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domingo, 21 de mayo de 2023

Los libros prohibidos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

El retrato fotográfico del novelista Kurt Vonnegut llama mi atención en la página de The Washington Post. Leo el titular que la acompaña: "Book bans soared in the ’70s, too. The Supreme Court stepped in." El reciente crecimiento del ultra conservadurismo en ciertos estados de Norteamérica hace volverse la memoria informativa a uno de los momentos de mayor censura de libros, los años 70. La censura es reactiva; es freno e imposición.

Los años 70 fueron la explosión de lo que se llevaba acumulando desde más de una década atrás, la fractura generacional que se había iniciado tras la II Guerra Mundial y que acabaría estallando definitivamente en los movimientos de protesta de los 60 y 70.  Las revoluciones juveniles eran sobre todo cuestionamiento del sistema y de la moral del sistema.

El ultraconservadurismo norteamericano, la presión de los grupos religiosos, etc. tienen ahora la capacidad de reforzar sus lazos, fortalecer la manipulación de la opinión pública a través de las diferentes formas de contacto que les permiten crear un frente común activo con el que actuar. Esto ha hecho que los valores de independencia y autonomía se vean debilitados por los que representan lo contrario, la imposición de valores de grupos y de una moral pública reforzada y restrictiva ante lo que entienden como pilares del sistema, familia y religión.

The Washington Post recuerda en el artículo mencionado, firmado por Anthony Aycock, las maniobras de censura para prohibir libros en esa década, los 70. Es una forma de dar perspectiva a lo que está ocurriendo ahora: 

Record efforts to ban books are fueling fights in Texas, Virginia and across the country. Just this week, a group including free-speech advocates, authors, parents and the publisher Penguin Random House filed a federal lawsuit against a Florida school district over the removal of books covering gender and LGBTQ issues.

Yet only one previous case of a library book ban has ended up before the Supreme Court: Island Trees Union Free School District No. 26 v. Pico. And, outside law school classrooms, it has largely been forgotten.

The country was engulfed then, as now, in a debate over which books should be allowed in schools and libraries. The American Library Association recorded a rise in censorship activity, from 100 book removals or challenges annually in the early 1970s to 1,000 annually by the end of the decade. In Virginia, a pastor fought a public library for offering books such as Philip Roth’s “Goodbye, Columbus” and Sidney Sheldon’s “Bloodline,” calling them “pornography.” In Indiana, a group of senior citizens publicly burned 40 copies of a book called “Values Clarification” for its discussions of moral relativism, situational ethics and secular humanism. (It also mentioned marijuana and divorce.)*

 

La guerra de los libros es la guerra de la libertad de pensamiento. Desde que los libros salieron de las primeras imprentas, lo que generó fue un "índice de libros prohibidos", aquellos que no podían leer. Muchos de nuestros libros en España, llevan todavía la marca del "nihil obstat" (nihil obstat quominus imprimatur, en su versión larga), la indicación de la censura eclesial. De esta forma, nada salía a la luz editorial que no estuviera revisado y aprobado por las autoridades eclesiales.

La fórmula norteamericana es otra. Los espacios controlados por instituciones, las educativas, en este caso, pueden decidir excluir los libros de los territorios que controlen. Eso incluye escuelas, bibliotecas, etc. Una vez que un libro ha sido declarado no grato, hay que evitar que caiga en manos de los miembros de la comunidad o que se hable de él. Es lo mismo que hacen los radicales islámicos; la diferencia estriba en que estos decretan la muerte del autor, como ocurrió con Salman Rushdie y su obra "Los versos satánicos". Aquel que mate a Rushdie se ha ganado el paraíso.

En estos días pasados hemos hablado aquí de los rasgos identitarios. En la medida en que no son naturales, se produce una guerra por imponerlos, por su "normalización". Es parte de los rasgos identitarios promover un modelo de "ciudadano" al que se le asignan unos rasgos y valores. Están los excluyentes del color de la piel, la lengua usada, etc. Los libros que se leen también forman parte de ese universo. El ejemplo más claro es el de aquellos de libro y lecturas únicas, la Biblia (en otros lugares será el Corán o la Torá), y también los "que no deben ser leídos". Leer la Biblia nos hace buenos ciudadanos y dejar de leer ciertas obras señaladas lo refuerza. La foto de alguien tan poco religioso o cumplidor como Donald Trump con la Biblia en la mano no es casualidad, aunque a algunos nos parezca un chiste de mal gusto. Esa foto es un rasgo identitario creado para satisfacer a una parte del electorado. Lo mismo sus campañas antifeministas o anti gay. Son formas de acercarse a los que viven dentro de esos parámetros mentales para conseguir su apoyo.

La radicalización del segmento conservador a través de las campañas populistas contra diferentes líneas de comportamiento se traduce en una serie de campañas de prohibiciones que acabarán en los tribunales, como anticipa el artículo de The Washington Post. Las prohibiciones se centran en el objeto (libro), pero lo que se trata es de que se expandan las ideas contrarias bajo la creencia de que son un atentado contra la "identidad", que se ha definido de forma unilateral y absoluta. En estos casos, se actúa en el nombre de "dios", de la "naturaleza" y del "destino". Todo ello forma un grupo compacto de ideas que se protegen y refuerzan frente a la discrepancia.

El retroceso en determinados estados, donde se ha atrincherado el fundamentalismo, es una mala noticia para la vida de los Estados Unidos, pero lo es también para muchos otros lugares que actúan de forma imitadora. Lo es también porque, como hemos visto en el mandato de Trump, esta ideología se ha exportado mediante diversas asociaciones y contactos, que han visitado Europa con ese fin. La ultraderecha europea ha mantenido los mismos principios populistas que salen de los Estados Unidos.

