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miércoles, 1 de julio de 2026

El país falsamente feliz

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Mientras los políticos venden sus cifras de eficiencia y felicidad, existen otras que van en sentido contrario. El que está arriba defiende una imagen irreal de bienestar, macro cifras, que poco tiene que ver con lo que se percibe en el día a día personal. Se defienden altas cifras de empleo, pero se silencia la poca estabilidad del empleo, una fuente constante de angustia. Lo mismo ocurre con las cifras sobre vivienda, que nos hablan de la imposibilidad de emancipación de los jóvenes, de las reducciones de las familias, alojadas en pisos pequeños, etc.

Durante décadas hemos repetido eslóganes como que "en España se vive mejor", "se vive como en ningún sitio", que "nos eligen para vivir porque somos los mejores" y otros del mismo tono. Pero más allá está la realidad, bastante diferente.

En 20minutos leemos el titular "La salud mental de los españoles empeora: un tercio considera que tiene ya algún tipo de trastorno", tras el que se nos describe otra realidad más cercana:

El bienestar psicológico de los españoles sigue empeorando y un tercio considera ya que tiene un trastorno de salud mental, la cuarta cifra más alta a nivel europeo, siendo la incertidumbre sobre el futuro, la inestabilidad financiera e inseguridad laboral y el malestar social y político los factores que más inciden. 

El VI Informe Mundial de Salud Mental de Axa presentado este martes refleja que la cifra de españoles que consideran que su salud mental está deteriorada ha pasado del 26% de 2023 al 31% en 2025 y al 33 % actual, porcentaje que solo superan en Europa Reino Unido, Irlanda y Turquía. Realizado por Ipsos con 19.000 participantes de 18 países -Tailandia, Suiza, China, México, Filipinas, EE. UU., Francia, Hong Kong, España, Alemania, Turquía, Bélgica, Irlanda, Italia, Brasil, Reino Unido, Corea del Sur y Japón-, el estudio clasifica la salud mental en cuatro niveles: floreciente, bien-tirando, languideciendo y luchando. 

Pese al empeoramiento, España, con 62,3 puntos sobre 100, se sitúa por encima de la media mundial (61,8). Tailandia, Suiza y China son los mejor posicionados, al contrario que japoneses, surcoreanos y británicos. El porcentaje de población española potencialmente afectada por depresión, ansiedad o estrés en niveles graves o extremos se mantiene en el 28%, ligeramente por encima de la media europea (27%), aunque la cifra se dispara al 42% en los jóvenes de 18 a 24 años y al 44% en los de 25 a 34. *

 

Uno puede sentirse hipocondriaco, pensar que se tienen enfermedades que no se tienen, pero en la cuestión de la salud mental es otra cosa. Considerar que se tiene un problema de salud mental ya es un indicador del problema. Las causas señaladas —"la incertidumbre sobre el futuro, la inestabilidad financiera e inseguridad laboral y el malestar social y político"— no son figuraciones, sino parte de la vida real, esa que los políticos tienden a ignorar porque supone su fracaso real.

La propia política está señalada como una de las causas del desequilibrio. La lucha entre partidos se han convertir en causa del problema ya que no incita a la esperanza sino que es una manipulación constante hacia la angustia, un choque entre visiones ideales y otras infernales, por decirlo así. ¿No deprime al ciudadano el contraste entre la situación propia y, por ejemplo, la corrupción reinante? La perspectiva de no haber esperanza no ayuda precisamente a creer en la solución de otros problemas que condicionan el día a día.

Los vínculos entre los trastornos psicológicos y esa realidad negativa no deberían ofrecer ninguna duda. Recuerdo un titular de hace un par de años que recogía las palabras de una muchacha: "Creo que si pudiera llegar fin de mes y tuviera un empleo estable seguro que no estaba tan deprimida". La lógica es aplastante. Si viviéramos mejor seríamos más felices. No hay misterio en ello. Pero la felicidad se ha convertido en un eslogan que poco tiene que ver con la realidad.

Pero la realidad es muy diferente a la que se nos vende cada día. Se nos dice, por ejemplo, que cuando uno se deja un bebé olvidado en un coche a cuarenta grados es que padece algún tipo de estrés que provoca el olvido. Ya le han puesto una etiqueta, lo que es un falso indicador de que entendemos las cosas, de que entendemos sus causas, lo que no es del todo cierto. Cada vez son más abundantes este tipo de situaciones vinculadas con el estrés laboral, familiar, etc.

No, no somos felices y, lo que es peor, se nos trata de convencer de que lo somos, de que no hay motivo de queja. La soledad se combate con grupos y asociaciones creadas para ello. Lo mismo ocurre con otro tipo de sensaciones negativas que se han tipificado y profesionalizado su tratamiento. Pero no se llega a sus causas, solo a sus efectos.

Entre las víctimas crecientes, los jóvenes, a quienes se priva de la visión de un futuro, de una esperanza, de un deseo de avanzar. Es la nada lo que ven por delante, la frustración, la angustia, mientras que se les induce al consumo. Son ellos los que más tienen que perder.

El crecimiento de las enfermedades mentales es una consecuencia lógica de esta falsa felicidad, de estas falsas seguridades que se nos ofrecen y que llevan a empleos parciales, a un mundo hipotecado en el que aceptamos la "lógica del mercado", que unos se hagan inmensamente ricos, mientras que otros no llegan a final de mes, solo trabajan algunos meses del año y no deben protestar ante lo poco que cobran, sino dar las gracias.

En la medida en que estas situaciones se van extendiendo y que pasan a ser consideradas normales y debemos felicitarnos por ellas, según nuestros dirigentes, crecen la angustia y el estrés. Es lo que nos indican las cifras, lo queramos ver o no.

Esta infelicidad tiene sus efectos en cadena, sus síntomas claros. Pero esa falsa felicidad que se nos vende no nos dejan ver el bosque de causas.

