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viernes, 30 de mayo de 2014

El banquete indigesto o el regreso del canadiense excéntrico

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El corresponsal en Londres de The New York Times, Roger Cohen, se hace eco de unas observaciones realizadas por el canadiense Mark Cartney, el que fue nombrado Gobernador del Banco de Inglaterra, en una conferencia sobre "Capitalismo inclusivo". Cohen ha titulado su texto como "Capitalism Eating Its Children", de forma expresiva y sintética de los planteamientos de Cartney. En su momento llamamos la atención sobre su nombramiento porque establecía algunas diferencias con el discurso habitual, que tiende a ser nulo o técnico sin entrar en cuestiones de más amplio calado social o filosófico. Titulamos aquella entrada reflejando la llegada del canadiense a su puesto en Londres como "Un canadiense excéntrico" (8/08/2013).
Tras una entrada retórica acumulando tópicos sobre lo que debería ser la vida palaciega de un gobernador del Banco de Inglaterra, Cohen rompe el efecto con las palabras de Cartney: “Just as any revolution eats its children,” [...] “unchecked market fundamentalism can devour the social capital essential for the long-term dynamism of capitalism itself.”* La City cruje en sus cimientos.

Lejos de aquellas bonitas frases electoralistas de Sarkozy sobre la "refundación del capitalismo", Cartney se deja de florituras y advierte desde lo que nunca debería dejar de ser la Economía, como bien sabía Adam Smith, una ciencia moral. Antes se solía invocar a Marx para advertir de los peligros del capitalismo; se puede recurrir a Smith tranquilamente para lo mismo, pues cualquier sistema que pierde su sentido de la finalidad de la acción acaba cayendo en lo que Cartney señala, en un "fundamentalismo", en este caso, de mercado.
Como "ciencia social", la Economía describe el funcionamiento económico y trata de establecer sus comportamientos para comprenderlo. Como "ciencia moral", en cambio, debe avanzar guiada por un impulso corrector determinado por fines establecidos por los valores. Describir y comprender procesos son dos funciones de la Ciencia; actuar o guiar la acción, en cambio, surge de nosotros, de nuestros valores e intereses. Si la Economía solo busca la riqueza de unos pocos o simplemente usa su conocimiento para que ese hecho se produzca mediante el establecimiento de las condiciones necesarias y favorecedoras, habrá perdido su condición de ciencia moral. 
Los que calificaron la crisis como esencialmente "fiduciaria" partían de una crisis moral, pues no otra cosa es la pérdida de la confianza. El abuso de confianza es precisamente esa quiebra en la que cuando uno cree que están trabajando en su favor, resulta finalmente que aquel en quien confiamos lo está haciendo en el suyo propio. Eso ocurrió con los millones de personas por todo el mundo que fueron arrastrados en la confianza de que ese estaba actuando en su provecho y no en el de otros.


La crisis de la confianza se puede extender más allá de la economía y se percibe exactamente igual y por los mismos motivos en la vida política, como acabamos de comprobar. Los millones de personas que han cambiado su voto en estas elecciones europeas lo han hecho también por una crisis de confianza, por la creencia que el voto que dan no repercute en su beneficio, sino que es usado para el de unos pocos. Coincido con los que apuntan a que tras la crisis económica y política existe una crisis moral que desemboca en las pérdidas de la confianza y las búsquedas de nuevos troncos a los que agarrarse en la riada de la historia.
La base de la sociedad es siempre la confianza. No puede construirse nada estable sin ella porque todo acaba en recelo. La complejidad de nuestras sociedades modernas, sus crecientes niveles de interacción, hacen que la confianza sea necesaria para la representación. Nuestras sociedades son "representativas", delegadas. Necesitamos la confianza en aquellos en los que delegamos, ya sean banqueros, abogados, políticos o dentistas; necesitamos saber que están de nuestro lado tras sus fachadas sonrientes y no que nos están usando para su propio provecho. Hasta el momento, lo mal repartido de las consecuencias de las crisis últimas y el crecimiento de la desigualdad apuntan a lo contrario.


