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lunes, 15 de abril de 2019

Lo auténtico inexistente o qué quiere decir "asiático"

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En estos tiempos, hay que hilar muy fino. La cuestión cultural se ha puesto al rojo vivo o, si se prefiere, al rojo escocido, que también es un tono con personalidad propia. Hay un cierto clima de ofensa innecesaria y, como contrapartida, las respuestas suelen ser rápidas. Cuando se estrenó la película Akira, la versión protagonizada por Scarlett Johansson, en Japón se levantaron olas de protestas diciendo que se había "blanqueado" al personaje, es decir, se había representado a la occidental lo que se supone debía ser japonés. Tratamos aquí la controversia y cómo se logró resolver el mal clima al señalar 1) que el personaje era un cyborg y 2) creando una escena en la que la occidental Johansson va a visitar a su madre, que por supuesto, no reconoce a su hija en su nueva apariencia. Era una forma ingeniosa de resolver un conflicto cultural en una época intercultural. Dejaron sin argumentos a los críticos pues tenían respuestas a todas las pegas. La presencia de Takeshi Kitano acabó pacificando el asunto.


La CNN nos trae otro conflicto de este orden, el provocado esta vez por la apertura de un restaurante asiático en Londres a cargo del "Chef Ramsay", el conocido cocinero televisivo, probablemente el más famoso de los fogones mundiales.  El nombre del restaurante es "Lucky Cat". Nos explican en el artículo:

Gordon Ramsay's newest London restaurant has become embroiled in a row over alleged cultural appropriation after an Asian food critic accused the celebrity chef of tokenism.
Ramsey's restaurant group is preparing to launch Lucky Cat, which promotional material describes as "an authentic Asian Eating House and vibrant late-night lounge, inspired by the drinking dens of 1930s Tokyo and the Far East."
But at a preview night last week, food writer Angela Hui claimed "it was nothing if not a real life Ramsay kitchen nightmare."
Writing on Eater website, Hui said she was "the only east Asian person in a room full of 30-40 journalists and chefs" and that the setting was "more seedy nightclub than Asian eating house."
In a series of scathing accompanying posts made to Instagram, the screengrabs of which were embedded in the review, Hui she could only "drink thru the pain that is this an "Asian' event."
In another she added, "Japanese? Chinese? It's all Asian who cares."*



La cuestión tiene su intríngulis porque en estos tiempos mediáticos e instantáneos (como la sopa) cualquier cosa te puede arruinar o llevarte a la gloria por un detalle mal calculado.
La polérmica se había despertado ya en febrero, cuando Ramsay anunció el lanzamiento de su proyecto. Ya entonces llovieron las críticas por parte de los que se veían más afactados por el proyecto: los asiáticos.
Quizá al chef Ramsay se le ha ido la mano en la creación de un lugar tan genuinamente "asiático", que por querer serlo, ha quedado todo menos "asiático". En realidad, lo "asiático", como tal, no existe. Tampoco existe un restaurante "genuinamente europeo". Como se apunta al final del texto citado: ¿qué "asiático", "japonés", "chino"? Ese "authentic Asian Eating House" solo puede ser una ficción, una construcción a base de estereotipos, pero nunca "authentic" porque no existe más que como una categoría. Lo mismo ocurre con "occidental", un saco en el que cabe de los Estados Unidos a Andorra, de Canadá a Polonia. ¿Qué es lo "occidental"? Es el árbol que no deja ver el bosque, lo mismo que "asiático" no deja ver las diversidad, las diferencias, y acaba metiendo todo en el mismo saco. El lado peligroso es que los actos de unos acaban salpicando a todos.


