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martes, 13 de agosto de 2024

La realidad y el deseo olímpicos y la salud mental

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Quizá deberíamos preguntarnos con total sinceridad "qué son" unas "Olimpiadas" para nosotros. El primer paso quizá debería ser desmenuzar ese "nosotros", el que está al otro lado de las pantallas y de los periódicos recibiendo todos los días información desde meses antes. Es un "nosotros" que va desde el espectador al aficionado que acude al aeropuerto a recibir a los deportistas galardonados

Si el asunto de los deportistas es competir, el de los medios es vender emoción, valoración, gestionar la decepción por las expectativas y, sobre todo, generar audiencias con esas expectativas creadas.

Más de una vez en estas retransmisiones he cambiado de canal al sentirme "manipulado" por aquellos que retransmitían el evento deportivos. El principal obstáculo para mí era la forma en que describían a algunos deportistas y los resultados obtenidos, alejados de "sus" previsiones de triunfo.

El deporte es uno de los campos con mayor densidad identitaria. Los deportistas salen desfilando con un abanderado, llevan los colores nacionales y gana o pierden las medallas para "España". Desde ahí, la retórica va creciendo hasta jugar con esas expectativas emocionales en las que se "siente" la patria como triunfadora o perdedora. Todo esto tiene grados de ficción que la mayor parte de la gente entiende, pero con la que se juega en la mediación. Son los medios, sus profesionales, los que gritan para emocionar, los que expresan la frustración, etc. Todo medio busca crear en la comunicación un tipo de receptores finales, que son aquellos a los que se les piden sumergirse, dejarse llevar por la emoción deportiva en una montaña rusa en la que se sube y baja. La retransmisión puede ser "distanciada" o, por el contrario, "inmersiva", con todos los grados intermedios posibles.

En estas olimpiadas se ha jugado demasiado con las expectativas, responsabilizando a los atletas por no haber alcanzado lo que se suponía que tenían ya, las medallas. No es lo mismo "ganar una medalla" que "perder una medalla".

En estos tiempos en los que la cuestión de la salud mental de los deportistas está en primer plano, apenas hemos tenido en cuenta los efectos de la presión y de las palabras sobre ellos. "Perder", "decepción", etc. se han escuchado con demasiada frecuencia en nuestras transmisiones. En ocasiones, escuchamos a deportistas que se han dejado la piel sobre la pista, pedir disculpas por no haber podido hacerse con la medalla o sentirse culpables por no tener el oro y quedarse "solo" con las "plata".

En RTVE.es, pasadas ya las olimpiadas leemos, con el titular "Lo que esperas vs lo que consigues: ¿cumple España las previsiones de medallas en los Juegos Olímpicos de París?", en donde el término "España" tiene una doble lectura, la de país y la de equipos, Está la España que espera y la España que no cumple, la que genera frustración.

Leemos: 

España tenía grandes esperanzas de cara a los Juegos Olímpicos de París 2024. Y aunque los pronósticos apuntaban a que España rompería su récord olímpico, el cómputo global se ha quedado a cuatro medallas de igualar las históricas 22 de los Juegos de Barcelona 1992. 

Tales eran las expectativas a pocos días de encender el pebetero que ‘la bola de cristal’ de los diarios especializados L’Equipe y Sports Illustrated predecía que España ganaría 31 y 28 metales, respectivamente. Una porra menos ambiciosa -y finalmente acertada- hacían The Athletic (The New York Times) y Gracenote (Nielsen), ambos otorgaban a la delegación 18 preseas. 

 Alimentaban el optimismo algunos de los nombres más conocidos de la delegación española, muchos de ellos campeones mundiales, europeos o estrellas de otros Juegos Olímpicos. Este es el caso del doblete de Carlos Alcaraz y Rafa Nadal -conocidos como Nadalcaraz-, de las vigentes campeonas de la selección de fútbol o de Alberto Ginés, oro olímpico en escalada deportiva en Tokio 2020.

Muchos de esos nombres no han llegado a subir al podio. A cambio, esta edición de los Juegos también ha tenido su ración de sorpresas y los reveses se han compensado con algunas de las medallas más inesperadas de la historia olímpica de España.* 

La generación de "pronósticos" solo tiene un fin real, la generación de expectativas que hagan aumentar las audiencias. Se vende la piel del oso antes de cazarlo, por usar el popular refrán. Si luego el oso se nos escapa, la culpa no es de quien predijo su caza, sino de quien no lo cazó. Es decir, al deportista es responsable de "no haber cumplido las expectativas", de no haber sido capaz de alcanzar la "medalla segura".

Todo esto se arropa con las expectativas mediáticas de "superar" los trofeos de una frontera histórica, las Olimpiadas de Barcelona 92, a la que debemos mirar como una referencia, aunque no se entienda muy bien por qué. Es sencillamente un "tópico", algo de lo que hablar.

Son muchos los tópicos olímpicos, como que el que ganó una medalla "debe" volverla a ganar o que el que ganó bronce debe hacerse con la plata o que el que consiguió plata debe hacerse con el oro. Y todo "por España".

¿De dónde salen esas expectativas de los entre 31 y 28 metales? Son las llamadas cuentas del "Gran Capitán". Son las expectativas que mantendrán a los espectadores fijos en su butaca a la espera de esa medalla que llegará "seguro"... o no. ¿De dónde salen?

¿Podemos imaginarnos el estado de ánimo de un deportista que se enfrenta a la opinión de que "su" medalla está ganada y que no conseguirla es "perderla", "defraudar", etc.?

Un ejemplo lo tenemos en la extraordinaria final de tenis individual, que ponían ya en manos de Alcaraz. Los titulares sobre el estado de ánimo tras el partido son muy claros: sentía haber "decepcionado" a España. Luego asimiló lo ocurrido, demostrando gran fortaleza mental. No es lo mismo "ganar la plata" que "perder el oro". Esto último ha sido el enfoque mayoritario. Es lo que ha permitido jugar emocionalmente con el campeonato de tenis. Alcaraz iba subiendo lentamente hacia su destino, el oro.