La necesidad de resolver la crisis moral subyacente para poder resolver las demás es acuciante y a eso es lo que apuntan las turbulencias políticas que se observan por gran parte del mundo, en países estables que ven crecer su agitación social, como formas alentadas desde la percepción de la injusticia o el engaño. Pero no será sencillo porque en el enfrentamiento entre los que tienen mucho que perder y los que cada vez tienen menos que ganar es inevitable.
Señala Roger Cohen desde Londres:

[...] six years after the crisis, the core problem has not gone away: The deep unease and anger in developed countries about the ways globalization and technology magnify returns for the super-rich, operating in a world of low taxation and lax regulation where short-term gain becomes a guiding principle, even as societies become more unequal, offering diminished opportunities to the young, less community and a growing sense of unfairness.
Anyone seeking the source of the anger behind populist movements in Europe and the United States (and the Piketty fever) need look no further than this. Anti-immigration, anti-Europe movements won in European elections because people feel cheated, worried about their children. As Bill Clinton noted a couple of hours before Carney’s speech, the first reaction of human beings who feel “insecure and under stress” is the urge to “hang with our own kind.” And the world’s greatest challenge is defining “the terms of our interdependence.”*


La ira es el resultado visceral de esas percepciones de que no se puede confiar. Estalla por todas partes porque las ocasiones se multiplican con la observación del desequilibrio, de lo fácil que resulta desregular el mundo para que unos tengan más margen de maniobra y lo difícil que resulta, en cambio, intentar regularlo para protegerse de los vaivenes del desastre o la ruina. Gran parte de la indignación política (o con los políticos) proviene de ese desequilibrio percibido como injusticia.
Mientras Cartney habla de "low taxation" y "lax regulation" escucho ahora en las noticias televisivas cómo el parlamento catalán decidió ayer rebajar los impuestos del juego del 50 al 10% para favorecer la implantación de casinos. La gente pide fábricas y traemos casinos. La promesa —siempre inflada— de 50.000 empleos hace bajar la guardia. Esa rebaja del 40% hará más ricos a los ricos. Los pobres podrán ir al casino a probar suerte con lo que les deje los mini sueldos de sus empleos de temporada. El crecimiento de la radicalidad no necesita, como bien señala el Gobernador del Banco de Inglaterra, muchas más explicaciones.


Sin moralidad social, sin un sentido de la responsabilidad hacia todos, de unos con otros, difícilmente se puede construir una sociedad más próspera. Pero, ¿a quién le importa eso de la prosperidad? Perdidos en los mares de las cifras, auténtica niebla, se oculta el objetivo final que no es la supervivencia individual sino la de nuestros lazos, nuestros vínculos más allá de la explotación y el parasitismo, dos formas desiguales de relacionarnos. La idea de un capitalismo devorando a sus hijos, como titula Cohen su artículo, no es nueva, desde luego. Schumpeter ya señalaba que el éxito del capitalismo (es decir la aplicación de sus propias normas hasta el final) conllevaría su propia extinción. La idea desnuda y obscena de la riqueza debe ser vestida con la prosperidad de lo social, es decir, con la mejora del conjunto de la sociedad. Cualquier riqueza que cause más pobreza o dolor es una aberración en sí misma, de ahí la necesidad del reequilibrio y la redistribución. Para eso nos dotamos de instituciones y representantes, que actúen en nuestro nombre para acercarnos a lo que pensamos es justo; para el egoísmo individual, en cambio, no hace falta nada, solo que les desregulen.
Compartimos las palabras de Mark Cartney que Cohen nos hace llegar:

“Prosperity requires not just investment in economic capital, but investment in social capital,” Carney argues, having defined social capital as “the links, shared values and beliefs in a society which encourage individuals not only to take responsibility for themselves and their families but also to trust each other and work collaboratively to support each other.”*


La crisis política a la que nos enfrentamos viene de la pérdida de confianza en que se esté actuando de forma adecuada para el conjunto de la sociedad, que se busque realmente su prosperidad y no solo la de algunos aprovechados. La aspiración, efectivamente, debe ser a sociedades "prósperas" y no simplemente "ricas", que suelen estar cada vez peor repartidas. La idea de "prosperidad" es sobre todo "moral"; surge de un sentido del conjunto de esos lazos y responsabilidades que nos mantienen unidos.
El problema es que se nos inculca cada día un malsano sentido egoísta que ve a los otros como obstáculos de la felicidad y objeto de mi beneficio. Lo peor de todo no es el egoísmo, sino que se nos acabe convenciendo de que es bueno para todos. No hay banquete más indigesto que tus propios hijos, aunque te lo preparen grandes genios de la gastronomía.


