Mostrando entradas con la etiqueta Tony Blair. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tony Blair. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de junio de 2012

David, Rebekah, Tony, Rupert… y Raisa

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
David Cameron se ha dado una vuelta por la comisión parlamentaria que investiga las relaciones de la prensa con el poder, es decir, del imperio de Rupert Murdoch con los gobernantes sucesivos del imperio británico.
Las sesiones de la Comisión Leveson son una mezcla de preguntas de todo tipo tratando de analizar las relaciones entre prensa y políticos, No se trata solo de que intercambien mensajes (“Lots of Love”), o de que hayan montado en un viejo caballo jubilado cedido por Scotland Yard —¿con cuántos años se jubila un caballo en la Policía británica?— a Rebekah Brooks, o que hace unos días Tony Blair nos explicara por qué era el padrino de un hijo de Rupert Murdoch. No, no. Todo esto es importante, pero no es lo esencial. Son las formas, no el fondo.
A las ideas aportadas por Tony Blair el otro día ante la Comisión, ahora le siguen las del teórico mediático David Cameron en ese “”reality” en que se ha convertido la investigación. De estas comparecencias, surge una especie de serie —Juego de Micros— en la que los reinos de la prensa y la política conviven en una intimidad forzada que acaba resolviéndose, como en Casablanca, en una futura amistad caminando hacia la niebla. Demasiada mezcla, demasiada intimidad; demasiada niebla.


Dicen todas las crónicas que David Cameron fue acorralado en las seis horas de interrogatorio y que acabó hablando de “caza de brujas”. Y es que cuando los políticos se ponen a entrevistarse, son como la Milá, sin concesiones; te agarran por ahí y retuercen sin piedad. Las preguntas hechas oscilan entre la proximidad personal y los entresijos empresariales, que es la traducción a términos cuantificables de la relación. Y se trata de eso, de cómo se traduce una amistad en términos de valores de mercado y políticos. Para cada uno de ellos, esa relación tiene su propio valor: influencia, imagen, dinero y poder. Como si de un sistema de intercambios de moneda se tratara, lo que intentan saber en la comisión es cómo una relación personal se acaba convirtiendo en una relación política que acaba convirtiéndose en delitos como las escuchas, los sobornos, las prevaricaciones, etc. Es un problema de lenguajes y equivalencias. Ellos intentan descubrir “pactos”, pero no es necesario; son tácitos.
Los delitos y negocios son la punta del iceberg, el hilo del que se tira hasta llegar a la política pura en la que los tronos se enfrentan mientras celebran su amistad montados en ese caballo jubilado llamado Raisa. ¡Si los caballos hablaran! Pero del único que tenemos constancia que lo hiciera es de Mr Ed, caballo televisivo al que Murdoch podría haber comprado y quedarse con los derechos de emisión. Raisa no declarará ante la comisión. Los medios británicos se han explayado en este asunto, conocido popularmente como el “Horsegate”.
El diario El País recoge las reacciones de Cameron ante las presiones del interrogatorio en la Comisión:

El primer ministro negó que jamás hubiera alcanzado un acuerdo con Murdoch para conseguir su apoyo y beneficiarle luego desde el Gobierno. Y acusó a su antecesor en Downing Street, Gordon Brown, de haberse inventado la tesis de que Murdoch apoyó a Cameron a cambio de que este recortara la financiación a la BBC y redujera el poder del regulador británico de las telecomunicaciones, Ofcom.**

Como si fuera el acusica de clase, Cameron se defiende lanzando rumores contra el ventilador, con lo que se demuestra que ha aprendido mucho de su relación con Rebekah y Rupert. Más allá de sus palabras están sus intenciones. Por eso la teoría de Cameron —su argumento central— de que los medios son demasiado poderosos, en la que coincide con las declaraciones de Toni Blair hace unos días, no deja de ser cainita y farisea. Es cainita porque a todos ellos les dio por llevar sus relaciones al terreno de una gran familia, y es farisea porque nadie les obligó a ello, sino que todos esperaban sacar tajada en su propio terreno. La proximidad afectiva no es más que la justificación de sus acciones, la creación de espacios de relación que cubrieran la conveniencia del contacto tapando su inmoralidad, su ruptura del contrato social que dice que las relaciones entre los medios y el poder deben ser otras.

