad de recortar el número de políticos en las cámaras, en cualquier caso, no deja de ser un síntoma de insatisfacción con la casta gobernante a la que se contempla con poca consideración. Sea esto justo o injusto, tanto en términos personales como generales, no es cuestión que se pueda resolver fácilmente. Nadie duda que pueda haber políticos ejemplares, pero siempre nos vendrán a la mente primero y en mayor número los que menos valoramos, ante los que algunos desarrollan reacciones alérgicas con solo escuchar su nombre o verlos aparecer en un telediario. La política se mueve entre el sistema límbico y el neocórtex, de lo emocional a lo racional, según esté la situación. Misterios de la mente humana.


Sin embargo, lo más preocupante no se plantea: ¿se quedará la mitad buena? A ver si resulta que dividimos y nos quedamos con los que no queríamos. La cuestión de los costes económicos es importante, pero no caigamos en el mismo error de considerar que todo es cuestión de gastos. Hay otras cuestiones.
El primer efecto de esta medida es interno. Mientras se mantengan las listas cerradas elaboradas por las directivas de los partidos, reducir a la mitad el número de electos significa duplicar el poder político del que decide. Eso significa, por el mismo motivo, la reducción de las voces críticas en el interior de los propios partidos y un refuerzo dominante del “líder alfa” del grupo. Los habrá que callen por temor a disgustar a los jefes y algunos, en cambio, tratarán de ganar protagonismo a la desesperada en la discrepancia ruidosa para intentar romper la primacía reforzada por el aumento del poder selectivo.
Eso conllevaría unas asambleas mucho más obedientes puesto que el que llegara a sentarse en un escaño lo habría hecho por ser sumiso antes que por ser crítico. Y esto sería grave, porque de lo que estamos necesitados los ciudadanos es de políticos capaces de mantener la independencia necesaria para denunciar desde dentro los males que aquejan a la política misma. 


La paradoja de la política es que hay que hacer política para decir que no se está de acuerdo con la política, porque si no todo se queda en ruido de fondo, en folklore más o menos llamativo. No se puede renunciar a la política porque es la gestión de lo de todos. Lo que hay que hacer es mejorarla mediante los controles y ajustes necesarios, mediante la supervisión constante interior,los propios políticos, y exterior, a través de los ciudadanos y las instituciones. Necesitamos políticos que mire por todos y no que miren para otro lado.
Si reducimos los políticos a la mitad, sería deseable que mejoraran los mecanismos de elección de esa mitad superviviente, no sea que los defectos que queremos corregir se vean aumentados por la concentración.
Tenemos que poder elegir mejor a las personas encargadas de nuestros destinos porque luego, lo estamos viendo, todos padecemos sus errores. Ya sea porque son incapaces de superar los suyos o de decirnos los nuestros, los políticos tienen que exponerse más, ser más transparentes para el elector, demostrar que merecen la confianza de los ciudadanos y no solo la de unos jefes en la sede de su partido.
Hay que asegurarse que nos quedamos con la mitad buena, si no lo que ahorramos por un lado lo perderemos, con creces, por otro. No solo queremos la mitad de políticos; los queremos el doble de honestos.



miércoles, 5 de octubre de 2011

Ciudadanía: más allá de los partidos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Durante estas décadas de democracia española, los políticos han perdido la ocasión de educarnos y nosotros la de educarlos a ellos. Han invertido más tiempo en buscar fórmulas retóricas que no soliviantaran al personal, que en buscar soluciones reales a los problemas, que se han ido acumulando. Se ha perdido la ocasión de hacer madurar la idea de ciudadanía, algo que se echa en falta cada vez con más intensidad en una parte importante de las nuevas generaciones, que se encuentran altamente desmotivadas respecto a los destinos de la sociedad. Y no es algo exclusivo de los más jóvenes.
Cada vez es más fuerte la idea de que existe una necesidad de “ciudadanía”, de sociedad civil consciente y responsable, organizada para poder dar forma y salida a sus propias necesidades más allá de lo que son los partidos políticos. La tendencia española ha sido la de la absorción política, la sobrerrepresentación de los partidos políticos.
Los partidos políticos han ido extendiendo sus tentáculos en todas las esferas de la vida social haciéndose con la representación de los ciudadanos. De esta forma lo que se ha conseguido son dos cosas: en primer lugar convertir cualquier ámbito en espejo del reparto político más próximo y, la peor parte, hacer que los ciudadanos se desentiendan de muchos aspectos de la vida civil, que ha pasado a considerarse motivo de control partidista. La suma de estos dos elementos nos ha vaciado de responsabilidades y ha cargado a los políticos con nuestras representaciones. A ellos les interesa y a muchos les resulta muy cómodo.


