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viernes, 1 de marzo de 2013

Esto no es Argo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La transformación pudorosa del vestido de Michelle Obama en la entrega de los premios de la Academia por parte de algún tembloroso artista del retoque fotográfico, que con delicadeza habría seleccionado la textura a juego para cubrir hombros y brazos, es un detalle más que añadir a la rocambolesca historia de la manipulación de la que da cuenta la propia película. Es la acumulación de una prueba más de lo inexistente.
Si hablábamos en otro lugar [ver Licencias históricas, licencias poéticas] de la necesidad de acumular "marcas de veracidad" para crear algo "veraz", que es por su esencia y presencia "signo", la fotografía de Michelle es una extraordinaria muestra de que la manipulación es la esencia de los regímenes que pregonan la "verdad", en la medida en que una mayor manifestación de ella requiere una mayor cantidad de discursos que la avalen. Siempre se domina en nombre de "la verdad". 
Eso que llamamos la "verdad" no es tanto "lo verdadero", sino su traducción a discurso; la "verdad" es afirmación sobre algo. Y esa "verdad" se organiza formando series de discursos, que se avalan y respaldan unos a otros, como garantes de que efectivamente todo es como se dice. "Argo" es la película sobre una película que nunca existió, pero que necesitaba de avales para que algunos creyeran en su existencia. "Argo" es el "esto no es una pipa" en sentido inverso: «Esto es 'Argo'». El cuadro de Magritte es el equivalente al Teorema de Gödel para los discursos de cualquier tipo.


La fotografía manipulada puede ser titulada —y así debería ser— "Esta es Michelle Obama" en el mismo sentido paradójico que el cuadro de Magritte. Donde el pintor quería dejar en evidencia los mecanismos de la representación, el discurso que pretende hacernos pasar por "realidad" lo que no es más que representación se muestra afirmativo. 
La Michelle fotográfica es signo, un elemento mediador que revela y oculta. Decía el filósofo contestatario Paul Feyerabend en una obra recientemente recuperada al hablar de los mitos y las representaciones: "[...] un retrato revela tanto los conocimientos y el temperamento del pintor como el temperamento y el carácter de la persona retratada" (91)*. La fotografía con la "tela ampliada" revela, en este caso, la mano y la mente que la guía. Revela además que esa imagen se verá en unas condiciones y, solo en ellas, por aquellos a quienes está destinada, que también se reflejan en ese signo modificado. La imagen se hace para ser vista e implica una regulación, unas condiciones prefijadas para su recepción, su censura.


Se nos muestra así su consideración de lo "perverso", representado por "Michelle Obama" y también su consideración de lo "permisible", de lo que puede ser visto por aquellos que son 'propiedad' responsable, el pueblo iraní. La idea misma de un "guía supremo" implica precisamente una constante y rígida regulación receptiva.


La fotografía, además, es ilustración de esa "verdad" argumentada, sostenida sobre las evidencias acumuladas. Si otra mujer, no Michelle Obama, hubiera presentado el premio, probablemente no se habría mostrado su imagen; no aportaba nada. Sin embargo, la necesidad de "retocar" la imagen de la mujer del presidente de los Estados Unidos —su urgencia— viene determinada porque es la "pieza", una especie de "bosón de Higgs", que complementa y verifica la "verdad" formulada pendiente de comprobación empírica. Con la foto todo queda "confirmado": Argo es una conspiración política contra el pueblo iraní; la presencia de Michelle lo confirma.
Nos dice el diario El País:

“Esta película anti-iraní carece de valor artístico”, ha declarado el ministro de Cultura y Orientación Islámica, Mohamed Hoseini, citado por la agencia oficial IRNA. Según este responsable iraní, Argo “ha sido elegida para el principal galardón gracias a una campaña generalizada de financiación y publicidad (…) destinada a llamar la atención del mundo entero”.
Para la televisión iraní, la 85ª ceremonia de los Oscar ha sido “la más política de todos los tiempos”. La información sobre los premios acusó a Ben Affleck, el director y protagonista de Argo, de haberse especializado en “la exageración” y le reprochó “sacar las cosas de quicio y crear escenas falsas”.**


