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sábado, 22 de diciembre de 2018

Nadie excepto Donald Trump

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En un artículo de la CNN titulado "Trump is pulling out of the wrong war at the wrong time", firmado por David A. Andelman, premiado analista de política internacional y seguridad, antiguo articulista de The New York Times y de la CBS, se pregunta sobre quién puede tomar una decisión tan desastrosa, contra la opinión de todos los asesores, como la de abandonar Siria y reducir de inmediato al 50% la presencia en Afganistán. La respuesta es sencilla y escueta: "Nobody except Donald Trump".
Las líneas del análisis de Andelman coinciden con lo que expresamos ayer aquí y que es de sentido común. Trump no solo deja tirados a sus aliados hasta el momento, sino que entrega la victoria final a Rusia, Turquía e Irán.

What Trump's action will do is to leave several dictators ecstatic: Syria's Bashar al Assad, Russia's Vladimir Putin and Turkey's Recep Erdogan, not to mention Iran's Supreme Leader Ayatollah Seyyed Ali Khamenei.


Quizá recuerden el artículo aparecido en The New York Times que desató las iras de Trump y sus allegados y una búsqueda de quién podría ser su autor o autores. Me refiero a aquel en el que de forma anónima se trataba de "tranquilizar" a la ciudadanía asegurando que una serie de funcionarios estaban de "guardia" para tratar de evitar el caos al que la administración, pensaban, estaba abocada. Hasta el momento, la sociedad norteamericana ha estado jugando con elementos de diferente alcance en dimensiones distintas, del cambio climático al proteccionismo económico, de la inmigración a las tensiones con Corea del Norte o Irán. Pero ahora estamos ante un caso muy distinto.
La cuestión de la seguridad de los Estados Unidos es una parte. Otra es la historia misma, es decir, la capacidad de rectificar algo más que una política, romper una trayectoria que ha supuesto compromisos y algo más, miles de muertos en una guerra de la que retirarse dejando en manos de los rivales la música de la victoria y el espacio ganado, ya como influencia o prestigio, será un peligro para el futuro y un trauma para el presente. La retirada planteada por Trump es algo peor que una derrota: es una estupidez con consecuencias.
No solo les deja el terreno a los rivales, sino que debilita profundamente la percepción de estabilidad que una potencia que se precie debe mantener. David A. Andelman concluye su análisis de la siguiente y clara forma:

At the same time, those who had based their hopes and dreams on American loyalty will suddenly have to choose sides again. Clearly, they will no longer be able to count on American constancy and loyalty. The United States risks facing another, deeper threat even to the homeland once again. Listen to those with long and deep experience in the region, Mr. President. Your legacy depends on it.


La política de Trump es cada vez más errática y cada vez es más difícil estar a su lado. En cuestiones "civiles", puede encontrar personas que les respalden y con las que sustituir a los dimisionarios. Pero la cuestión "militar" es otra cosa muy distinta.
Esto no es una conferencia sobre el cambio climático; es una guerra cruenta y larga de la que salir ahora es hacer inútil el sacrificio de los que participaron y entregar la paz a los que rivalizan con los Estados Unidos. Y así se lo van a hacer ver los militares. Esa es la reacción visceral de Mattis, tras el enfrentamiento con Trump, del que ha dado cuenta la prensa.
La cuestión no afecta solo a los Estados Unidos, sino a todos sus aliados en la zona, los locales y los que están embarcados en Siria para evitar que aquellos que se arriesgaron queden en manos de al-Asad.
Martha Kearney publica en la página de la BBC, con el titular "Trump's withdrawal from Afghanistan ignores a dangerous threat", la sorpresa desde el lado británico sobre la retirada de Siria y los recortes del 50% en Afganistán:

Senior British officers in Afghanistan have long feared the decision of US President Donald Trump to wind down America's mission in the country.
One told me they used to talk about "the tweet of jeopardy", which they said might come at any time from @realDonaldTrump. When I told another officer about the resignation of US Defence Secretary Jim Mattis, he replied in typical military fashion: "Bugger."
It seems that the US's closest allies may not have known about the prospect of troop withdrawal in Afghanistan. Before the news broke, I interviewed the head of the armed forces, General Sir Nick Carter, who was in the capital, Kabul, to see troops before Christmas.
With lower US engagement, the international coalition itself could be at risk. When I stayed at the NKC (New Kabul Compound) military base, which has a British commander, it was clear that the infrastructure was provided by the Americans. To bring back 7,000 US troops in the coming weeks was described to me by a British officer as "precipitous".
The US move is all the more surprising given the recent spike in violence in Afghanistan, which has been prompted in part by elections and by ongoing peace negotiations, with each side trying to assert its strength.**


