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sábado, 16 de julio de 2022

El Gran Hermano Bar o la militarización del ocio

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Nunca se ha escuchado tanto la palabra "ocio" como en estos últimos tiempos. De hecho, durante la COVID nos hemos preocupado más del ocio que del trabajo, ya que nuestro ocio es trabajo y beneficio. Ponernos la mascarilla ha sido quitarnos la máscara nacional y descubrir que nuestro estado natural es el de consumidores del ocio. Para que unos disfruten otros tienen que trabajar, para que unos ganen otros deben gastar. Es así de simple sobre el papel, pero en la realidad se nos está complicando.

Recogimos aquí el resoplido satisfecho de aquella primera señora que nos mostraron asentando sus posaderas en la silla de una terracita después de tanto tiempo y tantas ganas. Esta fórmula se ha convertido en una entradilla tópica para todo. Si se nos habla de los Sanfermines se nos explica que "después de tanto tiempo, había muchas ganas".

Durante el tiempo no se podían usar los interiores de cafeterías y restaurantes. Hubo que habilitar unas terrazas ampliadas para que los negocios del ocio pudieran sobrevivir. Pese al malestar mostrado por los vecinos, que veían cómo el ruido crecía bajo sus ventanas ("después de tanto tiempo, había muchas ganas", por supuesto, de hacer ruido), las terrazas se impusieron. Por el camino se habían quejado de que los "botellones" tenían ventaja, que la gente hacía en ellos lo que no les estaba permitido en los locales de ocio. Sabemos desde hace mucho tiempo que el gran local de ocio español es la calle y que durante décadas se han estado probando fórmulas para canalizarlo a interiores, que es donde está el negocio. Pero eso es otra cuestión.

En RTVE.es leemos el siguiente titular sobre esto: "Terrazas con cronómetro: algunos bares y restaurantes limitan el tiempo a sus clientes"*.  Podemos leer allí: 

En las mesas de algunos restaurantes se puede leer el cartel que fija un límite de hora para permanecer en ellas: 30 minutos para tomar algo o de una hora y media para comer.

En algunos casos es incluso menor y el tiempo para comidas se queda en una hora. El debate está servido y los principales afectados son los clientes: "¿Por qué tiene que haber límite?, no lo entiendo, me estresa saber que tengo un tiempo limitado", asegura un ciudadano desde una terraza en Barcelona.

Y como en todo, hay opiniones para todos los gustos: "Me parece bien, tienen que vivir de algo", afirma otro comensal de la ciudad condal.* 


En el artículo se nos dice que es "legal" si se avisa antes a los clientes, si se coloca algún cartel especificándolo. De no hacerse de esta forma, la cuestión sería ilegal. Me gustaría, en cualquier caso, ver qué ocurre en el era de los teléfonos móviles si unas personas deciden que no han "terminado" la comida (no entendida como un acto alimenticio, sino como un acto social) o que no les apetece levantarse de la mesa.

Poner tiempo al ocio es, como señala uno de los preguntados en Barcelona, cuanto menos "estresante". El acto social de estar en una terraza es precisamente no tener que mirar el reloj, por eso se llama "ocio". Pero aquí es "ocio" cuando te interesa y entonces te preocupas por la salud mental de los que no pueden disfrutar su ocio porque hay restricciones, etc. y deja de serlo cuando es una marcha militar en la que te marcan ritmo y el tiempo de tu estancia.

Mucho me temo que si esta práctica prospera, pueda ocurrir el mismo fenómeno que provocó el botellón, que no fue otro que el encarecimiento del ocio destinado a los jóvenes. Los empresarios no querían ver a cinco jóvenes sentados a una mesa compartiendo dos refrescos durante unas horas. Subieron los precios y desarrollaron diversas prácticas, algunas muy imaginativas para evitar que esto ocurriera. Los jóvenes decidieron que era mucho más divertido pasarse la tarde y noche en la calle "haciendo botellón". Todavía hoy veo en mi gran superficie habitual cómo los grupos de jóvenes entran viernes y sábados y salen con diversas botellas con las que se pasan las noches en los parques. Tengo mis dudas sobre si las limitaciones de la venta de alcohol están orientadas hacia la salud pública y no una forma de presión por parte del gremio que ha dejado de venderlo. Lo que han hecho precisamente ha sido extender esta práctica, que cubre ya una generación, y sobre todo señalar su fundamento: es social, barata y nadie les dice cuándo se termina. Los efectos paralelos también los conocemos, desgraciadamente.


