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domingo, 28 de abril de 2024

La agenda y la vida

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Cada día aparecen múltiples problema a los que hay que ponerle nombre. Muchas veces tenían otros viejos antes; algunos son tan viejos como la humanidad misma y otros son adaptaciones a los tiempos actuales. Le llamamos con nombres que hacen las delicias de los medios, dando salto de los "técnicos" y "especialistas" al vulgo que se siente feliz con aprender este tipo de cuestiones. Saltan a la gente desde las declaraciones mediáticas de los llamados "expertos", aquellos que nos permiten creer que todo está controlado. Con un nombre nuevo, todo parece que está bajo control, que si tiene un término formará parte de algún curso de algo donde se explica con detalle.

Cuando ha llegado el nombre a los medios, se repite una y otra vez. Los casos encajan en la etiqueta generada.

En 20minutos, Belén de Marcos titula su artículo como "Una calendarización compulsiva y el pánico a la agenda en blanco transforman la sociedad: "Tengo ocupados los findes de cinco meses". Ya el título nos ofrece un problema o cambio y nos da dos términos en los que el tecnicismo está presente, "calendarización compulsiva" y el "pánico a la agenda en blanco". Ambos tratan de definir esa "transformación social". El lector del titular se sentirá identificado con términos y problema y accederá nervioso a descubrir el origen de este mal.

En el artículo leemos:

 

Desde la pandemia, la obsesión por la "hiperplanificación" o "pánico a la agenda en blanco" impiden la improvisación y han empujado a una sección de la sociedad a abusar del Google Calendar y a necesitar saber qué van a estar haciendo dentro de un mes e, incluso, de un año.

Así lo asegura Sara Esteve, psicóloga del gabinete SomosAyuda, a 20minutos. La especialista explica que la pandemia demostró que la vida es impredecible y esto, junto a la incertidumbre que impidió planear a corto y medio plazo, ha provocado que muchas personas necesiten calendarizar compulsivamente sus vidas para sentir que están aprovechándolas "al máximo". Lucía Barrionuevo, psicóloga clínica, añade a esto que el "pánico a los huecos en blanco en la agenda" es un problema más presente que nunca, ya que, el ansia de recuperar el tiempo perdido y la obsesión por sentir un "falso control de las situaciones", no ha hecho más que crecer desde 2019. De hecho, un estudio de Infocop de 2024 expone que la salud mental de la población aún no se ha recuperado desde la aparición de la covid y que los niveles de ansiedad y depresión siguen siendo mucho más altos que los previos.

Tanto Esteve como Barrionuevo coinciden en que el FOMO, acrónimo del inglés Fear Of Missing Out, o miedo a perderse algo en castellano, es un problema real y por el que están empezando a acudir pacientes a las consultas. El FOMO es la ansiedad que aparece cuando la persona tiene que renunciar a algo por otro compromiso y durante este está preocupada por las consecuencias negativas que esta "pérdida" le puede causar a nivel social. De esta manera, la psicología señala a las redes sociales como culpables principales de su aparición. "Ver a otros disfrutando de experiencias que no podemos tener, no solo por nivel económico sino por razones de tiempo o estilo de vida, genera ansiedad por comparación y esto mueve a planificar experiencias propias compulsivamente para sentirnos a la altura", explica Barrionuevo.*


Es interesante observar cómo, en tres escasos párrafos se nos definen tal cantidad de "problemas" y se entrelazan causas y efectos, cada una de ellas con su nombre descriptivo, empezando por la "hiperplanificación" hasta ese FOMO que queda mucho mejor como siglas inglesas que en español. De esta forma, esa formar en inglés actúa como un nuevo sello de garantía del problema.

La realidad es más sencilla y, sobre todo, vieja. Por mucho que creamos descubrir nueva situaciones es difícil que los humanos nos encontremos con unas emociones realmente nuevas después de unos cuantos milenios de padecer nuestras miserias.

