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viernes, 28 de junio de 2019

Gianni Vattimo, su gato y el mundo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
"Morir me sabe mal por el gato y por algún amigo". La frase aparece en la entrevista con el filósofo italiano Gianni Vattimo. Su foto está en lugar preferente en la primera de El País, sobre un titular mucho más espectacular: «Gianni Vattimo: “Espero morir antes de que reviente todo”». El periodismo nunca renuncia a lo espectacular, pero las verdades están en los detalles. Y el detalle es la pena por el gato y el amigo, dos formas de relación en las que habrá encontrado momentos de pequeña felicidad, que es a lo que su puede aspirar con el tiempo. El tiempo lo es todo para los humanos, especialmente si tienes ganas de dejar algo a un mundo que dudosamente lo merece, pero al que te aferras por algún amigo que ha sobrevivido y un gato que no te manifiesta cariño especialmente, pero al que se lo puedes manifestar. Cuando te desengañas de recibir, solo te queda la satisfacción del poder dar Quieres a tu gato o a tu planta o a tu pez... y punto. La coherencia entre ambos titulares es grande; cuando esperas morirte antes de que reviente todo, como dice Vattimo, es normal que sientas hacerlo por tu gato y un amigo. Son los problemas de la lucidez. Otros, simplemente, mueven la cabeza.

Algunos pensarán que Vattimo simplemente se ha hecho "viejo", algo que le recuerdan y de lo que es consciente. Cosas de la gente mayor. No creo que sea el caso más que en el sentido que en nuestras sociedades tiene ese hacerse mayor, que implica el desplazamiento laboral y la incomprensión generacional. 
Vattimo es de los que trataron de decir algo al mundo, de explicar a los nuevos tiempos las viejas ideas, que son las que nos rondan y a las que no dejamos de dar vueltas. Dice Vattimo que las viejas glorias que le ilusionaron ya no dan más de sí. Lo dice de Heidegger, no porque lo que dijera no fuera importante, sino probablemente porque el mundo ha ido y va en otra dirección.
De nuevo, la lucidez como problema. Quizá ese sea el mayor castigo; mantener la lucidez en mitad de la estupidez. ¿Qué puede esperarse de un mundo en el que su centro más poderoso está ocupado por Trump, un mundo en el que sus estornudos provocan el Efecto Mariposa? Quizá por eso Vattimo echará de menos a su gato, indiferente a Trump y le envidiará su suerte como un San Antonio tentado anhela la insensibilidad de la piedra para no sufrir.
A los cuadros habituales del dolor, del sufrimiento, se abre ahora el que queda abierto por la estupidez ambiental, por el rechazo de la situación en donde se educa para ser "eficiente" en el sistema fabril y a aspirar a poco más una limosna en un mundo en donde la gente acabará pagando por trabajar.
Pese a ello, Vattimo sigue trabajando en un próximo libro. Nos dice:

Es un esfuerzo para no tirar a la basura a Heidegger. Siempre me he ocupado de él y de Nietzsche. Soy un poco monótono, pero me parecía interesante ver el mundo desde ese punto de vista. Y en ese libro hay tres núcleos conceptuales. El primero, filosófico: la verdad es un tejido de interpretaciones y no una suma de datos. Es decir, ¿es lo que vemos u otra cosa? Y ahí es esencial el lenguaje, un tejido de proposiciones y creencias colectivas que tienen su estructura conjunta.*


Del segundo núcleo nos hablará más adelante, de su pensar desde un cristianismo crítico, como parte de una cultura marcada por lo religioso. El tercero no aparece, tapado por las cuestiones importantes del día, por el perverso efecto periodístico: Salvini, Europa, su militancia de izquierda comunista, su homosexualidad, etc.
Pero con el primer núcleo, efectivamente, ya tenemos lo que convirtió a Gianni Vattimo en padre de esa corriente del "pensamiento débil", de esa hermenéutica, hija de la inflación de los mensajes por el estallido de los medios en la segunda mitad del siglo XX.
No es casual que le pregunten por las "fake news", que es la forma en la que —gracias a Trump, ¡triste sino!— hemos redescubierto que existen, como recordó Foucault, la palabras  las cosas, los eventos y los discursos, que lo propio del hecho es desaparecer y los propio de la cultura recogerlo como discurso en memoria o archivo. Que no accedemos a lo que ocurre, sino a lo que otros nos cuentan, lo que nos lleva a un estatus epistemológico determinado. Las consecuencias han sido la crisis profunda de la Historia, como discurso, cuestionado y condenado a la revisión perpetua.


Ya se nos ha olvidado aquello de la "edad de la sospecha" o de la "época del recelo", etc. El mundo se nos ha llenado de "verdades" infumables, que son las que han permitido a la gente volverse tan segura de sus creencias por viejas, obsoletas, equivocadas, que puedan estar. Se acabó la modestia del pensamiento débil, de la crisis de la certeza, etc. Ha llegado la era de la rotundidad, de la verdad gritona, de los pulgares alzados.
Pero Vattimo quiere a su gato. Es importante. Se hace difícil el amor entre tanto egoísmo, pero es nuestra debilidad. Una hermosa debilidad la de querer a otros. En el fondo es lo que nos queda entre tanto ego. Frente al instinto reproductivo e interesado, frente al "gen egoísta", de Richard Dawkins, el amor desinteresado y absurdo. Te quiero y no me importa que no me quieras, le dice Vattimo a su gato y a las personas sensatas que deben aprender que el vivir, como dice una canción china tradicional, es ir perdiendo lo que se ama, hasta que al final nos perdemos a nosotros mismos.
Vattimo es filósofo y es cristiano, comunista y homosexual, aunque le cuesten todas estas cosas cosas un disgusto. Viene de un tiempo de síntesis, de locuras conciliatorias porque nuestra razón no da más de sí y porque han descubierto que no es tan razonable como pensábamos.
Se dice monótono, pero el problema del Lenguaje, el núcleo hermenéutico, sigue siendo el central en el siglo XXI, como ya lo fue en el XIX, en el que resurge la vieja Hermenéutica con nuevas preguntas y en el XX, en donde se hace necesario hacer sitio a lo que nunca lo había reclamado en la Filosofía, el diálogo, más allá de lo retórico. Se pasa del otro al que convencer (retórico) al otro al que comprender y con el que coexistir, algo bastante diferente.

