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viernes, 31 de mayo de 2019

La mortífera prisa o ¡leed bien, vivid bien!

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hay una diferencia entre velocidad y prisa. Vivimos en un mundo de urgencias, de límites descendentes en todo que se compensan con las velocidades. Esta prisa es enfermiza y ha cambiado nuestro sentido del tiempo, de la vida, del trabajo. La velocidad se puede medir, pues es una magnitud; la prisa es psicológica, una urgencia que se le añade a la tarea o a la situación y que produce. La prisa consume energía psíquica, crea angustia e inseguridad. Vivimos en el reino de la prisa, es decir, en el de la angustia, la inseguridad y el miedo que estas provocan. Vivimos estresados por la necesidad creciente de recortar todo.
Desde hace años, un objetivo de la prisa se ha introducido en un centro neurálgico de la sociedad y la cultura, en la enseñanza. Al igual que se rebajan los tiempos en las fábricas, las enseñanzas, las carreras han visto reducido sus tiempos de duración. Lo han hecho de dos formas: reduciendo su duración y fraccionando las materias para que quepan más en menos tiempo.
Se ha producido un choque entre la velocidad de asimilación, de interiorización de los conocimientos, y la velocidad de adquisición, que se ha visto reducida cada vez más. Esta prisa-angustia no solo se ha traslado al alumnado, sino que —como en toda la sociedad— se ha trasladado a los propios docentes que tiene sus propias carreras de velocidad y su prisa por las promociones. El "saber" se ha transformado en signo exteriores, los méritos, que se supone reflejan. Para compensarlo, la sobre especialización asegura moverse por un campo más pequeño que pueda ser suficiente y rápidamente controlado para asegurarse participar en la carrera competitiva por la promoción. Esto se vive, una vez más, como prisa, como angustia. Sin embargo, aquí la prisa se contrapone a la lentitud que se imprime a la promoción en sí.  Esto asegura la angustia y, especialmente, provoca un estado desquiciado en quienes se lanzan a las carreras promocionales para conseguir los cada vez más escasos puestos que se ofrecen en unos procesos de reducción.


El diario El País reproduce un vídeo del filósofo Nuccio Ordine, ensayista y especialista en la figura de Giordano Bruno. Estos cuatro minutos deberías ser de visión obligatoria en todos los rectorados, decanatos, consejería de cultura de las autonomías, colegios y ministerios de Cultura y Educación. Deberían repetirse periódicamente y cada vez que entrara una nueva dirección en cualquiera de ellas.
Estamos matando la cultura porque no tenemos tiempo para asimilarla. Nuestros sistemas educativos, especialmente las universidades, han traicionado su función formadora esencial y la han convertido en un mundo de angustias e incertidumbres, un mundo de mínimos para seguir adelante, dejando atrás lo valioso y despreciando lo que no esté en su lista de mínimos, cada vez más reducida. Algo peor: hemos trasladado las neurosis de los educadores a los alumnos, contagiándoles de las mismas prisas, de las mismas obsesiones por los plazos antes que por los contenidos, por lo formal antes que por lo esencial.
"Si tú quieres conocer, si tú quieres aprender, debes hacerlo con lentitud", comienza la intervención de Ordine. Después nos pone el ejemplo de Nietzsche, que publica el prólogo a su libro de aforismos, Aurora, y en la segunda edición, seis años más tarde, incluye el prólogo. Nucci Ordine lee a los jóvenes presentes una parte del final del prólogo (del que Nietzsche ha escrito previamente que "bien podría haber sido una necrológica"). Les lee unas líneas, pero bien merece la pena leer el final del prólogo demorado seis años:

