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lunes, 5 de octubre de 2015

Conocimiento incompatible

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La revista Investigación y Ciencia nos trae en su último número (octubre 2015 nº 469) un breve e interesante artículo —publicado previamente en Nature nº 520, 2015— a cargo de la profesora jordana Rana Dajani. Su título nos define bien el contenido: "El reto de enseñar evolución a estudiantes musulmanes"* (p. 54). Dajani es profesora asociada de Biología Molecular en la Universidad Hashemite, de Zarga, e investigadora visitante en la Universidad de Cambridge. La labor educadora —ella se define como educadora— es amplia y ha tenido sus efectos en comunidades de diversos países, a los que ha tratado de llevar ideas renovadoras a través de la creación de bibliotecas y otras iniciativas, como "We Love Reading", de la que es fundadora y directora. Es una activista de la cultura y su extensión.


Tras comentar el rechazo que las ideas evolucionistas suscitan en las sociedades musulmanas y cómo inicialmente casi todos sus estudiantes se muestran contrarios, Dajani comenta:

Los estudiantes solían quedar muy sorprendidos. Si bien ven que me cubro con un hiyab —saben por tanto que soy musulmana practicante—, oyen que acepto la evolución como un mecanismo para explicar la diversidad y el desarrollo de las especies, y cito a Charles Darwin como un científico que ha contribuido a nuestra comprensión del origen y la diversificación de la vida en la tierra.
Algunos estudiantes se quejaron a la universidad de que su maestra predicaba contra el islam. Pero las autoridades se mostraron satisfechas al saber que la fuente de mi material didáctico eran libros de texto aprobados por el centro. Felicité a los que había protestado, por atreverse a defender aquello en lo que creían, y les invité a discutir juntos sus inquietudes.*


No hay campo de batalla más conflictivo que la mente humana. Allí se desarrollan las grandes batallas entre lo que desea permanecer, dueño y señor de nuestra mente, y las opciones de cambio. La tarea se vuelve más complicada cuando esas ideas se nos han introducido desde la infancia con el deseo de que no se muevan de allí, con todos los mecanismos sociales y familiares, legales y de angustia psíquica de presión para que no se vean modificados.
Las ideas de Darwin —el propio autor era consciente de ello— eran una revolución de las mentes y de la organización del pensamiento en la medida en que este explica el mundo que nos rodea. La reacción de los estudiantes jordanos es la misma de los que tuvieron que enseñar sus ideas. Todavía hoy, en sociedades avanzadas y con acceso a l conocimiento, este se desperdicia porque entra en contradicción con aquello que nos organiza como sociedad.

Cuando el neurocientífico Steven Pinker sacó su monumental obra, La tabla rasa: la negación moderna de la naturaleza humana (Paidós Ibérica 2003), realizó una gira promocional de conferencias que se encuentra editada con el título "La tabla rasa, el buen salvaje y el fantasma en la máquina" (Paidós Ibérica 2005). En esta obrita —que desde que salió he dado como alternativa de lectura a muchos de mis alumnos— es una breve explicación de cómo las sociedades se encastillan en ciertas ideas que actúan como freno del avance científico. Hacemos descubrimientos en todos los campos, pero muchos de ellos no son compatibles con nuestra cultura, es decir, con el sistema de creencia que nos damos. La cuestión, por tanto, es la resistencia al conocimiento y al cambio que implica.
Escribe la profesora Dajani:

En clase, ofrezco una explicación detallada de la evolución natural de las plantas y de su mejora artificial mediante cruzamiento. Más tarde, discutimos sobre la resistencia a los antibióticos, las vacunas contra la gripe y los medicamentos contra VIH. Tras estos debates, la mayoría de los estudiantes están abiertos a aceptar la evolución como un mecanismo para la aparición de todas las especies... excepto la nuestra.*


La resistencia es siempre la misma. Es la negación a sumar dos más dos, es el bloqueo cultural que proviene de la enseñanza previa que se ha hecho con nuestra forma de ver el mundo y se ha construido sobre esos cimientos. Podemos explicar la naturaleza, pero nos resistimos a considerarnos parte de ella en cuanto que hay un cuestionamiento de todos los elementos diferenciales que hemos acumulado históricamente en la cultura.

Tengo una conocida egipcia a la que se le ocurrió hace un par de años comentar en su página de Facebook que había estado hablando sobre Darwin con un estudiante extranjero. Una agradable tarde de charla desató todas las alarmas y conocidos y familiares se abalanzaron inmediatamente para saber qué estaba ocurriendo y advertir a la estudiante, muy sorprendida por el escándalo causado, de los peligros personales y sociales a los que se exponía. En lo personal, era el camino a la apostasía y al ateísmo; en lo social la mancha familiar y la condena al ostracismo.
El fenómeno no es privativo del mundo musulmán, aunque es allí donde alcanza una mayor virulencia. Parte de la explicación es que la apertura del mundo, los intercambios de información, suscitan una reacción contraria para "preservar" el control social a través de los mecanismos tradicionales, en lo que las religiones juegan un papel esencial. La reislamización de los países musulmanes no se concentra solo en cuestiones como la vestimenta o las normas morales más estrictas. Es ante todo una negación de la modernidad, es decir, el cuestionamiento del pensamiento dogmático y su enfrentamiento al pensamiento crítico y a la ciencia experimental. Cuando no se puede competir en esos terrenos, sencillamente, se niegan virulentamente.