La decisión, por lo que se aprecia, no ha sido comunicada a los aliados británicos, cuya seguridad se ve comprometida por la propia retirada norteamericana en Afganistán. La guerra en aquel país se ha caracterizado por un modelo de paciencia y resistencia. Saben que en algún momento las tropas se tendrán que ir. Su sentido del tiempo, de la historia y del coste es muy diferente y eso no lo ha acabado de entender ni Trump ni otros presidentes que se han metido en guerras.
Tanto el análisis de Andelman como el de Kearney inciden en que no se ha ganado "nada", que la amenaza del Estado Islámico está presente, que la "victoria" solo es un paréntesis y que simplemente en Afganistán están esperando a que se vayan las tropas de la coalición para volver. Eso lo saben hasta en Irak, donde ya padecen estas tensiones. La retirada es cuestión de tiempo, pero el momento, como señalaba Andelman, el peor.
Desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca se está realizando una prueba de resistencia de la democracia norteamericana, de cuáles son sus límites. También los riesgos del aventurerismo político de una persona que con ninguna experiencia política se pone al frente de una superpotencia. Maravillas de la democracia, diran muchos, pero también un riesgo si no es capaz de la sensatez necesaria para estar en un cargo que es decisión y responsabilidad. Trump presume de lo primero, pero es incapaz de afrontar lo segundo. Desde que llegó a la Casa Blanca, la democracia norteamericana trata de evitar las tropelías inconstitucionales que ha tratado de poner en marcha en muchos campos. Otras, en cambio han quedado en el aire marcando las distancias entre una ciudadanía cada vez más dividida.
La cuestión no es el "legado" de Trump, sino lo que le queda al mundo después del paso de Trump. Las consecuencias sociales en los Estados Unidos van a durar mucho; la fractura es profunda. Más allá, la pregunta se la puede hacer el mundo. Quiéralo o no, lo que hace Estados Unidos afecta al resto: es la servidumbre de las superpotencias y el temor constante de todos a que a su presidencia desate una locura de decisiones de efecto sobre el resto del planeta. Muchas pueden ser irreversibles o significar retrocesos de décadas. Con todo, habrá mucho que se pierda, daños irreparables.
La llegada de un ególatra a un mundo que necesita sobre todo de diálogo, coordinación, acuerdos, etc. se hace notar cada día y nos pone al borde del abismo en cada decisión.  Tiene razón David A. Andelman; solo puede ser Trump el autor de tamaño despropósito.


* David A. Andelman "Trump is pulling out of the wrong war at the wrong time" CNN 20/12/2018 https://edition.cnn.com/2018/12/19/opinions/trump-is-pulling-out-of-the-wrong-war-andelman/index.html
**  Martha Kearney "Trump's withdrawal from Afghanistan ignores a dangerous threat" BBC News 22/12/2018 https://www.bbc.com/news/world-asia-46656172

domingo, 22 de abril de 2018

Raíces imperiales


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La BBC ha publicado un interesante artículo firmado por Paul Cooper, con el título "Saddam's 'Disney for a despot': How dictators exploit ruins". Lo ha incluido en la sección de Cultura, con las etiquetas de Arquitectura e Historia.
El artículo nos comienza describiendo el abandono de las ruinas del palacio que Saddam Hussein construyó frente a las ruinas de la antigua Babilonia. El hundimiento del régimen de Saddam Hussein acabo con la gloria que aquellos muros prometían. Los muros, nos dice, se encuentran llenos de pintadas y sin cuidar. El inmenso palacio sirve para que los niños jueguen en su interior fantasmal. El palacio quiso envolver las ruinas de la antigua civilización integrándolas en una unidad de sentido.
Paul Cooper, tras contarnos cómo los aposentos de Saddam Hussein daban a las antiguas ruinas de Babilonia, escribe:

This striking view is no coincidence. Visitors to this palace were supposed to look out over the ruins of Babylon and make the connection that they were standing in the presence of a great ruler whose legacy would last for millennia.  Saddam isn’t the first dictator to have used ancient ruins in this way. In fact, the link between idealisation of ancient ruins and totalitarian rulers has a long history. This is because ruins are never just what they seem: a collection of walls crumbling into the sand. They are repositories of memory and myth in equal measure. They help construct fascist narratives of past greatness lost to modern decadence and argue for the tyrannies of the past to be reconstructed in the modern age. Such appropriation of ruins often jeopardises them too – and with the destruction of the ancient sites at Palmyra by the so-called Islamic State such a recent blow, it’s worth remembering that the efforts of Saddam, and before him Mussolini and Hitler, to ‘preserve’ ruins often stripped them of context – including other legacies that didn’t fit with the message of the state.*


La manipulación del pasado, especialmente en aquello que puede ser mostrado como sus restos, para poder ejercer influencia en el presente es una tentación. Es sorprendente la capacidad de identificación con los pueblos anteriores y en especial con los imperios especialmente si estos han sido importantes centros de poder.
El prestigio del pasado crece ante los ojos de aquellos cuyo presente es deficiente. Surge entonces la necesidad de intensificar los lazos entre pasado y presente. Evidentemente se trata de una maniobra del hoy de recuperar el viejo poder perdido, ya fuera real o imaginario. Si Saddam Hussein se acostaba y levantaba contemplando las ruinas de Babilonia, se encargaba también de que esa idea asociativa imperial se formara entre los iraquís.


Para las dictaduras, un pasado imperial es como una revancha sobre la Historia. Los enemigos, la decadencia, etc. que hicieron que la gloria, el poder y el esplendor se perdieran por el camino son de nuevo combatidos en su versión actual para poder el esplendor injustamente perdido. La vuelta del pasado glorioso es la promesa que el nuevo líder establecer con el pueblo, que queda fascinado por la posibilidad que se les abre.
Entre las imágenes que acompañan al artículo de la BBC hay una que nos muestra perfectamente el sentido de esta promesa de nuevo despertar, de la llegada de la gloria bajo el líder. Nos muestra a un Saddam Hussein en un antiguo carro babilonio, vestido a la antigua, apuntando con su arco a los enemigos,  aviones, helicópteros y navíos sirios. Frente al carro yace un león del que asoma una flecha. Atrás queda el flamante palacio construido como un símbolo de la recuperación del imperio. El palacio significa el resurgimiento, la solidez; el arco, el poder. La imagen, encargada por el propio Saddam Hussein, nos lo muestra como un emperador surgido del pasado contra un mundo moderno poblado por armas mortíferas. Pero él no las teme; está armado con su arco de cazar leones.  Tras sus flechas vuelan los misiles que derribarán a los enemigos. La imagen es muy elocuente y está meticulosamente construida.