Al principio del texto se usa el término "tokenismo" (tokenism), que hace referencia a una herida subyacente. En un momento en el que se está atacando a Asia, abrir un restaurante "auténtico asiático" sin asiáticos (de ninguna nacionalidad) parece más un acto de apropiación que de difusión de los valores. Como símbolo, queda poco claro o indefinido.
La etiqueta "asiático" se usa como una especie de categoría blanda que trata de evitar las especificidad de "chino", "japonés", "coreano", "vietnamita", etc. Puede que Ramsay no quiera centrarse en una sola cocina, pero hay en el ambiente otros elementos que pueden hacer pensar que pudiera haber otras razones. Y si no las hay, lo parece.
Hay algo que, desde luego, huele a chamusquina. ¿Qué mejor garantía de "autenticidad" por parte del chef Ramsay que haber invitado a la prueba a lo más granado de la crítica "asiática" (de diferentes países) en vez de eludirla? Quién sabe, a lo mejor le habrían gritado "¡torero, torero!" (por ser occidental) y hubiera sido un éxito.
La suspicacia tiene su fundamento. Los acontecimientos no ocurren en el vacío. Abrir un restaurante en Londres presentándolo como "auténtica comida asiática" es una osadía competitiva y una cierta dosis de impertinencia. Es como decir que va a enseñar a los "asiáticos" cómo hay que cocina. También es un mensaje para lo que quieren ir a un "asiático" sin "asiáticos", según se señala en el texto.


Seguramente que allí se come muy bien, pero creo que no es eso lo que se discute. Creo que tiene más que ver con la idea de los "blanqueos", del "tokenismo" o con la apropiación de lo ajeno. En unos tiempos en los que los Estados Unidos niega cualquier "originalidad" o "creatividad" a los "asiáticos" (primero fue en los 60/70/80 con Japón, ahora con China) presentarse hablando de una "cocina auténtica asiática" hecha fuera tiene algo de desprecio, despectiva hacia los muchos restaurantes chinos, japoneses, coreanos, tailandeses o de la India, por citar solo algunas tradiciones gastronómicas inmensamente ricas en variedad y sabores. Creo que ha sonado un poco imperialista la pretensión en estos tiempos, como decíamos, escocidos por los roces interculturales.
Lo que podría ser visto como un acto de acercamiento intercultural, incluso de homenaje a unas cocinas extraordinarias en la diversidad de sabores y platos, ha quedado en cambio como un acto presuntuoso.
La CNN cierra con estos comentarios y la polémica suscitada:

According to Hui, dishes at the preview included a mini wagyu pastrami burger with "Asian" chilli jam and otoro fatty tuna, English asparagus and smoked ponzu emulsion and smoked duck breast with plum.
Other chefs have since weighed in on the controversy.
Entrepreneur and restaurateur George Chen tweeted: "Is the famous Chef going to curse at his white cooks in Asian or what? Every chef has a right to interpret another cuisine but the integrity and culture (read authenticity-albeit I hate that term) needs to be studied in depth and not WHITEwashed for marketing purposes!"
Chen went on to clarify that he was not saying "white chefs shouldn't cook Chinese/Asian," but "to say Authentic Asian, etc, like he knows better when he should've just stated these are his interpretations of a cuisine...which is wonderful because he certainly can cook."*



En un mundo que ha ido hacia las denominaciones de origen, mucho más precisas, crear una macro categoría como "asiático" es poco riguroso. Pero el problema está en el "authentic", incompatible con el "Asian" genérico. Quizá si lo hubiera omitido, se habría ahorrado el enfado de la única asistente asiática al evento, que trataba de explicarse la "autenticidad" de una comida que se ofrecía a los no asiáticos con los que compartía mesa.
Es sorprendente que estando avisado desde febrero por las críticas al planteamiento, un "restaurante auténtico asiático" sin "asiáticos", Gordon Ramsay no haya sabido prever la polémica. O quizá la buscaba. Nunca se sabe.




* "Gordon Ramsay's new 'authentic Asian' restaurant kicks off cultural appropriation row"  CNN 15/04/2019 https://edition.cnn.com/travel/article/gordon-ramsey-asian-restaurant-cultural-appropriation-intl-scli/index.html

