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miércoles, 4 de diciembre de 2019

Échale la culpa al centro

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El fuerte "castigo" caído sobre Ciudadanos está produciendo alguna que otra interpretación que creo que no se ajusta a la realidad y, lo que es peor, puede conducir a decisiones que se lamenten en el futuro sobre el mapa político español. Todo ello, creo, procede de la imposición de una estrategia interesada y falsa (pero que ha funcionado) sobre el mal llamado "bipartidismo" español.
Vayamos a algunos hechos de nuestra historia reciente. 1) La transformación política española que hace posible la "transición" del antiguo régimen franquista hasta la nueva democracia pasó por la creación de un "centro", que quien lideró el cambio entre una maraña de partidos, de izquierda y derecha, tanto "históricos" como de nueva creación. 2) el proceso que se desencadenó fue el de desaparición de partidos, por ambos lados del espectro, consolidando una derecha centrista, que en una segunda tanda se produjo por una nueva fusión (conservadores, liberales, demócrata-cristianos, etiquetas con un perfil ideológico claro), y una izquierda centrista que tuvo sus fusiones en dos bloques (centro izquierda, con socialdemócratas y socialistas, por un lado, y una izquierda ordenada alrededor de los comunistas y grupos político-sociales afines). 3) A estos hay que añadir el peso local de los grupos de corte nacionalista de ciertas autonomías, —Galicia, País Vasco y Cataluña—, también con su espectro más radical entre la derecha y la izquierda, con grupos cercanos al terrorismo en ocasiones. 4) El centro desaparece absorbido cuando se producen las alternancias del centro derecha y del centro izquierda (PSOE y PP). 5) La izquierda queda dividida, lo que produce un conflicto que les aleja del centro al ser cuestionada desde su propia izquierda, que gana peso acusando de "indefinición" o de "abandono" de sus causas sociales frente a la larga crisis económica española. 6) El centro izquierda, por temor a perder su electorado ante la presión de la "nueva izquierda" se aleja del centro. 7) El mismo fenómeno empieza a ocurrir como reacción a la radicalización de la izquierda por la derecha, por lo que surgen dos fenómenos consecutivos: primero la emergencia de un centro (Ciudadanos), como respuesta al endurecimiento de las políticas en la política de enfrentamientos, y la emergencia de un partido más radical por la derecha, Vox.


Esto es una simplificación, pero creo que el resultado final de esta lucha por la definición ha sido un mayor grado de radicalización en las posturas, que creo que es un fenómeno diferente. Quien lo ha pagado, como sabemos, ha sido precisamente el centro, con Ciudadanos, que como ocurrió con el primer centro español tras el protagonismo de la transición hasta la llegada de los gobiernos socialistas —de más de una década, recordemos— desapareció desmembrado por sus contradicciones y por el abandono de su propio espacio, del que fue desocupado por las fuerzas de ambos lados del espectro. Durante años, la fórmula política era que en España las elecciones se ganaban en el "centro", un espacio de moderación y estabilidad para el conjunto del país.


Los efectos de la desigualdad tras la crisis económica, los casos de corrupción sin resolver adecuadamente por los partidos y la crisis secesionista, principalmente, han dado lugar a un aumento considerable de la inestabilidad y de la ingobernabilidad. En vez de ir hacia el "centro" convergente y del diálogo, España se ha dirigido hacia los extremos y el fraccionamiento. Eso quiere decir que todos los grandes pierden fuerza, mientras que son los más radicales (derecha, izquierda y secesionismo) los que pasan a tener más poder del que realmente les han dado las urnas porque tienen la capacidad de ser llaves para el gobierno.


El drama histórico es la desaparición de una bisagra moderada —del centro, como los liberales en Inglaterra, por ejemplo— y la aparición de "bisagras radicales" ofreciendo ayudas envenenadas para una gobernabilidad que solo será un foco mayor de inestabilidad, produciendo una mayor radicalización por la derecha, como respuesta, y un fraccionamiento mayor por la izquierda, a la que se obliga a elegir entre un modelo nacional moderado y otros secesionista más radical por sus posiciones locales.
La cuestión está en saber si este mapa seguirá fragmentándose y radicalizándose con cada nueva elección y condenándonos a un futuro proceso de caos o si se producirá una nueva reorganización en torno a la moderación de un centro tripartito, desplazando la radicalidad a una periferia testimonial que pierda fuerza política.