 

* "La salud mental de los españoles empeora: un tercio considera que tiene ya algún tipo de trastorno" 20minutos / EFE 30/06/2026 https://www.20minutos.es/salud/salud-mental-los-espanoles-empeora-un-tercio-considera-que-tiene-ya-algun-tipo-trastorno_7008859_0.html

lunes, 2 de octubre de 2023

Depresiones

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Me entero de que el primer domingo de octubre es el Día Europeo de la Depresión. Vivimos en un ruidoso y llamativo entorno que trata mostrar una artificial felicidad basada en el ocio, pero parece que esto no es suficiente.

En Antena 3 nos recuerdan el peso que esta enfermedad / estado tiene en el día a día del mundo:

 La Organización Mundial de la Salud se refiere a esta patología mental como la principal causa de discapacidad en todo el mundo. Se estima que una de cada cinco personas sufrirá depresión a lo largo de su vida. A nivel mundial, la depresión afecta ya a 300 millones de personas, lo que algunos ya consideran como una pandemia.

En España, alrededor de 2,1 millones de habitantes tienen un comportamiento depresivo y más de 200.000 españoles padecen una sintomatología depresiva grave.* 

La depresión tiene dos lados: el interno, con las condiciones biológicas, pero está también la influencia del exterior, el medio en que nos encontramos, la forma en que nos relacionamos con el mundo.

Curiosamente en todo el texto de Antena 3 no se refleja esa coincidencia de factores que hacen que no sintamos deprimidos. Es como si se quisiera dar la sensación de que el mundo funciona y que los que se encuentran deprimidos lo son por causas internas. Creo que esto no es demasiado correcto no diferenciarlos y hay muchas causas exteriores que van creando ese estado depresivo.

Conozco muchas personas que se encuentran deprimidas, al igual que conozco personas que son víctimas de estados de ansiedad. Ansiedad y depresión son las dos caras de la moneda del mundo actual. No arreglamos nada, sino que se recetan pastillas. España está a la cabeza del consumo de ansiolíticos, según cifras recientes.

Son muchas las cosas que inciden en estos estados peligrosos. En la información se nos dice que las probabilidades de suicidio aumentan con los estados depresivos graves. Ha aumentado el número de suicidios de jóvenes en estos tiempos.

En su artículo en la revista del INJUVE sobre la depresión en los jóvenes, la doctora Almudena García Alonso, de la Facultad de Psicología de la UCM, señala:

La depresión se trata de un trastorno psíquico, habitualmente recurrente, que causa una alteración del estado de ánimo de tipo depresivo ( tristeza ) a menudo acompañado de ansiedad, en el que pueden darse, además, otros síntomas psíquicos de inhibición, sensación de vacío y desinterés general, disminución de la comunicación y del contacto social, alteraciones del apetito y el sueño (insomnio tardío) agitación o enlentecimiento psicomotor, sentimientos de culpa y de incapacidad, ideas de muerte e incluso intento de suicidio, etc. así como síntomas somáticos diversos.

Hollon y Beck (1979), definen la depresión como el síndrome en el que interactúan diversas modalidades: somática, afectiva, conductual y cognitiva. Considerando que las distorsiones cognitivas en el análisis y procesamiento de la información, son la causa principal del desorden a partir del cual se desatan los componentes restantes.

Para algunos autores, los síntomas de la depresión en el adolescente son: aburrimiento, fatiga, nerviosismo, falta de concentración, llamadas de atención, conducta sexual anárquica, hipocondría y agresividad (Weiner, H.; Glaser, D.; Malmquist, C.P.) Toolan,  M.(1.996) sin embargo, se centra más en trastornos del comportamiento: desobediencias, faltas injustificadas a clase, cólera, fugas injustificadas, auto destructividad, tendencias masoquistas y predisposición a los accidentes, conceptos (agresividad, problemas escolares e inestabilidad) que ya citaba Bakwin, H. en 1.956. De todos modos, existe un infra diagnóstico de la depresión en la adolescencia, debido a la interpretación de la variabilidad de los estados de ánimo como cambios hormonales propios de esta etapa.**


Este carácter de "infra diagnóstico" es importante porque las consecuencias son graves y acaban produciéndose hechos violentos, trágicos o ambos a la vez.

Nos estamos acostumbrando a ignorar muchos de estos síntomas que los psicólogos y maestros de los centros apenas detectan, al igual que las familias. Ya sea porque piensan que son "cosas de la edad", ya porque los ignoren, lo cierto es que están ahí cada vez más presentes.

Muchos de esos síntomas los hemos visto descritos en artículos cuando ya había muy poco que hacer, cuando el mal se había producido, contra uno mismo o contra otros. El "demasiado tarde" es demasiado frecuente.

Deberíamos cambiar nuestro concepto de lo que es una sociedad que funciona, establecer algún tipo de parámetros que permitieran ser conscientes del ambiente negativo que se crea en los ambientes infantiles y juveniles. Algo falla.


Los adultos tampoco salen demasiado bien librados. Estamos haciendo una sociedad del "no es mi problema", que es altamente peligrosa. Hay demasiadas barreras y una enorme despreocupación. Somos una sociedad generosa en muchas cosas, pero también se da el extremo contrario.

Espero que este Día Europeo de la Depresión sirva para intentar hacernos conscientes del problema. Muchas veces es nuestra forma de tratar a otros, positiva o negativa, la que marca su estado. Unas palabras de apoyo, el sentir que le importas a alguien, es más importante de lo que pensamos. Deberíamos insistir en ello e informar de estas sencillas fórmulas que pueden salvar a muchos. Y hacernos más felices, algo que confundimos con matar el tiempo.

En el texto de Antena 3 se habla de la depresión como "pandemia", algo que parece claro.