Menciona Cooper la destrucción de las ruinas bajo los golpes del Estados Islámico allí donde las han encontrado e Irak y Siria. Ruinas y objetos antiguos en los museos de las ciudades conquistadas eran objetivos prioritarios por varias causas.
Destruir las ruinas del pasado era volver a destruir a los imperios que levantaron sus grandes obras que han resistido el paso del tiempo. También era destruir el paganismo que representaban, desde el fuerte componente religioso que acompaña a los yihadistas del Estado Islámico. Lo político y lo religioso se unen en un mismo pensamiento, en una misma doctrina; son herramientas usadas con violencia para destruir cualquier vestigio de lo que no cuadre con la ley divina.
La destrucción de esas obras y ruinas tenía un factor psicológico poderoso: desconectar del pasado a los que se vinculan y dejarles huérfanos históricamente hablando. Borrar las raíces es perder el sentido de la continuidad, que real o imaginario, se ha establecido con el pasado.
Uno de los elementos que Margaret MacMillan desarrolla en su interesante obra Usos y abuso de la Historia

Los líderes políticos siempre han sabido el gran valor que tiene compararse con grandes figuras del pasado. Les ayuda a darles estatura y legitimidad como herederos de las tradiciones de la nación. Al compararse con Iván el Terrible y con Pedro el Grande, Stalin estaba asumiendo su papel como constructores de una gran Rusia. Saddam Hussein a su vez se comparaba con Stalin o, acudiendo al pasado islámico e iraquí, con Saladino. El último shah de Irán intentó trazar una línea a través de los siglos que condujera desde Ciro y Darío a su propia dinastía. A Mao Zedong le gustaba remarcar los paralelos entre él mismo y el emperador Qin, que creó China en el año 221 a. C. (M. MacMillan, capítulo II)


Por muy irracionales que nos puedan parecer estar prácticas asociativas, funcionan en aquellos que tiene el sentido de haber sido grandes pueblos y encontrarse hoy humillados por su posición en un mundo con otro reparto del poder.
Durante siglos, puede que se ignoraran las ruinas. Es el surgimiento del nacionalismo, la formación de las identidades nacionales, el que necesita de este ejercicio de emulación y recuerdo de los tiempos imperiales gloriosos. Para ello los monumentos y los restos del pasado son importantes porque mantienen la ficción de la continuidad histórica, que es una de las mejor manipulables. Al igual que se transmite a los pueblos que ellos son los herederos de aquellos gigantes del pasado, también se hace con los líderes, como nos señalaba MacMillan.
Quizá nadie haya llevado esto del resurgimiento imperial más adelante que Recep Tayyip Erdogan, cuyo gusto por reeditar el imperio Otomano es bastante nítido. Palacios enormes, guardias de opereta, etc. tratan de mostrarnos a Erdogan como una reedición de los sultanes enfrentados a occidente.
El 19 de marzo, Bloomberg titulaba "Sultan Who Raged at the West Becomes a Hero in Erdogan’s Turkey". Se refería al sultán Abdulhamid II. Nos cuentan en Bloomberg¨:

“Behind everything that’s harmful to this nation,” the Turkish leader said, “lies an order from the West.”
That’s Ottoman Sultan Abdulhamid II, in an episode of the historical TV drama watched by millions of Turks every Friday. And if they come away drawing parallels with contemporary politics, the country’s current ruler probably wouldn’t object.
“Are you watching ‘Payitaht’?” Recep Tayyip Erdogan asked supporters at a recent rally, as he winds up for an election campaign that could crown his career. He spelled out why they should be. “Foreign powers are still seeking concessions from us,” the president said. “Never!”
Abdulhamid, who was deposed in a 1909 coup, is enjoying an unlikely political moment in Turkey, where Erdogan is due to seek re-election to a newly empowered presidency in 2019, or earlier if elections are brought forward.***


Este es el dirigente turco que se queja porque se le pongan obstáculos para la entrada en la Unión Europea y cuyo país está integrado en la OTAN. Las reticencias ante las pretensiones europeas de Erdogan son cada vez más pertinentes. Convenciendo, como se hace en todo Oriente Medio, que todos sus males provienen de Occidente y restaurando la idea del imperio otomano, identificándose con el Sultán Abdulhamid II, Erdogan está realizando las mismas prácticas que realizaba Saddam Hussein para movilizar al pueblo iraquí. Es la misma manipulación: anunciar la vuelta de la gloria y apuntar hacia los enemigos. Conecta con el pasado imperial, con las raíces. Este próximo año, 2019, estará lleno de celebraciones en las que Erdogan podrá convertirse en la nueva inagen de Abdulhamid II, con lo que sus improperios contra occidente llegaran a su culmen. Ya tiene el gigantesco palacio y ha montado el espectáculo de guardias y banderas gigantes. Las telenovelas ayudan a la identificación hasta tal punto que en Egipto ya han hablado de prohibirlas. Dicen que es porque estropean el árabe, pero me parece que escuece más el recordatorio del imperio otomano del que Egipto formaba parte.
El mundo se nos está llenando de estos émulos de grandes emperadores y héroes míticos que, como en la pintura de Saddam Hussein, dirigen sus flechas imaginarias contra sus enemigos. La vuelta de los pasados imperiales no son buenos ni en pintura ni en gloriosas telenovelas, películas, operetas o canciones patrióticas creadas para atraer un destino triunfal. Siembran malas ideas. 