En el concepto de diálogo se encierra nuestra relación con el mundo (el bosque de símbolos baudeleriano) y la cuestión del otro, como una salida a la frialdad del ente metafísico, a su universalidad e indiferencia. La reflexión del XX, como la del XIX, nos lleva hacia el problema de la alteridad, de la "otredad". Cuando entra el problema del otro (o el otro como problema) es cuando se hace necesario revisar la herramienta del diálogo, el lenguaje. De ahí ese doble giro lingüístico y hermenéutico, que se complementará con la semiótica como necesidad de comprender los signos que forman nuestra cultura y las capas de nuestro propio ser, suma de lenguajes, erratas.
Pero el mundo viaja por una vía paralela, la de la información. De la apertura del diálogo, del sentido hermenéutico de búsqueda, se da por otro lado el cierre de la información, la de la transmisión de signos inequívocos hasta reducirse a la mayor simplicidad, lo binario, los ladrillos de la comunicación.
Comunicación y diálogo son dos formas distintas de enfrentarse a la vida. Lo humano es el diálogo, lo que nos hace vivir y establecer el vínculo con los otros, los afectos, los sentimientos y nuestra lucha por expresarlos y por comprender la forma en que los otros lo expresan, en una continua lucha, en la agonía de la imperfección de la carne. Frente a ello, las máquinas que se comunican entre ellas con la precisión de lo inequívoco, sin necesidad interpretativa, es decir, de ponerse en el lugar, la mente del otro. Forzamos a las máquinas a aprender a comunicarse con los humanos y a los humanos a enfrentarse a este falso diálogo con nuestro propio producto. Así, frente al otro, la máquina es nuestra imagen especular ante la que fingimos dialogar.


Esto ya está en Platón y el problema de la escritura y de lo oral, solo posible con el otro presente, impidiendo el olvido de la diferencia. Por el contrario, el diálogo con la máquina es solo buscar en lo ya sabido, en lo almacenado. No hay descubrimiento, solo superación de los lapsus. Con la máquina llenamos huecos, completamos la información necesaria. Con los otros vivimos, crecemos, experimentamos.
Vattimo ha encontrado en su gato y un amigo el apoyo a la existencia, a seguir viviendo. ¡Feliz él! Muchos no llegan a tanto. Quizá la vida del humano sea esa, la de encontrar en su consciencia un punto de justificación que le haga sobreponerse a su propia lucidez melancólica. El siglo XIX comenzó a teorizar sobre el suicidio (y a practicarlo) precisamente por eso.
La vida filosófica de Vattimo es un pensar sobre lo que se da por supuesto, porque forma parte del acto mismo de hacerlo, del lenguaje. El siglo XX ha sido el del Lenguaje desde varias perspectiva, una de ellas la filosófica. Desgraciadamente, calificar de "filosófico" algo supone desplazarlo del centro existencial y llevar a lo controlado de la educación o de la profesión.
Lo que Vattimo va a contarnos ya lo ha dicho, probablemente. Pero la filosofía es diálogo con lo que hemos sido y lo que entrevemos ser, un punto de revisión de las heridas abiertas que no llegan a cicatrizar. La eficiencia filosófica solo es la tonta ilusión del que cree que los problemas humanos se resuelven y no que son consustanciales a nuestra propia humanidad. Por eso la pregunta (típica en los Ministerios) ¿para qué sirve la Filosofía? es absurda.
Hay un aspecto interesante de estas heridas abiertas: la constatación de que el pensamiento está más vivo en Latino América que en nuestro Occidente que se dedica a mirarse el ombligo provocando dolores cervicales. Nuestra conversión absoluta en espectáculo y en negocio (es lo mismo) hace que nuestro pensamiento sea mero refrito con aspiración de bestseller. Vattimo está más vivo en la América por debajo del muro de Trump. También sobreviven por allí otros pensadores de la época, acogidos en textos y debates. Por aquí, solo hace calor.
El nuevo circo no tiene aspiraciones, solo la permanencia rutinaria del éxito. Una nueva máquina, más eficiente qué Sísifo (ahora en el paro), rueda la roca por la ladera. ¡Qué precisión la suya!



* Entrevista de Daniel Verdú "Gianni Vattimo: “Espero morir antes de que reviente todo” El País 28/06/2019 https://elpais.com/cultura/2019/06/27/actualidad/1561645934_992756.html

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Los signos muertos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Recuerdo Dioses, tumbas y sabios*, de C.W. Ceram, como uno de los libros de la biblioteca de mi padre. Lo recuerdo allí, en los estantes de su despacho, con su tapa dura negra y sus ilustraciones y fotografías de las obras de arte recuperadas del fondo de la tierra, olvidadas. Era un libro que cogía de vez en cuando y leía saltando de página en página; repasaba las ilustraciones de Grecia, de Egipto, de México... ruinas, excavaciones, estatuas, tumbas, templos... La obra de Ceram es una historia de la Arqueología. Para ser más precisos es, vista desde hoy en que la releo, un maravilloso documento sobre la creación de un campo, de una ciencia, desde el inicial interés codicioso por los materiales que se encontraban —la búsqueda de oro, plata y otros metales— y el uso de las piedras antiguas para construcciones, hasta poder verlas como lo que las consideramos hoy: piezas del pasado. Pero el pasado hubo que inventarlo para poder apreciarlo.
Escribe Ceram en el capítulo III, titulado "En busca de las huellas de la historia":

Cuando mucho antes del descubrimiento de Pompeya se extrajeron de tierras clásicas las primeras estatuas, la gente sabía lo bastante para no ver en las figuras desnudas simples ídolos paganos, sino que sospechaba al menos el valor de su belleza, y las colocaba en los palacios de los príncipes renacentistas, de los poderosos dominadores de las ciudades, de los cardenales, de los nuevos ricos y de los condottieri. Pero se las contemplaba solamente como curiosidades y estaba de moda coleccionarlas. Podía muy bien suceder que tal particular poseyera una bellísima estatua antigua junto a un embrión disecado de un monstruoso niño con dos cabezas; un antiguo relieve junto a las plumas de un ave que se decía haber sido tocada en vida por san Francisco, el amigo de los pájaros.
Hasta el siglo pasado, la codicia y la incomprensión podían enriquecerse con los hallazgos, y se podía destruir lo hallado cuando tal cosa prometía beneficios. (33-34)