Que los premieres británicos de ambos partidos justifiquen después sus relaciones con Murdoch y su entorno inmediato —Rebekah se nos ha presentado siempre como una hija del gran patrón— como una especie de servidumbre que debían aceptar para no ser destruidos o para conseguir sus fines de salvar o promover el laborismo o el conservadurismo, en cada caso, es escandaloso. Y es que los políticos ya no saben a quién echarle las culpas de sus meteduras de pata y debilidades.
Cameron supera a Tony Blair en su retórica porque está en activo y tiene que mantener su imagen en el poder. El premier británico tiene una vena didáctica y actoral demasiado acusada y por eso le salen esas lecciones en las que, haciendo gala de esa firmeza que procede del ancho de su cuello, suele decir grandes palabras:

"La transparencia no es suficiente", añadió Cameron. "Hacen falta nuevas regulaciones para limitar ese poder y evitar situaciones como las que hemos vivido en estos últimos años". Cameron admitió que la prensa escrita se ha encontrado acorralada por la competencia de la televisión, de Internet y se ha visto forzada a encontrar "un nuevo ángulo" y "cambiar a peor" ante los nuevos retos del universo mediático.*

Casi nada. ¡Cameron víctima! Llevar la cuestión al plano general es una argucia, un intento de difuminar en lo abstracto algo que concierne a David, Rebekah, Tony y Rupert (entre otros). ¿Regulaciones? ¿Se refiere a las concentraciones empresariales? Cuando Blair habló en su comparecencia de que no se podía gobernar contra los medios, estaba reconociendo la inferioridad del político por la necesidad de contar con los medios para lograr sus fines. Sin embargo, se debe diferenciar entre los objetivos de los medios y los de las personas que pueda haber tras ellos.


Lo que Rupert Murdoch ha hecho no es lo que un medio hace, sino lo que el empresario les ha hecho hacer para conseguir sus objetivos, que no eran informativos sino de poder, es decir, políticos y económicos. Se ha aprovechado de la deriva mediática de la política, de su conversión en discurso e imagen, para sacar su propia tajada. Porque no se trata solo de haber orientado la política británica, sino de hacer verlo a los demás. Lo que ha abierto las puertas de los negocios, lo que ha hecho huir a sus enemigos o competidores, es esa imagen de David y Rebekah compartiendo un caballo jubilado donado por Scotland Yard o mostrar a Toni Blair apadrinando al hijo de Rupert Murdoch o ver la foto escolar en la que David comparte patio con el marido de Rebekah en la selecta Eton. En un mundo de imágenes, esas valen mucho. Todo lo demás está la imaginación del que las contempla. Y así es más fácil lograr que Scotland Yard te facilite pinchazos telefónicos o mire para otro lado cuando se consigue la información sin escrúpulos.
La gran falta de todos estos políticos —y no es el único lugar del mundo en el que ocurre— es ampliar la lista de amigos más allá de lo razonable. Lejos de distanciarse, lo que hicieron fue exhibir su proximidad, que era el peaje que Murdoch les exigía para poder lograr otros objetivos más directos. El círculo vicioso es que los políticos aceptan a los medios poderosos porque los necesitan y al necesitarlos los hacen más poderosos. Murdoch no es la prensa —mucho menos la prensa acorralada, que pretende Cameron—, solo un episodio. No es de extrañar que a Cameron le llovieran reproches por todas partes.