Veo la lucha contra el feminismo que se ha ido esparciendo entre grupos que le acusan de atentar contra la perfección de la familia tradicional; se ve en el crecimiento del racismo y la xenofobia en defensa de la pureza de las "razas" y otras "causas" que han pasado de la defensa a la ofensiva. El problema es que sus mensajes van calando ante el desconocimiento de la historia previa y de aquello a lo que llevó en distintos lugares.

El cambio del escenario comunicativo ha sido determinante de la reacción. Los mensajes se multiplican y las acciones se coordinar; aumenta el dogmatismo.

La lucha de los libros es una batalla con gran calado, de enorme consecuencias. Aquí hemos tratado en ocasiones del revisionismo de diferente signo que trata de reescribir el pasado. Es evidentemente un peligro creciente. Se trata ahora de borrar las ideas, la descripción de las críticas que no nos gustan. El fundamentalismo no es ya algo centrado en un tipo de ideología o mentalidad; se está convirtiendo en voz creciente y excluyente de aquello que no entra en su visión del mundo, que queda consagrada como "realidad" deseada. ¿Llegaremos a la propuesta de un "estado bíblico" de la misma forma que existe un "estado islámico", movimiento retrógrado, fundamentalista y autoritario? Para algunos eso es lo que se está produciendo.

Un lector de The Washington Post recuerda en un breve comentario al artículo citado: "James Joyce's "Ulysses" was banned in the United States from it's publication in 1922 until 1958". Es solo un dato, pero en ocasiones es bueno recordarlo. 

 

* Anthony Aycock "Book bans soared in the ’70s, too. The Supreme Court stepped in" The Washington Post 20/05/2023 https://www.washingtonpost.com/history/2023/05/20/book-bans-supreme-court-pico/

miércoles, 14 de octubre de 2020

Lo que sé de Dolly o ser es representar

 Joaquín Mª Aguirre (UCM) 


En la BBC, Steven McIntosh propone una pregunta a sus lectores: "Why Dolly Alderton stopped writing about her personal life". Confieso que no sabía quién era Dolly Alderton, que hubiera escrito sobre su vida personal y que haya dejado de hacerlo. Ni idea. Pero me ha resultado interesante lo que me dicen de ella y de sus razones. Para los que se encuentren en mi misma situación de partida, es decir, desconozcan todo sobre Alderton, les traslado los primeros párrafos del artículo:

For several years, she wrote a dating column in The Sunday Times, in which she would share all sorts of stories about being a single woman in her 20s - the successes, disasters, mishaps, and everything in between.

Her 2018 memoir - Everything I Know About Love - lived up to its title, offering readers a frank and deeply personal account of friendships, relationships and growing up as a millennial.

It became a best-seller and struck a chord with women everywhere (and quite a few men). Critics praised her for so beautifully capturing what it was like growing up in the noughties - there's even a section dedicated to the politics of MSN Messenger.*

La noticia del abandono de contar su vida privada al mundo viene determinada por un hecho, su paso a la ficción con la aparición de una novela, "Ghost", de la que se hace eco el artículo.

El título hace referencia a un fenómeno, el "ghosting", es decir, la desaparición de la persona con la que mantienes una relación sin mediar explicación, lo que deja perplejo al abandonado o abandonada. El "ghosting" ha dado lugar a un programa de la MTV en el que los que han padecido este fenómeno ponen en marcha al equipo del programa tratando de encontrar una explicación a la desaparición repentina del otro, que deja traumatizado. El programa se llama "Ghosted: love gone missing" y va por su segunda temporada. Sigue la estela de otro programa de éxito, también sobre la vida social y amorosa, el de las falsas identidades a través de internet y cómo la gente establece relaciones de años, sin contacto físico, fingiendo ser otros, excusa tras excusa, mentira tras mentira.

Ambos programas constituyen un testimonio sobre las nuevas formas de relaciones personales y su forma entremezclada con la tecnología como un elemento determinante que marca a una generación y crea las bases de normalidad de la siguiente.

En el artículo de la BBC, la nueva autora, pasada a la ficción, explica: 

"The reason I wanted to focus on ghosting is it just seemed to be a word that was in the air," Alderton explains. "Everywhere I went, whether it was in editorial meetings, or when I was having conversations with friends, it just seemed to be this thing that was happening. And whenever I spoke to people of an older generation, they seem to be perplexed by it.

"Now, that is not to say that slipping away in a cowardly fashion is something exclusive to millennials. I think the reason why it's been exacerbated in recent times with the dawn of dating app culture is that the accessibility to a variety of options in love is really exciting."

As a result, anyone who spends time on the likes of Tinder, Bumble or Hinge also has to prepare themselves for a different type of dating to previous generations. 

"For some people, it engenders this unconscious sense that these aren't real humans, and that we don't owe each other the same sort of accountability and respect and communication that we would if we'd met as humans in real life," Alderton says.

"It can give them this sort of video game anonymity, which means that people aren't people, they're opportunities for experience. So once we're done with one, we just come out of the game and we start a new game."*

 

El vínculo entre las relaciones sociales y la tecnología no es nuevo. En el ámbito amoroso, la carta ha sido un elemento que ha marcado generaciones y generaciones. Ha sido una "interfaz" que permitía tanto la sinceridad expresiva como los grandes fingimientos. Recuerdo la frase de Gustave Flaubert en su correspondencia: "He escrito muchas cartas de amor sin amor". Para él se trataba de un ejercicio de estilo. Frente a la impostura romántica, para él —esa es su modernidad— es el medio el que provoca el sentimiento, no la presunta autenticidad de la expresión, base del paradigma romántico.