* Paul Cooper "Saddam's 'Disney for a despot': How dictators exploit ruins" BBC 20/'4/2018 http://www.bbc.com/culture/story/20180419-saddam-disney-for-a-despot-how-dictators-exploit-ruins
** Margaret MacMillan (2009) Usos y abusos de la Historia. Trad. de Ana Herrera.
*** Selcan Hacaoglu "Sultan Who Raged at the West Becomes a Hero in Erdogan’s Turkey" Bloomberg 19/03/208 https://www.bloomberg.com/news/articles/2018-03-19/sultan-who-raged-at-the-west-becomes-a-hero-in-erdogan-s-turkey




Palacio presidencial turco

Parte del palacio de Saddam Hussein

sábado, 12 de septiembre de 2015

Nada, poco o demasiado o el problema norteamericano

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El artículo principal en la edición online de The Washington Post nos muestra un rotundo en su titular:  "Frustrated migrants blame U.S. for their predicament". Si se hiciera una gigantesca encuesta por todo el mundo sobre los grandes problemas que vivimos, una aplastante mayoría daría como responsable a los Estados Unidos. En estos años de escritura lo hemos señalado en repetidas ocasiones: sea cierto o no, la gente cree que los Estados Unidos son los responsables de los problemas de Oriente Medio y de los que se derivan desde allí. Y esto va más allá de la enquistada cuestión israelí.
El comienzo del artículo nos va mostrando casos:

BICSKE, Hungary — If he ever got the chance, he’d settle in the United States, Rzgar Abdul said. But for now, he lives in this spare, barracks-style refugee camp, placing much of the blame for his squalid existence on the United States.
After all, the Islamic State proliferated when U.S. forces pulled out of an unstable country. And that proliferation forced him to leave his home, said Abdul, 28, who is from the Iraqi city of Kirkuk.
“Iraq’s problem is America’s problem,” said Abdul, who said he was a translator for the United States during the Iraq war, making him a target. “This crisis is America’s problem. In Iraq, Syria, all over, the U.S. did not do enough.”
From the squalid migrant campgrounds in Hungary to the offices of Europe’s elected officials, many others also saw the swell of migrants crossing borders as evidence of a failed U.S. foreign policy. Even as President Obama declared that the country would extend asylum to 10,000 Syrians, many blamed the United States for the migration crisis that has walloped Europe.
In Germany, it is rare that the distant reaches of the political left and right agree on anything. But they do now: The United States is at fault.*


Una veces porque "hacen", otras porque "no hacen" y en ocasiones porque "hacen poco", el hecho es que el dedo acusador apunta siempre a los Estados Unidos. Quizá el hecho de los propios gobiernos norteamericanos se consideren como la única potencia mundial que puede ser llamada como tal hace que se la responsabilice de todo lo que ocurre. El hecho de que los Estados Unidos den a entender que todo lo que ocurre les compete hace que de todo se les responsabilice.
Las responsabilidades y acusaciones van desde los que consideran que los yihadistas del Estado Islámico son agentes encubiertos de la CIA hasta los que consideran que tienen un plan para la destrucción del mundo musulmán. Da igual que esto sea cierto o falso. De lo que hablamos es de lo que la gente piensa. A nadie le importa la verdad. Importa la opinión, como los propios norteamericanos se encargaron de teorizar. Y la opinión es esa y la escuchas por doquier.


Por algún extraño motivo, el país con la maquinaria propagandística más poderosa de la Historia, el que controla la producción cultural y la exporta a todo el planeta, el que ha fabricado la infraestructura de la Sociedad de la Información, no logra convencer a nadie y sí poner en su contra a una mayoría de gente repartida por todo el mundo. Es una paradoja, pero está ahí.
Podemos pensar que siempre ha sido así con los más poderosos, pero sería una solución fácil, superficial y, desde luego, poco acertada. Tampoco resuelve nada. Los propios intelectuales estadounidenses —algunos de ellos, al menos— se preguntan de vez en cuando qué hacemos mal. Las respuestas pueden variar mucho, pero al menos se formula esa pregunta necesaria. ¿Han logrado algo? La verdad es que muy poco.

Incluso los beneficiarios de las políticas y ayudas de los Estados Unidos pueden desarrollar un antiamericanismo galopante, como en Egipto. Insisten tanto en sus intereses y seguridad nacional que ya nadie cree que hagan algo que no pase por esas dos consideraciones.
La precampaña electoral norteamericana se está convirtiendo en un despropósito. Las discusiones de los candidatos republicanos ponen los pelos de punta sobre su idea del "orden mundial". Incluso, la intervención de la principal aspirante demócrata ha sido hace unos días sobre la posibilidad de bombardear Irán si no cumplen el acuerdo que está todavía en discusión. Hillary Clinton, como Secretaria de Estado de Obama, tiene mucho de responsabilidad en el desastre de Oriente Medio.


Los cientos de miles de huidos de la guerra hacen su camino de sufrimiento con la idea de que lo que les ha ocurrido ha sido responsabilidad norteamericana, como los entrevistados por The Washington Post. Y esos pensamientos acabarán aflorando en acciones, aunque sea de una pequeña minoría que les acusará de haberlo perdido todo. La mente humana necesita culpables hacia los que dirigir la ira. Y la astucia de algunos les brinda un candidato poderoso.


Las consecuencias de la política seguida desde los años 80 con respecto a la zona la han convertido en un explosivo escenario bélico con efectos mundiales y ha puesto en marcha la mayor oleada de radicalismo islámico jamás vista desde las cruzadas. Las políticas seguidas entonces les llevaron el 11-S directamente a casa y el "remedio" puesto entonces tiene en guardia hoy a medio mundo. La doctrina de la "seguridad" no ha traído más seguridad, sino pingües beneficios en el negocio de la seguridad y la guerra, dentro y fuera de los Estados Unidos.

Evidentemente, responsabilizar a los Estados Unidos de todo lo que ocurre es muy cómodo y muchas veces incierto o injusto. Pero eso no le importa a nadie. La guerra es la guerra y la mentira es un arma barata. Crece sola y avanza a gran velocidad por las Superautopistas de la Información que Al Gore bautizó y consideró el cierre triunfal del "imperio americano". Hoy son las mejores aliadas de sus enemigos, que las usan para captar radicales y suicidas.
Los Estados Unidos han cometido muchos errores en Oriente Medio e Irak; de eso no hay duda. Pero es evidente que, más allá de los errores, algo falla en la estrategia norteamericana. Algo falla en lo que piensan, en lo que hacen y en cómo lo comunican. No lo ve nadie como ellos lo ven y los principales beneficiarios son sus adversarios y enemigos, que apenas tienen que hacer nada, sino dejarles hacer.


