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lunes, 5 de diciembre de 2022

Leer de otra forma

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Repaso algunos materiales para incluir en las clases, donde me gusta que cada lectura nos sirva de entrada a temas y autores, a problemas que se nos plantean y que muchas veces ignoramos, dando por hechas las cosas. Es un ir demasiado deprisa que arruina ese recorrido por ese paisaje que es un texto. En un mundo apresurado, perdemos demasiadas cosas.

Releo un texto sobre la lectura de Siri Hustvedt, contenido en Vivir, pensar mirar (2013) y me llama la atención una frase: "Tuve que hacerme mayor para reírme con La metamorfosis". El texto está escrito en 2011 y forma parte de una serie de escritos muy variados, como el propio título sugiere. Pero quizá la frase de Hustvedt nos indique que no hay tanta separación como palabras y diccionarios nos dan a entender y que precisamente vivir es un concepto que integra todo lo demás, el pensamiento y la mirada, que no es posible en nuestra realidad separarlos. Solo nuestra capacidad de abstracción, de sacar las cosas de la complejidad vida y dejarlas sobre el papel, escritas, reducidas a conjuntos de letras conectadas con ideas, puede llegar a creer que las cosas se nos ofrecen separadas cuando en realidad forman parte de experiencias unidas.

Hustvedt está tratando en ese texto, entre otras cosas, de delimitar la lectura y como contraste de esa experiencia la relectura, un proceso no demasiado pero siempre fascinante. Nos habla de cómo recordamos a veces de forma caprichosa lo que hemos leído, de cómo fundimos textos en el recuerdo, de cómo no encontramos en el texto releído nuestro pasaje favorito porque proviene de otro libro.

Empeñados en los aspectos comerciales de la lectura, en las cifras de ventas, nos olvidamos de la singularidad que supone el lenguaje cuando este se almacena en textos que nos permiten vivir distintos tipos de experiencias y de la experiencia misma que supone leer. El valor de la relectura es precisamente hacer manifiesto ese "hacerse mayor" al comprender nuestra incompletitud constante, nuestra necesaria acumulación de experiencias para poder entender, para poder acceder al mundo que el texto nos ofrece, siempre nuevo. Nos hemos fijado demasiado en el río en el que no nos podemos bañar dos veces y nos olvidamos que tampoco somos los mismos la segunda vez que nos introducidos en el agua. Empeñados en nuestra constancia, no nos percibimos como seres cambiantes, diferentes en el tiempo en función de nuestra capacidad variable de ser, una fotografía estática de nosotros mismos, pero una ilusión nada más. La relectura permite percibir esto, cómo quien se enfrenta al texto por segunda vez no es el mismo que lo hizo la primera si la experiencias vividas por medio nos han cambiado.

La observación de Siri Hustvedt tiene muchas implicaciones, más allá de la reflexión. Las tiene, por ejemplo, en la educación, donde la lectura es esencial. Educarse no solo es aprender para siempre, como algunos pretenden guiados por un infantil pragmatismo que considera inútil volver a lo "mismo", que nos considera como cajas en las que se meten conocimientos y que son recuperados.

La incomprensión que vivimos con las Humanidades proviene en gran parte de este error, el de pensar que los textos quedan tan estables como el Principio de Arquímedes, que cuando volvamos a ellos serán los mismos. Hay cosas estable, mientras que en la esencia de otras está su dimensión temporal, viva, cambiante.

El gran error de las Humanidades educativas (muchas veces propiciados por los mismos que las enseñan) es pensarlas en términos de "educación" y no en términos de autoconfiguración de la persona, es decir, de separar "vivir, pensar, mirar", por reutilizar el título de Siri Hustvedt.

Convertir en "contenidos" la experiencia de la lectura es un enorme error que estamos pagando. La ilusión de la estabilidad nos engaña anulando precisamente la capacidad de los textos de convivir con nosotros. No solamente no los comprendemos en el sentido de hacerlos nuestros, de cada uno de forma diferente, sino que imponemos un sentido a través de su clasificación, evaluación y análisis por parte de las "autoridades competentes".

Según este planteamiento, Siri Hustvedt no debería haberse reído nunca con La metamorfosis. Escribí hace muchos, muchos años, un artículo titulado "La risa de Kafka", dando cuenta de la extrañeza de Max Brod, amigo y biógrafo de Kafka. Brod manifestaba su sorpresa porque su amigo Franz hiciera lecturas riéndose abiertamente de las vicisitudes por las que pasaban sus protagonistas. No lo entendían.