Para algunos de mis estudiantes, aceptar la evolución significa negar la existencia de Dios. A estos les digo que la evolución no habla del origen del universo. Para mí, el principio fue Dios. Después, las reglas de la lógica y la ciencia condujeron al desarrollo del universo y más allá.
Muchos musulmanes están de acuerdo con esta visión, entre ellos varios científicos, que no lo dicen públicamente por temor a ser tildados de agitadores. También algunos eruditos religiosos lo apoyan, pero prefieren un cambio de opiniones gradual, a fin de no levantar barreras y frenar el progreso.*


Es aquí donde se plantea uno de los mayores problemas sociales. La profesora Dajani tiene gran valor al decir públicamente su opinión. Tiene un gran valor al decírsela a sus alumnos y seguir con ellos tras las protestas por los que consideran que ataca al islam, pena por la que podrían acabar bastante mal en cualquier lugar en el que las autoridades de la universidad no se molestaran en revisar la bibliografía que maneja.
Sin embargo, esos temores manifestados por científicos o eruditos religiosos tiene mucho de no querer complicarse la vida, algo que en cambio no preocupa a los islamistas de cualquier facción que realizan una militancia activa —muy activa— para evitar que cualquier idea contraria a las creencias que manejan se vea cuestionada. La profesora Dajani tiene lo que hay que tener, valor y compromiso con su conciencia, que no es lo más extendido. Si esos eruditos y científicos expusieran sus opiniones públicamente se expondrían, sí, pero también abrirían una brecha que iría más allá de una clase de Biología Molecular en una universidad jordana.
La realidad es que muchos se han acostumbrado a mantener sus conocimientos ocultos porque se vive bien en esa zona de sombra. No está mal ser un científico de renombre en el extranjero en distintos campos y regresar al hogar donde no te pregunten si tu trabajo cuestiona las enseñanzas del Corán o no.
En el mundo musulmán esto es grave y lleva a fenómenos dogmáticos extremos como el Estado Islámico o cualquier otro grupo que vive y obliga a vivir bajo un sistema de creencias impuesto por la violencia. Pero no es el único campo en el que esto se está produciendo.


El dogmatismo respecto al ser humano y, por ello, la negación de los descubrimientos que la Ciencia hace o su reducción a "teorías opinables" en el mismo nivel que alternativas esotéricas o míticas, no es un fenómeno exclusivo del mundo islámico. Tiene que ver mucho con un fundamentalismo reactivo que comenzó en la misma época que la islamización, en los años setenta, como reacción a la apertura que supuso, por ejemplo, en el cristianismo el Concilio Vaticano II, contra el que reaccionó una parte de la iglesia católica. Ese conservadurismo se sigue manteniendo en muchas instancias, públicas y privadas. Un fenómeno similar se dio en los Estados Unidos: Darwin era solo una teoría. Todavía hay batallas en los tribunales sobre la enseñanza del evolucionismo.
Frente a la apertura al conocimiento que vamos adquiriendo, se opone una negación de los principios que se derivan de la lógica de la ciencia, que se reduce a la mecánica de la tecnología. Aceptamos cierto tipo de progreso material derivado del conocimiento científico del mundo, pero seguimos viendo al hombre como un ser especial en el mundo.
La importancia de un sistema educativo que aborde de forma integrada los conocimientos y no como parcelas aisladas es esencial. Es ese parcelamiento el que lleva a que lo que se aprende en una asignatura se ignore en las otras, creando zonas opacas según la perspectiva del momento. Lo que es "verdad" de 10 a 11 deja de serlo de 12 a 13.


La profesora Rana Dajani dice que no es relevante para su nota final el que el alumno "crea" o no en la evolución. Dice preferir que le digan lo que piensan antes que forzarles a que digan lo que no creen para obtener una buena nota. De esta forma, dice, "estaría haciendo lo mismo que hacen quienes rechazan la evolución: forzar la opinión". Este último mecanismo es un tanto dudoso, aunque comprensible en el entorno: es una estrategia de supervivencia. Si la profesora suspendiera a sus alumnos por sostener lo que está escrito en el Corán, el problema iría más allá de la cuestión bibliográfica. Pero es cierto que no va a cambiar al que no quiera cambiar. Ella señala: "En mi opinión, el Corán fomenta la observación y contemplación del mundo, al mismo tiempo que celebra la búsqueda del conocimiento. Pero no valida los hallazgos científicos". Es la interpretación que permitió la existencia de una poderosa ciencia árabe musulmana. Pero lo que ha triunfado en muchos lugares es lo contrario: el literalismo autoritario. Es lo que está avanzando precisamente por el silencio de muchos y la falta de vista para detectar dónde se encuentra ese deseable reformismo que siempre que se intenta poner en marcha va demasiado rápido.


Su artículo se cierra con la siguiente conclusión:

Mi objetivo es que los alumnos desarrollen un método racional para evaluar el mundo y elaborar sus propias opiniones, hipótesis y teorías, y no copiar las de otros. Es un llamamiento a nuevas formas de pensar, un viaje en busca del conocimiento, uno de los principios básicos del islam. Si lo conseguimos, contribuiremos a la creación de una generación de científicos musulmanes librepensadores.*

Cualquier mecanismo o procedimiento que ayude en ese camino será siempre mejor que el cierre violento alrededor del dogma. Pero no tiene sentido crear científicos "librepensadores" en una sociedad que no lo es. Crear una casta de pensadores encerrados en laboratorios mientras en la sociedad sigue predominando el dogmatismo, no servirá de mucho. Cada comienzo de curso, la profesora Rana Dajani se encontraría sentados en los bancos de su aula a los mismos alumnos que rechazan inicialmente sus enseñanzas y acuden a protestar a las autoridades para que deje de atacar al islam. Mejor sería que empezaran algo antes y llegaran con la mente abierta. Pero hay lo que hay y la profesora Dajani, pese a sus valiosas iniciativas sobre la lectura, no puede cargar el mundo sobre sus espaldas.
Vivimos en tiempos extraños, hacia el futuro y hacia el pasado; sabemos y elegimos ignorar. Estamos todos más cerca y sin embargo aumentan las distancias entre nosotros.



