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domingo, 22 de diciembre de 2013

La constitución egipcia y las mujeres

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La nueva constitución egipcia continúa su camino hasta enero, fecha en que está convocado el referéndum, un recorrido que no estará a salvo de problemas internos y externos. Los islamistas, desplazados del gobierno, mantendrán sus apoyos a la constitución enmendada tratando de restar legitimidad al proceso en sí y evitar, especialmente, que pueda ser entendido exteriormente como un acto de normalización de la vida egipcia, aunque creo que los propios egipcios han perdido ya el sentido de lo que sea la normalidad. Tendrán que crearla, casi como una novedad.
Sería ingenuo pensar que la aprobación de la constitución enmendada vaya a solucionar los problemas egipcios, que son muchos, pero sí que puede ampliar derechos en aquellos campos en los que la constitución islamista, aprobada sin acuerdo con la oposición —que se acabó retirando—, los recortó o redefinió según su visión e intereses. En este nuevo proyecto constitucional, que cambia aspectos esenciales del anterior, se han sumado más voluntades y diferencias ideológicas, por lo que el apoyo será previsiblemente mayor. Algunas instituciones internacionales ya han señalado que la constitución tiene sus limitaciones y defectos, pero que en cualquier caso es una mejora respecto a la islamista de 2012 en cuanto a los derechos individuales.
Especialmente importante para Egipto es la cuestión femenina, sobre todo después de que se haya publicado un informe internacional, la encuesta de Thompson Reuters, considerándolo como el "peor país" para los derechos de las mujeres, para sorpresa de muchos egipcios [ver entrada: Esa eres tú, ¿qué te pensabas?]. Las libertades para las mujeres destruyen las familias y destruyen el país, ese era el argumento islamista tradicional y la mentalidad tras la constitución. El feminismo es cosa de extranjeros, su brazo armado dentro de las familias, y los extranjeros siempre quieren el mal para Egipto, es otro de sus razonamientos, extensivo por supuesto a todo lo que pueda ser considerado como no islámico, que es, lógicamente, nada egipcio.



La constitución nacerá con la falta de un acuerdo político con el islamismo —aunque los del partido Nour, salafistas, han pedido el "sí" en contra de otros grupos salafistas—, por lo que necesitará un amplísimo refrendo para poder acallar las voces en contra y sobre todo la violencia en las calles. Aún así, se ha conseguido un acuerdo mucho más amplio que el reflejado en la constitución anterior, que imponía un modelo al resto de la sociedad, le gustará o no. Lo que hizo saltar a la sociedad egipcia y salir a las calles contra el gobierno de Morsi fue la indignación provocada por las imposiciones y censuras a un pueblo que pretendía tener más libertades, no restringirlas. La historia del "año Morsi" está ahí, se puede consultar en las hemerotecas, como un ejemplo de soberbia política y religiosa, de falta de convivencia y ansias de poder.

No es fácil improvisar una clase política que sea lúcida en sus ideas, generosa en sus esfuerzos y abierta a la convivencia. Ni en Egipto ni en ningún sitio. Si en las democracias vivimos momentos oscuros —que nos hacen avergonzarnos diariamente— por la penetración de los intereses privados y el mangoneo de lo público, en aquellos otros lugares en los que se intenta salir de los modelos autoritarios y dictatoriales, que adoctrinaron en la intransigencia y en el abuso, es muy difícil formar una clase política honesta y diligente.
La mejor manera es acudir a aquellos que menos tuvieron que ver en los negocios sucios, a los que estuvieron más alejados de los centros de poder y corrupción, a los que estaban en el día a día de la resistencia idealista. Y eso tiene un nombre: mujeres.
Leo en el diario Egypt Independent (Al-Masry Al-Youm) que se ha solicitado desde la presidencia interina el voto de las mujeres para la nueva constitución reformada. La escritora y activista Sekeena Fouad, actual asesora presidencial para Asuntos de la Mujer, ha pedido a las mujeres que acudan a votar la Constitución:

“Every Egyptian woman keen on stability of her country and bright future for its sons should take part in the referendum and realize importance of her vote and participation to stop the bloodshed and plots to divide Egyptians. Parliamentary and presidential elections should follow to fulfill demands of Egyptians with women, the most important on top.”*


En este llamamiento se percibe precisamente esa necesidad de participación masiva que pueda servir de freno al conflicto o al menos reducir sus proporciones para poder descansar del agotador proceso que comenzó con la revolución en enero de 2011, auténtico camino de espinas para la sociedad egipcia desde entonces. Es difícil hacerse a la idea de ese interminable estado intermedio, de ese limbo doloroso que está arruinando la economía del país, privándolo de paz y recursos, y que está destruyendo la cohesión interna favoreciendo las divisiones y conflictos diarios.

