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lunes, 10 de mayo de 2021

¿Qué celebramos?

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Los medios se dedican a mostrarnos "fiestas". Lo hacen también los medios internacionales, como la CNN, que da cuenta de lo sucedido en las plazas y calles de Madrid o en las playas de Barcelona: "Many people could be seen without a mask, not respecting social distancing, and gathering in groups much larger than six -- all in violation of coronavirus restrictions that remain in place."* En los medios españoles también se recoge en su fase más visual: las fiestas y los abrazos. Por las televisiones, además de las fiestas, los viajes: media España sale de casa "a ver a la familia", recorriendo media España para abrazarse.

Pero, ¿qué es lo que se "celebra"? Una vez más nuestro mal explicado sentido del "estado de alarma" nos hace celebrar su fin, como si fuera un castigo impuesto que se nos levantara de golpe, como si hubiéramos estado castigados en un rincón y se nos dejara salir al recreo. Todo esto hará que nos llegue otro "estado de alarma" si, como es previsible tras lo visto, se vuelven a disparar los contagios.



Ver el estado de alarma como un "castigo" es un enorme error de percepción y uno previo de comunicación.  Demuestra la simpleza del pensamiento colectivo, alentado hacia una nostalgia del encuentro desde el dramatismo mediático —no te pierdas un abrazo, que no se te pase una lágrima—, pero también nos muestra la lucha política que se ha mantenido todo este tiempo.

La portada digital del ABC se centra en el jolgorio de las calles con un rotundo titular: "El caos llega a la noche tras la negativa del Gobierno a alargar el estado de alarma" (ABC 10/05/2021). La estrategia política de ofrecerse como espacio de "libertad" de Díaz Ayuso se acompaña siempre por echar las responsabilidades negativas sobre el gobierno. Se aprovecha así la restricción cuando interesa y se critica al gobierno por las consecuencias. De la misma forma de ha estado atrayendo a Madrid al "turismo extranjero de exceso" mientras se quejaban de su entrada por Barajas. Esta hipocresía le ha dado un éxito a Díaz Ayuso, convertida en paladín de las libertades, que queda muy bien reflejada en el artículo publicado en El País, firmado por Manuel Jabois y titulado "Por qué voté a Ayuso", en el que una serie de personas explican su voto, mostrando cómo la izquierda cambió su voto tradicional y el centro se pulverizó pasándose al PP:

 

En Usera, donde el PP fue el partido más votado (lo fue el PSOE en 2019), Teresa toma un refresco con su hijo y apunta, con su cambio de voto, una ruta reconocible entre otros nuevos votantes del PP de este distrito: “La pandemia nos agotó, nos dejó cansados, deprimidos. Tantas restricciones, tantos encierros, tantas muertes. Y esta mujer hizo una campaña de alegría, abrió los negocios, llenó las calles… La gente quiere un poco de felicidad”, dice esta anciana que en las anteriores elecciones autonómicas votó a la izquierda.**

 


Esas "alegrías" serían las que se vieron en Madrid, del sábado al domingo, y por las que  ABC responsabiliza al gobierno llamándolo "caos". ¿Con qué argumento se va a frenar la presencia masiva en las calles si antes se ha llamado a esto "libertad"?

La negativa del gobierno a prorrogarlo es sobre todo cálculo político, el cálculo del enorme desgaste cuando tus oponentes, en vez de remar en la dirección de la salud dicen remar hacia una "libertad" que puede llenar las UCI de nuevo.

El socialista Emiliano García Page, presidente de Castilla-La Mancha, era crítico con la decisión de dejar a las Autonomías sin referencia común: si tras el cese del estado de alarma se disparan los contagios alguien tendrá que asumir la responsabilidad.



Pero la estrategia desde La Moncloa no ha sido, una vez más, demasiado inteligente. Ahora ha dejado en bandeja la responsabilidad: si las cosas empeoran, el responsable será el gobierno central por no haber creado un instrumento para "frenar" el caos, como casi todos llaman a lo ocurrido la otra noche, anticipo de lo que seguirá ocurriendo ante la locura de que cada Autonomía tenga sus propias normas.

Una vez más, es lamentable que se entienda el "estado de alarma" como un castigo de un gobierno a los ciudadanos, tal como se sigue haciendo. Hay demasiada política en esto, cuando debería haber más sentido común y más responsabilidad individual, algo a lo que ahora apelan algunos ante el más que probable empeoramiento de las cifras, que —no lo olvidemos— representan personas. Pero la ilógica de la enfermedad —de los asintomáticos a los que se reinfectan tras las vacunas— hace esperar poco de la responsabilidad de cada uno si una parte se deja de comportar con precaución e identifica el final del estado de alarma con el fin de la prevención.