* "Día Europeo de la Depresión: cómo luchar contra esta pandemia" Antena 3 Noticias 1/10/2023 https://www.antena3.com/noticias/salud/dia-europeo-depresion-como-luchar-esta-pandemia_202310016518efc81fb4a600013e1c8b.html

** Almudena García Alonso "La depresión en adolescentes" en "La salud mental de las personas jóvenes en España", Revista de Estudios de Juventud, nº 84 - Julio 2009 p. 85 INJUVE, Madrid.

domingo, 26 de septiembre de 2021

Humillados y deprimidos a la carta

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Creía que no lo había entendido bien, pero pronto me tranquilicé al leer que varias fuentes decían lo mismo. Me pareció que era una historia "justa", pero solo era una historia "legal". La diferencia entre lo legal y lo justo se aprende a base de injusticias y legalidades que las amparan, que son las formas en que se manifiestan estas situaciones.

Llego a esta historia a través de titulares engañosos por lo esperanzadores: en Antena 3 leí "El TSJ de Castilla y León considera accidente laboral la depresión causada por la bronca de un jefe" y en Cinco Días, donde fui a revisarlo, me encontré con "La justicia considera accidente laboral la depresión causada por una bronca del jefe".

Como llevo una temporada escuchando lamentos de muchos jóvenes sobre el trato que reciben por parte de jefes echa broncas, malhumorados, despectivos, despóticos, etc. no solo aquí sino en diversas partes del mundo, tanto en públicas como en privadas, etc., me sentí gratificado pensando que esa situación de acoso constante, fruto de un mercado que sabe que tiene cola de trabajadores esperando a ocupar un puesto por la mitad del salario, se veía compensada por algún "acto justo" que dijera "¡basta!" a esta escandalosa e inhumana situación que vive tanta gente cada día.

Pero ¡mi gozo en un pozo! Tuve que verlo varias veces e ir a la fuente original para comprender de qué se trataba. Así nos los cuentan en Antena 3:

 

El Tribunal Superior de Justicia (TSJ) de Castilla y León ha determinado que las amonestaciones laborales, lo que comúnmente se conoce como broncas de los jefes, pueden provocar una baja por accidente laboral. El Tribunal ha dado la razón a una trabajadora que estuvo un año con depresión tras recibir una carta de apercibimiento de Recursos Humanos.

La mujer en cuestión trabajaba como ayudante de producción en una empresa cárnica. Según relata la sentencia, no tenía buena relación con sus encargadas. La empresa recibió un correo electrónico de varios compañeros en los que se quejaban del trato de la mujer. Tras este mensaje, el director de Recursos Humanos le envió una carta en la que le pedía que cambiara su actitud, informa el diario 'Cinco Días'.

La misiva relataba que la trabajadora recriminaba habitualmente a sus compañeros por errores, usando un tono de voz elevado y palabras inadecuadas con ellos. "Esta actitud es percibida por sus compañeros como soberbia, altiva y, en ocasiones, agresiva, lo que genera en ellos sensación de inferioridad, temor y ansiedad, de tal forma que ven el trabajo como una situación estresante", decía la carta.

El fallo concluye que el comunicado que recibió la trabajadora fue el único "incidente crítico" que desencadenó el estado mental que le impidió acudir a su puesto durante la baja médica y la depresión que padecía.

Los magistrados han aplicado lo dispuesto en el apartado e) del artículo 156. 2 de la Ley General de la Seguridad Social sobre la denominada enfermedad de trabajo en este caso de depresión. Según la norma, la naturaleza profesional del accidente depende solo de que la patología sea consecuencia exclusiva y directa del trabajo.*



Sí, es lo que pone, no han leído mal. En resumen: una trabajadora que estaba todo el día machacando a sus compañeras recibe una bronca por carta de su empresa por el trato que da a otras empleadas y se deprime, por lo que se pasa un año de baja.

A gran escala, podríamos decir que  Adolf se deprimió cuando le afearon sus masacres y que los herederos piden indemnización por su suicidio, fruto de una depresión provocada por las habladurías y el empeño de los Aliados en que rectificara su actitud hacia los países europeos invadidos. Es ridículo, pero ilustrativo.

Según cuentan los medios, los tres días pasados desde la recepción de la carta de Recursos Humanos diciendo que dejara de tratar así a sus compañeros y la depresión es suficiente como para establecer las "cadena causal" que lo transforma en "enfermedad laboral", ya que fueron sus jefes los que la causaron.



La susodicha reclamó considerando que su baja de un año no era por su propia causa o debilidad, sino por la acción de los jefes, mientras que la empresa argumentó lo contrario. En el diario CincoDías nos dicen que

 

El tribunal castellano rechaza, en cambio, este criterio. En su opinión, la enfermedad de la trabajadora tuvo un origen profesional.

Para llegar a esta conclusión se apoya en el hecho de que la tarjeta amarilla que envió la empresa a la empleada en forma de carta de Recursos Humanos fue el principal y único motivo de su situación de ansiedad y posterior depresión. En este caso, argumentan los magistrados, no existía constancia de antecedentes psiquiátricos de la trabajadora, ni, tan siquiera, de tratamiento por enfermedades mentales o alteraciones patológicas previas. Tampoco se probó que existiesen otros factores externos al ámbito laboral que hubieran influido la baja, “o una personalidad de base que favorezca reacciones ansiosas”.

El único elemento desencadenante, concluyen los jueces, fue la comunicación empresarial mediante la que requerían a la trabajadora a modificar su comportamiento so pena de sufrir castigos disciplinarios. Este fue un “acto objetivamente susceptible de producir en su receptora una alteración del ánimo por sus eventuales efectos en un desarrollo ordinario de la relación laboral e, incluso, en su propia persistencia, que la trabajadora asumió de forma patológica en función de su capacidad de aceptación, responsabilización y autocontrol frente a la nueva situación creada”, certifican.

Lo decisivo, insisten, es que este hecho motivó la depresión de la trabajadora, con independencia de que la misma situación laboral “pueda causar incapacidad para unas personas y otras no, en función de su personalidad”. El informe de la Unidad de Seguridad y Salud Laboral de la Junta de Castilla y León así lo atestiguaba.

