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lunes, 22 de junio de 2020

La increíble moderación menguante

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Que el radicalismo está creciendo en todo el mundo es algo que podemos constatar solo con encender el televisor, comprar un periódico o mirar las noticias en Internet. No hacen falta muchas pruebas, pero siempre se puede especular sobre las causas de este movimiento que, más allá de la violencia callejera, lleva a la negación como principio activo y principal de la actitud política.
Siempre se ha dicho que es más fácil destruir que construir, criticar que hacer propuestas, debatir que insultar. Pero también resulta evidente que es mucho más cansado, que exige voluntad y preparación el hacer antes que el deshacer. Hace muchos años escribimos sobre el principio Mabuse, personaje al que los cinéfilos recordarán, un genio del mal con la brillante idea de que primero hay que destruir, sembrar el caos, para después construir el "nuevo orden". En Mabuse retrató el gran director Fritz Lang el ascenso del caos criminal que se haría con el poder en la Alemania nazi.


Se percibe cada vez más pesimismo ante el atractivo que figuras radicales tienen en la sociedad y la facilidad con la que salta la violencia. Quedan pocas manifestaciones que empiecen bien y no acaben mal. Siempre se nos dice lo mismo: a los pacíficos manifestantes iniciales, a sus causas muchas veces justas, se les acaban uniendo grupos radicales que acaban de forma violenta. Lo acabo de oír hace apenas unos minutos en el noticiario. Esta vez, a la manifestación pacífica se le juntaron "hinchas de fútbol", no sabemos bien porqué. Quizá empiece a haber una cierta normalidad en la violencia.
La Vanguardia publicó ayer un artículo titulado "Los sondeos revelan la radicalización de la sociedad". En él leemos:

Un estudio del politólogo Oriol Bartomeus (profesor de la UAB y autor de El terremoto silencioso. La influencia del relevo generacional) refleja precisamente el crecimiento sostenido de ese enojo nihilista a través de las series históricas de los sondeos.
De hecho, el efecto más claro de esa sociedad airada sería la crispación política. Sin embargo, las encuestas sugieren que “la tensión política sería una reacción de la creciente tensión social, y no al revés”. Es decir, “el grosor de los moderados en la sociedad es cada vez menor, y cada vez son más los que se ubican en una posición extrema”.*



Hay varios aspectos interesantes en esos dos párrafos. El primero es el uso del término "enojo nihilista", que tiene cierta enjundia. Creo que habría que distinguir el nihilismo actual de aquel que arrasó parte del siglo XIX y que reflejó magistralmente Turgéniev en su novela "Padres e hijos". Entre Spleen y Nihilismo, el siglo XIX vio cómo se diluían los principios y valores de las generaciones anteriores y surgían otros de corte positivista o simplemente antisociales.

La conjunción del enojo con el nihilismo parece establecer una cierta correlación. ¿Somos nihilistas porque estamos enfadados? ¿Estamos enfadados porque nos hemos vuelto nihilistas? Como suele ocurrir en las cuestiones sociales, no es fácil determinarlo.
Habitualmente echamos la culpa a los políticos que con sus constantes peleas nos piden que les sigamos en sus enfrentamientos, forma de establecer distancias y viajes comprometidos de no retorno. Nos hacen percibir a los otros como enemigos, encuadrándolos de forma negativa, asegurándose que no nos alejemos demasiado. Sin embargo, lo que nos dice Bartomeus es lo contrario, que son los políticos los que siguen a la sociedad en su radicalización en aumento.
No es fácil decidir entre las dos posibilidades. Echar las culpas a la política está muy bien y nos descarga de responsabilidades, pero ¿y si es al contrario, si es el conjunto de la sociedad el que se está radicalizando, que el "grosor de los moderados" está decreciendo?
Si nos decidimos por la segunda posibilidad, los riesgos son enormes porque la radicalización solo suele dirigirse a una mayor radicalización, no hacia la moderación. Los procesos de grupos radicales son siempre una competencia por la radicalidad que lleva a la creación de "facciones" que acusan de traidores, desviacionistas, vendidos, etc. a los que dejan atrás. Pero ese camino, aplicado a la sociedad misma, es realmente inquietante.
Lo que caracteriza a nuestras sociedades actuales es la mayor interacción. Eso vale para el coronavirus y su expansión o para las redes de información. Todo está globalizado y es instantáneo. También la irritación o enojo se extiende a enorme velocidad, como estamos viendo en estos días. La ira se desata de forma eléctrica, esparcida por los medios.


