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miércoles, 12 de febrero de 2014

No molesten, somos suizos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Las cifras de la inmigración en Suiza están resultando ser muy distintas de las que podrían suponerse. El tópico de la invasión tercermundista de Suiza se diluye ante los verdaderos invasores del país, los alemanes e italianos, vecinos de Suiza, y los portugueses. Con las cifras oficiales suizas en la mano, son esos tres países los que tienen una mayor presencia allí. Y no es nuevo. Alemanes e italianos son vecinos de Suiza. Según las cifras oficiales, entre 2011 y 2013, la población española se incrementó en unas tres mil ochocientas personas; pasó de 66.011 a 69.793. Son cifras muy alejadas de los 294.000 de Italia, los 285.000 de Alemania,  o los 238.000 de Portugal. La emigración francesa es también muy superior a la española 103.929, con un incremento del 4.5%.
Otro dato: de los tres países candidatos a la Unión Europea (Turquía, Croacia y Macedonia) los dos primeros perdieron población en Suiza, disminuyendo el número de residentes. Entre los tres suman 163.000 inmigrantes, con una pérdida global de -0'5%. La presencia de serbios (de 102.957 a 94.851, un -7'8%) y bosnios (33.505 a 32.912, un -5'8), también se redujo.


Localizo una información que me parece muy esclarecedora, del año 2007. A veces es mejor mirar de dónde salió la piedra para entender dónde cayó. La noticia se refiere a un documental realizado por la televisión suiza, con el título 'Los alemanes llegan y cómo los queremos' y nos lo explicaban en SwissInfo, servicio de de información sobre Suiza.

¿Cuál fue el origen de la decisión de hacer un documental al respecto?, preguntó swissinfo al autor del filme, Pino Aschwanden.
"En agosto pasado se dio a conocer que los alemanes estaban a la cabeza en la lista de la nueva corriente migratoria hacia Suiza. Buscamos entonces mostrar las razones del porqué Suiza es atractiva para los alemanes y abordar la vida en común con los suizos."
Cuando Aschwanden preguntó en la calle a varias decenas de suizos su opinión sobre sus vecinos al norte surgieron varias respuestas constantes: "arrogantes", "impertinentes", "poco amables"...
"Me sorprendió que los 50 suizos que en la calle abordamos para preguntarles su parecer sobre los alemanes -con excepción de uno- dijeran que hay algo que les molesta de ellos. Aunque también hicimos un sondeo representativo a 600.000 personas. Un cuarto de ellas dijo no tener un aprecio especial hacia los alemanes."**


Mencionaba yo hace dos días, cómo se había quedado granado en mi memoria el comentario de una ciudadana suiza, hace décadas, sobre cómo le molestaba el "olor a ajo" que se desprendía de los inmigrantes. Los suizos, pueblo que presume de realizar esta forma de "democracia directa", están acostumbrados a dar su opinión con franqueza impertinente sobre todos los demás. El documental podría haberse hecho probablemente sobre cualquier otra nacionalidad y los suizos habrían encontrado alguna molestia en los demás, algún defecto del que ellos carecen y que habrían resaltado desde la perspectiva que da la altura de sus cumbres.
El documentalista no deja de sorprenderse por las reacciones de unos y otros, ante lo que él pensaba que sería un acogedor encuentro entre vecinos que hablan la misma lengua, aunque con un dialecto diferente:

Justamente en el documental de Aschwanden aparece una chica germana en sus primeras clases de dialecto zuriqués, toda una exigencia en la que esa hermandad idiomática que une a ambas razas no resulta nada fácil de distinguir a la hora de repetir las conjugaciones verbales.
Pocos pensaron al respecto antes de llegar a Suiza: "Cuando recién llegada iba a los supermercados ¡no podía entender lo que me decían! ¡Eso me impactó de tal forma!"
El documentalista muestra otros desconciertos de los alemanes tras su arribo a Suiza. "Fue un choque cultural para mí", "Los suizos son un mundo cerrado', "Nunca pensé que Suiza fuera tan lejana... ", apuntan algunos.**

Como cierre, SwissInfo incluye un recuadro titulado "contexto" que termina con la siguiente aclaración:

En el aspecto social, cabe decir que si bien los alemanes resultan arrogantes para los suizos que hablan como lengua materna algún dilecto alemán, ocurre el mismo fenómeno en el caso de los suizos de habla francesa con relación a los vecinos de Francia.**