Este prólogo llega tarde, aunque no demasiado tarde; ¿qué más da, a fin de cuentas, cinco años que seis? Un libro y un problema como éstos no tienen prisa; además, tanto mi libro como yo somos amigos de la lentitud. No en vano he sido filólogo, y tal vez lo siga siendo. La palabra «filólogo» designa a quien domina tanto el arte de leer con lentitud que acaba escribiendo también con lentitud. No escribir más que lo que pueda desesperar a quienes se apresuran, es algo a lo que no sólo me he acostumbrado, sino que me gusta, por un placer quizá no exento de malicia. La filología es un arte respetable, que exige a quienes la admiran que se mantengan al margen, que se tomen tiempo, que se vuelvan silenciosos y pausados; un arte de orfebrería, una pericia propia de un orfebre de la palabra, un arte que exige un trabajo sutil y delicado, en el que no se consigue nada si no se actúa con lentitud.   
Por esto precisamente resulta hoy más necesaria que nunca; precisamente por esto nos seduce y encanta en esta época nuestra de trabajo, esto es, de precipitación, que se consume con una prisa indecorosa por acabar pronto todo lo que emprende, incluyendo el leer un libro, ya sea antiguo o moderno.   
El arte al que me estoy refiriendo no logra acabar fácilmente nada; enseña a leer bien, es decir, despacio, profundizando, movidos por intenciones profundas, con los sentidos bien abiertos, con unos ojos y unos dedos delicados. Pacientes amigos míos, este libro no aspira a otra cosa que a tener lectores y filólogos perfectos. ¡Aprended, pues, a leerme bien! (trad. Eduardo Mateo Sanz)



Si la prisa nos destruye, la lentitud nos permite asimilar y apropiarnos del mundo a través del intelecto. Sin embargo, cada vez más este conocimiento se reduce, se simplifica —como bien comprendió Edgar Morin—  y con él nuestra mente. Somos cada vez más simples y verticales. Nuestra área se reduce en la "especialidad", que no es más que reducción de nuestra propia persona a la utilidad.
La velocidad forma parte de la concepción fabril, maquinal del mundo. No somos personas; somos consumidores y piezas productoras de lo necesario para que la maquinaria funciones. Así se acumulan neurosis y distorsiones, personales y sociales. Nos preguntamos por el cómo es posible que ocurran ciertas cosas. Ocurren porque lo hemos dispuesto todo para que así ocurra. No es absurdo, sino la lógica de lo absurdo en que vivimos. Es el resultado de las leyes por las que nos regimos. Lo hemos ido aceptando y lo practicamos pues se han convertido en transparentes ante nuestros ojos, intelecto y acciones programadas.
Nuestro sistema educativo no enseña, solo deforma. Nos convierte en piezas de una maquinaria absurda que ha va desde la guardería hasta los doctorados. Y más allá, continúa en las carreras académicas de unos y profesionales de otro. Todo se ha vuelto normal porque siempre se abre la puerta del premio, del beneficio de algún tipo que estimula a seguir así.
Desde hace años, en la vida académica tiene lugar una lucha escondida, silenciada más que silenciosa, en la que se imponen normas cada vez más absurdas en nombre de la "velocidad", se imponen tiempos en los que es imposible asimilar lo que se pretende. Se ha ido imponiendo una burocracia con cronómetro, cuya capacidad de imponer y juzgar aumenta en cada remodelación. Segura de su fuerza, orgullosa de haber coronado la cima del despropósito meritocrático, traslada a los que llegan o quieren llegar el mensaje de la prisa, cuya cumbre de la estupidez se ha consagrado con la moda de explicar una tesis doctoral en tres minutos y dar premios a los que lo consiguen. Se produce así el regocijo y la auto celebración de la velocidad vacía, de la simplificación extrema, la exhibición del modelo de comportamiento preciso y de lo que es "valioso" a los ojos de este nuevo aparato del conocimiento.