En este culebrón sobre el poder, a este Juego de Micros, les toca ser los malos a los personajes mediáticos, a Rebekah y a Rupert. Los lamentos de David y Tony no nos convencerán, con su victimismo y lágrimas de cocodrilo, de que ellos no sabían las consecuencias de sus acciones y familiaridades. Cada uno con su papel. Como bien le dijo en un mensaje Rebekah Brooks a David Cameron: “Te doy mi apoyo no sólo como una amiga personal, sino también profesionalmente porque definitivamente estamos en esto juntos”. Fue en 2009 y entonces Cameron era el aspirante a ocupar Downing Street. Cameron ha tenido tres años para saber qué significa “esto” y “juntos”**. 
La estrategia era familiar, no de mesa de despacho, sino de mesa camilla; no de salones, sino de paseos por el campo con los niños, de un cumpleaños familiar y entrañable en el que se discute sobre lo que ocurre en el mundo, como se hace en cualquier hogar. El resultado, el mismo.

* "La prensa británica está en un momento “catártico”, dice Cameron". El País 14/06/2012 http://internacional.elpais.com/internacional/2012/06/14/actualidad/1339656853_731363.html

** " 'Estamos en esto juntos', le dijo Rebekah Brooks a Cameron". El Mundo 14/06/2012 http://www.elmundo.es/elmundo/2012/06/14/internacional/1339697353.html


martes, 29 de mayo de 2012

Blair, los medios y el rey tartamudo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Que Tony Blair fue un personaje mediático no lo duda nadie. Ser “mediático” significa que no eres una noticia en los medios, sino que actúas buscando un efecto específico a través de ellos. Eres consciente en todo momento de que ellos están ahí.  Lo mediático es lo contrario de lo natural, aunque la naturalidad sea un rasgo de los mediáticos. La diferencia entre ser natural y la naturalidad es la de la persona capaz de estar permanentemente actuando frente a las cámaras sin que parezca que está actuando. No es fácil. La llegada de Tony Blair al Parlamento con la chaqueta sobre su hombro es un rasgo de político mediático; de alguien que convierte sus todas sus acciones en comunicación. Pero lo que investigan en el parlamento es algo más que la telegenia o la afectación de los dirigentes.
Las manifestaciones de Tony Blair ante los parlamentarios que investigan a Rupert Murdoch y sus periódicos tienen trascendencia por ser quienes son ambos: un político que dominaba los medios y unos medios que dominaban la política.

"Si usted es un líder político y tiene grupos mediáticos muy poderosos y te enemistas con uno de esos grupos, las consecuencias son muy duras, de tal forma que te impiden enviar un mensaje", ha explicado Blair, bajo juramento, a la comisión de investigación de la real corte de Justicia de Londres.
"Estoy abierto al hecho de admitir francamente que lo decidí como líder político y fue una decisión estratégica que yo iba a manejar eso y a no hacerle frente. Y podemos discutir en una etapa posterior sobre si fue bueno o malo, pero fue la decisión que tomé", ha afirmado Blair.*


Que los medios solo deben transmitir los hechos deja de tener validez absoluta cuando los políticos los escenifican, cuando la política se convierte en representación. En esa magnífica película inglesa que es El discurso del rey (The King’s Speech 2010), nos encontramos como una secuencia lúcida en la que el padre del futuro e inesperado monarca intenta que su hijo tartamudo comprenda la importancia que la radio tiene para la institución: «—Somos actores y la monarquía es una empresa», le dice Jorge V a Albert, su hijo pequeño. Intenta hacerle ver que el nuevo medio les obliga a algo que la prensa no les exigía anteriormente, convertirse en intérpretes, transformando a los pueblos en audiencias. La prensa hablaba de ellos; ahora se les pide que ellos hablen.
La película nos habla del proceso de transformación de un príncipe incapaz de dirigirse a su pueblo con eficacia. La ayuda que necesita se la da un oscuro australiano —como Murdoch—, Lionel Logue (Geoffrey Rush), que pone a su servicio las artes de la dicción teatral. En la magnífica secuencia del discurso final para notificar a Inglaterra la guerra con Alemania, ambos quedan encerrados en el estudio radiofónico. El rey habla bajo la dirección orquestal de Logue, que ha convertido el texto del discurso en una partitura y que maneja sus manos como si de una batuta frente a una sinfónica se tratara. Como fondo, la música de Beethoven, el Allegretto de la Séptima Sinfonía, marcando el ritmo del discurso. “Bertie” se ha convertido en Jorge VI, en un monarca capaz de comunicarse con su pueblo, una multitud que le espera para vitorearlo al salir al balcón, después de haber escuchado su mensaje radiofónico. El rey ha superado su prueba de fuego mediática.