En estos tiempos en los que tanto hablamos de la salud mental de los deportistas, sin embargo hacemos poco para cuidarla. Cada vez son más los deportistas que hablan de esa presión que no viene del competir sino de la espiral creciente del deporte y los medios, con los anunciantes de por medio. En la medida en que el deporte genere más atención, la necesidad mediática de presionar, de crear tensión crece y, con ello, la presión sobre el deportista que lucha contra la idea de que unas fuerzas poderosas, un destino, da por segura su medalla. Si se "pierde", toda la responsabilidad cae sobre el deportista que ha de ser capaz de resistir.

La deshumanización del deportista, pensado como una máquina que no puede permitirse fallos, una máquina que genera ingresos y cuyo futuro depende de ello, afecta a su salud mental, a la necesidad de apoyo psicológico específico de profesionales que tratan de aislarlos en la medida de lo posible o, como el equipo femenino norteamericano de gimnasia encabezado por Simone Biles, con perro de terapia para la descarga del estrés generado, que no es solo por la competición sino por todo aquello que la rodea y procede del negocio deportivo y mediático.

Medios y patrocinadores se necesitan mutuamente para generar sus ingresos. La materia es el juego realizado sobre la transmisión de las actuaciones de los deportistas. La retórica del éxito y del fracaso ignora el esfuerzo del deportista y lo señala de una forma u otra. Las expectativas de medallas son la vara de medir, con independencia de lo que depare el futuro. Pero si se cumplen o no cae sobre ellos: ellos son los que las han perdido. Todos confiaban en ellos y les han defraudado.

Dos de los medios citados por RTVE daban 18 medallas, lo que ha sido la realidad; los otros, entre 28 y 31, han jugado con una expectativas que han acabado pagando los deportistas. La retórica de las transmisiones ha jugado con esas expectativas como un destino incumplido. "Defraudar", "fracasar".. ha sido términos demasiado empleados por algunos. El que da todo en la pista no defrauda. Pero muchos medios no lo han entendido o no lo han querido entender. Es más fácil lo otro, que es algo que servirá a los patrocinadores para desprenderse de los que no han cumplido las expectativas.

La retransmisión no solo "muestra"; también nos dice cómo debemos interpretarlo, cómo debemos sentirnos, la emoción —de la alegría a la decepción frustrada— que debemos albergar. 

Me hubiera gustado escuchar más empatía con los deportistas, más respeto en ocasiones. El oso no estaba cazado. Ninguna ley dice que quien ha ganado una medalla debe ganar la siguiente. Y sobre todo, ninguna ley dice que las cuentas previas del medallero son un problema de los deportistas y sí, en cambio, de quien hace los pronósticos y se equivoca. Son formas de reclamo de la atención del público que frustran si no se cumple.

Las lágrimas de Alcaraz, las de tantos deportistas que han dado mucho pero no ha sido suficiente para satisfacer las expectativas de terceros, no deben ser motivo de tristeza. Ha sido una final que ha hecho historia, aunque no fuera la que estaba escrita por algunos. Ya estar allí es mucho, dar lo que se tiene, eso lo que se pide. Las medallas no se pierden; otros las ganan porque no les importan nuestras expectativas.



Los medios deberían hacer cierto examen de conciencia, ver las implicaciones de las formas de presentación del deporte, las consecuencias de las identidades nacionales como factor emocional de implicación del público, etc. Algunos medios incluyen una lista, nombres y fotografías, de las "decepciones" al no ganar medallas. Hay que ser muy fuerte mentalmente para resistir esto, que es además profundamente injusto.

El gesto de la jugadora china de bádminton con el pin de la bandera española, que no representaba a "España", sino a Carolina Marín, debería enseñarnos algo.  

 

* Lucía Montilla / DatosRTVE "Lo que esperas vs lo que consigues: ¿cumple España las previsiones de medallas en los Juegos Olímpicos de París?" RTVE.es 12/08/2024 https://www.rtve.es/noticias/20240812/cumple-espana-expectativas-medallas-juegos-olimpicos-paris-2024/16215776.shtml

sábado, 3 de agosto de 2024

Las mentiras que nos unen (lecturas veraniegas 2)

 

— Kwame Anthony Appiah (2024) Las mentiras que nos unen. Repensar la identidad. Ed. Taurus, Barcelona, 322 pp. 

Hay muchos motivos para la lectura de este libro. Su actualidad es absoluta porque trata de nosotros. O quizá sería mejor decir de lo que llamamos “nosotros”, puesto que se trata de una construcción, quizá de la que todo parte. El título ya nos aclara la orientación.

Appiah (1954), llamado en ocasiones el "Sócrates posmoderno", es un acreditado filósofo y profesor dedicado al estudio de la construcción de la cultura y de las identidades. Hijo de una escritora y estudiosa del arte británica y de un padre diplomático y jurista de Ghana, ha tenido ocasiones para cuestionar la identidad. Se reedita esta obra —publicada en ingles en 2016— tras su primera salida española en 2019.

Lejos de un estilo académico, la obra es fácilmente asequible para un lector medio yendo de forma natural de la idea al ejemplo para facilitar la comprensión,

No es casual que las obras sobre las identidades se hayan multiplicado en las últimas décadas. Son estas las que se ha construido para navegar por un mundo moderno, más pequeño, acelerado, cambiante, intercomunicado.

La obra de Appiah es muy reveladora en muchos aspectos. Se centra en aquellos focos de identidad más fuertes: creencias, nacionalidad, clase, color (“raza”) y cultura. En gran medida, ese “nosotros” que construimos a nuestro alrededor se fundamenta en esas raíces señaladas, elementos diferenciales que nos permiten situarnos y situar a los otros respecto a determinados supuestos.