* DAJANI, Rana (2015): "El reto de enseñar evolución a estudiantes musulmanes". Investigación y Ciencia octubre, nº 469, p. 54.



miércoles, 5 de marzo de 2014

El futuro de las lenguas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En su estudio del fenómeno de las culturas desde la perspectiva de la explicación evolucionista, Mark Pagel, profesor de Biología Evolutiva de la Universidad de Reading, nos habla de las perspectivas de desarrollo futuro de las lenguas en el mundo Señala Pagel: "Algunas estimaciones aseguran que apenas van a llegar a finales de siglo un puñado de lenguas" (392). Tras soltarnos esta inquietante perspectiva, se suscita la cuestión evidente de qué lenguas serán las que lograrán sobrevivir en ese plazo u otros más distantes. El autor señala que las lenguas que tienen un mayor número de hablantes son el mandarín (1.200 millones), muy distanciado del resto, y el español y el inglés, con unas cifras similares de unos 400 millones de hablantes.
Las lenguas tienen un punto de origen pero después se esparcen por el mundo mediante el recurso a la fuerza o mediante la extensión del conocimiento. No es lo mismo la lengua que se impone en una invasión colonial, que la que se expande gracias al conocimiento que transporta o los casos de fronteras, en las que los hablantes hablan las dos o se adentra una de ellas en "territorio" de la otra. China posee un gran número de hablantes, pero no hay muchos hablantes que lo tengan como segunda lengua por el mundo. Sin embargo, el inglés, que cuenta con un menor número de personas, posee casi el dominio total de las opciones como segunda lengua. No basta con contabilizar los hablantes nacionales, sino que la existencia —y aquí el evolucionismo se queda corto y tiene que introducir variables más complejas— de lenguas superpuestas es un hecho tanto como las hibridaciones. No solo es la cantidad de hablantes lo que decide el futuro de una lengua, sino la cantidad y calidad del conocimiento que aporta.


La motivación para aprender chino era muy reducida hasta el momento por una salida relativamente pequeña de su cultura al exterior, aunque no siempre fue así, existiendo épocas de mayor contacto con Occidente. China se está abriendo a las relaciones comerciales y se transforma también en potencia investigadora receptora de aquellos que buscan mejores oportunidades fuera de sus países. Los que mantengan relaciones comerciales con China o deseen ir allí a trabajar aprenderán mandarín, ya tienen una motivación. Eso servirá también para dar salida a su propia cultura y aumentará su interés y aliciente para los demás. Basta con ver la proliferación de cursos, de academias o de Institutos Confucio en distintos países, incluido el nuestro.

Los chinos, en cambio, se diversifican porque se reparten por todo el mundo, allí donde los lleven los intereses comerciales, universitarios, etc. Mis alumnos chinos han aprendido español en sus universidades —estudiando Filología Española—, en sedes del Instituto Cervantes o mediante estancias en países como Cuba, que se ha especializado en ellos ofreciéndoles programas acordes con sus necesidades de aprendizaje. Ya hay universidades españolas que les ofrecen esa formación en la lengua, que les permite no solo estar entre nosotros sino extenderse posteriormente por los países de Hispanoamérica como destino laboral. Vemos cómo una lengua hasta hace poco sin atractivo exterior, ha adquirido, por la importancia que China tiene en estos momentos en diversos sectores, interés como segunda o tercera lengua en muchos países.
Estos contactos lingüísticos se desarrollan hoy, en un mundo interconectado, más allá de lo físico. En la actualidad existen personas por todo el mundo que aprenden lenguas y se mantienen en diálogo a través de los nuevos medios que nos han abierto grandes posibilidades, más allá de las migraciones o situaciones coloniales.


La cuestión de las lenguas supone siempre una tensión entre sus controladores —las instituciones artificiales que las regulan— y los mecanismos "naturales" de su evolución en los que se combinan los aspectos puramente pragmáticos de la comunicación, su verdadero objetivo. En este sentido, Mark Pagel recuerda:

Quienes se han erigido en guardianes de la lengua —los gramáticos reaccionarios y los ortógrafos reglamentistas, o quienes [...] se empeñan en excluir determinadas palabras y expresiones— podrán acabar por dominar el ritmo de cambio de sus idiomas; pero al hacerlo los pondrán a la cola de la comunicación internacional. Algo así podría estar sucediendo ya con el francés y el alemán. La otra opción frente a este sometimiento estricto no es el libertinaje que podrían tener algunos: si la comunicación es importante, las lenguas no cambiarán nunca a un ritmo que puedan poner en peligro la razón misma por la que existen. (392)*


La idea expuesta anteriormente de que las lenguas que podrían quedar a final de siglo serían unas pocas, es quizá demasiado aventurada porque la existencia de mecanismos y factores superpuestos, de índole cultural, podrían retrasar esa fusión de lenguas que los expertos auguran. Hay factores que podemos evaluar, pero desconocemos el alcance que algunos de ellos pueden representar en un entorno cambiante en el que las tecnologías se centran en las comunicaciones y las posibilidades de interacción. Lo que parece evidente es que la extensión de las comunicaciones potenciará las lenguas que sirvan de puente entre otras lenguas, como forma de contacto, como ocurre actualmente con el inglés.
El chino mandarín tiene sus numerosos hablantes y crecerá como opción de segunda lengua por el peso de China en economía, política y cultura; el inglés, crecerá como lengua de contacto, por el consumo de su cultura, exportada gracias a su peso y potencial económico, y vehículo de transmisión del conocimiento dado su poder investigador. Queda por ver cuál es el papel del español, que se beneficia de una población que lo habla por todo el continente americano y en nuestro país, que es su origen, pero no su fuerza actualmente. Hay que ser muchos o producir conocimiento y no es eso lo que percibo. Nuestros atractivos parecen centrarse en otros aspectos.


No debe olvidarse en una perspectiva tan restrictiva, evolucionista. como la planteada por Mark Pagel, el papel identitario de las lenguas. Sobre ellas se construyó y se sigue construyendo el nacionalismo en todas las partes del mundo. La lengua es un poderoso vehículo emocional para suscitar ese elemento de identidad que se ve reforzado por la poesía y demás artes de la palabra. Las nuevas tecnologías también favorecen su permanencia a través del diálogo de los hablantes y de la creación de una memoria virtual colectiva.
Veremos qué nos depara el futuro y cuál es la estrategia más adecuada para la "supervivencia". Lo que parece cierto es que esa evolución depende de una conjunción de factores en los que el número de hablantes es solo una parte, que también se debe tener en cuenta el "atractivo" que las lenguas tienen. Ese factor es complejo y depende de muchas circunstancias: su potencial de conocimiento, su cultura, su organización educativa, etc. 
Con su conversión en una auténtica industria, las lenguas compiten por ganarse un espacio en las mentes ajenas. Pero su atractivo principal, como en una conversación, radica en su capacidad de tener algo que decir, nuevo o acumulado.