La consecuencia de nuestras frivolidades políticas es la inestabilidad. Lo que tenemos por delante es más que oscuro y políticamente cainita al esconder procesos de intentos de recuperar el espacio perdido, el añorado tras los descensos de todos los grandes por el ataque de pirañas de los pequeños, que se han vuelto más poderosos.
Lo que está sobre la mesa no permite alegrías y lo que se propone solo llevará a nuevos enfrentamientos pues lo que se cuestiona tiene líneas rojas por todas partes. Crear turbulencias, como estrategia, en vez de avanzar hacia zonas estables y seguras, con acuerdos entre interlocutores razonables en planteamientos y en objetivos, es mejor que este clima de desmembramiento que vivimos hoy. Ningún acuerdo, por más que ofrezca un gobierno asegura la gobernabilidad. En este contexto, el hundimiento del centro es la peor señal y, además, el peor futuro ya que —como vemos— los dos partidos mayoritarios han perdido fuerza y temen perder más si se desplazan hacia el centro, al estar vigilados por los más radicales.
En España, el centro es necesario para recuperar una bisagra posible y no tener que recurrir al radicalismo que cuestiona el sistema desde diversos ángulos. Eso solo dará más enfrentamientos, crispación social y desvió de los problemas reales en beneficio de los problemas creados por los políticos y sus intereses partidistas.
No se puede pactar el gobierno de un país con los que quieren dividirlo porque te arrastrarán cuando consigan lo que quieren. Es de sentido común. Eso no es diálogo; es demagogia. No basta con "dialogar"; hay que construir un espacio posible con interlocutores posibles. Ese es el reto y no simplemente "sumar". Y es precisamente lo que no han sabido o querido hacer los políticos españoles en estos años. Han buscado "sus espacios", pero no "el espacio". Les ha preocupado más lo suyo que lo nuestro. Debemos —deben— cambiar esto.

martes, 2 de julio de 2019

Sin acuerdos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
No han tardado mucho. La gente ya está hablando de "bipartidismo" de otra manera y los cantos a la diversidad atomizada ya van teniendo tonalidad más trágica. Poco a poco, en tertulias y páginas, impresas o virtuales, la gente hace cuentas o simplemente mira el espectáculo. Lo sorprendente es la cantidad de pruebas que es necesario aportar para darse cuenta de algo tan obvio.
Este espectáculo de la negociación para pactos que te llevan a la tumba es lo suficientemente elocuente. Nuestros dirigentes descubren con horror que la única forma de sacar adelante sus resultados electorales es pactar con aquellos que te arrastrarán al fondo del abismo como en una película de terror de serie B, que es lo que más se parece a la situación actual.
De nuevo se abre el fantasma electoral... y es algo más que una forma de presión para llegar a un acuerdo. Pero, ¿cómo se llega a un acuerdo con fuerzas que han quedado deficitarias, como es el caso, del PSOE con Podemos, o que te arrastran a la tumba, como el PP con Vox? Queda, de forma patética, Ciudadanos, al que desde la izquierda acusan de no pactar y desde la derecha de querer quedarse con los votos.


Dividiendo la tarta en tantos trozos, los que menos tienen han conseguido, sin embargo, un enorme poder. Tienen lo que otros necesitan, produciéndose así una enorme distorsión del sentido del voto, amplificando lo que las urnas ha negado. A todo este jaleo, súmale los despropósitos en Cataluña.
Los pequeños de los extremos viven felices al saber que los grandes se encuentran con la paradoja de que no se pueden ir hacia la estabilidad de grandes números, sino hacia el torbellino contradictorio de los que quieren sacar tajada.
De hecho, el mal ejemplo ha cundido. Cuantos más partidos aparezca en escena, mejor para los que con muy poca inversión tienen la suerte de sacar poderoso brillo a sus miseria, pero tacita a tacita...
Ya aparecen encuestas, como la de El Mundo, sobre los estragos de la repetición de elecciones. El titular es elocuente tras la encuesta de Sigma-DOS:  "La repetición de elecciones hundiría a Ciudadanos y Vox".* Pero también lo son estos otros de El Mundo de hoy mismo, como "Vox hace en Murcia la primera demostración de su capacidad de bloqueo", "El equipo económico de Rajoy pide un "Gobierno de consenso"", "Vox condiciona su apoyo a Díaz Ayuso a que Cs firme un pacto a tres" (El País), "El desacuerdo entre Cs y Vox deja en el aire la investidura en Murcia" (El País), "Podemos denuncia el bloqueo parlamentario de Sánchez: «Están pasando cosas raras»" (ABC)... Podríamos seguir con todo tipo de noticias y perspectiva. Pero el origen de todo es lo mismo.