Quizá el problema esté precisamente en que no les importe ya otra forma de ver las cosas, una perspectiva diferente a la suya. Conforme el mundo se globalizaba, da la impresión de que las interpretaciones norteamericanas se han hecho más cerradas, más pueblerinas, por decirlo así.
Quizá el retrato que Graham Green hizo en The Quiet American ya anticipaba que el mundo se llenaría de americanos impasibles que actúan en él pero no acaban de entenderlo más allá de sus fronteras. 



* "Frustrated migrants blame U.S. for their predicament" The Washington Post 11/09/2015 https://www.washingtonpost.com/world/austria-shuts-down-parts-of-highway-near-hungary-to-stem-crush-of-migrants/2015/09/11/065d5b50-57f8-11e5-9f54-1ea23f6e02f3_story.html







viernes, 22 de mayo de 2015

El desconcierto ante la guerra sin fin

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La foto del diario El País de un Obama cabizbajo, como réplica de una difusa imagen del busto de Lincoln al fondo, sirve para ilustrar un titular: "El avance yihadista desconcierta a Estados Unidos". "Desconcierto" quizá no sea la palabra más adecuada o quizá aunque podría decirse también lo mismo de las otras. Quizá tampoco "avance" o "yihadista" ayudan a comprender lo que está ocurriendo allí y en el resto de la zona.
El diario señala en el inicio de la noticia:

Desconcertada por los avances recientes del Estado Islámico (EI) en Siria e Irak, la Administración Obama reexamina la estrategia. Los cambios, de momento, son mínimos. El Pentágono ha enviado cohetes antitanques y estudia ampliar el entrenamiento de las tropas locales.
El problema es que los estadounidenses se resisten a implicarse más en la guerra, pero constatan que las fuerzas iraquíes, por sí solas, son incapaces de derrotar a los yihadistas. Irak, 12 años después de la invasión, ocupa de nuevo el centro de la pelea política.
Irak es, para Estados Unidos, la guerra sin fin. Cuando parece que ha terminado, regresa. La toma, en menos de una semana, de Palmira (Siria) y Ramadi (Irak), por el EI es un contratiempo para Washington. Casi un año después del inicio de una intervención para frenar a los terroristas yihadistas suníes, los resultados son magros.
Casi un año después del inicio de una intervención para frenar a los terroristas yihadistas suníes, los resultados son magros
En Irak, la estrategia de la Administración Obama consiste en apoyar con bombardeos aéreos y asesores militares sobre el terreno a las fuerzas iraquíes que combaten contra el EI. Ahora hay unos 3.000 asesores. En Siria, es más complicado. EE UU, que allí participa en la guerra con ataques aéreos, es enemigo del régimen de Bachar el Asad y del EI, que son enemigos entre sí.*


El problema real de los Estados Unidos es que cuando comienza una guerra está convencido de que la va a ganar. Y eso no siempre ocurre, sobre todo en un mundo que desconoce,  en donde la palabra "guerra" significa otra cosa. Decir que los resultados son "magros" es quedarse muy corto ante lo que ha sido y es un auténtico despropósito estratégico y conceptual.
"La guerra sin fin" es una buena descripción de la guerra que "no se gana". Y eso en un país determinado por la opinión pública, convencida siempre de que las guerras se hacen para ganarlas.
El "desconcierto" es un estado complicado que confirma que Barack Obama es un hombre mal asesorado o si se prefiere un hombre que se escucha demasiado a sí mismo. La historia de Obama es un rosario de desconciertos. Y sus aliados tradicionales probablemente le teman más que a peligros más evidentes.


La meta del Estado Islámico es un "estado islámico". Esto, que es una obviedad, debería dar pistas sobre el fondo del problema. Nos dicen ahora, gracias a la desclasificación de los documento de Osama Bin Laden, que la meta de este no era un "estado islámico" sino hacer todo el daño posible, en lo económico y en cualquier otro terreno, a los Estados Unidos y a Occidente. Gracias a este último favor de Bin Laden para ayudarnos a entender las diferencias, deberíamos percibir que no se puede combatir a unos como al otro.
A muchos países islámicos no les gusta que se hable de "estado islámico" porque es lo que ellos quieren o ya tienen. Eso hace también cuestionarse las políticas de alianzas mantenidas por los Estados Unidos con determinados países y con las financiaciones de los grupos que han ido creciendo a la sombra de terceros. Algunos están convirtiéndose en "conservadores" y "tradicionalistas" para evitar ser acusados ante sus propios ciudadanos de "impíos". No solo avanzan los ejércitos. Cuando los yihadistas llegan, unos huyen en desbandada, otros se quedan a vitorearlos.

Las reacciones ante el Estado Islámico son dobles: frenarlos militarmente y aumentar su "virtud islámica". Eso explica porque deciden cortar el acceso a Internet o perseguir homosexuales. A estos últimos, los del Estado Islámico los lanzan desde las torres de las plazas mientras que en los "moderados" solo los meten en la cárcel.
El fracaso del "islamismo político", la apuesta norteamericana para garantizarse la seguridad nacional tras el 11 de septiembre, que ha servido para apuntalar gobiernos como el de Turquía, una pieza clave en la zona, cuya pasividad ha sido escandalosa, llegando las huestes del Estado Islámico hasta un tiro de piedra de sus fronteras, con los kurdos retenidos impidiéndoseles defender sus poblaciones.
Se sigue pensando esta guerra que se extiende como un problema de "naciones" o de "estados". No se trata de un movimiento que reivindique un espacio para alojar una nación, no es un problema como el de Palestina o similares. Por definición el "Estado islámico" no tiene límites y debería cubrir la totalidad del globo porque el "Estado Islámico" es el "reino de Dios", una metáfora de la conversión a fuego y espada del único "estado" posible sobre la Tierra. El establecimiento de fases para alcanzarlo no es más que una estrategia que surge de un principio de garantía divina del triunfo final.


