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domingo, 25 de mayo de 2025

La gestión de lo posible

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

El artículo en 5 días de Manme Guerra lleva por título "Asumir que las divas también pierden o cómo digerir un fracaso"*, lo que es muy bonito cuando ya ha pasado la tormenta, al menos en parte.

Lo ocurrido este año con el Festival de Eurovisión ha sido tirando a raro y la prueba es que sus efectos  todavía colean. El texto hace referencia a que no hay que vender la piel del oso antes de cazarlo, por usar un dicho popular. La entradilla del texto ya nos advierte de lo malo que es eso: "Los expertos señalan que es importante ajustar las expectativas y defienden ver los reveses como una forma de aprender. Alertan del peligro tras el mensaje “si quieres, puedes”* ¿Los expertos en qué? ¿No serán los que han hecho de la creación de expectativas su arte previo a la segunda fase, la gestión del desengaño?

En una sociedad mediática, la gestión de expectativas, la generación ilusiones, va en una fase previa a la gestión de desengaños. Teniendo en cuenta que todos "pueden ganar", pero que solo uno lo hará, el paso final es ajustar las expectativas creadas a los resultados finalmente obtenidos. La pregunta que se nos hace es cómo pasar de un estado a otro sin que se produzca una enorme frustración. Es decir, como señala el título, "cómo digerir un fracaso". No en vano, el texto viene con una etiqueta: "psicología".

Esta cuestión no es baladí; de hecho formaba parte del aprendizaje de la vida y a que esta no era vista como un camino de éxitos, sino más bien al contrario, como un "camino de lágrimas", con alguna que otra alegría esporádica


Cómo hemos pasado a normalizar el éxito tiene mucho que ver con los remedios que nos venden a diario, remedios capaces de cambiar nuestra vida en segundos, al menos en la teoría.

Hay que reconocer que este año en Eurovisión la distancia entre lo esperado y lo obtenido ha sido mucha. De esa esperada victoria al puesto "24", antepenúltimo, se ha generado no solo "frustración", sino irritación.

Las "explicaciones" del fracaso van de teorías conspiratorias a la mala elección de la canción, como señala una lituana (así, sin más) en 20minutos

Se insiste también mucho en los apoyos necesarios para poder superar la situación y en la entereza de la cantante.

No se insiste demasiado, en cambio, en la corriente ganadora creada para obtener lo que se buscaba realmente, el entusiasmo del público, que este se sintiera necesario y diera  prácticamente por hecho el triunfo de la cantante española. ¿Se le pasó a alguien por la cabeza que pudiera no ser así? Estas cosas se resuelven y olvidan hacia la mitad de la tabla clasificatoria, pero el antepenúltimo puesto no depara muchos enjuagues. Es una bofetada contra la dura realidad.

Las teorías conspiratorias permiten un mayor margen, aunque no vayan más allá. La dirección del Festival no va a admitir nunca lo extraño que haya podido ocurrir y permite así ajustar el resultado y reducir la frustración. La imaginación funciona.

Sin embargo, deberíamos aprender algo: a no crear falsas expectativas. Es difícil porque es probable que el "mal resultado" haya generado aspectos positivos, como reacción de las audiencias. En el fondo, es de lo que se trata, de atraer la atención.

El año que viene, Melody será invocada; se recordarán las injusticias cometidas hoy y se planteará una revancha justiciera. Esta vez, ¡Europa, te vas a enterar! Estaremos de nuevo subidos al carro de las expectativas, pero ¿habremos aprendido a gestionar los fracasos?

* Manme Guerra "Asumir que las divas también pierden o cómo digerir un fracaso" 5días 25/05/2025 https://cincodias.elpais.com/fortunas/2025-05-25/asumir-que-las-divas-tambien-pierden-o-como-digerir-un-fracaso.html