El papel de las mujeres es esencial en este proceso de pacificación y normalización sociales. Es la gran fuerza en la que se medirán los avances reales del país. La mujer egipcia es una energía creativa que todos necesitan y muchos temen. Ayer citábamos a la socióloga marroquí Fátima Mernissi y hoy volvemos a hacerlo. Después de asombrarse del gran número de profesoras que había en la universidad egipcia durante los años 70 y 80, Mernissi escribió a principios de la década de los noventa, hace más de 20 años:

El integrismo nació en Egipto al mismo tiempo que el feminismo, y desde entonces siguen viajando juntos. Para una magrebí como yo, cuya madre es analfabeta, asistir a una conferencia en Egipto es siempre una sorpresa renovada: la voz cantante del feminismo no la llevan jovencitas con minifalda, sino mujeres de la edad de nuestras abuelas, con el cabello cano y la voz trémula, pero cuyos discursos son vitriolo puro. Las jam'iat Ijawan al Muslimin, Asociaciones de Hermanos Musulmanes, vieron la luz en los años 1928-1936. La feminista egipcia Hada Sha'raui era en aquel momento, entre 1923 y 1947, fecha de su muerte, la líder de uno de los movimientos feministas más radicales del mundo, incluso según los criterios actuales. En 1920, las egipcias habían creado ya una sección importante en el seno del partido Wafd y ganado el respeto de gran parte de la opinión. El ensañamiento de los integristas contra las feministas en el mundo árabe es debido a que ambos grupos han sacado partido de la educación moderna, los hombres del medio rural y de las clases modestas, y las mujeres urbanas de clase media y superior; constituyen las dos alas de la nueva clase media, que vio la luz en las últimas décadas y se benefició, entre otras cosas, de la enseñanza gratuita pagada por el Estado. La lucha entre ellos es natural, es una de las formas de la lucha de clases en un mundo árabe extraordinariamente dinámico. Sus intereses son divergentes, y cada cual lucha por imponer su visión. La desigualdad radica en que los integristas cuentan con la complicidad de los Estados, mientras que las mujeres luchan en solitario, sin protección alguna, ni siquiera divina. (264-265)**


El párrafo de Mernissi permite entender algunas cosas e intuir muchas otras. Pasados veinte años desde que fue escrito, muchas de esas luchadoras feministas, de pelo cano y discurso encendido, han desaparecido y han sido sustituidas por otros grupos que comienzan a recuperar esa actitud luchadora al ver que la constitución islamista enmendada ahora les hacía desaparecer derechos que al menos estaban recogidos en el papel aunque el avance del islamismo social los fuera recortando en la calle mediante prácticas disuasorias o intimidatorias. No era casual que las luchadoras fueran en esos años ya mujeres mayores; la renovación se había detenido; el islamismo avanzaba lentamente, disfrazado de tradicionalismo familiar, señalando los problemas de esas peligrosas mujeres capaces de enfrentarse por sus derechos. Era mejor llamarlas ateas y occidentales, para espantar a las nuevas generaciones.


No creo que lo señalado por Fátima Mernissi sea una exageración. Creo que efectivamente, los islamistas han visto siempre como sus enemigos peligrosos a las personas que luchaban por los derechos de las mujeres, que es una lucha muy diferente a la lucha por el poder, que es la que caracteriza a la política, pública o desarrollada en los despachos. La historia de compadreos entre los Hermanos Musulmanes y el Ejército es una constante en la historia egipcia. Sin embargo, las feministas no han tenido ese comportamiento y la revolución nasserista pronto se dio cuenta de que los derechos que les pedían iban en serio. La deriva autoritaria era masculina, como masculina es la mentalidad militar y como lo es también la de la Hermandad. Por eso se han entendido cuando lo han creído necesario o se han enfrentado cuando no han tenido más remedio. Si aquella revolución hubiera avanzado realmente en los derechos femeninos, probablemente el destino de Egipto hubiera sido otro.
Egipto necesita a sus mujeres, no retóricamente, sino allí donde puedan dar lo mejor que puedan, decidiendo por ellas mismas que es lo que deben dar. La lucha que comenzó en los años 20 la deben ganar ellas.

