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viernes, 15 de mayo de 2020

En busca del olfato y el gusto perdidos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Kirstie Brewer se hacía ayer una buena pregunta desde las páginas de la BBC: Coronavirus: Why hasn't the UK listed loss of smell as a symptom of Covid-19?"* Son muchos los cuestionamientos sobre la política del gobierno de Boris Johnson, pero este va un poco más allá y se refiere a un elemento importante: la determinación de los síntomas que pueden caracterizar a una enfermedad determinada. Podemos desconocer el funcionamiento o las causas de una enfermedad, pero siempre podremos identificar una serie de elementos y asociarlos con una enfermedad. Muchas veces no es sencillo —como ocurre en este caso— porque los síntomas se pueden identificar con otras enfermedades y aplicar medidas poco eficaces o hasta contraproducentes. El trabajo básico es, pues, identificar síntomas comunes para asociarlos con la enfermedad. Se trata de separar la infección de otras posibles, con algunos síntomas similares. Desde el punto exterior de la observación, una enfermedad es un conjunto de síntomas que se manifiestan. A veces, síntomas parecidos se pueden asociar a otras enfermedades, lo que lleva a debates para encontrar elementos más fiables en los cuadros.
Desde el principio se identificaron las fiebres altas y la tos seca como síntomas ante los cuales debíamos pedir ayuda, aislarnos y esperar a que se confirmara nuestra situación. La pérdida del olfato ha sido uno de esos síntomas que se han asociado con el COVID-19. Pero, nos cuenta Kirstie Brewer, en Reino Unido no lo han tenido tan claro:

Government advisers have been considering since March whether to include loss of smell among the criteria for deciding whether someone has Covid-19. Evidence that it is one of the symptoms is already strong and some scientists argue this is now an urgent step, as the lockdown is eased.
At first Dan, 23, dismissed his stuffy nose as hay fever, but when he couldn't taste his beans on toast, he began to worry he had come down with Covid-19.
"I thought something must be up so just to check I poured myself a strong glass of orange squash," says Dan, who works as a respiratory physiotherapist at a West Midlands hospital.
"I just couldn't taste that at all." He tried inhaling a nasal decongestant made with eucalyptus oil and menthol, but couldn't smell that either.
Dan worried that if he did have Covid-19, going into work might have serious consequences. But when he called the NHS helpline, 111, he was told there was no problem as he didn't have a cough or a high temperature.
"They were obviously reading off a script and they said, 'You're good to go back to work,' which I felt a bit funny about," Dan says. "To have suddenly lost my sense of smell and taste when I work with some patients who have coronavirus felt like too much of a coincidence."
Ignoring this advice, he began self-isolating, as did the rest of his family, including his mum, a podiatrist whose clients include vulnerable elderly people, and his sister, an intensive care nurse at a children's hospital.
Meanwhile Dan's manager arranged a coronavirus test for him - and a few days later it came back positive.
"Based on government advice alone, I would have been back at work, going from patient to patient and potentially giving them coronavirus," says Dan.
That was in April, just after the Easter bank holiday, but the advice from 111 and on the NHS website remains the same today. The website mentions only two symptoms, a high temperature and a new continuous cough.
This is frustrating for Ear Nose and Throat consultant Prof Claire Hopkins, president of the British Rhinological Society, who has been arguing for eight weeks that people suddenly losing their sense of smell should be told to self-isolate.*



El caso del no reconocimiento de la pérdida de gusto y olfato (ambos vinculados) con el COVID-19 plantea diversos interrogantes sobre la forma en que se establecen los criterios de identificación. Parece obvio que es menos frecuente la pérdida de esos dos sentidos que los de una fiebre alta o una tos seca, que pueden ser asociados con otras causas. Lo importante es que la pérdida parece ser uno de los síntomas más tempranos, aparece ante que los otros dos.
La reflexión de la persona citada en el caso merece recordarse: sin fiebre o tos, que son síntomas más visibles, le mandaron a trabajar. La tos y la fiebre se hacen más evidentes en un entorno, mientras que la pérdida de gusto y olfato no es identificable a menos que quien lo padece lo diga.