No sé si le servirá a alguien —a los alemanes— de consuelo saber que tienen los mismos recelos hacia los franceses. Creo que la historia nos muestra que a lo único que los suizos no le hacen ascos es al dinero, del que nunca les ha preocupado demasiado ni su acento ni su olor.
Podrían dar datos sobre los beneficios o perjuicios para su economía y desarrollo, pero las razones suizas se basan siempre en "olores", "acentos", "altiveces", etc. Es decir, Suiza acoge a otras personas porque no tiene más remedio y a regañadientes, con el meñique estirado, cara de asco y una ceja levantada, como diciendo a qué vendrá este. Son así, por lo menos en cantidad suficiente como para sacar adelante sus leyes restrictivas respecto a la Europa que les rodea.


En el año 2006, con motivo de la aprobación de más leyes restrictivas hacia la inmigración, con casi un 70% de los suizos a favor, Swissinfo entrevistó al historiador (calificado como de "izquierda" por la publicación) Hans-Ulrich Jost:

swissinfo: ¿Considera que Suiza tiene una herencia xenófoba?
H.-U. J.: Para decirlo llanamente, desde principios del siglo 20, Suiza tiene dos o tres parámetros constantes en su política. Y uno de ellos es la xenofobia.
Esto comenzó antes de la Primera Guerra Mundial con el asunto de los extranjeros pero, peor todavía, con la exclusión de ciertas poblaciones. Los gitanos, por ejemplo, a los que un documento de la administración federal de la época califica abiertamente de 'úlcera'.
A partir de allí, esta temática no nos ha dejado. Ha sido utilizada periódicamente por uno u otro partido de la derecha o de la extrema derecha, y de ahí llegamos ahora a este muy claro veredicto.
El velo humanitario detrás del cual nos escondimos siempre se ha desgarrado.
swissinfo: Sin embargo, todo el mundo habla de la tradición humanitaria de Suiza. Y los vencedores del domingo aseguran que no ha sido cuestionada. ¿Para usted eso sería sólo una ilusión? 
H.-U. J.: No es una ilusión, pero hay que relativizarla. Incluso un importante periódico de expresión alemana, más bien conservador, escribió claramente que, de hecho, nuestra tradición humanitaria es válida mientras interesa al país y no afecta demasiado a nuestro sagrado egoísmo.
Y esto ya era verdad en la época de los Hugonotes, esos refugiados protestantes venidos de Francia. Los aceptamos pero con muchas reticencias e invitándolos a partir lo más pronto posible.***


La conclusión de Jost es que el humanitarismo suizo (¡cómo engaña lo de la "cruz roja"!) no es más que una forma de interés camuflado para esconder eso que llama "nuestro sagrado egoísmo". Probablemente sean las suspicacias de todo país pequeño, las reticencias ante los temores del que se sabe débil numéricamente. A veces lo tienen también los países más grandes y casi nadie está libre de culpa en estas cosas, pero al someterlo a votación directa a los suizos no les quedan muchas excusas. No las necesitan; ellos son directos en sus desprecios y temores.  Veremos si ahora, la respuesta europea es lo suficientemente contundente como para hacer ver a los suizos que ese "sagrado egoísmo" les traerá consecuencias. No se puede establecer acuerdos que te benefician y luego retirar las contrapartidas. Está por ver la contundencia europea o la tibieza con la que aborda este problema real. 

Con todo, lo más preocupante serán los efectos sobre los "suizos de corazón" repartidos por toda Europa y que, como ellos, se sienten molestos ante fenómenos como la inmigración. La próxima campaña europea debe ser "europea". La obsesión por convertirlas en elecciones locales por parte de nuestros políticos no hará sino —una vez más— impedir que tengamos una mejor perspectiva del desarrollo común. Nuestros políticos quieren que nuestras mentes se paren en los Pirineos, que no dejemos de mirarles en su patético provincianismo, entre nacional y autonómico. Seguimos transmitiendo la idea que Europa es un lugar donde van los políticos y no un espacio al  que pertenecemos los ciudadanos, una identidad por construir.
Hay que hablar mucho de Europa; hay que tenerla en mente constantemente porque de no ser así se convertirá en un fantasma retórico. Hay que traer sus problemas al centro de discusión para poder mejorar el proyecto que es y la realidad que debe ser.