Appiah ilustra sus ideas de forma clara, recurriendo a los datos históricos permitiéndonos ver cómo se forman las identidades en el tiempo y en el espacio, las identidades que nos diferencian dentro y fuera del grupo, de las religiosas a las económicas, de las raciales a las religiosas. Nos muestra cómo esas identidades construidas conforme a unos principios intentan se convertidas en “esencias”, un mecanismo fundamental, pues convierte en “verdad” eterna lo que era construcción reciente, fijando raíces milenarias o atemporales.

El autor recurre a una combinación de elementos coloquiales, personales, históricos y teóricos para hacernos llegar las ideas básicas sobre las identidades:

Hay un viejo chiste sobre un náufrago judío que está en una isla desierta. Durante décadas, construye tres edificios. Cuando lo encuentran, sus rescatadores le preguntan qué son. “Esta es mi casa; esta es la sinagoga a la que voy; y esta -dice por último- es la sinagoga a la que no voy.” (68)

La "identidad", nos viene a decir a lo largo de la obra, supone tanto elementos positivos o afirmativos (qué "soy", cómo "me percibo"), como negativos (qué "no soy", cómo me "diferencio" de los otros). De esa mezcla sale el "nosotros" que se reivindica frente a los "otros" distintos a los que se define por oposición.

Las consecuencias personales, sociales e históricas de esto son muchas y a veces trágicas. La aparición de cada vez más elementos que se consideran distintivos atribuyéndoles una esencialidad construida crean situaciones que los populismos manejan de forma constante, como podemos ver en el aumento del racismo y la xenofobia, los conflictos de orden religioso y de clase. Todos ellos se hace en nombre de unas "verdades" que convierten en esencias lo propio y lo que aplicamos a los demás.

El apaleamiento de un mendigo, la construcción de un nacionalismo (Make America Great Again! MAGA) que pide disparar a los que se acercan a las fronteras, "construir un muro" o que pide "plomo" en las fronteras de España, la fabricación de las élites, etc. son fenómenos con los que nos encontramos cada día en las noticias y cuyas raíce podemos rastrear en la obra de Appiah.

La obra se detiene en el análisis de esos apartados señalados anteriormente y que son los fundamentos de lo que hoy se maneja de forma contundente para construir una "realidad" cuya consistencia se basa en el "poder" real de imponerse. La propia biografía del autor sirve para explicarnos situaciones y su formación, lo que le da autenticidad a muchas reflexiones.

La lectura del libro de Appiah durante la celebración de los Juegos Olímpicos de París ha sido una fuente de ejemplos sobre la idea de identidad, de la sexual (ej. el caso de la boxeadora argelina) a los discursos sobre la identidad nacional en un medallero repleto de nombres y rostros de origen diferente. Españoles de todos los colores contradicen los discursos de odio xenófobos. Lo mismo ocurre con otros muchos países, por ejemplo con las mujeres afganas, que han de optar entre ser "mujeres afganas" y no competir o competir y dejar de "ser afganas", desprovistas de su identidad por quienes la delimitan a la fuerza.

"Las mentiras que nos unen" es altamente recomendable para todos aquellos que son conscientes de cómo se articulan las identidades. El esencialismo es la falsificación de lo creado convirtiéndolo en eterno, sin principio ni final. Appiah nos muestra cómo lo "eterno" puede tener solo unas décadas o unos pocos cientos de años. Son mentiras que nos unen, ideas a las que nos unimos y que nos forman y deforman distinguiéndonos de los otros.

Joaquín Mª Aguirre (UCM)


viernes, 17 de noviembre de 2023

La batalla es por la cultura

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Los artículos de Laura Gómez Díaz en RTVE.es apuntan a la clave de las guerras y conflictos que vivimos: la cultura. Los diferentes artículos forman una serie, con al menos ya seis textos, bajo el título genérico de "La rusificación de la Ucrania ocupada". Si nos dejáramos cegar por las pasiones y la estupidez (a veces una combinación, otras por separado) veríamos lo que bajo ese concepto de "rusificación", es decir la transformación nacionalista de ucranianos a rusos, nos puede enseñar. De la misma forma, el conflicto palestino-israelí tiene un trasfondo nacionalístico, pero en sentido contrario; no se trata de una asimilación sino de una diferenciación, pues no se puede generar una entidad que agrupe bajo un mismo concepto. Estas diferencias se resuelven no con "un estado", como ocurre con Rusia respecto a Ucranias, sino en esa fórmula de los "dos estados" que establece que las distancias son insalvables.

Tenemos dos guerras simultáneas que nos permiten —ambas— comprender mejor el fenómeno del "nacionalismo", del "imperialismo" y sus consecuencias. Por si la Historia (magister vitae) no nos diera bastantes lecciones, parece que hay una cierta fatalidad que nos hace vivir una y otra vez los mismos errores, ya sean en nombre de las religiones, de las ideología y de los imperios convertidos en zanahorias frente a los pueblos que les hacen odiar y marchar hacia las guerras a morir en nombre de causas gloriosas, celebradas posteriormente con monumentos, cantos y cuadros que admiramos en museos.

En el último de los artículos de Laura Gómez Sánchez, el titulado "La cultura como arma de guerra en los territorios ocupados por Rusia: "Se destruye todo lo ucraniano"", el sexto de la serie, leemos: 

La lucha de Rusia contra Ucrania no está solo en el campo de batalla, también se centra en el ámbito de la cultura. La eliminación de la cultura ucraniana ha sido uno de los objetivos de Moscú desde la invasión de la península de Crimea en 2014, pero desde el inicio de la guerra en febrero de 2022, estos planes no han hecho más que acelerarse y se han convertido en ataques directos a instalaciones culturales, destrucción del patrimonio cultural ucraniano e incluso detenciones ilegales de artistas ucranianos en los territorios ocupados.