Esta pandemia está enseñando muchas cosas sobre las prioridades y los comportamientos. Se ha visto que determinados países han tomados ciertas prioridades frente a otros. Reino Unido entra en el grupo de que el contagio era "beneficioso", como se encargó de repetir su primer ministro Boris Johnson en las primeras etapas hasta que las estimaciones de los expertos le hicieron ver los riesgos de miles de muertos. El propio Johnson ha pagado en su cuerpo las consecuencias. Pero el mensaje que ha seguido transmitiendo (aunque de manera confusa, sacándole provecho los humoristas con su "go to work-don't go to work") ha seguido siendo hasta hace unos días: "a trabajar todo el que pueda", lo que no deja de ser una enorme ambigüedad frívola. 
¿Quiere decir que sigas trabajando hasta que no te tengas en pie? ¿Que mientras puedas trabajar debes seguir, pese a tener síntomas? ¿Significa que los asintomáticos deben ir al trabajo aunque contagien a los demás? ¿Qué quiere decir que "vaya a trabajar todo el que pueda"? ¿El que pueda trabajar y pueda contagiar qué debe hacer?
El artículo de la BBC señala

First results from the King's College coronavirus tracker app, published on 1 April, found that 59% of users testing positive for Covid-19 reported loss of smell or taste. The latest research from the same team, produced in collaboration with partners in Massachusetts and Nottingham and published in Nature Medicine, found that 65% of the more than 7,000 users of the app who had tested positive for Covid-19 reported loss of smell and taste, compared with just over a fifth of those who tested negative. This, the authors say, suggests that loss of smell - anosmia - is a stronger predictor of Covid-19 than fever.*



Si el primer síntoma en muchos casos, la pérdida de olor y sabor, se elimina como causa, ¿cuántas personas habrán sido infectadas antes de que se manifiesten los primeros síntomas "oficiales", aquellos que sí son reconocidos como causa para no ir al trabajo y aislarse? Una parte importante de la investigación se dirige precisamente a poder detectar lo antes posible los casos, por unas vías u otras. ¿Por qué eliminar en Reino Unido ese síntoma de los protocolos de detección?
El nuevo pacto social es claro: "yo me protejo y tú te proteges". Yo tomo medidas para no infectar y tú lo hace también. No puede ser "yo hago lo que  quiero porque soy libre", que es lo que se gritan los trumpistas armados en el estado de Michigan y en barrio de Salamanca de Madrid en las manifestaciones. Un concepto muy pobre y egoísta el que hace que tu libertad les cueste la vida a los demás. No es lo mismo la libertad de tirarse de un puente, que tirarse desde un puente con gente debajo; eso no es libertad, es asesinato. No es lo mismo "ser libre" que "ser libre de contaminar a otros". Se oyen muchas tonterías sobre el constitucionalismo y los derechos constitucionales últimamente.


Igualmente no es lo mismo "estar sano" que "no tener síntomas", como nos enseñan los asintomáticos claramente, pero también la BBC al mostrarnos cómo se elimina un síntoma importante en el protocolo.
En la BBC de ayer, con el titular "Coronavirus: How exposed is your job?", se hace una consideración que concuerda con lo dicho:

Millions of workers are doing their day jobs from makeshift set-ups in their living rooms and kitchens, while those in England who can't work from home are now encouraged to go back in if they can do so safely.
But how exposed to coronavirus might you be in your job? And how does that compare to others?
Data from the UK's Office for National Statistics, based on a US survey, puts into context the risk of exposure to disease, as well as the amount of close human contact workers had before social distancing and other safety measures were introduced.**

Cada uno puede ingresar su profesión o aproximada para saber qué riesgo tiene. La verdad es que es demasiado genérica e incurre en un error general: trabajar no es el riesgo, sino las condiciones del trabajo, que son muy diferentes incluso en las mismas profesiones, y además que el "trabajo" es un acto integral que incluye un factor determinante, los desplazamientos.
La obsesión con relacionar el trabajo con la enfermedad da una sensación de seguridad que es peligrosa. La enfermedad no es una cuestión "laboral", como caerse de un andamio, que se evita con redes o correas o poniéndose un casco. Es la combinación del movimiento, la distancia y las redes de contactos. Es este factor último, la relación con los otros (y con sus huellas), lo que determina el riesgo. Por eso el aislamiento es esencial y cuanto antes mejor. De ahí la gravedad de ignorar los síntomas tempranos, que nos llevaría a contaminar espacios al ser transmisores.
En la situación actual, la responsabilidad de las personas es tan alta como la de las instituciones. Pero son las instituciones las que deben orientar claramente para que los ciudadanos podamos seguir las pautas con la garantía de que son nuestras vidas las que les importan en primer término. Cuando se duda de cuál es la prioridad, malo.
La BBC publicaba  anteriormente en tan fecha temprana como el primero de abril sobre la relación entre la pérdida del olfato y el COVID-19 encontrada por investigadores británicos: "Coronavirus: Are loss of smell and taste key symptoms?" 1 de abril, por Michelle Roberts, editora de Salud. Sin embargo, la idea de poder trabajar, aunque fuera infectando gente era prioritaria en ese momento. Era a lo que se referían en el artículo de ayer, mes y medio después, muchos días, muchos contagios y muchos muertos.