Las relaciones de Tony Blair con Murdoch, su australiano particular, han sido tan próximas que hasta es el padrino de uno de sus hijos. Por más que nos diga que ese apadrinamiento se realizó tras abandonar el poder, no es ese hecho el relevante, sino la construcción de las relaciones entre ambos, del cual el apadrinamiento no es más que el síntoma.

El ex premier ha señalado que es "inevitable" que los políticos mantengan una relación estrecha con los medios, pero ha advertido de que esta se convierte en "poco saludable" cuando los grupos de comunicación intentan utilizar sus periódicos como instrumentos de poder político. En su opinión, cuando está en sus plenas facultades, el periodismo que se practica en el Reino Unido es "el mejor del mundo", pero ha criticado un "género periodístico donde la línea entre las noticias y la opinión se vuelve borrosa y deja de ser periodismo para convertirse en un instrumento político y de propaganda".*


Cuando los medios se limitaban a dar cuenta de las actuaciones de los políticos o a criticarlas, las líneas estaban claras. Pero Blair ha ido más lejos: ha señalado que no se puede gobernar enfrentándose a los medios. La afirmación es de gran alcance y convierte a los políticos en negociadores permanentes con aquellos que han de informar. No es un buen camino. Así es precisamente como se convierten en instrumentos “políticos y de propaganda”, cuando el poder seduce a los medios y los medios seducen al poder. Lo que le han preguntado a Blair en el Parlamento, más bien, es si se puede actuar sin contar con los medios, concretándolo en las llamadas del político al empresario pocos días antes de la guerra de Irak. ¿Hubiera actuado igual sin el apoyo de Murdoch? Si no se puede gobernar contra Murdoch, ¿qué significa gobernar?


Los medios tienen el derecho a la crítica, sin duda. Lo que no tienen derecho es a condicionar las decisiones para que los políticos eviten la crítica. Es ahí donde el razonamiento de Blair —político mediático— comienza a ser perverso, al considerar que la acción debe ser negociada previamente para conseguir, nos dice, que el mensaje que se quiere transmitir llegue lo mejor posible. ¿Lo mejor para quién: medio, mensaje, mensajero?

La perversión afecta por igual a los medios —sería más correcto decir a los “dueños de los medios”— y a los políticos. Los primeros actúan irónicamente como censura previa y los segundos prefieren la eficacia del mensaje que les garantice el poder a la independencia de la gestión y la erosión correspondiente de la imagen pública.
Hay una norma pragmática: si dejas que los intereses afloren, los intereses afloran. Si a Murdoch se le dejaba opinar sobre la política, los intereses de Murdoch irían creciendo, como de hecho ha ocurrido. Sus cambios en los apoyos a unos y otros, a conservadores y laboristas, acabaron promoviendo la idea —que probablemente llegara a pensar— que su papel, como el de la monarquía, era garantizar la estabilidad del Reino Unido.
El discurso del Rey dejaba abierta una idea inquietante; la dependencia del gobernante de aquel que le garantiza la comunicación eficaz. No está tan lejos de la idea de Blair. Sin los medios, viene a decir, todos somos tartamudos. El irreverente australiano manejaba la batuta.

* "Blair reconoce que decidió no enfrentarse a los medios británicos por temor a las represalias" RTVE 28/05/2012 http://www.rtve.es/noticias/20120528/blair-reconoce-decidio-no-enfrentarse-medios-britanicos-temor-represalias/531984.shtml