lunes, 21 de mayo de 2018

Las categorías y el orden del mundo


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Una de las cuestiones más delicadas en muchos, pero especialmente en el del Periodismo, es la "categorización", es decir, el proceso que tiene como resultado la creación de unas "categorías" en las que se encuadran elementos que tienen suficientes aspectos en común. Las categorías son, pues, formas de inclusión (de lo que tiene algo en común) y de exclusión (separación de lo diferente). Un buen sistema de categorización permite, en el caso del que hablamos, encuadrar correctamente las noticias.
Las categorías no son fáciles de establecer en algo tan complejo como es la realidad. No tenemos dudas en situar la victoria de ayer de Rafael Nada en el Máster de Roma en la "categoría" o "sección" deportiva. Pero no todo admite una clasificación tan clara. Hay sucesos que no son fáciles de situar en una categoría. Cuando lo hacemos, estamos situando la noticia en una perspectiva determinada que revela nuestra forma de clasificar, es decir, en realidad de "ver el mundo" y sus conexiones. Clasificando aprendemos la nitidez de las relaciones es una operación mental que es el resultado de nuestra forma de ver. Esa forma de ver, en el medida que se crea para que los lectores pueden encontrar las noticias o, de otra forma, sepan qué tipo de noticias van a encontrar en la sección, ese esencialmente social o, si se prefiere "cultural". Clasificamos pensando en que los demás deben compartir esa forma de pensar.
Un ejemplo, la noticia que comentamos hace dos días sobre el compromiso firmado por científicos españoles para no participar en actos académicos en los que no hubiera representación de mujeres, fue clasificado por el diario El Mundo en Yo Dona y en la sección "Lyfestyle". Las dos noticias anteriores son "El príncipe Carlos será el encargado de acompañar a Meghan hasta el altar" y "Vídeo Ejercicio de 15 minutos para aclarar tu mente" y las dos posteriores "Verónica Blume y María León nos descubren la Barcelona más chic en bici" y "Esta semana, Verónica Blume en la portada de Yo Dona". No sé si "Lyfestyle" es lo más adecuado para la noticia, Yo, al menos, no la buscaría allí; pero es allí donde se encuentra.


Clasificar implica poner en marcha un sistema de valores y de conexiones. Es cierto que hay cuestiones que no son fáciles de clasificar, pero también es cierto que los errores clasificatorios tienen consecuencias: nos hacen percibir las relaciones o valoraciones del mundo de una forma sesgada o falsa. Puede parecer que lo importante es que aparezca la noticia, pero dónde la encontramos está marcando nuestra percepción valorativa.
Dejé de ir a una librería importante porque era frustrante que se mezclaran en un mismo estante los estudios sobre ciencia y los de pseudo-ciencia, los estudios sobre historia de las religiones con los escritos de los líderes de las sectas, los estudios de Psicología con los que prometían llevarte a otra dimensión, etc. No sé si era confusión o depresión lo que me producía. Quizá ambas cosas a la vez.
Una cosa es la lógica blanda, lo "fuzzy", y otra muy distinta unas clasificaciones que son en realidad la consagración de estereotipos sociales y reduccionistas. La forma de clasificar impone un orden lógico sobre la realidad, que es vista a través de él. Si lo que hacemos es clasificar a través de estereotipos, lo que estamos haciendo es reforzándolos y dándoles validez, obligando a movernos a través de ellos. Esto es especialmente importante en las cuestiones de género, raciales, xenófobas, etc. que se pueden ver transformadas en valores consagrados por la estructura de categorías.
La realidad es compleja y nosotros debemos elegir verla desde unos ángulos u otros. Pero debemos ser conscientes que esa elección tiene consecuencias al crear un determinado contexto para la propia noticia.


La clasificación de libros es un ejemplo claro. Irán a unos estantes u otros en función de nuestras decisiones. Podemos enviar "Moby Dick" a la sección de "libros infantiles y juveniles", lo que nos llevará a percibirlo de una manera u otra y pensemos que no es adecuado para nosotros.
Pensemos —otro ejemplo— en las categorías de edad con las que son clasificadas las películas. Implica tener en mente una idea de la película, pero también de cómo son las personas en cada tramo de edad. Lo que yo piense de los niños y niñas determinará si la película resulta adecuada para una edad u otra.
Constantemente estamos estableciendo categorías y clasificando la realidad a través de ellas. En la medida en que existen instituciones y agentes sociales que desempeñan esta tarea percibimos en el mundo clasificado, con límites, que son los que las propias categorías establecen.
Probablemente, uno de los campos más claros sea el del género. En este caso, la visión clasificatoria viene determinada por la visión patriarcal en la cultura. Comprendemos claramente aquí el valor de las grandes clasificaciones culturales, como pueda ser, por ejemplo, la exclusión de las mujeres de ciertas lecturas (o de la lectura en su totalidad).
La película Yentel comienza con la llegada de un carromato del librero al pueblo. Los libros de un lado son para hombres, los del lado opuesto para las mujeres. Los de las mujeres, como le dicen, a la joven aspirante a conocer el mundo, cuentan historias y tienen dibujos. Los del otro lado son los que hablan de Dios, cosa de hombres. Son muchas las culturas que tienen esas categorías.