Hay mucha prisa por recuperar el dinero que se quedó guardado en forma de ahorro. Ese dinero está fuera del circuito y está saliendo a través de la fuerte inflación. Algunos han conectado el fin de la pandemia con el fin de la crisis, algo que no es cierto. El deseo de "recuperar" lo no gastado, junto a las jugadas de Putin, está llevando a una serie de prácticas que están disparando la inflación, reduciendo la calidad de la vida y de los productos.

Las prácticas comerciales a las que estamos asistiendo son realmente preocupantes. Vemos cómo se reducen las raciones y se doblan los precios con toda naturalidad, ya que la culpa la tiene Ucrania, claro. Vemos cómo se rebaja la calidad de los productos porque, claro, la energía está muy cara para tener las neveras todo el día encendidas y hace mucho calor. Como ha subido la gasolina, todo se ha encarecido en un intento de "no entrar en pérdidas·, es decir, la clásica espiral inflacionistas.

Cronometrar el ocio es una práctica más en este sentido. El otro día quedé con dos amigas para comer en una cafetería restaurante muy conocida de una céntrica zona comercial madrileña. La empresa tiene sus zonas horarias en función de las franjas para desayunos, comidas, meriendas y cenas, con públicos distintos en cada una de ellas. Cuando entramos a las dos de la tarde, con un calor horrible, el aire acondicionado era casi polar, algo que se notaba en contraste con el calor de la calle. Comimos tranquilamente, pero a las 4 de la tarde empezamos a sentir un fuerte calor. No te piden que te vayas, pero la forma de desalojar mediante la subida de las temperaturas era clara. La gente sale a la calle y deja sitio a la siguiente tanda, para los que se volverá a subir el aire acondicionado. Sencillo.

El segundo entrevistado en la noticia de RTVE.es dice que "le parece bien", que "tienen que vivir de algo", señala. Sí, pero tienen que tener mucho cuidado con no matar a la gallina de los huevos de oro. El ocio es ocio y si quieres vivir de él tienes que tener cuidado con lo que haces. Militarizar a los que están intentando tener un rato de descanso es, en el mejor de los casos, estresante. Cuidado, no vayan a tener que lamentarlo.

No sé si estamos preparados para un sector que decida reducir la calidad de los productos, reducir las raciones y hacer lo mismo con el tiempo. Eso, además, viene acompañado por una rebaja de los sueldos. ¿Cuántas veces hemos escuchado la queja del sector de que no encuentran personal? Si el mercado funciona en un sentido, debería funcionar en el otro, es decir, mejorar la oferta de empleo y así seguro que encuentran trabajadores para atender sus negocios de hostelería.

No cuentan que los precios de las vacaciones han subido un 30%; veíamos hace días que el alquiler de coches para el verano se ha multiplicado por cuatro. Algunos comercios retiran los productos baratos para limitar la elección del consumidor y desechan menos productos en mal estado amparándose en que no se desperdicie nada; lo malo es que compramos un producto peor pagando en ocasiones el doble.

Como se trata de un "libre mercado", las autoridades tienen poco que hacer (aunque deberían). Las asociaciones de consumidores deberían estar más activas denunciando allí donde los abusos sobre los consumidores hacen acto de presencia.

