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viernes, 6 de octubre de 2023

La investigación y el deseo

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Releyendo los ensayos completos de Roland Barthes aparecidos en la revista Communications, recogidos con el título "Un mensaje sin código" (Ediciones Godot, Buenos Aires, Argentina 2017), me encuentro, muy al final del volumen, pasadas ya las 340 pp, con un breve texto titulado "Jóvenes investigadores" que sirvió de presentación al número 19, de junio de 1972, titulado "Le texte: de la Théorie à la recherche" (pp.1-5).

El tiempo ha pasado pero la actualidad del texto es máxima porque desde esa fecha la investigación, la vida universitaria en sí, se ha vuelto un callejón sin salida, un laberinto burocrático en el que importa todo menos lo que se dice e importa todavía menos lo que se siente, algo que parece que solo está destinado a los poetas.

En la célebre revista, escenario de presentación de algunos de los textos más valiosos y revolucionarios en Ciencias Sociales y Humanidades de la época, nos cuenta Barthes que este número es diferente: 

ESTE NÚMERO DE COMMUNICATIONS es distinto: no ha sido concebido para explorar un saber o ilustrar un tema; su unidad, al menos su unidad original, no está dada por su objeto, sino por el grupo de sus autores: todos estudiantes, recientemente comprometidos con la investigación; lo que se ha reunido aquí voluntariamente son los primeros trabajos de jóvenes investigadores, lo suficientemente libres para haber concebido por su cuenta su proyecto de investigación, pero todavía sometidos a una institución, la del doctorado del tercer ciclo. Lo que se explora en estos trabajos es principalmente la investigación misma, o al menos cierta clase de investigación, la que aún está relacionada con el dominio tradicional de las artes y las letras. Esta será la única clase de investigación que abordaremos aquí. (347)

 

Destinar este número a los jóvenes investigadores que se preguntan por el sentido mismo de lo que significa "investigar" es algo que hoy nos cuesta entender ya que son "agencias", "fundaciones", "comités" y todo tipo de organismos los que deciden con mano de hierro lo que pueda ser investigar, los métodos, la valoración de los elementos que se investigan y toda una serie de condicionamientos que se usan no para "saber" más y mejor, sino para reordenar el poder dentro de las áreas creadas. La finalidad de la investigación ya no es "saber", sino repartir, conforme a una serie de criterios considerados "objetivos", los puestos y su jerarquía dentro del campo específico, la financiación, etc.. Se trata pues de cuánto se manda y cuánto se gana. Los que han ascendido con unos protocolos determinados juzgan a los siguientes, a los aspirantes, a seguir subiendo hasta ser habilitados para los últimos peldaños. Desde allí se mira el mundo de otra manera y se tienen nuevos objetivos. El que sigue estos criterios sube, controla y manda; el que no lo hace, queda al margen.

Por eso el texto de Barthes es un respiro, un recordatorio de que el sentido de la investigación no es la reordenación del campo, sino otra cosa muy distinta. Barthes les ha propuesto que se pregunten qué significa "investigar" y es una pregunta que deberíamos seguir haciéndonos hoy.

¿Para qué se forma a un investigador? ¿Qué significa investigar? ¿Qué campos se deben explorar y definir? ¿Dónde está lo "nuevo", qué marca el "horizonte"? Estas y otras más son las preguntas que no se hacen porque ya, se nos dice, están las respuestas en forma de criterios de evaluación que acaban generando lo que en la Ciencia no debería ocurrir, sumisión, rutina, seguir los caminos pautados. Esto simplemente reafirma e ignora la crítica, una función esencial para evitar muchos males. Pero apenas son los que se dedican a criticar el propio sistema por temor a quedar fuera del reparto.

Pero hay un aspecto que señala Barthes en su texto que debemos recordar:

El trabajo (de investigación) debe estar encuadrado en el deseo. De lo contrario, el trabajo es triste, funcional, alienado y está movido por la mera necesidad de aprobar un examen, de obtener un diploma, de asegurarnos una promoción en nuestra carrera. Para que el deseo se insinúe en mi trabajo, es necesario que ese trabajo me sea exigido, no por una colectividad que busca asegurarse de mi labor (de mi esfuerzo) y contabilizar la rentabilidad de las prestaciones que se digna a concederme, sino por una asamblea viviente de lectores en la que pueda oírse el deseo del Otro (y no el control de la Ley). Ahora bien, en nuestra sociedad, en nuestras instituciones, lo que se le pide al estudiante, al joven investigador, al trabajador intelectual, nunca es su deseo: no se le exige que escriba, se le exige que hable (a lo largo de innumerables exposiciones) o que "informe" (previendo controles regulares). (348)

Llevo años intentando que los investigadores que formo comprendan esta idea del placer de la investigación, del deseo. Es el deseo de saber, de conocer, de descubrir, algo que no está reservado solo al placer literario del texto. Barthes señala el mal de la investigación desmotivada y reclama para ella lo que ya definió como el placer del texto.

No se trata de una anarquía que rechace el orden del método. Por el contrario, se trata de una acción que se aleje del poder controlador, de las formas de competencia que transforman la investigación en rutina y en forma de hacer méritos. Todo ello nos aleja de ese "placer", que es el de la investigación misma, y su instrumentalización para fines que se han apoderado del conjunto.

Este año tuve la suerte de ver la alegría de dos jóvenes investigadoras que apenas podían controlar el placer que les había producido desprenderse de todas las presiones que nos desvían de esa alegría investigadora y poder disfrutar de ese descubrimiento. "Después de cuatro años de trabajo", dijo una de ellas, "he podido disfrutar con lo que hecho". Me alegré tremendamente por escuchar eso y me entristecí por todos aquellos que no logran alcanzar ese placer, por aquellos para los que el estudio, investigar, descubrir, construir libremente... ha sido algo inalcanzable.

Barthes lo entendió bien y dio esa oportunidad de placer a aquellos jóvenes investigadores. Valoró la inquietud, el deseo de descubrir. Hoy no es fácil, por no decir otra cosa. Deberíamos preguntarnos alguna vez si no estamos fomentando justamente lo contrario.

Gracias, Barthes.