Todo encaja. Por eso la pretensión de una Historia "objetiva", que pudiera "satisfacer" a todos, es de una pasmosa ingenuidad que nos llevaría a la paradoja de que la única objetividad posible del discurso histórico se produciría si nadie lo "leyera". Es requisito, desgraciadamente, que "alguien" la escriba y esa es su limitación, su maldición del origen. ¿Es la 'Historia' imposible? Sí y no. Cualquier intento de comprensión queda limitado por la reducción de complejidad que es su traducción "documental" (la Historia trabaja con documentos y testimonios); el documento es siempre "parcial" en los dos sentidos de la palabra: es solo una 'parte' de lo que ocurrió y ha sido recogido, seleccionado, por una 'parte' con una intención determinada. Podemos pensar que la función histórica es otra y que solo recientemente se ha planteado críticamente su posibilidad. La Historia se hace para ser creída y aceptada. Puede no serlo y ser denunciada y rechazada. Por eso la Historia se reescribe; no solo por ser de naturaleza incompleta, sino porque cambian las condiciones de quienes la reciben. ¿Qué 'Historia' es posible? Aquella en la que hay acuerdo y mientras lo haya.


Un ejemplo más. La iraní Azar Nafisi, la autora de la magnífica Leer Lolita en Teherán, escribió en su obra biográfica Cosas que he callado*** (interesante título, por cierto, para lo que estamos considerando aquí) una ejemplar "historia" relacionada con otra foto, esta vez con la estancia del Shah en USA:

La Confederación de Estudiantes Iraníes preparó enormes manifestaciones en Washington, D.C., para el 15 de noviembre de 1977, durante la visita de estado del Shah a Estados Unidos. Bijan, que acababa de regresar de Francia, viajó directamente a Washington y yo me reuní allí con él. Casi dos mil estudiantes se congregaron cerca del jardín de la Casa Blanca, sus voces ahogadas por nuestras consignas: Muerte al Shah; los agentes de la CIA, los asesores de Estados Unidos fuera de Irán; Irán el próximo Vietnam; Estados Unidos fuera de Irán.
Al día siguiente The Washington Post publicó la famosa fotografía del Shah y Carter en el jardín de la Casa Blanca. Los gases lacrimógenos se habían extendido hasta el jardín y el Shah, inclinando la cabeza con un pañuelo en los ojos parecía estar llorando. (256-257)



La teoría de la conspiración anti-iraní con Michelle Obama como cabeza visible prosperará, claro; entrará a formar parte de la historia alternativa a la "corriente principal". En Irán, por supuesto, es la "historia oficial" y este incidente, como han señalado, ha servido para "hundir el prestigio de Hollywood", interesante expresión viniendo del régimen iraní en el prácticamente no se ven las películas norteamericanas, ya sea por escotes, alcohol o ideas.

Quizá, dentro de veinte o treinta años, aparecerá una historia "desclasificada" que cuente cómo se montó toda la operación: cómo el 'lobby judío' de Hollywood unió su fuerzas para conseguir los votos necesarios para ganar el premio, cómo los guionistas infiltrados de la gala consiguieron convencer a los productores de que era la Primera Dama quien debía dar el premio, y cómo se reunieron en la Casa Blanca con los agentes de la CIA que debían montar la operación con el consentimiento y supervisión en la fase final del Presidente, etc.
Y quizá Hollywood haga una película sobre ello: Esto no es Argo.


* Paul Feyerabend (2013) Filosofía natural. Debate, Barcelona.
** "Irán critica que Michelle Obama entregara el Oscar a ‘Argo’" El País 26/02/2013 http://elpais.com/elpais/2013/02/26/gente/1361897820_510923.html
*** Azar Nafisi (2009) "Cosas que he callado". Duomo, Barcelona.









jueves, 30 de junio de 2011

Criaturas en los sueños de otro

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La profesora Amira Nowaira

La profesora Amira Nowaira, del Departamento de Inglés de la Universidad de Alejandría, publicó ayer en The Guardian un artículo* señalando cómo la libertad académica, al libertad de cátedra, estaba siendo condicionada por los que ella denomina los “autoproclamados guardianes de la moralidad pública”. La profesora Nowaira comenta en su texto la aparición en el semanario estatal Al-Akhbar de un artículo con el título “Enseñando homosexualidad en la Universidad de El Cairo”. El artículo que critica representa para ella un ataque “frenético” contra el Departamento de Inglés de la universidad cairota por haber incluido entre sus lecturas una historia corta que incluye una escena de lesbianismo. Para el furibundo censor, el cuento de Tanith Lee, “Nieve caída”, es “a crime in the full sense of the word”. Tanith Lee es una conocida autora de novelas muy populares en el mundo anglosajón, dedicada a los géneros fantásticos, góticos, ciencia-ficción, etc., tanto para adultos como para niños. No es lo que entenderíamos aquí precisamente como un peligro público.