Hay muchas formas de mejorar los servicios para mejorar la situación de los negocios. Pero mucho me temo que algunos están escogiendo la excusa más fácil para ofrecer la mitad a doble de precio. Lo que se está provocando así es una espiral inflacionista. El resultado es que lo acaba pagando el consumidor, como hemos podido comprobar con los "pactos" entre empresas grandes para evitar competir entre ellas. El objetivo es siempre el consumidor y el "aliado" es la falsa "competencia" en mucho sectores.

No digo que no haya muchas personas que abusen. Pero también hay que señalar que si muchos no consumen más es porque no pueden. Echarlos a la calle es crear un precedente con consecuencias que no podemos anticipar, aunque sí especular sobre las posibilidades. El Gran Hermano Bar puede manifestar su lado más oscuro, tras la explotación de sus propios trabajadores.

Una cosa es poner un horario de comidas, algo frecuente, y otra cronometrarte un refresco o un bocadillo. La casuística puede ser infinita: ¿qué tiempo cuenta si empiezas a comer y luego llega un amigo y se suma? ¿Y si llega un tercero? ¿Deben separarse cuando se acabe cada tiempo individual? Y así podríamos seguir proponiendo supuestos. 

Cuando uno se sienta en una terraza, está comprando algo más que una comida o bebida; compra espacio y tiempo, además del servicio y las vistas. Compra tranquilidad, relajación. Espero que sepan lo que están haciendo porque puede ser muy negativo.

Si el ocio es el gran negocio, debería tratarse de otra manera porque se corre el riesgo de que sea lo primero de que se prescinda cuando las cuentas ya no nos salgan y la cuenta del banco suene a eco. Ya estamos en una tasa de ahorro negativa. Aumentará el negocio de las tarteras si siguen así.

Mucha gente se ha ido hacia las autocaravanas como alternativa al alza de los precios turísticos, con la consiguiente elevación de los precios en el sector de los vehículos. Otras han optado por reducir su vacaciones al mínimo o a quedarse en casa. Cuando te crean problemas (añadidos a los que ya tienes), la gente responde defendiéndose. Lo especial del ocio es que era la alternativa al resto; ahora forma parte igualmente del problema.

Las teorías nos decían que la forma de atraer a los consumidores era tratarlos mejor, ofrecerles más cosas y más barato. Habrá que revisar las teorías.

Se han tomado o dejado de tomar muchas medidas sanitarias pensando en no perjudicar a la hostelería, el gran motor nacional. Ahora las circunstancias son otras y se ha pasado de unos lamentos a otros.  Lo que sabe bien es esa coletilla de justificar las subidas de los precios en los "posibles despidos". El rechazo a trabajar en el sector es claro. Los bajos salarios han sido la norma, junto con la falta de límite laboral temporal; para el trabajo no hay límite, pero sí para el consumo.

Si miramos el tratamiento informativo que se le ha dado a esto es muy amplio. Esto indica que es algo a lo que la gente es muy sensible, pues primero se les empuja a las terrazas y el consumo, para luego subirles los precios y reducirle el tiempo. La noticia está por todas parte y algunos medios hablan de "la moda de las terrazas con cronómetro". No nos engañemos, no va a ser una moda algo que va contra el consumidor, por más que se disfrace.

Poner límites temporales en las terrazas, cafeterías y restaurantes, cambia radicalmente el sentido social del acto en sí. Se convierte en un ataque directo a su valor principal. Más caro, menos cantidad, menos tiempo. La excusa de que todos lo hacen llevará a las reacciones de defensa de los consumidores y, probablemente, al establecimiento de sectores diferenciados con aquellos a los que nos les importa y con los que buscarán otras fórmulas en la que estar disfrutando de su propio ocio sin que les digan cuándo se deben levantar.