En consecuencia, el tribunal estima el recurso interpuesto por la trabajadora y revoca la sentencia del juzgado.

 


Si ya teníamos problemas para entender la Justicia —¡que Dios guarde muchos años!— lo tenemos un poquito más oscuro tras esta sentencia ejemplar en la que nos muestran la diferencia entre "lo legal" y "lo justo". ¿Consideran el Tribunal que el comportamiento agresivo de la empleada hacia sus compañeros, sus insultos y desprecios, son una forma de "normalidad", que el hecho de que no lo soportaran más y dieran parte de la situación forma parte de la "normalidad" psíquica y laboral? De ser así, ¡pobres de nosotros!

Sé que el Tribunal no quiere decir que ella haya actuado bien, sino solo que es una víctima de la carta, bien merecida, pero que ella se tomó con un berrinche que la deprimió un año.

Los criterios de "justo" y "legal", y de "normalidad laboral", las formas de trato, etc. se ponen patas arriba en este caso, que animará a ser despótico y a las empresas a cuidar de a quién le echan la bronca por maltratar a los demás, no vaya a ser que alguien se deprima. 

O hay cosas que no se nos dicen o sencillamente estamos consagrando el mundo al revés. El tribunal se limita a decir que es la carta de Recursos Humanos el desencadenante, pero no entra en más, lo que es una forma de reduccionismo laboral realmente peligrosa por los efectos secundarios que pueda tener. Si cualquiera que pueda ser reconvenido por el mal trato que da a otros se apunta a la depresión, el panorama será desolador dentro de poco. Los de Recursos Humanos tendrán que dejar de hacer lo que hacen porque este tipo de personas pueden caer en depresión. Quizá la solución hubiera sido que en vez de protestar por el trato recibido ante las instancias correspondientes se hubieran declarado todos en "depresión colectiva" para que quedara claro que el motivo de su depresión era la compañera bronquista.


En un sentido muy limitado, el Tribunal tiene razón, la causa de la depresión fue decirle que no podía seguir haciendo lo que estaba haciendo. Pero si tenemos un poco más de perspectiva el panorama que se nos muestra en empresas y fábricas, en los lugares de trabajo es bastante desolador. Es una queja constante allí donde vas. Hemos creado una sociedad en la que el maltrato, el acoso, la agresividad en los lugares de trabajo, se están imponiendo como algo que hay que aguantar, algo que va con el sueldo. No debería ser así.

El estrés que se genera, las enfermedades de todo tipo que producen, no son tan inmediatas como esos tres días para deprimirse en el caso. Hay gente que deja la depresión para el fin de semana porque los otros cinco días tiene que resistir y aceptar todo por sus responsabilidades y la necesidad de un puesto de trabajo. De eso se aprovechan muchos. Los jueces les han abierto un nuevo camino, la respuesta depresiva. ¡Gracias! A lo mejor consigue una indemnización por el daño causado con la reprimenda, que seguro que es el próximo paso legal una vez dado el primero.

En 2017, los medios recogían un caso en el que el maltrato de un jefe a un empleado se consideró como causante de una depresión y la consiguiente baja laboral. Por entonces, parece, eran los jefes los que eran responsables, pero en un sentido diferente. El nivel de broncas, según parece, ha descendido entre pares. Dicen que hay acoso laboral ascendente, descendente y horizontal. Aquí hay uno previo "horizontal" y algo que no se define más que desde la reacción psíquica de la "afectada", que le sentó fatal que le afearan su forma de tratar a sus compañeros.

Es curioso que las personas de piel tan sensible no lo sean para el trato con los demás. Pero eso, según parece, no está diagnosticado. 

 

2017


* "El TSJ de Castilla y León considera accidente laboral la depresión causada por la bronca de un jefe" Antena 3 Noticias

25/09/2021 https://www.antena3.com/noticias/economia/tsj-castilla-leon-considera-accidente-laboral-depresion-causada-bronca-jefe_20210925614f5bcc6cca8700017c01a5.html

** "La justicia considera accidente laboral la depresión causada por una bronca del jefe" CincoDías 25/09/2021 https://cincodias.elpais.com/cincodias/2021/09/23/legal/1632412440_800103.html

martes, 13 de julio de 2021

El "aspectismo" y la vida publicada

Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Vivimos en un mundo de pantallas e imágenes, de representaciones más que de realidades. Todo es ya mediación y el enfrentarnos a la realidad desnuda puede ser una experiencia demasiado frustrante cuando los estándares vienen del otro lado. De esta forma, cada vez nos es más difícil ser lo que somos y nos resulta más angustioso mostrarnos.

A ello contribuye un mundo donde ha aumentado la vulnerabilidad. Exponerse es algo real en los dos sentidos, el de mostrarse y el de arriesgarse. Los casos de acoso desde la más tierna infancia son ya un hecho. Cualquier elemento relacionado con el aspecto se vuelve peligroso si alguien decide que no le gusta y comienza una campaña contra ti a la que se pueden sumar miles de personas convertidas instantáneamente en jueces y verdugos, en tribunales implacables.

En The New York Times, el columnista David Brooks escribe sobre esta forma de condicionamiento con el artículo titulado "¿Por qué no hablamos de la discriminación contra los feos?", que comienza de esta manera:

 

Un gerente en Estados Unidos se sienta en su oficina y decide despedir a una mujer porque no le gusta su piel. Si la despide porque su piel es morena, a eso le llamamos racismo y tenemos un recurso legal contra eso. Si la despide porque su piel es femenina, a eso le llamamos sexismo y tenemos un recurso legal contra eso. Si la despide porque su piel tiene marcas y la encuentra poco atractiva, bueno, de eso no hablamos mucho y en casi todo el país no existe ningún recurso legal contra eso. 