* "President calls on women to take part in referendum on constitution" Egypt Independt (Al-Masry A-Youm) 21/12/2013
http://www.egyptindependent.com//news/president-calls-women-take-part-referendum-constitution

** Fátima Mernissi (2007) El miedo a la modernidad: Islam y democracia. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Sevilla.





sábado, 21 de diciembre de 2013

Tiempo y doble contabilidad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Leo en el diario El Mundo de hoy la entrevista con el filósofo francés Michel Serres*, con motivo de la publicación de la segunda parte de su obra Pulgarcita. Ese es el nombre que le da a la nueva generación, representada por una mujer joven y moviendo a gran velocidad sus "pulgares" sobre la pantalla de un "smartphone".
Nunca he creído demasiado en la idea de las generaciones, fabricaciones artificiales que aíslan fenómenos sociales mientras que olvidan otros. El espacio no es uno por efecto precisamente de nuestro tiempo cultural. Habitualmente se distingue entre el tiempo cósmico —el del universo—, el tiempo cronológico —el que nos marca la Historia— y nuestra percepción del tiempo o duración, un forma psíquica de administrar y sentir de forma variable cada uno de nosotros el paso del tiempo.

El "tiempo cósmico" es cosa de los científicos y nuestras mentes difícilmente pueden manejar sus medidas. Ya es nuestro, en cambio, el tiempo de la Historia, el que manejamos como exterior a nosotros mismos y al que le damos la objetividad del calendario. Sin embargo, ese calendario no es neutral, sino el resultado del predominio cultural de unos sobre otros. La socióloga y ensayista marroquí Fátima Mernissi** —Premio Príncipe de Asturias—, por ejemplo, señaló la especie de humillación, de interiorización del fracaso histórico, que supone para el mundo islámico que nuestro tiempo se mida conforme al calendario cristiano, que es el que manejamos en Occidente y se ha extendido. El islam tiene su propio calendario, su forma de llevar la cuenta desde acontecimientos que cada cultura fija en función de su relevancia y que se acaba exportando si hay poder para ello. Cuando lo tuvo, también lo ejerció.
La necesidad de sincronización universal es una de esas cuestiones que se dan por hechas, acabando por aparecer como "naturales" —a usted y a mí nos parece natural que dentro de unos días despidamos 2013 y demos la bienvenida a 2014—, sin embargo no hay nada de natural en ello, sino, por el contrario, unas grandes dosis de cultura, de avances científicos que lo posibiliten y de fuerza que lo sostenga. Cultura, conocimiento y poder dan como resultado que nosotros celebremos esa fecha y hagamos avanzar el calendario. Como sabemos, el año nuevo chino llegará más tarde, o dentro del mismo mundo cristiano existen diferencias en algunas fechas, que son precisamente formas de mantener identidad y diferencia simultáneamente.


Hemos olvidado (o no se explica) que la creación de calendarios ha sido la forma de mantener una identidad histórica de las comunidades y una referencia estable que nos permita situar los momentos, contar los plazos, etc. Durante siglos cada comunidad tenía su forma de organizar el tiempo histórico conforme a sus acontecimientos relevantes. Son los intercambios fuera de la propia comunidad, el comercio, el que obliga a unificar fechas de plazos, a establecer equivalencias para cumplir compromisos y plazos.
Aunque nos podamos referir a elementos estables como los ciclos lunares para los meses o los anuales de la tierra para los años, eso no evita la asignación de un comienzo, de un principio significativo para empezar a contar. Y es aquí donde comienzan las discrepancias, a veces muy graves y conflictivas. El calendario puede convertirse en transparente —olvidarnos de su origen y darlo por hecho— o en un recordatorio de la incapacidad de imponer el tuyo a los demás, porque, en el fondo, ninguno es natural, sino el resultado de una decisión política, religiosa o de ambas.