Siri Hustvedt pudo acceder finalmente (o por ahora) al sentido que Kafka daba a sus situaciones, de El Proceso y El castillo a La metamorfosis. Debió esperar a que pasara el tiempo para que, a través de la lectura, descubriera que el Kafka que había leído era una mezcla de su inexperiencia y de los comentarios escolares que le rodeaban.

Una parte de nuestra inmadurez contemporánea la percibimos precisamente en nuestra concepción acumulativa de la educación. Mucho de lo que se aprende se olvida porque no se vuelve sobre ellas o, lo que es peor, se conserva una memoria equivocada, incompleta o inmadura de ellas.

Hemos alejado las lecturas —especialmente las literarias y humanísticas— de su verdadera función formadora en el acompañamiento a lo largo de la vida. Las hemos convertido en algo que se usa y se tira, creyendo que así se hace espacio para lo siguiente. ¡Un gran error que pagamos con creces! El furor de lo nuevo consumible nos devora a nosotros mismos arrastrados por ese impulso hacia adelante.

Las palabras de Siri Hustvedt nos advierten que mucho de lo que dejamos atrás lo tenemos todavía por delante; que leer, como tantas otras cosas, se construye sobre la experiencia del momento y que esto es solo un tramo de nuestra vida. Muchos escritores, entre ellos M. Proust, nos lo enseñaron. Pero no los leemos o lo hacemos a destiempo y mal. 

Vivir, pensar, mirar... no están tan separados como algunos creen. Quizá merezca la pena estrechar lazos. Lo que hay en juego es importante, nuestro propio crecimiento.


—Hustvedt, S. (2013). Vivir, pensar mirar. Ed. Anagrama.

sábado, 4 de abril de 2020

Mejor futuro

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
"Futuro" es una palabra del presente. Hoy hablamos del futuro, escribimos sobre el futuro, pensamos en el día después. ¿Después? Sí, después que pase esto que nos sabemos cuánto puede durar. Se multiplican los artículos con reflexiones sobre el futuro, mientras el presente nos desborda en cifras, en emociones, en tristeza, en muestra de solidaridad, de incompetencia, de osadía, de odio, de amor.
Escribe nuestra Premio Príncipe de Asturias, Siri Hustvedt, en el diario El País: "El virus ha convertido nuestra interdependencia en algo asombrosamente evidente. Todos somos seres naturales, vulnerables a la enfermedad y a la muerte. Las plagas son unos igualadores maravillosos, siempre que les hagamos caso."* Es el párrafo final de un artículo titulado "Vivo con miedo, imagino el futuro". Contagiada, vive encerrada en casa pasando la enfermedad, junto a su marido, el escritor Paul Auster, también contagiado.


El pensar en el futuro es casi connatural al miedo. Como expresión de tranquilidad, solemos usar "no tener que pensar en el mañana", lo que indica que no hay preocupaciones. Vivir plenamente el presente, sin la angustia del futuro, es el deseo de muchos. Desgraciadamente, el futuro puede ser esperanza o amenaza o ambas cosas. En medio de esta crisis, se proyectan hacia el futuro las consecuencias de lo que vemos el presente. Por muchas diferencias que podamos encontrar en las propuestas de futuro, hay algo que se repite: el mundo no será igual, que es una forma de decir que hemos cambiado, que esto dejará secuelas y temores, recuerdos traumáticos que van a condicionar nuestra percepción. Esa "interdependencia" de la que hablaba Hustvedt es precisamente la que sufrirá más cambios en cualquier sentido.

Podemos encontrar en La Vanguardia el artículo del ministro Manuel Castells con el título muy directo "Fin de un mundo" y se nos explica desde su entradilla “No es el fin del mundo. Pero es el fin de un mundo. Del mundo en el que habíamos vivido hasta ahora”.
Ahora nos encontramos en un estado reflexivo, de evaluación de lo que está ocurriéndonos, de lo que vemos ocurrir. Es indudable que muchas cosas que se daban por ciertas se han probado ineficaces y viceversa. El test de la realidad no falla, y es eficaz al 90%. Nuestras percepciones de lo que debe ser el futuro, claro está, se encuentran profundamente determinadas por lo que percibimos y por aquello que nos cuentan. Por eso hay una enorme lucha mediática, que se extrema conforme el presente se hace más crítico.
La lucha por el futuro se hace en nuestra opinión de hoy. Se hace estableciendo responsabilidades, encontrando excusas, lanzando acusaciones, justificando carencias, ocultando egoísmos. Por eso se intensifican en paralelo al día a día los textos que actúan como guías de la interpretación, como correctores de los desvíos que pudiéramos estar tentados a hacer. No conviene que salgamos demasiado de los carriles.