Esto ha permitido a las estructuras de los partidos crecer al necesitar más personas para poder cubrir los puestos que se iban creando para reproducir los parlamentos, ayuntamientos o lo que se estimara necesario. Ha hecho un país fractal, con unas instituciones con presencia permanente, a escala, de los partidos políticos. Cualquier órgano de decisión se acaba convirtiendo en un mini parlamento.
En otros países con democracias más efectivas y eficientes, no se reduce el papel de la ciudadanía, sino que, por el contrario, se trata de fomentar. Sobre todo porque invertir en desarrollo ciudadano es ganar en responsabilidad social. Los ciudadanos consideran que el buen gobierno y funcionamiento de un país es una cuestión de todos y no de solo unos cuantos, algo muy español, ya que tendemos a desentendernos de muchas cosas si pensamos que otros ya se ocupan de ellas. Son siglos con malos gobernantes, sí, pero también con malos “ciudadanos”. Y eso se paga.
Parece que el descontento que finalmente ha estallado contra la clase política debería fomentar la participación ciudadana, algo que se invoca, pero no siempre se cumple. La creación de nuevos partidos puede ser interesante en ciertos niveles, pero, en este caso significa más de lo mismo: el fortalecimiento de los partidos en detrimento de los ciudadanos, sobre todo cuando los nuevos partidos no integran ciudadanos descontentos, sino políticos descontentos con sus propios partidos que deciden fundar otros. Nos encontramos entonces con que las castas políticas creadas durante décadas invocan una novedad que no es más que relativa, ya que son las mismas personas las que siguen al frente, esta vez con nuevos partidos. La idea debe ser justamente la contraria, más ciudadanía, con independencia de que se puedan crear otros partidos. Lo que no se debe pensar es que nuevos partidos nos sigue eximiendo de nuestras responsabilidades sociales.

Partidos y ciudadanos no son elementos contrapuestos. A lo que se deben acostumbrar los partidos es a funcionar en su ámbito y a dejar que la sociedad se articule además con otros criterios de representación. Si todos los representantes de cualquier organismo o institución tienen que tener el carné de un partido, eso solo favorece a los partidos, que gestionan así sus cuotas internas para atraer afiliación y aumentar su poder de control social. Su voracidad no tiene límites.
Por el contrario una mayor presencia ciudadana supone mejor y mayor articulación social, la participación de los profesionales en cada ámbito, de los interesados directamente, de independientes, de personas que no quieran hacer de la política una profesión sino un servicio a su comunidad aportando su interés y competencia. Así, para un organismo se podrán buscar profesionales implicados en las instituciones y no realizar esa pregunta política tan española de ¿a quién tenemos allí?



viernes, 22 de julio de 2011

Cuando la clase política se pone de acuerdo, austeridad significa otra cosa

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

En muchos lugares crece el sentimiento de malestar o incluso indignación contra lo que llamamos la “clase política”. A la tradicional “lucha de clases”, la de toda la vida, le sigue ahora un descontento general con esta “clase”, convertida en grupo profesional en la que se ingresa mediante diversos métodos y en el que el voto solo es —y no necesariamente— un requisito final, una confirmación. No todos los políticos pasan por las urnas. Al descontento con su funcionamiento deberían seguir reflexiones sociales sobre cómo conseguir una política más eficaz y satisfactoria.
El problema que se plantea es doble: la constitución de una “clase” o casta política, por un lado, y el problema del cuidado de ese grupo, es decir, el de la vigilancia sobre la clase política. Hay un tercer problema también en el que desembocan los otros dos que es el de la representatividad y su percepción social. Se percibe una falta de calidad representativa cuando el grupo tiene unas reglas de constitución propias, al margen de la ciudadanía, y cuando la ausencia de vigilancia hace que se produzca la deriva hacia unos intereses propios alejándose del interés general.

Creo todos o muchos de los problemas derivan del primero, de la constitución de una “clase” política específica. Las creación de grupos más o menos cerrados para la dirección de los países es problemática porque acaba generando en los ciudadanos un sentido de distanciamiento que se queda en el derecho al pataleo, en el derecho a quejarse de lo mal que lo hacen y de lo poco que se tiene en cuenta a la ciudadanía, reclamaciones muy actuales. La casta política se crea porque los políticos, que están enfrentados en un cierto sentido, sin embargo, están unidos desde el momento en que se sienten diferentes al resto de la ciudadanía. En término deportivos, los equipos se pelean en el campo, pero comparten ciertas preocupaciones laborales que les afectan a todos, ya que son diferentes sus intereses a los del público y los clubes.
En Italia se ha publicado un libro, escrito por periodistas del Corriere della Sera, titulado precisamente “La casta”. Uno de sus autores, Sergio Rizzo, señala: “Es como si nuestros políticos hubieran cambiado el orden de prioridades, primero sus propios asuntos y luego los nuestros. Y esto se percibe claramente ya entre los ciudadanos.”*
Cuando un grupo tiene unos intereses muy diferentes respecto a los que representa, crece el grado de insatisfacción y empieza a fallar el sistema. Una de las cosas que más indignan a los ciudadanos es el espectáculo generalmente bochornoso de las subidas de los sueldos. Aquí suelen desaparecer los debates, las ironías, los ataques, porque sus señorías, concejales, etc., por una vez, están tratando asuntos serios. En el municipio madrileño de Alpedrete, por ejemplo, se realizaron manifestaciones para protestar contra las subidas, que consideraron abusivas, de los sueldos del consistorio.