Por empezar por el final, ese malestar cuando vemos en las redes sociales que otros tienen algo que nosotros no tenemos se llama simplemente "envidia", algo que no requiere nuevos diagnósticos ni responsabilizar a las redes de ello. Simplemente se nos alienta a tener, se nos muestra a otros disfrutándolo y nosotros, como no lo tenemos, podemos sentir envidia. No hay novedad, solo intensidad ya que estamos continuamente expuestos al igual que los demás. Se acrecienta así el sentimiento de vergüenza por no tener y de envidia por desear lo que otros tienen. Era lo esperable en una situación de exposición de todos a los demás. Los psicólogos sociales nos dicen también que esa necesidad de ser vistos fomenta otras inseguridades, como el llamado "síndrome del impostor", otro tecnicismo.

Nos dicen además que no hemos superado la inseguridad de la pandemia. Tampoco esto es nuevo. Lo que se nos ha hundido es la falsa seguridad en que todo está controlado, que cualquier cosa que pase tiene solución rápida. Lo malo es cuando la ciencia no es capaz de solucionarnos inmediatamente el problema. Unos millones de muertos, un encierro en casa durante días nos desmorona, nos hace darnos cuenta de que vivimos en una falsa burbuja. Lo mismo ocurre con el cambio climático, algo que muchos niegan o no aceptan porque piensan que tenemos soluciones para todo... y porque hay muchos intereses por medio.

La "hiperprogramación" no es más que la idea de querer tener controlado todo, un deseo de negación de lo imprevisible, del azar, que sin embargo ocurre. Escribir el futuro, aunque sea en el Google Calendar, es otra vieja táctica fantasiosa, algo derivado de la magia del escrito, un truco psicológico, lo que marca, por ejemplo, la diferencia entre un pacto oral (las palabras se las lleva el viento) y un pacto escrito (negro sobre blanco). El destino está escrito, lo imprevisible no. Podemos leer Santiago el fatalista y su amo, la novela dieciochesca de Denis Diderot, para darnos cuenta.

Nuestra falta de perspectiva, especialmente de sentido histórico, se debe en gran medida a esta forma de vivir un presente en el que todo es nuevo. La novedad surge de la nueva ignorancia, lo que nos hace depender de una forma ciega de un mundo que se proclama "seguro". Gran parte de esa "seguridad" no es más que vendernos unas condiciones imaginarias en la que todo está planificado. Por eso cuando falla lo programado nos sentimos indefensos, ¿qué hacer entonces?

En tiempos en los que vivimos, sujetos a inseguridades constantes, del trabajo a la guerra, la agenda es el último refugio, una especie del último refugio, un compromiso con el futuro que el propio futuro puede ignorar.

Los espacios en blanco en las agendas son vistos como vacíos existenciales, con miedo, porque la inmadurez contemporánea es necesaria para aceptar que el mundo está regido por lo exterior, que esos huecos son faltas, algo que nos inquieta y preocupa. Tener la agenda llena ya no se concibe como una pérdida de tiempo, sino como una "seguridad" vital, algo a lo que estamos sujetos.

Una agenda con huecos es un desafío al sistema que programa cada día actividades para el consumo, ya sea el turismo o las fiestas. Nunca he visto tanta gente acarreando maletas por calles y transportes. Van de un sitio a otro como nómadas existenciales a los que se les ha abierto un hueco en lo que nos llena la vida, el trabajo. Pero ese vaivén constante es una nueva forma de trabajo en el que somos la materia prima.


La nueva sociedad prima la imagen de la "eficiencia" y los huecos de la agenda son un signo contrario, un desperdicio. La programación nos da seguridad y transmite esa eficiencia en la gestión del tiempo vital. Si no se puede per el tiempo en el trabajo, tampoco se puede hacer en el marco del ocio. Los niños hiperprogramados con sus actividades extraescolares son una muestra de lo que significa "no perder el tiempo" actualmente: hay que estar ocupados.

La necesidad obsesiva de tener todo programado es una forma de manifestación del miedo a enfrentarse a uno mismo, al gran enemigo contemporáneo, la soledad propia. Hay una soledad social y otra que refleja la imposibilidad de estar a solas con uno mismo, de tener una riqueza interior alimentada durante la vida. Pero en lo que se nos instruye es en la vida laboral, con la que nos identificamos, perdiendo ese ser uno mismo al margen de cualquier otra circunstancia. El miedo a perderse algo no es más que la respuesta a quedarse fuera del programa, a quedarse en soledad, con una experiencia que no sabríamos contar.  