Los que reclaman "libertad" la pueden vivir en su soledad o conjunta, pero que se mantengan a distancia de los que tienen un sentido más responsable o comunal. El no contagiarse es algo más que un derecho: es un deber desde el momento en el que vivimos en sociedad.
Se está importando desde la derecha populista norteamericana un concepto estúpido, agresivo e insolidario, que se califica de forma apropiada por el lucimiento de esvásticas entre sus propias banderas, de exhibición de biblias por carentes de caridad, etc. Recuerdo la petición de que los trabajadores pasaran sus cuarentenas en las fábricas, que fueran confinados unos y otros porque la economía debía continuar. De esta forma, se argüía, no se para la economía, viven igual de hacinados y mantienen sus puestos de trabajo. El que no es bueno es porque no quiere.
Usted puede mirar en la BBC los riesgos de su profesión, pero los riesgos son los de sus compañeros, clientes o proveedores. Este riesgo es en los dos sentidos. Por grande o pequeña que sea mi oficina, tienda o departamento, lo importante es que los que pasan por allí confíen en que yo tomo medidas y que ellos las tomen es importante para mí. Por eso hay tanta irritación por el hecho de que los que no han tenido más remedio que jugarse la vida por nosotros debido a sus profesiones de primera y segunda línea no hayan podido contar con el material adecuado y suficiente. Eso estará siempre en el haber negativo de los responsables irresponsables, que los tenemos de todos los colores y discursos.
13 de abril 2020

Nada hay peor que el egoísmo del irresponsable. Nada es más infame que disfrazarlo de libertad y envolverlo con bellas palabras o banderas para ocultarlo. El COVID-19 nos hace oscilar pendularmente entre el drama y el vodevil, entre la tragedia humana y la astracanada, entre lo ejemplar y el tartufismo. Deja al descubierto la nobleza y, a la vez, las bajezas infames del egoísmo.



* Kirstie Brewer "Coronavirus: Why hasn't the UK listed loss of smell as a symptom of Covid-19?" BBC 14/05/2020  https://www.bbc.com/news/stories-52638382
** "Coronavirus: How exposed is your job?" BBC 14/05/2020 https://www.bbc.com/news/uk-52637008


26 de marzo 2020

viernes, 21 de marzo de 2014

Narices

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La prensa de ayer se hace eco, sorprendida, de unos estudios sobre la capacidad olfativa humana. Nos cuentan que somos capaces de distinguir un "billón de olores". A nadie parece sorprenderles los logros de la vista o el oído, pero la mención de esas cifras relacionadas con nuestras posibilidades olfativas nos dejan anonadados. ¡Qué barbaridad!, piensan algunos. Todos los artículos que recogen los resultados del estudio entonan el mismo canto: el modesto olfato, el sentido más pobre, etc. Por ejemplo, ABC comienza así su información:

Puede que sea el sentido humano más menospreciado, en un mundo en el que, muy probablemente por fortuna, imperan los desodorantes, los jabones, la comida empaquetada y todo tipo de productos de limpieza. Sin embargo, nuestro anestesiado olfato es mucho más potente de lo que creemos. Investigadores del Laboratorio de Neurogenética de la Universidad Rockefeller, en Nueva York, aseguran que la nariz humana puede distinguir más de un billón de mezclas de olores, mucho más de lo que se creía.
Hasta ahora, se aceptaba de manera general que los seres humanos diferenciamos entre 10.000 olores. Los expertos creían que este número era «ridículamente pequeño», pero hacía falta una prueba científica real.*

