Mostrando entradas con la etiqueta diccionarios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta diccionarios. Mostrar todas las entradas

martes, 13 de marzo de 2018

Lavado de lujo


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Las palabras son las palabras y sus sentidos en manos de poetas, políticos y publicistas son infinitos. Allí donde unos luchan por la precisión terminológica y semántica intentando bajar a tierra los significados de las palabras, otros por el contrario hacen saques de puerta alejándolas del campo de juego propio para llegar al ajeno. A otros, por seguir con el símil, se les escapa del campo y, pero todavía, se les pincha entre las manos haciendo un ¡puf! que las hace inútiles para el juego de la comunicación que no es más que un toma y daca en donde hay precisos toques de balón y patadones sin gracia alguna.
Le damos al diccionario un valor de catecismo, es decir, concentramos en él pecados y virtudes sobre lo que se puede decir o no. El diccionario, en cambio, es depósito de significados y, por ello, de prejuicios, como denuncian a menudo muchos. Las palabras no son esencias inmutables sino adecuaciones históricas. Significan en el tiempo, por lo que pueden quedar sus definiciones alejadas del sentido que se le pueda dar en la actualidad.
Llama la atención lo que el diario El Mundo —junto a otros medios— informaba ayer:

La Real Academia Española (RAE) estudia la modificación de la definición de la palabra "lujo" tras la petición realizada por Enrique Loewe, presidente honorífico de la firma Loewe, según han confirmado este lunes a Europa Press fuentes de la institución.
Fuentes de la RAE han precisado que la modificación de esta palabra "aún no está aprobada" y de momento se está estudiando la reciente petición de esta empresa española de moda de lujo.
Según ha explicado la RAE, se trata de un "proceso largo" en el que el posible cambio en la definición de esta palabra se decidirá con el resto de academias hispanoamericanas.
En primer lugar, la RAE debe aprobar la modificación y luego las 22 academias hispanoamericanas darán su visto bueno para que el cambio sea efectivo. En ese caso, la nueva definición aparecería en la actualización del DRAE, que se producirá en diciembre. Según informan fuentes de la firma de moda, Enrique Loewe realizó la petición en un encuentro relacionado con el Círculo Fortuny.
Actualmente, el Diccionario de la RAE define lujo como "demasía en el adorno, en la pompa y en el regalo", "abundancia de cosas no necesarias" y "todo aquello que supera los medios normales de alguien para conseguirlo".*


Tras esta información, el diario incluye una imagen de la entrada "lujo", que es la siguiente:

lujo
Del lat. luxus.
1. m. Demasía en el adorno, en la pompa y en el regalo.
2. m. Abundancia de cosas no necesarias.
3. m. Todo aquello que supera los medios normales de alguien para conseguirlo.

Basta una lectura rápida para darse cuenta dónde está el "problema" de los empresarios. En estos tiempos de "imagen" no les gusta lo que dice e implica las acepciones del diccionario sobre lo que ellos venden, es decir, productos de lujo.
El diccionario de la Academia, en este caso, reproduce una distinción entre "lo necesario" y lo "superfluo", es decir, "lo lujoso". Si el "lujo" es "necesario", deja de ser "lujo". Es sencillo, pero difícil de entender en una sociedad de consumo... lujosa. En estas condiciones, el "lujo" no es lo superfluo, sino lo necesario para mostrar el estatus elevado.


Desde el punto de vista empresarial, que el lujo sea lo que no es necesario les parece un atentado. Ellos basan su publicidad en que algunas personas necesitan mostrar su estatus a través de sus productos "exclusivos".
La propuesta de cambio de la palabra "lujo" no me parece adecuada y, especialmente, no me parece que se haga a petición de quien se hace. Da la impresión que sean los que venden lo superfluo quienes se quieren quitar el estigma de lo lujoso, es decir, de querer más allá de lo necesario especialmente para marcar diferencias sociales.
La distinción entre lujoso y necesario es una distinción moral esencialmente. Tenía su sentido cuando se predicaba la moderación como virtud en casi todos los actos de la vida; lo mismo en referencia a la ostentación. Hoy, por el contrario, se nos llama a lo lujoso como etiqueta que nos sitúa visiblemente en el lado favorecido de la vida. Mostrar el lujo, lo superfluo, ya no se considera vanidad u ostentación sino como algo deseable. Llevar un reloj marca X nos define como personas de éxito; lo mismo un traje, unos zapatos o una joya. El mundo es ya una alfombra roja sin complejos.