Es un mundo fáustico, un mundo condenado a no pararse nunca ante la posibilidad de vernos en el espejo interior y no reconocernos. Nuestro trabajo y nuestro ocio están programados ante el temor a lo desconocido, que a muchos aterra.

 

* Belén de Marcos "Una calendarización compulsiva y el pánico a la agenda en blanco transforman la sociedad: "Tengo ocupados los findes de cinco meses"" 20minutos 28/04/2024 https://www.20minutos.es/noticia/5239355/0/calendarizacion-compulsiva-panico-agenda-blanco-transforman-sociedad/

sábado, 24 de julio de 2021

Barrios ricos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

 


Los datos de la pandemia, cuando se ponen sobre la mesa, nos acaban diciendo cosas que no nos gusta escuchar públicamente por lo que tienen de retrato social, de radiografía del país con sus ocupantes dentro. Es cierto que esto es ya una situación larga, pero es igualmente cierto que esto no es nuevo y que seguirá siendo larga por bastante tiempo.

Hace unos días, un titular llamaba la atención por su propia generalidad. Venía decir que los "jóvenes serios" se quejaban de que se les considerara responsables de lo que las cifras, las imágenes y los relatos nos mostraban sobre la evolución de la pandemia en España. Es evidente que el lenguaje es siempre injusto en esto. Para evitarlo se han creado otras herramientas que permiten separar el trigo de la paja poniendo cada cosa en su lugar. Sencillamente, el que cumple no debe darse por aludido. Los que incumplen tampoco se dan por aludidos y siguen incumpliendo, claro.

Conforme la pandemia se desarrolla en el tiempo y es posible tener más datos y, sobre todo, analizar la evolución de esos datos, sus aspectos relevantes van apareciendo con mayor claridad.

RTVE.es ha elaborado un magnífico trabajo, firmado por Paula Guisado y Cristina Pozo García, tanto en el análisis de los datos como en su representación gráfica para que puedan ser comparados y comprendidos. Estos datos permiten sacar algunas interesantes conclusiones. Tras un análisis general de los datos de la pandemia, se introducen los aspectos relacionados con los espacios donde hay mayor incidencia actualmente y se comparan con los del año anterior. Nos señalan partiendo de los datos acumulados:

 

Hace un año, al acabar el primer estado de alarma -ahora inconstitucional-, se señalaba el impacto de la COVID en las familias con rentas más bajas. Los brotes entre temporeros fueron los más comentados, pero también entre aquellas personas que no podían permitirse teletrabajar y tenían que acudir presencialmente a su lugar de trabajo. La segunda ola dejó una situación similar.

En Madrid, el distrito de Puente de Vallecas registró una incidencia de más de 950 contagios, con Usera y Villaverde rozando los 850. En Barcelona -con menor incidencia en general-, Nou Barris, Ciutat Vella y Sants-Montjuïc superaran los 400 casos.

¿Qué tienen en común esas seis zonas? Son los distritos con las rentas medias por hogar más bajas de sus respectivas ciudades. Y es que al principio de la segunda ola se podía ver una relación inversamente proporcional entre la renta y la incidencia: a menor renta, más casos.

En cambio, el brote que comenzó a finales de junio apunta a una situación inicial distinta. En la Ciudad Condal, que lleva más de una semana de adelanto con respecto a los incrementos a nivel nacional, los datos mostraban la tendencia contraria: a más renta, más casos. Y una situación similar registra la capital unos días después, donde los distritos con las rentas más altas -Chamberí, Salamanca, Moncloa-Aravaca o Chamartín- ocupan ahora los primeros puestos en cuanto a incidencia acumulada.

La tendencia se va suavizando a medida que pasan los días y el virus se expande. Y tanto en Madrid como en Barcelona hay excepciones: por un lado, el distrito Centro, cuya singularidad podría contribuir a que la tasa de contagios sea tan elevada -900 casos por cada 100.000 habitantes en los últimos 14 días- aunque su renta no esté entre las más altas; y por otro, Ciutat Vella, que se acerca a los 1.000 contagios a pesar de ser el distrito barcelonés con menor renta.