Desgraciadamente este panorama no se resuelve en unas horas porque es el resultado de muchos pequeños desajustes que ha ido dando forma a la política española. No hay estabilidad, como reclaman algunos desde los diarios, porque todo empuja en la dirección contraria.

Los partidos políticos se hacen para las elecciones y no debería ser así. Aprovechan, como se suele decir, las oportunidades o fallas del sistema para potenciar sus resultados. Lo que deberían hacer es estabilizar el sistema y no tratar de llegar a situaciones de todo o nada, como reflejan algunos de esos titulares citados y muchos otros. El ofrecimiento de pactos no busca estabilizar, sino alcanzar un poder traducido en asientos, puestos, posiciones en el sistema.
Los cantos al bipartidismo son un intento de poder respirar. Sin embargo, el bipartidismo no es bueno por sí mismo, necesita la flexibilidad interna que hoy no vemos en su exterior. Desde luego, "bipartidismo" no es lo mismo que "frentismo", que es la versión española. El primero trata de conseguir una estabilidad absorbiendo de forma flexible la diversidad política para alcanzar la estabilidad del estado. El segundo, en cambio, provoca inestabilidad radicalizando la situación, buscando crecer con ella. Sin embargo, lo que se consigue es precisamente lo contrario, como salta a la vista.
España es una democracia. El objetivo de los partidos debe ser la gobernabilidad, no el obstruccionismo como forma de hacer política. La obstrucción se produce cuando no hay grandes acuerdos y este efecto del frentismo lo recogen los minoritarios, que ven aumentada su fuerza ante el enfrentamiento de los grandes.
Parecía poco probable que se hablara de nuevas elecciones, pero ya se está haciendo. Puede que los grandes hayan pensado que es la mejor forma de deshacerse de los que les rodean ofreciendo sus votos y evitar así cuatro años de suspense diario. 
La decisión final la veremos pronto.



* "La repetición de elecciones hundiría a Ciudadanos y Vox" El Mundo 30/06/2029 https://www.elmundo.es/espana/2019/06/30/5d17a044fdddff5e138b4669.html







lunes, 10 de junio de 2019

El tremendismo político y los pactos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los que criticaban a lo que llamaban "bipartidismo" puede que se estén arrepintiendo. El panorama actual de la gobernabilidad o de su ausencia hace que muchos se preparen para una legislatura a la que habría que poner nombre como a los huracanes, tormentas tropicales y no sé qué desastres atmosféricos más. Los acuerdos a los que se pueda llegar no significan que duren para siempre, como cantaron Freddie Mercury y Montserrat Caballé, un buen himno para la política actual española.
Los politólogos deberían establecer algún principio teórico que vinculara la fragmentación de un electorado con la gobernabilidad o, si se prefiere, el número de partidos en liza para que la cosa funcione. Pero en principio se trata de ocupar el "poder", aunque luego no se pueda hacer nada.
La cuestión se complica mucho cuando tenemos nuestros tres niveles de poder: el central, el autonómico y los ayuntamientos, que se utilizan para el fuego cruzado de un nivel a otro. Esto implica, por ejemplo, que se haga oposición desde grandes ayuntamientos a los gobiernos autonómicos o desde las autonomías al gobierno central y desde allí a todos. Esto es una barbaridad.