"Why fight for the Iraqis if they are not going to fight for themselves?", se preguntaba ayer el comentarista Eugene Robinson desde las columnas de The Washington Post. La pregunta del titular de su artículo es una buena pregunta. De hecho, su artículo está lleno de buenas preguntas, que no implica necesariamente acertadas respuestas. Señala Robinson en el comienzo de su artículo:

If Iraqis won’t fight for their nation’s survival, why on earth should we?
This is the question posed by the fall of Ramadi, which revealed the emptiness at the core of U.S. policy. President Obama’s critics are missing the point: Ultimately, it doesn’t matter how many troops he sends back to Iraq or whether their footwear happens to touch the ground. The simple truth is that if Iraqis will not join together to fight for a united and peaceful country, there will be continuing conflict and chaos that potentially threaten American interests.**


La pregunta inicial muestra un desconcierto, como se desconcierta Robinson ante las imágenes del ejército iraquí huyendo a la carrera dejando atrás el moderno material militar dado por los Estados Unidos. No es la primera vez que vemos esto. Solo aquellos que tienen un fuerte apego emocional con sus territorios los defienden. Es lo que señala Robinson en el artículo. Los kurdos defendían y plantaban cara. Los que se consideran peones de gobiernos dictatoriales no tienen demasiadas ganas de dejarse la piel por ellos. Entran en los ejércitos porque se vive mejor que fuera de ellos, hasta que toca ir a luchar. El yihadista, que se da por muerto, tiene una motivación de la que ellos carecen. Los que huyen no se entregan porque saben que no hacen prisioneros, que es la forma de sembrar el pánico en los que tienes enfrente. 


Eugene Robinson baraja varias hipótesis, pero cuestiona la de que es posible frenar solo desde el aire un avance de este tipo. Se queja, además, de que se dejan atrás el material militar dado por los Estados Unidos, por lo que considera que están armando al enemigo.
Robinson llama la "simple verdad" a esa constatación de la falta de unidad y voluntad para frenar el avance y la instauración del Estado Islámico allí donde lleguen. Pero la verdad, aunque simple por un lado, no deja de ser compleja si no se entiende y sirve para extraer conclusiones útiles.

Hemos pasado de preocuparnos por el regreso de los "yihadistas" y los posibles atentado a intentar reconocer las dimensiones del problema que esto tiene para la zona y la inestabilidad de décadas que esto producirá. No es un problema bélico, de ganar o no unas batallas. Es algo mayor que se ha dejado crecer alimentándolo con favores y errores pensando que sería controlable. Pero no es así. Conforme avance el Estado Islámico o demuestre su poder, se producirán desestabilizaciones en diferentes lugares de la zona. Serán avisos de que son las próximas zonas en ser convertidas, "evangelizadas". Eso hará intensificar el radicalismo en la zona y, lo que es peor, el aumento de la ortodoxia para evitar, como señalamos, ser convertidos en objeto de las campañas acusadoras de traicionar al islam. Esa ortodoxia creciente hará que huyan de allí, como huyen ahora de las zonas en conflicto, aquellos a los que se persiga, acose, señale como enemigos por sus rechazos al radicalismo. Eso tendrá un efecto facilitador del avance de los virtuosos, que verán el frente libre ante la huida.
Durante años se ha apoyado a los que garantizaban tener controladas a las poblaciones mediante dictaduras. Ahora vemos el resultado: la debilidad intelectual para hacerles frente y la falta de compromiso en la defensa de los espacios, que son conquistado con facilidad pasmosa.


Eugene Robinson no ve ninguna salida clara, ni tan siquiera con la aplicación de la doctrina de la "fuerza abrumadora" de Colin Powell. Y ninguna lo es si no se gana otro tipo de batallas antes. La cuestión ahora es si ya no es demasiado tarde.
La "guerra sin fin" es una fórmula de otro tipo de guerra o, si se prefiere, de otro tipo de motivación para la guerra. Frente al desconcierto norteamericano, a sus dudas constantes, la férrea voluntad del fanático que no tiene nada que perder y al que se la ha prometido gloria en esta vida y en la otra. Ya no es una guerra de ejércitos convencionales. Y sobre todo no es una guerra que se pueda plantear como una cuestión exclusiva de los "intereses norteamericanos", como señala Eugene Robinson, sino en términos más amplios que afectan a la propia Europa que está en las puertas.
Seguimos hablando de "grupo armado", "grupo terrorista", "yihadistas internacionales", etc., pensando en una dimensiones y claves que la realidad ya no tiene. Hemos pasado de la preocupación por unas quinceañeras londinenses o parisinas que se van románticamente a "hacer la yihad" a un problema mucho más amplio e imprevisible en su desarrollo y consecuencias colaterales. Esto está aquí para quedarse mucho tiempo.
La guerra sin fin es desconcertante porque implica a aquellos que no quieren estar implicados. No es una guerra para conseguir algo; es una guerra cuyo objetivo final es conseguirte a ti, estés donde estés. Ese es al menos su sueño. Los sueños de unos son las pesadillas de otros.


