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domingo, 9 de octubre de 2016

Cómo hundir un partido (y llevarse a todos por delante)

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
No hace mucho tiempo, en las redes sociales alguien hizo circular una observación: los diarios El País y El Mundo coincidían prácticamente en un titular responsabilizando a Pedro Sánchez de la situación de bloqueo gubernamental. Me llamó la atención la reacción de algunos: no existe periodismo independiente. Las conclusión era tan absurda que llamaba a la reflexión sobre cómo entendemos la política en España y hasta dónde nos llevan este tipo de interpretaciones.
Lo preocupante no es que se haya producido esta situación, que se ha producido en algunos otros países con diferentes efectos; lo realmente preocupante es cómo se interpreta y a qué conclusiones se llega. No se trata solo de tener un gobierno, sino de que se pueda gobernar, tarea que no será fácil.


Desde el 15-M, en un año, 2011, en el que medio planeta protestó —de El Cairo a Nueva York—, la política española quedó tocada. El movimiento ciudadano que salió a las calles lo hizo porque no le gustaba la situación del país ni las actitudes que veía en su clase política. Los políticos de los grandes partidos hicieron oídos sordos y algunos plantearon algunas posibles reformas que se quedaron en nada. La teoría de los políticos es que al "respetable" se le van olvidando las cosas. Otros, muy cuestionados entonces, como el nacionalismo catalán —recuerden el Parlament rodeado— decidieron tomar el toro por los cuernos y hace sonar todo tipo de reclamos para volver a poner al frente mediante la activación del proceso secesionista.


La medidas que se tomaron durante la crisis económica que estuvo a punto de terminar en intervención económica no eran gustosas para nadie y sirvieron para hacer llamamientos a comportarnos como Islandia (nada que ver nuestro caso con el suyo) o, peor, como Grecia. Lo que pasó después con Grecia demostró que ha sido mejor el camino que tomamos, por duro que fuera que el de prender fuego a la calles. El gobierno griego se tuvo que tragar sus propios desafíos a Europa.
La estrategia entonces fue reconducir las iras de la crisis hacia dos frentes: Europa (Merkel y los suyos) y contra los dos grandes partidos que habían gobernado España desde la reinstauración de la democracia, a los que se englobó en un término conceptual y simbólico: la "casta". El objetivo, en realidad, no era más que uno: deshacerse del PSOE por parte de los grupos que estos habían dejado al margen en la historia política española y que habían ido fracasando en sus distintas fórmulas políticas quedando reducidas a formas testimoniales en los parlamentos o como bisagra para la gobernabilidad de algunos ayuntamientos y comunidades autónomas. En España había dos izquierdas y una derecha, desde su simplificación. En realidad hay dos derechas, la nacionalista y el PP. Pero en la política no se trata de decir la verdad, piensan, sino de conseguir que el otro entre en tus interpretaciones del mundo, se mueva esquivando tus ideas.
Tras estos años e ir escalando posiciones, el objetivo de Podemos es sobrepasar al PSOE, algo que conseguiría de haber elecciones. De hecho, los menos interesados en estos momentos en que haya unas terceras elecciones son los miembros del PSOE, que necesitan un urgente balón de oxígeno.


Finalmente se han dado cuenta de a dónde les ha llevado la bisoñez y obcecación de Pedro Sánchez y los suyos. En la batalla generacional de la izquierda, Podemos les ha ganado por goleada estratégica. El arte de la estrategia consiste en ir reduciendo el número de pasos que el otro puede dar mientras aumentan las posibilidades de los tuyos.
Los dirigentes del PSOE se han dado cuenta del efecto dominó que podría tener en sus "feudos" y han reaccionado antes de que Sánchez volara por los aires el partido. Se trata ahora de saber en qué estado se encuentra, es decir, qué puede hacer (qué movimientos le quedan) y cómo reaccionarán sus votantes.
La identificación de militantes de Podemos e Izquierda Unida protestando es una muestra más de la inocencia con la que el PSOE ha sido desbordado. No hay que ir muy lejos para ver las estrategias. El diario El Mundo, con información de EFE, recogía el llamamiento a los militantes para que no se concentraran en la sede de la calle de Ferraz. La fotografía, en cambio, nos muestra la sede abarrotada con un sintético cartel en el que está concentrada una estrategia muy sencilla: "1º impiden unir izquierdas. / 2º Exigen rendirse al PP. / Sánchez: SÍ Traidores: NO". En realidad no hay mucho más que añadir; está todo ahí.


