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lunes, 15 de enero de 2024

La tos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

"¡Una mascarilla, por favor, una mascarilla!" Quien se expresaba así de desesperada era una compañera de Facultad que realizaba su examen final en el aula junto a la mía. "¡Tengo un alumno en el examen que no para de toser! ¡Cómo se le ocurre venir así al examen!" Rebusqué en mi maletín y no encontré esas mascarillas. La mía la llevo en el bolsillo, pero una nueva habría tenido que ir al despacho. Mi compañera llamó por teléfono a otra que estaba en la Facultad y le subieron una. Puede verla en la puerta del aula, con su mascarilla puesta, a distancia suficiente, lejos de las toses, que yo escuchaba desde mi clase.

Ayer, en un descanso de la final de un torneo de Snooker, pusieron cuatro anuncios seguidos de remedios contra la tos. Creo que no hay mejor indicador de por dónde van las empresas del ramo: oferta a raudales de cualquier cosa que atenúa, calme, elimine la tos. Todos prometen aliviar los síntomas, ir directos al problema, etc. Me imagino que lo notarán en la Bolsa.

A diferencia de otros síntomas, la tos nos delata. Obviamente, la tos puede estar causada por diferentes males, pero esa tos que resuena y resuena, que nos hace volver la cabeza y alejarnos un poco o salir corriendo horrorizados, como era el caso de mi compañera de facultad, da igual cuál sea su origen —catarro, gripe con cualquier letra, Covid...—; simplemente, huimos lo más lejos posible.

Conozco personas que, en cualquiera de las oleadas de Covid, han seguido con la tos cuando otros síntomas ya habían desaparecido. La tos sigue y cuesta erradicarla. La tos, además, acaba agotando físicamente, es un esfuerzo que nos consume energía, nos impide descansar y acaba haciendo doler distintas partes del cuerpo.

Eva Cezón nos recuerda en su artículo de RTVE.es que "hemos olvidado mucho de lo aprendido en la pandemia". En el comienzo de su texto explica:

Personas tosiendo en el transporte público o imágenes de las urgencias saturadas. Estamos teniendo flashes de aquella pandemia que nos obligó a aislarnos y que nos vuelven a recordar que los virus de transmisión aérea, como es el caso del SARS-CoV-2 (causante del coronavirus) y la influenza (causante de la gripe A), conviven con nosotros y sobreviven de invierno a invierno.

Basta con ir en un autobús o a un bar para detectar algunos escenarios de los repuntes de contagios: espacios cerrados y mal ventilados. Cada vez que hablamos, tosemos o cantamos, exhalamos algo más que aire: esparcimos multitud de gotículas, pequeñas partículas de líquido de diferentes tamaños. Las más grandes caen al suelo, sin embargo, las más pequeñas, conocidas como aerosoles, permanecen más tiempo. Son gotitas tan pequeñas que por el poco peso que tienen se quedan dando vueltas en el aire hasta que se secan.

"Hay poca cantidad de virus por cada gotita, pero al estar tanto tiempo en el aire llegan muy lejos: ahí está el problema", explica la científica del CSIC, Margarita del Val, a RTVE.es.*

Esas "gotículas" son como los "pélets", como los "microplásticos" pero que nos contaminan esta vez el aire. Miramos mucho al mar, lo que está muy bien, pero nos olvidamos de que lo que necesitamos de continuo es el aire. Hemos estandarizado lo que es el "aire limpio" y nos olvidamos de que no solo tosemos, sino que estamos continuamente mandando el aire a otros. Respiramos un aire común.

La queja del artículo es precisamente ese olvido de la ventilación. Me dice una amiga que a sus hijos en la escuela les tienen con las ventanas abiertas en clase. Lo que pudiera ser considerado como "crueldad frigorífica" no es más que prevención. Hay que abrir ventanas, es cierto, pero habrá que tomar medidas para evitar que los niños vayan cayendo uno tras otro a golpe de enfriamiento. Y no es fácil controlar a los niños. Pero los adultos son otra cosa. No olvidar lo que hemos aprendido en esta época de frío significa  mantener corrientes de aire, ventilar, evitar que el aire se vaya acumulando con todo lo invisible que dejamos en él. Por eso la tos, esa tos escandalosa, nos recuerda que echamos al entorno respiratorio muchas cosas, algunas peligrosas.