Somos seres clasificadores porque es una forma de manejar el mundo frente a nosotros y a nosotros mismos. Por eso es importa tanto conocer el sistema clasificatorio y corregirlo, eliminar los prejuicios y estereotipos que determinan las clasificaciones o, como decíamos el otro día, la necesidad de incorporar otras miradas en la explicación y ordenación del mundo.
Más allá de la prensa, en donde es un ejercicio constante, afecta al conjunto de la cultura. La introducción de nuevas categorías o la modificación de las existentes suponen una variación en nuestra forma de ver el mundo y relacionarnos en él. Por eso, los errores y retrocesos son peligrosos. Implican cambios en la mentalidad. En el caso de los medios, la responsabilidad es grande porque ahora son una enorme maquinaria de clasificación y configuran nuestra percepción y valoración. La tentación estereotípica es grande por su comodidad. Por eso es importante que actúen en sentido contrario, mejorando el sistema.
La mejor forma de hacerlo es la revisión constante del sistema de clasificación, una revisión crítica, con miradas que aporten puntos de vista nuevos sobre el orden del mundo. Ampliar categorías para poder manejar su mayor diversidad y diferencias.


domingo, 29 de marzo de 2015

La asimetría informativa y las otras lecturas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Uno de los fenómenos más interesantes cuando se revisa con cierta frecuencia prensa de diferentes países es el fenómeno de la asimetría informativa: no nos interesan en la misma medida los mismos temas. Hay cuestiones que pueden estar en primera plana en nuestros medios y, en cambio, son ampliamente ignorados o relegados a espacios ínfimos en otros. Por supuesto, ocurre en cosas "locales", pero nos sorprende cuando se producen en términos de noticias más impactantes o trascendentes, términos que se revelan profundamente relativos. A nadie le importa, por ejemplo, nuestras peleas políticas de gallos, pero no dejan de dar los resultados de la Liga en países que no saben ni a quién tenemos en La Moncloa (tampoco les importa lo que sea). Los fenómenos de asimetría ocurren, por supuesto, en los dos sentidos: nosotros también somos indiferentes a muchas de las cuestiones que otros puedan considerar como capitales.

Un ejemplo de ello lo ha planteado la catástrofe aérea de los Alpes, cuyo caso merece la pena comentar. Frente a los amplios despliegues informativos con los que "nuestros" (me refiero a los europeos, en general, y a los españoles en particular) periódicos y cadenas tratan el caso, ocupando las aperturas y los espacios principales, nos choca la casi "indiferencia" con la que el tema es tratado en los medios árabes, en concreto los egipcios, que son los que veo con más frecuencia. Marruecos, por ejemplo, le ha dado algo más de importancia por la muerte de dos de sus ciudadanos.
El fenómeno de la asimetría no se suele estudiar con frecuencia. Nos interesa saber lo que nos "interesa" y no tan por qué "no nos interesan" muchas cosas. La explicación pudiera ser que las cosas que no nos interesan (o desconocemos) son muchas más que las que nos acaban interesando.
La catástrofe de los Alpes es un episodio más de esta asimetría. Me ha resultado interesante ver cómo se ha convertido en otra ocasión de desencuentro con Occidente. Para ampliar cada día esa distancia, existe una campaña tendenciosa que difunde siempre puntos de vista mediante los cuales el agravio llega de Occidente. No niego que esto sea muchas veces real, pero sí me da la impresión que existe mucho interés en que este sentimiento sea cada vez más intenso.