En los años ochenta, una parte de la izquierda se fue incorporando al PSOE desde el socialismo y desde la socialdemocracia para convertirlo en un partido a la europea. Quedó fuera, con nitidez, la izquierda de la izquierda que, liberada de las responsabilidades de gobierno, podía hacer sus propuestas utópicas y radicalizarse a sabiendas que se trataba de un electorado testimonial ante el poder real.
Pero el 15-M lo cambió todo. Supuso sobre todo la politización de los jóvenes ante unos discursos cada vez más simples y populistas. De la calle y sus primeras vertebraciones, se pasó a los primeros éxitos electorales allí donde había menos interés por la competición: las elecciones europeas. Estas permitieron un ensayo general afortunado pues la menor participación hace que se consiga más con menos votos. Permitía, además, hacer ese doble discurso anti-casta y antieuropeo que calaba en una juventud harta de empleos precarios y bajos sueldos. Era fácil convencer a muchos de que los males venían de Europa y que se podía probar un nuevo voto. Fue la primera sorpresa.
La segunda fueron las elecciones municipales. Son las perfectas para conseguir, casa a casa, pueblo a pueblo, los votos necesarios. Y consiguieron más poder. En los ayuntamientos está el verdadero poder porque es el que está en contacto con el ciudadano y desde el que se puede ejercer una influencia directa. Todo se tradujo, finalmente, en las elecciones generales, donde los resultados obtenidos dejaban al PP como ganador, como era previsible, pero dejaban al PSOE a merced de la estrategia de Podemos: responsabilizarles de que el PP gobernara.


Cuando Sánchez se dio cuenta —si es que llegó a darse cuenta— estaba dentro del agujero y sin posibilidades de movimiento: "no es no". Movimientos posibles: 1) si fuerza una terceras elecciones, se concentrará más el voto del PP bajando Ciudadanos y el PSOE será atacado por todos: por el PP por forzar elecciones y perjudicar a España, por Podemos por no haber querido un acuerdo y por Ciudadanos por haberse echado atrás y porque los demás lo hacen. 2) si no hay elecciones y permite la continuidad del gobierno del PP, también será tachado de traidor. Son las dos opciones del cartel del militante.
Favorecer la investidura de Mariano Rajoy podría permitir la recuperación de terreno del PSOE, cuya estrategia ahora será mantener el gobierno al PP, molestarle lo suficiente hasta que cuando no quede mucho y se sientan más recuperado intentar algo más serio. De ahí la insistencia por parte del PP en que exista un "compromiso" de gobernabilidad y no un juego de ratón y gato.


Lo sorprendente es cómo un partido con la tradición del PSOE, y con gente con tanta experiencia política, se ha metido en este berenjenal. Hay una extraña tradición de relevos en el PSOE, muy cainita, que hace que los que quedan fueran se sienten a esperar la caída de los que quedan arriba. Si recordamos la salida de Rodríguez Zapatero del poder fue también por el desastre causado, esta vez desde el gobierno, ante la crisis económica. Cuando cayó, las iras contenidas de los socialistas contra él fueron brutales. Algo falla en el asesoramiento de los líderes de los partidos y en las relaciones entre unos y otros.
Lo dijimos el otro día: España necesita de un partido como el PSOE. Y necesita que sea alternativa de poder. Sus males vienen del miedo a ser sobrepasado por la izquierda, lo que ha provocado los enfrentamientos de las antiguamente llamadas "corrientes", hoy convertidas en líneas de amigos.
La unificación de la izquierda que pide Podemos se hizo en su momento. Un encuentro con Podemos volvería a separar en muy poco tiempo el partido en al menos tres partes: socialdemócratas, socialistas y populistas radicales.
El diario El País señalaba ayer:

Desde su nacimiento en 2014, el objetivo de Podemos es superar al PSOE. La pugna entre estas dos fuerzas ha quedado patente incluso en medio de las negociaciones para formar gobierno. Iglesias ha intentado, sin lograrlo, el sorpasso el 20-D y el 26-J, y en su equipo están convencidos de que lo conseguirían si finalmente hay una nueva convocatoria electoral. No obstante, el partido no ha encontrado todavía un consenso interno sobre cómo tratar de llevar a cabo esa tarea.
El líder defiende una postura más radical, multiplicando la presencia de Podemos en la calle y fortaleciendo su relación con los movimientos sociales. Mientras tanto, su número dos, Íñigo Errejón, considera que para captar los votos socialistas desencantados deben mostrar una actitud más dialogante y madurar como organización demostrando su utilidad desde las instituciones.
El objetivo se mantendrá incluso si los españoles no vuelven a las urnas, ya que, mientras los socialistas sigan sin líder, Iglesias se presentará como el auténtico referente de la oposición al PP, buscando arañar apoyos en el día a día desde el Congreso de los Diputados.**