Nos estamos equivocando profundamente y lo estamos pagando con una sociedad terriblemente simple, incapaz de enfrentarse más que a golpe de estallidos emocionales, de rabias incontenidas, a su propia complejidad, que se ve agravada.
El sistema educativo ha dejado de ser social, por lo que la Universidad ha perdido su vínculo comprometido con la mejora y solo busca su propia mejora, entendida en términos de intereses personales o sectoriales, pero no sociales. En ella cada vez hay menos libertad y cada vez hay más automatismo esquemático, más velocidad, menos comprensión, menos formación.
Es difícil, si no se encuentra uno en la misma vorágine, soportar este tipo de destrucción de los procesos culturales e intelectuales, cuya degradación es cada vez mayor, dada la ocupación de las fuerzas de mercado, que invierten la lógica de lo mejor. Lo que se promueve no es lo mejor, sino lo más vendible, creando una espiral degradada, que podemos apreciar en la atracción de lo rápido y fácil de asimilar, lo que no deja posos ni huellas, lo que puede ser el sustituto de lo que desaparece.
La lentitud que reclama Nietzsche no es solo la del placer de leer un buen libro, algo que pensaríamos es cuestión de espíritus selectos. Es el proceso mismo de adquirir el conocimiento, la capacidad de integrarlo dentro del conocimiento previo, de debatirlo y cuestionarlo, de asentarlo.
Nuestros avances en la pedagogía y en las ciencias cognitivas se basan precisamente en los contrario, en cómo logran un mayor rendimiento, que es más información en menos tiempo, algo que se logra recortando y definiendo los objetivos que se pueden alcanzar, cada vez más limitados.
La cultura llama a la cultura. No es un negocio. Es la conexión con la historia y la comprensión del presente; es la capacidad de definir un mundo futuro sabiendo cuáles son sus condicionantes.
Escribe Nuccio Ordine en la introducción de su obra La utilidad de lo inútil. Manifiesto (2013):

Ciertamente no es fácil entender, en un mundo como el nuestro dominado por el homo oeconomicus, la utilidad de lo inútil y, sobre todo, la inutilidad de lo útil (¿cuántos bienes de consumo innecesarios se nos venden como útiles e indispensables?). Es doloroso ver a los seres humanos, ignorantes de la cada vez mayor desertificación que ahoga el espíritu, entregados exclusivamente a acumular dinero y poder. Es doloroso ver triunfar en las televisiones y los medios nuevas representaciones del éxito, encarnadas en el empresario que consigue crear un imperio a fuerza de estafas o en el político impune que humilla al Parlamento haciendo votar leyes ad personam. Es doloroso ver a hombres y mujeres empeñados en una insensata carrera hacia la tierra prometida del beneficio, en la que todo aquello que los rodea—la naturaleza, los objetos, los demás seres humanos—no despierta ningún interés. La mirada fija en el objetivo a alcanzar no permite ya entender la alegría de los pequeños gestos cotidianos ni descubrir la belleza que palpita en nuestras vidas: en una puesta de sol, un cielo estrellado, la ternura de un beso, la eclosión de una flor, el vuelo de una mariposa, la sonrisa de un niño. Porque, a menudo, la grandeza se percibe mejor en las cosas más simples. (trad. Jordi Bayod)



Las ideas de lo "inútil" o de la "belleza" misma chocan con la búsqueda del "rendimiento", que es una forma de medir el esfuerzo. Sin embargo, hay que reivindicar otra forma diferente de "utilidad", que es la del propio aprendizaje no solo medido desde fuera sino desde dentro. Creo que no se trata de definir las cosas como "inútiles" frente a un mundo que solo busca el beneficio, sino de la transformación misma del concepto de utilidad alejándola de los fines que se nos proponen.
La propia sociedad, las familias, han transmitido a sus propios hijos la idea de la educación como "inversión", de la que esperan tengan unos beneficios, las más de las veces en términos de futuros puestos de trabajo que aseguren la rentabilidad. Esto se ha agudizado en un mundo de precariedad del trabajo, lo que hace que se aumenten las inversiones. El resultado no es bueno.
Ya ha habido declaraciones de rectores de universidades denunciando la transformación de las universidades y su percepción como centro de empleo y no como centro de formación de las personas. No sirven de mucho. Las personas que llegan a las alturas de la gestión lo hacen con las promesas de ser gestores y rentabilizar las inversiones en términos de empleabilidad.