lunes, 10 de septiembre de 2012

Educación

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
¿Por qué gastar en formar ingenieros cuando solo necesitamos peones, vendedores y, ahora, croupiers?, es la pregunta que algunos se hacen con completa naturalidad. ¿Por qué "sobreeducarse", con el gasto que supone? Contemplar la educación como "inversión" y no como "formación" supone planteamientos de este tipo.
En España el fenómeno "utilitarista" se agrava por el alto paro juvenil que lleva a los dos extremos, al abandono educativo, por un lado, y a la acumulación de conocimientos en un intento desesperado por mejorar las posibilidades laborales, por otro. Esto no ha hecho más que acabar por convertir la educación en una "industria cultural" que vive de la frustración laboral más que de metas de mejora social y personal. También aquí se ha pecado de falta de miras. Especialmente aquí.
La idea aberrante de un "exceso de conocimiento" tiene una doble dimensión, la personal (la persona sabe más de lo que necesita) y la social (hay demasiadas personas que saben más de lo que necesitan). El concepto esencial aquí es el de "necesidad" ya que no es absoluto, sino relativo a la oferta de trabajo disponible en la sociedad en que se vive. Si el modelo socioeconómico es de bajo perfil, como ocurre con nuestros "motores" turístico y del ladrillo, comienzan a producirse el abandono o fracaso por desmotivación y el abandono por emigración, dos formas de hartazgo social. El primero comprende que no necesita estudiar para los puestos de trabajo que le esperan en la vida, y el segundo entiende que jamás le van a ofrecer en su entorno el puesto al que aspira por su formación.

El énfasis puesto en la "educación" para salir de esta situación de crisis se convierte entonces en uno de los grandes tópicos recurrentes. Pero el éxodo de los buenos estudiantes es la prueba definitiva de que, si no se modifica  la oferta de empleo, la educación se vuelve "inútil" desde la perspectiva laboral, no desde la personal. Se produce entonces una pregunta sobre la causalidad del fenómeno: ¿hay desempleo juvenil porque hay poca formación o hay poca formación (abandono, fracaso, bajo rendimiento) porque hay demasiado desempleo juvenil y una mala oferta laboral? La respuesta que demos es la que permitirá una eficaz estrategia.

El aumento del precio de la educación tiene, en este sentido, un doble impacto negativo que se debería haber tratado de evitar o limitar al máximo: no solo repercute sobre el sector más castigado por el paro, los jóvenes (y sus familias, también castigadas, porque son quienes les financian), sino que se les condena finalmente a entrar en el bajo perfil formativo que la pobre oferta laboral existente reclama. Menos educación y más cara; menos y peor educados y más baratos.
Con la educación ocurre como con la "sanidad": una parte se contempla como "necesitada" de ahorro en el gasto, reduciéndose, mientras que otra deriva en negocio ampliándose. Igualmente, hay una educación que se trata de reducir al mínimo gasto posible, mientras se crea el lucrativo negocio educativo de la ampliación o mejora de la formación. La educación pública está entrando en este juego encareciendo los niveles superiores. Desde la perspectiva de los precios, se tiende a subirlos considerando que mientras exista una diferencia sustancial con los de la enseñanza privada, el mercado tendrá que aguantar. Que la enseñanza pública suba sus precios beneficia a la privada, ya que quien tenga que elegir verá reducidos los márgenes de diferencia para su elección.

Toda actividad acaba generando sus propios intereses. El interés del sector educativo no es solo que otros aprendan. Se "enseña" también para que la maquinaria educativa pueda seguir funcionando.
En función de las presiones por la situación crítica por los recursos escasos, los intereses sectoriales pueden pasar a ser los decisivos por encima, incluso, de los generales. Por poner un ejemplo claro: los planes de estudios de una carrera pueden reflejar con más claridad los intereses de los departamentos universitarios, que los de los alumnos que los van a cursar. No es políticamente correcto decirlo, pero lo vemos todos los días. Tampoco es correcto decir que los dentistas viven de los malos hábitos de la mayoría de sus pacientes o que los ayuntamientos viven de las multas, pero es así. Ocurre en todos los sectores, no solo en la educación; los intereses profesionales tienen su peso y acaban dibujando el terreno y creando las reglas del juego.
En declaraciones aparecidas en La Vanguardia de la Consejera de Educación de la Generalitat catalana, Irene Rigau

[...] ha subrayado la importancia de los estudios "postobligatorios" para poder encontrar un trabajo. A su juicio, "un 85 por ciento de la población futura necesita estudios postobligatorios" para poder incorporarse al mercado laboral.*