 

viernes, 31 de julio de 2020

Ciencia contra mitos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En nuestra polifonía social, la voz de la Ciencia debería servir de algo, pero nuestras sociedades están en plena curva ascendente (se nos contagian las metáforas) y muy difícil de aplanar de la "creencia" y el "mito", en el sentido que el semiólogo francés Roland Barthes le dio en su obra bajo el título "Mitologías", una serie de relatos o narrativas que sustentan nuestro universo cultural, un tejido (texto) de líneas entrelazadas que dan consistencia humana a nuestra realidad. Esos hilos del tejido social pueden ser de diversa naturaleza, lanzándonos a diversas prácticas, creencias, modos de vida. Los mitos de la sociedad medieval no son los de la industrial o los de la postindustrial. Nuestros mitos son creencias autoalimentadas por nosotros mismos en nuestra construcción constante de la cultura, nuestro entorno.
La Ciencia es una voz múltiple, no dogmática, que ofrece la mejor explicación disponible sobre lo que experimentamos, sobre lo que nos rodea o sobre nosotros mismos. En los tiempos del coronavirus, en cambio, la voz de la Ciencia se ve acallada por los mitos fabricados para mantener ciertas creencias vivas en un movimiento de ajuste en esta competitiva carrera interpretativa de los fenómenos.
Es característico de la Ciencia la explicación prudente, con revisión y límite. En estos días ha habido múltiples artículos de científicos sobre los males de las respuestas rápidas, de los estudios sin las confirmaciones suficientes, de la prisa por publicar o llamar la atención. Todo esto repercute en varios aspectos. En primer lugar en la validez de los resultados, pero también en un nivel más profundo generando desconfianza, en la épica batalla por el control del conocimiento que lleva siglos librándose. La Ciencia se enfrenta al Dogma y a la creencia infundada. Muchos han provechado que los tempos y las respuestas de la Ciencia son diferentes para socavar su credibilidad, debilitar la confianza en ella.


Son tiempos de manipulación y de impulso de las mentiras, de las medias verdades, de las insinuaciones. Son tiempos en los que se aprovecha la necesidad de agarrarse a lo estable para enganchar a los carros de la duda a aquellos que tienen miedo o que, por el contrario, quieren ver confirmadas sus ideas, por extravagantes que puedan ser.
Como ocurrió con los que consideraban en SIDA como un castigo de Dios, algunos se presentan con aires firmes en los tiempos del COVID-19 creando teorías conspiratorias que justifiquen sus creencias o decisiones. Es lo que llamábamos las "guerras del coronavirus" frente a las guerra "contra el coronavirus" hace unos días en estos mismos escritos.
Hoy se avanza un poco más en esa lucha doble por encontrar la realidad del coronavirus, por un lado, y por tratar de cerrar los "mitos" que se han ido desarrollando sobre su aparición, su "creación", etc.
Con el titular "El virus de la Covid-19 lleva entre 40 y 70 años en los murciélagos", el diario La Vanguardia, publicado por la Agencia Sinc (Servicio de Información y Noticias Científicas), la agencia de noticias científicas de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, presenta un artículo firmado por Mónica G. Salomone, en el que podemos leer:

El origen del coronavirus SARS-CoV-2 sigue siendo uno de los secretos mejor guardados de la biología. Desvelarlo es importante para prevenir futuras oleadas de Covid-19 y también para acallar teorías conspiranoicas.
Se supo muy pronto al inicio de la pandemia que el nuevo coronavirus comparte más del 96% de su genoma con un coronavirus que infecta murciélagos. Ahora, un trabajo de un equipo internacional ha intentado reconstruir el árbol genealógico del SARS-CoV-2.
Los resultados del estudio se han publicado en el último número de la revista Nature Microbiology y determinan que el linaje de ambos coronavirus se separó hace entre 40 y 70 años. Esto significa que el SARS-CoV-2 lleva bastantes décadas circulando indetectado entre los murciélagos.
Eso “se ve claramente en nuestros análisis”, escriben en su artículo los autores, que además lanzan una advertencia: en ese tiempo se pueden haber diferenciado más linajes con los rasgos adecuados para infectar a los humanos.
Además, son virus con una alta capacidad de intercambiar material genético entre sí, lo que implica, según los autores, que “será difícil identificar virus con el potencial de causar brotes importantes en humanos antes de que estos emerjan”. Es necesario, por tanto, disponer de un “sistema de vigilancia de enfermedades humanas en tiempo real que rápidamente pueda identificar y clasificar patógenos”.
El nuevo análisis no apoya la hipótesis —aunque tampoco la descarta— de que el pangolín fuera un paso intermedio en el salto de murciélagos y humanos. Tampoco las serpientes. “La evidencia actual es consistente con que la evolución del virus en murciélagos haya dado lugar a [variantes] capaces de replicarse en el tracto respiratorio superior tanto del humano como del pangolín”, escriben los autores.* / **



Claro y directo. En estas líneas se nos habla del origen, se descartan las mentiras  "conspiranoicas", se advierte sobre futuros peligros y se reclaman medidas. Es un compendio integrado del valor descubridor, explicativo y socialmente preventivo de lo que debes ser la Ciencia.
La pregunta que surge es ahora es ¿servirá de algo? Nuestro gran problema, más allá del coronavirus, es ser capaces de asimilar las informaciones que la comunidad científica pone en nuestras manos y saber darles sentido práctico en la realidad. Nos explican, nos aconsejan sobre las medidas para frenar, pero luego somos nosotros, los que recibimos la información los que debemos tomar posiciones activas.
En Estados Unidos llevan años detectando el avance de las creencias infundadas frente al conocimiento científico, ante los avances de la Ciencia. El país más poderoso se dirige hacia el pasado de forma rápida por el crecimiento del mito frente a la luz orientadora de la Ciencia en nuestras actuaciones. Les ha bastado tener una infraestructura, aprender a manipular a través de las nuevas plazas públicas tecnológicas, una cadena televisiva que sirve de intermediara y amplifica los mitos o los fabrica directamente, para situar en la Casa Blanca a un ignorante y manipulador, a un presidente como Donald Trump, capaz de expulsar a los científicos que le contradicen mientras se fotografía con una Biblia en la mano frente a una iglesia que no pisa.


Los medios tienen una enorme responsabilidad en el avance de los mitos devoradores. Muchos repiten falsedades a sabiendas de que lo son pero que a la gente le gusta escucharlas. El daño es inmenso.
La reconstrucción del ADN de los murciélagos y su datación entre 40 y 70 años no evitará que sigan creyendo en los Estados Unidos que ha sido el Dr. Fauci quien lo creó —como veíamos hace unos días— o que salió de un laboratorio chino creado artificialmente, o que ha sido una maniobra de los demócratas para evitar la reelección de Trump. Los mitos son difíciles de erradicar por más que se intente.
Los políticos tienden a discutir en sus guerras del coronavirus. No se les escucha prácticamente decir nada sobre las informaciones que salen del ámbito científico. Actúan como filtros y los medios se centran en ellos en un porcentaje de tiempo mucho mayor. Tiene más seguidores discutir sobre el turismo que discutir sobre aspectos científicos y cómo destinar recursos humanos y económicos para lo que pueda llegar. Nos avisan, pero seguimos en nuestras guerras camufladas, en nuestras sordera crónicas y en nuestra falta de orientación de por dónde llegarán los nuevos problemas.