Putin ha afirmado en reiteradas ocasiones que Ucrania no es un país, sino una región de Rusia que no tiene cultura, historia ni identidad propia.

"Todo lo relacionado con Ucrania está siendo destruido"

Detrás de las líneas del frente de guerra, las fuerzas rusas están intentando garantizar que el territorio ocupado nunca pueda volver a integrarse en Ucrania. Los rusos siguen una estrategia de borrar cualquier rastro de Ucrania, aplastando su expresión cultural y deteniendo de forma ilegal a artistas y escritores ucranianos en las zonas ocupadas. 

La propia cultura ucraniana se ha convertido en un objetivo más de la guerra. A lo largo del conflicto, Rusia ha saqueado antiguos tesoros de los museos y ha vaciado las bibliotecas de libros ucranianos.* 

Tenemos el pobre concepto de que las guerras son luchas por el territorio. ¿Qué necesidad tiene Rusia, un país al que le tuvieron que comprar Alaska para que fuera "americana", al que frenó la poderosa cultura china (pero a la que intentó controlar como Unión Soviética formando a muchos de sus dirigentes), que se tragó media Europa aprovechando la II Guerra Mundial, creando estados títeres a los que invadía (Hungría, Checoslovaquia...) cada vez que intentaban recuperar su identidad y gobierno? ¿No tiene bastante "territorio"?

No se trata solo de conquistar, que es un acto de violencia física, de potencia militar; se trata de otra cosa. Lo han llamado "rusificación". Es un fenómeno de otro tipo, que afecta a la construcción de la identidad y a la generación de la Historia, es decir, un tipo de discurso que fija los "orígenes" y la trayectoria, que define el concepto de "pueblo" y canta sus "raíces". Para ello recurre a otros tipos de discursos.


Uno de esos discursos son los religiosos. Antes del nacionalismo, las disputas eran por el destino de las "almas" de los conquistados. Putin ha tenido un apoyo enorme en una de esas disputas que aparecen poco en la prensa porque no se acaban de entender. El papel de la Iglesia Ortodoxa rusa, con el patriarca de Moscú, ha sido esencial para Putin y sus objetivos. Ha sido su mejor aliado en un país en un país en el que la oposición —de Navalni a las Pussy Riot— enferman por compuestos radiactivos, caen por las ventanas de los edificios, desaparecen o son encerrados. El patriarca de Moscú ha convencido a los rusos de la santidad de su causa y de su líder, aquel que desea que las perdidas almas de los rebeldes ucranianos —homosexuales y corruptos, vendidos a Occidente— sean devueltas al buen camino. Es la misma iglesia rusa que apoyaba a los zares y se rebelaba contra la modernidad, la misma que apoyó la servidumbre de la gleba has la década de 1860 en Rusia. Los campesinos formaban parte de la tierra y eran propiedad de sus amos. La literatura rusa del XIX, con sus grandes novelas, da cuenta de las discusiones y razones puestas sobre la mesa. No en vano, el anarquismo sería la solución rusa antes de que el marxismo-leninismo se hiciera con el control de los rusos redefiniéndolos desde el zarismo anterior.

La destrucción de la cultura ucraniana es la destrucción de la diferencia, de todo aquello que haga comprender esa falta de sintonía. La cultura es diferencia. Los seres humanos somos iguales, pero nos empeñamos como grupos en crear una forma esencialista diferencial: ser "ruso", "ucraniano", "francés", "español", "catalán", "vasco"... o lo que toque. Las diferencias se van ampliando a factores como la religión y especialmente la lengua. No es casual que Hitler o Putin usen el argumento de la "lengua" como definidor de las diferencias. Por esos lo primero es borrar las lenguas y sustituirlas por otras que incorporan una herencia distinta.

El lenguaje y las artes son la memoria colectiva, la memoria compartida, lo que permite fijar las identidades. Por eso, la Rusia de Putin, sus ejércitos, destruye los símbolos de la alteridad que supone la idea de Ucrania para ellos. Por el mismo motivo, la resistencia ucraniana insiste en sus propios símbolos culturales; es su forma de resistencia. Esa estrategia de borrar lo ucraniano es esencial para Rusia; se trata de impedir la identificación, algo complicado pues la estrategia de supervivencia identitaria pose elementos difíciles de borrar (de los poemas a las canciones). Pueden destruirse monumentos y teatros, quemarse bibliotecas, pero la respuesta —como en el Fahrenheit 451, de Ray Bradbury— es la memorización para resistir. Aunque quemen lo material, el efecto suele ser la oralización de la identidad, su gestualización, etc. es decir, su traducción a sistemas inmateriales. Canciones y gestos, poemas y dichos pasan a ser el acerbo con el cual se sostiene la identidad que se quiere destruir. Los símbolos se actualizan de forma espontánea, se repiten en la intimidad del hogar, etc.

La batería de destrucción cultural tiene un activo importante en la educación. Lo que se enseñe allí debe borrar lo anterior, ignorarlo de forma absoluta. No es una "invasión"; es una "recuperación", se ha echado al "invasor" anterior, a los ucranianos. Se ha restituido el orden "natural", "histórico" y eso es lo que los niños deben aprender, debe repetirse hasta que se convierta en una verdad indudable, incontrovertida.

El discurso histórico y el educativo nacen de la mano en su faceta nacionalista. Nacen ambos para crear la identidad colectiva, convertir en "ciudadanos" de un país determinado, de un espacio que ha sido marcada, definido y culturizado, es decir, explicado desde la lengua, la historia y el mito formando una unidad.