La primera respuesta que le dan los lectores por medio de los comentarios es obvia: "¿Qué mercado laboral?". Suena a provocación o a tomadura de pelo. La falacia queda al descubierto cuando se habla de un ¡85%! de la "población futura" necesitada de educación "postobligatoria", concepto impreciso que manifiesta la vaciedad del discurso oficial sobre educación desconectado de las acciones sociales sobre el empleo. Se trata de poder mantener vivo al sector, de seguir captando alumnos estimulándolos con una oferta educativa que ha quedado desconectada de la laboral.
Es en la enseñanza no obligatoria en donde se pueden recaudar ingresos para mantener vivo el sistema. Esto es una obviedad que se camufla con discursos sobre una teórica necesidad inexistente, hoy por hoy, del empresariado en sus demandas de formación. Es una forma de estimular las matriculaciones para recaudar lo que no se logra con la enseñanza obligatoria y gratuita.


Los sociólogos nos hablan de un mundo sin trabajo, resultado de la globalización y de los automatismos. Solo acciones positivas, estímulos concretos, es decir, firme voluntad, remediarán los problemas de una sociedad que, dejada a sus fuerzas, tiende al máximo beneficio y no al máximo empleo, que es lo socialmente deseable. La alternativa es una sociedad feroz de diferencias brutales.
 

La educación es imprescindible para la mejora social y personal, pero no debemos confundirla con el "sistema educativo" que pasa a tener sus propias metas. En época de crisis puede perderse el sentido de la educación y confundir sus fines.
No puede recortarse o reducirse por un lado hablando de "sobreeducación" y ampliarse por otro hablando de "postobligatorio" y similares. Sobre todo si sirve para reducir o recortar la educación obligatoria y "gratuita" mientras que se fomenta un aumento de la que "se cobra".
La proliferación de especialistas y publicaciones sobre los problemas del sistema educativo es un síntoma de su "cronificación". No lo solucionamos, pero lo explicamos hasta el aburrimiento. A veces es más rentable.

* "Los alumnos aprobados suben un 10% gracias a la recuperación de septiembre" La Vanguardia 9/09/2012 http://www.lavanguardia.com/vida/20120909/54347457971/alumnos-aprobados-10-septiembre.html






miércoles, 28 de marzo de 2012

Principios, bonitos discursos y malas acciones

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Ha llegado el momento de hacer balance de los disturbios que asolaron zonas de Gran Bretaña en el pasado verano, ¿los recuerdan? Pillaje, violencia, cargas… Todo ello desatado tras la muerte por un disparo en el pecho de Mark Doggan, de 29 años, a manos de la Policía cuando iba a ser detenido. Las consecuencias desastrosas en muchos barrios de distintas ciudades británicas desató la polémica en la sociedad sobre las causas reales de tanta violencia. Ahora se presentan los resultados de la comisión de expertos que estudiaron la situación.
Hay que decir que no es fácil establecer causas, conexiones entre actos, de este tipo porque las motivaciones pueden ser muchas y distintas. El diario El mundo lo centra en sus titulares en el “fracaso escolar”: «El fracaso escolar fue una de las causas de los disturbios en Reino Unido este verano»*. Sin embargo, uno de los elementos más traumáticos para la sociedad fue descubrir entonces que muchos de los que habían participado en aquellos incidentes no tenían nada de fracasados o marginados escolares o sociales. Somos demasiado simples a lo hora de establecer conexiones porque la mayoría de ellas están predeterminadas por los tópicos. Y la realidad no es demasiado fácil de catalogar con este tipo de ideas repetidas que unas veces funcionan y muchas otras no.


En el artículo se habla del “medio millón de familias olvidadas”, de la ineficacia del gobierno para atender estos casos y de la necesidad de que cada uno tenga su lugar y finalidad en la sociedad. Esto implica una concepción  de la sociedad como un lugar ordenado que se desordena cuando no se mantienen las fuerzas de cohesión. No es tan sencillo, desde luego, porque supone que los mensajes sociales positivos mantienen el “orden”, mientras que su ausencia o los contrarios son los negativos. En su informe, los investigadores han señalado:

Los expertos apuntaron a las dificultades que encuentran los padres para educar a sus hijos, al "materialismo" imperante entre los jóvenes y a la falta de confianza en la policía como otras de las razones que explican los actos de vandalismo sucedidos el pasado verano.
El informe, para el que se entrevistó por teléfono a 1.200 personas que residen en las áreas más afectadas por los disturbios, señala que el deseo de poseer objetos "de marca" fue una de las principales motivaciones de los jóvenes que participaron en los altercados.*