El fraccionamiento se produce por cuando se dan dos circunstancias: la insatisfacción de electorado con el comportamiento de un partido y la escisión del partido por conflictos internos y desacuerdos.
Nos olvidamos a veces que tanto el PP como el PSOE son el resultado de procesos de integración de otros partidos. En el caso del PP hay dos procesos de fusión, primero los 7 partidos de la antigua Alianza Popular y luego los 3 que se integraron en la Coalición Popular. Por la izquierda, el PSOE acogió a diferentes partidos socialistas, como el que presidió Enrique Tierno Galván o el PSC, que sigue activo. Por su parte, Izquierda Unida ya reflejaba en su nombre lo que se había agrupado alrededor del Partido Comunista de España. En los partidos de las autonomías también se dieron procesos de unión bajo distintas fórmulas, como el caso de Convergencia y Unió.


Todo aquello se produjo por algo. Se hizo especialmente para hacer gobernable a España y por puro pragmatismo político, sumar fuerzas y simplificar opciones. El proceso actual va en dirección contraria, por lo que la complejidad de los pactos los hará mucho más inestables.
Pero la cuestión no acaba ahí. El hecho de que el abanico de posibilidades aumente nos hace aparecer nuevas tensiones internas. Los conflictos ya no son solo exteriores, sino que en el seno de los partidos existen los que son partidarias de pactar con unos, con otros, con ambos o con ninguno. Eso hace más complicada la situación. Si pensamos que, además, lo pactado en un sitio puede hacer aumentar la tensión por lo pactado en otro, el panorama que tenemos por delante es realmente complicado.
Hasta el puesto de "oposición" es disputado cuando no se tiene claro el resto. Alguna victoria hay que tener, aunque sea la de perdedor de primera, segunda o tercera categoría. Los que han sacado más votos dicen que han ganado, lo mismo que aquellos que tienen la llave del acceso al poder en determinados lugares.
Todo esto se complica más todavía por la existencia de vetos o, como se dice ahora, cinturones. Es ahí cuando entran los nuevos conflictos, como estamos viendo por la alcaldía de Barcelona, una pieza grande. Los límites de la elasticidad política existen. Los argumentos de por qué hacemos lo que hacemos no pueden cambiar demasiado de un lugar a otro.


La visceralidad del electorado, que ha sido calentado previamente, llevado a los límites es algo que hay que tener en cuenta. Es el resultado de la agitación para conseguir que el río esté revuelto. Al estar tan fraccionado el mapa, el electorado tiene muchas más facilidades para desplazarse de un grupo a otro y, por ello, más capacidad de presión para forzar o evitar pactos con quien no le guste.
En fin, un enorme lío. Las fuerzas centrífugas han creado un mapa complicado cuando más sencillo lo deberíamos tener, dada la naturaleza de nuestros problemas. La gobernabilidad es esencial para un país. 
Mucho me temo que hay mucho que aprender. El tremendismo era un estilo muy español, nuestra aportación al realismo exagerado. Pero siempre la exageración de los rasgos realistas puede hacer que sea el sentido de lo real lo que se pierda. Hoy muchos practican el tremendismo político. Las consecuencias es que el retrato resultante es difícil de manejar.







domingo, 9 de octubre de 2016

Cómo hundir un partido (y llevarse a todos por delante)

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
No hace mucho tiempo, en las redes sociales alguien hizo circular una observación: los diarios El País y El Mundo coincidían prácticamente en un titular responsabilizando a Pedro Sánchez de la situación de bloqueo gubernamental. Me llamó la atención la reacción de algunos: no existe periodismo independiente. Las conclusión era tan absurda que llamaba a la reflexión sobre cómo entendemos la política en España y hasta dónde nos llevan este tipo de interpretaciones.
Lo preocupante no es que se haya producido esta situación, que se ha producido en algunos otros países con diferentes efectos; lo realmente preocupante es cómo se interpreta y a qué conclusiones se llega. No se trata solo de tener un gobierno, sino de que se pueda gobernar, tarea que no será fácil.