Siri Hustvedt cita el caso obvio de Donald Trump en los Estados Unidos, con su desvergüenza echando balones fuera, jugando con las palabras y los hechos. Pero no es el único caso. En tiempos en los que se pueden tener tentaciones, escuchar cantos de sirena sobre lo que funciona o no funciona, puede volver el futuro indomable. ¿Quién sabe por dónde saldrá?
Pero hay que pensar en él, en las alternativas a este presente imperfecto, por más que se canten heroicidades de unos y otros. Las grietas se han producido en todos los niveles. Si bien es cierto que algo de este tamaño no era fácil de prever y que no siempre el mundo se puede preparar para lo peor sino para lo menos malo, es nuestra capacidad de reacción lo que más debería preocuparnos. Y en muchos casos ha sido insoportablemente lenta e insolidaria, demasiado calculadora y no siempre humana.
Hay que mejorar mucho. Son muchísimas cosas las que nos han mostrado que no son como debieran en nuestro modelo de vida, en nuestra forma de relacionarnos. Si no se aprovecha esta oportunidad, el mundo será peor porque necesitará que nos pongamos una venda en los ojos, que bebamos filtros de olvido para no recordar lo que hemos vivido hoy.

La idea se repite: ya somos mejores, sea como sea. Es una idea bonita, sí. Prefiero pensar que ese ser mejores se concentra en una voluntad de actuar para que el presente no nos haga soñar con algo muy distinto. Lo ideal es querer vivir mañana como vivimos hoy, lo que indicaría que nuestro grado de satisfacción es grande, que vivimos felices, más que engañados, ya sea por otros o por nosotros mismos.
Podríamos hacer una larga lista de propósitos de cambio, como las que se hacen al inicio del año nuevo. Este será un mundo nuevo, nos repiten. Mi temor es que en nuestra ingenuidad pensemos que nuestros cambios son siempre a mejor. Hemos pasado por muchas crisis en la historia de la Humanidad. Quizá esta sea la primera gran crisis en un mundo que ha crecido y se ha interconectado de forma intensa. Por eso ese futuro pensado debe incluirnos a todos y no solo parches locales.
Está pandemia ha creado un doble escenario repartido. Ha destruido nuestro sentido de lo real y de lo virtual. Lo que vemos ya no es lo lejano, como corrió al principio localizándolo como "chino", que permitía definirlo como un "otro". Es un aquí y un allí; es imagen virtual y es realidad en nuestro aislamiento. Nos crea una identidad común que anula las otras. Somos las cifras locales, las nacionales, las mundiales. Estamos en ellas como contagiados, como muertos, como sanos. Todos somos todos.
El futuro —nuestra imaginación— tendrá que tener en cuenta esta identidad y esa deslocalización de las enfermedades, su globalidad en un mundo que se nos ha hecho pequeño, del tamaño de un coronavirus, un tamaño en el que desaparecen nuestras diferencias. 
El gran peligro es que traslademos al futuro el trauma del confinamiento, el miedo a los otros, que levantemos más barreras en vez de aumentar la colaboración, el sentido de que nadie escapa solo. Solo así se podrá vivir con esperanza, trabajando el presente en la dirección adecuada.