Manifestación en Alpedrete
El diario Público** recogió hace unos días las subidas de sueldos en algunos municipios tras las últimas elecciones. En ciertos ayuntamientos algunos grupos se han opuesto, pero son siempre los que pierden, y muchas veces con la boca chica. Cuando la mayoría va a ganar, trae más cuenta protestar testimonialmente, pero aceptar la subida.
Los argumentos utilizados para las subidas suelen irritar más todavía a los ciudadanos ya que se habla de la “dignificación de la política”, de no caer en el “mileurismo político”, etc. Estos argumentos son insultantes para un país con cinco millones de parados y lleno de mileuristas (que ya es un término a la baja), becarios, etc. Si el mecanismo de reunirse los trabajadores y subirse el sueldo por votación funcionara en las empresas, nos habían echado de Europa hace mucho tiempo. Sin embargo, se producen este tipo de situaciones de forma frecuente tras cada renovación electoral. A veces, sin pudor, en el primer pleno.
Se debería crear —lanzo la idea para el que la quiera recoger— algún tipo de organismo ciudadano en los municipios, totalmente independiente de los partidos, que fuera capaz de establecer la justicia de los sueldos políticos. El problema es que con la politización de todos los rincones de este país, pensar en cualquier institución al margen de los partidos es casi una broma. Los políticos ganarían en algo de credibilidad si se sometieran a este tipo de procesos independientes. Se podría, por ejemplo, proponer un sueldo base, más un complemento por dedicación, y que el resto, si quieren cobrar más, que lo paguen los partidos con las cuotas de sus afiliados. El problema es que estas cosas las tienen que aprobar siempre los que se benefician de las subidas.


El argumento de que no son sueldos millonarios, etc. no nos vale en un país al que se le imponen las bajadas constantes de los sueldos y los recortes. El sueldo de un político debe ser moderado por definición. El argumento de compararlos con la empresa privada tiene una gran perversión en su interior. Si alguien acude a la política para ganar lo mismo que en la empresa, que se quede en la empresa donde seguro que tiene unos jefes que le sacan con creces lo que le pagan, cosa que aquí no está tan clara. Esta perversión lleva a pensar que hay que compensar al político por lo que deja de ganar en otros ámbitos. Con este argumento empresarial se intenta convencer de que así se tendrá a los mejores. Pero para eso está el voto, no el sueldo.

Hay otro problema, del que se habla poco a mi juicio, y que es el de la recolocación política. Cuando un político es desplazado de su puesto, en una autonomía, es recolocado en otro puesto, de la administración central si se dispone del gobierno. Este tipo de prácticas genera igualmente una casta dentro de la casta: la de los favorecidos permanentemente por un puesto fijo aunque móvil. Son los que van de ayuntamiento a autonomía y de autonomía a la administración central, para volver a comenzar el ciclo si es necesario. Con esto los líderes de los partidos hacen que una parte importante de sus miembros deban sus sueldos a las personas que los nombran. La alternativa, cuando salen del poder, es la calle. Muchos no han hecho otra cosa desde su juventud y no tienen otro sitio donde ir. Son políticos que viven de su colocación y recolocación permanente. Con eso se consigue que aumente el número de puestos de designación directa, de confianza.
Todo esto se debe cambiar. Y solo va a hacerse si existe un control ciudadano independiente que haga públicos informes sobre estas cosa, al igual que existen organizaciones que hacen otros seguimientos. Si son partidistas, no servirán de nada, pues esto es una práctica habitual en todos los partidos que se agarran no solo al poder sino a los privilegios que conlleva de forma consistente.
Una clase política que hace de la política su profesión no es buena. Se va llenando con el tiempo de personas con pocas ganas de servir y muchas de prosperar. Descontentos porque no están en esas empresas que nunca aceptarían a muchos de ellos, se sienten con la capacidad, el desparpajo y, muchas veces, la obscenidad de realizar subidas de sueldos que, como estas últimas, muchos han considerado como un insulto social ante la situación crítica en que nos encontramos.
Como los argumentos dados no convencen, deberían respetar al menos la inteligencia de las personas que les concedieron la oportunidad de subirse el sueldo. Habría que fijar antes de las elecciones las subidas de los sueldos e incluirlas en los programas electorales, de esta forma, entre otras muchas cosas que nos deben ofrecer, estaría también la posibilidad de elegir a los más baratos.Nada de términos generales como "auteridad", sino un número, claro y preciso: el del aumento de los sueldos.
Otra opción, aunque esta es más complicada, sería deslocalizar nuestros parlamentos y ayuntamientos, y elegir parlamentarios, alcaldes, etc., chinos. Así la distancia geográfica no sería más que el reconocimiento de las otras distancias existentes en este momento. Total, casi todo está hecho en China.

* “Crece la indignación contra los políticos italianos” Euronews 21/07/2011 http://es.euronews.net/2011/07/21/crece-la-indignacion-contra-los-politicos-italianos/

** “La promesa de austeridad no impide que los alcaldes suban los sueldos” Público 10/07/2011 http://www.publico.es/dinero/386239/la-promesa-de-austeridad-no-impide-que-los-alcaldes-suban-los-sueldos

¿Futura corporación municipal deslocalizada de Alpedrete?