* "Capitalism Eating Its Children" The New York Times 29/05/2014 http://www.nytimes.com/2014/05/30/opinion/cohen-capitalism-eating-its-children.html?action=click&contentCollection=Opinion&module=MostEmailed&version=Full&region=Marginalia&src=me&pgtype=article


lunes, 9 de julio de 2012

Las marchas hacia el futuro

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En la extraordinaria obra del economista Karl Polanyi (1886-1964), La gran transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo, se recoge como cita un párrafo perteneciente a la obra de la inglesa Harriet Martineau,  History of England During the Thirty Years’ Peace (1816-1846), publicada en el año 1849, y que le sirve para describir la extrema situación a la que se había llegado como consecuencia del desastre generado por la política de los subsidios que venía de antiguo, uno de los grandes debates económicos, políticos y morales de la época. Martineau, escritora progresista, reformista social, defensora de la igualdad de los sexos y abolicionista tras una visita a Estados Unidos, había escrito:

El subsidio a los pobres se había convertido en un botín público… Para obtener su parte, el bruto insultaba a los administradores, el promiscuo exhibía a sus bastardos que debía alimentar, el flojo se cruzaba de brazos para que lo descubrieran; los jóvenes ignorantes se casaban confiando en él; los cazadores furtivos, los ladrones y las prostitutas lo usurpaban por intimidación; los jueces rurales hacían repartos para ganar popularidad, y los guardianes lo hacían por conveniencia… En lugar de contratar al número adecuado de trabajadores para que labraran su tierra –pagados por él mismo-  el agricultor se veía obligado a contratar el doble, con salarios pagados parcialmente por los subsidios. Y estos hombres, empleados por él obligatoriamente, escapaban a su control –trabajaban o no según su elección-, permitían que se redujera la calidad de su tierra, y le impedían emplear a los mejores hombres que habrían luchado duro para lograr su independencia. Estos hombres mejores se hundían en medio de los peores; el aldeano pagador de subsidios, tras una lucha vana, acudía él mismo a pedir auxilio… (152) *

Harriet Martineau (1802-1876)
Harriet Martineau describía su negra visión de cómo había degenerado un mundo colapsado económicamente, en el que los subsidios servían a los intereses de muchos, frente a su deseo de una sociedad centrada en la dignidad del trabajo, en la que nadie tuviera que depender de la caridad pública, sino de sí mismo.
Los debates hoy sobre los subsidios son otros muy diferentes. No son los efectos de una Ley de Pobres, como ocurrió en el Reino Unido, y los debates principales no son sobre si es mejor trabajar y recibir un sueldo o, por el contrario, vivir permanentemente de subsidios. La situación descrita por Martineau, y recogida por Polanyi en su análisis,  da muestras de la necesidad del trabajo, no solo para la economía, sino para la propia dignidad de las personas individual y colectivamente.
El debate en estos tiempos es sobre “el fin del trabajo”, concepto apocalíptico, pero vinculado de alguna forma con los debates que se plantearon ya en la época de Harriet Martineau, cerrando un ciclo. Polanyi sostiene que fue la creación de un “mercado de trabajo” lo que cerró la creación definitiva del “sistema de mercado”, que necesitaba que todo quedara liberado de restricciones y límites, desregularizado diríamos hoy, para funcionar dentro del proyecto histórico del liberalismo económico, la “sociedad de mercado”. Pero cualquiera que fuera el futuro que le aguardara”, escribe Polanyi, “la clase trabajadora y la economía de mercado aparecieron juntas en la Historia” (153-154).*



La Ley de Pobres no pertenecía a ese modelo, puesto que hacía que millones de personas recibieran dinero sin hacer nada, por un lado, y que no tuvieran movilidad al estar vinculados los subsidios a las parroquias, unidad social y humana. Las nuevas fábricas de los comienzos de la era industrial necesitaban mano de obra barata y móvil, algo que no se podía alcanzar si los pobres no lo eran tanto, si tenían lo suficiente para mal vivir; y estaban ligados a la tierra en las zonas rurales, en donde recibían los subsidios. Cada parroquia repartía en función de sus disponibilidades y la gente, nos cuenta Polanyi, se desplazaba a aquellas  en las que podía recibir mejores subsidios. Esto se trató de evitar ligándolos por ley a la propia parroquia, con el efecto indirecto antes señalado de impedir sus desplazamientos allí donde el capital los necesitaba, en las fábricas. El subsidio era una forma de vida, un estado que marcaba el desarrollo y los principios de aquella sociedad. El trabajo fabril sería lo que significaría el nuevo tiempo.