Desde el 15-M, en un año, 2011, en el que medio planeta protestó —de El Cairo a Nueva York—, la política española quedó tocada. El movimiento ciudadano que salió a las calles lo hizo porque no le gustaba la situación del país ni las actitudes que veía en su clase política. Los políticos de los grandes partidos hicieron oídos sordos y algunos plantearon algunas posibles reformas que se quedaron en nada. La teoría de los políticos es que al "respetable" se le van olvidando las cosas. Otros, muy cuestionados entonces, como el nacionalismo catalán —recuerden el Parlament rodeado— decidieron tomar el toro por los cuernos y hace sonar todo tipo de reclamos para volver a poner al frente mediante la activación del proceso secesionista.


La medidas que se tomaron durante la crisis económica que estuvo a punto de terminar en intervención económica no eran gustosas para nadie y sirvieron para hacer llamamientos a comportarnos como Islandia (nada que ver nuestro caso con el suyo) o, peor, como Grecia. Lo que pasó después con Grecia demostró que ha sido mejor el camino que tomamos, por duro que fuera que el de prender fuego a la calles. El gobierno griego se tuvo que tragar sus propios desafíos a Europa.
La estrategia entonces fue reconducir las iras de la crisis hacia dos frentes: Europa (Merkel y los suyos) y contra los dos grandes partidos que habían gobernado España desde la reinstauración de la democracia, a los que se englobó en un término conceptual y simbólico: la "casta". El objetivo, en realidad, no era más que uno: deshacerse del PSOE por parte de los grupos que estos habían dejado al margen en la historia política española y que habían ido fracasando en sus distintas fórmulas políticas quedando reducidas a formas testimoniales en los parlamentos o como bisagra para la gobernabilidad de algunos ayuntamientos y comunidades autónomas. En España había dos izquierdas y una derecha, desde su simplificación. En realidad hay dos derechas, la nacionalista y el PP. Pero en la política no se trata de decir la verdad, piensan, sino de conseguir que el otro entre en tus interpretaciones del mundo, se mueva esquivando tus ideas.
Tras estos años e ir escalando posiciones, el objetivo de Podemos es sobrepasar al PSOE, algo que conseguiría de haber elecciones. De hecho, los menos interesados en estos momentos en que haya unas terceras elecciones son los miembros del PSOE, que necesitan un urgente balón de oxígeno.


Finalmente se han dado cuenta de a dónde les ha llevado la bisoñez y obcecación de Pedro Sánchez y los suyos. En la batalla generacional de la izquierda, Podemos les ha ganado por goleada estratégica. El arte de la estrategia consiste en ir reduciendo el número de pasos que el otro puede dar mientras aumentan las posibilidades de los tuyos.
Los dirigentes del PSOE se han dado cuenta del efecto dominó que podría tener en sus "feudos" y han reaccionado antes de que Sánchez volara por los aires el partido. Se trata ahora de saber en qué estado se encuentra, es decir, qué puede hacer (qué movimientos le quedan) y cómo reaccionarán sus votantes.
La identificación de militantes de Podemos e Izquierda Unida protestando es una muestra más de la inocencia con la que el PSOE ha sido desbordado. No hay que ir muy lejos para ver las estrategias. El diario El Mundo, con información de EFE, recogía el llamamiento a los militantes para que no se concentraran en la sede de la calle de Ferraz. La fotografía, en cambio, nos muestra la sede abarrotada con un sintético cartel en el que está concentrada una estrategia muy sencilla: "1º impiden unir izquierdas. / 2º Exigen rendirse al PP. / Sánchez: SÍ Traidores: NO". En realidad no hay mucho más que añadir; está todo ahí.