* "El avance yihadista desconcierta a Estados Unidos" El País 22/05/2015 http://internacional.elpais.com/internacional/2015/05/21/actualidad/1432238635_908645.html
** Eugene Robinson "Why fight for the Iraqis if they are not going to fight for themselves?" The Washington Post 21/05/2015 http://www.washingtonpost.com/opinions/why-fight-for-the-iraqis-if-they-are-not-going-to-fight-for-themselves/2015/05/21/8daab246-ffd9-11e4-805c-c3f407e5a9e9_story.html?hpid=z3

domingo, 26 de abril de 2015

La lengua de las cárceles

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Cada vez parece más claro el papel que las cárceles juegan en la cuestión del terrorismo. Lejos de ser lugares de rehabilitación o castigo, se convierten en puntos de encuentro en donde se forman los futuros terroristas. Entras por un delito menor y sales con ganas de cometer otro mayor.
El diario ABC nos trae hoy otro ejemplo más de esta función imprevista de las cárceles:

El grupo yihadista Estado Islámico nació en el que debió ser el más improbable de los lugares: una prisión estadounidense en el desierto de Irak, conocida con el nombre de Camp Bucca. Así lo confirman varios analistas y los comandantes a cargo de la instalación, así como los soldados que trabajaron en ella.
Camp Bucca no era su nombre original. Tras la invasión de Irak, las fuerzas británicas la llamaron Camp Freddy. Pero en abril de 2003, cuando los estadounidenses tomaron el control del campo de detención, lo rebautizaron en honor a Ronald Bucca, un jefe de bomberos de Nueva York que murió por las labores de rescate tras el ataque del 11 de septiembre de 2011 a las Torres Gemelas, informa la BBC.*


Las cárceles acaban convirtiéndose en los puntos de origen de muchos conflictos. Es el efecto de concentración que se produce cuando se reúnen los "contaminadores" ideológicos. La cárcel es un lugar perfecto para que algunas personas sean captadas para futuras acciones o como miembros de grupos. La situación de presión que suponen hace que muchos busquen a los que les ofrecen palabras de seguridad y dan forma agresiva a sus propios temores e inseguridades.
El diario ABC habla de "universidad de terroristas" y señala que hasta nueve dirigentes del Estado Islámico pasaron por allí, especialmente su líder actual:

El líder del grupo yihadista, Abu Bakr al-Baghdadi, autoproclamado califa y «líder de todos los musulmanes», por ejemplo, permaneció en Camp Bucca cinco años. Lo trasladaron tras detenerlo en Fallujah, al oeste de la capital, Bagdad, en febrero 2004.
Tenía 33 años y no habían pasado muchos meses desde que ayudara a fundar Jeish Ahl al-Sunnah al-Jamaah, un grupo militante que había echado raíces en las comunidades sunitas alrededor de su ciudad natal, Samarra.
Eran tiempos en los que la insurgencia sunita contra EE.UU. estaba cobrando fuerza en el país.
Pero el grupo que ayudó a fundar no era muy conocido, así que llegó a la prisión con perfil bajo. «Los estadounidenses no sabían a quién tenían», dijo sobre él Hisham al-Hashimi, un asesor del actual gobierno iraquí.
Allí, en Camp Bucca, Al Baghdadi coincidió con el que después sería su número dos en EI, Abu Muslim al-Turkmani, así como con el experimentado militar Haji Bakr, hoy fallecido. También permaneció en el campo de detención Abu Qasim, líder de los combatientes extranjeros, según Soufan Group.
Los analistas señalan que es probable que estos hombres fueran extremistas cuando entraron en la prisión, pero seguro que lo eran cuando salieron de ella. «Antes de su detención, Al Baghdadi y otros eran radicales violentos (...), pero su tiempo en prisión hizo más profundo su extremismo y les dio la oportunidad de aumentar el número de seguidores», escribió el antiguo militar Andrew Thompson en el diario «The New York Times» en noviembre de 2014. «Estos extremistas estaban básicamente gestionando una universidad para entrenar terroristas en nuestras propias instalaciones»*


La idea de "entrenar terroristas" no me parece la más adecuada porque lo que se hacía allí es distinto de lo que se hace en un campo convencional de terrorismo, el entrenamiento armado. Pero esta percepción nos muestra que no hay una distinción muy clara en la gradación del fenómeno del cual el atentado terrorista es uno de los finales posibles. Por decirlo así: el concepto de "seguridad" es demasiado restringido para los fenómenos que se tienen que abarcar.

La cuestión no se plantea solo en una cárcel como la que se nos describe. El problema en las cárceles de occidente en donde comienza a tenerse gran cantidad de presos islamistas empieza en el simple hecho del idioma. El hecho de que el personal penitenciario no logre saber de qué hablan o que si se tiene ese personal sea poco y obligue a reagruparlo para poder tenerlo bajo vigilancia. Con ello se produce el efecto que señalaban en la información de ABC: nosotros mismos los reunimos. Es más cómodo y barato, pero las consecuencias son terribles para el futuro. Gilles de Kerhove, el coordinador europeo de la lucha antiterrorista, ha llamado a la cárcel "incubadora de la radicalización"**. No le falta razón. Y nosotros los reunimos por comodidad y falta de recursos.


En septiembre de 2014, El Confidencial Digital titulaba una de sus informaciones "El aumento de los reclusos islamistas obliga a Prisiones a contratar traductores de dialectos árabes". Se nos decía que hasta el momento, es decir, hasta hace unos meses, no se disponía de traductores de lengua árabe. Eso supone depender de confidentes que suelen ser bastante poco de fiar en sus informaciones porque saben a quién deben temer más.
El Confidencial Digital informa de las nuevas dotaciones presupuestarias para la contratación de personal que pueda realizar las tareas de apoyo en sus tareas de prevención, que van más allá de la cuestión islamista, pues las mafias internacionales obligan al conocimiento de cada vez idiomas más alejados de los más usados:

El organismo reconoce que existe una “carencia de la Administración” a la hora de “disponer de personal con conocimientos en un número muy amplio de idiomas”, y una “necesidad” de estos servicios por “las características y procedencia cada vez más internacional de la población penitenciaria”.
Los presos islamistas, los que más preocupan
Técnicos de Instituciones Penitenciarias, consultadas por ECD sobre esta decisión de Interior, explican que en el ministerio, y en la secretaría de Estado, existe una “gran preocupación” por el crecimiento de la población islamista, y por el hecho de no “poder controlar” sus conversaciones.
En concreto, y según las fuentes citadas, “existe personal que conoce el árabe genérico”. No obstante, los presos, conscientes de ello, “empiezan a usar unos dialectos, más locales, que son imposibles de identificar y traducir por estos trabajadores”.
Por ese motivo, los técnicos de Prisiones dan por hecho que la Subdirección General de Servicios Penitenciarios elegirá la oferta que ofrezca a los mejores intérpretes de estos dialectos, ya que, a día de hoy, “no somos capaces de entenderlos”.***