* Federal Office for Migration FOM, Statistical Services. Number of permanent foreign resident population by nationality / end of December 2011 and 2012 https://www.bfm.admin.ch/content/dam/data/migration/statistik/auslaenderstatistik/aktuelle/ausl-nach-staat/ts8-bevoelkerung-staat-2012-12-e.pdf
** 'Los alemanes llegan y cómo los queremos' Swissinfo 23/02/2007 http://www.swissinfo.ch/spa/actualidad/Los_alemanes_llegan_y_como_los_queremos.html?cid=5740612

*** "La vieja herencia xenófoba de Suiza" SwissInfo 26/09/2006 http://www.swissinfo.ch/spa/actualidad/La_vieja_herencia_xenofoba_de_Suiza.html?cid=5469092



lunes, 10 de febrero de 2014

El movimiento suizo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los resultados del referéndum en Suiza sobre las restricciones de trabajadores de la UE no es una buena noticia para Europa. Ni tan siquiera lo es para Suiza, aunque ellos no lo sepan. Esta vez no son los inmigrantes extracomunitarios los que son rechazados en las fronteras haciéndoles ver que Europa, como "paraíso", está cerrada para ellos. Esta vez, por el contrario, es a los habitantes del paraíso a los que se les niega la entrada en ese otro paraíso donde no hay restricciones al dinero, pero sí a las personas. Veremos ahora si Suiza (y sus buenos clientes europeos) logra frenar las consecuencias que la revisión del acuerdo bilateral tendrá inevitablemente para todos. El presidente del Parlamento europeo, Martin Schulz, ya se ha manifestado pidiendo "consecuencias".

Lo peor del caso no es la cuestión suiza en sí, sino el ejemplo que para el discurso antieuropeo supondrá de cara a las próximas y decisivas elecciones en la Unión. Los suizos tienen sus reflejos especulares en los euroescépticos o simples antieuropeos, cuyo interés principal es el cierre de fronteras. El resultado ajustado del referéndum —apenas unas décimas sobre el cincuenta por ciento— no esconde el mensaje populista y de rechazo que ha prendido entre los suizos.
Lo interesante del caso suizo es que prácticamente todas las fuerzas políticas y sociales estaban a favor del "no" por motivos esencialmente económicos, que es un lenguaje que los suizos deberían entender muy bien y que, sin embargo, no ha sido decisivo o lo ha sido en otro tipo de aritmética, la emocional primaria.
Desde el Reino Unido, uno de los feudos tradicionales de los euroescépticos, el editor para Europa de la BBC, Gavin Hewitt, lo interpreta como un "desafío" a la Unión. La propia BBC resume su planteamiento:

Los suizos mostraron no tener miedo a los fatales pronósticos de quienes defendían el no este domingo, grupo que engloba al gobierno suizo, la mayor parte de los partidos políticos, el empresariado y los sindicatos.
Para ellos, la libre circulación es clave para el éxito de la economía de Suiza, al permitir que los empleadores elijan a personal cualificado de toda Europa.
Por su parte, los argumentos que esgrimieron los defensores del sí bien podían haberse escuchado en muchos otros países europeos.
Los partidarios del sistema de cuotas alegan que los trabajadores procedentes de la UE son en ocasiones un obstáculo para los trabajadores suizos. Dicen que la llegada de extranjeros ha hecho subir el precio de los alquileres, ha bajado los salarios y ha supuesto mayor presión para los sistemas de salud y educación.
Sin embargo, la economía del país centroeuropeo está en un momento boyante, el desempleo no llega al 4% y los empresarios consideran que la entrada en vigor del acuerdo con la UE tuvo un impacto positivo en el mercado laboral suizo puesto que reforzó los controles y garantías para todos los trabajadores.
"Al final", observa el periodista Hewitt, en un país que vio llegar a cerca de 80.000 extranjeros el año pasado, "el voto reflejó el temor a que Suiza pueda perder su identidad".*