* Mark Pagel (2013). Conectados por la cultura. Historia natural de la civilización. RBA, Barcelona.





martes, 25 de junio de 2013

Richard Matheson ya es leyenda*

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La originalidad de Richard Matheson ha consistido en trasladar los conflictos propios de la tramas narrativas a un marco explicativo evolucionista de raíces claramente darwinistas, es decir, planteado como rivalidad tanto en los límites internos de las especies (rivalidades intraespecie: individuales, entre grupos), como entre especies, algo que encaja muy bien dentro de la temática de la Ciencia-Ficción, género en el que el autor ha dado varias obras maestras, como Soy Leyenda o El increíble hombre menguante, reforzadas por su paso al cine. Ambas forman parte de la cultura popular de la segunda parte del siglo XX y conectan con el miedo del hombre a ser el desencadenante con sus acciones de desastres bélicos y medioambientales que modifiquen las condiciones del entorno. La nube tóxica que afecta al "hombre menguante" o la "guerra" en Soy leyenda forman parte de los temores de la Guerra Fría y del peligro nuclear, presente en la mente colectiva de la segunda mitad del siglo. Matheson los tradujo a historias populares y los enmarcó en un imaginativo marco evolutivo.
Los procesos de selección natural, como ya señaló Charles Darwin, se establecen como conflictos entre miembros de una misma especie, como ocurre con la rivalidad sexual para conseguir la propagación genética, y la rivalidad con otras especies por ocupar los nichos y hacerse con los recursos existentes. Los seres vivos compiten, pues, entre ellos, y con otros. Además de esta competencia con otros seres vivos, existe el elemento que determina las posibilidades del conjunto, las variaciones del espacio en el que se encuentran y que determina las posibilidades mayores o menores de supervivencia en función de la adaptación. La vida es una carrera a ciegas por la superviviencia.
Para centrarlo en términos darwinianos, Matheson se ocupa de:

  1. conflictos por los recursos entre especies distintas.
  2. Cambios o mutaciones de las especies que favorecen o dificultan la adaptación al entorno estableciéndose los mecanismos de la selección natural.
Estos dos principios pueden ser reconocidos en las novelas y relatos cortos, Soy leyenda, El increíble hombre menguante o Duel, con diferencias interesantes en los mecanismos que se hacen intervenir en cada uno de los casos.



Soy leyenda (1954): cuando las mayorías ganan y los que ganan escriben la historia

¡Soy un animal!, gritó. ¡Un estúpido y torpe animal! (96)

Neville es el último ser humano. Al menos tal como habían existido hasta el momento. Una extraña epidemia ha acabado con la humanidad. Se ha apoderado de los seres humanos transformándolos en vampiros.
El título de la obra es terriblemente irónico. Para los humanos, los vampiros son una leyenda. Cuando Neville, el último hombre sobre la tierra, desaparece, son los seres humanos los que pasan a convertirse en leyenda, es decir, se transformarán en una historia que muchos de los vampiros, pasado el tiempo, considerarán una invención fantasiosa, una fabulación sobre seres inexistentes. La expresión de Neville poco antes de morir, “¡Soy leyenda!” es un ejercicio de relativismo evolucionista: los buenos son los que sobreviven, los malos se extinguen. Las guerras siempre las ganan los buenos, que son quienes las pueden contar.
Desde una perspectiva evolucionista, son los elementos externos los que deciden quién es apto y quién no. De hecho, Matheson deja claro que los cambios no solo afectan a los humanos, sino a la totalidad del medio. Es el ecosistema lo que cambia.


Aunque la historia en su plano argumental se centre en la lucha entre los vampiros y el hombre, esto no es más que la parte del iceberg que se percibe. Neville habla de que ha comenzado la “edad de los insectos” (55), ya que son estos los que están transmitiendo la infección bacteriana.

—Espero que no estemos alimentando una raza de superbichos —dijo Neville—. ¿Recuerdas aquellos saltamontes gigantes que encontraron en Colorado?
—Sí.
—Quizá los insectos eran… ¿Cómo los llaman? Mutantes.
—¿Qué es eso?
—Oh, significa que… cambian. De pronto. Evolucionan saltando fases intermedias, y hasta quizá desarrollándose como nunca lo harían si no fuese por…
Silencio.
—¿Los bombardeos? —preguntó la mujer.
—Quizá.
—Bueno, por lo menos provocan las tormentas. Y quizá otras cosas.
Virginia suspiró cansadamente y sacudió la cabeza.
—Y dicen que ganamos la guerra —dijo.
—Nadie la ganó.
—Los mosquitos la ganaron.
Neville sonrió débilmente.
—Me parece que sí —dijo. (56)

El antagonismo de la narración, el que se realiza entre seres humanos y vampiros, no es más que la superficie del gran conflicto, el que involucra a la totalidad del ecosistema. La narración no hace sino focalizarse sobre uno de los múltiples y permanentes conflictos que son la evolución misma. El elemento desencadenante de los cambios, aunque no se pase de las hipótesis por parte de los personajes —“todos tienen alguna idea” (57), comenta Neville—, es la guerra bacteriológica, una acción humana que ha alterado el equilibrio. Es un germen el que ha modificado las condiciones del sistema y ha favorecido a unos y perjudicado a otros. Los que están mejor adaptados a los cambios producidos sobreviven; los que no, se extinguen. En este caso, los seres humanos son los que llevan la peor parte. Han adquirido una infección que les ha transformado en vampiros. Esta enfermedad es causada por una bacteria, el "bacilo vampiriis", tal como Neville la bautiza tras descubrirla en su investigación de las causas de las infecciones. Él ha desarrollado inmunidad a su efecto debido a una mordedura de murciélago que padeció anteriormente. El germen obligaba al organismo en el que se desarrollaba a buscar la sangre humana. Así, la enfermedad se ha ido propagando transformando en vampiros, muertos vivientes manejados por los gérmenes, a los seres humanos.
La soledad de Neville es angustiosa. Matheson juega con la presencia del instinto sexual que atenaza al protagonista. El instinto reproductor, la necesidad de extender su código genético, se le presenta como un dolor constante, un sentimiento agónico ya que no tiene con quién cruzarse. Los cuerpos humanos que quedan sobre la tierra no son más que colonias de las bacterias. Las mujeres vampiro utilizan sus cuerpos con provocación para tentarle a salir de su refugio, pero Neville sabe que no es más que un reclamo sexual para acabar con él.