Lo que Rusia hace en Ucrania se puede contrastar con la construcción de espacio e identidad en Israel donde el problema es de otro orden: dos identidades que avanzan hacia la diferenciación absoluta. La religión, el origen, el territorio, etc. son fuerzas identitarias que se combaten como discurso y como guerra que busca la reducción del otro, en lo espacial y en lo cultural. La fórmula de Israel ocupando cada vez más territorio, tal como Rusia hace en Ucrania no puede llegar a un equivalente a la "rusificación" porque aunque se reivindica el espacio no se integran las culturas, que pasan a ser antagónicas y a buscar los elementos diferenciales, religión, lengua, tradición. Israel no busca la integración, sino el desplazamiento del territorio. La "israelización", por decirlo así, no tiene equivalente en la "rusificación": es solo violencia y, como se ha señalado, una forma de "apartheid", es decir, de reducción física del territorio y de separación para evitar el contacto. Los muros que se levantan no son solo una forma de protección física, sino de diferenciación identitaria y de asignación territorial. La proximidad es un peligro; el contacto un pecado.

La conversión de las identidades culturales en "esencialistas" es un enorme peligro porque se convierten en "absolutas" y con ello incapaces de establecer algún tipo de convivencia que no se base en el control y la fuerza. Hay algo malsano en que las identidades fuertes se hagan a costa de la convivencia y la incompatibilidad. El nacionalismo necesita del odio para reforzarse y eso es malo en cualquier sentido que se establezca. Las culturas que luchan por ser diferentes se condenan a la violencia, al control del pensamiento, del movimiento y de la vida. Se vuelven estrechas en su afán de imponer un modo de vida y una forma de pensar.

Lo vemos en Rusia, lo vemos en Israel. Lo vemos mucho más cerca; lo vemos como una nueva forma de dividir lo que tantas guerras costó, la unión de Europa, otra construcción cultural, una identidad que debería hacernos vivir en paz, algo que tras ser el centro de dos Guerras Mundiales, de millones de muertes, deberíamos entender.

Es importante que Europa funcione porque es una demostración al mundo de que se puede construir convivencia, comunidad, allí donde solo había durante siglos guerras y destrucción.

No es casual que Rusia apoye nacionalismos por toda Europa, separatismos que saben que debilitarán la Unión. Es su estrategia desde hace mucho tiempo, acciones que van del Brexit a los nacionalismos independentistas, incluido alguno de los nuestros, como se hizo público en su momento. Hay que construir conjuntamente y no dejarnos seducir por discursos que nos debilitan y por los que damos la vida o, más bien, la perdemos.

Hay mucho de Rusia en las acciones de Israel, hay mucho de la experiencia histórica que vivieron allí en los "pogromos" y guetos. Que se esté haciendo algo así en Palestina no deja de ser una trágica ironía. Los nacionalismos de cualquier orden siembran el odio y las diferencias, las exclusiones y las eliminaciones.

Los artículos de Laura Gómez Díaz tienen el valor de mostrar los mecanismos mediante los cuales Rusia trata de deshacer la identidad ucraniana y reinterpretar la historia. No basta la invasión, es necesario arrasar para construir identidades nuevas mediante la repoblación. La educación es un factor esencial porque en una generación se habrá reescrito todo.

* Laura Gómez Díaz - La rusificación de la Ucrania ocupada (VI): "La cultura como arma de guerra en los territorios ocupados por Rusia: "Se destruye todo lo ucraniano""  RTVE.es 16/11/2023 https://www.rtve.es/noticias/20231116/guerra-contra-cultura-ucraniana-territorios-ocupados/2460432.shtml


sábado, 3 de junio de 2023

Acentos e identidades

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Hemos estado trabajando estas últimas semanas la cuestión de las "identidades" en nuestro seminario de doctorado. Las identidades se han convertido en foco de interés porque abarcan desde las personas a las culturas, de los grupos a los países, que han de definirse frente a ellos mismos y ante los otros bajo un sistema de "diferencias" que, a la vez, agrupan y separan. De esta forma se teje un complejo sistema en el que nos identificamos y nos distinguimos de otros en diferentes niveles. Igualmente es interesante el juego de identificar a los demás, muchas veces un juego de estereotipos con el que clasificamos de forma opresiva a los otros, que se han de ajustar a nuestra propia visión de lo que deben ser.

Me llama la atención hoy un interesante artículo firmado por Cristina G. Lucio en el diario El Mundo, que lleva por título "Síndrome del acento extranjero: cuando una lesión cerebral roba parte de tu identidad". En el texto se nos da explicación de diversos casos en los que algún tipo de accidente, de un golpe a un ictus, puede provocar la pérdida del acento de nuestra habla y hacernos parecer ante los que nos escuchan "extranjeros". El artículo comienza presentándonos un caso:

El 6 de septiembre de 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, la ciudad de Oslo, ocupada por los alemanes, fue bombardeada. El ataque alcanzó entre otros a Astrid, una mujer noruega de unos 30 años que no pudo llegar a ningún refugio. Sobrevivió, pero las graves heridas que sufrió en su cerebro paralizaron la parte derecha de su cuerpo y, durante meses, le impidieron poder hablar.

Cuando por fin recuperó esa capacidad, algo había cambiado en su pronunciación. Sonaba diferente, con un acento que muchos asociaron con el alemán. De repente, Astrid hablaba como aquellos hombres que desde 1940 habían ocupado el país, con el característico deje que tenían cuando empleaban el noruego. Astrid nunca había salido de Noruega ni había tenido nunca ningún tipo de relación con Alemania pero a partir de entonces fue tomada por oriunda de ese país, lo que le complicó mucho la vida. Desde ser tomada por espía a que nadie quisiera atenderla en las tiendas: la animadversión al país ocupante recaía una y otra vez sobre esta mujer, que no podía evitar aquel acento extranjero en su forma de hablar.*


El texto nos ofrece otros ejemplos —como un norteamericano que empezó a tener acento irlandés— de cómo ese tipo de accidentes nos resultan muy extraños. El acento es un rasgo identitario que se disuelve en el grupo (todos hablan con un mismo acento), pero que nos distingue cuando salimos de él o, peor, cuando lo perdemos, como en el caso de los ictus o de algún otro incidente.