Durante siglos, los delincuentes usaban sus propias jergas para evitar ser comprendidos por los que podían detectar sus intenciones. Lo primero que aprendía un policía era el lenguaje de los chorizos, del que acababa siendo un experto a fuerza de tratar con ellos. Pero el problema con el islamismo va más allá de esta cuestión. El árabe clásico, que comparten por ser la lengua del Corán, no es suficiente y se emplean las variedades y dialectos locales que usan para evitar que les detecten.
Las opciones son separarlos e impedir que se comuniquen o juntarles para que hablen y sean escuchados. Normalmente, excepto en casos muy señalados de aislamiento, lo que se suele preferir es lo segundo, porque la tendencia es a intentar saber lo que no se sabe y para eso es esencial la escucha vigilante.
La preparación de atentados es un objetivo prioritario, evidentemente. Pero no se debería dejar de lado el proselitismo porque es convertir la cárcel en esa "universidad" extremista que se señalaba.


Se deben plantear formas que impidan el proselitismo que es sembrar desastres futuros. Hasta el momento, las preocupaciones eran que los yihadistas iban a Siria y luego pudieran volver. Pero creo que ese problema ya está desbordado por problemas futuros que hay que ir imaginando.
Lo que debe ser entendido es que esto no es una cuestión temporal, que pueda ser cortada de raíz. Ese es siempre el error fundamental de la política de los Estados Unidos, ese pragmático ·voy, bombardeo y vuelvo" que tanto efectos negativos ha tenido y tiene. Es un exceso de confianza en que se pueden castigar las afrentas siempre y por la fuerza. Pero una cosa es la fuerza y otra el dolor. Cualquiera puede causar dolor con una bomba casera, como sucedió en Boston, o un simple cuchillo, como ocurrió en Londres. No hacen falta grandes redes; con alguien con voluntad de hacer daño es suficiente.


Las armas son prolongaciones de los seres humanos, de su violencia y fanatismo, de su deseo de dañar. Toda política que no entienda esto está destinada a enredarse con sus propios cordones. Esto no es una guerra convencional, limitada al tiempo y al espacio. Es un conflicto profundo que se vive en el seno de las sociedades que lo padecen y cuya solución debe estar allí. El empeño en considerarlo solo una "guerra contra occidente" es percibir erróneamente el problema, que tiene muchos niveles de complejidad.
Señalaban en El Confidencial Digital:

Según los datos que maneja el ministerio del Interior, en los últimos diez años, concretamente desde los atentados del 11-M, han sido llevados a prisión a más de 450 islamistas. De todos ellos, 42 son considerados terroristas de la Yihad.
Los contactos que éstos hacen en la cárcel, sumado al ingreso de nuevos islamistas procedentes de Siria que volvían a España a captar adeptos, han provocado que desde Interior estén muy atentos a las alianzas que todos ellos pueden tejer en las cárceles españolas: “Pueden utilizar cualquier conversación para sumar voluntades o intercambiar información”, explican las fuentes consultadas.***


La cuestión de las cárceles pasa a ser capital porque ya no se pueden considerar el fin de un problema, sino el comienzo de otro mayor. La estrategia que se deba seguir debe ser otra hasta la seguida hasta el momento. La necesidad de traductores que puedan interceptar los planes que puedan estar urdiendo es solo una parte. Además es necesario empezar a comprender la psicología, los mecanismos de la captación y el adoctrinamiento para poder combatirlos.
En 2008, los funcionarios de instituciones penitenciarias se quejaban de lo mismo y advertían que las cárceles, con menos personal y aumento de presos terroristas, se convertiría en eso que DeKerchove ha llamado "incubadora". Ahora parece obvio a todos.


Con todo, el origen del problema no está en las cárceles, sino allí donde la política local deja las manos libres para que el radicalismo se mueva para asegurarse el apoyo exterior; allí donde los medios de comunicación bombardean con llamadas directas o indirectas al sentido del agravio sin que nadie les conteste o desmienta; allí donde los intereses de las castas dirigentes siguen evitando el desarrollo; allí donde las élites se han asegurado de la existencia de la ignorancia para seguir manteniendo su estatus privilegiado. La Historia y sus errores —muchos nuestros— han hecho el resto.
El que se haya conseguido entender la importancia de esa escucha es esencial y es de esperar que ayudará a evitar males mayores. En un medio en el que la infiltración no es fácil y los confidentes son muy poco fiables, la mejor opción es la escucha atenta. Al problema de las redes sociales y las mezquitas controladas por radicales, entre otros, no se debería sumar el de las cárceles como centro de reclutamiento. Todos son puntos de entrada diferentes para la construcción del radical que solo necesita el empujón final, en el momento adecuado, para transformase en terrorista.



* "Camp Bucca, la prisión estadounidense donde nació el Estado Islámico" ABC 26/04/2015 http://www.abc.es/internacional/20150426/abci-camp-bucca-universidad-estado-201504232109.html
** "De Kerchove: “La cárcel es una gran incubadora de la radicalización”" Parlamento Europeo En Portada 30/03/2015 http://www.europarl.europa.eu/news/es/news-room/content/20150316STO34842/html/De-Kerchove-%E2%80%9CLa-c%C3%A1rcel-es-una-gran-incubadora-de-la-radicalizaci%C3%B3n%E2%80%9D

*** "El aumento de los reclusos islamistas obliga a Prisiones a contratar traductores de dialectos árabes" El Confidencial Digital 26/09/2014 http://www.elconfidencialdigital.com/seguridad/islamistas-reclusos-prisiones-dialectos_arabes_0_2351764827.html