Con esta crisis, nos lamentamos de no haber aprendido de la anterior. Esperemos que esto no ocurra una y otra vez. Estar preparados es esencial para minimizar los efectos de lo que nos llega. Sin embargo, nos dejamos arrastrar por el griterío zafio que solo busca mantener vivo el espectáculo. Lo ocurrido estos días con las discusiones sobre si "existía" o no un comité científico o no es buen ejemplo de cómo hacer mal las cosas y enfocarlas peor.
Felicitamos expresamente a la autora del artículo, que ha sabido dar las dimensiones reales del avance científico y explicarlo con claridad, algo que no es frecuente. Es necesario filtrar las noticias con nuevos criterios de relevancia, algo que se ha perdido por el efecto perverso de las redes, en donde se diluye en flujos de intereses que las distorsionan. Lo más importante no es lo más leído, sino lo que todos deberían leer. Desgraciadamente, vivimos en un mundo del revés.



* Mónica G. Salomone "El virus de la Covid-19 lleva entre 40 y 70 años en los murciélagos" El País 30/07/2020 https://www.lavanguardia.com/natural/fauna-flora/20200730/482582721327/el-virus-de-la-covid-19-lleva-entre-40-y-70-anos-en-los-murcielagos.html
* * Mónica G. Salomé "El virus de la Covid-19 lleva entre 40 y 70 años en los murciélagos" Sinc  30/07/2020 https://www.agenciasinc.es/Autor/Monica-G.-Salomone

viernes, 24 de noviembre de 2017

Sobre el discurso amoroso

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
"Yo debía haber visto esta película hace muchos años", me decía una persona tras encenderse las luces de la sala. La película no era otra que "La heredera" (William Wyler 1949), la versión cinematográfica de un texto literario de Henry James, la novela corta Washington Square, que había sido previamente llevada a las tablas. La película sigue siendo una obra maestra de la dirección, la interpretación y la disección psicológica del sentimiento amoroso en todas las dimensiones, incluida la familiar. Las magníficas interpretaciones de Olivia de Havilland, Montgomery Cliff, Ralph Richardson y Miriam Hopkins dan el volumen al dibujo de las formas de ese sentimiento múltiple, complejo y contradictorio que llamamos "amor".
En la obra, cada personaje encarna un tipo de "amor" que implica una ceguera que le afecta y que los demás padecen de una forma u otra. El padre, el doctor Austin Sloper, está bloqueado por la idealización del recuerdo de la esposa perdida, injusta vara de medir para la hija, que siempre le parecerá una mediocridad. Sloper se ha encerrado en sí mismo y ha desarrollado un sentido cínico de la vida reservando su sentimiento amoroso a la memoria de la esposa. Su hija, para él, había sido el instrumento que el destino había elegido para arrebatarle a su esposa, muerta en el parto. "Sé lo que perdí y sé lo que me quedó en herencia", dice con amargura.

Su hermana Lavinia, una viuda reciente que representa el amor como una aventura romántica que vive a través de los otros; son amores novelescos llenos de fugas nocturnas con galanes, de reencuentros emotivos. El amor en ella no se basa en su pobre experiencia sino, como tantas otras heroínas decimonónicas, en la lectura de un mundo filtrado a través de las novelas. La vida social y familiar de la esposa de un reverendo no daba mucho de sí y se nos transmite por su rápido deseo de participar en los bailes justificando que los demás no lo verán como una transgresión del duelo por la muerte de del esposo.
La tía Lavinia representa las antípodas de su hermano, el doctor Sloper. Es la fantasía sentimental frente a la sacralización del ideal perdido. Las fantasías de la tía Lavinia prolongación del mundo novelesco, llevadas a la vida real. Para Sloper, en cambio, la vida real es un mundo sin amor, del que se ha retirado en beneficio de su fantasía privada con su esposa.
El seductor Morris Townsend es una versión más del ascenso social a través del matrimonio. Es un don Juan, un seductor que busca las presas por su dote. Cada uno de los personajes lo verán de una manera. Para Sloper, Morris será un cazadotes del que hay que prevenirse; para la tía Lavinia, una oportunidad para vivir su fantasía y para ejercer a su manera una especie de caridad amorosa ayudando a su sobrina.
Catherine Sloper, finalmente, es el centro de disputa. Carente de un amor modelo de referencia, carente igualmente de las demostraciones de amor de un padre distante que considera mediocre, carente de atractivos más allá de su herencia, Catherine se nos muestra inicialmente en todo su patetismo personal y social como una víctima y como un trofeo. Su mente es un campo de batalla en el que tendrá que combatir con sus propios deseos y sentimientos para defenderse de todos los demás. Como descubrirá pronto, es ella su peor enemigo en la lucha contra los propios sentimientos que aprenderá a controlar, no a eliminar.
A través de unas extraordinarias interpretaciones y diálogos, asistimos a la intensidad profunda de la lucha en un combate sentimental en que los personajes tienen sus propias visiones del amor basadas en sus propias experiencias, positivas y negativas, y juzgan a los otros desde esas perspectivas.


El sentimiento amoroso tiene dimensiones sociales y personales. Es una intersección entre el deseo y la norma social. Las personas se debaten en un universo conflictivo y contradictorio, necesitadas de una educación sentimental que permita dar forma comprensible a aquello que no la tenía. El impulso dirige hacia el objeto de deseo y es frenado por el cálculo que previene la debilidad inherente a la apertura. Y es que el sentimiento amoroso es siempre arriesgado y hace vulnerables a las personas que deben protegerse a través de los recursos disponibles, psíquicos y sociales.
En el caso de Catherine Sloper, se encuentra en un conflicto ante la obediencia paterna y sus propios sentimientos, alentados por la romántica tía Lavinia. Pero tendrá que ser ella la que luche por comprender cuál es el camino que ha de llevarla al puerto sentimentalmente más seguro, que es aquel en el que la vulnerabilidad es menor. Catherine, como tantos otros, tendrá que avanzar en un complejo camino, el doble desciframiento del otro y de ella misma.
Escribe Roland Barthes en su obra "Fragmentos de un discurso amoroso" (1977):

SIGNOS. Ya sea que quiera probar su amor o que se esfuerce por descifrar si el otro la ama, el sujeto amoroso no tiene a su disposición ningún sistema de signos seguros.