La lentitud no es una virtud en sí misma. Es solo la forma relativa de asimilar correctamente desde el interior y no desde la uniformidad acelerada del exterior. Hemos fraccionado todo (los cursos, las asignaturas) con la ilusión tonta de que así será más manejable. Un enorme error que no rectificamos. Así solo nos acostumbramos a no profundizar en nada.
Aprender y vivir no son dos cosas distintas. Aprendemos y vivimos de una forma u otra. Aprendemos a vivir y vivimos aprendiendo. Una vida es algo más que un trabajo y un rendimiento.  Es la única oportunidad que tenemos de darnos sentido y dárselo al mundo. Nuestra uniformidad del mundo no es humana; es fabril y nos considera piezas sustituibles, no personas. La cultura, la educación, los poderes públicos deberían tener como meta una mejor vida para todos, lo que repercutiría en una sociedad mejor de la que todos nos beneficiaríamos en un sentido diferente al de las explotación mutua.
Deberíamos escuchar a Ordine y pensar que leer no es solo entretenerse, sino aprender y vincularse con otros, comprendernos unos a otros en un mundo que es cada vez más egoísta. Nuestra prisa nos dificulta la comprensión y nos hace estar más solos.
Finalmente, en este mundo laboral, todo se detiene de golpe. Entonces descubrimos la vaciedad que nos ha hecho ir tan ligeros. Y ya es tarde. Hay que seguir el consejo de Nietzsche, ¡leer bien! y con ello vivir mejor. La prisa es mortífera.



* " Nuccio Ordine La belleza de aprender lentamente" El país / BBVA aprendemos juntos https://aprendemosjuntos.elpais.com/especial/estudio-lo-que-me-gusta-o-lo-que-pueda-darme-un-trabajo-nuccio-ordine/



miércoles, 8 de enero de 2014

Cultura, educación y utilidad o elogio del diletante

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Seguimos pensando que la "cultura" es algo que se compra en los supermercados. Los más avispados consideran que se debe vender en otros lugares más adecuados, pero pocos dudan que se deba vender. La cultura es algo sujeto al mercado, nos dicen y repiten. Los que atacaban las subvenciones siempre usaban el argumento de que el mercado no quería esos productos porque eran "malos"; que a cuatro pejigueras les apeteciera no significaba que fueran "buenos", solo significaba que les gustaba a ellos, unos sibaritas con el dinero de todos. Ese era el argumento, el mercado: lo "bueno" es lo que gusta a muchos; lo "aburrido" lo que gusta a unos pocos. "La cultura no tiene que ser aburrida", dicen. Y se aplica entonces —de la Filosofía a la Matemática pasando por la medicina—  la fórmula mágica, el entretenimiento.
Probablemente no haya término más complejo que el de "cultura", complejo hasta la desesperación pues se aplica al continente y al contenido. a lo estático y a lo dinámico, al hecho de transmitir y a lo transmitido, a lo popular y a lo minoritario. Repásese lo que quiere decir en múltiples expresiones cotidianas y veremos que es una palabra de una gran complejidad.

El corresponsal parisino del diario El País nos presenta la obra del profesor italiano Nuccio Ordine, autor del texto "La utilidad de lo inútil" que, nos dice, «ha preferido usar la palabra para embestir contra la ignorancia promovida desde las instituciones y advertir de sus efectos a la ciudadanía. Si dejamos que nos roben el legado de nuestros antepasados y que se mutile el conocimiento, avisa, no es que dejemos de ser personas cultivadas: es que las generaciones futuras dejarán de ser personas en sentido estricto.»* No sé si se deja de ser "persona", otra palabra compleja, pero sí creo que seremos de otra manera.
La alusión al "embestir" recoge el incidente producido hace unos días cuando Attilio Maggiulli, director de un pequeño teatro parisino la Ópera Italiana, decidió incrustar su coche contra la valla del Elíseo como señal de protesta contra la política cultural francesa. Quizá se sentía un poco Quijote arremetiendo contra los molinos. Como consecuencia, Maggiulli pasó por las dos instituciones afectadas por el caso: la comisaría y el psiquiátrico.