 

* "Terrazas con cronómetro: algunos bares y restaurantes limitan el tiempo a sus clientes" RTVE.es 15/07/2022 https://www.rtve.es/noticias/20220715/limite-tiempo-para-consumir-terrazas-restaurantes/2388860.shtml

domingo, 20 de junio de 2021

Las 7 magníficas o cómo cambiar bares por librerías (sí, ha leído bien)

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



La noticia me ha dejado anonadado. Leí el titular pensando que se trataba de un error, de otro país, de otro planeta. Pero, no, era aquí. Así lo presentaban en RTVE.es: "Un pueblo de la Costa Brava busca abrir siete librerías y convertirse en una villa de libros". La noticia ocupa 1:04 minutos; el texto está falto de acentos y hay hasta un inexplicable rótulo sobreimpresionado que confunde "Calonge" con "Catalogne". Pese a todo ello  lo que se nos cuenta es positivo, sorprendente, mágico. El texto resumen que acompaña a la breve pieza (una vez revisado en su falta de acentos)  es este:

 

Calonge es un pequeño pueblo de la Costa Brava, con un núcleo medieval que pasa desapercibido entre los turistas... Para revitalizarlo, el ayuntamiento quiere convertirlo en una villa de libros... Han hecho un llamamiento a los libreros y aspiran a tener 7 librerías... Y para conseguir que las librerías se instalen en el casco antiguo, donde ahora solo hay bares, el ayuntamiento ofrece ayudas de hasta 16.000 euros y otros incentivos...Ya se han interesado libreros, editores e ilustradores... El ayuntamiento quiere implantar el modelo de Urueña, en Valladolid, cuya atracción turística son los libros y la cultura.*

 


¿Es posible? ¿Es posible que se cierren bares y se abran librerías? ¿Es posible en España, tierra de bares y sombrillas? ¿Es posible en la Costa Brava, zona turística por excelencia?

El propio reportaje nos muestra el escepticismo de unos ("¿Siete librerías, aquí en Calonge? No sé..." o "Faltaría gente para tanta librería, yo creo...") al posibilismo de otros desde el sector, que ven que es posible sobrevivir si las librerías se especializan para evitar hacerse la competencia unas a otras.

Con todo, poner la librería sirve de poco si no hay lectores por los que competir. El problema de la competencia entre librerías solo se da una vez que se ha ganado la batalla primera, que es despertar el interés por la lectura. De poco sirven las librerías si no hay lectores. Aquí se nos plantea cierto problema del "huevo y la gallina".

Creo que uno de los mayores problemas de nuestro país, en lo que se refiere a la cultura, viene de pensarlo en términos de competencia —es lo primero que se les ha pasado a todos por la cabeza— y no en términos de conjunto, de sistema, por decirlo así.

Podríamos representar el descenso hispano a los infiernos de un bar por cada 170 personas sin que nadie se plantee aquí cuestiones de competencia. Parece que hay para todos. Aquí, curiosamente, nadie dice "No sé si habrá bebedor para tanto bar..."

Las librerías, como los cines, han sufrido fuertemente una reducción de su papel con la transformación de nuestra sociedad, modelada desde intereses económicos de desarrollo salvajes, entendiendo por este término que no se paró nadie a pensar demasiado en las consecuencias. También que se ha reducido todo a dinero. Siempre que se empieza a hablar de cultura, se acaba hablando de dinero. Habría que hacerlo cuando se tengan claras las causas y, sobre todo, los objetivos. Si se piensa en la supervivencia del sector no saldremos de aquí. Hay que trabajar sobre el país primero para que estos sectores culturales puedan sobrevivir.

Librerías y cines poblaban la ciudad de mi infancia y juventud... hasta que empezaron a desaparecer. Dedicaba muchas tardes de sábado a recorrer librerías simplemente paseando y entrando en ellas a ver qué había. Eso era posible porque tenían lo que se llamaba "fondo". Podías encontrar una gran diversidad de títulos, libros de décadas atrás, libros importados de Hispanoamérica. Llegado el fin de la tarde, regresaba a casa cargado de libros. Otro elemento, los puestos de prensa acristalados tenían la parte trasera y los laterales convertidos en expositores en donde se alineaban los libros de bolsillo. Eran también librerías, es estos quioscos, lo recuerdo, puede comprar los Cuentos completos, de Voltaire,  El vicario de Wakefield  o el teatro de Pierre Corneille, por citar solo algunos que me vienen a la mente. Todavía forman parte de mi biblioteca.