La mente que usa la piqueta, como dice Ceram, buscando encontrar jarras o cofres con monedas destruyendo todo lo que encuentra porque no tiene valor para ella, no es la del que ve valor en cada una de las piedras u objetos que hace salir cuidadosamente a la luz. Son el pasado, es la Historia. Pero también la Historia hubo que inventarla, ir más allá de las batallas que ganaban o perdían los reyes y emperadores. Había que reconstruir un mundo del que nos hablaban los objetos, los espacios en que se encontraban, cómo estaban diseñados, qué función cumplían. Ya no se trataba de encontrar objetos valiosos en términos de compra o venta o de elementos decorativos. Se trataba de entender que nuestro mundo es el resultado de muchos mundos anteriores, de momentos que van configurando una trayectoria del conjunto de los humanos, su historia.
Cuando leemos actualmente sobre las destrucciones que el Estado Islámico hace de los monumentos milenarios que se encuentra donde se asientan, comprendemos que no se trata solo de una acción sino esencialmente de una incomprensión y de una deseada ignorancia profunda. 


Es la consecuencia de su incapacidad de establecer un lazo afectivo con el pasado de la misma manera que son incapaces de establecerlos con el presente y quienes lo habitan en su crueldad infinita. Solo existe su mundo y todo lo demás —pasado, presente y futuro— no existe más que con el objeto de reafirmar su capacidad de destruir, su odio. Quieren vivir en un presente eterno en el que la historia es borrada. Es la incapacidad de dialogar con el pasado. Lo que ven en el pasado y sus restos no es la historia, sino el obstáculo que impide que esta llegue a su cumplimiento final.
No son los únicos en no entender la historia y su papel para entendernos. Me viene a la memoria algo que aquí hemos tratado: la desesperación de muchos habitantes de Alejandría ante la desprotección oficial de una parte de la ciudad, la de los edificios de la Alejandría cosmopolita y mediterránea. Las leyes solo protegen los monumentos del Egipto faraónico o el islámico [ver entrada]. No son capaces (muchos no quieren) de ver el valor, la belleza, y la identidad de esa parte de su historia. No hay diálogo con esa parte de su historia, que desaparece ante la indiferencia.
En un hermoso pasaje, Ceram se pregunta precisamente por esta capacidad de dialogar con lo que surge desde el pasado:

Reflexionemos: ¿cómo ha sido posible dar un sentido a tales signos muertos? Lo mismo sucede cuando, hojeando las obras de los historiadores, leemos la historia de los antiguos pueblos, cuya herencia portamos en fragmentos de nuestro idioma, en muchas de nuestras costumbres, en las obras de nuestra cultura y en nuestra sangre común, aunque su vida haya transcurrido en regiones remotas y esté sumida en la noche más oscura. (32)


La pregunta de Ceram es una pregunta por cómo es posible obtener respuestas que configuren, más allá de las leyendas y mitos, una ciencia. Se pregunta por la naturaleza y validez de esa respuesta que se obtiene al interrogar a los objetos que emergen del pasado, de esa noche oscura. Uno de los grandes valores de la obra de Ceram es precisamente que más allá de la aparición de los "objetos" y va explicando su construcción, su delimitación como objetos de una ciencia que se va creando. El objeto se transforma en "signo", habla cuando hemos sido capaces de crear un lenguaje con el que comprenderlos. Es el paso de ver solo oro, plata o mármol, a ver un objeto con el que se dialoga, al que se interroga y se le concede un nuevo valor cuya medida se ha creado expresamente.
En otro hermoso párrafo más adelante señalará: "El arte de no dejarse engañar, el método de averiguar lo auténtico entre las más diversas características y señalar el género y la historia de una obra, es decir, el arte de interpretar una obra, se denomina hermenéutica" (36). Es precisamente el arte de hacer vivos esos signos muertos, como señaló anteriormente. 
Los objetos tienen, ante la mirada del que aprende su lenguaje, una historia que contar, una parte de nuestra propia historia. Para ello, nosotros, los lectores, hemos tenido que ir asumiendo, descubriendo, los lenguajes perdidos para poder establecer el diálogo
"Dialogar" es la base de la hermenéutica, el diálogo con un texto o con un objeto que forma parte, como signo, de un texto mayor, la cultura. Lenguajes y textos, unos y otros, configuran la cultura. Con lo que sale a la luz podemos reconstruir, poco a poco, los lenguajes perdidos y lanzarnos a unas primeras interpretaciones, muchas veces alejadas de sentido que tuvieron. Es necesario perfeccionar la lectura profundizando en sus lenguajes, proceso en el que se producen errores, como en el aprendizaje de cualquier lengua.


Ceram nos trae algunos ejemplos de esos primeros engaños, de esa incapacidad de ver lo que se tenía delante. Porque ver es un acto cultural complejo; vemos lo que podemos comprender, vemos dando sentido y desde el sentido. Ese sentido se va corrigiendo camino de una mejor comprensión, enriqueciéndose cuanto mejor comprendemos ese mundo distante en lo temporal, en lo cultural o en ambos. Las cosas no significan por sí mismas; significan para alguien y en un mundo concreto. Es un mundo diferente pero no es absolutamente incompresible por esa unidad de lo humano, por esos restos que perviven en nosotros que Ceram señalaba. Con todo, llegamos a comprender desde nuestro mundo. Recreamos un universo legible en el que cuadren esos signos que van saliendo a la luz del fondo oscuro.

 El sentido de la obra de C.W. Ceram va más allá de la historia de la Arqueología, de cómo se fueron descubriendo los mundos antiguos más allá de las leyendas y mitos que nos habían llegado. Nos ofrece una visión de cómo hubo que crear un lenguaje para entenderse con ese mundo, con sus restos; cómo hubo que crear una sensibilidad nueva para poder desarrollar el interés por lo que estaba enterrado y sacarlo a la luz.
Es finalmente una historia de la Ciencia y de cómo sus verdades son parciales, las que podemos en cada momento, en función de lo que sabemos, gestar. La aventura de saber, de saber con rigor, argumentando y desarrollando instrumentos, teorías, lenguajes, pruebas, etc. que es lo que define una ciencia, siempre un ejercicio de humildad, de alegría por conocer, por salir de la ignorancia a un mejor y mejorable conocimiento provisional.