Hace unos días traíamos aquí la advertencia de Nietzsche: nuestra educación busca que seamos egoístas más inteligentes. Nietzsche no tenía buena opinión de los utilitaristas ni de los tenderos. Hoy dirigen el mundo. Su concepción era más aristocrática y no creo que tuviera muchas esperanzas de que la sociedad fuera a mejor en este sentido. Su unidad de medida era más el individuo que el grupo, que siempre implica resistencia igualitaria.

El periodista de El País nos resume las ideas de Nuccio Ordine:

La tesis central del libro puede ser resumida en la idea de que la literatura, la filosofía y otros saberes humanísticos y científicos no son inútiles, como cabría deducir de su progresivo destierro en los planes educativos y presupuestos ministeriales, sino imprescindibles. “El hecho de ser inmunes [dichos saberes] a toda aspiración al beneficio” constituye, según el autor, “una forma de resistencia a los egoísmos del presente, un antídoto contra la barbarie de lo útil, que ha llegado incluso a corromper nuestras relaciones sociales y nuestros afectos más íntimos”.
[...]
 “El utilitarismo ha invadido espacios en los que no debería haber penetrado nunca, como las instituciones educativas”, denuncia el profesor calabrés. Y advierte: “Cuando se recorta el presupuesto para las universidades, las escuelas, los teatros, las investigaciones arqueológicas, las bibliotecas… se está cercenando la excelencia de un país y eliminando cualquier posibilidad de formar a toda una generación”.*

Ordine introduce el "egoísmo del presente" como si este no hubiera existido en el pasado. Nietzsche explicaba que el ser humano había descubierto su egoísmo y —lo esencial— no le importaba. Me parece que es en esa indiferencia de actitud donde radica la clave.


Creo que Ordine parte de un error: las instituciones educativas siempre han sido "utilitaristas" en un sentido u otro, tanto en la vía laica como en la religiosa, en la laboral como en la intelectual, la educación es dar forma para una sociedad en mente. La educación, de los gremios a los príncipes, siempre se ha diseñado,  impartido y recibido para algo. No creo que haya existido una educación sin finalidad. Y solo asumiendo eso es posible corregirla o mejorarla. La cuestión económica —recortes o no— es de otro orden. No puede decirse que las universidades más ricas del planeta sean universidades sin sentido de la utilidad, muy al contrario. Piénsese simplemente en las más prestigiosas y caras universidades de los Estados Unidos o Europa, por ejemplo, y en su papel en la formación de las élites. Se ha enseñado lo que era útil para unos fines u otros, para la piedad o para los negocios. Ni los estudios clásicos se escaparon de esto.