Las sesiones de videoconferencias durante la pandemia permiten comprobar que nuestras casas hoy carecen de libros. Esta generación siguiente ha crecido lejos de los libros, acostumbrada a las bibliotecas y a la búsqueda de información en Internet. Los ha visto como un gasto inútil y una ocupación de espacio. El ocio se rellena con otras cosas más allá de la lectura en forma mayoritaria. No se trata ya de reencontrarse en el ocio, como ocurre con la lectura, que es un acto concentrado e individual; sino que, gracias a las redes sociales, a la digitalización social masiva, se trata ahora de un tiempo compartido, relacional, absorbente y que compite por nuestra atención, como saben ya los economistas y psicólogos. Todo nos impulsa a salir de nosotros mismos y a encontrarnos fuera, ya sea en espacios virtuales (redes) o en espacios públicos (del botellón a la terracita). Y no hay equilibrio.

Por ello, sustituir bares por librerías es algo más que una cuestión de competencia entre negocios. Es más un cambio de modelo cultural y de vida. Hay muchos espacios, la Costa brava, es uno de ellos en los que ya se ha llegado a un nivel en el que la dependencia del modelo bar-turístico ha desbordado la paciencia de los residentes que no saben cómo cambiarlo, lo que acaba produciendo enfrentamientos entre los que llegan a disfrutar del exceso, los que se benefician de él y los que lo padecen.

Abrir 7 librerías tiene algo de "colonizar" el salvaje Oeste, intentando cambiar el modelo existente, atraer a otro tipo de visitantes con intereses distintos modificando la oferta. Crear librerías en vez de bares también ayuda a "silenciar" la zona, a cambiar por decirlo así su "banda sonora" de fondo. Es la forma de modificar el ruido de fondo y a traer un turismo más tranquilo.

Abrir librerías es un aviso, una forma de comunicar un deseo, una intención y una visión de otro futuro. Pero eso no bastará, más allá del problema de la "competencia".

Para que el modelo funciones, hay que diseñar un plan más amplio dotando de actividad a las librerías, no plantearlas como un antídoto frente al ruido y el exceso, sino convertirlas en centros de actividad. No hay que esperar a que alguien entre, sino que más allá de la recomendad especialización para evitar la competencia, lo que hay que hacer es crear una rica oferta cultural acorde con los perfiles que se han buscado, los de personas que disfrutan de la lectura y buscan la paz necesaria para poder realizarla.



Si yo fuera el Concejal de Cultura estaba ya diseñando proyectos para ofrecer a esos colonos lectores que vienen a traer "civilidad" un panorama de actividades culturales rico y variado, algo que haga que el turismo que les llegue desee algo más que beber y recuperarse en la playa.

Una vez que se ha apostado por el libro, habría que hacerlo por las actividades lectoras, por atraer autores a explicar sus obras, conferenciantes sobre temas relacionados con la cultura, atracción por el Arte y la Ciencia, encuentros para hablar sobre la lectura, concurso literarios, etc. Hay un sinfín de actividades que pueden ayudar a crear esa burbuja libresca a la que el libro es la puerta de entrada.

Uno puede ir a un lugar turístico porque hay muchos bares o porque hay representaciones de teatro, conciertos de cámara, jazz o recitales de cantos profanos o religiosos, antiguos y modernos; uno puede ir a un sitio donde la alternativa nocturna no sea qué bar elegir, sino a qué conferencia, recital o representación se va a asistir.

Con todo, en Calonge el año tiene los mismos doce meses que todos los demás lugares. Esto quiere decir que, más allá del periodo vacacional, está el día a día de todos los lugares en los que se están formando esas personas capaces de valorar, de apreciar un verano cultural, donde entrar a una librería sea un acto relajado e interesado. Si se trata solo de bajar la densidad de bares de las zonas, no llegarán demasiado lejos. Si, por el contrario, hacen una apuesta por el cambio de modelo, necesitarán más apoyo, más difusión, crearse una identidad clara que permita saber que los libros y las librerías no son anecdóticos.