En los años ochenta, una parte de la izquierda se fue incorporando al PSOE desde el socialismo y desde la socialdemocracia para convertirlo en un partido a la europea. Quedó fuera, con nitidez, la izquierda de la izquierda que, liberada de las responsabilidades de gobierno, podía hacer sus propuestas utópicas y radicalizarse a sabiendas que se trataba de un electorado testimonial ante el poder real.
Pero el 15-M lo cambió todo. Supuso sobre todo la politización de los jóvenes ante unos discursos cada vez más simples y populistas. De la calle y sus primeras vertebraciones, se pasó a los primeros éxitos electorales allí donde había menos interés por la competición: las elecciones europeas. Estas permitieron un ensayo general afortunado pues la menor participación hace que se consiga más con menos votos. Permitía, además, hacer ese doble discurso anti-casta y antieuropeo que calaba en una juventud harta de empleos precarios y bajos sueldos. Era fácil convencer a muchos de que los males venían de Europa y que se podía probar un nuevo voto. Fue la primera sorpresa.
La segunda fueron las elecciones municipales. Son las perfectas para conseguir, casa a casa, pueblo a pueblo, los votos necesarios. Y consiguieron más poder. En los ayuntamientos está el verdadero poder porque es el que está en contacto con el ciudadano y desde el que se puede ejercer una influencia directa. Todo se tradujo, finalmente, en las elecciones generales, donde los resultados obtenidos dejaban al PP como ganador, como era previsible, pero dejaban al PSOE a merced de la estrategia de Podemos: responsabilizarles de que el PP gobernara.


Cuando Sánchez se dio cuenta —si es que llegó a darse cuenta— estaba dentro del agujero y sin posibilidades de movimiento: "no es no". Movimientos posibles: 1) si fuerza una terceras elecciones, se concentrará más el voto del PP bajando Ciudadanos y el PSOE será atacado por todos: por el PP por forzar elecciones y perjudicar a España, por Podemos por no haber querido un acuerdo y por Ciudadanos por haberse echado atrás y porque los demás lo hacen. 2) si no hay elecciones y permite la continuidad del gobierno del PP, también será tachado de traidor. Son las dos opciones del cartel del militante.
Favorecer la investidura de Mariano Rajoy podría permitir la recuperación de terreno del PSOE, cuya estrategia ahora será mantener el gobierno al PP, molestarle lo suficiente hasta que cuando no quede mucho y se sientan más recuperado intentar algo más serio. De ahí la insistencia por parte del PP en que exista un "compromiso" de gobernabilidad y no un juego de ratón y gato.


Lo sorprendente es cómo un partido con la tradición del PSOE, y con gente con tanta experiencia política, se ha metido en este berenjenal. Hay una extraña tradición de relevos en el PSOE, muy cainita, que hace que los que quedan fueran se sienten a esperar la caída de los que quedan arriba. Si recordamos la salida de Rodríguez Zapatero del poder fue también por el desastre causado, esta vez desde el gobierno, ante la crisis económica. Cuando cayó, las iras contenidas de los socialistas contra él fueron brutales. Algo falla en el asesoramiento de los líderes de los partidos y en las relaciones entre unos y otros.
Lo dijimos el otro día: España necesita de un partido como el PSOE. Y necesita que sea alternativa de poder. Sus males vienen del miedo a ser sobrepasado por la izquierda, lo que ha provocado los enfrentamientos de las antiguamente llamadas "corrientes", hoy convertidas en líneas de amigos.
La unificación de la izquierda que pide Podemos se hizo en su momento. Un encuentro con Podemos volvería a separar en muy poco tiempo el partido en al menos tres partes: socialdemócratas, socialistas y populistas radicales.
El diario El País señalaba ayer:

Desde su nacimiento en 2014, el objetivo de Podemos es superar al PSOE. La pugna entre estas dos fuerzas ha quedado patente incluso en medio de las negociaciones para formar gobierno. Iglesias ha intentado, sin lograrlo, el sorpasso el 20-D y el 26-J, y en su equipo están convencidos de que lo conseguirían si finalmente hay una nueva convocatoria electoral. No obstante, el partido no ha encontrado todavía un consenso interno sobre cómo tratar de llevar a cabo esa tarea.
El líder defiende una postura más radical, multiplicando la presencia de Podemos en la calle y fortaleciendo su relación con los movimientos sociales. Mientras tanto, su número dos, Íñigo Errejón, considera que para captar los votos socialistas desencantados deben mostrar una actitud más dialogante y madurar como organización demostrando su utilidad desde las instituciones.
El objetivo se mantendrá incluso si los españoles no vuelven a las urnas, ya que, mientras los socialistas sigan sin líder, Iglesias se presentará como el auténtico referente de la oposición al PP, buscando arañar apoyos en el día a día desde el Congreso de los Diputados.**