Sin embargo, entra en juego un elemento nuevo: aparece una mujer, Ruth, bajo la luz del sol. Neville no puede creer que sea la última mujer humana y recela de ella. La atracción y el temor le presionan. La desea, pero tiene miedo de que sea una de las mujeres vampiro que han urdido algún tipo de engaño. Neville, ante sus sospechas, decide someterla a análisis para comprobar si está infectada. Cuando comprueba que sí lo está, Neville es golpeado y abandonado inconsciente. Cuando despierta, lee la nota que Ruth le ha dejado. En ella le explica que su objetivo era espiarle y vengarse por la muerte de su marido, a quien Neville eliminó en una de sus salidas cazadoras al ser un vampiro. Sin embargo, Ruth le exculpa ya que ha comprendido sus motivos:

[…] Sé que no elegiste tu modo de vida, como nosotros no elegimos el nuestro. Estamos infectados. Pero ya lo sabes. No sabes en cambio que seguiremos vivos. Descubrimos el modo, y vamos a crear una nueva sociedad, lentamente, pero sin desmayos. Nos libraremos de esos miserables castigados por la muerte. Y, aunque no lo quiera, hemos decidido matarte a ti y a todos tus semejantes.
[…] Somos por ahora unos pocos. Pero creceremos tarde o temprano, y ninguna palabra mía podrá impedir tu destrucción. En nombre de Dios, Robert, ¡sálvate mientras puedas!
Sé que no me creerás. No creerás que podemos vivir ya a la luz del sol, aunque durante cortos periodos. No creerás que mi color no era sólo maquillaje. No creerás que podemos vivir con el germen en la sangre.
Por eso te dejo una de mis píldoras.
Las tomé todo el tiempo que pasé aquí. Las ocultaba en mi cinturón. Descubrirás que son una mezcla de sangre defebrinada y una droga. No sé exactamente qué es.  La sangre alimenta al germen, la droga impide su multiplicación. El descubrimiento de esta píldora impidió nuestra muerte, ayudándonos a reconstruir el mundo. (162-163)


La especie humana, pues, sobrevivirá al adaptarse. Lo hará bajo la forma de estos nuevos vampiros controlados, ya no muertos vivientes, sino seres vivos que han logrado controlar los gérmenes que les parasitaban. Gracias a su capacidad inteligente, los antiguos humanos han desarrollado la forma de controlar científicamente la infección. No desaparecerá la enfermedad, pero controlan sus efectos y sobreviven. Ahora apenas son un pequeño grupo, pero están dispuestos a recuperar la posición perdida.
En esa futura sociedad/especie que se avecina, Neville no tiene lugar; no es más que un fósil viviente, un resto de una humanidad ya inexistente. Los nuevos vampiros, con auténtico sadismo, realizan las mismas labores que Neville llevaba a cabo: el exterminio de los vampiros viejos. La lucha por la supervivencia se muestra en toda su intensidad. Unos sobrevivirán y otros desaparecerán. En la explicación final que Ruth le da antes de que sea ejecutado, Neville comprende que el nuevo orden que se va a instaurar tiene muy poco ya de humano:

—Todas las sociedades nuevas son primitivas —replicó la joven—. Tú deberías saberlo. Son… como grupos revolucionarios, que transforman la sociedad por la violencia. Es inevitable. Tú mismo recurriste a la violencia, Robert. Mataste. Muchas veces.
—Solo para… para sobrevivir.
—Nosotros matamos por las mismas razones —dijo Ruth con calma—. Para sobrevivir. No podemos permitir que los muertos persigan a los vivos. Deben ser destruidos. Y lo mismo quien mata a los muertos y a los vivos. (176)


Los conflictos que las historias nos cuentan no son más que la superficie del Gran Conflicto, la vida misma, de la lucha por la supervivencia. Los pequeños dramas individuales son apenas líneas del Gran Drama y los personajes meras notas en la sinfonía universal de la transformación para intentar evitar la extinción. Nada perdura en un mundo indiferente en constante cambio. Al hombre le queda el melancólico consuelo de ser consciente de los hilos absurdos de su existencia como parte de la naturaleza. Y escribirlo.
El escritor ha señalado:

Escribí historias y novelas cortas durante un periodo de 20 años. Duel fue la última. No me daba cuenta, pero el tema principal en mis historias es la lucha de un hombre teniéndolo todo en contra. Es algo que he repetido hasta la saciedad; no lo sabía entonces. Pero cuando escribí Duel, sí lo sabía. Y pensé: “Es la historia por excelencia de un hombre enfrentándose a un rival espantoso” Así que dejé de escribir historias cortas y no volví a escribir otra.”

Duel, la lucha del hombre con la máquina que él mismo ha fabricado, convertida en depredadora en la carretera, fue la última vuelta de tuerca, el final. No era sino otra metáfora de la lucha por la supervivencia en una naturaleza transformada por la mano del hombre.





-MATHESON, Richard (2007): Soy leyenda. Col. Booket, Minotauro. Barcelona.