Es la inseguridad del signo, de su sentido, lo que hace que la apertura sentimental sea una operación arriesgada. No hay garantías, de ahí la existencia de la llamada "prueba de amor", es decir, la confirmación de la interpretación de los signos amorosos, con los que se puede jugar para conseguir el engaño. Morris es un seductor. Sus signos son él mismo, su presencia misma y sus actos, todos ellos destinados a despertar en Catherine un deseo primero y una confianza después. Será ese deseo el que lleve al autoengaño sobre la verdad de los signos.
Uno de los momentos más interesantes de la obra es cuando Catherine descubre que su tía Lavinia piensa lo mismo que su padre, que ella es una persona a la que no se puede querer realmente porque no hay en ella nada admirable excepto su dinero. Catherine descubre entonces que para su tía el amor tienen esencialmente una dimensión social, forma parte de la escenificación social a través del matrimonio. No se trata de amor, sino de encontrar un "buen marido" o un "marido agradable", que pueda exhibirse socialmente. Hoy lo llamaríamos un "acompañante", alguien a quien lucir en los festejos de una aburrida vida decimonónica en la que "sociedad" estaba representada por unas cuantas familias que se reunían para acontecimientos que festejar, como el baile de notificación de una boda en la que Morris conoce a Catherine, probablemente de forma premeditada, a sabiendas ya de su fortuna.
Ante el discurso amoroso que se le dirige, quien lo recibe debe iniciar un proceso interpretativo que, como nos dice Barthes, carece de seguridades. Como discurso puede ser manipulado para actuar sobre el otro de forma sinuosa y conseguir la finalidad deseada.


El discurso amoroso utiliza códigos que se van produciendo en el interior de los sistemas culturales. A ellos se recurre para codificar el discurso hacia el otro con la esperanza de que se pueda interpretar correctamente el sentimiento oculto.
En Werther, la novela de Goethe que se convirtió en un modelo sentimental para varias generaciones, podemos leer en la carta del 16 de junio:

Carlota había apoyado los codos en el marco de la ventana y miraba hacia la campiña, luego levantó los ojos al cielo; después los fijó en mí y vi que los tenía cuajados de lágrimas; por fin, puso su mano sobre la mía y exclamó: “¡Oh Klopstock!”
Abismado en un torrente de emociones que esta sola palabra despertó en mi espíritu, recordé al instante la oda sublime que ocupaba a la sazón el pensamiento de Carlota. No pude resistir: me incliné sobre su mano, se la llené de besos y de lágrimas de placer, y volvieron mis ojos a encontrarse con los suyos. ¡Oh insigne poeta! Esta sola mirada, que debías haber visto, basta para tu apoteosis. ¡Ojalá no vuelva yo a oír pronunciar tu nombre tan frecuentemente pronunciado!


El arrebato del joven Werther se produce cuando escucha el nombre del poeta Klopstock y cree identificar en su mención por Lotte la misma oda. La cadena de traducciones románticas va de la visión de la belleza de la naturaleza a la belleza artística como recuerdo a través del recuerdo de la oda. Una palabra dicha entre lágrimas de emoción, un signo, "¡Klopstock!", es recibido por Werther como un mensaje de cuya autenticidad no se puede dudar frente a otros. Naturaleza, lágrima y arte se funden configurando lo que el otro puede interpretar. Werther, desde su concepción del amor como encuentro de almas gemelas, realizará el proceso inverso ante los signos que tiene ante sí: la visión de la emoción de Lotte la palabra, el recuerdo de la oda y las lágrimas, signo del corazón, del sentimiento. La novela sentimental recibió el título de "lacrimógena" estableciendo una comunidad de la lágrima entre personajes y lectores que se deshacen en llanto. El llanto como lo opuesto al cálculo, a la palabra misma, como expresión natural del sentimiento, signo inequívoco
En sus primeras páginas, escribió Goethe esta advertencia y ruego:

He recogido con afán todo lo que he podido encontrar referente a la historia del desdichado Werther, y aquí os lo ofrezco, seguro de que me lo agradeceréis. Es imposible que no tengáis admiración y amor para su genio y carácter, lágrimas para su triste fin.   
Y tú, pobre alma que sufres el mismo tormento ¡ojalá saques consuelo de sus amarguras, y llegue este librito a ser tu amigo si, por capricho de la suerte o por tu propia culpa, no encontraste otro mejor!

Llorar con ellos, llorar por ellos; ese es el destino del lector y personajes. Serán lágrimas de dolor, de alegría o de rabia, pero lágrimas que permitirán saber que los corazones —de personajes y lectores— están en comunión natural.
Pero la lágrima, como signo, no está exenta de manipulación. También la lágrima se finge, como el dolor o la alegría, dando ventaja sentimental al fingidor que logra mostrarse así ante los otros. Todo es signo, todo puede ser fingido. La misma figura romántica del joven sufriente, dolorido, excesivamente sensible, será parodiada posteriormente por la literatura posterior.
Ya no se tratará del excitable Werther, sino de sus imitadores, jóvenes que usas el recuerdo provocado por la novelas para manipular a sus lectores, especialmente a aquellas jóvenes que inician su andadura sentimental entre las páginas de los libros que les cuentan amorosas historias, con galanes intrépidos, enamorados inconsolables que buscan consuelo y así olvidar esos amores perdidos que nunca existieron, pero que dan un aura misteriosa y trágica.
Son manipuladores que han encontrado sus nuevos códigos en esas novelas en donde aprenden qué deben hacer para seducir. El discurso amoroso tiene el aval de lo literario, es la confirmación de la verdad poética como verdad de vida. La emoción antes vista de Lotte es la confirmación lacrimosa de la verdad poética y natural, ambas conectadas con una Naturaleza que es sentimiento y una poesía que aspira a serlo.
Al convertirse el sentimiento en discurso codificado pasa a ser manipulable. Manipuladores de esos discursos, como el Julian Sorel stendhaliano, los encontramos a en la literatura y en la vida, ambas en permanente interacción, proponiendo modelos y trasladándolos a la realidad. Se da forma a lo sentimental a través de la cultura. Lo que es naturaleza se codifica en las palabras o situaciones ("figuras" como propone Roland Barthes para su análisis).