Creo que este asombro tiene que ver con la incomprensión del papel del olfato y su funcionamiento peculiar respecto a los demás sentidos de que disponemos para crearnos nuestra imagen de la "realidad". Esto que llamamos "realidad" es la recreación que nuestro cerebro realiza de los externo con la información que obtiene a través de nuestros sentidos y la mediación de la memoria. En esa "construcción" tiene especial importancia la vista, sentido del que obtenemos grandes cantidades de información y que consume una parte importante de nuestros recursos.
Las comparaciones entre "cantidades" de la percepción de cada sentido no son muy adecuadas, pues cada uno de ellos trabaja de una manera distinta y cumple una función diferente. El olfato tiene las suyas y su propia manera de trabajo.


Todos los sentidos trabajan de forma diferente y complementaria con una misma función: la recreación del entorno para la supervivencia. Si nosotros, por ejemplo, careciéramos de un órgano olfativo, nuestra recreación del mundo evidentemente no incluiría los olores. Cuanta más información se maneje, más compleja será nuestra "realidad". El papel del olfato es diferente al de otros sentidos, especialmente, a los que nos dan "imagen" del mundo, vista y oído.
Repasemos la descripción inicial del mundo que se nos hace en esa novela que se dedicó a la nariz privilegiada y al sentido del olfato, El perfume, del alemán Patrick Süskind:

En la época que nos ocupa reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata, las cocinas, a col podrida y grasa de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a azufre, las curtidurías, a lejías cáusticas, los mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes y en los palacios. El campesino apestaba como el clérigo, el oficial de artesano, como la esposa del maestro; apestaba la nobleza entera y, si, incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano como en invierno, porque en el siglo XVIII aún no se había atajado la actividad corrosiva de las bacterias y por consiguiente no había ninguna acción humana, ni creadora ni destructora, ninguna manifestación de vida incipiente o en decadencia que no fuera acompañada de algún hedor.*

"Apestaban" es una característica que se nos dice de algo, como se puede decir de una tela que es "roja" o de una puerta que "chirría". Sin embargo hay una diferencia: pasado cierto tiempo el cerebro deja de percibir ese olor, se acostumbra y no nos transmite.
Durante más de veinte años de mi vida fui fumador de pipa, degustando diferentes tipos de tabacos aromáticos, realizando mis propias mezclas y buscando sabores y olores especiales. Cuando dejé hace diez años de fumar, descubrí algo: un mundo como el reflejado por Süskind, un mundo lleno de olores que me golpeaban por sorpresa como nunca me había imaginado.

Me resultaba repulsivo el tiempo de espera en un semáforo porque me llegaban lo olores ascendentes de las alcantarillas; entrar en un mercado era recibir un golpe en el estómago, de una intensidad insufrible, por los olores de los pescados. Subido en un avión empecé a preguntar por un preocupante olor a quemado, que detectamos inicialmente una viajera ciega y yo, que resultaron ser unos cables. El viajar en metro era un autentico sufrimiento. Solía explicar a mis amistades que cuando entraba en un vagón miraba a ver si descubría quién se estaba comiendo un caramelo de coco cuyos olores me llegaban desde la puerta del vagón.
El mundo se me había vuelto dolorosamente oloroso. Todas esas sensaciones habían estado ocultas por el tabaco, saturador del gusto y el olfato, que ahora recuperaba al abandonarlo. Descubría lo mal que olía el mundo en un estado muy parecido al descrito por Süskind. Pero, afortunadamente, las cosas volvieron a sus cauces y pronto mi cerebro empezó a ajustar la intensidad de los olores, a "olvidarse" de los habituales y a detectar solo las novedades que pudieran llamar la atención.
Si la vista y el oído principalmente nos ayudan a construirnos una imagen estable de lo que nos rodea, el olfato, en cambio, es más bien un avisador de novedades, de cambios olfativos que puedan entrar en nuestro entorno. Hay un campo olfativo como hay un campo visual. Lo que entra en él es detectado como novedad, como una diferencia. Nuestro cerebro va realizando un control de los olores habituales y detecta las variaciones que se producen. Le interesan más las novedades porque así previene los peligros.