Dioses, tumbas y sabios sigue siendo una gran obra, de una enorme claridad y humildad, un ejemplo de narración y acercamiento de la aventura del conocimiento a los lectores que puedan apreciarlo. Es una lástima que estas obras permanezcan casi ignoradas por generaciones que puedan descubrirlas en las bibliotecas familiares. En el mundo de las descargas digitales apenas existe esa tentación necesaria, esa llamada de sirena visual desde el estante, que nos incita a hojear, a descubrir libros más allá de las impactantes promociones actuales. Publicada en 1949, a muchos les parecerá tan enterrada como los restos de los que habla. Pero desde que se accede a las primeras páginas, los signos muertos comienzan a tomar vida luminosa y hablarnos. Quizá no estaban muertos, sino solo dormidos, a la espera de que los despertáramos para contarnos su historia.




* Ceram, C.W. (1985 3ª), Dioses, tumbas y sabios (1949). Orbis, Barcelona.

domingo, 5 de junio de 2016

Miedo y confianza

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Como creo que estamos en una especie de campaña electoral, surgen de nuevo los análisis y reflexiones de personas que confían en que sea posible cambiar el desánimo de muchos por la forma en que se han ido desarrollando las cosas. Le toca el turno a Victoria Camps, catedrática emérita de Filosofía Moral y Política de la Universidad Autónoma de Cataluña. Lo hace con un artículo titulado "Recuperar la confianza". Tras señalar los males de los partidos políticos actuales, Victoria Camps hace sus propuestas no tanto para arreglar las cosas (esas recetas ya son conocidas) sino para poder restaurar esa confianza necesaria en los partidos políticos, sean cuales sean, capaces de articular una forma de convivencia que todos deseamos. Señala Victoria Camps:

Para ello, lo primero es cambiar unas actitudes que, de entrada, sólo han producido desencuentros. De la potencia al acto hay un recorrido que exige modestia, razonabilidad, discernimiento, adaptación y mucha paciencia, un conjunto de virtudes que, por lo general, no son las que adornan el quehacer político. Si hay que actuar en común, como lo exige la pérdida de las mayorías absolutas, las polarizaciones no son un buen punto de partida. La confrontación sólo muestra que las distintas fuerzas políticas se afirman a sí mismas no dando a conocer sus proyectos, sino focalizando lo que las aleja del adversario, poniendo límites para no encontrarse, porque parece que no hay discurso posible sin un otro a quien oponerse. Difícilmente se construirán encuentros si uno no es capaz de salir de sí mismo para acercarse al que está fuera. Partir de la confrontación no es la actitud que se espera y hace falta para negociar los acuerdos que serán inevitables tras el presumible resultado de las nuevas elecciones.
Rehuir el enfrentamiento implica moderar el propio discurso. No complacerse en los fallos del rival, sino buscar los puntos de encuentro que sin duda hay incluso entre los partidos más distantes entre sí. Ninguna formación niega que hay que luchar contra la impunidad de los corruptos, mejorar la representatividad política, sostener el Estado de bienestar, recuperar el empleo perdido, abordar el conflicto territorial. No se discrepa en los grandes objetivos, sino en cómo se alcanzan, con qué políticas y con qué compañeros de viaje.*


Yo creo que esto los partidos lo saben. La pregunta es ¿pueden escapar de su propia dinámica? Con el tiempo pasado ya tenemos hasta críticos de los críticos. Sin embargo parece que finalmente la horizontalidad del asunto es lo más peliagudo. Pensemos en la relaciones en los partidos como "verticales" y en las que mantienen con otros como "horizontales".
Todos los partidos han trabajado sobre el eje vertical, todos han comprendido la necesidad de evitar que sus propios garbanzos negros les arrastren al desastre. Los mecanismos de promoción interna y selección, el clientelismo, etc. se han demostrado nefastos y creo que sería sencillo que entre todos se sentaran a firmar un acuerdo de este tipo.
Pero el problema esta, como señala Camps, en algo más y que aquí hemos repetido hasta la saciedad: el tono de los discursos. Los partidos políticos deben entender que todos ellos son parte de una maquinaria necesaria para el desarrollo de la sociedad. Se trata de una "democracia" no de "purgas" electorales.
La mala lectura que los partidos políticos han hecho del "15-M" —mencionado por Camps— es la lectura comunicativa. Se ha cambiado casi todo menos lo que había que cambiar: unos se ha dejado coleta, otros se han quitado la corbata, otros se han puesto camisa blanca y otros camisetas de mercadillos, según el desplazamiento que querían ofrecer a sus seguidores. Sí, todos han cambiado un poquito pero casi nada en lo esencial.


Nuestra interpretación es que esto no solo ocurre aquí. El ejemplo de Trump, es decir, el del atractivo del que se presenta como si llegara nuevo y frente a una casta, insulta a todos y les arrastra a la radicalidad, es solo uno, Pero hay muchos más repartidos por toda Europa y muchos otros lugares: Latinoamérica, Asia, África...
Se ha satanizado el acuerdo, el encuentro en lo esencial, convirtiéndolo formalmente en "traición". Todos los partidos que respetan la Constitución Española son, por definición, susceptibles de alcanzar acuerdos, todos trabajan en favor de un modelo. Pero hasta eso hemos tenido que meter en la disputa, tremendo error. Convertir la Constitución —cuya función es servir de marco para acuerdos— en campo de disputa significa lanzarnos a un mundo de inestabilidad total.
La entrada del deíctico de la "traición" viene de los periféricos, principal presión que impide los acuerdos. Es —como bien señala Camps— el miedo a perder votos lo que evita que la vida política se normalice. Los votantes conviven sin demasiados problemas, ¿por qué los partidos no? ¿Por qué ha de vivirse a cara de perro de forma constante?