* Este artículo es parte de un texto más extenso, "Richard Matheson: la lucha por al supervivencia", elaborado con motivo del congreso conmemorativo "Darwin en la ficción", celebrado en 2009 en la Universidad Complutense de Madrid. Sirva de homenaje al autor en el día después de su muerte.








jueves, 24 de enero de 2013

Resucitados

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
¡Esto del ADN empieza a tener un peligro! No estamos llenando de gente empeñada en resucitar especies y no es plan. Punset se ha traído un señor, muy científico, que anda por ahí diciendo a los niños que si quieren tener en casa un dinosaurio y cosas así. Luego, el niño se hace ilusiones y viene el desengaño porque lo que quieren "resucitar": un pollo con dientes y cola al que —según señala el indagador— no saben si llamar "pollosaurio" o "dinopollo". Dicen que va a hacer con él "evolución inversa", ajustándole los genes como el que ajusta el carburador.
Puede que este señor, Jack Horner, sepa de evolución y genética todo lo necesario, pero, desde luego, no entiende nada de niños. Si engatusas al niño diciéndole que le vas a llevar un dinosaurio y luego le das ese engendro, te lo lanza a la cara y se pasa una semana sin hablarte. No entiendo porqué hay que meter a los niños —se empeñaba este señor y se empeñaba Punset con él— en esto de los "dinosaurios". Si sale una chapuza, el niño se lleva un berrinche y si sale bien, ¡un peligro!

Puedo entender que a alguien le apasione ir tocándole los genes a los demás, pero no consigo ver la "ciencia" en ir con el argumento del consumo infantil por delante. Nos dicen sus biógrafos que Jack Horner fue el paleontólogo que asesoró a Steven Spielberg para la serie de Jurassic Park, que en él se inspira también el personaje del antropólogo Alan Grant (Jeff Goldbloom). Me da la impresión que ha decidido cambiar de personaje e interpretar al mitad científico, mitad empresario del espectáculo, que aparecía en la película interpretado por Richard Attenborough, el gerente de InGen, John Hammond.
Si algo sacamos en claro de aquella película es lo que pasa cuando resucitas dinosaurios. Parece que el modelo de científico comerciante es el que prevalece y que en una investigación tienes que ir por delante con el producto final, el pollosaurio resucitado, y la clientela potencial, los niños a los que venderás el producto, tu "target group", como dicen los de la mercadotecnia.


En su entrevista con Punset, que ve con interés televisivo que la gente se plantee estas cosas, Horner dice que lo del ADN en el ámbar no funciona y que ahora se trata de tocar unos genes por aquí y otros por allá del pollo para "redirigir su desarrollo". Al final tendríamos algunas características de sus parientes antiguos en el pollo actual, que lo que se cambió en el camino evolutivo se quede como estaba. Nadie pregunta a los pollos, claro, que si tuvieran capacidad de hablar llamarían a Jack Horner el "Mengele aviar", superando en odio al coronel Sanders, el que aparece en el famoso logo del pollo frito al Kentucky.


La moraleja de todo esto es que si quieres hacer ciencia tienes que brindarte al espectáculo, igual que Santiago Segura se dedica a la promoción de sus películas para ir creando un público que le llene las salas. Horner seguirá sembrando los sueños de los niños de pollos jurásicos que les pedirán a sus padres que se lo regalen por Navidad y cumpleaños; los padres irán a las tiendas a preguntar; las tiendas preguntarán a los proveedores y estos a las empresas, quienes finalmente apoyarán con donaciones a los científicos capaces de hacerlo. Es el nuevo ciclo de la Ciencia de Mercado. Y si no funciona, por lo menos has vivido de contarlo y que te llamen "visionario".


Pero lo del dinopollo se queda en nada con la nueva ola de manía resucitadora. En el diario El País, Javier Sampedro titula "Neander Park" su artículo sobre las posibilidades de resucitar neandertales:

El genetista de Harvard George Church, que ha inventado el marketing genético al escribir en una molécula de ADN su propio libro —Regénesis: cómo la bilogía sintética va a reinventar la naturaleza y a nosotros mismos—, ha propuesto no ya resucitar a un neandertal, sino a toda una cuadrilla de ellos (ver entrevista adjunta).
Y entre los científicos que consideran técnicamente factible la resurrección de los neandertales —si no ahora mismo, sí en el plazo de sus vidas— milita nada menos que Svante Pääbo, jefe de genética del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig, líder indiscutible de la paleogenética, o recuperación de ADN antiguo a partir de huesos fósiles, y máximo artífice de un reto científico que se consideraba imposible hace solo unos años: el genoma neandertal, la lectura de la secuencia (tgtaagc…) de los más de 3.000 millones de bases, o letras químicas del ADN, que portaban en el núcleo de cada una de sus células aquellos homínidos que dominaron Europa durante cientos de miles de años y hoy duermen el sueño fosilizado de los justos.**



Plantea, con razón, Sampedro la diferencia entre que podamos hacer ciertas cosas y que las hagamos, que el "debemos hacerlo" debe ser previo. Pero, en este mundo de mercadeo, el "¿debemos?" se sustituye por el "¿es rentable?". No le sigo, en cambio, en algunos de los argumentos sobre los que especula. Habla, por ejemplo, de nuestra "mala conciencia" por haber eliminado a los neandertales, acorralándolos en Gibraltar. Dice: «El registro fósil no nos deja muy bien parados, y clonar al neandertal se puede interpretar como nuestro humilde resarcimiento por haber causado su extinción.»**
Ya está muy complicado todo —y no hablo del paro— como para traer ahora neandertales al mundo. Pero el argumento que me descoloca completamente es el del "amor a la Naturaleza":

[...] la resurrección del neandertal plantea lo que podría denominarse el dilema del ecologista. La técnica para hacerlo, por un lado, implica una serie de manipulaciones genéticas, hibridaciones cromosómicas y clonaciones embrionarias suficiente como para atragantar la cena de Nochebuena de cualquier amante de la naturaleza. Por otro lado, sin embargo, ¿qué amante de la naturaleza se opondría a la recuperación de una especie no ya en riesgo de extinción, sino tan extinta como lo pueda estar el tiranosaurio rex? Si el amor a la naturaleza es real, ¿no debería abarcar también a las naturalezas del pasado y a nuestros antecesores en el cuidado y usufructo del planeta?**