* Sir Hustvedt "Vivo con miedo, imagino el futuro" El País 3/04/2020 https://elpais.com/cultura/2020/04/03/babelia/1585933284_651296.html

jueves, 26 de julio de 2018

El cuerpo, la memoria y los falsos recuerdos


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El siglo XIX fue el siglo del espacio, determinado físicamente  por el gran desarrollo de los transportes con el ferrocarril, con la aparición del automóvil. El espacio se redujo también por el efecto de la prensa, que daba cuenta del espacio lejano dándole forma, y del telégrafo, que permitía el contacto a distancia, como después iniciaría el teléfono. Toda esta reducción del espacio se intensificaría en el siglo XX con los automóviles adueñándose de las ciudades y carreteras y los aviones pulverizando el sentido de las distancias, que hasta poco tiempo antes se habían contabilizado por "jornadas" (tiempo) y no por kilómetros (espacio).
Con el espacio-tiempo con el que se abre el siglo XX, con la relatividad, los ojos se centran en la extraña naturaleza del tiempo, concepto esquivo que entra en contradicción con nuestra propia experiencia. Los comienzos del siglo XX están marcados por las teorías que nos hablan del tiempo y su relatividad, su capacidad elástica en función de la velocidad.
Con el tiempo se abre su dimensión humana, la memoria. Más allá de la crónica, un intento de objetivar los hechos en el tiempo, el interés se centra en el recuerdo, que es algo distinto. Puede que la naturaleza del tiempo —¿es ilusión?— se nos escape, pero nos queda el tiempo vivido, la memoria, y la historia, como registro de lo acontecido en común. Una y otra son formas de registro que necesitan de la acción —recordar, registrar— para convertirse en discursos, uno interior y otro objetivado en la escritura. La Historia, se nos ha dicho, comienza con ella, con los primeros registros que tratan de fijar lo que se pierde en el tiempo y en el olvido. El canto homérico, los monumentos, etc. son formas de fijar aquello que se nos deshace entre los instantes de la vida, aquello que ya no vuelve más que como recuerdo.
El siglo XX trabaja sobre la memoria y el tiempo, desde Proust a Bergson, de Joyce a Mann, de Cajal a Pinker o Damasio. El recuerdo pasa a ser esencial en la práctica del psicoanálisis freudiano, que nos trae junto a él la importancia del olvido.
El diario El País nos trae un interesante artículo con un equívoco título "Un 40% de las personas tienen recuerdos de la infancia falsos". Parece que los recuerdos falsos se circunscribieran al periodo de la infancia, algo que todos experimentamos que no es así, por un mínimo de auto observación que practiquemos.
La memoria no es una cámara ni un magnetofón. Es una registradora viva, llena de filtros y condicionamientos. Nada resulta más interesante que quitarnos el automatismo y reflexionar sobre nuestros recuerdos, por qué llegan cuando llegan, cómo se transforman en el tiempo.
Ligados a la "memoria" y el "recuerdo" (son dos cosas distintas) se encuentran el problema de la "consciencia", el denominado "problema mente-cuerpo", el de la naturaleza del "yo" y la relación de la memoria, la consciencia y el lenguaje. Todos ellos han sido abordados en distintos momentos de las culturas, puede que con nombres distintos y con perspectivas diferentes, de la religiosa a la filosófica. En el origen de cada cultura hay una narración de cómo se relacionan esas cuestiones: qué somos, que relación tenemos con nuestro cuerpo, qué es percibir y qué relación mantenemos con lo percibido, dónde vamos cuando dormimos.
Señala Daniel Mediavilla en el diario:

Hay gente que dice recordar el momento de dar sus primeros pasos o cómo estaba en la cuna con los pañales puestos. En un estudio reciente con más de 6.500 participantes publicado en la revista Psychological Science, el 40% tenía memorias de este tipo, que corresponderían a bebés de uno o dos años. Sin embargo, los estudios que han tratado de determinar cuándo se forman las primeras memorias autobiográficas que perduran hasta la edad adulta concluyen que no lo hacen antes de los tres o los cuatro años. Algunos estudios consideran incluso que esos recuerdos son más bien fragmentos y para hablar de algo parecido a una memoria completa habría que esperar a los cinco o seis años de edad.
Eso no quiere decir que los niños no acumulen recuerdos. Algunos investigadores han observado cómo una persona de seis años puede recordar algo que sucedió alrededor de su primer cumpleaños, pero a partir de una cierta edad, probablemente debido a cambios durante distintas fases del desarrollo cerebral, esas memorias desaparecen y no se pueden recuperar al llegar a la adolescencia. Este fenómeno es lo que se ha bautizado como amnesia infantil. Los recuerdos que perduran suelen formarse a partir de los tres o los cuatro años, cuando los niños comienzan a contar historias sobre sus propias vidas, algo que sugiere que esas memorias están relacionadas con la capacidad para utilizar el lenguaje.*