Confianza viene de confido, “tener fe”. Es un sentimiento de raíz religiosa que tiene que ver con dioses omnipotentes y promesas de salvación eterna. Por eso es difícil confiar en los humanos que son contingentes, volubles y cambiantes. Los filósofos ilustrados intentaron liberar a la humanidad de todos los miedos que la mantenían atenazada e impedían el progreso. Condorcet escribió que “el miedo es el origen de casi todas las estupideces humanas y, sobre todo, de las estupideces políticas”.
Tanto la política de polarización y no moderación como la condescendencia a una participación ciudadana más que discutible son modos de esa estupidez política provocada por el miedo. El miedo no al adversario, que todos fomentan desde sus posiciones particulares, sino el miedo de cada parte a perder votos. Un miedo que se traduce en una mirada corta que no es capaz de ver nada que tenga que construirse a largo plazo y con la colaboración de amplias mayorías. Ese miedo a perder votos la ciudadanía lo percibe, se llama electoralismo, y sólo produce más desconfianza. Es lógico que la gente no vea las instituciones como los espacios idóneos para la política y se eche a la calle.**


Es lógico, pero en modo alguno lo deseable. La calle, hasta el momento, sigue siendo un lugar de conflictos más que de soluciones. Manifestarse es un derecho, pero también el signo de que ha fracasado algo en las vías normales, un toque de atención. Otras, como los escraches, etc. no son las formas deseables de hacer política, algo para lo que están las instituciones. La sacralización de la calle es uno de los peligros en la democracia.
Tenía razón Condorcet, el miedo es malo. Pero el miedo a todo, al que siembran los políticos para recoger votos y al que surge en las calles convertidas en tribunales improvisados. La democracia es precisamente la superación del miedo. Que los políticos sean quienes nos lo vendan se debe acabar. Deben, por el contrario, ofrecernos confianza en el sistema, en las instituciones, en los elementos que compartimos, incluida nuestra constitución, con la que demasiado alegremente juegan algunos.


Los políticos se han perdido el respeto unos a otros, por lo que se lo hemos acabado perdiendo a ellos. Pero no perdamos el respeto a las instituciones, que es el siguiente paso. Las instituciones estás por encima de los políticos y están para respaldo de los ciudadanos, que son todos iguales ante la ley. También lo deben ser ante nuestros ojos. Solo al mal político le favorece esa polarización por la que cree podrá mantener unos votos en detrimento de la salud democrática y de las maneras democráticas. Metafóricamente, salud y maneras revelan las dos formas que hay que vigilar una democracia.
Puede que este periodo haya hecho reflexionar a algunos. Puede que a otros les haya metido más miedo en el cuerpo y que sigan dedicando más tiempo a hablar de lo malos de los demás para tapar la falta de ideas o voluntad, según los casos. Al miedo y a la falta de confianza hay que añadir un nuevo jinete apocalíptico de las democracias: el aburrimiento. Contra los dos primeros hay tradición; para el tercero no estamos preparados, pero se llama recuperar la ilusión y volver al espíritu que habla de la "fiesta de la democracia".
Esta política apocalíptica del insulto y la negación, de las traiciones y el dedo acusador siempre desenfundado se tiene que terminar por el bien de todos. Las elevadas dosis de demagogia se tienen que reducir. Los síntomas que se perciben no son buenos y conforme se acaban los buenos argumentos avanzan las malas maneras. Hace falta la calma que permita discutir los problemas.




* Victoria Camps "Recuperar la confianza" El País 5/06/2016 http://politica.elpais.com/politica/2016/06/01/actualidad/1464783328_465451.html



viernes, 25 de diciembre de 2015

Buena voluntad, buena fe

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En un día como hoy merece la pena escribir sobre la "buena voluntad". Más allá de los deseos y de las fórmulas, es urgente ponerla en marcha como principio. Las tendencias que se perciben desde hace algún tiempo no auguran nada bueno. Hacen falta personas de buena voluntad que inicien los procesos, que medien entre aquellos que buscan el enfrentamiento como forma de "nueva normalidad".
Lo opuesto de la "buena voluntad" son el dogmatismo y la intransigencia, el inmovilismo y el prejuicio, el autoritarismo y el rencor. Todos ellos se manifiestan intensamente de una u otra manera, juntos o por separado. El problema es que está creciendo, en vez de disminuir, su influencia.
No sé cuál pueda ser la causa, pero lo cierto es que cada vez llegan más arriba los que preconizan y agitan esos malos sentimientos. Lo malo es que les resulta rentable. La campaña presidencial norteamericana es un buen ejemplo de ello. The Washington Post ha escrito en su editorial de ayer:

OVER THE past weeks we have used some sharp words in our editorials about the race for the Republican nomination — words such as bigot, bully and buffoon. Some readers have asked whether by so doing we undermine our own calls for civil discourse. The answer has a lot to do with this moment in American history — a dangerous moment when something ugly is taking place in the political arena. It’s a time that demands a sharp and clear response from everyone who cares about fairness and decency, democracy and tolerance.*


Se refieren a arrastre que Donald Trump ha hecho de las primarias hacia un universo agresivo, insultante, intransigente, que se ha contagiado a una parte de la sociedad americana dividiéndola de nuevo.
En algún laboratorio de Ciencias de la Conducta se ha logrado la fórmula para arrastrar a la gente mediante estos discursos emocionales y envolventes. En eso se nos va la Ciencia. Todos parecen usarla porque logran arrastrar a muchos. El problema es que esta actitud no se traduce solo en depositar un voto en la urna el día señalado. Lo preocupante es que sus efectos duran mucho y son incontrolables. Acusan a Trump de usar el miedo y las mentiras. No es el único, desde luego. Se está haciendo muy habitual en muchos escenarios, de Europa a África, de Asia a Latinoamérica. El discurso del miedo y el enfrentamiento funciona. Pero la función de la política no es mantener enfrentadas a las sociedades sino hacerlas vivir en concordia.
Nadie puede negar que existen enemigos y problemas reales, límites que se traspasan hasta el horror en muchas partes del mundo. Por eso es un insulto a la inteligencia elevar los problemas domésticos al plano de desastres cósmicos con tal de llamar la atención en un mundo cacofónico y sobre informado. Vivimos en un mundo en el que hay que gritar para ser escuchado, golpeado visualmente para atraer la mirada y zarandeado emocionalmente para sentir. Y parece que en un universo así no es fácil entenderse.