Que la reacción antiinmigración se produzca cuando la economía suiza es "boyante", por usar el término de Hewitt, no deja de llamar la atención y nos hace ver que no es meramente una cuestión económica lo que ha decidido a un poco más de la mitad de los votantes suizos a marcar con un "sí" sus papeletas en el referéndum. La cuestión de la "identidad" es también relativa, pues la identidad suiza es un tanto extraña entre "cantones" y finanzas internacionales.
Sin embargo, en el mundo político no se trabaja necesariamente con verdades sino con temores, con elementos irracionales. No se trata de lo que ocurre en Suiza, sino de lo que los suizos creen que les ocurre o les pueda pasar en el futuro. A los argumentos sobre la utilidad para la economía del país de que llegue mano de obra cualificada y en la abundancia suficiente como para que los precios de las ofertas bajen, se pueden contraponer muchos miedos que es fácil introducir con los discursos adecuados. Y esos discursos "adecuados" están recorriendo la propia Europa. Quizá los suizos quieran experimentar por sí mismo si esto trae consecuencias para su nivel de vida que tan cuidadosamente cuidan desde siempre.
La restricción de la libre circulación, de hecho, no es solo una cuestión de inmigración y trabajo, sino de actitud hacia Europa. Con ello, Suiza se distancia del mundo que la rodea y sus montañas son un poco más altas que ayer, antes de que se cerraran los colegios electorales.


La reacción con Suiza debe ser los suficientemente ejemplar como para que ella misma no sirva de ejemplo para crear más problemas a Europa en su propio seno. Lo absurdo —y el peor mensaje— es que Suiza sacara la consecuencia de que esto le trae solo beneficios, que no tuvieran nada en el otro platillo de la balanza. El mensaje debe ir al resto de los grupos europeos que están abogando por algo similar "dentro" de la propia Unión, por cerrar fronteras.
El centro del problema no es la inmigración, que es solo una consecuencia. El problema real es la existencia de desajustes y desequilibrios entre los países miembros de la Unión. La emigración se produce, precisamente, por la falta de equilibrio en el crecimiento de los países, que hace que se produzcan esos movimientos de zonas que quedan desindustrializadas o sin apoyo a su crecimiento. Pero los suizos no se han limitado a la cuestión de las cotas, que ya sería romper el acuerdo con la Unión Europea. Señala la BBC:
El sí de este domingo no sólo impone un sistema que limita la cantidad de trabajadores europeos que puede entrar al país. También habrá restricciones al derecho de reagrupación familiar de los extranjeros y en el acceso a los servicios sociales. Las empresas tendrán que darle prioridad a los suizos a la hora de contratar personal. Habrá una nueva cláusula en la Constitución que constate que la migración debe servir al interés económico de la nación.*


Suiza no es miembro de la Unión y puede establecer este tipo de cuestiones sobre su propio territorio; allá ellos. A los suizos nunca les han importado demasiado las críticas del resto del mundo a su métodos y forma de ganarse la vida. Lo que le debe quedar bien claro es que si quiere gozar de privilegios en la Unión Europea respecto a otros países, ha elegido ella misma el camino de distanciarse. Suiza es más "Suiza" y perfila su "identidad", que no quiere perder. Lo que ha perdido con el referéndum es su "identidad europea" y por voluntad propia. Si Suiza solo obtiene ventajas de lo que ha aprobado y la Unión, que es la afectada expresamente —esto se ha hecho para los ciudadanos comunitarios— no toma medidas, habrá comenzado un movimiento con un efecto dominó imprevisible en sus consecuencias. En especial a unos meses de unas elecciones europeas que necesitan de una confirmación de la voluntad común.
En las elecciones se va a utilizar el ejemplo suizo por parte de los que quieren una Europa en la que no se puedan mover las personas, pero sí los capitales. Eso significa que se crean grandes bolsas de pobreza, como las que estamos viendo a nuestro alrededor, pero que no se permite a las personas defenderse de ellas mediante los desplazamientos.
En los inicios del capitalismo moderno en Inglaterra, se derogaron las leyes que vinculaban a los pobres con las parroquias, instituciones que gestionaban la caridad. Los pobres, en sus zonas, no podían desplazarse a las fábricas donde los necesitaban. Al derogarse las leyes, las fábricas tuvieron su personal barato, por aumento de la oferta laboral, y las parroquias tuvieron que gastar menos dinero al descender el número de pobres en sus zonas porque emigraban a las ciudades. Las ciudades se convirtieron en centros de hacinamiento y muchas zonas quedaron despobladas, sin desarrollo alguno. Si los países no crecen armónicamente se corre el riesgo de que esa sea la situación, un flujo humano desde donde no hay trabajo hasta donde lo hay. Es el desequilibrio lo que produce las migraciones. Lo que está por ver es si las políticas de la Unión —y las internas de los países— se comportan realmente desde una perspectiva social que incluya el desarrollo de todos sus territorios y no un crecimiento descompensado e insolidario que cree este tipo de situaciones.
Que Suiza sea Suiza no es preocupante. Que los europeos imitemos a los suizos sí lo es, porque Suiza no ha sido nunca el modelo que imitar, sino lo contrario. Muestran la misma solidaridad con el mundo que han mostrado siempre.
Hace muchos años, en otro de esos movimientos contra la emigración, nuestra televisión realizó un reportaje sobre los españoles y otros extranjeros que iban a trabajar a Suiza. No se me olvidará nunca la respuesta de una educada entrevistada suiza sobre qué le molestaba de los inmigrantes: el olor a ajo de sus cocinas. Supongo que eso entraría dentro de la "identidad". Me imagino que aquella contaminación del aire puro de sus montañas era una ofensa para sus sensibles narices.