No se trata tanto de que un 40% de las personas tengan recuerdos que sabemos que son falsos en su infancia. Los recuerdos de la infancia pueden llegarnos después y manejarlos como experiencia vivida. Los colocaríamos allí donde se corresponden, biográficamente hablando. Podemos absorberlos desde las historias que nos cuentan, las fotografías que vemos. En la medida en que las creemos, podemos hacerlas nuestras e integrarlas en el conjunto.
La amnesia infantil es de todos, no solo de algunos. Por decirlo así: el otro 60% de las personas tampoco tiene recuerdos —verdaderos o falsos— de esa etapa anterior. "Falso" es un concepto demasiado rotundo cuando se habla de la memoria y los recuerdos. Es un exceso de ingenuidad hablar en estos términos y más en los recuerdos que se refieren a esas épocas tan alejadas. Hay factores como nuestra propia comprensión del mundo que afectan a la forma misma de recordar y, previamente, de percibir las cosas.
Los neurocientíficos le están complicando la vida a jueces, abogados y policías cuando se estudia de forma científica el funcionamiento de la memoria y la formación de los recuerdos. La precisión y estabilidad que se presuponía y requiere para sus trabajos se ve afectada por la realidad de nuestra humilde memoria, de nuestra percepción selectiva y del complejo juego entre lo que vemos y lo que hemos visto, entre lo que percibimos y lo que pensamos y creemos. Dejamos de lado el problema de la verbalización de la experiencia, que es de otra naturaleza, pero que cuenta en gran medida. Esto es especialmente señalado en los niños, ya que no poseen un lenguaje lo suficientemente complejo como para dar forma verbal a todos los aspectos de lo que perciben, su atención puede tener otros centros, etc.
Dejamos de lado también el problema de la sugestión. Me refiero a las personas que creen recordar ciertos acontecimientos que no les ocurrieron tras la exposición a casos similares en los medios o, de forma concreta, como fruto de ciertas terapias psicológicas que "encontraban reprimidos" recuerdos que se demostraban falsos. Esto era especialmente grave en las personas que decían haber recibido abusos en la infancia. En Reino Unido existe desde 1993 una British False Memory Society (BFMS) que fomenta el estudio de investigaciones sobre los recuerdos falsos. Se creó después que tras terapias regresivas, los pacientes creyeran haber recibido abusos durante su infancia.


Nada es sencillo, como saben los analistas de las autobiografías cuando contrastan datos y recuerdos o los recuerdos de distintas personas en los mismos puntos. Las percepciones son distintas y los recuerdos pueden serlo también. No es una cuestión de "relativismo", sino de la naturaleza propia de nuestra forma de recordar, acción de reconstruir ante la conciencia. No emerge cada vez el mismo recuerdo, sino que puede verse modificado por circunstancias específicas de nuestra condición.
En Ver, pensar, mirar (Anagrama 2013), la novelista y ensayista Sir Hustvedt escribe:

A veces los libros se entremezclan unos con otros en nuestra memoria. No hace mucho una amiga me contó que había vuelto a leer Trampa-22, ansiosa por releer su escena preferida. Nunca la encontró. Llegó a la conclusión de que se le habían mezclado dos libros en la cabeza. ¿Y el fragmento que tanto le gustaba? ¿A qué novela pertenecía? No pudo recordarlo. ("Sobre la lectura")**


El ejemplo es claro. No es una anomalía, sino una muestra clara del funcionamiento dinámico y creativo de la memoria en la construcción de los recuerdos. La expresión que usamos habitualmente —"juraría que..."— cuando algo no coincide con nuestros "claros" recuerdos, expresa nuestra incredulidad ante lo que comprobamos que no era como lo recordábamos. No está circunscrito a la infancia, donde el problema es de otra naturaleza.
En el artículo de El País se señala:

En el trabajo que se publica en Psychological Science, investigadores de la Universidad de la City de Londres trataron de explicar el origen de estas memorias ficticias. Como han mostrado en muchas ocasiones los estudiosos de la memoria, esta capacidad se parece poco a un sistema de grabación que recoge la realidad y más a la construcción de un relato que nos ayuda a tener una identidad con la que adaptarnos mejor a la vida.*