Karl Polanyi
El debate sobre el “fin del trabajo” plantea hoy cuestiones decisivas. La primera de ellas es ese “reparto futuro” del que quede y sobre su naturaleza, tanto en el reparto como en su distribución. De nuevo, los dos pilares sobre los que gira el planteamiento, como en el XIX, son la máquina y la movilidad. La deshumanización del trabajo convirtiendo a los hombres en servidores de las máquinas, como satirizó Chaplin en Tiempos Modernos, se ha superado por pura normalización del hecho, ya que se da por descontado, hoy como ayer, que la esencia de la máquina es ahorrar trabajo humano abaratando los costes productivos. Nuestra sociedad automatizada ha dejado a las primeras máquinas como testigos primitivos en comparación lo que tenemos hoy en nuestra Sociedad de la información. La revolución industrial, lo primero que revolucionó fue precisamente el “trabajo” y modificó al trabajador.
No deja de ser sintomático que las denominadas “sociedades emergentes” lo sean porque entran en un proceso de industrialización que no habían tenido, mientras que las más avanzadas salen de la “industrialización” hacia fórmulas imprecisas, hacia la Sociedad de la Información, en donde trabajador, trabajo y máquina adquieren nuevos sentidos, muchos por redefinir o descubrir. Son las "sociedades medias", como las "clases medias", las que más están sufriendo los reajustes entre las súper industrializadas y las que comienzan a industrializarse, receptoras del beneficio del crecimiento.



La desindustrialización es un efecto del nuevo reparto global del trabajo, en donde la cuestión ya no se plantea entre la parroquia rural y la ciudad fabril, sino entre países en los que es más barato producir y en los que es más  beneficioso vender. El capital se desplaza y va dejando huecos allí de donde se desarraiga. Esos huecos son parados. El problema pasa a ser social y de gran envergadura, dada la amplitud de estos procesos hoy en día.

La llegada de la marcha de los mineros a Madrid, después de la larga caminata reivindicando su trabajo y su fuente de vida, nos lleva de nuevo a los debates sobre los subsidios, el trabajo, la movilidad y la desindustrialización. Si hay algún sector decimonónico es el del carbón, alimento de las máquinas de vapor que significaron el desarrollo industrial en la Inglaterra de entonces y en otros lugares del mundo de los que se abastecieron. El carbón sirvió entonces para moverlo todo, de los trenes a las máquinas de la industria. Los rostros tiznados de negro son los propios del siglo XIX, los que lo identifican. Es el hollín que teñía el mundo de negro.
La misión de los pensadores -políticos, filósofos, economistas, historiadores…- es buscar alternativas para garantizar un futuro para todos. No se puede intentar tapar los agujeros del barco cuando exceden cierto número o tamaño. Tampoco se puede permitir que se hunda dejando los botes salvavidas para los pasajeros de primera clase, mientras escuchamos indiferentes los gritos del resto, arrastrados al fondo por el sistema.



La desigualdad social creciente, constatada en todas las sociedades, es un problema porque lo hace en un mundo que va hacia nuevos problemas o hacia nuevas versiones de los viejos, como vemos en el texto citado por Polanyi, que adquiere siniestras resonancias como un futuro posible, basado en las grandes bolsas de subsidios como alternativa al caos producido por el crecimiento desigual.

O nos planteamos todos alternativas a un desarrollo que, liberado de restricciones, nos devolverá a un mundo que pocos deberían desear, o los problemas crecerán y a las marchas de mineros seguirán las de todos los desesperados a los que no se les han dado más alternativas que vivir de subsidios o emigrar, en función de sus conocimientos, a países que crean o a países que producen barato, con centros de I+D o con fábricas decimonónicas.
Ambas “soluciones” solo se pueden plantear allí donde la política reniega de su finalidad principal: conseguir lo mejor para el máximo número de ciudadanos. Hemos hecho el mundo “pequeño” y, por tanto, los problemas “grandes”, ya que tienen incidencia en todos los lugares del globo. Los subsidios son malos cuando se convierten en una forma de tapar los problemas y no de solucionarlos. La emigración es una pérdida social irreparable, un fracaso colectivo, que ya que -es nuestro caso- no afecta a los menos cualificados, sino a los mejor preparados en sociedades que son incapaces de crear un empleo que crezca en paralelo a la propia mejora de sus habitantes. Se produce así esa selección negativa que solo quiere personas con baja cualificación porque no puede ofrecer nada mejor. La huida de nuestros investigadores, la ocultación de los estudios superiores como forma de acceder a subempleos no son anécdotas; son síntomas de enfermedades sociales que llevan el camino de convertirse en crónicas.

La política tiene que volver a despertar ilusiones de futuro y no convertirse en el arte del desdoblamiento entre discursos y hechos, entre soluciones y problemas. Pero nada más fácil que vender futuro. Los ciudadanos van aprendiendo a leer la letra pequeña de los discursos y a exigir que se piense en ellos desde otras perspectivas más humanizadas y no solo como piezas de un sistema productivo.
Polanyi termina su capítulo con las siguientes palabras:

El mecanismo del mercado se estaba afirmando y reclamando su terminación; el trabajo humano debía convertirse en una mercancía. El paternalismo reaccionario había tratado en vano de resistirse a esta necesidad. Saliendo de los horrores de Speenhamland, los hombres corrían ciegamente en busca del abrigo de una economía de mercado utópica (155).