Pero los datos de renta e incidencia por distritos sugieren una diferencia socioeconómica respecto a las olas anteriores que habrá que analizar con más información desagregada, pero que para Saúl Ares "tiene sentido, desde la premisa de que en este caso los contagios se piensa que se dan más en el ocio que en el trabajo". Más del 80 % de los brotes identificados en la última semana en la Comunidad de Madrid estaban relacionados con el ámbito social. "Y sabemos que quien tiene más posibilidades es quien tiene más ocio", reflexiona el experto.* 

 


Y hay mucho que reflexionar, desde luego. Los datos son los que son y, en el tiempo, adquieren sentido mostrando una perspectiva más ajustad de lo que tenemos delante.

En la primera ola, en los Estados Unidos, al igual que en otros países, salieron a la luz las desigualdades sociales y económicas. Se manifestaban en los hacinamientos en los hogares más pobres, en la falta de condiciones higiénicas en muchos espacios de trabajo, igualmente hacinados, en la falta de asistencia médica, etc. En Estados Unidos se tradujo rápidamente a cuestiones étnicas. Si eras "blanco", tenías más posibilidades de vivir en una casa grande, no tener que usar transporte público, teletrabajar, tener un seguro médico que te habría permitido tener una mejor salud, etc. Si eras un afroamericano o un inmigrante del sur, tus probabilidades de tener algunas de esas ventajas descendían.



Lo que los datos de RTVE.es nos ofrecen es un panorama distinto. Lo interpretamos de diversas maneras, incluyendo la que salta a primera vista: ahora son los "ricos" los que se contagian debido al ocio. Pero esta explicación requiere muchos matices y perspectivas. Oponer "ocio" y "trabajo" es un error porque hoy del ocio vive toda una industria. Mis alumnos extranjeros se reían cuando les explicaba, hace algunos años, el número de fiestas que tenemos los españoles. Es una forma de trabajar. Ir a los sanfermines, a las fallas, a la feria de abril... a todas y cada una de las fiestas de tus barrios, pueblos, ciudades y comunidades; los "puentes" y "acueductos", etc. son en realidad la estructura de una economía inversa que se basa en el "ocio" para que otros puedan trabajar. Este sector —que va del turismo a la hostelería, de las agencias de viajes a los vehículos, etc.— necesita personas que gasten, que se desplacen, etc. Esto ha ido generando un "ocio" activo, que ya no es alternativa al "trabajo", sino alternativa a sí mismo. El auténtico "ocio" es el que se produce entre dos "actos ociosos", el intervalo que no genera gasto.




Dicen que "más del 80 % de los brotes identificados en la última semana en la Comunidad de Madrid estaban relacionados con el ámbito social". El "ámbito social" es un eufemismo para decir todo tipo de encuentros y reuniones, de los familiares a los amigos, todo aquello que no es obligado por el trabajo.

El ámbito laboral es un espacio vigilado y sometido a determinadas prevenciones, con una autoridad responsable; igual ocurre en el educativo. No ocurre —como vemos cada día— con el ámbito del ocio, no porque no se intente, sino porque se incumple por la sencilla razón de que es prácticamente imposible hacerlo. Es la cuadratura del círculo. La gente se reúne para estar junta, no separada. Y si está junta es para verse, no para usar una mascarilla. 

La retirada de la mascarilla ha hecho recuperarse a sectores que caían en picado. Hasta la moda se ha visto sacudida ante el aumento del interés por las piezas superiores de la ropa frente a las inferiores que apenas se lucen en las videoconferencias. ¿Para qué zapatos nuevos si no sales a lucirlos a la calle? Me gustaría que salieran a la luz todos estos datos que apenas son señalados y se encuentran dispersos en artículos de diferentes medios.

Basta con que recuerde qué hacía una semana cualquiera antes de la pandemia y piense en lo que hace ahora. Se dará cuenta inmediata de que hay muchas cosas que hacía dentro de su normalidad y ahora no hace.