En el artículo de la CNN dedicado a las "fiestas" españolas por el cese del estado de alarma una de las entrevistadas señala:

 

"I am a bit worried, although the most vulnerable people are already vaccinated, I think we should still be careful of the cases increasing again," Natalia Pardo Lorente, a biomedical researcher at the Centre for Genomic Regulation in Barcelona, told CNN Sunday. "Even while the curfew was still active Friday, I saw large groups of people drinking in the Ciutadella and it was after 10 at night.

"Is there really a need to be gathering in groups of 100 people or more in parks? Why is it not enough to meet your close friends and that's it?" she added.*

 


Es la mirada y la pregunta de una persona responsable, que entiende que finalizar el estado de alarma no es reunirse cien (o miles) de personas para celebrar ¿qué? Lo que parece una obviedad es que de los cientos de miles de encuentros de estos días, de los viajes por toda España no va a salir una reducción de casos, sino lo contrario. El efecto explosivo del fin del estado de alarma se notará inmediatamente, en los cinco o seis días siguientes.

La suma de irresponsabilidad política de unos y otros jugando con la pandemia y los estados de alarma, la demagogia que provoca cambios de actitud y acusaciones de cara a la galería, sumado a esa parte importante de sectores que se creen inmunes o, peor, inmortales puede ser explosivo.



La retirada del estado de alarma significa que la responsabilidad pasa ahora a las Autonomías, que baja un peldaño. Ahora los políticos locales ya no podrán excusarse en que es el gobierno central quien les impone lo que ellos no quieren. Simplemente, como hemos visto, se acusará al gobierno por no haber dado herramientas para el combate.

Mal momento para un país cuando los votos se cruzan con las UCI, las libertades con las muertes. El discurso confuso sobre unos y otros siempre traerá malos resultados. Decir a la gente lo que quiere escuchar es siempre fácil y rentable, pero es ahí donde se demuestra la talla de los políticos. La demagogia está en manos de cualquiera. ¿Hay algo que celebrar con el fin del estado de alarma? No que yo sepa. Y celebrarlo con aquello que nos llevó a tener que declararlo es todavía más irracional. Pero ¿quién va encontrar algo de racionalidad en todo esto a estas alturas?

Deberíamos dejar alguna celebración para cuando desaparezca el coronavirus.

 

 

* Al Goodman y Duarte Mendonça "Hundreds party in Spain as coronavirus curfew ends in most of the country" CNN 9/05/2021 https://edition.cnn.com/2021/05/09/europe/spain-covid-curfew-party-intl-scli/index.html

** Manuel Jabois "Por qué voté a Ayuso" El País 9/05/2021 https://elpais.com/espana/elecciones-madrid/2021-05-09/por-que-vote-a-ayuso.html





viernes, 7 de mayo de 2021

Después del 9 de mayo

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



La pregunta política ha pasado del "¿qué hacer?" al "¿a quién responsabilizar?". Digo esto por constatación diaria y, especialmente, porque hoy, día 7 de mayo, dos días después de las elecciones madrileñas, faltan otros dos para el "9 de mayo", fin del "estado de alarma". Hace unos minutos, en un programa televisivo, se decía que la "noche del 9" podía convertirse en algo parecido a la de "fin de año", evidentemente no la del pasado, si no una de las "de antes", sin que nadie supiera qué hacer, cómo intervenir o hasta dónde se podía llegar. Y muchos tienen esa idea, inquietos no ya por el día después sino por el momento cero, el "reset".

Si la pandemia sirve de algo positivo es para quitarnos alguna que otra venda de los ojos. He dicho "positivo" con demasiada rapidez. Quizá, piensen algunos, el que no ve, no sufre y se vive mejor en la ignorancia.

La negativa del gobierno a prolongar el estado de alarma —cuya aceptación le costó sangre, sudor y lágrimas— es acompañada por la negativa a crear algún tipo de legislación unificada señalando que hay "herramientas suficientes". Creo que este segundo factor es tan importante como el primero.