Es significativo que Dolly Alderton haya pasado del paradigma de la autenticidad absoluta en sus columnas periodísticas en The Sunday Times a una novela sobre el "ghosting", la falta absoluta de explicación en la ruptura, la desaparición total. Es irse al otro extremo del fenómeno en una reacción pendular de difícil retorno, por lo que implica en sí misma, la salida de un mundo o, si se prefiere, del tiempo generacional.

Hay un tiempo histórico que todos compartimos —mismo año, mismos acontecimientos—, pero hay un tiempo generacional, que es el de la experiencia compartida, el de la sensibilidad divergente con otros grupos generacionales. Las generaciones no se suceden, como pensamos erróneamente, sino que se superponen. Abuelos, padres y nietos vivimos sobre la misma superficie planetaria, pero compartimos escenarios mentales y visiones del mundo cada vez más diferentes, más distantes. Si los hombres son de Venus y las mujeres de Marte, las diferencias generacionales nos hacen de galaxias distantes e incompatibles. Sencillamente, se ignoran, son universos paralelos con comunicación horizontal e incomprensión vertical. La cuestión es que, fruto de la aceleración de nuestros tiempo social, esas galaxias generacionales se alejan cada vez más unas de otras aunque coincidan en la comida de los domingos, un pacto de no agresión. No significa que no se quieran, sino sencillamente que viven con percepciones, respuestas e interrogantes diferentes.

Lo que nos dice Dolly Alderton es que las posibilidades de relaciones del amor han cambiado la forma de entender el amor, palabra que acoge hoy muchos sentido. Y las posibilidades están determinadas por esas "aplicaciones" que han modificado el sentido del galanteo, de la relación misma y, con ello, de la responsabilidad hacia el otro. La "desaparición" sin rastro, el "gohsted", es el fin de un proceso cuyo sentido es diferente para las dos personas.

Lo interesante es cómo Alderton vincula esa forma de ser con las posibilidades de contacto a través de la tecnología, por un lado,  y por otro cómo una generación percibe el mundo desde una mezcla entre ficciones y virtualidades que la tecnología le ofrece. De nuevo, encontramos el paralelismo flaubertiano en una Emma Bovary cuya visión del mundo está viciada por la lectura de novelas románticas que distorsionan sus relaciones. La locura del Quijote es ese precedente que da la modernidad a Cervantes y a los que siguieron su estela ya que es el desequilibrio entre la realidad y la ficción la base de nuestra lectura. El deseo de vivir a través de la fantasía que fabricamos es probablemente algo connatural a la insatisfacción humana.

La creación de interfaces tecnológicas y de falsas identidades a través de ellas nos sumerge en un universo generacional complejo, el que supongo que trata de explorar Alderton con su novela y el que ha determinado no volver a ser "sincera" y refugiarse en lo que la ficción controlada le permite, intentar ser ella misma sea eso lo que diablos sea.

Estos días de inicio de cursos virtuales, en los que los alumnos se convierte en imágenes en cuadraditos en mi aplicación de ZOOM, a veces solo un pequeño recuadro negro con un nombre, real o ficticio, hablaba de una de las condiciones de la crisis de la Modernidad, la de la "identidad". Una de mis alumnas me escribió posteriormente para señalarme que entendía las otras crisis, pero no la del "sujeto". No acababa de entender la falta de idea de la insinceridad del sujeto, denunciada por el psicoanálisis, o su carácter discursivo, de construcción, de un yo que se dice, que se narra ante sí mismo y ante los otros, un sujeto de esencia finiquitada.

Me parece acertada la idea de Alderton —muy macluhaniana—  del cambio producido por la tecnología de las comunicaciones y el cambio de percepción del otro que estas crean. El otro es el recepto, el que está al final del proceso comunicativo y nos lo representamos determinado por el medio. Ya sea como lector de cartas o al otro lado de una pantalla, ya sea al otro lado de la reja de un balcón o al de un auricular de un teléfono, los medios no solo condicionan la comunicación, sino que esta condiciona la representan del otro y de nosotros mismos, paquetes de información que enviamos al otro lado de la cadena.

Los problemas de cada generación con las relaciones interpersonales son específicos, tiene sus propios modelos y referencias. Dependen de sus posibilidades de sinceridad y de fingimiento, dos conceptos bajo sospecha. La carta que permite expresarse permite también la falsedad, al igual que todas las aplicaciones en las que uno se describe ante los demás. Son escenarios a los que se sube, da igual el tiempo. No somos; representamos. La cuestión está en durante cuántas temporadas y las improvisaciones en cada representación.

Vivimos en un mundo en donde los héroes llevan máscaras, viven dobles y triples vidas con múltiples personalidades. No son lo que dicen ser. ¿Cuál es su verdadera identidad? Representar o no ser, esa es la nueva cuestión. Lo que sé de Dolly es lo que ella me mostraba; creerla es cosa nuestra y también de ella, que se cree a sí misma. La crisis se produce, precisamente, cuando uno deja de creerse, cuando entramos en shock al mostrarnos incongruentes. Entonces, las preguntas llegan en cascada.

Dolly Alderton ha decidido cambiar, dejar de mostrarse ante los otros y crear una nueva representación de sí misma ante los lectores. Su columna de exposición plena se ha cambiado en la ficción. Quizá sea un cambio de máscara, en donde a la última la privilegiamos llamándola "yo", nuestra principal creación. 