En el texto se nos recuerda que los edificios que hoy consideramos que ahorran energía es porque son estancos, es decir, con muy poca ventilación. Puede que la factura energética sea menor y que consumamos menos, pero lo cierto es que aumenta otra factura, la de las enfermedades respiratorias.

Un estudio realizado por la Organización Mundial de la Salud detectó que los trabajadores en ambientes mal ventilados tienen un mayor riesgo de sufrir enfermedades respiratorias como asma y rinitis. También destacó que los que pasan largas horas en espacios interiores sin una buena ventilación pueden experimentar síntomas como fatiga, dolor de cabeza y mareo.

Esto es lo que se conoce como el síndrome del "edificio enfermo", el conjunto de sintomatologías y enfermedades originadas o estimuladas por la contaminación del aire en los espacios cerrados. Son contaminantes no solo microbiológicos, como los virus que se transportan por los aerosoles, también químicos procedentes de estufas, productos de limpieza, etc.

A pesar de que este síndrome puede presentarse en edificios de construcción antigua, su proporción es mayor en edificios de nueva construcción o rehabilitados, según apunta la organización. En el mundo, hasta un 30% de estas edificaciones se consideran "enfermas", según la OMS.*


 

No se puede tener todo, pero sí quizá buscar un equilibrio. La búsqueda de beneficio por parte de unos (los que construyen casas más pequeñas, con techos bajos) y de ahorro por parte de otros (menos gasto en calefacción) acaba teniendo sus efectos.

La ventilación era una de las cuatro medidas clave contra las enfermedades respiratorias contagiosas. Es muy sencillo: tenemos unos orificios por los que entra y sale el aire. Nos tragamos lo que otros echan y echamos lo nuestro a los demás. Si la cosa se complica con epidemias como las que padecemos, hay que tomar medidas, esas que se nos dice que olvidamos.

¿Qué es aprender de una crisis? Pues, en este caso, que arquitectos, constructoras, ayuntamientos, instituciones, etc. aprendan que se pueden hacer muchas cosas para mejorar la ventilación de los edificios y que la ventilación pueda realizarse de forma periódica. Aprender es saber cómo gestionar los lugares con grandes concentraciones de gente, como el transporte público, las aulas, estadios, etc.

Hemos hablado en estos días pasados del regreso de la mascarilla. Bienvenida sea. Por no recibir elementos que nos hagan enfermar o por no echárselos a otros, la ventilación es otra de esas cuatro medidas básicas (más la higiene y las vacunas). Del frío es más fácil protegerse que de aquello que hay en el aire si no ventilamos. 

La tos, detectada en los transportes públicos, en aulas, reuniones, hostelería, etc., es un aviso, una señal de alerta. Durante la pandemia nos enseñaron eso de toser sobre el antebrazo. Hoy eso nos parece insuficiente. La cantidad de anuncios y productos anti tos que se nos ofrecen en las emisiones televisivas nos confirma que "hay mercado". Mala señal. 

* Eva Cezón "La ventilación, tarea pendiente contra los virus respiratorios: "Hemos olvidado lo aprendido en la pandemia"" RTVE.es 13/01/2024 https://www.rtve.es/noticias/20240113/ventilacion-tarea-pendiente-virus-respiratorios/2470770.shtml


martes, 4 de enero de 2022

La soportable levedad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Si han declarado "vacuna" palabra del año 2021, tendrán que declarar "levedad" la del próximo. "Levedad" se expande a toda velocidad, a la misma de expansión de la pandemia. Todo se centra ya en la "levedad".