La emigración no es una panacea para la Unión. Defenderla es una cuestión de principios. Se presenta como "libre circulación", "espacio Schengen", etc., en el fondo son eufemismos para esconder la realidad del desequilibrio que se produce por la insolidaridad de los que crecen aprovechando los beneficios de la Unión, pero se muestran reacios a asumir sus consecuencias y costes. Se exprimen zonas enteras y luego se considera apestados a sus habitantes, que se deben quedar allí, en la miseria.
Se emigra porque no hay trabajo donde tú estás. En esta extraña realidad que hemos creado, para emigrar ya no hace falta "ser pobre", basta con ser "físico" o "químico" o "ingeniero". Basta con que alguien decida que no es rentable una fábrica o que sí lo es pero puede tener mejor tratamiento fiscal veinte kilómetros más allá. Europa debe pensar en esto porque será decisivo para su futuro. De esto viven los euroescépticos, de estas contradicciones en el desarrollo de la Unión.


Entre los grandes pecados políticos que vemos cada día está el de la falta de oportunidades que te obliguen a tener que coger una maleta y salir de tu país. Por eso es indignante cuando un político sale hablando de las "oportunidades fuera", que no es más que una forma de cubrir retóricamente su inutilidad para generar puestos de trabajo en su propio espacio. Para algunos será una aventura deseable y loable, pero para otros es el triste fin de un proceso de angustia que cambia de espacio y que, si va a Suiza, por ejemplo, le hará parecer como un criminal ante los excitados ojos de aquellos que creen que ha venido a robarles. Los suizos no son los únicos en esto, solo los más descarados.
Los datos nos muestran que en los años 60 y 70, los españoles fueron a Suiza en primer lugar. Suiza, hoy, está más lejos. Hasta sus preciosas cumbres dejará de ascender ese olor a ajo que tanto les molesta a algunos. Y ahora Europa mueve ficha. Está bien que de vez en cuando experimentemos lo que se siente cuando no te dejan pasar una frontera.


* "¿Qué mensaje le envía Suiza a Europa al restringir la inmigración?" BBC 10/02/2014 http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2014/02/140209_limites_entrada_de_trabajadores_europeos_en_suiza_bd.shtml





domingo, 8 de julio de 2012

Las tramas negras

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En los años setenta, dentro de la moda de los thrillers políticos, se realizaron algunas películas de éxitos —algunas basadas en novelas— que sacaron a la luz popular las especulaciones sobre qué había ocurrido con algunos dirigentes nazis y si había algún tipo de estructura subterránea de encubrimiento o algún poder actuando en la sombra. Quizás las más conocidas fueran Odessa,  Los niños del Brasil y Marathon man. La primera se basaba en un bestseller de Frederick Forsyth —el autor de la famosa Chacal—; la segunda estaba escrita por Ira Levin —el autor de la también famosa novela La semilla del diablo, sobre la que realizó un gran film Roman Polanski, con Mia Farrow—; y la tercera por el escritor y guionista William Goldman. Las tres fueron películas de éxito dentro de lo que se podía llamar política-ficción. Componen una trilogía de la preocupación por la pervivencia de las tramas negras, por el resurgimiento del nazismo y sus acompañantes, el racismo y la xenofobía.