Coincide con lo que hemos señalado. Ese "auténtico referente" es la forma de contrastar con la estrategia seguida para arrinconar a Sánchez y dejarle bloqueado. Los objetivos van más allá de Sánchez, evidentemente, pero un líder tan poco hábil en el análisis de las situaciones dejaba en bandeja la estrategia que se debería seguir. El pequeño arrincona al grande. 
La presión ante su militancia obliga a Sánchez a actitudes que se vuelven contra él y redundan en beneficio de Podemos, que ha conseguido que todos jueguen en un terreno que no es el suyo, una interpretación de las situaciones que condicionan a los otros. En cualquier caso ha conseguido su objetivo: que todos culpen, con razón, al PSOE, el más débil en estos momentos, por lo que es atacado en todos los frentes. Ese era y es su objetivo.
Desgraciadamente todo esto no es verdadera política al servicio de los ciudadanos sino la reducción de la política a riña callejera, el fracaso de una estrategia de presentación de la lucha política. Mientras unos desprestigiaban la política y a los políticos, a la vez repolitizaban la calle en su provecho. No somos políticos, somos el pueblo. Algunos llevan décadas de militancia.


Todos estos problemas de gobernabilidad tienen un origen: el 15-M. No se quiso entender su significado, el profundo descontento de mucha gente ante la actitud de los políticos y la falta de decisión ante los casos que más se airean, los de corrupción. La corrupción es el mejor banderín de enganche para la demagogia cuando no se resuelve. Y los políticos se han dedicado a levantar el dedo acusador unos contra otros pero no se han puesto a arreglarla. La corrupción del otro iba a permitir llegar al poder. Yo acuso... y poco más. Dejarse arrastrar a un frentismo que ahora se ha vuelto contra ellos al tener que permitir la investidura.


Es una auténtica vergüenza que los dos grandes partidos —y los que se quieran sumar— no hayan sido capaces de establecer un pacto de Estado sobre la corrupción. Eso, finalmente, se volvió contra ellos al encuadrarlos terceros como "la casta". Hasta se han permitido el juego de palabras en las pancartas frente a Ferraz "La casta" y "la Susana".
El efecto en estos momentos son los ataques y desaclificaciones a los líderes del PSOE obligados a dividirse entre traidores e inútiles, escenario con el que Podemos difícilmente podría haber soñado hasta hace poco tiempo.


El 15-M fue una oportunidad desaprovechada por la soberbia política, por creer que a los ciudadanos se les pasan los enfados y que todo es controlable desde los gabinetes de Comunicación. Tremendo error político en ambos sentidos, el partidista y el de gobernabilidad.
Las democracias estables lo son porque las administraciones están al servicio de los ciudadanos y porque los políticos deben escuchar sus peticiones y aspiraciones, el modelo de sociedad, de justicia y bienestar que desean. No se trata solo del gobierno del país o del poder, sino de su convivencia pacífica y tranquila. No hay más política real que la que busca beneficiar a los ciudadanos en términos muy amplios, que van de la economía a la justicia y los valores.


Escuchar a los ciudadanos no es darse paseos sin corbata por mercados y plazas, instalar chiringuitos de fin de semana para que la militancia te aplauda y un sin fin de actividades puramente decorativas y cosméticas que los partidos realizan. Es algo más profundo. Este defecto lo padecen unos y otros. Falta que la gente tenga la sensación de que participa en el desarrollo del país y que no es simplemente un habitante, que sienta que tener ilusiones no es un acto solitario sino colectivo.
Una vez más: hay que entender que la política, al menos la democrática, no es la guerra sino precisamente la paz. Convertirla en un espacio de eterna beligerancia traslada a los ciudadanos o una violencia mimética o un un aburrimiento existencial. La forma de evitarlo es precisamente lo contrario del circo romano que vemos cada día.


* "El PSOE pide a los militantes que no se concentren mañana en Ferraz" El Mundo 30/09/2016 http://www.elmundo.es/espana/2016/09/30/57ee46f6ca4741724a8b4618.html

** "La crisis del PSOE impulsa el trasvase de votantes a Podemos y Ciudadanos" El País 8/10/2016 http://politica.elpais.com/politica/2016/10/06/actualidad/1475746210_285299.html