Decía antes que mostrar la distinción económica de los distritos y barrios puede darnos una impresión engañosa. El "ocio" es un poderosísimo sector económico en España y mucho más variado de lo que pensamos. Incluye espacios y actividades, viajes y estancias.

Los jóvenes que se han contagiado en el macro brote de Mallorca han realizado un viaje y una estancia en hoteles financiados, claramente, por sus familias. Las actividades que han realizado y en las que se han contagiado representan el retrato de su oferta por edad y disponibilidad económica, del "botellón" al "concierto" al que asistieron, junto con las actividades conjuntas que realizaran, de las charlas de habitación a los baños grupales en la playa o piscina. Los medios han reconstruido, local a local, el recorrido de los contagios.



El "ocio" es un macro sector ramificado y especializado en ofrecer lo que puedas pagar, de un restaurante de cinco tenedores a un perrito caliente callejero. La misma cerveza la puedes tomar en una comida en un restaurante, comprar en un supermercado o a un vendedor callejero que te la lleva fresca a la arena de la playa o se pasea por en medio del gentío del botellón en la noche. Lo que quieras, alguien te lo sirve.

Hace mucho que no abordamos las causas de muchas cosas que nos ocurre; preferimos afrontar las consecuencias como si salieran de la nada. Hoy nos enfrentamos a lo que parece una epidemia de irresponsabilidad. Pero no es nueva; es el resultado de esa "satisfacción garantizada" que hace que, como suele decir, España sea un país "donde se vive muy bien", un paraíso donde puedes hacer lo que quieras... si lo pagas. Ahora vemos la contrapartida.

No es casual que todo haya girado en España, de los empresarios a los políticos, sobre la llegada de veranos, vacaciones, puentes, festividades, etc. que son el auténtico "calendario laboral" español por el perfil que nuestra economía ha ido creándose. Compañías aéreas, de ferrocarriles, hoteles, restaurantes, ropa, etc. todo esto dependen de nuestro ocio. Puede que tengamos ropa de trabajo, pero seguro que tenemos mucha más ropa para salir, para lucirnos en los encuentros sociales.



En poco más de una semana, las cifras se han disparado tanto que asusta ver las curvas, auténticos cohetes hacia el récord. Hay muchos factores que lo han impulsado, desde dentro y desde fuera; falsos mensajes y oscuros intereses sectoriales que necesitan que todo esto siga en marcha pese a la vidas que pueda costar. Lo hacen detrás de grandes palabras y principios, pero no ocultan su verdadera naturaleza egoísta, interesada, económica.

Ahora los datos reflejan esta situación. Es en esos barrios donde queda el dinero que hay que sacar. La locura de los viajes de fin de curso es un buen ejemplo. Han ido los que se han podido pagar vuelo y estancia. Las posibilidades de gasto muestran las posibilidades de contagio. Unos se contagian en un hotel, otros en un descampado, según su disponibilidad.



Ahora muchos se resisten a que se impongan los "pasaportes" porque saben que sería un primer paso en la toma de conciencia de la peligrosidad en la que se insiste no piensen. Es cierto que muchos no necesitan que les insistan; desgraciadamente, parece que el "ocio" es el "centro" de su vida, algo a lo que no pueden renunciar porque, en muchos casos, no hay más y no se ofrece más.

Sin embargo, la única forma de poder salir de esto es afianzando la seguridad, por un lado, y reformando los sectores reduciendo su peso en el conjunto, abriendo otras posibilidades que se han ido perdiendo. Los otros males, los que arrastramos hace mucho, son más difíciles de erradicar cuando hay tanta gente viviendo de ellos.