En la idea de las generaciones se esconden algunas otras que no he acabado de comprender, pero con la que se tratan de representar fracturas en la Historia, el segundo de los tiempos. Una nueva generación supone, nos dicen, un nuevo tiempo. Representar "nuestro tiempo" a través de una "joven que maneja los pulgares con rapidez sobre una pantalla" me parece una gran simplificación. Eso nos convierte a muchos otros en la "generación del índice", que es el dedo que solemos utilizar —porque es el que tenemos más históricamente entrenado— para escribir en los teléfonos y ordenadores táctiles. Es el dedo de los teléfonos de disco y de la máquina de escribir, dedo de otra época. Eso explica que mientras que yo escribo una línea, mis interlocutores de entre veinte y treinta años escriben cinco, cosa que en efecto ocurre para mi desesperación porque cuando yo estoy contestando a lo que me escribieron, ellos ya me han mandado cinco cuestiones más. Este desfase en las velocidades, puede ser tomado como un signo de los tiempos, que somos esclavos de la velocidad del dedo que cada generación eligió, pero para mí lo que muestra es que existen dos o más generaciones con una necesidad imperiosa de sincronizarse, de compatibilizar la velocidad de sus dedos.


El aumento de la velocidad de los pulgares, además, no nos puede hacer olvidar que el dedo "mandón", el que señala, sigue siendo el índice. Por muy lento que sea sobre una pantalla, sigue siendo el que marca la dirección del mundo. Los que dictaban —los dictadores— no necesitaban demasiado el dedo, todo lo más como en el circo romano, para indicar el destino final de los demás. En el fondo, el poder no está en la velocidad del dedo, sino en la importancia de los contactos.
Responde Serres a una de las preguntas en la entrevista:

Nuestras instituciones han sido creadas en un mundo que ya no existe. Nuestras políticas también. La última campaña electoral en Francia ha sido una campaña de prostáticos. No entiendo cómo la generación Pulgarcita abordará la política. Pero está claro que el actual sistema fue inventado antes de la revolución tecnológica y se ha quedado anticuado en muchos aspectos. Así que los jóvenes tendrán que reinventarlo todo y crear una democracia nueva y más participativa.*


Todas las instituciones han sido creadas en mundos que ya no existen. Pero son también las instituciones las que hacen al mundo y no solo el mundo a las instituciones. El problema es cuando los hombres no se identifican con las instituciones ni las instituciones con los hombres porque ya no hay sincronía ni sintonía. Es cierto que la tecnología ha cambiado nuestra percepción del mundo porque ha cambiado el mundo mismo, pero no soy tan fácilmente optimista como Serres en ese "tendrán". Los problemas del mundo van más allá de lo generacional. La idea de que el mundo es de la generación que llega es relativamente nueva y bastante irreal. En el mundo estamos todos y es responsabilidad de todos. Es la aceleración histórica—El shock del futuro, como señaló Toffler— lo que nos hace percibirnos como okupas y desclasados temporales. Toffler también advirtió también, en los 60, de que el mundo futuro estaría dividido por edades antes que por clases. En muchos aspectos lo está, pero no en todos ni en los esenciales.

En muchas sociedades, el peso lo tendrán las personas mayores por el creciente envejecimiento de la población. ¿Deben ser pasivos ante los cambios o exigirán, por su número, una sociedad a su medida? En otras sociedades, en que han experimentado una explosión demográfica, tenemos el ejemplo de lo ocurrido en las "primaveras árabes". Han sido los jóvenes los que han provocado el cambio con sus protestas, pero han sido mayoritariamente las fuerzas tradicionales —la generación prostática, por usar el término de Serres— quienes sigue manteniendo poder y control. Su papel ha sido esencial, pero han movido el árbol y otros han aprovechado para llevarse sus nueces. Algunas de las revoluciones que hemos visto hoy se oponían a las revoluciones de los jóvenes de antaño, hoy ya vejestorios, que una vez llegados al poder no soltaron su presa o se la pasaron a otros jóvenes, sí, pero sus hijos, como el caso de Al-Asad o el intento de Mubarak. Hay jóvenes para todo y es fácil vender juventud.
Personalizar en los más jóvenes el avance del mundo es, además, un gran error y cierta hipocresía porque se va ampliando su dependencia de los mayores y se prolonga la juventud hasta los treinta años o más para camuflar esa dependencia. Cuando esa joven de pulgares rápidos de la que nos habla Serres tome posesión del mundo y decida sobre su destino, tendrá ya mechas que tapen sus canas. Puede que —si tiene suerte— entre en el cupo de jóvenes, de caras nuevas, que los adultos seleccionan para mostrar lo abierto que está todo, pero no será relevante estadísticamente. El mundo no es de los jóvenes —a la publicidad le gusta repetirlo porque es rentable—  y aquí la semántica echa una mano a los que controlan el diccionario, que tampoco suelen ser muy jóvenes.