Es la levedad la que permite afrontar todo con otra mirada. La gente se lanza a luchar por las rebajas, a tomar las uvas con esa "soportable levedad" de la pandemia, que se ha transformado ante nuestros ojos y, lo que es más importante, ante los ojos de las administraciones que nos lanzan a una vida regida por la levedad de los síntomas. Esto es otra cosa, nos dicen con media sonrisa.

Hemos ido bajando el listón de nuestra percepción de la gravedad, ahora sustituida por la levedad, que justifica reducir las cuarentenas, ampliar las cifras del "semáforo-COVID", que te hagas el auto control y el auto diagnóstico entre otras muchas cosas. Hace muy poco presumíamos de nuestros "40 de incidencia"; todo iba bien. Pero todo "va bien" hasta que se tuerce y comienza a ir mal.


La tesis central es que aumenta la cantidad, pero desciende la gravedad. Pero la realidad es estadística: al aumentar los casos, también aumenta la cantidad de casos graves, que ya están llevando a las UCI a situaciones límites en su ocupación, y el número de muertes. 

Al aumentar los casos de contagio, aumentan también entre los servicios esenciales, incluidos los sanitarios, además de la Policía, los transportistas, los conductores de trenes... 

Están enfermos, sí, pero de forma leve. Las condiciones de las cuarentenas, por ello, se siguen reduciendo, con lo que se aumenta la expansión del virus en un claro círculo vicioso. ¿Dejarán de existir las cuarentenas a este ritmo? Teóricamente podría llegar si las condiciones se mantienen y se sigue con el criterio de la "levedad". Para que esto ocurra, reciben fuertes retoques cosméticos haciendo variar los números, las franjas, las definiciones, como las condiciones para definir "brote", etc.


Hoy se reúnen gobierno y comunidades autónomas para hablar del regreso a las aulas. Todos, ante la levedad por la vacunación de los docentes y que se está vacunando a los niños, apuestan por la presencialidad, que aumenta el riesgo de los contagios. Pero la levedad hará que sean más llevaderos los casos que se produzcan inevitablemente. Los informativos nos cuentan que si se declaran positivos en un aula, ya no se mantendrá en cuarentena al grupo, como antes, dada la levedad.


Nos informan también que en Cataluña no hará falta ir a un centro de salud, bastará con llamar a la farmacia para contarles el positivo y que ellos introducirán el dato en el sistema de Salud.

Me sorprende el énfasis en la presencialidad educativa porque precisamente muchos centros hicieron inversiones en sistemas de comunicación que permitieran la transmisión de las clases. Con los datos explosivos que tenemos hoy, sorprende esta rigidez del sistema que reduce bajas de profesores, deja al arbitrio del alumno cuándo sus síntomas son leves y que mantiene el grupo donde se han dado los contagios.

¿No va esto en contra de toda la estrategia anterior? ¿Es esto tan grande ya que no hay solución racional? ¿Es un "sálvese quien pueda" o un "salve la economía quien pueda", por decirlo con claridad?

La clave de todo, se nos repite una y otra vez como entrada de cualquier noticia, es la levedad de los casos, muchos de ellos asintomáticos. Pero pasar de una incidencia de 40 casos a una general de 2.300 y en determinadas comunidades —País Vasco y Navarra, Cataluña— a superar los 4.000 es algo que parecería necesitar de otro tipo de medidas.

Los noticiarios nos muestran las fiestas ilegales, los conciertos con flagrantes incumplimiento de las normas, las concentraciones callejeras, etc. No es solo que Ómicron sea más contagiosa, sino que nosotros, ante la levedad, parece que ya no le damos importancia a nada. Si la normalidad no viene a nosotros, nosotros iremos a la normalidad.