Por eso es necesario que existan personas manifiestamente de buena voluntad, que cambien sus discursos y hagan cambiar los de otros mediante el razonamiento, que busquen los puntos para acercarse y no la satanización de los demás.
No es fácil porque el primer efecto de los discursos del miedo es cerrarse; nada une más que el miedo. Las personas con miedo se hacen dependientes de aquellos que les ofrecen soluciones y eso interesa a muchos.
Lo señalado por The Washington Post, más allá de Trump o Ted Cruz, me parece relevante. Creo que es momento de frenar dialécticamente a los que usan los discursos del apocalipsis. Y se debe hacer desde la cordura y no imitándoles, pues se trata de rebajar el tono y abrirse al diálogo.
Señalan en el editorial:

Generally the system works best when people assume that their political opponents are acting in good faith. We may feel strongly about gun laws, campaign finance or free trade, but we recognize that there are defensible arguments on the other side. In the heat of the debate, we sometimes fall short of our aspirations, but as U.S. politics become ever more partisan, it becomes ever more important to give opposing views a fair hearing. That’s one reason we publish a range of opinions on the facing page, especially ones that differ from our own.
But Donald Trump and his imitators present a different kind of challenge to democratic discourse, in at least three ways. Mr. Trump, the leading candidate for the Republican nomination, seeks to make his political fortune not by staking out and defending positions but by fanning and exploiting hatred and fear. He says and repeats things that are demonstrably false, which makes a mockery of legitimate debate. He prefers to insult, demean and ridicule anyone who challenges him rather than to engage meaningfully with their arguments.
The essence of his campaign has been to portray those who are different from him and his supporters as unworthy, less than human and so deserving of abuse. His incendiary language associates Mexicans with rapists and Muslims with terrorists. The demonization then is used to justify the unjustifiable: mass deportations for undocumented immigrants, torture for suspected terrorists, bombing enemies’ innocent relatives, barring all Muslims, beating up an African American protester.*


El análisis de The Washington Post creo que es correcto. Trump no hace política; crea enemigos dentro y fuera de los Estados Unidos. No construye nada y sí destruye la convivencia alterándola con sus absurdas soflamas.
Creo que se podrían repetir estas críticas otros en muchos lugares del mundo. Hace falta menos tremendismo político y electoral y más "buena fe" (good faith). Donde hay democracia —un estado impagable—, no se debe recurrir a este tipo de formulaciones que la degradan.
Es muy fácil crear problemas donde no los hay y elevarlos al nivel de la estupidez hasta convertirlo en "trending topic", expresión en la que se encierran todas las aspiraciones de muchos que llegan a la política sin más aspiración que el beneficio del poder.
De lo dicho por el periódico norteamericano se debería tomar ejemplo. Los medios españoles deberían plantearse que su función no es amplificar las estupideces de unos frente a otros, porque así se hacen cómplices de las barbaridades y del aumento de la tensión social. Lo ocurrido en esta campaña electoral ha ofrecido muchos ejemplos. La búsqueda de la coincidencia entre lectores y electores es una práctica que conduce a escenarios complicados. Los periódicos deberían ser reconocidos y valorados por ser ecuánimes más que por ser partidistas y contagiarse de las maldades electorales. Se trata de tomar partido por el respeto y el buen funcionamiento del sistema y no de apostar por unos y otros en espera de beneficios futuros poco claros. No se hace ningún servicio a la democracia, a la salud del sistema o la propia ética informativa tomando partido de esta forma, tapando los errores de amigos y voceando los de los enemigos.


La crítica es esencial en la democracia, pero el insulto y la demonización no. Los partidos deben debatir ideas y no pedir al electorado que se enrole en ejércitos de votantes, en armadas justicieras. Este tono emocional no es el mejor para la democracia, que busca las mejores soluciones eligiendo a los que creemos más adecuados. Pero esto ocurre cada vez menos ya que se nos presiona con el miedo más que con soluciones claras. Se prefieren las promesas fantásticas, la demonización del otro y la sacralización de los prejuicios. En eso Trump se lleva la palma, pero no es el único.
Los partidos no son ni ejércitos ni empresas. Su deber es aumentar el grado de armonía social, mejorar la convivencia, resolver problemas procurando no crear otros nuevos. Considerar a los "otros" como invasores, usurpadores del poder, etc. es muy negativo para el sistema democrático, que no es un escenario bélico descafeinado sino un campo de desarrollo de la inteligencia y la imaginación.
La "buena fe" que señala el diario es esencial para la convivencia y el desarrollo social. La situación política en que ha quedado España tras las elecciones necesita de toda la buena fe del mundo para sacar adelante un escenario creado por las profundas divisiones acumuladas. Es momento de que los que están en la política cambien sus discursos y no abran más fisuras sociales. Lo que se les pide es sencillo: limpien sus casas de porquería y construyan una sociedad humanamente mejor y más culta. Si difieren en los caminos, siéntense y discutan. Pero con buena fe.
La navidad es un buen día para hablar de "buena fe" y "buena voluntad". Quizá es el único día en que recordar estas cosas básicas no se consideren infantiles.
Feliz día de Navidad y buena voluntad y buena fe para todo el año.



* The Post's View: "Despite what Donald Trump says, Americans are better than this" The Washington Post 23/12/2015  https://www.washingtonpost.com/opinions/despite-what-donald-trump-says-americans-are-better-than-this/2015/12/23/91c55f88-a8f4-11e5-bff5-905b92f5f94b_story.html?hpid=hp_no-name_opinion-card-e%3Ahomepage%2Fstory

sábado, 27 de julio de 2013

La parálisis (solos en medio de las soledades)

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Como nos temíamos, la estrategia del ultimátum se estrella contra su propia verificación. El ultimátum dado por el Ejército egipcio para la retirada de las calles a los islamistas ponía día y hora a lo que los islamistas necesitaban: la visibilidad del martirio. El silencio internacional ante la intervención militar era el verdadero enemigo de la Hermandad, que veía cómo sus desganados aliados no levantaban demasiado la voz condenando lo que ocurría con su presidente detenido y la "revolución secuestrada".
Estos días han sido intensos de charlas egipcias en los que me manifestaban el temor de que se derivara hacia una lucha abierta en las calles, llegar a un punto de no retorno. Los muertos en las calles cierran las opciones de diálogo y arrastran hacia otros escenarios en los que la obra representada será ahora una beckettiana metáfora de la incomunicación en la que la inmovilidad que caracteriza a los personajes del autor irlandés se escenificara como una pelea de fieros pitbulls


La parálisis beckettiana es aquí —siempre lo ha sido— mental, política, de voluntad. Inmovilidad, regreso a la casilla inicial una y otra vez. De nuevo, la vida política está polarizada en los dos rivales que solo se entienden en las sombras pero que siempre discuten en la luz. Egipto oscila entre el Beckett de Esperando a Godot y el Final de Partida: diálogos absurdos, parálisis, incomunicación.
Dice el personaje de Vladimiro, en Esperando a Godot:

—Estamos esperando. Nos aburrimos como ostras, qué duda cabe. Bueno. Se nos presenta una diversión, y ¿qué hacemos? La dejamos que se pudra. Venga; manos a la obra. (Avanza hacia Pozzo, se detiene.) Dentro de un momento todo habrá pasado. Estamos otra vez solos en medio de las soledades. (Piensa.)