La joven "Pulgarcita" además pertenece a una región del mundo en la que es posible manejar un teléfono inteligente o quizá sea una de las privilegiadas dentro de una minoría despótica que disfruta de la modernidad tecnológica mientras que aplica el medievalismo riguroso a sus compatriotas en una odiosa dictadura política o religiosa. ¿Cómo pasa el tiempo dentro de un burka? ¿Igual que dentro de una escafandra espacial?
Tendemos a considerar el tiempo histórico de forma compartida —todos estamos en 2013— y eso es falso, pues más allá del problema de los inicios que ante señalábamos, el del punto desde el que se empieza a contar, está el grado diferente de desarrollo de los distintos lugares del mundo. No es lo mismo hablar del siglo XXI en un ático de Manhattan que en una tienda de campaña en Yemen. Aceptamos que el calendario nos engañe pero deshumanizamos el tiempo; lo usamos para escribir la Historia, pero la falseamos con esa unanimidad de la fecha.

A los tres tiempos antes señalados, que se centran en las cifras los dos primeros y en la subjetividad el tercero, el psicológico de la duración, debería existir alguna forma de medir doble, de recoger el momento del conjunto y el estimado por su desarrollo, un tiempo con diferencias. De esa forma tendríamos una valoración más precisa de las diferencias que mantenemos unos respecto a otros, una conciencia de la irregularidad del progreso. Esas cifras que a los economistas le gusta manejar en ocasiones cuando hablan de "retrocesos" o "saltos", trasladarlas realmente a un calendario matizado. Podría mostrarse la fecha de un país como "2013 (2005)", por ejemplo, si se ha producido un retroceso en la economía del conjunto de esa sociedad, un empobrecimiento, una pérdida de ocho años. Un país que no avanzara, se quedaría con una fecha estable un año tras otro, anclado por su debilidad de crecimiento o la mala gestión de sus responsables.
No hay porque centrarse exclusivamente en la economía, claro. También podría elaborarse esta forma doble de medir el tiempo para los derechos cívicos, reflejando cuando se produzca una parálisis o un retroceso. Incluso para la cultura se podría establecer esa doble contabilidad partiendo de los datos sobre lectura, comprensión de los textos, conocimiento de la historia, la filosofía, etc.
Esta doble contabilidad temporal mostraría que frente a la rotundidad artificial del calendario, existen muchas diferencias entre los países, incluso en su interior. No todos vivimos en el mismo tiempo, por más que el calendario lo muestre. Las diferencias pueden ser pequeñas, pero en algunos casos no lo son y representan abismos en ciertos campos.
No sería fácil establecer esa segunda fecha, ese año cualitativo que se juntara al meramente indicativo, al común. Se disputaría mucho sobre la contabilidad; los políticos estarían siempre discutiendo sobre fechas y herencias, dejadas o recibidas, pero eso no sería una novedad. Si se fabrican índices anuales de "transparencia", de "derechos", de "educación", etc. seguro que a alguien se le ocurre alguna forma de unirlos y traducirlos a fechas relativas que restituyan las diferencias existentes entre diversos momentos de un mismo país y de unos respecto a los otros. Sería una especie de relatividad en el que las fechas serían ciertas dentro de su propio sistema.


Así cuando preguntáramos en qué año estamos, podríamos contestar que en 2014, pero en economía como en "2001", en derechos como en "1982", puede que estemos en "2005" en educación, en cultura como "1972", en convivencia como en "1492", etc. Habrá países en los que las diferencias podrían ser centenarias y encontrarse con las mismas libertades que hace diez siglos o con las mismas cifras de analfabetismo que doscientos años. Aunque lo diga con cierta ironía, lo cierto es que no estaría nada mal un sistema así.
Estamos sobre un mismo planeta, pero con grandes diversidades, por lo que el calendario se convierte en una forma de sincronización global. Lo que no está sincronizado es nuestro desarrollo, con avances y retrocesos, con grandes diferencias en muchos caminos. No sé si algún día llegaremos todos a vivir además de en el mismo planeta, en el mismo tiempo.


* "Michel Serres: 'Nuestras instituciones han sido creadas en un mundo que ya no existe" (entrevista). El Mundo 21/12/2013 http://www.elmundo.es/espana/2013/12/21/52b4e6c022601db6358b4584.html?a=01c2551d75ad0ca35be71c84bddf5844&t=1387614545
** Fátima Mernissi (2007) El miedo a la modernidad: Islam y democracia. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Sevilla.