La palabra clave es el concepto de relato y el surgimiento a su hilo de ese "yo que recuerda. Nuestra cultura ha tenido como verdadera la metáfora del "fantasma en la máquina" y de un "yo" existente que va aprendiendo o recordando a lo largo de la vida. Es el "alma" en el "cuerpo", dos entidades de naturaleza diferente.
Lo que nos dicen hoy los científicos es otra cosa. No hay un yo previo, sino que es precisamente el relato el que hace surgir el yo biográfico. La amnesia infantil se produce porque no hay un "yo" que articule el relato asumiendo esas vivencias como propias. Es el yo el que da sentido al relato unificándolo a través del surgimiento de la memoria biográfica.
En las últimas década se ha producido lo que algunos han llamado el "giro narrativo" tratando de encontrar precisamente en el concepto de relato la cuestión de la relación entre la consciencia y la memoria, tratando de establecer el origen en el cuerpo como entidad generadora de señales del exterior que acaban dando forma a lo que llamamos un "yo".
El neurocientífico Antonio Damasio ha trabajado sobre estas cuestiones, ligando el yo al cuerpo y a las emociones primordiales que produce. En su obra Y el cerebro creó al hombre escribe algunas consideraciones esenciales en este caso:

La mente consciente se inicia cuando el sí mismo cobra sentido en ella, cuando los cerebros añaden el proceso que es el sí mismo a la mezcla que es la mente, al principio de una manera modesta, pero en lo sucesivo de una forma bastante firme. El sí mismo se construye siguiendo diferentes pasos que se fundamentan en la base que el proto sí mismo ofrece. El primer paso es la generación de sentimientos primordiales, las sensaciones elementales sentidas de la existencia, que surgen espontáneamente del proto sí mismo. El siguiente paso en la formación de esta identidad reflexiva es la del sí mismo central que se ocupa de la acción, esto es, en concreto, de la relación entre el organismo y el objeto. El sí mismo central se despliega en una secuencia de imágenes que describen un objeto que atrae al proto sí mismo y lo modifica, inclusive sus sentimientos primordiales. Por último, el tercer paso en la construcción del sujeto es el estadio del sí mismo que denomino sí mismo autobiográfico. Se trata de un sí mismo definido en términos de conocimiento biográfico que compete al pasado así como al futuro anticipado. Las múltiples imágenes cuyo conjunto coral define una biografía, generan impulsos del sí mismo central, cuya suma agregada constituye un sí mismo autobiográfico. (cap. 1, Esbozo de las ideas principales, IV)***


El "yo" (el sí mismo) no es algo que está dado, que viene dentro del cuerpo como en un recipiente: surge desde el cuerpo, por las informaciones que el cuerpo va dando al cerebro para que construya una imagen del mundo y que es mediada por los sentimientos "primordiales" (los básicos que dan forma a otros más complejos posteriormente). Ese "proto sí mismo" es el principio. Desde ahí solo se puede entender el proceso como una construcción por la interacción con el mundo que va alcanzando una enorme complejidad.
Cuando todo eso se articula en una forma narrativa disponemos de una historia propia, de un punto de referencia de la experiencia, de una mente consciente que es capaz de operar reflexivamente sobre sus propios recuerdos. Todo nace en el cuerpo, que no es una caja de transporte de la mente sino su fuente —el cuerpo tiene las puertas de los sentidos, como escribió el poeta Walt Whitman—.
Escribe Antonio Damasio sobre ese papel del cuerpo que va formando su propio yo:

Construir una mente capaz de abarcar el pasado que uno ha vivido y el futuro que ha anticipado, además de las vidas de otros que se añaden a la estructura, y, por si fuera poco, una capacidad para la reflexión, se parece a lo que sería interpretar una sinfonía de proporciones mahlerianas. Pero lo maravilloso, tal como ya se ha insinuado, es que la partitura y el director sólo se hacen realidad a medida que la vida se despliega. Los coordinadores no son míticos homúnculos sabios, encargados de interpretar cualquier cosa. Y a pesar de eso, los coordinadores ayudan a ensamblar un extraordinario universo de medios y a colocar un protagonista en su mismo centro. La gran obra sinfónica que es la conciencia abarca las aportaciones fundacionales del tronco encefálico, unido para siempre al cuerpo, y una imaginería mucho más vasta que el cielo, fruto de la cooperación de la corteza cerebral y las estructuras subcorticales, todo ello armoniosamente hilvanado, en un incesante movimiento hacia adelante que sólo el sueño, la anestesia, la disfunción cerebral o la muerte pueden interrumpir. (cap. 1, Esbozo de las ideas principales, V)***