Los subsidios produjeron sus “horrores” instaurando una pobreza que degradaba a las personas; la mercantilización del trabajo, convertido en pura mercancía, lo somete a los vaivenes y especulaciones a las que hemos asistido desde entonces, otras formas de degradación y explotación que se abren de nuevo ante nosotros.
Hoy no corremos ciegamente hacia ninguna utopía; más bien estamos paralizados por la caducidad del pensamiento que aplicamos a los problemas que el propio sistema produce. Necesitamos que nuestras marchas sean hacia el futuro.

* Karl Polanyi (1957, 2011 2ªed, 2ª reimp): La gran transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo. Fondo de Cultura Económica, México. [1944-1957 en inglés]




domingo, 8 de julio de 2012

Rusia o el capitalismo feroz

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Si la misión de un titular es interesar y atraer al lector hacia la noticia, debo confesar que el de BBC Mundo de ayer lo hizo: «¿Por qué Rusia encarcela a tantos empresarios?». Hace tiempo que la Rusia de Putin nos sorprende con sus peculiaridades, como por ejemplo su forma de entender la “alternancia política” al frente del país del dúo gobernante, su particular sentido de las elecciones, su apoyo a los tiranos árabes, etc. Otra cosa que llamaba la atención era la presencia en las elecciones de candidatos millonarios, enriquecidos en distintos sectores, unos más turbios que otros, que han optado a diversos puestos, desde la presidencia a la alcaldía de Moscú, por poner un caso. El multimillonario Román Abramovich, por ejemplo, fue diputado y gobernador de la región de Chukotka, además de ser dueño del Chelsea y de un equipo en la Fórmula 1. También en las últimas elecciones presidenciales algún millonario trató de enfrentarse sin éxito al zar Putin.
Lo que nos cuenta la BBC sirve para aclarar algunas de estas situaciones y tratar de entender la complejidad rusa:

En los últimos 10 años, Rusia ha encarcelado a casi tres millones de empresarios, en muchos casos de manera injusta. La cifra fue dada a conocer por el nuevo defensor de los derechos comerciales de los empresarios, Boris Titov, quien dice que es "difícil de encontrar otro grupo social que sea perseguido a una escala tan grande". ¿Cómo ha ocurrido esto?
Durante años, los empresarios se han quejado de que existen personas que han podido incriminar a sus rivales comerciales mediante el pago a policías corruptos para que siembren evidencias y realicen arrestos. Pero sólo ahora están siendo tomados en serio.*

Peleas de multimillonarios rusos
Hacer negocios en Rusia parece ser complicado y endogámico, pues con este panorama es difícil que alguien se arriesgue a competir por lo que pueda ocurrir. Los testimonios de los empresarios quitados de en medio por sus rivales demuestran que allí la competencia comercial se asemeja bastante a la política, es decir, feroz, autoritaria y corrupta. La BBC señala que, solo en 2011, han sido 84.000 millones de dólares los que han salido de Rusia para inversiones en otros países, que sería una forma de mantener los capitales lejos de la inseguridad de la madre Rusia. No es de extrañar tanta compra de equipos de fútbol ingleses, de baloncesto en la NBA o de Fórmula 1, como casos conocidos.
La forma de eliminar a los competidores empresariales se basa en la denuncia, en la mejor tradición de las dictaduras totalitarias, de los nazis a la soviética, en las que las acusaciones son ya condenas de hecho. El sistema mafioso se ha enquistado en todos los niveles y los viejos vicios que pasaron del mundo zarista al soviético perviven en esa jungla de capitalismo feroz que es Rusia. El artículo nos muestra algunos casos:

"La economía se destruirá por completo", dice el empresario Vladimir Perevezin. "No nos sentimos seguros en nuestro país, cualquiera puede ser enviado a la cárcel".
Perevezin sabe de qué se trata. Fue encarcelado por más de siete años después de ser incriminado, dice, por lavado de dinero.
Su amigo Valery Gaiduk también fue enviado a prisión por tres años, tras ser declarado culpable de fraude. "Estoy 100% seguro de que un rival pagó para que me arrestaran", dice.
Gaiduk era copropietario de un consultorio odontológico exitoso, pero -según él- los agentes policiales aceptaron un soborno de $500.000 para incriminarlo.*

Más peleas de millonarios rusos

La Policía acepta los sobornos y los fiscales y jueces no se atreven a llevarles la contraria por temor a acabar en no se sabe muy bien dónde. Las pruebas que se aportan no se discuten demasiado y el empresario acaba en la cárcel y el rival haciéndose con el hueco del mercado que le interesaba, pozos petrolíferos o consulta de dentista. Todo muy legal, como se ve.