* Steven McIntosh "Why Dolly Alderton stopped writing about her personal life" BBC 14/10/2020 https://www.bbc.com/news/entertainment-arts-54330640

jueves, 1 de noviembre de 2018

Las identidades que habitamos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Uno de los términos más usados en las últimas décadas es el de "identidad". Se usa en Filosofía, Sociología, Historia, Política, Psicología, Antropología, Estudios de Género... si bien con sentidos diferentes, incluso contradictorios. Se habla de "identidades" y de "pérdidas de identidad", de "encontrar la identidad"; de identidad personal y de identidad nacional, cultural, etc.
El diario estatal egipcio Ahram Online, por ejemplo, publicaba un artículo titulado "The pillars of Egyptian identity", firmado por Samir Sobhi, en donde se hace eco del libro " The Seven Pillars of Egyptian Identity", del copto Milad Hanna, en donde se dice que existen esos "siete pilares" que definen la "identidad egipcia". El articulista recomienda que la obra "will be a main reference at the World Youth Forum held in Sharm El-Sheikh from 3 to 6 November"*. Promoción política y promoción turística para crear una idea identitaria de "qué es ser egipcio". El libro, parece ser y según su lectura, el compendio aclarador de la esencia egipcia. Después de analizar cómo Egipto ha sido esencial para la humanidad en todo los periodos de su historia —faraónico, copto, islámico— el autor termina su artículo señalando: «As we rebuild Egypt after the 25 January Revolution, the Ministry of Education should take the initiative of setting this book for study in the country’s secondary schools.»*


El artículo, el libro origen del texto, la forma de interpretarlo y las sugerencias o recomendaciones son un ejemplo claro de la forma de construir identidades haciéndolas aparecer como "naturales" o mejor "ideales" en un sentido platónico. Es una muestra clara de la función de las identidades nacionales como definición de un dentro y una afuera que sirve como rasero para medir quiénes reúnen esos "siete pilares" y quiénes, por el contrario, carecen de ellos, quedando fuera de la "identidad" nacional. Por ejemplo, si se considera que uno de esos "pilares" es la religión —recordemos aquellas palabras de la autoridad de Al-Azhar diciendo que "los egipcios son religiosos por naturaleza"—, el "ateo" será definido como "no egipcio" o, peor, "anti egipcio".
El papel de la obra es "fijar" esos "siete pilares" (la metáfora es reveladora del concepto de "edificio" de la identidad) para que sean aceptados o reconocidos, para que sirvan para determinar no solo que es la identidad —quienes los cumplen o se reconocen en ellos— sino establecer esa diferenciación respecto al resto y señalar cuáles son los peligros que le acosan. Por ejemplo, Samir Sobhi señala que el último capítulo de la obra lleva por título “Egypt Will Not Turn into Another Lebanon”, lo que es revelador ya que establece el "negativo" de la identidad que se busca. "Líbano" pasa a ser un modelo negativo de lo que Egipto no quiere ser. Anteriormente, en muchas ocasiones, se propone como modelo negativo a "Siria" o a "Libia" como aquello que no debe "ser" Egipto. Coincide entonces, de forma clara, el discurso político con el discurso identitario.
Quien controla los discursos identitarios es el poder. No siempre es el gobierno el poder, si bien posee sus propios mecanismos para imponer el "orden de los discursos" (M. Foucault), para asignarles sentido, valor y fuerza coercitiva. El gobierno de al-Sisi, por ejemplo, usa a Al-Azhar para reforzar sus propios discursos identitarios y combatir así la influencia en la base de los Hermanos Musulmanes y otros grupos que disputan el sentido de la religión y su papel. Sabe que ese es un territorio complejo y la institución se refuerza como productora de discursos identitarios, "qué es ser un buen musulmán", negando que se sea "buen musulmán" y "buen egipcio" a los grupos que le disputan ese cambio.


En el mundo árabe musulmán hay tres grandes corrientes identitarias en conflicto: 1) la nacionalista; 2) la panárabe; y 3) la musulmana. Nasser jugó la "panárabe" y se olvida que Egipto y Siria formaron por un tiempo la "República Árabe Unida" (RAU) y que fue un fracaso por un golpe militar sirio. Duró de 1958 a 1961. Esa idea de centrar la esencia en "lo árabe" le da un sentido "étnico" a lo identitario. Fue la personalidad de Nasser la que sirvió como elemento aglutinante para esa idea identitaria. Pero, como hemos dicho, no duró mucho.
Los islamistas (en un sentido amplio), en cambio, dan poca importancia a lo "étnico" y se centran en el aspecto religioso. La identidad no viene de la condición de árabes, sino de la religión, de ser "musulmanes". Esto implica un tipo de discursos identitarios totalmente diferentes, centrados en los preceptos y en las creencias religiosas. En este sentido, no hay demasiado lugar para lo "árabe", ya que sus pretensiones son la extensión de las ideas religiosas al resto del mundo. Esto ocurre cuando las religiones abandonan (al menos, en apariencia) los vínculos con su origen y se convierten en sistemas de ideas exportables.
El nacionalismo egipcio tiene su propia definición de identidad, pero plantea un problema que está en la base de la mayoría de sus conflictos: no renuncia a los otros dos modelos identitarios. Es decir: Egipto se considera el centro de "lo árabe" y el centro de "lo musulmán", por más que el libro lo haya escrito un cristiano copto. Este último aspecto es lo que le permite percibirse identitariamente como ejemplo de "integración", aunque la realidad no sea lo que muestre. Añadirá entonces a sus "pilares" el de la "convivencia religiosa". Al definir la convivencia como un "deber musulmán", se integran las dos cosas: ser buen musulmán es proteger a los cristianos coptos, tal como dice el Corán.
El nacionalismo egipcio, tal como es interpretado por el actual régimen, difiere del pretendido por Nasser. Egipto es el centro, la referencia, la autoridad, etc. en todos los campos. No es de extrañar que el preámbulo de sus actual constitución hablé pretenciosamente de Egipto como un regalo para la Humanidad o que las campañas promocionales del turismo hablen de Egipto como "donde todo empezó". Eso encaja en la creación identitaria del régimen de al-Sisi. Y a eso contribuyen los medios de comunicación cuando hablan de sus viajes o encuentros con líderes extranjeros: Egipto es el eje del equilibrio mundial, todos respetan a Egipto, todos entiende sus posiciones. La realidad, de nuevo, no suele coincidir con las fantasías identitarias.