El crecimiento de los populismos y de otras formas radicalizadas que configuran un espacio antagonista, polarizado, en el que solo el movimiento hacia un enemigo, real o imaginado, verdadero o falso. Para alcanzar el Brexit, los Johnson, Farage y compañía, por ejemplo, tuvieron que convencer a los británicos que el resto de Europa estaba en manos de la "Alemania nazi" y apelar al espíritu de la "batalla de Inglaterra" sobre el Canal. No hace falta más que ver las noticias sobre Trump y su épica de la violencia con el grito de "¡Liberad los estados!", haciendo que cientos de personas armadas ocuparan el edificio del gobierno del Estado en Michigan.
La habilidad del político sería canalizar el descontento, dar forma a la violencia subyacente. Cada vez vemos más este tipo de políticos y de política del enfrentamiento. El estudio comentado en La Vanguardia se centra en un aspecto de la encuesta: el rechazo absoluto del otro, es decir, el número de "0" que se le ponen a los partidos a los que jamás se votaría:

Ese aumento se ha acentuado en la última década y supone “una diferencia cualitativa”, ya que “poner un cero es no reconocer en el evaluado ningún mérito y mostrar una desconfianza absoluta”. “¿Son los políticos los culpables de esta situación? –se pregunta el autor del estudio. ¿Es la aparición de partidos situados en posiciones más extremas la responsable de este panorama tan tenso?
Los datos no parecen indicarlo, porque el incremento de los ceros es anterior. Anterior al procés y anterior al cambio en el sistema de partidos en España”. Y, atención, el grupo de los nacidos antes de 1950 –al menos en Catalunya– es el que refleja un mayor crecimiento de los ceros, y por tanto una mayor irritación, cuando se trata de valorar las instituciones.*


Hay que reconocerle al estudio que le da la vuelta a muchos conceptos, como el de la mayor radicalización de las generaciones más jóvenes. Lo que muestra, en el caso citado, es a los pensionistas como radicales. No se analiza bastante el efecto de la tensión sobre el futuro. La visión del futuro (la falta de él) de los jóvenes se suele emplear como justificación de actitudes de rechazo al sistema; la del futuro de los pensionistas, es decir, de aquellos que se encuentran en esa franja de edad y ven también un futuro devaluado respecto a las expectativas acumuladas. Veinte años de crisis solo parcheadas han creado, es cierto, un sector de edad radicalizado. ¿Hay también un "enojo nihilista" entre los grupos de mayores? Creo que sí y tras lo ocurrido con las residencias de ancianos durante la pandemia, puede que haya aumentado el radicalismo. Tiene su lógica.
Las conclusiones del estudio y del artículo que nos lo cuenta nos dan el siguiente panorama de la política:

La conclusión de esos indicadores sería que la política “se adapta a los tiempos y a una realidad fuera de su control”. De ese modo, política y sociedad se empujan mutuamente hacia la polarización, en un “círculo probablemente vicioso”.*

La sociedad se radicaliza y radicaliza a la política que radicaliza más a la sociedad. Eso es lo que se nos viene a decir desde el estudio. La pregunta que surge es ¿qué se puede hacer para frenar esta deriva? Y es la pregunta que se hace un "moderado". Pero dado que es la moderación la que está desapareciendo engullida por el radicalismo, la pregunta tiene que hacerse también en el otro campo ¿cómo terminar con el sistema lo antes posible?
¿Es posible frenar el radicalismo que nos convierte en campo de batalla permanente? A la vista de lo expuesto no es fácil, nada fácil. Si la moderación va menguando, como se nos dice, es poco probable que sus mensajes sean escuchados.
Quizá estamos, como ocurrió el XIX, ante una nueva forma de "enojo nihilista" que ya ha recibido distintos nombres en sus diferentes manifestaciones. Esto ha sido una constante desde el principio de la década de 2010. Allí comenzó el sentido de la "indignación", con manifestaciones diversas en todo el mundo, incluido España. 
El año 2011 fue declarado por la revista Newsweek como el de la "protesta" y el manifestante como la "figura del año". Recuerdo en uno de mis post  de entonces haber escrito que no era el "año de la protesta", sino el año en que se "empezó a protestar".
Desde entonces se ha ido agravando la situación. Pocas soluciones y más radicalismo. La mengua de la moderación es preocupante porque hoy el radicalismo ha podido llegar hasta la Casa Blanca y desde allí sembrar el mundo de conflictos, como vemos cada día. 
Hoy, lo más preocupante se encuentra en esa fascinación por la acción irreflexiva frente a los procesos que buscan armonía social. Es un camino difícil porque el radicalismo polarizado es un peligro para todos y trae, como quería el astuto Mabuse, órdenes siniestros. 
Ya los hemos visto en los giros de algunos países; no son fantasías.