Odessa desarrollaba la idea de una organización secreta nazi que habría servido de tapadera para camuflar a los nazis en la Alemania de la posguerra. Los niños del Brasil especulaba con un doctor Mengele que habría clonado el ADN de Adolf Hitler y trataría de repetir un nuevo Führer mediante implantación de óvulos fertilizados en madres por todo el mundo. Marathon Man era una historia de espionaje con un Mengele, otra vez en candelero —interpretado por Lawrence Olivier—, enfrentado a un Dustin Hoffman corredor de fondo. Todas daban por supuesto que el nazismo no había desaparecido, sino solamente sumergido a la espera de tiempos mejores.
El caso de los asesinatos racistas  neonazis parece sacado de un thriller de la misma hornada que las películas y novelas citadas. Desgraciadamente no es así. Estamos ante un oscuro caso de encubrimiento de una trama de asesinos xenófobos y racistas activa durante diez años. Por ahora se está llevando las cabezas del servicio secreto alemán, que no solo no consiguió llegar hasta ellos, sino que queda en entredicho por la destrucción de documentos. El País nos dice:

La estupefacción general tras conocerse que los servicios secretos internos alemanes (BFV) habían destruido expedientes relacionados con la banda terrorista neonazi NSU queda expresada en una frase del presidente de la Comisión parlamentaria que investiga el caso, el socialdemócrata Sebastian Edathy: “esto no contribuye a desterrar las teorías conspiratorias”.
En noviembre, justo después de que saliera a la luz que los neonazis habían asesinado metódicamente a ocho turcos, un griego y a una agente de policía entre 2000 y 2007, un funcionario del BFV metió en la trituradora de papel diversos expedientes sobre los informantes que el servicio secreto mantiene entre los neonazis del este de Alemania. El responsable del escándalo del confeti declaró este jueves ante la Comisión parlamentaria, pero no aclaró nada. Ni siquiera le obligaron a revelar su nombre verdadero. Que el lunes dimitiera el jefe del BFV, Heinz Fromm, añade más confusión a esta trama de terrorismo nazi en posible trato con miembros del servicio secreto.*


La existencia de posibles “teorías conspiratorias” pone nerviosos a los dirigentes políticos alemanes que deberían atajar cuanto antes cualquier especulación. Lo malo es que cada vez que se tira un poco de la manta, lo que sale no aclara y levanta peores sospechas. Pone en cuestión la falta de decisión en la resolución de los crímenes que afectan a extranjeros, una especie de racismo indirecto, maniobra que consiste en responsabilizar a mafias cada vez que un extranjero muere en circunstancias violentas. De esta forma se siembra el desinterés ciudadano por esos crímenes, que solo se preocupan en los casos de "turistas", por lo que puedan perjudicar la "marca" nacional de cada país.
Lo que esta banda, bien relacionada con otros círculos nazis, realizaba era sistemático; podría haber sido detectado a no ser que existiera interés en que no lo fuera:

En 2000, el trío inició una serie de asesinatos racistas y atentados con bomba que continuó, impune, hasta 2007. Para financiarse atracaban bancos. El patrón de los asesinatos era el siguiente: elegían a un pequeño empresario de origen turco en alguna ciudad alemana y le disparaban en la cara con una rara pistola checa. Grabaron algunos crímenes y confeccionaron vídeos reivindicativos y vejatorios que no llegaron a distribuir. La canciller, Angela Merkel, dice que las imágenes son “lo más pérfido, lo más infame, lo más inhumano” que ha visto en su vida.*

Las dudas sobre la eficacia de los sistemas de vigilancia a los neonazis son más que fundadas. Las extrañas relaciones entre policías, servicios secretos, confidentes, infiltrados y toda esta fauna se convierte en algo confuso. Y no solo en Alemania; parece ser una constante de los servicios secretos. Los resultados suelen ser frustrantes porque no se sabe quién vigila a quién.