Los Estados Unidos ofrecen otra muestra clara de la intensidad identitaria. El "America First" de Donald Trump ha redefinido el discurso identitario que, al ser una sociedad abierta, ha provocado esa división social reflejada por todos los analistas en las que una mitad del país no se reconoce en la otra mitad. Es una división creada y fomentada desde los discursos del poder, esta vez, desde la Casa Blanca. Trump, por el contrario, considera a los medios como "los enemigos del pueblo". Ya estableció él mismo su propia agenda: el pueblo y yo. Curiosamente (o quizá no tanto) en esto coincide con la crítica a los medios (más censuras, cierres, detenciones, etc.) en Egipto, en donde el presidente al-Sisi pidió a los ciudadanos que solo le escucharan a él, como única fuente fiable. Trump hace lo mismo.
El papel de los medios es esencial. Lo ha sido siempre. La construcción de las identidades necesita de un tipo de discursos. Los conceptos identitarios del mundo de la oralidad fueron religiosos, la "cristiandad" frente al "islam", por ejemplo. Es con la ruptura de los imperios cuando se producen los discursos identitarios nacionalistas, en los que la imprenta y los recién nacido periódicos jugaron un papel esencial, como bien estudio Benedict Anderson.

Anderson había nacido en China (1936), hijo de padre anglo-irlandés y madre inglesa; se crió en California y estudió en Eton, en Cambridge y se doctoró en Cornell (USA). Con esa trayectoria, supongo que fue especialmente sensible a los procesos identitarios, pues debió de ser más de una vez visto como el "otro". Acabó siendo un experto en Indonesia, en donde falleció. Anderson comprendió perfectamente el papel unificador de los discursos (impresos) en la creación identitaria, especialmente aquellos que definen los aspectos de las nacionalidades.
Los movimientos populistas actuales se centran en la creación discursiva de la identidad nacional. Los símbolos (banderas, himnos, escudos, colores, etc.) sirven para extender esa idea visible de la identidad que sirve de envoltorio a otras de corte ideológico, como las ideas religiosas, sobre la familia, la historia, etc. Una cultura es realmente un conjunto de discursos que organizan el comportamiento asignando roles y valores, comportamientos lícitos e ilícitos. Crean sistemas de control que asignan límites, más allá de los cuales se corre el riesgo de la marginación o el castigo.
La eliminación del concepto penable de "blasfemia" en Irlanda, por ejemplo, revela un cambio identitario o al menos un conflicto que se mantendrá en el tiempo hasta que se normalices y el elemento "religioso" se atenúe en la identidad. Es indudable que el conflicto "católico-protestante" (lo irlandés frente a los llegado del protestante Reino Unido, el invasor) ha contribuido al reforzamiento de la identidad irlandesa en un sentido muy específico ante los invasores protestantes. La "blasfemia", por ejemplo, es un elemento esencial dentro del sistema de protección identitaria en el mundo islámico. El refuerzo de esa identidad lleva a que se consideran "blasfemias" muchas manifestaciones y que sean penalizadas como forma de defenderla frente a los ataque internos o externos.

Los ataques del terrorismo islamista han reforzado la identidad "cristiana" de algunos, estableciendo como un elemento básico algo que occidente había conseguido mantener como un elemento atenuado precisamente como forma de apertura que permite las ideas religiosas, pero también el agnosticismo o el ateísmo. Se puede ser "europeo" y "ateo" sin ningún conflicto, ¿se puede ser "ateo" y "árabe" en cualquier país? Los periódicos nos muestran cada día la consideración del "ateísmo" como una forma incompatible con la de árabe si esta es definida también como "naturalmente musulmana".
En Estados Unidos el avance del integrismo cristiano es importante y está contribuyendo cada vez más a la definición de la "identidad norteamericana", gracias al peso político que adquiere y a los discursos sobre la religión. La religión se asume como identidad, pero a esta se le unen otros rasgos específicos de la America de Trump, como por ejemplo, los discursos anti inmigración, o los ataques que hemos visto estos días contra ciudadanos afroamericanos o el crimen de la sinagoga en Pittsburg.
Junto al nacionalismo y la religión, la tercera fuente de rasgos identitarios son los construidos sobre la persona, son las identidades de género. La religión es un discurso que explica casi todo, el origen del mundo, lo que está bien o mal, etc. En ella se encierra un modelo "masculino", "femenino", de "pareja" y de "familia". Los cuatro están vinculados y se complementan. Esos modelos se integran dentro de los superiores de identidad nacional cuando se entremezclan, es decir, cuando el discurso nacionalista o populista gira en torno al mensaje religioso. Como veíamos en el ejemplo del nacionalismo egipcio, que tiende a concentrar todos los discursos para crear la identidad del "buen egipcio", se crea un ideal identitario para cada una de esas cuatro piezas que van encajando como matrioshkas, unas en las otras.