En el mes de marzo, Euronews nos contaba:

El empresario ruso Alexei Kozlov ha sido condenado a 5 años de cárcel por malversación de fondos y tentativa de blanqueo de dinero. Según la defensa, este caso, muy mediatizado y en boca de toda la oposición, ha sido montado por un exsenador influyente y exsocio de Kozlov. "Vengüenza", gritaron al conocer la sentencia seguidores del empresario, que fue evacuado del tribunal por las fuerzas del orden.**

En octubre de 2011, también la BBC nos ofrecía con el titular “Batalla legal de millonarios rusos da comienzo en Londres” la siguiente noticia:

El litigio lo mantienen Boris Berezovsky, oligarca crítico del gobierno ruso, quién afirma que fue forzado a vender, por un valor inferior al real, sus acciones en una de las mayores empresas rusas al empresario Roman Abramovich, dueño del club de fútbol Chelsea.
Abramovich niega que haya amenazado con emplear sus conexiones con el gobierno ruso para que se expropiaran las acciones de Berezovsky si éste se negaba a venderle las acciones, que habrían incluido el 43% de la compañía petrolera rusa Sibneft.**

El hecho de tener que salir de Rusia para litigar sobre esta cuestión es indicativo del poco valor que le conceden al sistema judicial ruso por las presiones mafiosas o del poder —¿hay diferencia?— sobre los que se ven amenazados.

En 2008, en el inicio de la crisis económica mundial, Rusia dio el salto más espectacular en el número de multimillonarios:

La cantidad de ricos en Rusia aumenta como la espuma cada día que pasa. Según datos facilitados por la edición rusa de la revista norteamericana Forbes, el número de fortunas de más de mil millones de dólares (670 millones de euros) ha pasado en un sólo año de 60 a 110, prácticamente el doble. Mientras tanto, casi 27 millones de rusos de los 134 que tiene el país subsisten con menos de 90 euros al mes.
El más modesto entre los potentados del gran país eslavo tenía 660 millones de dólares en 2004, cuando Forbes publicó la primera lista de multimillonarios rusos. Ahora, su patrimonio supera los 1.100 millones de dólares. El más acaudalado de todos es Oleg Deripaska, dueño del consorcio alumínico «Bázovi Element» (Elemento Básico), con una riqueza de 28.600 millones de dólares, la novena del planeta.***

Moscú es la ciudad con más multimillonarios, por encima de Nueva York. La impresión que se tiene uniendo todas las piezas que hemos visto, es que se ha pasado en Rusia de la “lucha de clases” a la “lucha de clase”, ya que parece ser que esta “clase” no necesita pelearse con otras, sino que tiene ya bastante con pelearse con sus iguales. Los tradicionales “tribunales de la competencia”, a los que estamos acostumbrados en Occidente, han sido sustituidos por la “competencia en los tribunales”, ya que estos son utilizados para eliminar a los rivales comerciales. Ese es el sentido general del artículo de la BBC y la queja de los empresarios perjudicados que ven cómo los tribunales presionados actúan en su contra.
Y es que este peculiar “laissez faire” ruso ha conseguido reunir lo peor de ambos mundos, del capitalista y del soviético. Los que lo acaban pagando, como siempre, son los pobres rusos o los rusos pobres, condenados a ver como máximo espectáculo este circo romano en el que las fieras adineradas se devoran unas a otras.


Pocos días antes de las elecciones rusas, en febrero, un grupo punk femenino, integrado por cinco enmascaradas, las Pussy Riot (¡buen nombre!), iniciaron un peculiar rezo a la Virgen en la catedral del Cristo Salvador en Moscú. Pedían a la Virgen que les librara de Putin: "Madre de Dios, echa a Putin", era su estribillo. Las tres integrantes identificadas de Pussy Riot se enfrentan a siete años de cárcel. No son empresarias, pero seguro que encontrarían rápidamente un patrocinador. Desde aquí nuestra solidaridad.