Me parece un argumento falaz desde dos perspectivas. La primera es que el concepto de "amor a la Naturaleza" es científicamente absurdo, una sentimentalización. Las extinciones forman parte la Naturaleza misma; son el resultado de los mecanismos selectivos que ha intervenido en los procesos de la evolución. En la Naturaleza no existe el "amor a la naturaleza"; solo lo tenemos nosotros como una forma retórica de hablar de nosotros mismos y de lo que nos rodea. No hay "dilema del ecologista" en este sentido. Javier Sampedro sabe que el conservacionismo ecológico se plantea otros dilemas, pero no el de las luchas entre las especies, que se considera "natural". Lo que trata de evitar son las "acciones destructivas del hombre" sobre las especies, que son vistas como alteraciones del propio "ritmo" de la evolución, si es que eso existe. Las especies se han extinguido siempre; hemos descubierto que nosotros intervenimos con nuestros actos en ello como especie altamente invasiva.
Segunda perspectiva. Desde un punto de vista teórico extremista, la única forma de restituir a la "naturaleza" a sus "propios" ritmos —entendiendo que "naturaleza" es una construcción conceptual, una abstracción— sería que quien la altera en mayor medida desapareciera, es decir, nos extinguiéramos nosotros, que somos la especie que más altera con sus acciones a las demás devorando ecosistemas. Por eso la "ético" no consiste en recuperar neandertales o dinosaurios, sino en tratar de alterar lo menos posible el resto de la vida planetaria, algo que nos resulta cada vez más complicado por los procesos de transformación y destrucción de hábitats que realizamos. Estamos por todas partes. Somos la plaga, que se decía antes.


Más nos vale "regenerarnos" a nosotros mismos, comprender el alcance de nuestras acciones y tratar de reducir sus efectos sobre los otros. Eso sería más "ecológico". Incluso más inteligente para nuestra propia supervivencia. Más que llevar un dinosaurio a casa, como propone Horner, lo que hay que hacer es "arreglarla". 
Me quedo más tranquilo cuando leo en otros medios que George Church, el genetista de Harvard cuya entrevista en una revista alemana había causado todo este revuelo, dice que ha sido un error de traducción y que no está buscando ningún vientre de alquiler para traer neardentales al mundo. Un respiro. Gracias a Dios, la ciencia funciona aunque la traducción siga fallando.


Desde luego, lo que no van a conseguir es que yo quiera tener un dinopollo ni que me sienta culpable por la desaparición de los neardentales —que si hubieran podido nos habrían hecho desaparecer a nosotros— para justificar negocios y proyectos científicos. Lo que la evolución hizo; hecho está.

* Redes: "Quiero tener un dinosaurio... en casa" RTVE 10/01/2013http://www.rtve.es/television/20130110/quiero-tener-dinosaurio-casa/598640.shtml
** "Neander Park" El País 23/01/2013 http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/01/22/actualidad/1358885200_037763.html





viernes, 21 de diciembre de 2012

La mano y el puño

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Con una simpleza arrolladora, el diario El Mundo titula "La mano humana evolucionó para dar puñetazos"*. Es la forma de interpretar las dudas científicas para transmitir una rotundidad que saca los colores a los que hayan podido plantear una hipótesis de trabajo para discutir su viabilidad entre la comunidad. Muchos siguen sin entender la forma de trabajo de la Ciencia y la convierten en un circo afirmativo, rotundo y simplificado. Tampoco les importan mucho los efectos sociales.
Cuando vamos al artículo citado, publicado en el Journal of Experimental Biology, todos los términos son matizados: "Yet David Carrier from the University of Utah, USA, suggests that the human hand may have also evolved its distinctive proportions for a less enlightened reason: for use as a weapon"** (las negritas son nuestras).

Que la mano humana ha jugado un papel esencial en nuestra evolución y, en otra cosa distinta, desarrollo es indiscutible y forma parte de la teorías que se han centrado en la habilidad en el manejo por parte del cerebro, la precisión que logramos, etc. La afirmación "La mano humana evolucionó para dar puñetazos" es de una zafiedad inusual y de una cortedad suprema en lo que se refiere al artículo, pero también en la visión que transmite del ser humano y sus vínculos sociales. Hay gente interesada últimamente en volver a la violencia como motor, según parece.

Es interesante ver la forma en que se le ocurrió la idea al profesor Carrier. Según cuenta él mismo, estaba discutiendo con un colega. Le intentaba convencer de las ideas que había "sugerido" en un artículo suyo recién publicado. El artículo de Carrier sugería que un determinado órgano de las ballenas "había evolucionado" para usarlo como arma en sus peleas. El colega de Carrier negaba esas posibilidad, que le debió parecer muy floja, y ya harto le plantó el puño delante de la cara y le dijo aproximadamente: "Yo podría golpearte con esto y sin embargo no es para lo que evolucionó" (“I can hit you in the face with this, but that is not what it evolved for”)**.
Dice Carrier que aquello fue como una luz de inspiración y poco más o menos se le reveló la función golpeadora del puño y la evolución de la mano. Junto a su colega Michael Morgan comenzó a estudiar esta posibilidad comparando las palmas más pequeñas de los humanos frente a las de los chimpancés. Nuestra mano cerrada crea un puño, que él considera un arma "favorecida" por la evolución. Nos explica el artículo: "‘Fortunately, Michael [Morgan] had a lot of experience with martial arts and he knew people who were willing to serve as subjects’, Carrier recalls."** Una vez reunidos sus amigos aficionados a las artes marciales, les pidió que golpearan un saco como los que hay en los gimnasios y comprobó que la forma que aprovechaba mejor la fuerza en el golpe era el puño. De ahí dedujo que la mano podía haber evolucionado para golpear cerrada, que es lo que es un puño.


Podemos realizar varias "sugerencias" u observaciones desde lo que nos cuentan. La primera es que David Carrier tiene un interés en la influencia de la agresión ya sea en seres humanos o ballenas. Desconozco si ha sugerido alguna otra teoría sobre la agresividad y sus efectos evolutivos en otras especies. Para salir de la duda, localizo la página web de su universidad en la que él mismo muestra sus intereses y leo:

Recently, I have become increasingly interested in anatomical specialization for aggressive behavior. My emphasis has been on
1) understanding functional tradeoffs between specialization for rapid and economical running versus specialization for aggressive behavior, and
2) the role that aggressive behavior has played in the evolution of the musculoskeletal system of great apes and hominins.