Los únicos que podían permitirse una "educación inútil" eran los que tenían asegurado su sustento, que se dedicaban, como diletantes —palabra que habría que recuperar y librarla de sus connotaciones negativas—, al cultivo placentero de las artes o las ciencias. "Diletante" es una palabra que viene del italiano y tiene la misma raíz que "deleitarse". Es el que practica algún tipo de arte como "aficionado", no de forma profesional. Especialmente se relacionaba con la música, con tocar algún instrumento por el simple deleite de hacerlo, no para ganarse la vida, en cuyo caso se entraba en un  profesional que merecía otro tratamiento. Los matices peyorativos que se acumularon son precisamente frente a la busca de rentabilidad del profesional, que se esmera en sus interpretaciones para conseguir un mejor estatus mientras que el diletante lo hace para aumentar su deleite, su placer.
Algunos de los grandes escritores del siglo XVIII y principios del XIX no se consideraban —ni querían serlo— "profesionales", sino "diletantes", personas que disfrutaban escribiendo. No pretendían ganarse la vida con la escritura, como otros de sus contemporáneos, sino hacerla más llevadera, darle sentido con un deleite diferente a otros placeres mundanos. 
Hoy, salvo casos muy extraños, la cultura se ha profesionalizado e industrializado, dos procesos que entonces comenzaron a extenderse con la creación de públicos y mercados más extensos que los anteriores, muy reducidos. El factor esencial para ello fue la educación. Los movimientos pedagógicos extendieron el alcance de las escuelas creando públicos letrados más amplios que a su vez presentaron nuevas demandas de cultura. La novela, por ejemplo, se vio beneficiada por esta nueva demanda popular, en detrimento de una cultura más clásica que había despreciado el género. Así comenzaron los primeros bestsellers y las críticas de los autores "elitistas" —como Goethe— que creían que el mundo se estaba "americanizando", es decir, un pueblo nuevo, sin pasado ni herencia cultural, que pretendía guiarse por sus propias decisiones del momento, algo que les parecía absurdo desde una tradición que hacía a la Historia "maestra de la vida". Quizá la perspectiva que los elitistas atisbaron no iba tan desencaminada en el sentido del entierro de la tradición cultural en beneficio de un presente manejado por el aquí y el ahora del beneficio presente.


Hoy nuestras instituciones educativas, con el beneplácito de todos —docentes y autoridades—, se han convertido en gozosas entidades competitivas que ofrecen sin pudor listas de lo alto y lejos que llegan sus alumnos, del número de citas que acumulan sus profesores, subvenciones, premios, etc., como garantías de utilidad. Y los alumnos —o sus padres—  las escogen por eso. Deles algo que no sea "útil" y se darán de baja instantáneamente.

Hasta los "humanistas" luchan con uñas y dientes entre ellos; también los filósofos disputan por proyectos y subvenciones. Es el mundo que hemos hecho y al servicio del que se ha puesto el sistema educativo. Si no cambiamos nuestros objetivos sociales y personales, difícilmente se moverán las instituciones que creamos para lograrlos. En eso tenía mucha razón Nietzsche. Debería empezar a importarnos ser tan egoístas.
Decir que la educación debe quedar fuera de estos juegos de mercado es ingenuo si está en el seno mismo del mercado, actuando como puro mercado. Sin embargo es en ella, en la educación, donde queda la esperanza de que el cambio se pueda producir porque la educación es el motor de los cambios, donde se siembran las ilusiones y esperanzas de que se puede cambiar. La sembrar la esperanza de cambio ya es un cambio. Después ya es tarde.
El artículo se cierra con una reflexión sobre los fines:

La utilidad de lo inútil no es sólo un argumentario contra la deriva del utilitarismo o el “satánico comercio” (Baudelaire): es también un manual para superar lo que el autor del libro llama “el invierno de la conciencia” y para recordar, con Montaigne, que “es el gozar, no el poseer, lo que nos hace felices”.


"Poseer", "gozar", "felicidad"..., todas ellas palabras para meditar toda una vida y discernir qué sentido tienen para nosotros, que es lo que nos hará diferentes. Vivir es aprender a dar verdadero sentido a las palabras, más allá de los sentidos de la tribu. Es aprender que hay muchas maneras de ser feliz, de gozar o de poseer. Y eso se puede aprender al principio —desde y a través de la educación— o al final, desprendiéndose de ella.
No creo que la cultura sea "inútil". Lo que creo es que hay que redefinir la "utilidad". Es lo que va del "esteticismo" al reformismo ilustrado.


* "La cultura es inútil, afortunadamente" El País 8/01/2014 http://cultura.elpais.com/cultura/2014/01/07/actualidad/1389123019_008453.html