* "¿Por qué Rusia encarcela a tantos empresarios?" BBC Mundo 7/07/2012 http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2012/07/120705_rusia_empresarios_carcel_en.shtml
** "El empresario ruso Alexei Kozlov condenado a 5 años de cárcel" Euronews 15/03/2012 http://es.euronews.com/2012/03/15/el-empresario-ruso-alexei-kozlov-condenado-a-5-anos-de-carcel/
*** "Batalla legal de millonarios rusos da comienzo en Londres" BBC Mundo 3/10/2011 http://www.bbc.co.uk/mundo/ultimas_noticias/2011/10/111003_ultnot_rusos_oligarcas_aa.shtml
**** "El número de multimillonarios rusos pasa de 60 a 110 en sólo un año" ABC 19/04/2008 http://www.abc.es/hemeroteca/historico-19-04-2008/abc/Internacional/el-numero-de-multimillonarios-rusos-pasa-de-60-a-110-en-solo-un-a%C3%B1o_1641806511937.html




domingo, 13 de mayo de 2012

El sistema y la dependencia, en el aniversario del 15-M

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El breve artículo de hoy de Lucía Méndez en El Mundo, que le sirve de valoración semanal, se centra en un punto importante en el que reside gran parte del dilema que se abre en el mundo. Titulado “Rato, Deloitte y los indignados”*, con la cuestión de la dimisión de Rodrigo Rato como centro, Méndez señala:

Estas son las reglas de juego de una crisis en la que la política ya no goza de supremacía sobre el mundo económico. Los líderes políticos asisten impotentes a la transformación de un mundo en el que ganar unas elecciones y gobernar ya no significa estar en condiciones de aplicar un programa político. Ahora hay que esperar a ver qué dice el Banco Central Europeo, el FMI, el Ibex, Deloitte, la prima de riesgo o los inversores en deuda pública. Si aprietan todos a la vez, no hay escapatoria ni para el presidente de Bankia, ni para el presidente del Gobierno, ni para nadie.
[…] Desde posiciones políticas contrarias, Rodrigo Rato y los indignados que han vuelto a salir a la calle en el primer aniversario del 15-M tienen algo en común. Creen en la supremacía de la gestión política sobre el sistema económico. Los indignados reclaman un mundo en el que los gobiernos metan en cintura a los banqueros y Rodrigo Rato quería demostrar que un hombre que nació y creció para ser presidente del Gobierno podía tener éxito como presidente de un banco.*


Y realmente la cuestión es esa: la creación de un monstruo gigantesco y fragmentario que actúa de forma automática, que no atiende a ningún tipo de consideración más allá del cumplimiento de un único objetivo, el beneficio, al que se supeditan todos los demás que no son más que medios para el fin.
El gran debate no puede ser realizado porque no existe un interlocutor. No puede debatirse con nadie porque cuando retiran la cortina y esperan encontrar al Mago de Oz, no hay nadie tras la tela. Nadie ve la red en el ojo ajeno. Eso que llaman “mercados”, “inversores”, etc. es un ente polimórfico y repartido, la gigantesca “sociedad anónima global” que compra los destinos de los pueblos en subastas y que se mueve no por las órdenes de nadie sino por protocolos y respuestas automatizadas, órdenes de compra o venta.

Qué bonitos eran aquellos tiempos en los que se podía representar el capitalismo como un señor con frac que se retorcía el bigote. El capitalismo ya somos todos, incluidos los anticapitalistas. Es el sistema. Y la base del sistema es la no regulación, que es como se abrió la caja de Pandora. El capitalismo es lo contrario del absolutismo, aunque haya un absolutismo capitalista, que sería un estado absoluto sin un Luis XIV: Le capitalisme n'est pas moi. El capitalismo son las relaciones. Ni tú ni yo, sino lo que hacemos. Todo.
La cuestión grave que se plantea es que todo nuestro pensamiento institucional y nuestras propias instituciones desde la revolución francesa se basan en que el poder reside en el pueblo y que los políticos deben hacer lo que el pueblo quiere: la voluntad popular. Y el sistema que hemos hecho va en sentido contrario. Para algunos ese “hacer” requeriría mucha explicaciones, puesto que no se ha hecho, sino que ha emergido, que es algo diferente. Hablamos de la emergencia de algo cuando surge de las relaciones anteriores, de la misma forma en que una “pareja” emerge de las relaciones de dos personas o una “familia” cuando tienen hijos.
El sistema emerge en toda su crudeza de las desregulaciones. por un lado, y de globalización de la economía, por otro. Durante siglos se ha teorizado que el poder político tenía un espacio, el de las fronteras del Estado. Hasta esos límites alcanzaba el poder. Más allá comenzaba el poder de otro. El capitalismo ha roto los límites del Estado creando un metaestado mundial que no es el resultado de los G 8, 10 o 20. Eso no es más que una ilusión para que se crea que hay alguien al volante del coche, al timón del barco a los mandos del avión. Y cada día es más evidente que el mundo va con un piloto automático o cibernético, un sistema que decide no como estrategia sino como retroalimentación. La “estrategia” presupone una inteligencia y aquí, aunque las pueda haber parciales, no existe una inteligencia global que pueda abarcar el conjunto, solo un sistema reactivo hipersensible que se mueve por un único programa, el beneficio, y en un sentido exclusivamente numérico susceptible de convertir en ítem del sistema. Cualquier decisión es convertida en información que el sistema procesa y convierte en más información y así hasta el fin de los tiempos. A lo más que podemos aspirar es a tratar de actuar para hacer que el sistema nos sea favorable, pero no lo controlamos en un sentido jerárquico.