Coincide con lo que hemos señalado. Ese "auténtico referente" es la forma de contrastar con la estrategia seguida para arrinconar a Sánchez y dejarle bloqueado. Los objetivos van más allá de Sánchez, evidentemente, pero un líder tan poco hábil en el análisis de las situaciones dejaba en bandeja la estrategia que se debería seguir. El pequeño arrincona al grande. 
La presión ante su militancia obliga a Sánchez a actitudes que se vuelven contra él y redundan en beneficio de Podemos, que ha conseguido que todos jueguen en un terreno que no es el suyo, una interpretación de las situaciones que condicionan a los otros. En cualquier caso ha conseguido su objetivo: que todos culpen, con razón, al PSOE, el más débil en estos momentos, por lo que es atacado en todos los frentes. Ese era y es su objetivo.
Desgraciadamente todo esto no es verdadera política al servicio de los ciudadanos sino la reducción de la política a riña callejera, el fracaso de una estrategia de presentación de la lucha política. Mientras unos desprestigiaban la política y a los políticos, a la vez repolitizaban la calle en su provecho. No somos políticos, somos el pueblo. Algunos llevan décadas de militancia.


Todos estos problemas de gobernabilidad tienen un origen: el 15-M. No se quiso entender su significado, el profundo descontento de mucha gente ante la actitud de los políticos y la falta de decisión ante los casos que más se airean, los de corrupción. La corrupción es el mejor banderín de enganche para la demagogia cuando no se resuelve. Y los políticos se han dedicado a levantar el dedo acusador unos contra otros pero no se han puesto a arreglarla. La corrupción del otro iba a permitir llegar al poder. Yo acuso... y poco más. Dejarse arrastrar a un frentismo que ahora se ha vuelto contra ellos al tener que permitir la investidura.


Es una auténtica vergüenza que los dos grandes partidos —y los que se quieran sumar— no hayan sido capaces de establecer un pacto de Estado sobre la corrupción. Eso, finalmente, se volvió contra ellos al encuadrarlos terceros como "la casta". Hasta se han permitido el juego de palabras en las pancartas frente a Ferraz "La casta" y "la Susana".
El efecto en estos momentos son los ataques y desaclificaciones a los líderes del PSOE obligados a dividirse entre traidores e inútiles, escenario con el que Podemos difícilmente podría haber soñado hasta hace poco tiempo.


El 15-M fue una oportunidad desaprovechada por la soberbia política, por creer que a los ciudadanos se les pasan los enfados y que todo es controlable desde los gabinetes de Comunicación. Tremendo error político en ambos sentidos, el partidista y el de gobernabilidad.
Las democracias estables lo son porque las administraciones están al servicio de los ciudadanos y porque los políticos deben escuchar sus peticiones y aspiraciones, el modelo de sociedad, de justicia y bienestar que desean. No se trata solo del gobierno del país o del poder, sino de su convivencia pacífica y tranquila. No hay más política real que la que busca beneficiar a los ciudadanos en términos muy amplios, que van de la economía a la justicia y los valores.


Escuchar a los ciudadanos no es darse paseos sin corbata por mercados y plazas, instalar chiringuitos de fin de semana para que la militancia te aplauda y un sin fin de actividades puramente decorativas y cosméticas que los partidos realizan. Es algo más profundo. Este defecto lo padecen unos y otros. Falta que la gente tenga la sensación de que participa en el desarrollo del país y que no es simplemente un habitante, que sienta que tener ilusiones no es un acto solitario sino colectivo.
Una vez más: hay que entender que la política, al menos la democrática, no es la guerra sino precisamente la paz. Convertirla en un espacio de eterna beligerancia traslada a los ciudadanos o una violencia mimética o un un aburrimiento existencial. La forma de evitarlo es precisamente lo contrario del circo romano que vemos cada día.