¿Cómo puede entenderse, si no, el caso que nos cuentan de estos neonazis?:

Uno de los episodios más insólitos de la trama fue la detención policial en el escenario del último asesinato racista del NSU, en 2006. Los neonazis mataron a Halit Yozgat, un joven alemán de 21 años y ascendencia turca, en su cibercafé de Kassel (Hesse, Oeste de Alemania). Había varias personas en la sala de ordenadores. Una de ellas no se presentó como testigo. La policía logró aislar las pruebas de ADN de su teclado y detuvo a un hombre llamado Andreas T. En su pueblo lo recuerdan como el pequeño Adolf, porque de muchacho no disimulaba sus ideas ultraderechistas. A los investigadores se les atragantó enseguida la alegría de haber dado con una pista clave porque Andreas T. era agente del servicio secreto en Hesse. Se encargaba de mantener el contacto con informantes y de pagar sus emolumentos con fondos reservados. Hoy está suspendido del servicio, pero no ha sido imputado.*

¿Puede que sean los servicios secretos los que están infiltrados y no al contrario? Habría que escribir otro thriller para meterse en los oscuros entresijos del resurgimiento del nazismo en las tranquilas calles de Europa, en su impunidad. Hay que tratar de entender cómo funcionan estos grupos antes de que sigan captando adeptos y connivencias.
Han sido ahora las noticias de los crímenes alemanes, pero todavía permanecen en nuestra memoria las más de setenta personas muertas por la locura racista y xenófoba de Anders Breivik, el asesino despiadado de Utoya.
El surgimiento de los neonazis griegos al hilo de las últimas elecciones nos trae cada día un alarmante recuento de fechorías. Todos los periódicos de hoy contienen noticias sobre sus actos violentos, sobre las presiones para echar a los inmigrantes de tierras griegas. Estos “infrafísicos” griegos, negadores del intelecto y apóstoles del músculo, que es lo único que cultivan, han comenzado sus campañas intimidatorias. Esperemos que la policía griega no se sienta “recortada” y actúe mejor que la alemana, con más eficacia al menos.


La crisis europea no solo es una cuestión económica; es esencialmente una cuestión moral y afecta a los valores y principios de tolerancia, solidaridad y convivencia. Los políticos de cualquier color deberían evitar sembrar este tipo de actitudes xenófobas con sus discursos, acciones y medidas. La prohibición de entrar en el Reino Unido a los inmigrantes griegos, que David Cameron ha planteado estos días, no es más que una forma de crear el caldo de cultivo de la intransigencia, además de la insolidaridad, algo opuesto a los principios europeos. No ha sido el único, porque ya lo hicieron los daneses al recuperar las fronteras aduaneras con el sur europeo como forma defensiva.
Nada hay peor que la tibieza moral y los mensajes confusos sobre la naturaleza de las crisis. Responsabilizar a pueblos enteros de la crisis es una trampa que el lenguaje posibilita, y que el sentido común debería evitar utilizar para que las mentes planas de algunos no montaran sus propias novelas y películas. Estos tarados jóvenes que hoy asesinan en Alemania o Noruega no son más que los nietos ignorantes de una sociedad que ha olvidado dónde acaban estas peligrosas aventuras. La idea de Europa es la alternativa a siglos de guerras. No confundamos el consumismo con el pacifismo. La idea de una "paz europea" solo saldrá de la creación de una nueva "identidad" basada en la solidaridad, no de la xenofobia. La Europa por la que merece la pena luchar es por la que busca integrar solidariamente y no levantar distinciones, humillaciones y desprecios. Moralmente solo hay Europa de una velocidad; solo hay una velocidad moral.
Puede que salgamos de la crisis económica, pero es difícil que salgamos de una crisis moral en la que el egoísmo y el racismo campan por sus fueros. O Europa es una unidad de valores éticos o se quedará nada más que un grupo de intereses circunstanciales al vaivén de la historia.

* "El espionaje alemán destruyó pruebas de la trama neonazi"  El País 7/07/2012 http://internacional.elpais.com/internacional/2012/07/07/actualidad/1341680816_324313.html