El artículo explica perfectamente el problema neurológico, pero deja en el aire el social identitario. En el caso anterior, lo que nos resulta chocante es ese "lo que le complicó mucho la vida" a una noruega que de repente empieza a hablar con algo que los que le rodean identifican como "alemán". En este caso, a la pobre Astrid, el destino le jugó una mala pasada. Quizá el acento podía haber sido de cualquier otro lugar del mundo, pero la fatalidad hizo que sonara alemán, el acento del enemigo, lo que la convertía, nos dicen, en una aparente espía.

Hace unas semanas, una profesora china de una universidad española participó en un tribunal de tesis. Comenzó dando una explicación sobre su acento: hablaba perfectamente español, pero con acento andaluz. No había sido un ictus, desde luego, sino una estancia de más de veinte años en diversas universidades andaluzas. Además del acento, había recogido también un buen sentido del humor que todos pudimos compartir. ¿Qué acento se suponía que debía ser el "normal" al hablar en español? Lógicamente el que ha escuchado.

Un magnífico documental sobre la actriz británica Joan Collins, visto esta misma mañana, nos contaba los problemas de los británicos llegados a Hollywood, donde debían desprenderse de su acento británico para poder ser aceptados por el público norteamericano, según nos explicaban.

Uno de los temas recurrentes en el mundo cinematográfico de los Estados Unidos es el "acento" de la hispano-cubana Ana de Armas, que ha sabido derrumbar todas las barreras del acento y ser "aceptada" por el público norteamericano. Al igual que nuestra profesora que debía explicar por qué hablaba español con acento andaluz, Ana de Armas debe explicar en buen inglés con acento norteamericano cómo se desprendió tan rápido de su acento español. Ella se divierte también, por ejemplo, hablando portugués con acento brasileño, que a los norteamericanos les suena muy "sensual". ¿No deben tener actores y actrices un buen oído? Parte de su entrenamiento es precisamente el automatizar los acentos para que el resultado sea natural y fluido. Más de una vez hemos escuchado ese "falso andaluz" que hace rechinar los oídos por lo artificial. Si a Ana de Armas, estando en los Estados Unidos y trabajando en su cine, se les escapan esos "you know" que le critican, es normal. Hace unos días ella y otros actores han representado un sketch en español en Saturday Night Live, lo que es un hecho importante en un país que se dedica a levantar muros al sur y a cazar inmigrantes en la frontera. Todo lo que sea mostrar la naturalidad de las fusiones es mejor que levantar barreras en contra de la convivencia. No deja de ser significativo que se le critique desde un lado para comprender el papel identitario y reivindicativo que algunos le dan a los acentos.

Como nunca estamos contentos, del acento de Ana de Armas se ha pasado a criticarle su "olvido de España" en el monólogo de SNL. Nunca llueve a gusto de todos; en este caso sería mejor decir que nunca llueve a gusto de nadie. De repente, la cuestión se convierte en "nacional" y todo se enreda. Se empieza por el "acento" y se acaba por la ofensa nacional.

Parece que han entendido muy poco en las redes sociales lo que significa la inmersión en otra lengua los que la han atacado por parecer "demasiado gringa" cuando le pusieron un micrófono delante en la ceremonia de los Oscar. Mucha gente piensa que esto es como un pañuelo de quita y pon. 

También demuestra cómo el acento es un rasgo fuertemente presente. Probablemente cuando hablaba antes de su éxito en el cine norteamericano, el acento les parecía a algunos poco o muy cubano, según las críticas. ¡Vaya usted a saber cómo mantener a la gente contenta en estos tiempos globales y multiculturales!

Leo que al expresidente José María Aznar se le criticaba porque volvía hablando inglés con acento tejano cuando se entrevistaba con George Bush en su rancho. No sé si es un poco exagerado. Lo que sí es cierto es que se le pegó la costumbre de poner los pies encima de la mesa, una forma de "acento" gestual, que sin embargo los otros presidentes europeos presentes no copiaron.

En un excelente documental sobre la actriz Joan Collins se nos cuenta sobre los problemas de los británicos que regresaban a casa con acento norteamericano, algo que les daba cierto glamur a los oídos de los espectadores británicos, también un mundo dividido de acentos diversos con grandes diferencias. 

Los actores británicos tenían que perder su acento si querían ser aceptados en Hollywood y luego debían olvidarlo al volver al cine nacional donde los espectadores, acostumbrados a escucharlos en sus "versiones originales" no llevaban bien sus cambios a la americana. Si los acentos británicos son variados, los norteamericanos se multiplican según las zonas del país, según los estados y pueden ser diferenciados.

Muchos recordaremos My Fair Lady, la película basada en el Pigmalión de George Bernard Shaw. El profesor Higgins (Rex Harrison) es capaz de distinguir por el acento la procedencia de la gente, incluyendo barrio y calle. El acento se convierte en una marca identitaria. Los británicos han creado un acento educativo, lo que les identifica con una forma de hablar según las universidades. Las maneras que distinguen incluyen las hablas afectadas de las universidades de prestigio, la verdadera identidad. Las series británicas del tipo "Arriba y abajo" permitían distinguir la gama de acentos que ligaban a las personas a sus clases sociales y lugares de procedencia. Los actores británicos son perfectamente conscientes de lo que suponen los acentos para sus personajes, que no solo se identifican por cómo visten o lo que hacen, sino por cómo hablan, algo que se considera importante, esencial para la credibilidad del personaje.

A la actriz británica Emily Blunt se le pregunta en las entrevistas sobre los acentos en su casa, con sus hijos. Su marido es norteamericano y los niños se ven entre dos fuego Con evidente sentido del humor, ella expresa las luchas que tiene con sus hijos sobre la forma de pronunciar "water" por unos y otros. El simple hecho de que los acentos de sus hijos sea cuestión de interés informativo ya nos dice algo.