La catástrofe del avión alemán con la muerte de 150 personas abordo ha provocado en algunas personas del mundo árabe una frustración semántica: "¿por qué no se le llama "terrorismo"?". La pregunta nos puede sorprender, pero es lo que he podido ver en diferentes comentarios de lectores que ellos mismos se contestaban: porque no había musulmanes implicados.
La creencia de que se está identificando permanentemente a los musulmanes como "potenciales terroristas" desarrolla un extraño sentimiento de agravio si no se considera "terrorismo" cuando un "cristiano" o un "occidental" lo hacen. A algunos les podrá parecer descabellado el razonamiento y, sobre todo, falso. El caso del avión de Germanwings no es terrorismo sino un asesinato en masa con un suicidio. La repuesta es que eso es lo que hace un suicida cuando hace estallar una bomba atada a su cuerpo en mitad de un mercado o cuando se estrellaron los aviones contra las torres gemelas en los atentados del 11-S.


¿Por qué este empeño en esta cuestión de la denominación? Hay varios motivos. El primero de ellos es interesado: es hacer sentir que se trata a los musulmanes directamente como terroristas. Esto no es cierto, pero hay muchos interesado en hacerlo creer para favorecer la ampliación de esa brecha respecto a Occidente.
A la creencia circulante de que es Occidente quien está detrás del Estado Islámico —algo que ya hemos tratado aquí en diversas ocasiones—, se añade la de la acusación de terrorismo en exclusiva a los musulmanes. Tanto una como otra son falsedades interesadas en un mundo saturado de rumores. Pero, ¿a quién le interesa esto? Pues a los mismos interesados en vender constantemente la "islamofobia" occidental.

Evidentemente lo que ha ocurrido en los Alpes, hasta donde sabemos, no puede ser considerado "terrorismo" aunque acciones con efectos similares puedan serlo o lo hayan sido. Por el mismo motivo, la masacre de los jóvenes socialistas noruegos en la isla de Utoya a manos del "cristiano militante" Anders Breivik, en julio de 2011, sí fue considerada, y de ello se le acusó, como "terrorismo". Breivik era un terrorista; todo lo desequilibrado que quieran, pero un terrorista. Con su acción pretendía actuar sobre el mundo y transmitir una idea determinada, una reivindicación, mediante el miedo o terror. El copiloto, en cambio, no creo que deba ser considerado así. Lo que sabemos hasta el momento no permite llamarlo "terrorista. Las oscilaciones se harán entre "lo patológico" y "lo criminal", pero se excluyen por ahora motivos de otro tipo. Tampoco es sencillo discriminar entre lo uno y lo otro, porque el comportamiento criminal puede ser derivado de una patología. Los límites de las palabras no son los de las cosas y menos los de las mentes.

El caso de Breivik sigue siendo interesante porque se consideraba "cristiano", como defensor de la fe, y "político" en una amalgama integrista cercana a la que se pudieran dar en otros integrismos de inspiración religiosa. Eso también sirve para que algunos hagan sus propias cuentas de agravios porque no se ha producido una especie de acusación al cristianismo. Quizá se olvidan que eso ya lo padecen coptos y demás cristianos en Irak o Siria a manos de las tropas del Estado Islámico y anteriormente de otras fuerzas islamistas. También los hay cristianófobos, desgraciadamente y con muchas muertes en su haber.
La queja, desde luego, es interesada. Se trata de resaltar el argumento que constantemente se usa: el "doble rasero" de Occidente, la "hipocresía" de los medios occidentales, etc. Todas estas expresiones salpican las redes y los foros de los periódicos, los artículos de opinión, etc. Se trata de crear un malestar creciente en los que se quiere manipular a través de estas reclamaciones frente a supuestos agravios.

El proceso de adscripción del terrorismo empieza por la definición del grupo muchas veces antes que el acto en sí. Primero se define al grupo como terrorista y luego se consideran así sus acciones. Egipto, por ejemplo, ha usado este recurso con profusión y exceso desde el momento en que declaró "grupo terrorista" a los Hermanos Musulmanes. Desde ese principio de denominación salen en cadena las demás consideraciones: simpatizantes, pertenencia, apoyo... a grupo terrorista. El terrorismo comienza con un acto nominal, un bautismo. El gobierno islamista de Morsi nombró gobernador de Luxor a un terrorista que había atentado contra turistas en aquella misma zona. Le debió parecer que era un mérito.