Parece como si las viejas y reprimidas virtudes sociales y personales hubieran pasado por el psicólogo y salieran sin complejo alguno, convencidas de que provocar envidias es saludable para el mercado; que es mejor llevar un reloj de oro que comer todos los días. La función del lujo es marcar distancias, como sabe cualquiera. Ser distinto y distinguido, salir de la plebe mediante la ostentación de lo exclusivo. Ellos tienen lo que necesitan, yo vivo en el lujo, es decir, en lo innecesario. Hay toda una teoría de las clases sociales, hasta del dandismo, tras la palabra "lujo".
Lo que me sorprende —más bien, no me sorprende nada— es que nadie se haya quejado de lo que pone el diccionario un poco más abajo, "lujo asiático".

lujo asiático
1. m. lujo extremado.

Nosotros podemos especular sobre el lujo, pero ¿qué culpa tienen los asiáticos de nuestra percepción del lujo? Queda la expresión, de nuevo, como un prejuicio en donde había un "nosotros" virtuoso en su pobreza frente un Asia "lujosa" de la que solo se veían (ni tan siquiera eso) los palacios imperiales y sus fastos, contados ya por Marco Polo a su regreso tras el encuentro con el Khan.
En el lujoso palacio de Xanadu de Charles Foster Kane —el Ciudadano Kane de Orson Welles— nos recuerdan los versos de S.T. Coleridge:

In Xanadu did Kubla Khan
A stately pleasure-dome decree:
Where Alph, the sacred river, ran
Through caverns measureless to man
   Down to a sunless sea.
So twice five miles of fertile ground
With walls and towers were girdled round;
And there were gardens bright with sinuous rills,
Where blossomed many an incense-bearing tree;
And here were forests ancient as the hills,
Enfolding sunny spots of greenery.


Kane vive en el lujo y eso no le hace más feliz. Peor aún: cuanto más tiene, más infeliz es. Las riquezas no traen la felicidad, pero ¿quién demonios quiere ser feliz pudiendo vivir de lujo? Las sociedades virtuosas no prosperan; el lujo es estímulo. ¡Dejad a San Francisco con sus pajaritos y compraos un exótico bicho de importación!
El palacio de Kane, lleno de objetos valiosos inútiles, es un modelo de ese lujo que hoy se reivindica empresarialmente como virtud, motor de la economía, creador de empleos... y demás argumentaciones con las que se intentará convencer a la(s) Academia(s) de lo positivo del cambio.


La acumulación de lo innecesario nos convierte en miembros elitistas de una sociedad precaria y con los sueldos en descenso en picado. La reivindicación del lujo se hace en una sociedad en donde los jóvenes viven entre un sueldo miseria y la gratuidad y los ancianos salen  a la calle a defender sus pensiones. Mal momento para hablar de lujo. Una teoría relativista del lujo diría, por el contrario, que es el mejor momento.
Las empresas del lujo no quieren poner el lujo al alcance de todos, que sería una contradicción. Quieren que se pueda hablar bien de los que viven de y en el lujo, que es otra cosa. Es un lavado semántico lo que piden, pero nos dejarían sin una herramienta útil para valorar la vida. Quieren ser parte normalizada de la sociedad y no ser vistos negativamente, sino con el sano deseo de emulación que Thorstein Vebler estableció como motor de una sociedad basada en la propiedad, donde el lujo es un marcador de estatus. Piden cambio semántico tras el cambio social. Además de ser ricos, quieren caer bien.