Es desconcertante. Vivimos en una sociedad que aborrece la discriminación basada en muchas características. Y, sin embargo, una de las principales formas de discriminación es el aspectismo, el prejuicio contra lo poco atractivo. Y esto no recibe casi nada de atención ni genera mucha indignación. ¿Por qué?*

 


No le falta razón al hacerse esa pregunta. Quien dice la piel, dice el pelo o el vestido o cualquier otra circunstancia. Creo que es precisamente es aleatoriedad de las críticas a tu aspecto lo que establece su gran poder destructivo. En una sociedad que te juzga de forma permanente, tu mente se vuelve anticipativa, "cómo gustar" está en tu mente, te sientes como desfilando en una pasarela sin fin bajo las miradas atentas del resto de la humanidad.

Gran parte de nuestra vida se ha hecho pública o, si se prefiere, se convierte en "publicada". No existir en las redes sociales —el mayor monstruo devorador creado por la humanidad— es sencillamente no existir, especialmente para aquellas personas que necesitan llamar la atención y todos los que buscan estímulo por su inseguridad. Los segundos sufren más que los primeros. A muchos les encanta ser criticados —es una forma de llamar la atención— y se dedican a provocar. Están, por otro lado, los inseguros, los que cada día sienten que deben pasar una prueba ante el mundo y donde los comentarios negativos sobre su aspecto pueden ser un drama.

Es frecuente ya que muchas personas que llevan una vida publicada intensa se rebelen. Actores y actrices, gente popular por cualquier motivo, llegan a un día en el que dicen "¡basta!". Es el día en que hartos de ver cómo su vida es un espectáculo deciden romper la baraja y se muestran como son en la realidad, con todas sus imperfecciones. Esto es algo que suele tirar por la borda el trabajo de años, pero eligen entre vivir o mostrarse.

En estos días los medios han recogido la implantación en Noruega de una ley que establece la obligación de notificar que las fotografías publicadas han sido retocadas. En Antena3 se señalaba:

 

El Ministerio Noruego de Infancia e Igualdad de Noruega ha aprobado una ley que prohibirá a los influencers y a las marcas publicar imágenes promocionales retocadas sin antes incluir una etiqueta que determine que estas han pasado por un filtro o un programa de edición de fotografías.

Esta iniciativa tiene el objetivo de terminar con la publicidad engañosa y los estándares de belleza que tantos problemas de autoestima e inseguridades ocasionan entre los usuarios de las redes sociales y los contenidos publicitarios, generándoles expectativas irreales de lo que es la belleza.

Es por ello que, los creadores de contenido que quieran compartir fotografías retocadas con un filtro o un programa de edición tendrán que avisar de ello con una etiqueta que habilitará el gobierno noruego.

Pero hay que recalcar que no solo se aplicará en las publicaciones de las redes sociales, sino también se tendrá en cuenta en los carteles publicitarios que se muestran en ciudades, revistas, marquesinas, etc. Mientras que los ciudadanos de a pie podrán seguir utilizando los filtros.**

 


El aspectismo, tal como lo definía Brooks, como un prejuicio contra lo que no consideramos "bello", es una forma de establecer la irrealidad como norma reinante. Los modelos de belleza, que sirven a múltiples intereses, tienen detrás sus propios sectores que lo promueven. Por eso, la ley noruega se ha dirigido directamente a los influencers, una figura en la que se combina la propia exhibición como modelo que debe ser imitado.

Las críticas al aspecto esconden muchos intereses de sectores que se promocionan a través de estos canales personales trucados. La propuesta es absoluta; no seguirla significa estar del lado negativo y peligroso. Los propios seguidores actúan como jueces de todos aquellos que no siguen los modelos que ellos siguen, que se imponen temporalmente como valores centrales.

Obligar a señalar que las fotografías son irreales, que están trucadas es una forma de mostrar la trastienda de la propuesta, mostrar que eso se sustenta en la ocultación o manipulación. Es una forma de decir que esos modelos que queremos seguir no son realmente así, que solo se puede ser así "fotográficamente". Pero esta vida, por otro lado, no necesita ser real, solo mostrarse a los demás, por lo que el efecto de la ley noruega puede ser un paso, pero en modo alguno una victoria sobre esa ficcionalidad representativa que supone el autoprocesamiento de la imagen para ser (mostrarnos) ante los demás.

El columnista de The New York Times va más allá en su denuncia. El problema no es, señala, que no exista una Asociación Nacional de Feos que defienda el derecho a no ajustarse al canon establecido. David Brooks señala:

 

Mi respuesta general es que es muy difícil oponerse a los valores centrales de tu cultura incluso cuando se sabe que es lo correcto.

En las últimas décadas, las redes sociales, la meritocracia y la cultura de las celebridades se han fusionado para formar una cultura moderna que tiene valores casi paganos. Es decir, pone gran énfasis en la exhibición competitiva, los logros personales y en la idea de que la belleza física es una señal externa de belleza moral y valor en general.

La cultura pagana tiene cierto tipo de héroe ideal: aquellos genéticamente bien dotados en el ámbito atlético, en el de la inteligencia y en el de la belleza. Esta cultura percibe la obesidad como una debilidad moral y una señal de que estás en una clase social más baja.

Nuestra cultura pagana pone gran énfasis en el campo deportivo, la universidad y las pantallas de las redes sociales, donde la belleza, la fuerza y el coeficiente intelectual pueden exhibirse de la manera más impresionante.*

 


Coincido plenamente con este enfoque y en la "paganidad" señalada. Son valores, además, que carecen de empatía, que no perdonan la "debilidad", como vemos con frecuencia. El aspectismo tiene esa clara vertiente "supremacista" en la que se buscar apartar a aquellos que no son "estéticamente" compatibles con el modelo estándar. Esto se ha acrecentado en función del grado de presencia mediática que puedan tener las empresas o puestos. La necesidad de hacerse visibles conlleva la exigencia de ajustarse a los modelos.