El experimento de Calonge no es trivial. Es una elección que debe ser apoyada y estudiada. A lo mejor somos capaces de ajustar nuestra demanda cultural. Debería ser un toque de atención a la situación cultural real, no lo que produce económicamente, que parece ser lo único que importa a los sectores. Hay que reorientar nuestro sistema educativo básico, hacer que esa reforma llegue al propio mundo universitario, que adolece de una serie de enormes carencias en sus estamentos, condenado a estar separado de la sociedad por los propios sectores universitarios y culturales, que lo condenan a una comunicación entre pares y lo estigmatizan como sin interés para barrer la absurda competencia.

Cuando haya siete librerías en Calonge tendré envidia. Vivo en moderno pueblo, con mucho profesorado universitario por la proximidad a la Universidad Autónoma, con un elevado nivel cultural y económico, donde apenas existe una librería, especializada en literatura infantil primordialmente. Hubo alguna que prácticamente vendía los libros recomendados para su lectura en los colegios y los libros de texto, que han sido los que han mantenido la vida de estas pequeñas librerías, algo que no eran realmente, sino puntos de venta de algunas editoriales que les presionaban para vender sus bestsellers.

Las librerías han ido reduciendo su tamaño en las grandes superficies reajustándolas a lo que se vende y reduciendo su fondo. Lo mismo que se percibe en las Ferias de libro, todas las librerías tienen un fondo muy similar, de rápida reposición donde el libro desaparece pasados unos meses, desplazado por la siguiente apuesta editorial.

La editoriales pequeñas, que hacen una enorme labor, sobreviven con venta online o sirviendo a las librerías cuando los clientes les piden algo específico. Las librerías online han ido desplazando a las librerías físicas o, si se prefiere, ocupando un espacio que quedaba vacío por los cierres.

Nuestro problema es educativo y, en un nivel más profundo, de modelo social, de país que ha dejado de valorar la cultura social y personalmente, metido en un pragmatismo reduccionista y una limitación de posibilidades que nos embrutecen. No valoramos la educación porque solo le pedimos aspectos prácticos, porque no somos capaces de encontrar cuál es su sentido en un mundo cortoplacista y enfocado a un tipo de éxito basado en el dinero y poco más. El mundo digital nos ha pillado con una cultura sujeta con alfileres después de la explosión de los años 70 y 80, curiosamente los de la entrada en la democracia y en Europa, por lo que la responsabilidad de nuestra clase política es clara: no han sabido tener un modelo de país más allá de lo obvio. La caída de los medios de comunicación en un espectáculo trivial, llenos de personajillos fabricados para entretener (llevan décadas), faltos de responsabilidad y convertidos en promocionales más que de difusión cultural completan el cambio de pasar de una sociedad que aspiraba a la cultura a una sociedad que solo aspira a salir de la precariedad mientras nada en lo zafio.

Por eso iniciativas como esta de Calonge son gratificantes. Les deseo que se conviertan en un ejemplo de cómo se puede dar un giro al destino, que nada es irremediable mientras exista un punto de esperanza. Ellos han dado un primer paso. Tendrán resistencia y les llamarán locos. Eso lo hace más emocionante. Las 7 magníficas.

 


* "Un pueblo de la Costa Brava busca abrir siete librerías y convertirse en una villa de libros" RTVE.es 19/06/2021 https://www.rtve.es/alacarta/videos/telediario-2/pueblo-costa-brava-busca-abrir-siete-librerias-convertirse-villa-libros/5947268/

sábado, 8 de mayo de 2021

El recurrente tema de los bares

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Pese al tiempo que llevamos con esto de la pandemia, hay discusiones que no acaban de resolverse. El empeño de unos de no encarar directamente el problema y de otros por negarlo directamente hace que una y otra vez regresen. Me refiero en concreto a lo que vuelve a ser titular de primera página digital de El País, "El caso de Navarra: se cierra el interior de los bares y bajan los contagios". Por motivos obvios, hay una especial resistencia a admitir que esto es claro y no solo en Navarra, como apunta el titular. No hay "caso navarro".