Muchas películas norteamericanas ponen a disposición de los actores "entrenadores de acento" debido a la enorme variedad y a la detección automática del público sobre si el acento es creíble o no. Hace unos días me sorprendió enormemente escuchar a una actriz en dos películas, con dos acentos absolutamente distintos. Parecían dos personas distintas, pero lo distinto eran sus personajes, pasar de una reina a una chica normal de la calle. No pueden hablar de la misma manera. Los acentos, el léxico, etc. son diferentes en cada uno de nosotros y reflejan nuestra procedencia, nuestra formación, etc. Hablan de nosotros cuando hablamos.

El acento, sin duda, es un rasgo identitario que puede afectar en diferentes niveles y consecuencias. El caso de la noruega con acento "alemán" es un caso claro. El acento se percibe como una diferencia y esta como una amenaza. El acento se vuelve invisible dentro del grupo en el que se comparte, pero es un elemento que puede causar problemas si el entorno se vuelve agresivo y el acento nos identifica como un peligro de algún tipo.

En España es posible escuchar todo tipo de acentos en la actualidad. Es una muestra de diversidad en un país en el que tenemos mucha gente de procedencias diferentes. Se acabó aquello del acento de "Valladolid" frente a otros "marcados". El de "Valladolid" o similar es tan marcado como cualquier otro, pero es el poder lingüístico el que decide la "normalidad" y la "rareza" en cada caso. Muchas veces, el marcar como "oficial" o "estándar" un acento determinado es una prueba de poder, de establecer diferencias y, con ello, exclusiones.

En el artículo referido del diario El Mundo se nos señala:

«Asimilamos algunas modulaciones del lenguaje a una determinada lengua o idioma, pero es algo muy subjetivo. Diferentes personas pueden identificar distintos acentos cuando escuchan a otro», señala Tejero, que a lo largo de 25 años de carrera ha atendido a dos pacientes con síndrome del acento extranjero. El primero de ellos, un hombre aragonés, desarrolló tras un problema neurológico un acento que al equipo médico le recordó al asturiano. El segundo, recuerda, también un varón nacido y criado en España, comenzó a hablar tras un daño cerebral con un acento que él asociaba con el este de Europa,

«Estos cambios muchas veces resultan muy duros para los afectados», subraya Tejero. «No lo pueden controlar y de repente ven que son percibidos como extranjeros o que su entorno piensa que están inventándose una manera nueva de hablar. No se reconocen, por lo que puede llevarles al aislamiento social o a la depresión», subraya el especialista.*

Que no se sienta nadie marginado por su acento, salvo aquel que busque diferenciarse ya sea por esnobismo o por alguna forma de xenofobia. Lo esencial de las lenguas, por encima de sus usos instrumentales de poder, es poder entendernos y todo lo que lo favorezca debe ser bienvenido.

No deja de ser interesante que en el mundo de la ficción cinematográfica y televisiva haya que estar inventado acentos y hasta dialectos para justificar la diferencia de mundos imaginarios que la ficción nos ofrece. Se trata de no vincular con ningún origen determinado esos espacios inventados, esos reinos de fantasía. Se crean entonces acentos que representen grandes sensaciones —seductores, agresivos, clásicos, etc. — con los que construir la personalidad de reinos y personajes que no existen. Es labor de los actores, de los guionistas, etc. establecer esa nueva normalidad del acento con la que se mueven por los mundos fantásticos de la ficción.

La obsesión con los acentos, ya sea por eliminarlos o por convertirlos en cuestión de identidad ostentosa, debería relativizarse y no forzarse hasta la intransigencia, como algunos casos que hemos mencionado.

No dejaría de ser argumento para una fábula satírica el caso del xenófobo que persigue acentos distintos al suyo y que amaneciera un día con el acento cambiado tras un ictus.  Quizá así entendería mejor (y con él los lectores o, mejor, espectadores, si se hace de ella un filme) lo absurdo que es elevar estas diferencias al rango que se hace en ocasiones, convirtiéndolo en marca infamante o en distinción de superioridad, según los casos..


* Cristina G. Lucio "Síndrome del acento extranjero: cuando una lesión cerebral roba parte de tu identidad" El Mundo 3/06/2023 https://www.elmundo.es/ciencia-y-salud/salud/2023/06/03/64737bec21efa0e40a8b45b1.html

 


domingo, 21 de mayo de 2023

Los libros prohibidos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

El retrato fotográfico del novelista Kurt Vonnegut llama mi atención en la página de The Washington Post. Leo el titular que la acompaña: "Book bans soared in the ’70s, too. The Supreme Court stepped in." El reciente crecimiento del ultra conservadurismo en ciertos estados de Norteamérica hace volverse la memoria informativa a uno de los momentos de mayor censura de libros, los años 70. La censura es reactiva; es freno e imposición.

Los años 70 fueron la explosión de lo que se llevaba acumulando desde más de una década atrás, la fractura generacional que se había iniciado tras la II Guerra Mundial y que acabaría estallando definitivamente en los movimientos de protesta de los 60 y 70.  Las revoluciones juveniles eran sobre todo cuestionamiento del sistema y de la moral del sistema.

El ultraconservadurismo norteamericano, la presión de los grupos religiosos, etc. tienen ahora la capacidad de reforzar sus lazos, fortalecer la manipulación de la opinión pública a través de las diferentes formas de contacto que les permiten crear un frente común activo con el que actuar. Esto ha hecho que los valores de independencia y autonomía se vean debilitados por los que representan lo contrario, la imposición de valores de grupos y de una moral pública reforzada y restrictiva ante lo que entienden como pilares del sistema, familia y religión.

The Washington Post recuerda en el artículo mencionado, firmado por Anthony Aycock, las maniobras de censura para prohibir libros en esa década, los 70. Es una forma de dar perspectiva a lo que está ocurriendo ahora: 

Record efforts to ban books are fueling fights in Texas, Virginia and across the country. Just this week, a group including free-speech advocates, authors, parents and the publisher Penguin Random House filed a federal lawsuit against a Florida school district over the removal of books covering gender and LGBTQ issues.