La campaña contra la historiadora Mary Beard por su aspecto es una muestra clara de cómo actúa esta nueva intransigencia que exige la retirada de todo lo que no se ajuste a los nuevos cánones. Una especialista de prestigio mundial, gran comunicadora, parece ser demasiado para estos depuradores de las imágenes. Quieren que les hablen del mundo romano jóvenes atractivos. El rechazo  ha sido grande, pero muestra la obsesión aspectista.

Otro ejemplo. En estos días pasados, la dirección del Festival de Cine de Cannes ha tenido que llamar seriamente la atención a los asistentes:

 

El Festival de Cannes recordó el jueves a los asistentes que el porte de mascarilla es obligatorio en las salas, después de que en las redes sociales se difundieran imágenes de espectadores sin estas. 

«La mascarilla es la regla, la ley y la garantía de que el festival se realice hasta el final», dijo el delegado general del certamen, Thierry Frémaux, antes de una proyección. 

Desde el arranque del festival el martes, se observó que parte del público asiste a las sesiones sin mascarilla y este jueves empezaron a multiplicarse los comentarios de indignación en Twitter.**

 


Es un ejemplo de la inversión que se produce en esta "cultura pagana". La mascarilla evita ser identificado. ¿Qué sentido tiene ir al Festival si los demás no saben que eres tú? El prestigio de los festivales es para que te vean y no para ver tú. En realidad, el Festival —como otros— es el reflejo de la importancia de los asistentes más que el de las películas. No se va a ver sino a que te vean... y la mascarilla lo evita. Basta ver las miradas hacia cámara de los que entraban sin mascarilla para comprender que buscaban ese conectar con quien estaba al otro lado. Si se salían a mitad de película, probablemente no le importara a nadie. El momento de gloria es el posado en la alfombra roja y este no se puede hacer con mascarilla. Son los propios medios los que han creado este engendro de la alfombra. A muchos medios no les importan las películas sino los asistentes; de la misma forma que a muchos asistentes tampoco les importan las películas sino el ser vistos. El festival, por otro lado, aumenta su prestigio en función de los asistentes y de la cantidad de medios atraídos por los famosos.

El aspecto es esencial. Lo exterior es lo importante. Lo mismo ocurre en el campo de la música, donde la voz pasa a ser secundario en beneficio del aspecto y la moda que se muestra. A muchas de las grandes estrellas de la canción o intérpretes les habría ocurrido hoy lo mismo que a Mary Beard. Los dioses paganos musicales no tienen porqué cantar bien; les basta con tener buena imagen para ser convertidos en éxito. En esto la MTV transformó el panorama. Sí, como decía aquella profética canción "El vídeo mató a la estrella de la radio". Doy gracias a que cantantes como Ella Fitzgerald, por poner un ejemplo, naciera en una época en la que una cantante se valoraba por la voz más que por su figura, su vestido o su peinado.

Desde hace algún tiempo muchos medios muestran la obsesión aspectista consistente en mostrarnos el "antes y el después" de personajes famosos del mundo de la música, del cine, del deporte. La gracia consiste en mostrarnos cómo eran hace 10, 20 o 30 años personas conocidas. Es una muestra de ese malsano interés por el aspecto que los propios medios cultivan porque saben que es contemplado desde esa crítica social que da juego para el mundo de las pantallas. Las ediciones digitales han dado cabida a este mundo de la imagen comparativa por su propia economía, ya que es un recurso muy barato. Las colecciones de personajes enfrentados al efecto del paso del tiempo parecen privar del derecho a envejecer, a que tu cuerpo cambie, a que tu rostro refleje el paso de los años. Envejecer es tratado como una enfermedad o, peor, como una curiosidad sujeta a crítica. Recuerdo que me impactaron las palabras de una presentadora de televisión sobre el actor James Spaader, el protagonista y productor de la serie The Blacklist, un comentario despectivo sobre estar "gordo y calvo". A nadie parecieron importarle. Supongo que los buenos resultados de la serie le compensarán por estos comentarios. Pero no siempre es así.



Lo malo de todo esto son los efectos que tiene sobre muchas personas. Conozco a algunas que son irreconocibles en sus fotos de las redes sociales ya que todas sus fotos están trucadas. La baja autoestima por la presión que sienten les hace vivir con miedo a las burlas, los ataques o que a alguien ponga que una foto no les gusta.

Una alumna me pidió hace unos años hacerse una foto al término de la defensa de su Trabajo de Fin de Máster. Mi sorpresa grande fue al ver su foto publicada en Facebook. Yo era yo, pero ella había sustituido su rostro completo por el de un personaje de "manga". No quería mostrarse ella misma, aunque no quería renunciar a un recuerdo con su "profe". La foto real la conservaría alejada de las miradas; a los otros les deba una ficción protectora.

El problema tiene ya cierta trascendencia porque la vida publicada se extiende y por la actitud cada día más beligerante y osada de estos supremacistas del aspecto, vendedores de mundos retocados y perfectos. Se extienden también sus efectos gracias a la amplificación de redes y medios. La legislación de diversos países exige que se avise de las fotos retocadas, pero eso es solo una parte del problema. El problema real, a pie de calle, es precisamente el que exige que la gente esconda su imagen bajo retoques defensivos. Hay conexión entre ambos, pero no creo que reduzca el problema del acoso, de la discriminación por el aspecto en sus diversos niveles, del escolar al laboral pasando por el puramente personal.

El problema es esa "cultura de la paganidad" convertida en cultura del éxito, en la apariencia llevada al extremo de ley social, a autoritarismo que supone sobre la vida de los otros.