Leemos en el inicio del artículo, firmado por Pablo Linde: 

 

Abre el interior de la hostelería. Pasan dos semanas. Suben los contagios. Cierra. Baja el número de nuevos casos. Hasta que se vuelve a abrir. La curva epidemiológica de Navarra lleva desde el otoño siguiendo este patrón, bailando al son de las restricciones en bares y restaurantes, según un análisis de datos del propio Gobierno foral. Y, aunque correlación no siempre implica causalidad, tanto las autoridades de la comunidad como la evidencia científica muestran que, en este caso, es muy posible que la haya.

 


 Puede que la "correlación no siempre implica causalidad", pero en estos casos es evidente que el problema está en juntar a la gente en espacios cerrados, sean bares o seminarios sobre antropología cultural. En los bares, a diferencia de los seminarios antropológicos, hay que quitarse las mascarillas para beber y la gente habla y habla porque para eso queda en un bar.

Los recorridos que las cámaras de televisión hacen por los bares y terrazas nos muestran el mismo panorama: mucha gente sin mascarilla delante de un vaso vacío de cerveza o de una taza de café. Es un ejercicio de poca o nula prevención y de aplicación tonta de las normas. La aplicación tonta de las normas es seguirlas de forma que no evitas el problema real, el contagio. Eso es lo que hace el que se pasa dos horas charlando con otros delante de un vaso vacío. Se acoge a lo literal de la norma, que es retirarse la mascarilla si está consumiendo. Pero somos más listos que nadie, un vaso para tres horas de charla. Después dirá que no entiende cómo se ha contagiado si cumplió todas las normas. El encargado del bar, harto de discutir y deseoso de recuperar lo perdido, dará por bueno el cumplimiento aparente de las normas y dirá que se habrá contagiado en otro sitio porque allí se han cumplido. Pero eso no es "cumplir", solo es aparentar hacerlo porque no se evita el motivo de la norma, no contagiarse.



Por eso no tiene nada de particular el "caso navarro", más allá de correlaciones y causalidades, como se señala en el artículo. Pero seguimos discutiendo y pidiendo más datos, más expertos, más estudios.

Lo realmente importante es lo que no se ha conseguido estadísticamente: que caiga la cantidad de cumplidores de boquilla y de negacionistas directos o indirectos. Estos hacen recluta de miembros para sus tesis con el argumento de que nada está demostrado. Es el problema del hartazgo y del aburrimiento de unos, que el negocio sea lo primero para otros, y el fatalismo final del si lo pillo que me quiten lo bailado.

Las actitudes ante la pandemia y las posibilidades de contagio son determinantes y muestran el nivel de sentido ciudadano de los países. Nuestro mundo privilegiado carece de la capacidad de sacrificio (porque lo es) necesario y está acostumbrado a lograr lo que quiere sin muchos obstáculos. Los problemas, finalmente, se solucionan desde fuera y rápidamente.

Es el mercado: cada necesidad es una oportunidad que alguien ve para cubrirla. Lo vemos ahora con la polémica sobre las vacunas y la posibilidad de liberalizar las patentes. El argumento para no hacerlo es que si no hay un beneficio, las empresas no investigarían y sería contraproducente. ¿No es bastante motivación la supervivencia? Parece que no. La pandemia es natural; la codicia, humana. A cada uno lo suyo.


Eso va a complicar bastante la cuestión de los países sin servicios suficientes de hospitales, sin apenas UCI, países en los que florece el mercado negro de oxígeno y respiradores. Se ha creado un turismo de vacunación para ricos en países en los que la gente muere por la ausencia de vacunas. Nos llegan noticias de robos de vacunas para venderlas o de falsificadores de test necesarios para poder regresar a los países de origen. Estas últimas son de nuestro país, donde algunos ven el negocio en el engaño.