Los psicólogos y antropólogos nos explican en el reportaje de RTVE.es que se ha "cronificado" el aburrimiento y hablan de la "sociedad de la inmediatez", donde la gente no sabe cómo reaccionar ante las carencias. Eso nos descoloca, acostumbrados a tener todo disponible:

Esa percepción sobre el desasosiego generalizado la comparte también Alberto del Campo Tejedor, antropólogo e investigador de la Universidad Pablo de Olavide:

"Teníamos una enorme fe en el Estado, que siempre nos protege, y en la ciencia, pero esa fe se va minando cuando va pasando el tiempo. Nos estamos dando cuenta ahora de que llevamos casi dos años y la ciencia, el Estado, el dinero, el capital, no son capaces de controlar todas las contingencias. Esto, que es algo natural, parece que lo habíamos obviado (...) Vivimos en la sociedad de la inmediatez y de la impaciencia, y esa mirada la trasvasamos a otros ámbitos; requerimos soluciones inmediatas para todo y no tenerlas esta vez ha propiciado que la sociedad esté muy frustrada con la espera", señala.

Silvia Álava, psicóloga sanitaria y educativa, cree que esa frustración y esa fatiga se están "cronificando" en la sociedad y afirma que muchas personas están percibiendo la sexta ola como "un retroceso a la casilla de salida", aunque sepan que ha habido una mejoría respecto al año anterior por la vacunación y por el descenso de muertes: "Las Navidades han sido una puntillita más. Nos habíamos imaginado una Navidad distinta a la del año pasado y otra vez nos dan un mazazo que genera más frustración y que se suma al agotamiento ya acumulado". 

Los continuos vaivenes, unidos a la incertidumbre que provoca el "no ver la luz al final del túnel", añade Álava, "terminan pasando factura cuando no se tienen herramientas para gestionar las emociones". Por eso es tan importante, dice, que este 2022 se siga poniendo el foco en la salud mental y que se normalice entre la sociedad el pedir ayuda psicológica o psiquiátrica cuando sea necesario. * 



Es más fácil dar explicaciones que dar soluciones. ¿Perder la fe en el "Estado" y en la "Ciencia"? ¿Y por qué no en nosotros mismos, responsables al fin y al cabo? ¿Tiene la culpa la "ciencia" de los que se contagian en botellones, rebajas y fiestas de fin de año? La Ciencia puede salvar vidas, pero no corregir la estupidez o la inconsciencia.

El aumento de las vacunaciones y los test ante estas fiestas navideñas no han sido por un impulso de ciudadanía sino por el deseo de ir a fiestas, familiares o de otro tipo, para poder irse de vacaciones o que te dejaran entrar en algún sitio. Lo mismo ocurrió antes del verano para poder irse de vacaciones. Lo que se pedía a la Ciencia y al Estado no era seguridad, sino impunidad, no recibir el castigo del contagio por nuestra falta de prevención, por nuestro deseo de seguir con las rutinas, básicamente, de nuestro ocio. Puede salir a la calle y comprobarlo; está a la vista, si se quiere ver. 

Todo es una cadena, bajar las restricciones aumenta el número de casos y este aumento afecta proporcionalmente a los servicios básicos y a los demás trabajos, que se encuentran con que los casos de bajas se acumulan. La presión se dirige entonces a la reducción de las bajas laborales o cuarentenas, lo que aumenta el número de contagios. Es sencillo de entender. De la misma forma, aunque los niños estén vacunados, las interacciones expandirán el virus porque ya se deshace la cuarentena de cada miembro del grupo, manteniéndose unidos, por lo que aumentarán los contagios. La excusa es que la escuela se comportó como un "entorno seguro" anteriormente; pero lo hizo básicamente por cumplir las medidas que ahora se retiran. Entonces se invoca de nuevo la "levedad".


Finalmente, estas medidas no son "sanitarias", sino políticas. Cuando casi toda Europa, con cifras más bajas que nosotros, vuelve a las cuarentenas fuertes y a los cierres totales o parciales de sectores del ocio, se retrasa el regreso a las escuelas, imposición del teletrabajo (como en Francia), etc. aquí vamos en la dirección contraria. El argumento, claro está, es la levedad. Algunos se atreven a pronosticar el fin del coronavirus y ven signos de alivio tras las escandalosas cifras disparadas. Otros, sin decirlo, apuestan por el contagio general, pese a que nos avisan que se puede uno contagiar con los dos coronavirus dominantes. También de la llamada "flurona" (combinación de gripe, "flu", y coronavirus "ona"), que apenas aparecía hace un par de días en Israel, tenemos ya caso por España, por supuesto, leves.