* "La RAE estudia modificar la definición de la palabra "lujo" a petición de Loewe" El Mundo 13/03/2017 http://www.elmundo.es/cultura/2018/03/12/5aa683ab22601d965a8b464b.html

viernes, 27 de septiembre de 2013

85 millones de visiones únicas de la verdad o lo que cabe en las palabras

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Ayer se celebró el Día de la Lenguas o, al menos, los medios nos dieron cuenta de su existencia. Nada contribuye más a la concreción de las lenguas que los diccionarios, un intento de ponerle puertas al campo. Nada hay más complicado que una lengua puesto, precisamente, que son las complejidades de las lenguas las que nos permiten expresar y percibir las complejidades del mundo.
El Lenguaje, como capacidad humana, está en el centro de nuestra percepción del mundo y de nosotros mismos. Es una capacidad que nos permite realizar dos funciones, una clasificadora y otra comunicativa. No sabemos demasiado bien el orden de estas dos funciones y hay diferentes teorías sobre su origen. El lenguaje nos permite etiquetar el mundo, establecer categorías que nuestra mente puede ordenar y clasificar conforme a criterios que el mismo lenguaje elabora. Las palabras encierran porciones de realidad desde múltiples ángulos y acumulan sobre lo nominalizado rasgos y matices. Todo lo que hemos convertido en lenguaje puede ser operado por nuestra mente para pensarlo, especular sobre ello, proyectarlo hacia el futuro e incrustarlo en las series históricas que establecemos como nuestro pasado. No sabemos si el mundo surgió al conjuro de la palabra, como quieren las tradiciones religiosas, pero sí que el mundo lo encerramos en ellas.


La otra función, la comunicativa nos permite, el intercambio dialógico con los otros, construir un mundo ordenado compatible socialmente. Y también manipularnos a través del lenguaje, tratar de imponer nuestras visiones del mundo, nuestros propios órdenes y valores mentales a los otros. Si cada uno tuviera su propia lengua, viviríamos encerrados en nuestras versiones del mundo, difícilmente comunicables, y tendríamos serios problemas con nuestra sociabilidad, que por el contrario se ve favorecida por la comunicación.

Los diccionarios son las herramientas que utilizamos para guardar esa lengua común y tratar de mitigar los riesgos inevitables de nuestra subjetividad en el uso de las palabras y de sus cambios históricos. Las lenguas cambian sus sentidos e incorporan nuevos términos. Los diccionarios son mecanismos estabilizadores a los que les concedemos poderes ejecutivos y hasta legislativos. Pacifican las relaciones verbales cuando surgen las palabras oscuras al establecer la "corrección" en el uso o el sentido de los términos empleados en las dificultades naturales de la comunicación.
Los diccionarios son obras importantes, monumentales. Sin embargo, apenas se usan. No lo digo como una queja, sino como una constatación. Y no se hace porque llevamos una especie de diccionario interno con los sentidos de las palabras que usamos cada día, una memoria semántica que administra nuestras relaciones lingüísticas con los otros y nuestra enciclopedia mental. Dentro de nosotros hay un lingüista y un bibliotecario que, con frecuencia, manda silencio.
Cuando se estudia el uso práctico de la lengua en un período concreto en el tiempo, se pueden percibir situaciones en las que se viven momentos de confusión semántica. El mundo se vuelve complicado y las palabras adquieren significados extraños o divergentes para los que las usan. Son momentos en los que se constata que los verdaderos diccionarios son las personas y se desvela que existen una terrorífica batalla cuyo campo son las palabras. Es la Batalla del significado.


La escritora egipcia Amira Hanafi ha decido plantearse un reto: un diccionario de la Revolución. Hanafi ya ha trabajado anteriormente en sus novelas —en realidad, es lo que hace todo literato verdadero— sobre las relaciones entre las palabras y el mundo. Lo hizo ya en la novela "Forgery", publicada en Estados Unidos, y en ella construía un mundo relaciones a partir de una palabra "Finkl", que le servía como eje de ese mundo que emergía ante su invocación. La palabra actuaba como un hilo formando un tejido, pues no es otra cosa lo que significa texto: hilos de palabras que tejen el mundo mismo con sus vínculos.