La discusión que tenía con su colega es característica de la especialización de las áreas: acabas interpretando todo en términos de tu propio campo. Y como los campos son cada vez más pequeños se acaba produciendo una cierta desproporción entre lo que tienes como objeto y lo que explicas con ello. En otros términos: la "agresividad" es algo que va mucho más allá del puño cerrado y de la eficacia del golpe. Según el titular de El Mundo, la mano "evolucionó" para dar puñetazos, algo que plantea varios problemas teóricos e incluso políticos.
La reducción de la "mano" al "puño" es ya un ejemplo de ese tipo de visión; también lo es pensar la agresividad solo en términos de violencia física y de golpes, sobre todo entre seres sociales. La biomecánica, que es el terreno de Carrier, explica la eficacia del puñetazo en términos de potencia, pero no sé si es eso lo que ha guiado la formación de la mano y la ha modelado. Tampoco lo sabe él, por eso se limita a sugerir, como un campo de discusión —una propuesta a la comunidad—, sus ideas al respecto.
En realidad, la forma en que él y su colega lo plantean es algo diferente:

The derived proportions of the human hand may provide supportive buttressing that protects the hand from injury when striking with a fist." [...] We found that peak forces, force impulses and peak jerk did not differ between the closed fist and open palm strikes. However, the structure of the human fist provides buttressing that increases the stiffness of the second MCP joint by fourfold and, as a result of force transfer through the thenar eminence, more than doubles the ability of the proximal phalanges to transmit ‘punching’ force. Thus, the proportions of the human hand provide a performance advantage when striking with a fist. We propose that the derived proportions of hominin hands reflect, in part, sexual selection to improve fighting performance.

Aunque la fuerza sea igual, se produce, dicen, esa eficacia de rendimiento que concentra la fuerza. No hace falta darle muchas vueltas. "El boxeo se "civilizó" con la introducción de los guantes que tienen la función doble de evitar daños a la mano pero también el golpeo directo con el hueso, mucho más duro y dañino. No sé si el puñetazo es eficaz en otro tipo de luchas que la especie ha mantenido por otras en su lucha por la supervivencia. No basta con ver la eficacia biomecánica del puñetazo; hace falta saber a quién se le daba. La lucha no es algo que te afecta a ti solo, sino al otro. No son dos caballeros eligiendo armas para un duelo. La expresión castellana "defender con manos y dientes" es bastante ilustrativa de que vale todo, como pudimos comprobar con Mike Tysson. Por eso, como buenos evolucionistas, acaban hablando de la "selección sexual", que es el factor que acaba moviendo cualquier otro. Los que dieran mejores puñetazos, o mejor, los que menos daño se hicieran después, tendrían las mejores hembras. ¿Han hecho estudios también sobre las manos femeninas para ver si se cumple lo de los puñetazos y cuál es su función? Solo se habla de "manos humanas" y si se trata de una cuestión que tiene que ver con la selección sexual, me imagino que habrá diferencias. No lo sé.


Cada uno vive de su campo, desde luego, y se trata de elaborar teorías para ser discutidas por el resto de los colegas. Así funciona la Ciencia. No funcionan así, en cambio, muchos periódicos que lanzan desde sus páginas —ya sea desde la primera o desde las secciones de Ciencia— lo que recogen con la simple intención de obtener un titular que arrastre. Lo que no hace el científico, lo hace el periódico.
Hay temas que son recibidos de forma especial por la sociedad y de los que algunos pueden sacar consecuencias extrañas. Ha habido teorías que han tenido unas muy malas traducciones e interpretaciones en el plano social y político. Me refiero a temas como este de la violencia o la agresividad, pero también  otros que han llegado desde la genética o de la Sociobiología, por ejemplo, y han sido malinterpretados, en muchos casos, utilizados con plena intención. La agresividad es una cuestión compleja y hay que explicarla bien.

La mano no es solo el puño; es también la habilidad técnica, el gesto y la caricia, que también habrán pesado en su evolución. Tenemos más receptores de sensibilidad en la palma de las manos y en la punta de los dedos que en otras muchas zonas del cuerpo porque es un órgano de exploración de proximidad, que nos permite percibir las texturas, la temperatura. Pero esos no son campos en los que trabaja el profesor Carrier.
Puede que algunos saquen la conclusión que si "la mano humana evolucionó para dar puñetazos", como afirma El Mundo, el dedo índice haya evolucionado para apretar el gatillo de las armas que fabricamos. Y que todo ello, claro, está al servicio de la expansión del ADN. 
Presentar periodísticamente el "puñetazo" como un avance evolutivo es francamente reaccionario e inexacto ya que ahora mismo no es precisamente el medio más frecuente para conseguir pareja. Sí, en cambio, lo es para perderla. Eso sí que es progreso, que es diferente a la evolución. La violencia forma parte de la naturaleza y de la cultura; lo importante es como se acoge una en otra. En eso los seres humanos, aunque no siempre lo conseguimos, tratamos de mejorar. Si la mano es eficaz en el golpe, es la mente la que elige cómo, por qué, cuándo y a quién, todas ellas preguntas culturales. Esa es la verdadera evolución que nos ha guiado, la de no tener que usar los puños para todo. La mano abierta o el apretón de manos son signos de que no solo es la agresividad lo que nos dirige.

* "La mano humana evolucionó para dar puñetazos" El Mundo EFE 20/12/2012 http://www.elmundo.es/elmundo/2012/12/20/ciencia/1356001649.html?a=cfe400fe031bfbd5c2f2ab64830c6f50&t=1356061489&numero=
** "FIGHTING SHAPED HUMAN HANDS" http://jeb.biologists.org/content/216/2/i.1 doi: 10.1242/​jeb.083725 January 15, 2013 J Exp Biol 216, i.
*** Michael H. Morgan1 and David R. Carrier: "Protective buttressing of the human fist and the evolution of hominin hands" The Journal of Experimental Biology http://jeb.biologists.org/content/216/2/236