Y desde Camerún, se nos avisa de una nueva variante, la "IHU", con 46 mutaciones y 37 deleciones** (pérdidas de fragmentos del ADN), según nos cuentan en Antena3. Todavía no se sabe en qué grupo, dentro de la escala de peligrosidad, hay que colocarla.  Esperemos que sea leve.


Uno puede entender muchas cosas, pero también la relación entre efectos  y causas y entre interacciones. Que todo esté saturado y haya que dejarlo bajo el criterio de afectados es bastante triste si es el resultado de una política errónea  previa. Por ahora se incorporan al sistema los farmacéuticos, luego serán otros cuando se produzcan las bajas en este sector. Es el resultado del crecimiento terrible de casos que, lógicamente, afectan a todos. Hablábamos del estrés sanitario, que se va trasladando a los sectores que quedan desbordados. Pronto será el sector educativo el que tenga que hacer cuarentenas más cortas y sustituir a los compañeros, por lo que aumentarán estrés y contagios al no hacer cuarentenas más que los alumnos que tengan determinados síntomas, quedando esto en manos de las familias, ya que se les pide que no vayan a los centros al estar saturados. Y así hasta el infinito. Todo leve, pero extenso. Y los que mueran, mala suerte.

La frustración de la que se nos habla, el aburrimiento crónico ante lo que tenemos por delante obedece a la forma de mostrar el futuro, lleno de metas a las que no se llega porque el mundo no cabe en nuestros deseos. En vez de fortalecernos ante nuestras debilidades, lo que hemos hecho es profundizar en ellas, lo que llaman en el texto el "corto plazo", es decir, todo va a terminar pronto, se va a acabar rápido, etc. Pero está claro que eso no funciona así y menos si no se ponen los medios para que ocurra, como en más inversión en Ciencia o en Sanidad. Ahora confiamos en la "levedad", que es como decir que no confiamos en lo que podemos hacer sin no que lo que nos pase sea lo menos malo posible. Con la idea de la levedad no vamos a ninguna parte porque contribuimos a la expansión del virus, a nuevas mutaciones y a una vacunación constante ante las nuevas variantes. Si este va a ser nuestro futuro, más vale que lo vayamos programando lo antes posible.

Lo que no tiene sentido es rechazar las medidas que sí han funcionado y para las que puede haber espacio suficiente por su aceptación parcial, como el teletrabajo varios días a la semana, por ejemplo, que reduce en parte los riesgos. Si en una oficina en vez de 15 hay 10 personas, mejor. 

Muchos hogares se adaptaron ya, de la misma forma que invirtieron en educación a distancia ampliando redes y dispositivos. El café para todos, sin embargo, parece ser la fórmula de la levedad. En este caso, el café es el virus leve, el contagio inevitable y por ello la lotería de las nuevas mutaciones y de las complicaciones mortales, que mientras no se conviertan en un "problema" asistencial, no importan demasiado. Desde luego, es jugar con fuego.

Es deseable una mejor, por supuesto, pero una mejora real. Cambiar las formas de medir o reducir las condiciones cuando el virus se está expandiendo de forma descontrolada no es lo más sensato. Puede que haya que tomar medidas, pero lo estamos haciendo a la contra de todos los países europeos. ¿Es solo leve en España, teniendo en cuenta lo que hacen en Europa? ¿Son nuestras nuevas medidas abrirlo todo ocurra lo que ocurra porque suponemos que todo será soportablemente leve? Lo que nos queda es comprobar en aulas, empresas, etc. que este plan funciona en términos sanitarios y sociales. Ojalá que sea así.