España vivió tras la guerra una fuerte identificación nacionalista y religiosa, dando lugar a lo que se llamó el "nacional-catolicismo". Al igual que en el ejemplo egipcio, este ideario incluía las identidades del "hombre español", la "mujer española", "el esposa" y la "esposa", el "matrimonio cristiano", "familia española" ( que se construye con los modelos de "hijos", "hijas"...). En los años ochenta, estos modelos se abrieron, dejando abiertos muchos aspectos de las identidades, especialmente aquellos referidos a la sexualidad, que habían sido especialmente regulados de forma estricta, incluso penalizados. El cambio social fue tan fuerte que se inició un imparable proceso de desmontaje de esa identidad mediante acciones como el divorcio, la despenalización del adulterio, el aborto, etc. todos ellos incompatibles con la identidad anterior. Podemos rastrear y reconstruir esas formas identitarias a través de noticias, programas de televisión, novelas, películas, leyes, etc.
Quizá sea la cuestión de las identidades de género la que se haya manifestado con mayor importancia puesto que se han fijado en los estratos más profundos de la mentalidad de una cultura o sociedad. La descripción de lo que es la identidad femenina o lo que debe ser el modelo de mujer está ya descrito en los textos religiosos básicos y se establece desde ellos una serie de limitaciones y dependencias del hombre, una serie de expectativas que han de ser satisfechas bajo pena de sanción u ostracismo.

El énfasis por ejemplo, en la idea de "virginidad" sigue vigente como un elemento determinante de la feminidad. Las religiones y la sociedad les conceden un valor identitario del estado de la mujer. Algunos países musulmanes practican todavía los exámenes de virginidad, como forma de control sobre las mujeres. Durante las sentadas en la plaza cairota de Tahrir, en la revolución de enero de 2011, los militares egipcios se dedicaron a realizar exámenes de virginidad a las manifestantes para, decía, asegurar a sus familias que seguían "intactas" o no. De ese elemento dependía su "valor" para "ser casadas·. En realidad, dejaban en evidencia el carácter patriarcal de la sociedad, en la que el ejército representaba simbólicamente al "padre" (al-Sisi sigue diciendo que habla a los egipcios como a sus "hijos"; Mubarak decía lo mismo) que controla y vigila el comportamiento de las mujeres-hijas. En Arabia Saudí no puede entrar una mujer sola; no se le permite entrar si no es con un "tutor" (marido, hijo, hermano, o tío) que se haga responsable de ella.
Esta imagen de la mujer le viene impuesta desde el exterior. Sus límites identitarios se encuentran impuestos por la sociedad, dice que se encuentran en los mandatos divinos o en las tradiciones. Una tradición es unja imposición de comportamientos, la fijación de unos límites para la acción de las personas. Los rituales refuerzan estas costumbres que de no realizarse estigmatizan a los que no los cumplen y los que nos los hacen cumplir.

El determinado países de Europa, en los Estados Unidos, se inició un cambio de modelo de la identidad de género, primero con las mujeres, que demandaron su propia "liberación" o dependencia de los modelos establecidos para ellas. Fue lo analizó Betty Friedan en la idea de "mítica de la feminidad", es decir, la construcción de un "ideal femenino" en el que deben encajar las mujeres. Ese ideal fija sus límites de acción, sus posibilidades existenciales, al igual que las leyes pueden fijar sus conductas reales de forma legal (administración y disposición de bienes, herencias, matrimonios, etc.) o regular su vestido, movimientos, forma de sentarse (así no se sienta una señorita), de hablar, de gesticular, etc.
Una parte del siglo XX ha sentado las bases para abrir las identidades. Son, en última instancia, los límites que la sociedad en su conjunto o aquellos que la controlan, impone a las personas. Es un intento de definir desde fuera mediante sanción (de diverso tipo, de lo legal a lo familiar) nuestro comportamiento para limitar nuestra autonomía. Bertand Russel señalaba que la verdadera educación es la que nos ayuda a ser independientes, a pensar por nosotros mismos para poder construir nuestra "propia" identidad. El dilema es, finalmente, vivir como deseamos o vivir dentro de los modelos construidos por la tradición o por el poder mismo.
Hay sociedades en las que se ha iniciado un proceso amplio de redefinición de las identidades. Hoy en las cuestiones de género se ha incluido ya la idea de "masculinidad" como revisable, en la medida en que obliga a ciertos comportamientos, que son los aceptados. No hace mucho tratamos aquí la revisión de la idea de "paternidad", otro elemento que ha sido sometido a prueba en la medida que resultaba insatisfactorio para muchas personas.
Los movimientos populistas juegan con las identidades volviendo muchas veces al refuerzo de la religión, al discurso romántico nacionalista de la esencia, al familiar, etc. Parten de la idea de que el tiempo ha destruido esa esencia que la historia había creado y que la modernidad ha destruido.
No sorprenden el odio que muchos mantienen hacia ideas de la posmodernidad, que se limitó a señalar el carácter "constructivo" de los discursos "deconstruyéndolos". Mostró cómo en la sociedades, la cultura, etc. no había nada "natural" o "divino", sino que todo era humano, demasiado humano", es decir, el resultado de las formas de control social para mantener el poder.
Las identidades fuertes son aquellas que exigen a las personas encuadrarse dentro de sus límites, actuar como se espera de ellas, expresión que muestra perfectamente su funcionamiento autoritario.
Vivir hoy significa enfrentarse a múltiples límites en lo que esperan de nosotros en cualquiera de nuestros roles. A la profesora egipcia Mona Prince (hemos visto el caso aquí), la despidieron de su universidad por bailar tranquilamente en la terraza de su casa y grabar un vídeo. La identidad de "profesora" no admitía, a los pacatos y autoritarios ojos de las autoridades académicas, estas libertades. Ella, como muchas otras mujeres, debe tomar decisiones en función de lo que otros esperan de ellas.