La metáfora sinfónica le sirve a Antonio Damasio para representar esa idea de la totalidad del cuerpo en el yo que somos. La idea de armonía es esencial porque todo cuenta para ese resultado final, un yo que recuerda, que reflexiona sobre su pasado, presente y crea expectativas para el futuro. La memoria juega un papel fundamental en ese yo humano.
Más allá del cuerpo, hemos exteriorizado los recuerdos fijándolos. Una cultura es una memoria exterior, compartida, a la que accedemos a través de nuestra socialización, en donde aprendemos, memorizamos, la forma de relacionarnos con el mundo, con los demás, a interpretar lo que nos rodea en función de lo aprendido.
Hemos desbordado nuestras propias mentes a través del lenguaje, que nos permite no solo almacenar y clasificar, sino compartir con otros nuestras propias experiencias, nuestros propios recuerdos. El Arte es una manifestación obvia, pero también lo es la Ciencia, que es un depósito de conocimientos cuya experiencia podemos compartir.
No acabamos en nosotros mismos. Somos parte de la cultura, que es una forma de "yo compartido", expandido, común:

La marcha del progreso de la mente no termina con la aparición de los modestos niveles de sí mismo. A lo largo de toda la evolución de los mamíferos y, en especial, de los primates, la mente fue cobrando cada vez más complejidad, la memoria y el razonamiento se expandieron de forma muy particular, y los procesos del sí mismo ampliaron su campo de acción. El sí mismo central se mantuvo, pero de manera paulatina fue rodeado por un sí mismo autobiográfico que en su naturaleza neural y mental era ya muy distinto de aquel. En el momento en que eso aconteció fuimos capaces de utilizar parte del funcionamiento de nuestra mente para controlar el de las demás partes. Las mentes conscientes de los seres humanos, provistas de aquellos sujetos complejos que eran sus sí mismos, y apoyadas por capacidades mayores de memoria, razonamiento y lenguaje, engendraron los instrumentos de la cultura y abrieron el camino a nuevos medios de homeostasis en el plano de las sociedades y de la cultura. La homeostasis, dando un salto extraordinario, consiguió extenderse al espacio sociocultural. Los sistemas de justicia, las organizaciones políticas y económicas, las artes, la medicina y la tecnología son resultado de los nuevos dispositivos de regulación. (cap. 1, Esbozo de las ideas principales, VII)***


La homeostasis salta, nos dice Damasio, de la relación de "yo" con el "afuera" hasta constituirse en sistemas exteriores de regulación. Hay una continuidad pues entre el cuerpo y lo más básico y la complejidad creciente de nuestras culturas, cuya dinámica aumenta con la proximidad en la convivencia.
Las culturas cerradas se abren. Las normas se amplían para acoger las diferencias en sistemas armonizados. El equilibrio es un fin frente a las desestabilizaciones. Vivimos en un mundo en el que se tiende a la confluencia por esa anulación de las distancias que hemos producido. Podemos absorber la cultura ajena e integrarla en la propia a través de los viajes, las lecturas, los medios de comunicación, etc.
Las investigaciones sobre la memoria son investigaciones sobre cómo gestionamos la información que procede del exterior, cuya complejidad aumenta cuando surge esa consciencia que ya no se limita a vivir, sino a revivir, es decir, a recordar voluntariamente, a compartir los recuerdos con otros y a recibir los de los demás. No se puede hablar del ser humano, de la identidad, el yo o la memoria, sin tener en cuenta su dimensión social y sus implicaciones para nuestro propio desarrollo.
Los falsos recuerdos son una vía de estudio. ¿Quién recuerda en color las fotos o las películas en blanco y negro? Nuestro cerebro "colorea" lo que está acostumbrado a ver en las formas recordadas. La memoria ya no es solo cosa de poetas o historiadores. Forma parte del campo de estudio tanto del yo como de la cultura.


* "Un 40% de las personas tienen recuerdos de la infancia falsos" El País 25/07/2018 https://elpais.com/elpais/2018/07/23/ciencia/1532363183_072975.html
** Siri Hustvedt (2013) Ver, pensar, mirar. Anagrama.
*** Antonio Damasio (2010) Y el cerebro creó al hombre. Destino. Trad . Ferrán Meler