El olfato se relaciona con elementos primarios: la sexualidad, la vigilancia y la seguridad de lo que podemos comer. La sexualidad tiene sus propios olores, algo que compartimos con otros animales, que pueden oler a distancia las posibles parejas o rivales. Detecta también los olores relacionados con presencias peligrosas en nuestro entorno, de un depredador a un incendio en la distancia. Y nos avisa del estado de los alimentos, algo que seguimos detectando al abrir una nevera y recibir el impacto de algo en mal estado; nos fiamos más del olor que de la visión del alimento.
Los publicitarios que son epistemólogos comerciales han desarrollado un campo llamado "marketing olfativo" a sabiendas de que los olores son un mecanismo importante por su poder asociativo con las marcas y también la capacidad de "seducción" que poseen. No es fácil resistirse a un "buen olor", que tiene mucho terreno ganado. Las investigaciones de los olores en aspectos relacionados con la atracción sexual han sido igualmente desarrollados, pasando de la psicología al marketing, que rentabiliza los estudios para conseguir más atracción. El uso de los perfumes como forma de atracción se ha conocido siempre aunque solo fuera por sus efectos prácticos. Hoy sabemos sobre las feromonas y cómo nuestra nariz nos lleva a los centros del deseo.


Los poetas han jugado siempre con los olores y la ensoñación. Tenemos un retrato olfativo de las personas como lo tenemos visual o acústico. Podemos evocar los olores de la persona ya sea el propio o el asociado con los perfumes que usen. Hay alucinaciones olfativas, como las puede haber visuales o auditivas, y la memoria puede hacernos sentir la presencia de alguien reproduciendo su olor. O podemos, como señalaba el poeta Verlaine, entrar en la habitación "donde palpitan los perfumes de ella". Este hecho es importante porque el olor permanece impregnando los espacios aunque el objeto o persona lo haya abandonado. Eso no ocurre con ningún otro sentido. Podemos guardar objetos porque conservan el olor que nos gusta. A mí me cuesta tirar las cajas de dulces que algunos amigos me traen de El Cairo. De vez en cuando, abro las cajas para recibir de nuevo los olores que se asocian con espacios, momentos y personas. Es la gran capacidad asociativa e imaginativa de los olores, su poder para desencadenar sentimientos y recuerdos.

Por ser quizá el sentido menos "racional" —piense en los metafóricos anuncios de perfumes—, es difícil de frenar y se desencadenan los recuerdos, como los poetas nos han contado o como tenemos ocasión de experimentar por poco que nos dediquemos a cultivarlo o, simplemente, a quitarle obstáculos. Hemos perdido la naturalidad de los olores. Nos educamos en distintos olores y sabores dentro de cada cultura. Hace poco me contaban un caso de problemas de convivencia en un piso de estudiantes de distintos países porque lo que unos consideraban un manjar traído desde su país despertaba las náuseas en los compañeros de otros países. Cuando se quejaban de los malos olores, se sentían sorprendidos: ¿qué malos olores?
En un universo saturado de olores, ese billón de posibilidades queda reducido a casi la nada pues estamos envueltos —como me ocurrió a mí con el tabaco— en neblinas olfativas que nos impiden percibir el conjunto. En esa categoría podemos incluir los envolventes humos de los coches que tenemos en nuestras ciudades, anestesiando nuestras narices.
No me sorprende que seamos capaces de percibir tantos olores, aunque no tengo intención de contarlos. Nuestras narices no están para esos trotes. El mundo está lleno de buenos y malos olores y una nariz afinada disfruta con unos y sufre con los otros. La gran mayoría permanecen ocultos, sepultados por los olores estridentes que acaban por aburrirnos y dejamos de percibir.
Los que se dedican al uso comercial de los olores tendrán que tener en cuenta que el mundo se nos llenará de una extraña e intensa mezcla de olores que la nariz podrá distinguir por separado pero veremos cómo reacciona ante el conjunto. Lo que si parece cierto es que nuestras narices empiezan a ser tenidas en cuenta, al menos en ciertos aspectos. Los especialistas en esto del olfato le auguran un gran futuro. Si antes se decía que "las cosas entran por los ojos", ahora habrá replanteárselo.


* "La nariz humana puede distinguir más de un billón de olores" ABC 20/03/2014 http://www.abc.es/ciencia/20140320/abci-nariz-humana-puede-distinguir-201403201723.html