Preocupado por lo que pudiera ocurrir anoche, esperaba inquieto la llegada de los amigos a casa para poder comprobar que estaban bien. Mientras manifestábamos nuestros temores de que todo se precipitara al haber puesto el Ejército fecha a la retirada de las calles, ya se estaban produciendo los enfrentamiento con un elevado número muertes en los puentes de El Cairo, además de los producidos en Alejandría.

Ayer era el día decisivo para el duelo que se tenía que celebrar. Lejos de buscar alguna salida negociada, los islamistas y el Ejército han iniciado un carrera suicida que no puede desembocar más que en un callejón sangriento en el que cada muerto sirva a las partes para armarse de razones y continuar en su estrategia de choque de trenes. Hay pasos adelante que no se rectifican fácilmente porque comprometen a los que los dan cerrando posibilidades.
La estrategias desarrolladas vacían de sentido el panorama "reformista" que el Ejercito había planteado a su intervención y le costará la bajada del tren de la gente que se pregunta si no se les han embarcado como políticos escudos humanos ante la opinión pública internacional.


El problema de Egipto no es la "democracia" o la "legitimidad", meros argumentos retóricos en manos de grupos a los que nunca les han importado realmente ninguna de las dos cosas. La verdadera cuestión es la intolerancia histórica y sistemática que los que han mantenido el poder han usado para evitar que la sociedad evolucionara hacia posturas de convivencia, que sin embargo están presentes en la mayoría de su población, que desea vivir en paz. Los deseos de construir un Egipto democrático, en convivencia, volcado hacia el progreso, se ven destruidos en cada momento de la historia en que se plantean, ya fuera en los momentos coloniales en los que no interesó a las potencias que Egipto fuese una sociedad que avanzara autónomamente o en la actualidad.

A Egipto le han traicionado sus propias riquezas, en especial el Canal de Suez, determinante de las actuaciones internacionales —especialmente Gran Bretaña y Francia— hasta su nacionalización y la posterior llamada "Guerra del Canal", de 1956. Ha dado igual a quién se apoyara, a dictadores militares o a islamistas, según tocara en cada momento. El problema se plantea cuando dos rivales por conseguir el favor externo entraban en liza. El papel de los Estados Unidos, relevando a los británicos como nueva potencia mundial, ha sido crucial en esto. Por eso se da la paradoja de que los Estados Unidos sostengan al Ejército económicamente y sean acusados a la vez de sostener al gobierno islamista de la Hermandad. Pero Egipto es un mundo paradójico. Nada es sencillo; todo es finalmente oscuro. Solo el deseo del pueblo de tener derecho a la oportunidad de desarrollarse en paz, de dar salida a los sueños incumplidos de progreso, de educación, de justicia social, de convivencia, que planean en sus reivindicaciones en cada momento de su historia. Eso es lo que ha intentado una nueva generación, la que trajo la Revolución de enero, la de los jóvenes, una revolución contra la incompetencia de sus antecesores, que se resisten.
Los periódicos de hoy nos traen la noticia —otra paradoja— de que el partido Nour, los salafistas, teóricamente más "radicales" que los "moderados" de la Hermandad Musulmana, se ofrecen como mediadores entre los cofrades y los militares. Los Nour han mostrado más sentido común y han buscado su propia operación de lavado buscando "lo posible", no tenían nada que perder y pueden ganar terreno a los Hermanos mostrándose como interlocutores más factibles, aunque sea circunstancial. Al menos, quedará constancia de que lo han intentado.


La Hermandad tiene un problema de selección natural, por expresarlo así, derivada de su propia psicología de grupo. Sus dirigentes han eliminado de sus filas a los moderados, que se fueron ante la cerrazón y autoritarismo interno. Se han filtrado a ellos mismos en cuanto a la radicalidad. Si fueran un partido "normal" habría una segunda fila dispuesta a abrir negociaciones para evitar el baño de sangre que se ha producido y que seguirá produciéndose si no se remedia, y lo que es peor, la imposibilidad de pararlo en el sentido menos cruento para la población. El recurso al "martirio" es un verdadero escándalo que no asegura más martirio futuro, creando una espiral de retroalimentación que justifique el aumento de la violencia. Con la violencia, las partes aumentan su poder y, sobre todo, queman naves ante la posibilidad de soluciones. Pero ¿qué es una "solución" en estos momentos en Egipto? ¿"Reponer" a Morsi en el Palacio Presidencial? ¿Con qué fuerza? ¿Asaltar los cuarteles? ¿Llenar las calles de tanques? ¿Llenarlas de muertos? ¿Hacer elcciones? ¿Otra Constitución? ¿Quién acepta las "soluciones"?

Lo escandaloso es el uso partidista de la población para ir hacia posiciones que no resolverán nada, que harán de nuevo vivir bajo el miedo y la represión. Terrorismo o represión no pueden ser las alternativas.
La Revolución del 25 de enero unía cruces y coranes; era solo una parte visible de la buena voluntad, del deseo de paz y armonía que pronto se vio que solo se aceptaba de forma retórica y estratégica por los agentes totalitarios que transitan la sociedad egipcia como ríos subterráneos. Hemos insistido sobre esta idea a menudo: el drama verdadero es la indefensión, la falta de fuerza, de los que quieren la democracia en Egipto frente a los que dicen quererla para después pisotearla. En Egipto los que son demócratas no tienen fuerza y los que tienen la fuerza no son demócratas. Un drama histórico de dimensiones, como todo lo egipcio, trágicamente monstruosas.