* "El PSOE pide a los militantes que no se concentren mañana en Ferraz" El Mundo 30/09/2016 http://www.elmundo.es/espana/2016/09/30/57ee46f6ca4741724a8b4618.html

** "La crisis del PSOE impulsa el trasvase de votantes a Podemos y Ciudadanos" El País 8/10/2016 http://politica.elpais.com/politica/2016/10/06/actualidad/1475746210_285299.html

domingo, 25 de diciembre de 2011

Gobernantes

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Václav Havel
En pocos días, se han ido de este mundo dos dirigentes muy diferentes, el coreano Kim Jong-il y el checo Václav Havel. Probablemente nadie pueda representar mejor que ellos los extremos de lo que significa el poder. El checo fue un intelectual que asumió la dirección de su país para sacarlo de una dictadura y hacer que la gente recobrara su dignidad pisoteada; lo sacó de la oscuridad y lo proyectó hacia la comunidad internacional. El coreano, por el contrario, ha hecho de Corea  un país aislado, atrasado y beligerante, que le resto del mundo ve como una amenaza para su seguridad. Havel llevó a su país a una democracia en la que el pueblo podía elegir la persona que habría de sucederle. Jong-il les ha dejado en herencia muchos retratos suyos y un hijo que irá llenado Corea de sus propios retratos. Los dos, el checo y el coreano, han sido ampliamente llorados, pero por distintos motivos.
Son dos formas extremas de entender los países y cuál debe ser su comportamiento, dos formas de entender la política, el gobierno y la Historia. Entre estas formas extremas, el año nos ha dejado otras muestras de dirigentes que componen la fauna política en toda su biodiversidad.


Más próximo a las formas dictatoriales del coreano, está el difunto Muamar el Gadafi, otro de los desaparecidos, si bien de una forma muy distinta. Gadafi vivió la formas teatrales que gustan en Corea, pero transformadas por su sentido operístico. Su final ha sido terrible, para él y para su pueblo, al que ha dejado una herencia deformada de la que les costará salir, porque los dirigentes políticos son algo más que figuras en un palco o imágenes en un retrato.

La política es un arte ejemplar, no solo una forma de gobierno. Las maneras y modos de los gobiernos moldean a los ciudadanos que se acostumbran a una manera de actuar especular respecto a lo que ven. Los corruptos extienden la corrupción, como vemos en los países árabes que intentan salir de las herencias dejadas por sus dictadores.
No es fácil que los pueblos se resistan a estas inercias imitativas porque desde que existen medios masivos de reproducir las imágenes más allá de los retratos y monedas, los dirigentes se han vuelto narcisistas y exigen ser contemplados en una naturalidad aparente, estudiada, con distintos grados de teatralidad. Muchos, como Berlusconi, buscan el aplauso social a sus comportamientos hasta despertar en unos la vergüenza y en otros el deseo de parecerse a su líder.
Los pueblos más maduros, en general, no permiten a sus dirigentes teatralidades excesivas. Prefieren exigirles eficacia y compromiso con las causas que consideran suyas. El problema se produce cuando estos dirigentes las ignoran sistemáticamente o las convierten en retórica vacía, hueca. Es también misión de los dirigentes proponer esas causas positivas a sus pueblos, ilusionarlos con proyectos que los estimulen, liderarlos más allá de las fórmulas estereotipadas al uso.
Hay diferencias entre los meros tecnócratas, que pueden ser eficaces, y los que ilusionan a sus países. Desgraciadamente se confunde la capacidad de ilusionar con el ilusionismo político, que es otra cosa, y se pasa fácilmente de uno a otro. ¿Cómo ilusionar sin caer en la demagogia, como ocurre muchas veces? Proponiendo metas reales, algo que la gente perciba como un futuro que es posible dejar como herencia. Los pueblos trabajan siempre para un futuro que desean. Cuando solo viven el presente, algo no funciona bien. El futuro es compromiso y responsabilidad, un motor de cambio real y no una simple zanahoria ante nosotros. Desgraciadamente, el futuro de muchos dirigentes no es más que un espacio retórico al que nunca se llega más que como imagen propagandística. La promesa eterna es un mal sistema de gobierno; el político se acostumbra pronto a lo fácil que es hacer discursos sobre lo que va a hacer.