En el otro extremo, al establecerse las posibles enfermedades mentales (depresión, etc.) del copiloto alemán, las voces que se levantan ahora son las que tratan de evitar que se "estigmaticen", como ya han señalado algunos medios. France 24, por ejemplo, ya ha realizado algún debate sobre esta cuestión, señalando: "Web users condemn newspaper stigmatisation of depression after allegations crash pilot Andreas Lubitz hid his medical treatment from his employers."* El problema se amplía, como vemos, a otras comunidades de afectados por las generalizaciones.
Quizá estamos poco mentalizados para afinar los sentidos de las palabras que aplicamos a situaciones llenas de matices, cambiantes. Los medios están cayendo en errores de bulto a la hora de etiquetar muchos fenómenos. Lo señalamos aquí, por ejemplo, con los españoles que fueron a "luchar" a Ucrania y a los que no se etiquetó de la misma manera que si fueran a "luchar" a Siria. De hecho habían sido objeto de admirados reportajes como luchadores idealistas por parte de algunos medios cuando se fueron.  Eran "brigadistas internacionales", campeones de la libertad. Son errores que se pagan caros.


Quizá la queja sobre el doble rasero en la catástrofe aérea sea infundada en este caso, pero no lo es en otros muchos en los que usamos criterios y categorías poco adecuados para un mundo de información global, en el que hay que tener cuidado con las etiquetas y medir mucho el lenguaje y la manera de informar.


* "Anger at mental health stigmatisation after crash allegations" France 24 27/03/2015  http://www.france24.com/en/mediawatch/20152703-2015-27-03-2044-germanwings-plane-crash-depression-mental-health-controversy/


martes, 24 de enero de 2012

Los nombres de las cosas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
The New York Times nos cuenta la gran preocupación que existe en los Estados Unidos por la modificación de la definición de “autismo”*. Señalan que los cambios propuestos en el término no incluirán a muchos pacientes que antes lo estaban, y eso significa que dejarán de recibir fondos o ayudas para sus tratamientos. Casi una cuarta parte de los casos que quedaron bajo la denominación de “autismo” en la anterior revisión del término, realizada en 1993, se quedaría fuera con la nueva formulación. Y eso son muchas personas… y mucho menos dinero, claro.  Mark Roithmayr, presidente de la asociación “Autism Speaks”, ha señalado esta circunstancia asistencial: “We need to carefully monitor the impact of these diagnostic changes on access to services and ensure that no one is being denied the services they need”. El diagnostico pasa a estar supeditado a una serie de criterios que se deben cumplir. “Autista” solo podrá ser llamado aquel que cumpla los nuevos criterios de la definición modificada. Antes lo eras; ya no. Tú sigues siendo el mismo, con el mismo problema, pero ahora el problema se llama de otra manera y te envían a otro sitio, con otros derechos asistenciales distintos a los que tenías. Ahora ser “autista” es otra cosa.

El hecho de que alguien te incluya en un lugar o en otro no te alivia directamente —sigues teniendo el mismo problema—, pero sí afecta profundamente a quién te puede atender, cuánto  te van a dedicar, a qué tienes derecho. Una ligera variación, por ejemplo, en la definición de qué es “tener sobrepeso” y qué padecer “obesidad”, significa que te puedas acceder a especialistas en el sistema sanitario o que te tengas que buscar la vida por tu cuenta.
Los astrónomos se enfrentaron en 2006 a un problema definitorio importante: qué es un “planeta”. Pensamos que las cosas están claras y que por eso nos las enseñan en las escuelas, pero eso no es más que el velo de seguridad que nos hace dormir confiados sin que nos piquen los mosquitos de la inquietud permanente. Al cambiar la definición de “planeta” en 2006, les entraron nuevos objetos que cumplían la definición y se les escapaban otros que dejaban de cumplirla. Plutón quedó fuera y la comunidad científica debatió entonces sobre si había que hablar de “plutones” o de “objetos plutonianos”. La nueva definición cambiaba otras y obligaba a redefinir en cadena. Hay que tener cuidado con lo que se cambia.