En China, muchas jóvenes son llamadas "mujeres sobrantes" porque no quiere someterse a un matrimonio que cumple las expectativas de sus familias y prefieren trabajar o estudiar para controlar su futuro. Los matrimonios infantiles en el mundo árabe son formas de condicionar el futuro de las niñas, que serán mujeres dependientes de sus maridos, sin estudios, sin ingresos que les permitan autonomía. En los Estados Unidos, la llegada de la familia Trump supuso un gran revuelo porque pretendían imponer un "estilo femenino" muy determinado frente a otras muchos otras posibilidades. El "dress like a woman!" de Trump significa una cosa en la Casa Blanca y significa otra en Arabia Saudí, pero ambas tiene en común la idea de "corrección" y de necesidad de ajustarse a un modelo, fuera del cual ocurren diversos efectos. En un ámbito te puede costar el empleo, en otro el encierro la muerte, incluso. Es su carácter imperativo, por un lado, y definitorio por otro lo que caracterizan esta forma dictada a la mujer.


No es fácil llegar a ser lo que se podría ser. El problema es si ese "ser" está definido, si nos encontramos rodeados de muros de cristal que nos impiden desplazarnos para poder vivir una vida propia, que suele ser más difícil que el camino fácil de la aceptación. Los pioneros, las pioneras, en cualquier campo han tenido que romper esas barreras al hacer lo que no se esperaba de ellas.
El peligro actual es que los discursos se están endureciendo, es decir, cada vez pretenden imponerse con nueva fuerza sobre las personas. Los discursos identitarios fuertes son utilizados de forma específica por el populismo para dejar fuera de ellos a lo que consideran "fuerzas disgregadoras", es decir, todo aquello que supone crítica a los sistemas de poder y reivindicación de la autonomía, en resumen, democracia.
Los discursos identitarios que surgen dentro de un sistema democrático deben ser más respetuosos con la diversidad, mientras que los populistas tienden a considerar "totalidades" (el "pueblo", la "nación", "los cristianos", los "musulmanes", etc.). Las "totalidades" son presionantes sobre las individualidades, que acaban enfrentándose o perdiendo la autonomía, plegándose al conjunto. Este proceso lo observamos claramente en aquellos espacios en lo que se mira hacia el pasado como auténtico y al presente como degradación, responsabilizando a la "modernidad" (democracia, feminismo, etc.) de la degradación. Este es el atractivo actual de los discursos autoritarios frente a los que defienden la autonomía de las personas para construir su propia forma de vida y establecer su propia identidad.


Puede que el régimen egipcio siga las sugerencias de Samir Sobhi en su artículo sobre los "siete pilares". El sistema educativo lo extenderá, reforzará y la sociedad posteriormente lo acogerá como parte de ella misma, dejando fuera al que no se identifique con ellos. ¿Existe mayor simplificación que definir a millones de personas con siete pilares? Como señalaba Edgar Morin, siguiendo a Gastón Bachelard, no existe un mundo simple, sino simplificado. Las identidades son formas de reduccionismo. Cuando dejan de ser propuestas para ser imposiciones, el mundo, el yo mismo se convierten en un encierro. 
Habitamos en las identidades que construimos, pero pueden ser hogares o prisiones. Hoy vivimos en un mundo con múltiples discursos identitarios rodeándonos, tentándonos a entra en ellos y quedar dentro. De algunos se sale, en otros se muere. Algunos nos permiten construir un nosotros afable; otros nos exigen odiar. Los hay en construcción y otros en ruinas. Si podemos, debemos hacerlos habitables para los tiempos que llegan; otros, en cambio, son anacronismos inhabitables, trampas de las que difícilmente se sale. 
Ser, vivir, es una aventura cada día. Podemos afrontarla abiertos o cerrados. Todo aquellos que me encierra, me frustra como persona, malgasta mis posibilidades. Más que ser, lo importante es poder llegar a ser, como explicaban los existencialistas, sentir que tu vida está en tus manos frente a discursos que te dicen lo contrario en cada momento, a lo largo de tu vida.
¿Quién soy? Hoy puedo decirte quién quiero ser; mañana lo que he sido.