Godot no llega. Los seres absurdos discuten sobre su aislamiento en la soledad de la escena. Solos ante la mirada atónita de los que asisten al espectáculo, sin catarsis posible. Solos. Soledad del escenario; soledad del patio de butacas. Desesperación. Angustia. Un grito, un bostezo. La nada. Godot. Godot no llega.
La democracia, dejada que se pudra, habrá pasado de nuevo dejándolos solos en medio de su soledad.








sábado, 29 de septiembre de 2012

Adiós, amigo; hola, extraño

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Muchas personas lo hacen: dejan de ver sus muros de Facebook porque no soportan los comentarios de sus amigos. Facebook no es una "conversación" tradicional, tiene un muro en el que se recogen lo que la totalidad de las personas ("amigos") que tienes en tu grupo van expresando. Esa estrategia del contacto permanente parte de un principio falso: los "amigos" son amigos en todo. Los amigos de mis amigos no son necesariamente mis amigos.
A la situación de la amistad personal bilateral, el "muro" opone una visión diferente de las relaciones de "amistad", palabra desvirtuada a través del nuevo uso acumulativo. 
Una amistad es un proceso de depuración en el tiempo en el que dos personas aprenden sobre qué pueden hablar sin conflicto y qué deben callar para mantener su amistad a salvo. Las verdaderas amistades no unen a personas idénticas, sino a personas capaces de convivir en su diversidad.
Los problemas se plantean cuando gracias a la red social nos encontramos frente a actitudes que no se dan en las relaciones bilaterales y que esas personas (o nosotros mismos) mantenemos con terceros. La sorpresa que el comportamiento de algunas personas nos causa nos permite comprender hasta qué punto están "ritualizadas" nuestras relaciones, por un lado, y también hasta qué punto actuamos de forma distinta con personas diferentes. El problema se plantea cuando lo que encontramos es tan inesperado que nos hiere profundamente. "No esperaba esto de ti", decimos.


Comprendemos entonces algo que las redes sociales nos han hecho perder u olvidar: que la convivencia implica autolimitaciones en beneficio de algo más importante, nuestra convivencia social. Las redes sociales son también "antisociales" cuando, en su celo por unirnos, lo que provocan es el distanciamiento de las personas que habían podido convivir razonablemente bien porque limitaban sus zonas de fricción. Convivir es comprender y ceder, es buscar puntos de acuerdo antes que puntos de choque.

Conozco casos en los que amistades de años se han venido abajo por comentarios aparecidos en los muros de Facebook. Y es que la moderación, que aprendemos como habilidad social en nuestro trato cara a cara en distintos ámbitos —familiar, laboral, educativo....—, queda destruida en esa especie de "relación total" imposible que la red social pretende crear. Esa relación total es una quimera amparada en la mercadotecnia con toques de psicología barata. La única forma teórica de que todos pudiéramos ser "amigos" sería estar callados. Y la red, en cambio, nos anima al constante parloteo.
Muchos dirán que los "amigos" de las redes sociales no son verdaderos "amigos", pero este problema sí que afecta a las amistades reales, que son las que contemplan los comportamientos que pueden causar deterioro. Un simple "me gusta" o "no me gusta" puede convertirse en una desilusión para alguien, que de repente descubre que ignoraba esa faceta nuestra o nosotros la de ellos. Dos personas amigas no hablan de todo; la red social, en cambio, nos lo exige con las propuesta permanentes de opinión. Estar callado es como no estar.


Esto se intensifica cuando vivimos en un momento en que estamos sobrestimulados para el conflicto. Vivimos en lo que la lingüista norteamericana Deborah Tannen llamó "la cultura de la polémica", un mundo en el que las propuestas que nos hacen son siempre excluyentes, polarizadas, conflictivas. Todo desaparece entre los extremos, que pasan a convertirse en las únicas posiciones que se nos propone y se nos permite ocupar.
Deborah Tannen escribió:

Lo que estoy cuestionando es el modo tan enconado, tan extendido y tan amenazador en que se aborda prácticamente cualquier tema, contratiempo o persona pública. Uno de los peligros más comunes en la práctica habitual de la retórica adversa es un cierto tipo de inflación verbal, de falsa alarma. El acto de denuncia necesario se diluye e incluso se pierde, aun siendo legítimo,, en el marasmo cacofónico del griterío de la oposición. Lo que estoy cuestionando es el uso de la oposición para conseguir todos y cada uno de los objetivos pretendidos, incluso aquellos que no necesitan de encono, sino que se podrían lograr de otra forma, posiblemente más eficaz, como, por ejemplo, por medio de la exploración, la expansión, la investigación y el intercambio de ideas que suscita la palabra "diálogo". Estoy cuestionando la presunción de que todo, absolutamente todo, puede tener su polo opuesto, la proverbial "otra cara de la moneda", actitud a la que atribuimos visos de mentalidad abierta y amplitud de miras.
Lo que estoy cuestionando, en resumen, es el tipo de oposición que yo llamo "agonismo". Este término, derivado del griego agonia, "competición", lo utilizo para describir una postura automáticamente beligerante, y no en su sentido literal de oposición que debe luchar frente al ataque o la inevitable resistencia que surge orgánicamente como respuesta a unas ideas o acciones en conflicto. Una respuesta agonística es, a mi modo de ver, una suerte de espíritu de contradicción programado, un uso prefabricado e irreflexivo de la polémica a fin de conseguir objetivos no necesariamente precisados. (20)*


La red es el complemento amplificador de esta cultura antagónica en el que se siente siempre la tentación del extremo, por definición, excluyente. La polémica es una forma de vida, un negocio en muchos órdenes porque mantiene los niveles de movimiento que se necesitan para estar en primera línea. Ya no interesan personas razonables, moderadas que busquen acuerdos, sino lo contrario, polemistas, artistas del escarnio o la descalificación, palabristas ingeniosos capaces de mofarse de las posturas ajenas en busca del aplauso fácil, del "me gusta" complaciente. Esto abunda hoy en todos los países, incluido el nuestro.
Las redes añaden la tensión interpersonal porque se nos pide que participemos activamente de esa ceremonia confusa y, como decía Tannen, cacofónica. Se nos invita directamente a que formemos parte del espectáculo, del conflicto en directo.
Así, a la radicalidad del discurso público se añade la confrontación extendida por las redes convertidas a la vez en espacio de encuentro y desencuentro, en el lugar en el que uno encuentra nuevos amigos y pierde a los viejos.

* Deborah Tannen (1999): La cultura de la polémica. Del enfrentamiento al diálogo. Paidós, Barcelona.