 

* Jessica Martín "2022, año III de la era COVID: las "mutaciones" de una sociedad "cansada del cansancio"" RTVE.es 03/01/2022 https://www.rtve.es/noticias/20220103/cansancio-sociedad-pandemia-2022/2245413.shtml

** "Detectan una nueva variante de coronavirus con 46 mutaciones y procedente de Camerún" Antena3 Noticias 3/01/2022 https://www.antena3.com/noticias/salud/detectan-nueva-variante-coronavirus-46-mutaciones-procedente-camerun_2022010361d33c04bda5150001bc842c.html

viernes, 15 de mayo de 2020

En busca del olfato y el gusto perdidos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Kirstie Brewer se hacía ayer una buena pregunta desde las páginas de la BBC: Coronavirus: Why hasn't the UK listed loss of smell as a symptom of Covid-19?"* Son muchos los cuestionamientos sobre la política del gobierno de Boris Johnson, pero este va un poco más allá y se refiere a un elemento importante: la determinación de los síntomas que pueden caracterizar a una enfermedad determinada. Podemos desconocer el funcionamiento o las causas de una enfermedad, pero siempre podremos identificar una serie de elementos y asociarlos con una enfermedad. Muchas veces no es sencillo —como ocurre en este caso— porque los síntomas se pueden identificar con otras enfermedades y aplicar medidas poco eficaces o hasta contraproducentes. El trabajo básico es, pues, identificar síntomas comunes para asociarlos con la enfermedad. Se trata de separar la infección de otras posibles, con algunos síntomas similares. Desde el punto exterior de la observación, una enfermedad es un conjunto de síntomas que se manifiestan. A veces, síntomas parecidos se pueden asociar a otras enfermedades, lo que lleva a debates para encontrar elementos más fiables en los cuadros.
Desde el principio se identificaron las fiebres altas y la tos seca como síntomas ante los cuales debíamos pedir ayuda, aislarnos y esperar a que se confirmara nuestra situación. La pérdida del olfato ha sido uno de esos síntomas que se han asociado con el COVID-19. Pero, nos cuenta Kirstie Brewer, en Reino Unido no lo han tenido tan claro:

Government advisers have been considering since March whether to include loss of smell among the criteria for deciding whether someone has Covid-19. Evidence that it is one of the symptoms is already strong and some scientists argue this is now an urgent step, as the lockdown is eased.
At first Dan, 23, dismissed his stuffy nose as hay fever, but when he couldn't taste his beans on toast, he began to worry he had come down with Covid-19.
"I thought something must be up so just to check I poured myself a strong glass of orange squash," says Dan, who works as a respiratory physiotherapist at a West Midlands hospital.
"I just couldn't taste that at all." He tried inhaling a nasal decongestant made with eucalyptus oil and menthol, but couldn't smell that either.
Dan worried that if he did have Covid-19, going into work might have serious consequences. But when he called the NHS helpline, 111, he was told there was no problem as he didn't have a cough or a high temperature.
"They were obviously reading off a script and they said, 'You're good to go back to work,' which I felt a bit funny about," Dan says. "To have suddenly lost my sense of smell and taste when I work with some patients who have coronavirus felt like too much of a coincidence."
Ignoring this advice, he began self-isolating, as did the rest of his family, including his mum, a podiatrist whose clients include vulnerable elderly people, and his sister, an intensive care nurse at a children's hospital.
Meanwhile Dan's manager arranged a coronavirus test for him - and a few days later it came back positive.
"Based on government advice alone, I would have been back at work, going from patient to patient and potentially giving them coronavirus," says Dan.
That was in April, just after the Easter bank holiday, but the advice from 111 and on the NHS website remains the same today. The website mentions only two symptoms, a high temperature and a new continuous cough.
This is frustrating for Ear Nose and Throat consultant Prof Claire Hopkins, president of the British Rhinological Society, who has been arguing for eight weeks that people suddenly losing their sense of smell should be told to self-isolate.*



El caso del no reconocimiento de la pérdida de gusto y olfato (ambos vinculados) con el COVID-19 plantea diversos interrogantes sobre la forma en que se establecen los criterios de identificación. Parece obvio que es menos frecuente la pérdida de esos dos sentidos que los de una fiebre alta o una tos seca, que pueden ser asociados con otras causas. Lo importante es que la pérdida parece ser uno de los síntomas más tempranos, aparece ante que los otros dos.
La reflexión de la persona citada en el caso merece recordarse: sin fiebre o tos, que son síntomas más visibles, le mandaron a trabajar. La tos y la fiebre se hacen más evidentes en un entorno, mientras que la pérdida de gusto y olfato no es identificable a menos que quien lo padece lo diga.