* "Los sondeos revelan la radicalización de la sociedad" La Vanguardia 21/06/2020 https://www.lavanguardia.com/politica/20200621/481832251050/sondeos-revelan-radicalizacion-sociedad.html

martes, 1 de octubre de 2019

La mal llamada moderación de al-Sisi

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
¿Es posible que el presidente egipcio Abdel Fatah al-Sisi se considere a sí mismo como un "moderado" destinado a imponer la moderación a todos?  Eso es lo que podríamos pensar tras leer el titular del diario Egypt Independent "Egypt’s Sisi calls to confront extremism and spread moderate thought" que hoy está en su edición. El titular no debe sorprendernos demasiado si conocemos la trayectoria del dirigente que provocaba hace apenas unos días titulares como "Biggest wave of arrests since Sisi took office: 1909 people detained" (Mada Masr 26/09/2019) o "118 Terrorists Killed During Anti-Terror Operations in Egypt’s Sinai" (Egyptian Streets 28/09/2019).
¿Qué significa, pues, "moderación" para un dirigente que ha encarcelado a todos los candidatos a disputarle la presidencia (mayormente militares), que amenaza con reunir a la gente en lo que llama un "mandato" popular cuyo antecedente fueron casi mil muertos? ¿Qué es "moderación" para aquel bajo cuyo mandato se ha perseguido a ateos, homosexuales o los que difunden un "meme" en el que aparece sonriente con unas orejas de Mickey Mouse? ¿Cómo entender la "moderación" cuando se secuestra, tortura, asesina y se arroja su cadáver a una cuneta (el estudiante italiano Giulio Regeni) o se mata a sangre fría a una mujer que lleva flores en recuerdo de los caídos en la Primavera Árabe, como Shaimaa al-Sabbagh, la llamada "mártir de las flores", se intenta culpar a sus compañeros socialistas y finalmente se libera tras un año al oficial de Policía que la mató? ¿Qué tipo de "moderación" es la que lleva a cerrar miles de medios y a crear la ley más represiva sobre comunicaciones que se conoce? ¿Qué tipo de "moderación" es la de un régimen que te condena al ostracismo laboral por hacer un chiste sobre el Nilo (Sherine)?

Shaimaa al-Sabbagh

¿Qué "moderación" es la que le lleva a modificar la constitución para prolongar el mandato, como hizo Hosni Mubarak, contra el que el pueblo se sublevó? ¿Qué significa "moderación" si cuando la gente dice que tiene hambre se propone él mismo como modelo de austeridad y les habla de su frigorífico y una botella de agua?
Podríamos seguir páginas y páginas. Todo lo dicho —y mucho más— ha sido visto aquí en estos años pasados. Demuestran, al menos, que el resto del mundo no tiene el mismo diccionario que el presidente, que la palabra "moderación" no tiene el mismo significado para él o para el resto de la humanidad.
Sin embargo, todos los discursos del presidente —incluso en los momentos de máxima represión— tienen como centro retórico la "moderación". Aquí hemos ironizado sobre su lucha constante con las instituciones religiosas, especialmente la Universidad de Al-Azhar, a la que se pide que "renueve" o "modernice" el discurso religioso. Mientras tanto, la misma institución despliega en el metro de El Cairo casetas para atender las dudas religiosas de sus viajeros.


La contradicción permanente entre los discursos y los hechos define al régimen egipcio. Lo ha hecho desde el principio, pues en su origen está la sangre de la brutal represión que siguió al "no-coup". La obsesión en negar la realización de un golpe de estado militar en toda regla ayuda a entender la mente de este militar, jefe de la Inteligencia, nombrado ministro de Defensa en el gobierno islamista de Morsi, que se hacen con el poder junto al Ministro del Interior, un conocido represor en diversos momentos, desde la época de Mubarak, a la que sobreviven ambos.
La negación de la existencia de un golpe militar nos dice mucho de la teatralidad compulsiva del régimen que trata de establecer sus cimientos en el apoyo del pueblo. El pueblo no pedía entonces masacres como las que se produjeron, sino la renuncia de Morsi y la convocatoria de elecciones. Pero lo que se hizo no fue precisamente eso, sino establecer una brecha de sangre en la sociedad egipcia, una zona insalvable que asegurara la necesidad de los militares en el poder. Pronto, todas las fuerzas políticas democráticas que habían apoyado el golpe ante la deriva autoritaria de los Hermanos Musulmanes y la ineptitud y ceguera de Mohamed Morsi, fueron desmarcándose de al-Sisi al darse cuenta que habían sido utilizados para una fraudulenta fotografía y que aquel militar, que había prometido a todos que no tenía aspiraciones de poder y que no habría gobierno militar, volvía a una situación peor que la anterior, según las valoraciones de todos.