sábado, 9 de abril de 2011

El “espacio Schengen”, trasladando los problemas de sitio

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Nos dicen que los más adinerados de las ciudades egipcias se atrincheraban en urbanizaciones protegidas para mantener alejado al pueblo al que mantenían en la pobreza. Las barreras materiales y la seguridad les permitían vivir tranquilos, ajenos al espectáculo y peligros de la pobreza. Al príncipe Buda también le aislaron en su palacio para evitarle ver el sufrimiento del mundo.
El “Espacio Schengen” es como se denomina al espacio que los europeos hemos establecido para crear un perímetro fronterizo conjunto frente al “exterior” y que aplicamos también a  algunos molestos inquilinos a los que se les ha dado un trato intermedio, están en Europa, pero no se les deja circular libremente por el interior de la Unión Europea. Tenemos pobres “exteriores” e “interiores”. Los pobres interiores se desplazan por la Unión hasta que llegan a algún país que los repatría hasta su origen y vuelta a empezar. Algunas veces, los pones en la frontera del país que los ha dejado pasar traspasándote a ti el problema. Les devolvemos la pelota.
El drama de las huidas de la muerte o del hambre al que estamos asistiendo estos días nos muestra nuestra inoperancia, por un lado, pero también mucho sobre nuestra indiferencia ante lo que está ocurriendo. “La tolerancia es buena”, escribió el malogrado Christopher Lasch, “pero es solo el comienzo de la democracia, no su meta. En nuestra época, la indiferencia es una amenaza más grave para la democracia que la intolerancia o la superstición. Hemos desarrollado una habilidad excesiva para buscar excusas”* (81-82). Y tenía razón.
Nuestra capacidad para buscar excusas se muestra infinita. Solo suprimiendo la indiferencia es posible resolver los problemas reales porque es la raíz. Quizá quien mejor lo supo ver en este siglo fue Albert Camus. ¿Qué es El extranjero sino la demostración, llevada al absurdo existencial, de la indiferencia? La indiferencia es la incapacidad de movilizarnos ante lo que el mundo nos ofrece como provocación. Levantamos muros para ocultar nuestra molesta indiferencia a los otros y también para ocultárnosla a nosotros mismos. No nos gusta que los demás piensen de nosotros que somos indiferentes. Por eso preferimos no ver y nos irritamos con los que nos obligan a mirar.
En el terreno psíquico, la indiferencia es una enfermedad, una patología que suprime la capacidad empática de sufrir por y con los demás. En el terreno social, es la instauración del egoísmo como motor de la acción. Nuestra atención se moviliza solo hacia aquellos aspectos que nos afectan directamente. El egoísmo se ha camuflado bajo fórmulas muy distintas, desde el “bien propio” del homo economicus dieciochesco, hasta el gen egoísta de Dawkins. El egoísmo se explica solo, nos dicen, por lo que solo se plantea un problema teórico con el altruismo. Desgraciadamente, no hemos encontrado todavía una explicación plausible sobre por qué la gente se olvida de sí misma y se dedica a hacer algo por los demás. Cuando alguien lo hace, nuestra cultura del recelo, supone motivos ocultos o patológicos, y así se salva el motor social. Sin embargo, el espectáculo de la indiferencia se ve compensado muchas veces por el de aquellos que, dejando en evidencia a la teoría egoísta, se saltan el muro de la indiferencia y se ponen del lado en que hacen más falta y no en el que se está más cómodo.


Kristalina Georgieva, la Comisaria europea de Cooperación Internacional, Ayuda Humanitaria y Respuesta a las Crisis, ha sido entrevistada por Euronews para el programa “I Talk”**. Cuando un espectador italiano le pregunta por qué no se ha recibido antes la ayuda europea en la crisis de Lampedusa, la Comisaria señala que la respuesta comunitaria está siendo la que debe: pagar los billetes de vuelta en barco o en avión a los que llegan a Italia. Todos estaban pensando en términos de “ayuda” para Italia y no de ayuda para los que han conseguido llegar vivos a la isla de Lampedusa. Hace unos días se hundió una barca con cuarenta tunecinos en el estrecho de Sicilia**. Solo se salvaron cinco. No ha sido la única tragedia. Algunos de los que logran llegar a diario exhiben carteles: "Gracias, Lampedusa", "Gracias por la acogida". Volverán, cómodamente, en avión.
Mientras pensemos que los fondos que hay que destinar para ayuda son para trasladar los problemas de sitio, nunca acabaremos con ellos. Pero eso, nos dicen, es de otro negociado. Habrá que ir a la siguiente ventanilla. A ver si hay suerte.

*Christopher Lasch (1996): La rebelión de las elites y la traición de la democracia. Paidós, Barcelona.
** “I Talk: Georgieva, Eurocomisaria del Año, responde sobre Japón y Libia” http://es.euronews.net/2011/04/07/georgieva-eurocomisaria-del-ano-responde-sobre-japon-y-libia/
***”Desaparecen 35 tunecinos en el estrecho de Sicilia”  http://es.euronews.net/2011/03/15/desaparecen-35-tunecinos-en-el-estrecho-de-sicilia/