 


* David Brooks "¿Por qué no hablamos de la discriminación contra los feos?" The New York Times 6/07/2021 https://www.nytimes.com/es/2021/07/06/espanol/opinion/discriminacion-feos-belleza.html

** "Noruega prohibirá por ley los retoque de fotos sin avisar de influencers" Antena3 3/07/2021 https://www.antena3.com/noticias/tecnologia/noruega-prohibira-ley-retoque-fotos-avisar-influencers_2021070360e0bd6e1bebaa0001748622.html

** "El Festival de Cannes llama al orden: ‘La mascarilla es obligatoria’" La Razón / La Revista https://www.la-razon.com/la-revista/2021/07/08/el-festival-de-cannes-llama-al-orden-la-mascarilla-es-obligatoria/

martes, 31 de marzo de 2015

El silencio y el ruido o sobre la estigmatización de las enfermedades mentales

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El cambio de foco del interés informativo hacia el copiloto del avión de Germanwings hacía presagiar nuevos problemas. Ya lo advertimos aquí, que se corría el riesgo de poner las enfermedades mentales en el punto de mira. El artículo que hoy nos trae The New York Times es un aviso de lo que está ocurriendo:

An intense focus on the role of the co-pilot’s mental illness in the Germanwings jetliner crash has raised concerns that it risks unfairly stigmatizing millions of people with mental disorders and making it less likely they will seek treatment. That, in turn, could make it even harder to identify people working in high-risk professions who pose a threat to public safety.*


Un incidente de estas características en lógico que genere miedos e inseguridades. El efecto de la avalancha de informaciones sobre el piloto tiene ese efecto. Cuando subimos a un avión, tren, barco, coche o autobús, cualquier medio de transporte, damos por descontado que la persona que está al frente está en las condiciones necesarias para realizar su labor. Vemos técnicos y hangares en los que suponemos que esos aviones se revisan antes de que las personas que los pilotarán asuman el control. Desde ese momento contamos con su pericia. Forma parte del contrato mental de confianza que establecemos. Esa persona que está allí está cualificada y en perfectas condiciones. Lo mismo presumimos del taxista que no lleva o del juez que da una sentencia.
Después de cada accidente aéreo se suelen producir toda una serie de informaciones mediante las cuales se nos muestran las medidas que se toman y cómo ese conocimiento obtenido redundará en nuestra seguridad futura. Pero el caso del copiloto alemán tiene una serie de elementos novedosos que siembran el desconcierto. El recelo, como se nos dice en The New York Times, no afecta solo a los pilotos de aviones o conductores, sino que va más allá:

After the Newtown massacre in 2012, several states, including New York and Connecticut, changed their laws, broadening the circumstances under which mental health professionals can report a potentially violent patient without fear of legal repercussions. Under the New York law, they are required to report to local health officials those who are “likely to engage in conduct that would result in serious harm to themselves or others.”
But those laws remain controversial. And many mental health experts say that the tendency to link mass violence and mental disorders has a negative effect, discouraging people from seeking treatment.
“These kind of stories reinforce the anxiety, the doubts, the concerns that people have that ‘I have to keep my symptoms concealed at all costs,’ and that doesn’t benefit anyone,” said Ron Honberg, director of policy and legal affairs at the National Alliance on Mental Illness.*


Hasta el momento se ha hablado de la "depresión" como algo que mantiene a uno en su casa, tumbado en un sofá o en la cama, con un riesgo de suicidio en los casos más graves. Pero no con esta brutal manifestación del asesinato en masa. Cuando digo "visto" me refiero al estereotipo social de la enfermedad. Hasta el momento lo más frecuente era preguntarnos cómo no habíamos sido capaces de detectar una depresión que acababa en suicidio. Nos sentíamos responsables, nos llamábamos ciegos o insensibles. Pero la cuestión varía cuando el suicida se convierte en asesino y acaba con la vida de ciento cincuenta personas más. Entonces parece que el caso cambia de la ayuda a la prevención.

El argumento dado en  The New York Times expresa el miedo a que se retraigan las personas que padecen enfermedades mentales. No es una mera especulación y es de lo que están avisando los especialistas. Es el riesgo a que lo hecho en conseguir que la gente que siente los síntomas de la depresión acuda a buscar ayuda se pierda y vuelva otra vez al silencio y la ocultación con resultados desastrosos.
La forma en que tratamos las enfermedades dice mucho de nosotros como sociedad. La forma en la que tratamos a los enfermos es parte de esa respuesta. No me refiero a los tratamientos de los profesionales, sino a las actitudes sociales, muchas veces de una inmensa hipocresía.
The Huffington Post publicó en octubre pasado un impresionante relato por parte de una joven que había estado cinco veces tentada con la idea del suicidio, según escribía ella misma en las primeras líneas del artículo, titulado "On Living With Depression, and the Dangers of Our Culture of Silence". La joven Udoka Okafor había llegado a Canadá desde su hogar en Nigeria. Su artículo hace una descripción de la llegada al nuevo país y del estado en que pronto se encontró:

My mind and my thoughts were fragmented. They were divided between a desire to cope and a desire to escape it all, with such finality, as it seemed only suicide could provide. Depression is a black hole that sucks you in, faster and further, as the moments go by, until it seems as though your only means of escape, and ironically, your only means on self-preservation, at least on a mental level, is suicide. I started to cope with my depression the only way that the fifteen year old me knew how, through psychological self-abuse, cutting, and painkillers. I figured that if I make myself feel worthless to the point where my 'self' ceases to exist in a substantial way, I could finally find the courage to end my life.
My composure quickly deescalated, and my high school at the time, caught wind of this, and in retrospect, I think that they were quite overwhelmed and did not know how to respond. I was sent for a psychiatric evaluation, and I was foolish enough to trust them, to the point where I let one of my school mentors at the time sit through the evaluation with me. I was quickly sent for more psychiatric evaluations, where I was ultimately diagnosed with depression, and pegged as a danger to myself. I was sent to a psychiatric ward, where I spent the next two to three weeks.**


La experiencia no fue demasiado alentadora y tuvo el agravante de dejarla expuesta a las miradas de los demás como una "enferma". Ya no la veían a ella, sino a "su" enfermedad. Estamos haciendo una sociedad en la que nadie asume demasiadas responsabilidades y establecemos líneas para prevenir demandas antes que para ofrecer ayudas. Cada uno con su responsabilidad, cada uno con su seguro. Udoka Okafor pronto fue una incomodidad peligrosa para la escuela. Evidentemente, la persona afectada por la depresión vive todo esto como un incremento de sus pensamientos deprimidos.
La estancia en el hospital no le sirvió de mucho. Pero sí sirvió a la escuela para estigmatizarla aún más. Ya era una persona "que había sido ingresada"; ya estaba etiquetada.