No entenderemos los fenómenos si se sigue practicando la “alienización” de los jóvenes o de sectores de la sociedad. La edad es un criterio muy engañoso de división social y, sin embargo, cada vez recurrimos más a él. Probablemente esto se deba a que se nos han contagiado en demasía los criterios mercantiles de segmentación de mercados. La edad es un criterio básico para muchas divisiones sociales, algo que tiende a considerarlas como líneas estándar, como fronteras, cuando en realidad no funciona así.
Miramos a los jóvenes como si fueran otros (aliens), distintos cuando no son más que el reflejo del mundo que los adultos hacen para “ellos”. Hay un nosotros y un ellos, pero “ellos” son el estadio previo al “nosotros”. ¿Por qué esta distancia esencial cuando solo es temporal?
Cuando los expertos hablan del “materialismo” imperante entre los jóvenes, ¿a qué se refieren? Cuando los padres encuestados hablan del furor por conseguir con los saqueos las marcas conocidas, ¿están expresando ese “materialismo”? ¿Cuál es su origen?
Los que hayan visto la película musical West Side Story, recordarán el número “Gee, Officer Krupke”, en el que los jóvenes se ríen de las explicaciones habituales de los adultos sobre su comportamiento y se burlan del oficial de policía que les reprende y vigila permanentemente. Me imagino que seguirá siendo así.


El “fracaso escolar” no explica los acontecimientos ni las motivaciones que llevaron a ellos. Sirve para que se destine, en el mejor de los casos, dinero a paliar ciertas situaciones. Pero no es la solución porque el problema es mucho más amplio y tiene que ver con la sociedad que construimos y con los lazos que establecemos entre nosotros por encima de los discursos oficiales con los que nos gusta describirnos.
Lo primero es aceptar que esas personas no son otras cuando tienen cinco o seis años más. Pueden que cambien de hábitos, pero quizá no de principios porque son esos mismos principios los que se les están exigiendo después. Puede que educar, en el sentido que le estamos dando socialmente, no sea más que canalizar el deseo. Puede que haya una gran discordancia entre los discursos explícitos del sistema y los implícitos, entre lo que se dice y lo que realmente se hace.

La mayoría de los establecimientos que sufrieron actos de vandalismo durante la semana de los disturbios vendían prendas de ropa, zapatillas deportivas, teléfonos móviles y ordenadores.
"No es culpa de ninguna marca en particular, pero los niños y los jóvenes deben estar protegidos del 'marketing' excesivo", considera el informe, que subraya que los comercios locales deberían involucrarse en los problemas sociales de su zona y ayudar a atajar el problema del paro juvenil creando puestos de trabajo para los vecinos.

¿Es solo la educación lo que se interpone entre una persona y sus zapatillas favoritas? ¿Es la educación el freno del deseo y el fracaso escolar (educativo) el que lo demuestra negativamente? La idea del “marketing excesivo” oculta también la falta de principios de una sociedad que presiona a sus miembros desde su infancia. ¿Por qué no pensamos en términos de continuidad y lógica y suponemos que esas personas tratarán de llevar sus deseos como adultos por el mismo camino? Lo que empieza en con el deseo de unas zapatillas no tiene porque curarse con la edad, ¿o sí? ¿Por qué pensamos que los jóvenes son distintos de los adultos?
El profesor de Ciencia Política Hugh Heclo ha escrito:

Las mentiras, pensar en el corto plazo, el autobombo, el menosprecio del deber, la indiferencia hacia los fines más generales: todos estos son síntomas de un síndrome común que actúa socavando la confianza social y los valores institucionales. De nuestra memoria se desvanecen nombres de personas y de organizaciones concretas que son reemplazados al día siguiente por nuevas informaciones sobre escándalos y nuevos ejemplos de necia cortedad de miras. Tal vez no se reduzca todo a una carencia de pensamiento en clave institucional, pero un hilo común une buena parte de los ejemplos de conducta disfuncional que observamos en una tras otra de las esferas de la vida contemporánea. Ese hilo conductor es el de la desatención y la falta de respeto que muestran esas personas por los valores a largo plazo de la iniciativa o empresa de la que forman parte.
Esta forma de enfocar la vida es incluso exaltada como digna de loa y emulación. La cultura popular de hoy en día dedica amplísimas dosis de atención y dinero al poder estelar del éxito personal efímero. El mensaje es «Sé una celebridad o, de lo contrario, confórmate con quedarte marginado como cualquier otro obrero esclavizado». Igualmente, vivimos sometidos al asedio de una cultura de consumo que fomenta el interés por nuestra propia persona individual a corto plazo. Esta persona aparece caracterizada como un ser enclaustrado en una situación de necesidad continua, capaz de afirmarse solo mediante la adquisición de una serie siempre creciente de bienes materiales y simbólicos. Según el comentario de un crítico cultural [Jean Bethke-Elshtain], estamos ante «un yo estremecido y sentimental que se incomoda con mucha rapidez, porque tiene que sentirse bien consigo mismo en todo momento. Ni este yo ni ningún otro elabora buenos argumentos: son ellos mismos los que se validan los unos a los otros».

Ni Heclo ni Bethke-Elshtain está hablando de jóvenes. Lo están haciendo de la sociedad en su conjunto en la que se detecta ese estado centrado en el ego frente a lo institucional. Las instituciones funcionan porque funcionan las personas que las llevan. Se detecta una desconfianza institucional que se basa en el comportamiento de las personas a su frente, de ahí la importancia de la ejemplaridad además de la eficacia. Todos los días vemos las dimisiones por corrupción de ministros y presidentes de diversos países; procesamientos de empresarios o personas al frente de instituciones públicas o privadas. La gravedad de las causas puede diferir, pero el sentimiento es el mismo: el uso personal de la institución y la indiferencia ante los demás. Por eso el desprestigio institucional se paga con el mayor crecimiento de los defectos del conjunto. Las instituciones no cumplen su función ejemplar, sino que la debilitan enseñando que no se puede confiar en ellas. La desconfianza de los jóvenes ante la Policía, señalada en el informe, se deriva de las actuaciones de la propia Policía. Y así se puede seguir institución tras institución.

El materialismo de los jóvenes no es diferente del materialismo de los adultos (los que han sido jóvenes no hace mucho). La “alienización” juvenil es un error perceptivo. Son los discursos oficiales los que se oponen a las descarnadas y descaradas respuestas que se obtienen cuando los expertos preguntan a los jóvenes sobre la motivación de sus acciones. Tendrán tiempo de aprender respuestas mucho más tranquilizadoras para el resto de la comunidad más adelante. Mientras pensemos que es un problema de la juventud y no un problema de la sociedad en su conjunto —de sus principios y fines— no se avanzará. A lo mejor tampoco interesa y todo esto no son más que efectos colaterales del egoísmo como motor social.

* “El fracaso escolar fue una de las causas de los disturbios en Reino Unido este verano”. El Mundo 28/03/2012 http://www.elmundo.es/elmundo/2012/03/28/internacional/1332891428.html

**  Hugh Heclo (2010): Pensar institucionalmente. Paidós, Barcelona, pp. 20-21.



lunes, 11 de julio de 2011

Aunque todo vaya mal, no se sienta fracasado

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

En La corrosión del carácter, Richard Sennett escribió:

El fracaso es el gran tabú moderno. La literatura popular está llena de recetas para triunfar, pero por lo general callan en lo que atañe a la cuestión de manejar el fracaso. Aceptar el fracaso, darle una forma y un lugar en la historia personal es algo que puede obsesionarnos internamente pero que rara vez se comenta con los demás. Preferimos refugiarnos en la seguridad de los clichés. Los campeones de los pobres lo hacen cuando intentan sustituir el lamento «He fracasado» por la fórmula supuestamente terapéutica «No, no has fracasado; eres una víctima». En este caso, como siempre que tenemos miedo de hablar directamente, la obsesión interna y la vergüenza se vuelven mayores. Si se dejan sin tratar, se resume en esta cruel sentencia interna: «No soy lo bastante bueno». (124)*