La impresión que da lo que ocurre y los temores que levanta en todos es que el gobierno interpreta que está asumiendo en solitario el coste político del mantenimiento de las restricciones, que cuando los ciudadanos protestan y se hartan de restricciones, como ha ocurrido en Madrid, algunos señalan con el dedo a La Moncloa, no sé si con razón o sin ella. Tampoco importa que sea cierto o no en esta política cínica y gestera que estamos practicando en un escenario de Taifas, ¡que vaya por Dios! ha explotado inesperadamente por el punto más complicado, el sanitario.

Hasta el momento, la sanidad era solo cuestión de debate interno, problemas más sindicales, cuestiones de plazas y de emplazamiento, de listas de espera, de interinidades. Pero cada uno llevaba sus enfermedades y sus recursos sanitarios con resignación. Si estabas sano, estupendo; si estabas enfermo, te aguantabas; y si te morías esperando, la culpa la tenían localmente al estar transferidas las competencias.

La pandemia ha dejado todas estas miserias al descubierto general, elevándola a causa nacional, europea y mundial, que son los tres focos de problemas y dificultades. De repente, un gobierno se mostraba incompetente y le estafaban vendiéndole falsas mascarillas o descubríamos que lo que necesitábamos urgentemente no lo teníamos, que las UCI no eran suficientes y que había que improvisar morgues en palacios de hielo; descubríamos que muchas de nuestras residencias de ancianos eran centros de concentración, donde morían sin saber qué hacer con ellos, porque cuando enfermaban los llevaban a la Seguridad Social; descubríamos que no tenían personal preparado para atenderles médicamente, e incluso que había delincuentes que se quedaban con su dinero o que los vejaban en vídeos que aparecían en las redes sociales. 




Descubríamos que nuestras vidas dependían de 80 millones de turistas anuales, que si no vienen la gente se queda en la calle. Nuestra precaria y estacional economía quedaba a la vista de todos sin el consuelo de la temporada baja, bajísima; que la pandemia es cuando los alemanes e ingleses, franceses y suecos, se quedan a beberse su propia cerveza en casa y que el sol es un bien prescindible; descubrimos que los inmigrantes que ya no encuentran trabajo vuelven a sus países, que perdemos población, y los que llegan son los que no tienen más alternativa porque la muerte les amenaza seriamente en un África dejada a su terrible destino, que grupos armados la recorren matando hombres, mujeres y niños, periodistas o simplemente a los que pasaban por allí. 



Descubrimos que ya están aquí de nuevo los jornaleros y que nadie los ha vacunado, que están en tierra de nadie, algo que no le importa al virus y parece que tampoco a los que les contratan, como aquel al que abandonaron agonizante a las puertas de un Centro de Salud.

Ahora nos cuentan que piden vacunar a los que van a estar en contacto con ellos, que no quieren que ocurra como el año pasado, que llevan con ellos de finca en finca el virus. Quieren que los 30.000 que necesitan les trabajen, pero que no les contagien a sus 4.000 vecinos.  Lo llaman "cortafuegos". Así lo han expresado a las autoridades. El piadoso titular de La Vanguardia evita señalar que no piden que vacunen a los temporeros, sino a los vecinos que estarán en contacto con ellos. Todavía, dicen, se resiente el turismo y la restauración de la "mala fama" causada por tanto temporero contagiado.



Puede que nos recuperemos de la pandemia, pero no sé si podremos recuperarnos de tanta miseria junta.

Es mucho descubrir de golpe. Pero está también el que no quiere verlo o prefiere olvidarlo volviendo a lo que siempre ha sido el mejor escape: la indiferencia en lo cotidiano, las rutinas, la celebración. Es el rito, la celebración, la certeza fatídica del de oca a oca. Eso va del café diario al fin de semana, de los sanfermines a las fallas. Como nos dicen los antropólogos, las fiestas marcan el tiempo y le dan forma. Nuestra forma es "festiva" por partida doble, marca nuestro ritmo de vida y es también trabajo. Sin festejar, nuestra economía no se mueve. Y si no se mueve la economía, la política se altera, se poner nerviosa, combativa y hace lo que mejor sabe hacer: echar la culpa, buscar responsabilidades, levantar el dedo índice acusador.

El gobierno teme que este juego acusador se mantenga y, me imagino, tema que le provoque un desgaste irrecuperable. Nuestro segundo escalón infernal, el autonómico, ha aprendido a dar patadas a los problemas hacia arriba. Ellos son los que solucionan lo que el poder central no resuelve. Cuando algo negativo se produce —y ocurre todos los días— la culpa es del poder central que no saben, no puede o no quiere. Eso es lo que le ha dado a Díaz Ayuso fuerza y votos. ¿"Libertad" frente al coronavirus? ¿Qué remedio es ese? ¡"Libertad" frente al "gobierno opresor"!