El análisis de emociones y sentimientos va más allá de lo amoroso. Nuestra modernidad se abrió emocionalmente durante el siglo XVIII a través de toda una serie de formulaciones teóricas y prácticas del sentimiento. El restringido mundo social de se abría a nuevas fórmulas que alentaban a las expresión sentimental frente a la hipocresía social y a la represión del sentimiento. Es en el discurso amoroso en donde comienza esa expansión y con ella la lucha por discernir la verdad de las representaciones sentimentales, su autenticidad o falsedad.
La profesora Eva Illouz ha publicado una serie de obras notables sobre el papel de emociones y sentimientos en la sociedad capitalista, en la que se convierten en objetos de consumo más allá de lo literario. Escribe en su texto "El surgimiento del Homo Sentimentalis":

La emoción no es acción per se, sino que es la energía interna que nos impulsa a un acto, lo que da cierto "carácter" o "colorido" a un acto. La emoción, entonces, puede definirse como el aspecto "cargado de energía" de la acción, en el que se entiende que implica al mismo tiempo cognición, afecto, evaluación, motivación y el cuerpo. Lejos de ser presociales o preculturales las emociones son significados culturales y relaciones sociales fusionados de una manera inseparable, y es esa fusión lo que les confiere la capacidad de impartir energía a la acción. Lo que hace que la emoción tenga esa "energía" es el hecho de que siempre concierne al yo y a la relación del yo con otros situados culturalmente. (15)


 La emoción es manifestación, signo. Lo es a través de la palabra o a través del cuerpo, del gesto. El sentimiento se transforma culturalmente para su exteriorización. No ser presociales o preculturales, como señala Illouz, implica que es una forma de codificación aceptada culturalmente, lo que nos lleva también a una interculturalidad del sentimiento en lo que afecta a su representación. El estudio de esta diversidad de la representación es interesante, como lo son también los mecanismos de transferencia intercultural de los sentimientos.
Primero la literatura —novela, teatro, poesía— y después el cine ha contribuido a esa expansión de los modelos, incluidos los problemas que presentan las diferencias entre culturas. Si ya es compleja la lucha para determinar la verdad del discurso amoroso, más complejo será cuando los códigos sean más divergentes y produzcan el malentendido, el error o la falsificación del contacto. Madame Butterfly nos enseña la tragedia del sentimiento asimétrico por las distancias interculturales. La indefensión ante el discurso seductor puede ser mayor de lo normal.
El mundo de Henry James era cerrado, compuesto de filtros y murallas para evitar precisamente la seducción de la persona en la que se trataba de preservar oficialmente la "inocencia". Sin experiencia es más fácil el engaño del seductor, alguien versado en las artes del discurso amoroso. La experiencia solo se obtiene a través de la literatura, soñando con la llegada de alguien que se asemeje a los personajes conocidos, cuya autenticidad viene dada por la verdad poética. La vida, de nuevo, esta en concordancia con el arte. La reacción será furibunda en ocasiones: la prohibición de las novelas sentimentales, que solo deforman las mentes de las jóvenes con las figuras de esos imaginarios galanes perfectos. El "amor romántico", "novelesco" es un peligro porque implica, como vemos, en la obra de Wyler, un enfrentamiento con la autoridad, la paterna, que es quien debe finalmente dar su visto bueno.


En una de las novelas de Naguib Mahfuz, el padre advierte a las hijas que los representantes que viene a acordar un matrimonio no lo hacen por ellas, que están ocultas, sino para emparentar con él, en una clara muestra de cómo funciona el patriarcado. No hay sentimiento alguno; solo el interés de ambas partes, en donde la mujer es la moneda de cambio. No hay discurso amoroso como mediación, solo el interés de la familia.
En "La heredera", los recelos y reproches del doctor Slopes vienen de un hecho claro, de una ruptura del orden: Morris ha hablado de matrimonio antes con ella que con él. El padre es el filtro, quien decide la posibilidad del discurso y desde el principio ha considerado a Morris un cazadotes, un parásito inútil cuya única finalidad en la vida es gastarse el dinero que ha recibido como herencia. Ahora, agotado este, aspira a vivir de la herencia de su esposa.
Catherine Slopes pasa por una dura educación sentimental. Una vez que ha pasado por el engaño, lo que más ofende su inteligencia es que Morris vuelva a intentar el mismo discurso para meterse de nuevo en su vida y acceder a su fortuna. Pero Catherine se ha encerrado en sí misma y se ha vuelto una intérprete, dura y precisa, de lo que ahora percibe como un discurso falso y trivial.
La magistral interpretación de Olivia de Havilland permite pasar por todos los pasos del proceso de educación sentimental cuya consecuencia primera es el recelo con el que controla su vulnerabilidad ante algo que ya no comprende: ni el amor de su padre, ni el de su tía ni el de Morris Townsend. Ninguno era realmente "amor", sea eso lo que sea. Ha comprendido, en cambio, a ser libre dueña de la que es ahora su casa. Abandona el telar en la que le vemos enfrascada durante años, convertida en una Penélope que espera la llegada de un héroe inexistente. Es libre, solitaria. Ha aprendido a ser fuerte, aunque eso se traduce en una soledad que ahora tratará de usar en su beneficio. Quiere verse ella misma y no hacerlo a través de los ojos de los otros. Es un precio alto.
Alguien preguntó "¿No era un amor verdadero?".


Barthes, Roland (1977). Fragmentos de un discurso amoroso. 1ª ed. español 1982. Siglo XXI.
Goethe, Johann W. (1774). Las penas del joven Werther. Trad. José Valor 1997.

Illouz, Eva. "El surgimiento del Homo Sentimentalis", en Identidades congeladas (2007). Katz Editores.




jueves, 3 de octubre de 2013

Rajoy, Japón y la pura significatividad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Después de haber asistido el viernes a una preciosa representación de teatro de marionetas japonesas, de Bunraku —los que hayan visto la película de Takeshi Kitano, Dolls, lo recordarán— y enterarme que estamos en algo que llaman el "año dual" —que a mí me suena a cosa de los discos antiguos—  me quedé muy contento. ¡Hace cuatro siglos que tuvimos el primer contacto con Japón y ellos con nosotros!
Pero, cuando pensaba que la emoción común iba a ser verdaderamente común, me encuentro con que Mariano Rajoy va a Japón y lo chafa. Los titulares de los periódicos poseen una extraña concordancia: no se inclinó lo suficiente. ¡Vaya por Dios!
Parece ser que el presidente es inflexible hasta en Japón, país que ha hecho de la flexibilidad un rasgo nacional. Para ser exactos: en España nuestros dirigentes son inflexibles con la flexibilidad, es decir, no perdonan un despido ni un recorte. Eso explica en cierta forma la interpretación que el diario El Mundo hace del apretón de manos —impropio para las delicadas manos imperiales— y de su estiramiento. Dice el diario:

Eso de que Rajoy haya dado la mano al emperador nipón como si estuviera saludando al portero, está no sólo fuera de lugar, sino que puede llevar a los japoneses a considerarlo como una falta absoluta de respeto hacia su jefe de Estado.
Akhito recibe cada año a decenas de mandatarios extranjeros. Y si Rajoy ha llevado los recortes hasta el departamento de Protocolo de Moncloa, le hubiera bastado con mirar en Google las fotos de presidentes y primeros ministros del mundo entero que le han precedido de visita oficial en Japón, para saber cómo tenía que saludar al emperador.*


Hay que reconocer que esto más que una explicación. Como imagen surrealista, en cambio, funciona bien porque nos hace imaginarnos a Mariano Rajoy buscando en Google. Y creo que sí, efectivamente, que el presidente le ha estado dando al buscador porque ¿de qué hablas con un emperador japonés cuando no hablas japonés? Explica el diario tras señalar que el emperador de Japón es la cabeza visible de la dinastía más antigua del mundo que Rajoy "le ha saludado más tieso que el palo de una escoba". De nuevo el juego del contrapunto: la escoba y el emperador. Es el feo más feo desde que Rodríguez Zapatero, que sí se inclinó lo justo ante el emperador —según demuestra la foto recordatoria que El Mundo adjunta— no se levantó ante el paso de la bandera norteamericana. Aquel era un feo ideológico y esto no se sabe si es un lumbago. Aprovecha el diario para hacer un recorrido gráfico para mostrar el grado de inclinación de los distintos mandatarios que han visitado al emperador, en algo que parece un homenaje, más que al emperador, a la Torre de Pisa. ¿El que más se inclina? Pues Barack Obama, el más atlético, el más en forma.


El Mundo insiste en el surrealismo de la situación al titular la noticia "Rajoy no se inclina, se columpia ante el emperador Akihito de Japón", con lo que logra dotar de un sentido juvenil y retozón a la imagen del presidente. Más que un reencuentro de cuatro siglos parece querer reflejar el de unos compañeros de guardería para recordar viejos tiempos.
En cambio, el titular de El País nos desplaza a un nuevo escenario y reza así: "Rajoy presume ante inversores japoneses de las bajadas de sueldos en España".

El presidente explicó al emperador que en España no hay ningún temor a la situación en Fukushima, como prueba que él vaya a ser el primer dirigente occidental que visite la ciudad. Rajoy, amante del fútbol, trasladó al emperador la anécdota de que un conocido árbitro de primera división, Japón Sevilla, lleva ese apellido como descendiente de la primera colonia de japoneses que se instaló en España en 1614 después del primer contacto diplomático entre ambos países, que precisamente se conmemora ahora.**


Esto echa un tufillo a Wikipedia que tira para atrás. Yo no me imagino a Tom Cruise —El último samurái— hablándole al emperador de Japón de un árbitro de fútbol, descendiente de algún enviado de sus ancestros. A mí, si me preguntan por "Japón Sevilla", digo que sería una línea de Iberia para la Expo, o algo así. Sabemos por qué su padre se llama "Japón", pero nos quedamos con las dudas de por qué se llama también "Sevilla". ¿Quién le iba a decir al árbitro que, además de las cosas que habrá tenido que aguantar por esos campos de Dios por el simple hecho de vestir de negro sobre un césped verde, el presidente Rajoy iba a soltarle su historia al emperador de Japón? Me imagino que gracia-gracia le habrá hecho poca.

Sin embargo, siguiendo la senda de Fraga en Palomares, el presidente resaltó nuestra tradicional falta de temor a las radiaciones. El emperador, que es un hombre sencillo nacido en un mundo complicado, habrá valorado que lo del protocolo no lo entiende todo el mundo, pero que lo de la radiación sí. Y habrá pensado que los españoles somos así, parcos con el protocolo pero generosos con la contaminación. Lo uno por lo otro. La verdad es que yo en las fotos veo a ambos relajados. A quien sí veo muy preocupado, en cambio, es al traductor, pero me imagino que estaba pensando en lo del árbitro "Japón Sevilla" y las consecuencia que ello tendría en su carrera como traductor imperial. Ahí estaba el centro de la noticia, el foco informativo, el documental de la BBC, el reportaje de Telemadrid, etc. Pero nadie se ocupa ya de la gente sencilla.
El titular sobre presumir de bajadas de sueldo que El País ha resaltado lleva añadido la reacción del líder de la oposición socialista quien, abandonado en suelo patrio, avisa del regreso: «Rubalcaba: "Que venga y cuente lo mismo"», ha dicho desafiante. Está fatal de eso de presumir de bajar el sueldo, especialmente por el extranjero. Pero sí no se ve inconveniente en hablar de fútbol con un emperador, los protocolos de los inversores —que son de otro tipo— impiden hablar de "buenos sueldos". De la delicadez imperial a la brutalidad económica, que no admite muchas florituras. Por el camino que llevamos, habrá que presumir de buen sol y sueldos bajos, que es lo que el mundo espera de nosotros. Triste pero cierto. Por eso los políticos han desarrollado muchos eufemismos —ajustes, recortes, techos...— para encubrir esta fea realidad de un mundo carroñero en donde despedir a media plantilla es "saludado" por los inversores y bajar los sueldos recibe homenajes y aplausos. Son los gestos protocolarios de la jungla, el ritual de los tiburones, el caníbal mirando las calorías.


El Economista —que debería entender estas cosas porque las practica todos los días—, sin embargo se suma al surrealismo informativo y va más lejos y, arremetiendo contra todas las normas periodísticas, comienza su texto con una definición del Diccionario de la Real Academia:

'Reverencia': 1. Respeto o veneración que tiene alguien a otra persona. // 2. Inclinación del cuerpo en señal de respeto o veneración. // 3. Tratamiento que se da a los religiosos condecorados o de cierta dignidad. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha olvidado que hoy era día de reverenciar y se ha saltado la norma que marca la necesidad de inclinarse ante el emperador Akihito de Japón.
Ha ocurrido durante la recepción en el Palacio Imperial de Tokio. Rajoy no se ha humillado ante Akihito como manda el protocolo y ha saludado al nipón con un 'occidental' apretón de manos.***


Como no entiendo japonés, no entro a ver las reacciones de los medios de allí por si hay noticias sobre la movilización del Ejército japonés, del despertar del nacionalismo belicista o una oleada de suicidios rituales frente al palacio imperial para lavar la ofensa. Pero, no, no me encuentro nada así. No hay señales de Mariano Rajoy. Nadie grita ¡banzái! ni cosas por el estilo. Repaso The Japan Times y no encuentro nada. Corrijo: hay un enlace que habla de la visita pero no lleva a ninguna parte. ¿Han borrado al presidente del mapa? Hay 22 noticias sobre Mariano Rajoy, pero antiguas, hablando de Bárcenas y sus papeles la última. Paso al Japan Today y, no, tampoco encuentro rastro de la visita.