Redefinir es cambiar el mapa de la “realidad”. Afecta profundamente a nuestro trato con ella, porque son los mapas los que utilizamos para orientarnos social y culturalmente. Ese mapa contiene, además valoraciones, establece juicios de valor sobre el mundo en que nos movemos. El mundo está organizado por nuestras decisiones nominales y las redes que se establecen entre ellas. Tejemos vínculos y asociamos, positiva o negativamente, unas cosas con otras creando a veces guetos de palabras que crean guetos de personas o cualquier otra cosa que clasifiquemos.

Siempre me llamó la atención el término “malas hierbas” aplicado a la naturaleza. Desde una perspectiva natural, no hay malas hierbas, ya que todas compiten selectivamente por lo mismo, por los recursos disponibles. Las llamamos “malas hierbas” y arrancamos porque perjudican a nuestros planes. Ellas, pobrecitas, hacen lo que todas, pero a nosotros nos perjudican. De la naturaleza vegetal, pasamos a aplicar el término a personas a las al meter en esa etiqueta ya hemos juzgando y, si nos dejan, arrancamos de donde están.

En términos sociales, aplicamos la idea de “malas hierbas”. La China comunista de la Revolución Cultural consideró la homosexualidad como una perversión capitalista —puede verse la magnífica película de David Cronenberg “M Butterfly” (1993)— y como tal la persiguió, como un “delito”. Tras la Revolución cultural, se relajó la persecución hasta que fue despenalizada en 1997. Pero, aunque ya no era “delito”, sí se mantuvo en la lista de “enfermedades mentales”. Se pasaba de la cárcel al hospital, que es donde las dictaduras y regímenes autoritarios mandan muchas veces a las personas cuyo comportamiento o ideas no les gustan. Finalmente desapareció de la lista oficial de desórdenes y enfermedades mentales en 2001. Sin embargo, se mantienen duras restricciones, por ejemplo, en el tratamiento de la homosexualidad en el cine, por lo que se explica que las películas del oscarizado director chino Ang Lee —Brokeback Mountain o El banquete de boda, entre otras— solo se puedan ver extraoficialmente en su país, como ocurre con cualquier otra película que trate cuestiones relacionadas con la homosexualidad. Ha dejado de ser "delito" o "enfermedad", pero ha entrado en otras categorías, en las de "lo censurado".

Continuamente estamos estableciendo clasificaciones, grupos, categorías sobre la realidad, que a su vez es el resultado de todo ello. Algunas cosas, situaciones o personas pueden ser desprovistas de su derecho a existir nominalmente y las condenamos a la invisibilidad. Son, decimos, borradas del mapa. Hablamos de poner etiquetas a las personas o de etiquetar y mediante este acto decidimos una parte importante de su situación, de sus derechos, de su posición y cómo debemos verlos socialmente. Nunca es un acto ingenuo ni irrelevante. La etiqueta que ponemos es el resultado de operaciones culturales difíciles de controlar porque responden muchas veces a desfases, a mentalidades que no cambian y no quieren cambiar. Existe una gran guerra semántica y clasificatoria a nuestro alrededor y en nuestras propias mentes, aunque no nos demos cuenta: la Gran Guerra del Etiquetado.
Por todo esto, ya sea por sus efectos económicos, sanitarios, penales, políticos, etc., la definiciones y las clasificaciones son importantes y tienen un efecto real sobre nuestras vidas. Merece la pena revisar de vez en cuando los términos que usamos para referirnos a cosas o personas y saber que la expresión “llamar a las cosas por su nombre” suele esconder un deseo de control que se justifica en una concepción ingenua del diccionario. Las cosas no tienen nombre, sino que somos nosotros quienes se lo ponemos y encerramos dentro, como en cárceles, a muchos sin que pueden hacer nada por resistirse.

* "New Definition of Autism Will Exclude Many, Study Suggests" The New Yok Times 18/01/2012 http://www.nytimes.com/2012/01/20/health/research/new-autism-definition-would-exclude-many-study-suggests.html?_r=1&ref=science