Al-Sisi comenzó una espiral de represión y autoritarismo, siempre en "nombre de la moderación", pero la contradicción era evidente. La excusa del terrorismo le servía para deshacerse de cualquier crítico, para la depuración política, la censura en los medios y el culto a su propia personalidad, convertida en "sisimanía", convenciendo a los egipcios —que se dejan convencer con mucha facilidad— de que es la salvación nacional y religiosa de Egipto.
Al-Sisi impone con mano de hierro un tipo de "moderación". La represión aumenta superando al régimen de Mubarak, corrupto y pragmático. Pero al-Sisi va más lejos: se ve a sí mismo —o lo hace creer— como un enviado, como un visionario cuya visión del Islam se debe imponer. Y su visión no es otra que la idea, implícita en el islam, de la obediencia, de la sumisión, que es lo que significa literalmente "islam". Dentro de la idea islámica de liderazgo, la obediencia de le debe al gobernante que garantiza la doctrina coránica, da igual por qué medios haya llegado al poder. Es el gobernante piadoso quien debe gobernar. Recordamos aquí, por ejemplo, casos en los que cuando los funcionarios protestaron por su mala situación las autoridades religiosas (que apoya a al-Sisi porque les da poder) afirmaron que "hacer huelga iba contra el islam"; solo lo malos musulmanes hace huelga. Es un ejemplo, pero dice mucho de cómo percibe el régimen el uso de la religión para el control social.


Su idea de la "moderación" es siempre desde la imposición, lo que difícilmente conlleva una moderación sino, como ocurre, una mayor radicalización del régimen, lo que se demuestra en la propia represión.
Al-Sisi tiene un componente visionario del que carecía Mubarak. Las visiones de al-Sisi son órdenes para sus ministros o el parlamento, que debe —como sea— intentar llevarlas a la práctica. Fomenta el miedo mediante la constante apelación a los ataques que Egipto padece por múltiples conspiraciones., Toda crítica a lo que hace es presentada como parte de esos movimientos internacionales destinados a la destrucción de Egipto y del Islam, pues, como decía uno de sus ministros religiosos, "los egipcios son religiosos por naturaleza", lo que implica que todo el que no lo sea es un enemigo, un traidor o una aberración.
La diferencia entre una "sociedad moderada" y un "islam moderado" no entra en los pensamientos de al-Sisi. La primera no tiene sentido, mientras que la segunda es la que guía sus acciones visionarias. Eso, por ejemplo, le lleva decidir que Japón es "el Corán en marcha", es decir, la idea de perfección, por lo que se empiezan a construir escuelas japonesas para "transformar" el país. Se olvida de dos cosas, que Japón no es precisamente un país islámico y que Egipto no es tampoco Japón, dos pequeños detalles que no impiden que se empiecen a construir algunas "escuelas japonesas", en donde se empieza por vestir a los niños con kimono, como atestiguaban las fotografías. 


Dos años de retrasos y un silencio discreto para el proyecto de transformar a los egipcios en japoneses por medio de doscientas escuelas (solo se han hecho una parte) en un país de 100 millones de personas, con un retroceso de las condiciones escolares y de alfabetización denunciadas en los últimos años. Pero el presidente considera que Japón es el modelo, ignorando que las culturas van en direcciones diferentes por su propia historia, que no son las escuelas las que hacen a los japoneses hasta que los japoneses hacen las escuelas.
El ejemplo dice mucho de la mentalidad presidencial y de su admiración por las formas autoritarias. Japón es un país "disciplinado" en el que hasta no hace mucho el emperador era Dios. Egipto ha tenido y tiene sus faraones, también dioses con la capacidad de disponer de la vida de sus súbditos.


No, no hay moderación ninguna en la visión de al-Sisi. No es moderación hacer actuar a todos a golpe de tus iniciativas y asegurándose por décadas el mando del país transformado en cuartel disciplinado. Esa es su moderación y no ha mostrado otro. Su guerra contra los terroristas radicales no puede ocultar su propio radicalismo disfrazado de moderación. Su mentalidad militar es trasladada a la sociedad que debe obedecer lo que él y los suyos han estimado que es lo mejor para ellos. Es puro paternalismo social, la creencia en un pueblo inmaduro que debe ser guiado hasta una meta fijada.
No, no hay "moderación", concepto que pierde sentido cuando se impone a los demás. No hay "moderación" cuando se censura, reprime, encarcela y se hace desaparecer. La idea es una contradicción, como se percibe en la realidad cada día. La idea de un "islam moderado" no es la de una "sociedad moderada". Las diferencias son evidentes. Lo que se pedía en 2011 era democracia, algo que al-Sisi ha pisoteado y convertido en una farsa parlamentaria. La religión que busca es aquella que le permitirá seguir con el control. Obediencia y poco más.