Yet only one previous case of a library book ban has ended up before the Supreme Court: Island Trees Union Free School District No. 26 v. Pico. And, outside law school classrooms, it has largely been forgotten.

The country was engulfed then, as now, in a debate over which books should be allowed in schools and libraries. The American Library Association recorded a rise in censorship activity, from 100 book removals or challenges annually in the early 1970s to 1,000 annually by the end of the decade. In Virginia, a pastor fought a public library for offering books such as Philip Roth’s “Goodbye, Columbus” and Sidney Sheldon’s “Bloodline,” calling them “pornography.” In Indiana, a group of senior citizens publicly burned 40 copies of a book called “Values Clarification” for its discussions of moral relativism, situational ethics and secular humanism. (It also mentioned marijuana and divorce.)*

 

La guerra de los libros es la guerra de la libertad de pensamiento. Desde que los libros salieron de las primeras imprentas, lo que generó fue un "índice de libros prohibidos", aquellos que no podían leer. Muchos de nuestros libros en España, llevan todavía la marca del "nihil obstat" (nihil obstat quominus imprimatur, en su versión larga), la indicación de la censura eclesial. De esta forma, nada salía a la luz editorial que no estuviera revisado y aprobado por las autoridades eclesiales.

La fórmula norteamericana es otra. Los espacios controlados por instituciones, las educativas, en este caso, pueden decidir excluir los libros de los territorios que controlen. Eso incluye escuelas, bibliotecas, etc. Una vez que un libro ha sido declarado no grato, hay que evitar que caiga en manos de los miembros de la comunidad o que se hable de él. Es lo mismo que hacen los radicales islámicos; la diferencia estriba en que estos decretan la muerte del autor, como ocurrió con Salman Rushdie y su obra "Los versos satánicos". Aquel que mate a Rushdie se ha ganado el paraíso.

En estos días pasados hemos hablado aquí de los rasgos identitarios. En la medida en que no son naturales, se produce una guerra por imponerlos, por su "normalización". Es parte de los rasgos identitarios promover un modelo de "ciudadano" al que se le asignan unos rasgos y valores. Están los excluyentes del color de la piel, la lengua usada, etc. Los libros que se leen también forman parte de ese universo. El ejemplo más claro es el de aquellos de libro y lecturas únicas, la Biblia (en otros lugares será el Corán o la Torá), y también los "que no deben ser leídos". Leer la Biblia nos hace buenos ciudadanos y dejar de leer ciertas obras señaladas lo refuerza. La foto de alguien tan poco religioso o cumplidor como Donald Trump con la Biblia en la mano no es casualidad, aunque a algunos nos parezca un chiste de mal gusto. Esa foto es un rasgo identitario creado para satisfacer a una parte del electorado. Lo mismo sus campañas antifeministas o anti gay. Son formas de acercarse a los que viven dentro de esos parámetros mentales para conseguir su apoyo.

La radicalización del segmento conservador a través de las campañas populistas contra diferentes líneas de comportamiento se traduce en una serie de campañas de prohibiciones que acabarán en los tribunales, como anticipa el artículo de The Washington Post. Las prohibiciones se centran en el objeto (libro), pero lo que se trata es de que se expandan las ideas contrarias bajo la creencia de que son un atentado contra la "identidad", que se ha definido de forma unilateral y absoluta. En estos casos, se actúa en el nombre de "dios", de la "naturaleza" y del "destino". Todo ello forma un grupo compacto de ideas que se protegen y refuerzan frente a la discrepancia.

El retroceso en determinados estados, donde se ha atrincherado el fundamentalismo, es una mala noticia para la vida de los Estados Unidos, pero lo es también para muchos otros lugares que actúan de forma imitadora. Lo es también porque, como hemos visto en el mandato de Trump, esta ideología se ha exportado mediante diversas asociaciones y contactos, que han visitado Europa con ese fin. La ultraderecha europea ha mantenido los mismos principios populistas que salen de los Estados Unidos.

Veo la lucha contra el feminismo que se ha ido esparciendo entre grupos que le acusan de atentar contra la perfección de la familia tradicional; se ve en el crecimiento del racismo y la xenofobia en defensa de la pureza de las "razas" y otras "causas" que han pasado de la defensa a la ofensiva. El problema es que sus mensajes van calando ante el desconocimiento de la historia previa y de aquello a lo que llevó en distintos lugares.

El cambio del escenario comunicativo ha sido determinante de la reacción. Los mensajes se multiplican y las acciones se coordinar; aumenta el dogmatismo.

La lucha de los libros es una batalla con gran calado, de enorme consecuencias. Aquí hemos tratado en ocasiones del revisionismo de diferente signo que trata de reescribir el pasado. Es evidentemente un peligro creciente. Se trata ahora de borrar las ideas, la descripción de las críticas que no nos gustan. El fundamentalismo no es ya algo centrado en un tipo de ideología o mentalidad; se está convirtiendo en voz creciente y excluyente de aquello que no entra en su visión del mundo, que queda consagrada como "realidad" deseada. ¿Llegaremos a la propuesta de un "estado bíblico" de la misma forma que existe un "estado islámico", movimiento retrógrado, fundamentalista y autoritario? Para algunos eso es lo que se está produciendo.

Un lector de The Washington Post recuerda en un breve comentario al artículo citado: "James Joyce's "Ulysses" was banned in the United States from it's publication in 1922 until 1958". Es solo un dato, pero en ocasiones es bueno recordarlo. 

 

* Anthony Aycock "Book bans soared in the ’70s, too. The Supreme Court stepped in" The Washington Post 20/05/2023 https://www.washingtonpost.com/history/2023/05/20/book-bans-supreme-court-pico/