Esta pandemia está enseñando muchas cosas sobre las prioridades y los comportamientos. Se ha visto que determinados países han tomados ciertas prioridades frente a otros. Reino Unido entra en el grupo de que el contagio era "beneficioso", como se encargó de repetir su primer ministro Boris Johnson en las primeras etapas hasta que las estimaciones de los expertos le hicieron ver los riesgos de miles de muertos. El propio Johnson ha pagado en su cuerpo las consecuencias. Pero el mensaje que ha seguido transmitiendo (aunque de manera confusa, sacándole provecho los humoristas con su "go to work-don't go to work") ha seguido siendo hasta hace unos días: "a trabajar todo el que pueda", lo que no deja de ser una enorme ambigüedad frívola. 
¿Quiere decir que sigas trabajando hasta que no te tengas en pie? ¿Que mientras puedas trabajar debes seguir, pese a tener síntomas? ¿Significa que los asintomáticos deben ir al trabajo aunque contagien a los demás? ¿Qué quiere decir que "vaya a trabajar todo el que pueda"? ¿El que pueda trabajar y pueda contagiar qué debe hacer?
El artículo de la BBC señala

First results from the King's College coronavirus tracker app, published on 1 April, found that 59% of users testing positive for Covid-19 reported loss of smell or taste. The latest research from the same team, produced in collaboration with partners in Massachusetts and Nottingham and published in Nature Medicine, found that 65% of the more than 7,000 users of the app who had tested positive for Covid-19 reported loss of smell and taste, compared with just over a fifth of those who tested negative. This, the authors say, suggests that loss of smell - anosmia - is a stronger predictor of Covid-19 than fever.*



Si el primer síntoma en muchos casos, la pérdida de olor y sabor, se elimina como causa, ¿cuántas personas habrán sido infectadas antes de que se manifiesten los primeros síntomas "oficiales", aquellos que sí son reconocidos como causa para no ir al trabajo y aislarse? Una parte importante de la investigación se dirige precisamente a poder detectar lo antes posible los casos, por unas vías u otras. ¿Por qué eliminar en Reino Unido ese síntoma de los protocolos de detección?
El nuevo pacto social es claro: "yo me protejo y tú te proteges". Yo tomo medidas para no infectar y tú lo hace también. No puede ser "yo hago lo que  quiero porque soy libre", que es lo que se gritan los trumpistas armados en el estado de Michigan y en barrio de Salamanca de Madrid en las manifestaciones. Un concepto muy pobre y egoísta el que hace que tu libertad les cueste la vida a los demás. No es lo mismo la libertad de tirarse de un puente, que tirarse desde un puente con gente debajo; eso no es libertad, es asesinato. No es lo mismo "ser libre" que "ser libre de contaminar a otros". Se oyen muchas tonterías sobre el constitucionalismo y los derechos constitucionales últimamente.


Igualmente no es lo mismo "estar sano" que "no tener síntomas", como nos enseñan los asintomáticos claramente, pero también la BBC al mostrarnos cómo se elimina un síntoma importante en el protocolo.
En la BBC de ayer, con el titular "Coronavirus: How exposed is your job?", se hace una consideración que concuerda con lo dicho:

Millions of workers are doing their day jobs from makeshift set-ups in their living rooms and kitchens, while those in England who can't work from home are now encouraged to go back in if they can do so safely.
But how exposed to coronavirus might you be in your job? And how does that compare to others?
Data from the UK's Office for National Statistics, based on a US survey, puts into context the risk of exposure to disease, as well as the amount of close human contact workers had before social distancing and other safety measures were introduced.**