Desde esta perspectiva, que el gobierno central deje los problemas en manos de los autonómicos tiene su sentido; irresponsable, pero sentido. En circunstancias normales —¡todavía me acuerdo!— el gobierno tendría suficientes recursos para sobrevivir a los ataques ordinarios. Pero con la pandemia, todo se ve afectado y todos los dedos señalan al gobierno de Sánchez y Podemos. Es el gobierno que tiene que dar la cara ante Europa. Los gobiernos autonómicos, por ejemplo, se pueden marcar el farol desleal de decir que pueden irse por el mundo (Rusia, por ejemplo) a comprar vacunas "si el gobierno central no se las suministra" y otras lindezas.

Las mejores recetas contra la pandemia tienen un primer nivel, que es el acuerdo general, la voluntad de cumplir y la transmisión efectiva al ciudadano de lo que ocurre y de su responsabilidad ante los demás. No cumplimos ninguno de estos criterios.



¿Qué va a pasar tras el 9 de mayo? Que pese a lo que crea el gobierno de Sánchez —que irán de rodillas a mendigarle un estado de alarma—, seguirá siendo el responsable; que los jueces no están dispuestos a jugar el papel que los políticos les piden para cubrir su irresponsable sentido del desgaste; que los ciudadanos temerosos y sensatos, tratarán de alejarse de los atrevidos e insensatos; que el sector sanitario se declarará en rebeldía en el momento en que no pueda atender a lo que les puede llegar si se cumplen las peores expectativas.

El fin del estado de alarma puede ser llamado cualquier cosa menos "normalidad". Pese a ello, muchos advierten que hay mucha gente que lo va a entender así, que es el chupinazo para hacer lo que un minuto antes estaba prohibido y ahora no lo está, aunque represente exactamente el mismo peligro. Y es así porque nada ha cambiado, al menos en lo que afecta a la enfermedad.

La fecha del 9 de mayo se convierte en algo milenarista, un miedo al día siguiente. Tras ella puede acabarse el mundo, piensan algunos. No he escuchado o leído a nadie optimista al respecto. Creo que Pedro Sánchez  ha hecho una lectura errónea de la realidad, pero aquí nunca se equivoca nadie. No va a poder ignorar los resultados, entre otras cosas, porque los problemas se los va a reprochar Europa oficialmente y la ausencia de turismo extraoficialmente. Siempre nos quedará ese turismo de borrachera e irresponsable que viene a España a hacer lo que no le dejan hacer en su país. Mientras traiga euros en el bolsillo, se le perdonará todo. Ya se sabe, son jóvenes.




La pandemia, sí, ha dejado a la vista demasiadas cosas y será difícil, si no imposible, recuperar la inocencia. ¿Cómo será el paisaje tras el 9 de mayo? ¿Echaremos de menos la vida anterior el 9 de mayo? ¡Quién sabe!

Lo que es inconcebible e intolerable es precisamente la incertidumbre. Pero están todos muy preocupados por si se adelantan las elecciones en Andalucía. Lo primero es lo primero. Y no hay nada después.




lunes, 26 de octubre de 2020

Un horizonte de mayo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)


La Vanguardia ha publicado un artículo titulado "Ellos y nosotros", donde "ellos" son los chinos y "nosotros" los occidentales. El artículo les acaba dando la razón, con algunos peros sobre el comienzo y todas esas cosas que se han convertido en tópicos recurrentes. Pero les elogia en dos cosas: la primera es que han vencido al coronavirus a base de medidas drásticas y no tener que preguntarse cosas como "qué va a pasar con Halloween" o a cuántas personas se puede invitar a cenar en casa; la segunda es que la economía china ya está creciendo por encima del 5%, algo que ni Trump ni nadie puede negarles con los datos en la mesa. Al parón drástico de la producción, le ha seguido —una vez doblegada la pandemia— la reactivación y el consumo. La vía a la reactivación es la salud y a la salud se llega con determinación, con cumplimiento de medidas, con solidaridad y sacrificio de muchas cosas.