Sigo repasando la prensa internacional que despacha, como Reuters, la visita con una simple foto. Nadie dice nada del saludo, aquí cuestión nacional. A nadie le importa si Mariano Rajoy se inclina o hace el pino. ¿Es esto posible? Repaso y repaso y repaso... Lo más que encuentro es una noticia en Japan Today que habla de los malos modos de los que van a hacer jogging en la proximidades del Palacio imperial, que se llevan por delante a la gente mayor que pasea y no se disculpan... ¿Serán Rajoy y su séquito?, me pregunto ante tanto ignorar. Algunos dan la visita de Mariano Rajoy solo con la foto del Emperador, que es quien realmente preocupa a los japoneses.


¿Será posible —me vuelvo a preguntar perplejo— que a los japoneses les traiga el asunto al pairo y que seamos solo nosotros, los medios españoles —los del país del tuteo, del "¿qué pasa, tío?" y del "¡hola!, ¿qué tal?"—, los que vayamos con las normas de protocolo imperial por delante, que no pasemos una? ¿Son tan educaditos los japoneses como para mirar para otro lado y seguir con una sonrisa impertérrita un error de protocolo —hoy por ti, mañana por mí— elevado al rango de tsunami, frente a nuestro rasgado de vestiduras y que, con tanto republicano suelto, nos hayamos vuelto imperiales? ¿Por fin respetamos algo? Pues no lo tengo yo muy claro... ¿Hemos pasado de la iconoclastia maleducada al protocolo imperial, que ya es rizar el rizo?


Hay varias explicaciones. la más sencilla dice que se recurre a lo que sea para meter el dedo en el ojo. Es sencilla y funcional. ¡Presidente, te pillamos! Y mientras nosotros elevamos el incidente protocolario al rango de Pearl Harbour, los japoneses pasan olímpicamente, sobre todo ahora que tienen ya los Juegos en Tokyo. Es una especie de tú no te libras ni en Japón. 
El titular del diario El Mundo —"Rajoy no se inclina, se columpia ante el emperador Akihito de Japón"—, hay que reconocerlo, es muy extraño. ¡Extrañísimo! Y mucho me temo que hará pasar a nuestro presidente de forma muy negativa a la Historia de los visitantes del imperio. El Emperador habrá dejado instrucciones en su testamento para que no se celebren los próximos cuatro siglos "duales", y que si se hace algo se haga por videoconferencia y con retardo por si hay que cortar algo. Aquí unas muñeiras, allí algo de judo y ya está.


La otra explicación que he encontrado para estas extrañas formas de titular es que alguien, para animarle, le dijo a Mariano Rajoy: "¡Presidente, tú inflexible!" y, ante la duda de si se refería al saludo o a los recortes y bajadas de los sueldos, decidió tirar por la calle de en medio y quedarse tieso como un palo en la recepción y presumir después de minisueldos con los "inversores", incluso de "sueldos virtuales", que son las "nuevas tecnologías" de la remuneración. No tengo yo muy claro si la reunión ha sido para que los japoneses inviertan en España o para que las empresas españolas intente trabajar en Tokyo con lo que necesiten para esa Olimpiada que se nos escapó —otra hipótesis seriamente fundamentada, casi de rigor científico— por el inglés de nuestros representantes.
No digo esto último por simple anécdota o ironía. La traicionera barra de direcciones de mi navegador me revela que el titular de la noticia de El Economista originariamente fue este: "Rajoy-se-estrena-en-japones-Domo-arigato-gozaimachita-Muchas-gracias.html". Muy ilustrativo. Estamos haciendo un periodismo extraño, casi de crucifixión —unos días con unos, otros con otros— y chascarrillo —todos los días—. Alguien sensatamente lo cambió por un relativamente más comedido: "Rajoy, descortés ante el emperador de Japón al no saludarle con una reverencia". Si ser presidente del gobierno es duro en España, no lo es menos ser lector de periódicos.
Luego nos quejamos del "collar de Merkel" o del "bolso de Bruni". Con la que tienen allí con Fukushima y con la que tenemos aquí (escoja lo que más le interese o enfade), la cuestión de la inclinación protocolaria —o del tamaño de la flor en la solapa, que esa es otra— no deja de ser la cagadita de una efímera mariposa sobre la piedra más pequeña del monte Fuji en el día más corto del invierno. Sin embargo, aquí se ha convertido en un "efecto mariposa": un pequeño aleteo allí, una conmoción nacional en España, país protocolario por excelencia. El país de la quema de banderas, de las pitados al himno, el país de las mil banderas, de los insultos a ministros y zarandeos a diputados, del hoy me he levantado republicano, mira por dónde, se escandaliza por unos pocos grados de inclinación de la columna vertebral.
El emperador será bajito, pero es grande en otro sentido. Nosotros, en cambio, somos pequeños pero gritones. Aquí no le decimos al emperador —al del cuento— que va desnudo, sino que especulamos directamente sobre el tamaño de sus atributos.


Me gustaría terminar este ensayo perplejo en el que hemos pasado revista al protocolo de los emperadores, al diccionario de la Real Academia, a los árbitros de fútbol, a los corredores de los jardines del Palacio, a los titulares españoles y japoneses, etc. con las palabras de un señor que se enamoró de Japón, Roland Barthes, porque veía en él la concreción material de sus teorías semiológicas. Escribió un precioso librito que llamó El imperio de los signos, donde establecía que en Japón todo se convierte en ritual y que el ritual no es más que otra forma de escritura.