Cada uno puede ingresar su profesión o aproximada para saber qué riesgo tiene. La verdad es que es demasiado genérica e incurre en un error general: trabajar no es el riesgo, sino las condiciones del trabajo, que son muy diferentes incluso en las mismas profesiones, y además que el "trabajo" es un acto integral que incluye un factor determinante, los desplazamientos.
La obsesión con relacionar el trabajo con la enfermedad da una sensación de seguridad que es peligrosa. La enfermedad no es una cuestión "laboral", como caerse de un andamio, que se evita con redes o correas o poniéndose un casco. Es la combinación del movimiento, la distancia y las redes de contactos. Es este factor último, la relación con los otros (y con sus huellas), lo que determina el riesgo. Por eso el aislamiento es esencial y cuanto antes mejor. De ahí la gravedad de ignorar los síntomas tempranos, que nos llevaría a contaminar espacios al ser transmisores.
En la situación actual, la responsabilidad de las personas es tan alta como la de las instituciones. Pero son las instituciones las que deben orientar claramente para que los ciudadanos podamos seguir las pautas con la garantía de que son nuestras vidas las que les importan en primer término. Cuando se duda de cuál es la prioridad, malo.
La BBC publicaba  anteriormente en tan fecha temprana como el primero de abril sobre la relación entre la pérdida del olfato y el COVID-19 encontrada por investigadores británicos: "Coronavirus: Are loss of smell and taste key symptoms?" 1 de abril, por Michelle Roberts, editora de Salud. Sin embargo, la idea de poder trabajar, aunque fuera infectando gente era prioritaria en ese momento. Era a lo que se referían en el artículo de ayer, mes y medio después, muchos días, muchos contagios y muchos muertos.


Los que reclaman "libertad" la pueden vivir en su soledad o conjunta, pero que se mantengan a distancia de los que tienen un sentido más responsable o comunal. El no contagiarse es algo más que un derecho: es un deber desde el momento en el que vivimos en sociedad.
Se está importando desde la derecha populista norteamericana un concepto estúpido, agresivo e insolidario, que se califica de forma apropiada por el lucimiento de esvásticas entre sus propias banderas, de exhibición de biblias por carentes de caridad, etc. Recuerdo la petición de que los trabajadores pasaran sus cuarentenas en las fábricas, que fueran confinados unos y otros porque la economía debía continuar. De esta forma, se argüía, no se para la economía, viven igual de hacinados y mantienen sus puestos de trabajo. El que no es bueno es porque no quiere.
Usted puede mirar en la BBC los riesgos de su profesión, pero los riesgos son los de sus compañeros, clientes o proveedores. Este riesgo es en los dos sentidos. Por grande o pequeña que sea mi oficina, tienda o departamento, lo importante es que los que pasan por allí confíen en que yo tomo medidas y que ellos las tomen es importante para mí. Por eso hay tanta irritación por el hecho de que los que no han tenido más remedio que jugarse la vida por nosotros debido a sus profesiones de primera y segunda línea no hayan podido contar con el material adecuado y suficiente. Eso estará siempre en el haber negativo de los responsables irresponsables, que los tenemos de todos los colores y discursos.
13 de abril 2020

Nada hay peor que el egoísmo del irresponsable. Nada es más infame que disfrazarlo de libertad y envolverlo con bellas palabras o banderas para ocultarlo. El COVID-19 nos hace oscilar pendularmente entre el drama y el vodevil, entre la tragedia humana y la astracanada, entre lo ejemplar y el tartufismo. Deja al descubierto la nobleza y, a la vez, las bajezas infames del egoísmo.



* Kirstie Brewer "Coronavirus: Why hasn't the UK listed loss of smell as a symptom of Covid-19?" BBC 14/05/2020  https://www.bbc.com/news/stories-52638382
** "Coronavirus: How exposed is your job?" BBC 14/05/2020 https://www.bbc.com/news/uk-52637008


26 de marzo 2020