[Dedicado A Ebbaba, con quien hablo de estas cosas]


* Samir Sobhi "The pillars of Egyptian identity" Ahram Online 28/10/2018 http://english.ahram.org.eg/NewsContentP/4/315289/Opinion/The-pillars-of-Egyptian-identity.aspx

lunes, 30 de junio de 2014

Que pase el siguiente

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Steven Erlanger, el jefe de la corresponsalía en Londres de The New York Times, ha dedicado un artículo —en el suplemento Sunday Review— a la "crisis de identidad" por la que está pasando Gran Bretaña. Erlanger ha titulado su "Britain’s Strange Identity Crisis". Con una metáfora personal, el corresponsal representa la figura de Gran Bretaña como una paciente aquejada de temores, filias y fobias, celos y ansiedades:

THE United Kingdom is lying on the psychiatrist’s couch. Suddenly the country seems uncertain of its identity, its place in the world, its relationships with its closest family members and its neighbors.
It is a bizarre moment in the history of an ancient realm, insufficiently grasped by its allies, especially across the ocean. Britain is having a kind of nervous breakdown, and its friends aren’t sure whether to say something or just look away.
Many Britons ask: Does Scotland still love us? Will it stay or vote for divorce? Even if we don’t love the European Union, do we really want to leave? And if we leave, will America still think we have a “special relationship,” or is it more committed to others, like Beijing and Berlin?*


No sé, sin embargo, si es conveniente este tipo de personalizaciones de los países; no sé si se ajustan a la realidad y son la manera más adecuada de comprender "sus" problemas. Desde hace mucho tiempo se recurre a este tipo de personalizaciones representando su figura a través de símbolos unitarios (incluso en la caricaturas: el gallo francés, el león británico...), Y sin duda el lenguaje mismo nos condiciona en la percepción de los fenómenos y situaciones. Las palabras son el pegamento de muchas cosas, recomponiéndolas en unidades superiores por el hecho de nombrarlas, de la misma manera que la palabra "bosque" nos une todos los árboles quitándoles identidad y fijando sus límites diferenciales exteriores.


La imagen de Gran Bretaña tumbada en el diván del psicoanalista no nos es extraña, por más que sea imposible. Es simplemente una imagen literaria, una figura retórica que, sin embargo, tiene su trascendencia en la medida en que se ha ido fraguando en la historia. No es arbitraria, por más que sea una figura.
No es Gran Bretaña el único país que está tumbado el diván. Al otro lado de la puerta del psicoanalista esperan turno —sigamos con la retórica— un buen número de pacientes que padecen también ataques de ansiedad, crisis identitarias, delirios de grandeza, doble personalidad, agresividad incontrolada, mentiras patológicas y una larga lista de problemas crónicos o circunstanciales. Los hay que los llevan en silencio y estallan un buen día, mientras que en otros casos se veían venir de lejos, con pacientes aquejados de múltiples síntomas.

En estos días, la retórica de los titulares de la prensa mundial ha coincidido en la idea de que los miembros de la Unión Europea habían mandado a Reino Unido a un rincón, castigado hasta que se le pasaran los malos modos.
Me imagino que no todos los problemas de Reino Unido tienen que ver con David Cameron, alguien que parece disfrutar de enfrentarse al mundo en solitario cada cierto tiempo. No sería justo con Cameron, aunque tampoco sería del todo incierto. Cameron es un extraño animal político que disfruta metiéndose en los mayores líos, dando la impresión en ocasiones de que Gran Bretaña le viene un poco grande. El jefe de "La Muy Leal Oposición de Su Majestad", el laborista Ed Miliband, acaba de nombrar (más que calificar) a Cameron con "un peligro claro y actual para el Reino Unido", acusándolo de llevar al país hacia la nada, poniéndolo en las puertas de la Unión con estrategias absurdas que solo le hacen perder batallas. Es triste que a Cameron solo le aplaudan ya los euroescépticos de Nigel Farage, lo que debería hacerle recapacitar sobre lo tonto de algunas de sus batallas. Que te aplauda los que abogan por el desastre de Europa, tiene que ser triste. No sé si esto será suficiente para Cameron, el rey del órdago, pero parece que los demás ya no le hacen demasiado caso en sus pretensiones de exclusividad y de llamar la atención.


Aunque David Cameron tenga mucho que ver en las crisis que le rodean, no es el único caso, por lo que las crisis identitarias no son exclusivas de Gran Bretaña. Como decíamos, muchos países esperan a pasar por el diván. Quizá una mirada desapasionada al globo terráqueo nos muestre que el plato con las habas cocidas es mucho más grande de lo que pensábamos y que las crisis identitarias son un estado mucho más frecuente de lo que pensamos. Si vamos repasando los países europeos, comprobamos que el que no tiene una "liga norte" tiene una "liga sur"; que el que no tiene un separatismo tiene dos; que algunos están en ciernes y otros han acabado en guerra civil; que los que no tienen un referéndum real, lo tienen virtual. Lo que parece comprobado es que cada vez se discute más con los amigos y aliados y menos con los enemigos. Quizá hemos puesto todo el énfasis en los enemigos y nos hemos olvidado que con quien más se discute es con los amigos, algo que si no se supera provoca crisis duraderas peligrosas.


De Hong Kong a Ucrania, de Gales a Montserrat, por todo el mundo se extiende esta fiebre identitaria en la que no sabemos quiénes somos y discutimos sobre quiénes queremos ser. En muchos casos es olvido de la Historia; en otros, al contrario, no hay forma de olvidarla. Ya sea porque tienes a David Cameron al frente o por cualquier otra circunstancia diferente, el único que parece salir triunfante es el psiquiatra ante el que hacemos cola. Nadie está libre, de una u otra manera, de esta crisis identitaria que nos hace estar incómodos con nosotros mismos o con los que nos rodean y reclamar un ser incierto que entratá en crisis en el futuro una vez abierta la caja maquillaje de Pandora.
Que pase el siguiente.

* "Britain’s Strange Identity Crisis" The New York Times 28/96/2014 http://www.nytimes.com/2014/06/29/sunday-review/britains-strange-identity-crisis.html?action=click&contentCollection=Europe&module=MostEmailed&version=Full&region=Marginalia&src=me&pgtype=article