Cuando el mundo se ha convertido en una sola máquina unificada, todo es información. Los analistas esperan las presentaciones de los datos que miles de instituciones ofrecen para tratar de comprender el sistema, pero el sistema es incomprensible por definición, no tiene límites. Cada semana se repasan los indicadores, los resultados de empresas, los informes de instituciones, etc., con la única finalidad de poder tomar decisiones que puedan ser automatizadas. Incertidumbre y riesgo son los marcos de las decisiones, mayores o menores, porque no controlamos ni conocemos más que pequeñas parcelas. No poseemos la omnisciencia que sistema requiere para ser comprendido en su totalidad, no comprendemos sus conexiones, establecemos hipótesis sobre la incidencia de ciertos factores sobre el conjunto.

Acierta Lucía Méndez al señalar que los políticos quedan en el punto de mira de unos y otros. Pero existen grandes diferencias, porque lo que exigen los mercados es lo contrario de lo que exigen los pueblos. El argumento de que cuando la economía va bien el pueblo va bien, se relativiza en una sociedad globalizada cuando descubrimos que no todos pueden ir bien, que el beneficio de unos es la desgracia de otros en términos de explotación, medio ambiente, guerras, etc., que es un juego en el que no todos pueden ganar. Descubrimos que el bienestar tiene el límite de los costes de producción y que podemos perder nuestras buenas condiciones cuando las fábricas se desplazan a otros lugares para pagar menos y ganar más, cuando se desplazan millones de personas de unos países a otros para llenar las fábricas con mano de obra barata, etc.
Hemos hecho nuestros una serie de principios que no buscan ni la justicia ni la felicidad, que hemos relativizado  y materializado respectivamente. Así como los mercados exigen la máxima información, aquellos a los que les ha ido bien han deseado no tenerla, no saber de dónde salía su bienestar, cuál era el coste que se estaba pagando en muchas zonas del mundo para que nosotros pudiéramos vivir mejor disfrutando de niveles de vida superiores. Se han mantenido dictaduras o se han hecho guerras para mantener los niveles y ahora se derrumban.
Nuestro problema es que la política se mueve en el terreno de lo local, de los estados, mientras que la economía se mueve en el global. La dependencia entre política y economía es obvia. El descrédito de las clases políticas solo puede ser solventado por una mayor intervención y fiscalización de los ciudadanos en todas aquellas de instituciones de las que depende nuestra existencia ciudadana. No se trata de los derechos sino de la supervisión de esos derechos porque, como hemos comentado, hay que introducir racionalidad en donde hay automatismo, que no es lo mismo. La racionalidad se puede basar en distintos principios, no solo en el beneficio; debe ponderar más elementos que los que este sistema utiliza habitualmente.


En estos días se vuelve a hablar del 15-M, de los indignados, al cumplirse el primer aniversario. Por encima de cualquier otra circunstancia, su efecto ha sido positivo al hacer tomar conciencia de las consecuencias de inercias y automatismos. La denuncia local de los casos de ineficacia, de despilfarro, de corrupción y la fiscalización institucional debe continuar. Primero porque es nuestro deber ciudadano, ya que la responsabilidad del funcionamiento es de todos, y segundo porque cada elemento que se logra sacar de la inercia y del automatismo puede ser aprovechado para recuperar sus fines y cumplir su verdadera función.

Cuanto más control se tenga sobre las decisiones, mayores posibilidades de que sean eficaces para todos. Y menor dependencia, que es el equilibrio entre lo que los demás me quieren hacer y lo que yo puedo evitar. Cuando no puedo evitar nada de lo que me ocurre —como nos pasa ahora—, es que hemos perdido nuestra capacidad de decidir, que somos absolutamente dependientes; políticamente nulos, aunque escandalosos. Hemos perdido, como señalaba Lucía Méndez, la gestión política. Para descubrir cómo se invierte esa tendencia es para lo que hace falta inteligencia, claridad y honestidad. No son virtudes fáciles de encontrar cuando se buscan en el cesto equivocado. La alternativa no es un mundo anárquico ni paralelo, sino la lenta reconquista social de las conciencias e instituciones.


* Lucía Méndez: “Rato, Deloitte y los indignados”. El Mundo, 13/05/2012 http://www.elmundo.es/elmundo/2012/05/13/economia/1336866433.html