El fracaso no solo es una realidad, sino que es un gran negocio. Desde que Sennett publicó su libro en 1998, el fracaso ha aumentado su ya floreciente mercado. El sistema aprovecha los sentimientos a los que hace referencia Sennett —la culpa, la vergüenza…— y trata de sacar provecho de ellos ofreciéndote alternativas con las que gestionar tus estados de ánimo. El abanico es inagotable. Podemos sentirnos culpables de casi todo.
Los mecanismos psíquicos más efectivos para la manipulación son los que se derivan de la culpa. El mundo está lleno de personas a las que se les hace sentir culpables de su destino o del de los demás. Esto funciona en todos los niveles. Afecta a su renta, a su peso, a sus canas,… Al fracaso, la incapacidad de hacer lo que los demás o nosotros mismos hemos fijado, sigue el sentimiento de culpa por no haberlo logrado. No hay probablemente insulto más hiriente que el de ¡fracasado! Es un insulto que abarca desde la presidencia de las grandes empresas hasta la intimidad de los dormitorios.

 
Al ponderar tanto el éxito, nuestra sociedad incrementa los estragos del fracaso. La simple existencia de listas y rankings —una obsesión actual— implica el éxito de los que están en la cima y el fracaso de los que se encuentran en los puestos inferiores. La inhumanidad de la sociedad que estamos construyendo magnifica las distancias para que los triunfadores queden lo suficientemente alejados de los fracasados. La modestia ha dejado de ser una virtud desde el momento en el que podemos ser confundidos con un fracasado.
Del fracaso viven instituciones enteras y grandes negocios, como el creciente sector de la autoayuda. La autoayuda es la forma de intentar salir del fracaso sin tener que pasar por la vergüenza de solicitar apoyo a otros. Pedir ayuda ya es signo de debilidad y un síntoma más de porqué se ha fracasado. Las personas de éxito son las que escriben los libros de autoayuda, no quienes los compran. El aumento en cantidad y longitud de los estantes de estas secciones en los grandes almacenes y librerías es un signo preocupante del miedo al fracaso en nuestra sociedad.



Hay personas estigmatizadas, como hay países estigmatizados por el fracaso. Lo que está ocurriendo con Grecia y Portugal es un ejemplo de lo mismo, de la incapacidad de esos extraños entes impersonales llamados mercados o inversores —que somos nosotros mismos sin saberlo— de frenar su odio y sanciones al fracaso. El sistema necesita que unos vayan mal para que otros vayan bien. El mecanismo del fracaso es contagioso y se extiende como se están extendiendo los problemas de la deuda a los demás países, incluidos nosotros. Cuando desaparece el último de la lista, el penúltimo ocupa su lugar. Y sigue subiendo. El dominó del fracaso se pone en marcha.

Lo que Richard Sennett llama la “fórmula supuestamente terapéutica” consiste en pasar del fracaso, del cual es uno mismo responsable, a considerarse “víctima”, a responsabilizar a los demás. También los países pueden considerarse víctimas. Pero a diferencia de las personas, que pueden a llegar a hacer un examen medianamente consistente de las causas de su fracaso y superarlo, los países lo tienen un poco más complicado. En primer lugar, porque las causas que llevan al fracaso se pueden haber estado vendiendo hasta minutos antes como claves del éxito. La política tiene estas incongruencias al ser un arte que oscila entre los hechos y las palabras. A veces los hechos se quedan en palabras y a veces las palabras sirven para encubrir los hechos. Los principales obstáculos para la terapia del fracaso suelen ser los propios políticos ya que, al ser el resultado de sus errores, son incapaces de asumirlos y tienden a aplicar la mala terapia de la victimización. El auge del nacionalismo en muchos países es el contrapeso terapéutico de los fracasos. Se responsabiliza a los demás: terceros países, la inmigración… Es más fácil echar la culpa a otros que asumir los verdaderos errores. Hay que romper el tabú del que hablaba Sennett, el silencio que envuelve al fracaso. La mejor terapia es la sinceridad y el debate. Con el autoengaño, individual o colectivo, no se logra nada. Solo comprender los problemas lleva a las soluciones.
Probablemente los griegos, los portugueses, los irlandeses, nosotros mismos, no sabemos qué hemos hecho mal, pero nos señalan como fracasados y se empeñan en hacernos sentir culpables. Usted y yo hacemos lo mismo todos los días, pero el mundo se mueve en una dirección o en otra. No lo entendemos muy bien, pero unos días subes y otros bajas en las listas oficiales de países fracasados. Hay muchos que lo explican, pero muy pocos que lo solucionen.

* Richard Sennet (2011 11ªed.): La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. Anagrama, Madrid.