Moll Flanders, de Daniel Defoe
La profesora Nowaira advierte que este tipo de ataques, en nombre de la moralidad, contra la libertad de cátedra no son nuevos. Ya se dirigieron hace un par de años contra la inclusión en los programas de inglés de la novela Moll Flanders, escrita por Daniel Defoe en 1722. La obra, un auténtico clásico, es una de las grandes aportaciones de la picaresca inglesa a la literatura universal y hace de una prostituta el centro de sus acciones. Esto también ofende a los censores bien pensantes que no ven nada ejemplar en mostrar la vida como lo hizo Defoe.
Hay algo terriblemente antiguo en estas pretensiones, algo de otra época. La lucha por el control del sentido del mundo es la más compleja de todas porque ser la que establece quién decide lo que está bien o mal, es bello o feo, pecado o virtud. Es una lucha profunda que solo aparece por casos aparentemente pequeños como este, que afecta a un libro incluido en la lista de las lecturas de clase de un curso. ¿Qué importa un libro u otro? Sin embargo es muy importante y no solo por la cuestión de la libertad de cátedra.

Si no han leído la obra de la iraní Azar Nafisi, Leer «Lolita» en Teherán, deberían hacerlo. Es un libro hermoso e inteligente sobre cómo la Literatura permite escapar del sinsentido del mundo creando un espacio de libertad interior, en este caso compartido, a una grupo de alumnas de estudios literarios. Anulada la libertad por la revolución de los ayatolas, la casa de Azar Nafisi se convirtió en el lugar en el que era posible, unas horas a la semana, poder ser quien se era o quien se deseaba ser frente a la imposición de los que se creen con derecho a decirnos quiénes y cómo somos o debemos ser.  Escribe Azar Nafisi:

Fuésemos quienes fuésemos, y sin que importara a qué religión pertenecíamos, ni si deseábamos o no llevar velo, ni si observábamos o no ciertas normas religiosas, nos habíamos convertido en criaturas en los sueños de otros. Un adusto ayatolá, un sedicente rey filósofo, había acabado gobernando nuestro país. Había llegado en nombre del pasado, de un pasado que le habían robado, según él. Y ahora quería recrearnos a imagen y semejanza de aquel pasado ilusorio. (48-49)**

La lucha en los países árabes va más allá de la lucha política tal como la entendemos en Occidente tras décadas acumuladas de democracias, más o menos, en cada uno de nuestros países. Lo que está en juego aquí es lo prepolítico, la definición del espacio en el que es posible desarrollar posteriormente la política. Este espacio es social y psíquico, son los límites del pensar y del obrar, de lo que es posible poner sobre una mesa para discutir.
Amira Nowaira se hace algunas preguntas más allá de la cuestión del texto. Se plantea, por ejemplo, si no será un ataque contra una Facultad que acaba de elegir, por primera vez, un decano democráticamente. Y, más allá, si no será porque ese primer decano electo democráticamente es una mujer. Los ataques al Departamento de Inglés serían la forma de manifestarse ese rechazo al conjunto, a la moral, a la democracia y a la mujer:

One wonders if a fabricated moral scandal is not being used to discredit a department that has a majority of women on its staff, including the head of department as well as the teacher of said course.*

La escritora Tanith Lee

Los elementos prepolíticos tienen un gran peso en la construcción de lo que ocurre cada día en Egipto. Los temas relacionados con la mujer serán cada vez más relevantes en la medida en que vayan accediendo a más y mejores puestos. La cuestión de la mujer es la auténtica prueba del funcionamiento del sistema porque revelará hasta qué punto el peso de lo patriarcal, en todos los órdenes, sigue controlando la vida social mediante los mecanismos de censura, de las campañas de escándalo, etc.
Como escribía bellamente Nafisi, la gente quiere dejar de ser el sueño de otro y comenzar a vivir sus propios sueños. Vivir en los sueños de otros es vivir en una pesadilla.