En una entrevista durante la promoción de su novela, Hanafi señalaba "Forgery is, in one sense, about what gets documented, which events get distilled into language and made available to shape a sense of history."* Es esa preocupación por las manifestaciones de la lengua, por la textualización del mundo, por cómo queda unido y dotado de sentido gracias a los mecanismos lógicos del lenguaje, lo que lleva a la autora a indagar sobre las palabras que la Revolución usa y que son campo de batalla en la construcción de los textos que la definen. En otra de sus obras, Minced English, Hanafi ya había ensayado la forma del diccionario tangencial, de la indagación de las palabras desde perspectivas especiales, como recolectoras de sus propios significados.
La noticia de  la preparación del diccionario nos la trae Egypt Independent y nos anticipa algunas cuestiones sobre su intención:

“A Dictionary of the Revolution” aims to give new definitions of a lot of terminology, which are currently being used on a daily basis in the media, official statements and side conversations in cafes and streets.
“Feloul,” “third party,” “counter-revolution” and “Kentucky,” are among the terms tackled in the book.
In the creation of the book, Hanafy uses what she calls “Revolutionary vocabulary cards.” Using those cards, she is asking Egyptians for their stories related to the terms the book tackles, so that they can take part in defining the terms.**


Hanafi, como le ocurría a Gustave Flaubert —su Diccionario de ideas comunes es un ejemplo—, tiene una metaconciencia de la palabras. Ha comprendido que lo interesante no es su definición "oficial", sino el variado sentido particular que las gentes les dan en situaciones concretas; que las palabras parecen majestuosamente neutrales en los diccionarios pero que en realidad se usan como tendenciosos objetos para la interpretación de la realidad al etiquetarla y como manipuladoras herramientas para ganarse el favor de los otros. Su diccionario no tiene vocación eterna sino el valor de la instantánea que recoge a uno con los ojos cerrados y a otro con la lengua fuera, la foto imperfecta pero reveladora de un momento que se escamotea.
Hanafi señala:

“I am not interested in writing one non-complex narratives of the revolution story,” she explains. “You can say that I am not interested in the ‘truth’ in itself as a definition , but I'm interested in the truth that the people believe in.
 “Egypt’s population is more than 85 million people. This means that there are 85 million unique views of the truth.”
“At some unique moment, it seemed that the vast majority of Egyptians agree on what the country needs,” she reminisced. “But what is happening now in Egypt is a form of conflict and confrontation between many of the facts, and I'm interested in, through this project, documenting this complexity at the current moment.”**


Son esas "85 millones de visiones únicas de la verdad" la que trata de documentar, la diversidad que se esconde tras las mismas palabras monolíticas que los diccionarios parecen estabilizar. La confusión de Babel se mantiene bajo la apariencia de la sólida de la palabra. La palabra es la punta visible del iceberg del deseo sumergido. Es el elemento compartido que se lucha por hacer individual. El artista lucha por darle un sentido propio, el que aspira al poder combate por imponérselo a los demás.  Es la voluntad de verdad, el deseo de controlar los significados. ¿Y qué mejor momento para describir esa batalla que una revolución? La revolución es un estado confuso entre dos órdenes; supone la lucha por la reescritura. El orden, en cambio, es la estabilidad interpretativa, el triunfo de uno de los combatientes que logra imponerse.
Al final, la Revolución será lo que signifique lo que se diga de ella.



* "How To Get Lost in a Text: more from Amira Hanafi" Lantern Daily 26/01/2011 http://lanternprojects.com/daily/?p=8444

** "A Dictionary of the Revolution: a popular documentation" Egypt Independent 24/09/2013  http://www.egyptindependent.com/news/dictionary-revolution-popular-documentation