El gobierno de España acaba de presentar un nuevo "estado de alarma", un poquito a gusto del cliente. Lo digo porque las autonomías siguen mandando en su territorio. De lo que se ha tratado siempre —y así nos ha ido— es de que no te puedan recriminar las medidas antes que las muertes y contagiados. Lo queremos todo: queremos que el gobierno central asuma las imposiciones drásticas y nosotros ser generosos en la desescalada, lo que ha sido el causante de nuestros males. Nuestras autonomías siguen siendo oportunistas y calculadoras. Pero las cifras no dan para juegos, como hasta el momento.

En condiciones ideales, como en los laboratorios, las medidas funcionarían, pero no vivimos en un laboratorio sino en una realidad cruda y pertinaz que nos demuestra que sabemos la teoría pero nos cuesta poner en marcha la práctica, que es muy sencilla pero desagradable, especialmente si luego les pides el voto a los que sancionas o se arruinan. No es otra la clave. No hay que dar más vueltas al asunto.

Pedro Sánchez ha anunciado un estado de alarma que quiere mantener hasta mayo. Quizá lo haya hecho para dar esperanzas a la próxima temporada turística, dando por descontado que las navidades van a ser más familiares que nunca, con un Santa Claus no conviviente. Todo muy virtual y simbólico.

Un estado de alarma con intención de renovarse hasta mayo de 2021 echa por tierra muchos deseos e ilusiones de que esto sea rápido. Deberíamos estar mentalizados ya, pero la lucha político económica no nos ha dejado ver el bosque. Ahora llegan unas normas más o menos comunes que tendrán que aplicarse, sí o sí, si queremos salir de esto algún día.


Hay medios que todavía siguen jugando con la desinformación sobre muchas cosas, del origen a la llegada de las vacunas. En realidad, en lo único que deberíamos estar centrados en la contención, que es lo que está en nuestras manos y dejar que los norteamericanos se dediquen a las especulaciones o acusaciones para camuflar el desastre, en todos los órdenes, que ha supuesto esta pandemia para el país que quiere ser considerado como una primera potencia. Nadie ha tenido tanto tiempo como los Estados Unidos y nadie lo ha desperdiciado tanto, con Trump al frente, el peor presidente.

Lo que parece evidente, si así queremos ver algo y no tirar experiencia y  sufrimiento por la borda, es que la única forma de controlar esto es controlarse a uno mismo y exigir que se controle a los demás. Basta ya de tonterías en nombre de "derechos y libertades", basta ya de usar a los jueces para seguir haciendo lo que queremos con el mayor ejercicio de insolidaridad visto en décadas por las personas que ha decidido que esto no va con ellos, que pueden seguir haciendo lo que han hecho siempre y presumir de ello. La excepcionalidad de la situación exige mentalizarse a que esto es una larga responsabilidad, un cambio de hábitos de vida en nombre precisamente de la vida. Muchas cosas se podrían hacer de no ser por el exceso al que algunos lo llevan con su falta de solidaridad, del botellón al adulto de la fiesta privada.

Volvemos a la segunda sesión de la misma película, por más que se nos diga que es solo un remake. Es cierto que los que murieron ya no pueden volver a morir, pero quedan muchos que se libraron entonces que pueden entrar ahora. Parece que tiene que haber una muerte por familia para que finalmente seamos conscientes de lo que nos estamos jugando.

El horizonte de mayo son muchos meses, pero es más realista que decir que va a haber una vacuna en primavera. El realismo es importante en este universo de noticias falsa, de expectativas falsas y de promesas falsas. No hay más que una realidad, que es la que marcada cada día el número de muertes, con las que algunos juegan políticamente en sus guerras absurdas ante una situación como esta.

Los eslóganes optimistas se han quedado por el camino; la idea de ser mejores no deja de ser una mirada ilusa ante lo que la realidad ha mostrado de egoísmo, insolidaridad e irresponsabilidad de muchos. Podemos consolarnos diciendo que son solo una minoría, pero consuela poco. Un simple paseo nos quita mucho del optimismo.

Mayo como horizonte significa sobre todo mentalizarse, dejar de meterse en guerras nacionales y autonómicas y ponerse a remar todos en el mismo sentido. Políticas claras y sanciones ejemplares. Ya lo hemos tratado en varias ocasiones: no hay que desmoralizar al que cumple, que ve, como vemos todos, a los que no cumplen. No hay que perder cumplidores porque entonces el retroceso será enorme. Algunos hablan de "cansancio". Nada agota más que ver desperdiciar lo bueno que se hace, el sacrificio. Sobra palabrería y falta el estímulo real de la mejora. Den ejemplo.

Mayo es un horizonte lejano con un duro invierno de por medio.