* Maira Nowaira: “A short story of academic  oppression in Egypt” Guardian.co.uk 29/06/2011 http://www.guardian.co.uk/commentisfree/libertycentral/2011/jun/29/academic-freedom-egypt

** Azar Nafisi (2003): Leer «Lolita» en Teherán. El Aleph Editores, Barcelona.



miércoles, 2 de marzo de 2011

Un pueblo sin cine

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Lo han resaltado diversos periodistas: Tobruk no tiene cine. A diferencia de otro tipo de dictaduras en las que la preocupación es lo que ocurre en la pantalla, a Gadafi lo que le preocupaba era el patio de butacas. El cine era un punto de reunión y al dictador no le gusta que la gente se reúna y comente. Los comentarios que le preocupaban, desde luego, no eran los de las películas proyectadas, sino los referidos a lo que ocurría fuera de las salas. Este matiz importante nos permite aventurar una clasificación de las dictaduras según prohíban las películas o los públicos.

Hay dictaduras que se obsesionan con los escotes, el largo de las faldas y las escenas de cama. Son paternalistas y tratan de proteger a sus espectadores de las malas influencias desde la pantalla. Pero en el caso de Gadafi con Tobruk es muy distinto: es una forma de protegerse el mismo dictador. Por utilizar la terminología mediática, Gadafi practicó en Tobruk la fragmentación de las audiencias. Aunque, más que fragmentarlas, las hizo desaparecer. Me gustaría estar en Tobruk el día en que se proyecte, tras muchos años, su primera película. Seguro que es una experiencia indescriptible.

En ocasiones, los dictadores centran su furor en el arte en sí, en la música, por ejemplo. Esto ocurrió en Afganistán, en donde tuvieron que crear un Instituto Nacional de Música tras la sequía musical (y de casi todo lo demás) que supuso la revolución de los talibanes, empeñados en la sordera pública. Ahora los niños asisten a escuelas de música y su aspiración es poder llegar a tener una orquesta nacional. A los puritanos ingleses, en el siglo XVII, les dio por prohibir el teatro, aunque la ópera no les parecía mal. Sutilezas censoras.

Azar Nafisi, en esa extraordinaria obra que es Leer «Lolita» en Teherán*, nos cuenta la siguiente circunstancia de lo que ocurrió en Irán:

“El director de la censura cinematográfica de Irán, hasta 1994, era ciego. Bueno, casi ciego. Antes había sido censor de teatro. Un amigo dramaturgo me contó en cierta ocasión que se sentaba en la butaca con unas gruesas gafas que parecían ocultar más de lo que dejaban ver. Un ayudante se sentaba a su lado y le explicaba lo que sucedía en escena, y él indicaba las partes que había que modificar”. (44)

Como se pueden imaginar, el ayudante no era el resultado de ningún programa de ayuda a personas discapacitadas visuales. El censor tenía poca vista, pero mucha imaginación. Nos cuenta Nafisi que posteriormente llegó a ser director del canal de televisión iraní y que pedía que le grabaran los guiones de los programas en casetes sobre los que manifestaba su opinión. Concluye la autora su relato con un apunte interesante: su sucesor en la dirección, que no tenía problemas de vista, siguió utilizando el método de la escucha en casetes. Esto revela la incongruencia de las dictaduras, el absurdo al que se llega en un sistema en el que no es posible cuestionar las cosas y el servilismo acrítico que produce. El sucesor del censor ciego no se planteó siquiera cambiar el método. Aunque él no lo supiera, estaba aquejado de la misma ceguera que su antecesor en el puesto.

Tobruk, la ciudad que aparecía en las películas bélicas de mi infancia, tendrá pronto un cine y la gente podrá ir, elegir la película que va ver y, gozosamente, comentarla a la salida mientras se toma un café o un refresco en sus calles. Después regresarán a sus casas y soñarán, sin que nadie se lo impida, con un futuro mejor.

* Azar Nafisi (2003): Leer «Lolita» en Teherán. El Aleph Editores, Barcelona.