Nosotros somos muy independientes, decimos, no como los asiáticos, que hacen siempre lo que les dicen, pobrecitos. Y así nos va. "Independencia", en este caso, significa hacer lo que quiero o aparentar hacer lo que me piden mientras ignoro lo crucial. Esto ha sido desde el principio que la seguridad de uno es la de los demás y la de los demás la de uno; pero eso es demasiado para nuestro proverbial sentido individualista y nuestro agnosticismo institucional.

El ingenio —¡eso sí es un valor!— ha sido pedir prestados perros para pasear, usar a los niños como excusa para salir, ponerse el chándal y llevar una botellita en la mano para hacer creer que haces deporte, cerrar a la hora indicada y dejar dentro al personal hasta que quiera irse, alquilar pisos para fiestas y hasta fletar autobuses para las fiestas fuera del casco urbano... Lo nuestro, sí, es la picaresca.



La constante pregunta por los bares, a estas alturas, es ridícula o es realmente malintencionada. Bares, museos, funerales, bodas o bautizos. No es el espacio en sí, sino cuántos, en qué condiciones y qué tipo de actividad realizan. Pero no hay peor sordo que el que no quiere oír, nos dice el refrán. Lo estamos experimentando con creces con esto de la pandemia. Nos agarramos a lo que sea con tal de salirnos con la nuestra. No deja de ser deprimente que volvamos una y otra vez a los bares como problema. ¿Padecemos una especie de síndrome de abstinencia colectivo? ¿No podemos librarnos de la obsesión? Algunos espacios y han actividades han logrado vencer la tendencia y disciplinar a sus usuarios. Los bares parece que no, que si dicen seis, nosotros vamos doce; si dicen doce, veinticuatro.

Probablemente somos así siempre, pero esto amplifica todos nuestros defectos al mostrarlos al por mayor. Las virtudes, en cambio, se ven reducidas por el efecto óptico del peligro que los incumplimientos entrañan. ¿No se le ha ocurrido a nadie dar premios al cumplimiento de las normas, al respeto de las distancias, al restaurador consciente, al consumidor responsable...? 

No deja de ser triste que en 2021, nuestras preocupaciones sean estas. Deberíamos reflexionar sobre esta situación en la que hemos caído, una consecuencia de nuestra debilidad productiva que se ha ido agrandando en el sector turístico, en la restauración. para sobrevivir en una Europa que necesita un "sur" para descansar, barato y poco competitivo en lo científico, en lo industrial, en lo tecnológico. El turismo nos ha deformado como país, ha dirigido nuestras fuerzas en un sentido que hoy percibimos como desequilibrio, fácilmente inestable, difícil de controlar bajo cualquier cambio.

El mareo interesado sobre los bares es un intento de mantener un sector que se ha visto perjudicado por la pandemia. Es un sector poderoso y se resiste a tanto tiempo. Pero la única forma de mantener cierta normalidad es el cumplimiento que evite que el virus se expanda. No hay duda que allí donde nos reunimos sin medidas se producen los contagios, de la clase al bar, del entierro al bautizo. De esto no hay ninguna duda por más que se siga sacando el tema. Quizá la culpa no la tengan los dueños, sino los clientes, pero, como decía el poeta Keats, "no se puede separar al bailarín de la danza". Nadie dice que la naturaleza sea justa.


Quizá sería una buena idea mostrar algo más que el mal ejemplo, pero este es el que acapara los titulares todos los días. Por cada cien mil cumplidores hay un bosé. ¡Vale ya de chupar cámara!

 

* Pablo Linde "El caso de Navarra: se cierra el interior de los bares y bajan los contagios" El País 8/05/2021 https://elpais.com/sociedad/2021-05-08/el-caso-de-navarra-se-cierran-interiores-y-bajan-los-contagios.html