After my time in the psychiatric ward, I returned to the overwhelming environment that is school, my depression still intact. I was finding it harder and harder to cope with everything, and my resolve was wearing very thin. The school was keeping a close, watchful eye on me, and to everyone, I became a spectacle, I was reduced to this 'thing' that could explode at any moment. I still remember the day I was called into the office of one of the teachers at the school, and I still remember everything, from how the office looked, to the condescending look in her eyes, to the harsh and unsympathetic tone in her voice, when the words exploded from her mouth, "you have become a liability, and the school is thinking about sending you back home."
Take a moment to think about those words for a moment. Think about what it means to tell a sixteen-year-old kid, who is frustratingly and profoundly depressed, that they are a liability, and that they are not worth fighting for. My sense of my own self-worth, which was not very high at the time, dissipated further. I truly did believe that I was a liability to everyone around me, that I was worthless. And, even till this day, when I look in the mirror, the reflection that stares back at me looks broken, fragmented, and worthless. Those words, that idea, it is not something that you ever truly get over. There would always be a creeping whisper at the back of your mind that is ready to pounce at you at any moment, and remind you that you are, and would always be a liability to everyone around you, and to yourself.**


El camino elegido por ella para intentar salir se estaba convirtiendo en el camino contrario. La estaban hundiendo más. Declararla como persona "pasiva" era la forma de quitarse de encima esa "responsabilidad" que nadie quería allí: ¡qué problema se nos abre si se nos suicida un alumno! ¡Y más si lo hace en la escuela!
La reflexión de Udoka Okafor es clara y contundente y va más allá de su caso personal:

When Robin Williams committed suicide, a whole discussion exploded about the issue of mental illness, and the dangers of a normalized silence on the issue, in society. However, it is not simply the case that society does not want to talk about mental illness. Rather, it is the case that, it goes further to, in some circumstances, criminalize mental illness. By labeling me a liability because of the erratic nature of my depression and wanting to send me back home, my school at the time successfully ostracized me from myself, imposed a broken image on me, made me believe that the broken image was who I was, and then went on to criminalize that image. But, this cannot be our response to mental illness, the actions of my high school cannot be a microcosm of how society responds to the issues of mental illness, and yet, it is.**


Creo que el proceso está descrito con la precisión del que sabe de lo que habla porque lo ha vivido. Hay suficientes elementos para reflexión en ese párrafo sobre la forma de abordar la cuestión y lo deficiente de nuestras respuestas sociales. El papel de los medios vuelve a ser esencial y hay que apelar al sentido de la responsabilidad y no en la atracción morbosa, como suele ser habitual en estos casos. Hay o debe haber un equilibrio entre el silencio y el grito, entre la información y el morbo sobre las enfermedades. Y más en en caso de las enfermedades mentales en las que se producen procesos de retroalimentación con las respuestas del exterior.
No sabemos cómo están viviendo millones de personas las informaciones sobre la depresión del copiloto del avión estrellado contra la ladera de los Alpes. Pero indudablemente les estará afectando. La depresión no es la mejor consejera, pero puede ser la única que tenga el deprimido. Aunque se diga que no se deben "estigmatizar" las enfermedades, el cambio de foco se ha centrado en ellas. Nuestra capacidad para construir generalizaciones hace el resto.


Habrá personas que se encierren y tengan miedo de comunicar sus depresiones por temor a ser consideradas potenciales criminales y que les ocurra, como a Udoka Okafor, que acaben interiorizando la imagen exterior que se tiene de ellos. Habrá para los que el caso sea un motivo más de depresión y de rechazo de sí mismos. Y habrá otros que tengan miedo de acabar haciendo cosas parecidas y busquen la ayuda que esperemos que sea mejor que la recibida por la joven nigeriana.
¿Cómo "salió" ella de la depresión? No salió; sigue luchando, pero luchar es lo importante. Como suele suceder en algunos casos: recibió el apoyo desinteresado de uno de sus profesores que no la vio como una responsabilidad del colegio sino como una persona necesitada de ayuda, de una persona que " not trivialize my pain, through silence, ostracism, and criminalization."** Hizo que encontrara cosas en las que creer y con las que disfrutar, la hizo confiar en ella misma y en todo su potencial, del que el artículo es una buena muestra. El artículo está dedicado a su profesor:

This article is dedicated to my English teacher, role model, mentor, and the most amazing friend that I have ever had, Mark. Thank you for seeing and cultivating the potential in me, when others around me thought that all I was, was a liability. I am forever in your debts, for literally, saving my life, whether you know it or not.**


La reducción de lo que somos a nuestro trabajo parece que conlleva las responsabilidades en la vida solo llegan hasta lo que dicen nuestros contratos. Hay mucha hipocresía en nuestra forma de entender la vida y en las formas de relacionarnos. Al final Udoka Okafor encontró una ayuda en quien consideraba que era una persona y no un "problema".
Criminalizar las enfermedades, las mentales o las físicas, no es el camino; lo hemos visto con nuestros casos de ébola y los miedos desatados. Puede ser otro efecto colateral del caso del avión. Puede que las víctimas de avión no sean las únicas y que se esté contribuyendo a agravar las depresiones de muchos.


* "Role of Illness in Germanwings Crash Raises Worry About Stigma" The New York Times 30/03/2015 http://www.nytimes.com/2015/03/31/world/europe/role-of-illness-in-germanwings-jet-crash-spurs-debate.html

** Udoka Okafor "On Living With Depression, and the Dangers of Our Culture of Silence" Huff Post The Blog  16/10/2014 http://www.huffingtonpost.com/udoka-okafor/on-living-with-depression_b_5980680.html