Contaba así su experiencia de sumergirse en un espacio del cual se desconoce absolutamente la lengua que te envuelve:

La masa susurrante de una lengua desconocida constituye una protección deliciosa, envuelve al extranjero (por poco que el país no les sea hostil) con una película sonora que detiene en sus oídos todas las alienaciones de la lengua materna; el origen, regional y social de quien la habla, su grado de cultura, de inteligencia, de gusto,, la imagen mediante la cual él se constituye como persona y pide reconocimiento. Por esto, ¡que descanso en el extranjero! Allí estoy protegido contra la estupidez, la vulgaridad, la vanidad, la mundanidad, la normalidad. la lengua desconocida, de la que no obstante aprehendo la respiración, la corriente aérea emotiva, en una palabra, la pura significatividad, conforma en torno mío, a medida que me desplazo, un ligero vértigo, me arrastra en su vacío artificial, que solo se cumple para mí: me mantengo en el intersticio, desembarazado de todo sentido pleno. (p. 17)

Bonita forma de expresar que no entender es un placer que nos priva de sufrir la estupidez de lo que comprendemos. Si te gusta un país, no aprendas su idioma, porque acabarás descubriendo que hay tantos tontos como en el tuyo. ¡Quién pudiera quedarse en el intersticio, en ese limbo en el que las palabras son solo sonido, música celestial!



* "Rajoy no se inclina, se columpia ante el emperador Akihito de Japón" El Mundo 02/10/2013 http://www.elmundo.es/elmundo/2013/10/02/espana/1380722878.html
** "Rajoy presume ante inversores japoneses de las bajadas de sueldos en España" El País 02/10/2013 http://politica.elpais.com/politica/2013/10/02/actualidad/1380735100_491428.html
*** "Rajoy, descortés ante el emperador de Japón al no saludarle con una reverencia" El Economista 02/10/2013 http://ecodiario.eleconomista.es/politica/noticias/5191689/10/13/Rajoy-se-estrena-en-japones-Domo-arigato-gozaimachita-Muchas-gracias.html

**** Barthes, Roland (1991). El imperio de los signos. Mondadori, Barcelona.






martes, 5 de marzo de 2013

La escucha política

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Señaló Roland Barthes, en una entrevista que le hizo Bernard-Henri Lévy para Le Nouvel Observateur en 1977, que «la política no consiste en hablar forzosamente, puede ser también escuchar. Y nos falta tal vez una práctica de la escucha política»* (231). No le faltaba razón, desde luego. Hoy se reclama como una urgencia, como una necesidad ante la brecha abierta entre ciudadanos y clase política. 
La queja es unánime: los ciudadanos no se sienten "escuchados". En esa "escucha" se incluye una serie compleja de sentimientos que van de la indignación a la exigencia de eficacia, de la demanda de mayor sensibilidad ante los problemas a una mayor responsabilidad ante la corrupción que aparece cada día por todos los rincones de las instituciones.
No es fácil restablecer una confianza perdida en estas condiciones de deterioro de la política y de crisis económica. Ha sido esta última el detonante de la pérdida de confianza. La exigencia de soluciones por parte de la ciudadanía se ha resuelto en una crisis paralela del sistema político. Ha sido la ineficacia ante los problemas la que ha acelerado la crisis institucional. 


Suele ser un principio de sentido común no adentrarse en grandes aventuras en los momentos más delicados. Sin embargo, en la política no suele ocurrir así. Los momentos de crisis de ineficacia se resuelven con salidas hacia delante en las que se abren nuevos debates. En ocasiones, estos nuevos frentes se abren para tapar las grietas y desviar la atención hacia nuevos problemas; en otros, es la debilidad la que hace que otros den el paso para poner encima de la mesa problemas aparcados a los que no se ha dado salida hasta el momento.
A la crisis económica que el conjunto del país padece, se suman las crisis abiertas en los dos partidos mayoritarios. Esas nuevas crisis no tienen una vinculación directa con la crisis económica, pero sí son efectos secundarios de su incapacidad de solucionarla. Cuanto mayor es la presión sobre los partidos, más grietas se producen, dejando al descubierto todas las fisuras y desacuerdos en la doctrina que se muestra sólida cuando los partidos pasan por sus momentos de éxito. De esta forma se acumulan los problemas que traen más problemas generando mayor tensión.


El descubrimiento de las fisuras no es malo si sirve para dejar en evidencia lo peor del sistema, en este caso, la corrupción, las mafias que surgen vinculadas a los privilegios del poder y que no se atajan hasta el momento. Dentro de lo malo, la ventaja es que ahora tenemos un mejor diagnóstico de la crisis española, de cuáles son los problemas que se han ido acumulando en estas décadas de democracia. Son los avisos de que existen, de que están en el sistema y es necesario resolverlos.
Para que esto ocurra es esencial que los partidos políticos comprendan su parte esencial en esta situación, algo que han negado hasta el momento, estimando que ambas crisis son procesos distintos. La afirmación de que la "crisis española" era solo un reflejo de la crisis global se ha demostrado incorrecta y ha quedado en evidencia la especificidad de la nuestra. Cuando las instituciones no cumplen su función, las crisis se agravan porque deja de funcionar su "sistema inmunológico", aquel que las hace eficaces para resolver problemas.
Si todo esto que estamos pasando, todo este camino durísimo en lo económico y en lo moral, sirve para darnos cuenta de cuáles son nuestros problemas reales, cuáles los fallos y carencias que nos impiden afrontar las crisis de la forma adecuada, no habrá sido en balde. Si, por el contrario, seguimos pensando, como hasta el momento, en términos de liderazgos y de intereses propios, habremos recorrido un camino doloroso inútilmente.


El desprestigio de la clase política en esta crisis es grande. Pero es también la ocasión de reivindicarse, demostrar algo que hasta el momento no se ha producido: la demostración de su altura de miras, de su capacidad se sobreponerse a su propio deterioro y utilizar sus fuerzas en sacar al país del agujero en que le han metido y no en seguir fabricando cortinas de humo para tapar su ineficacia y corrupción.
Lo hemos dicho y habrá que seguir diciéndolo: la política es necesaria, imprescindible. Pero de lo que se debe prescindir es de muchas de las cosas negativas que se han acumulado en su forma de actuar, reproducirse y relacionarse con la ciudadanía. La escucha no debe ser una mera pose, un artificio meramente retórico, sino la base de la acción política. Hay que restablecer ese diálogo esencial para el buen funcionamiento de una democracia.



La catarsis no debe ser solo de la ciudadanía, que ha pasado a ser consciente de las implicaciones y efectos de su tradicional ignorancia de lo político. También debe abarcar a la clase política, que debe dejar de ser casta cerrada y abrirse, aunque sea para ventilarse un poco. La acumulación de malos olores así lo aconseja, por el bien de todos.

* Roland Barthes (2005): El grano de la voz. Entrevistas 1962-1980. Siglo XXI editores Argentina.