Un buen dirigente debe, además de ilusionar, responsabilizar. Los hay que hacen lo primero pero no lo segundo. Para responsabilizar a los pueblos es esencial decirles la verdad, la sinceridad absoluta sobre lo que implican las decisiones que se toman. La política es también el arte de sopesar las consecuencias de las acciones. Para muchos dirigentes, en cambio, es el arte de hacer sin que se perciban los costes, que son entendidos como desgastes de imagen.
Indudablemente, la responsabilidad política supone la toma de decisiones que no siempre son agradables, pero este no es un parámetro estrictamente político. Lo agradable o no de las situaciones está en función del tipo de principios sobre los que se construyen. Porque lo que se necesitan son dirigentes que actúen desde principios y no mero tecnócratas. La creencia en que existe una forma neutra de llevar una sociedad es una mera tontería, como lo es pensar que marchan solas. Ni los pueblos son infantiles ni los dirigentes deben ser paternalistas. Los pueblos con una sociedad civil formada, madura y responsable políticamente hablando, exigen esa misma madures a sus gobernantes, que se convierte en su prolongación.
Los dirigentes simples son un peligro. La complejidad de las sociedades requiere un conocimiento importante de muchas cosas, más allá de los planteamientos económicos, sobre los que parece haberse centrado exclusivamente la discusión moderna sobre la política. No es tanto el arte de cuidar los bolsillos, sino el de ayudar a decidir cómo se gasta lo que hay en ellos. Echamos de menos dirigentes con otros discursos más allá de los habituales, que tienden a ser repetitivos y huecos.

Hay políticos que tratan de vender eficacia y seriedad, otros simpatía y descaro. Obama, Berlusconi, Sárkozy, Merkel…, son estilos de gobernar muy distintos en países democráticos.  Otros tratan de imponer algo más que el estilo y buscan moldear los países a su gusto, como Putin o Chávez, con sus países en el filo de la navaja. Es el modelo testosterona de gobernar.
El mundo ha aprendido mucho este año sobre la forma de dirigir los pueblos. Tenemos las revoluciones árabes, levantamientos contra unas formas dictatoriales, en la mayoría de los casos con pretensiones hereditarias, como ha sucedido en Corea. Hemos tenido también el modelo ausente, como en Bélgica, país en el que se han batido los récords de tiempo sin gobierno. No era un estado perfecto ni deseable, pero no se ha paralizado Bélgica.

Hemos descubierto también, merced a la crisis económica, que existen formas anónimas y oscuras que dirigen el mundo por encima de pueblos y gobernantes. Y hemos descubierto que tendremos que buscar formas de controlarlos para evitar que los gobiernos, que la democracia misma, se convierta en una farsa. Para ello tendremos que elegir cada vez con mayor responsabilidad a los gobernantes. Habrá que elegirlos alejándonos de los demagogos que nos meten en agujeros de los que nos resulta después difícil salir.
Hemos descubierto también que el mundo se ha hecho más pequeño y que no solo debemos tener mercados globales, sino sobre todo conciencias globales, que nuestros valiosos principios morales debemos mantenerlos más allá de nuestras fronteras, respetando los derechos de otros pueblos y no consintiendo que se actúe de forma hipócrita manteniendo dictaduras justificadas en nuestra propia seguridad. No queremos que en nuestro nombre se mantenga la injusticia sobre otros. Debemos tener dirigentes que asuman esta validez de los principios y los derechos de los demás. Echamos de menos liderazgo intelectual y moral que haga que los pueblos se sientan orgullosos de algo más que de producir o fabricar. No somos solo fábricas o empresas; somos cultura, valores, ideas.


A unos gobernantes los juzga la Historia, a otros las urnas y a otros los tribunales. Unos salen por su propio pie entre las aclamaciones de los que les agradecen el servicio que han prestado; otros lo hacen por la puerta de atrás, sin demasiado ruido. No siempre se acierta y lo que se ha de valorar es la honestidad de los errores. Cuando podemos elegirlos, es nuestra responsabilidad haberlos puesto ahí. Este año ha habido un buen número de ex gobernantes que han pasado por la justicia, del francés Jacques Chirac al ex presidente de Israel, Moshe Katsav, que ingresó en prisión hace unos días por violación. Son las líneas con las que acabarán sus biografías políticas.
Havel ha sido despedido por un pueblo agradecido por haber llegado a la democracia, por haber ayudado a que la gente recobrara su capacidad de decidir. Jong-il ha sido llorado por un pueblo al que se ha adoctrinado —día tras día, año tras año— en la creencia de que la muerte de su dirigente es un drama cósmico porque todo lo que tienen se lo deben a él; un drama que solo puede ser superado por la bondad infinita del dictador que tuvo a bien engendrar un vástago para que su pueblo no sufriera demasiado con su ausencia. Los dioses son buenos con sus pueblos cuando son obedientes.

Moshe Katsav, condenado y encarcelado

Tony Balir y Jacque Chirac, condenado