 

 

* Paula Guisado, Cristina Pozo García y DatosRTVE "Barrios ricos, perfil joven y variante Delta: claves de la quinta ola de COVID" 24/07/2021 https://www.rtve.es/noticias/20210724/claves-semana-barrios-ricos-perfil-joven-variante-delta/2137060.shtml

lunes, 5 de julio de 2021

El finde eterno

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



¿En qué han quedado las palabras de la ministra Carolina Darias sobre "no estigmatizar a los jóvenes" ante la evidencia de lo que se ve y escucha? Me imagino que en prácticamente nada. Más allá de las proporciones de la generalización, las cifras lo señalan y los propios jóvenes lo dicen cuando les ponen un micrófono delante: "Si tuviera 60 años tendría miedo, como tengo 20 años no lo tengo", dice uno; "si me toca, me ha tocado", dice otro; "yo ya lo he pasado" un apunta tercero. "No hay que ser cínicos", señala otro, "nos pasamos en las celebraciones" sin mascarilla ni distancia".

Las palabras son casi literales, escuchadas en cada noticiario. Son solo algunas cuyo sentido no permite demasiadas dudas, nos gusten poco o nada. Al final, la lucha es generacional. Eso sí es una evidencia. El "tenemos muchas ganas de fiesta" o el "hemos pasado un año muy duro" en referencia a la abstención cañera muestran lo que hemos construido como sociedad.

Los eslóganes del gobierno al comienzo de la pandemia —aquello nos suena ahora a ingenuidad propagandística— contrastan con estas muestras de insumisión pandémica, de indiferencia absoluta ante todo lo que vaya más allá de la epidermis propia. Es así y poco hay que decir para explicarlo desde dentro de la propia pandemia. Es algo que va más allá, que viene de lejos y que tiene que ver con esta construcción asimétrica de la sociedad, una asimetría generacional que ha llevado a convertir a la juventud en mano de obra barata, a la que se le anuncia que vivirá peor que sus padres y que, por ello, ve a los mayores como sus explotadores privilegiados.



El "botellón" mismo es una marca generacional que inicialmente tuvo un sentido de marginación, la celebración de la calle ante la exclusión de los locales que no querían dentro a los jóvenes por su baja capacidad de consumo, que es la vara de medir. Pronto se convirtió en marca de identidad. El efecto grupal hizo el resto, quedando los lugares de ocio al margen, como un elemento diferencial en una población en donde las distinciones se hacen sobre el trabajo (becario, precario, estable) y la fiesta (dentro, fuera).

El botellón es visto como una frontera iniciática, un rito de paso. Los que hayan visto las miradas brillantes, los andares rápidos de los quinceañeros, saliendo del metro en la Ciudad Universitaria, cargados con las bolsas con las botellas compradas en los supermercados; los que hayan visto un centro comercial o supermercado un viernes o sábado por la tarde, lugar de compras de las botellas de alcohol de los grupos, etc. no debería chocarles mucho. Los que hayan visto los capós abiertos de los coches, repletos de bebidas para vender, de neveras de camping cargadas de hielo y bebidas puestas a enfriar por parte de los jóvenes "emprendedores", aquellos que pasan del consumo a la venta, tampoco tendrá muchas dudas sobre lo que pasa.



Las palabras de Darias no son más que el encubrimiento de un problema más amplio que ha estallado con la pandemia. Tiene que ver con esa masa de jóvenes que sigue siendo la más perjudicada por este modelo de desarrollo que llevamos.

El problema lo hemos tratado aquí en diversas ocasiones a lo largo de los años. Ahora estalla con su crudeza, sin máscaras ni mascarillas, sin necesidad de mentiras, sin necesidad de palabras buenistas de ministros, ministros o presidentes del gobierno. Las escuchamos delante de cada micrófono, de cada cámara, ya sea por parte de los propios jóvenes o de los adultos que lo señalan como queja. Es evidente que las distancias son algo más que una forma de  ver la vida, que son diferencias profundas, una amplia brecha generacional.

El primer problema viene del empleo de la palabra "joven", que ya no se sabe dónde comienza o donde termina. Ya no hace referencia a una edad concreta sino a una forma de vida. Las imágenes de los botellones nos muestran una amplia gama, hay una pseudo juventud, personas que entre los treinta y los cuarenta que se han ido arrastrando desde que todo esto comenzó a ser una forma de vida, al menos en lo que respecta al ocio. "Estar allí" es "ser joven" y no al contrario. Es el espacio, la actividad, la compañía la que te da el estatus. Ellos se agrupan y se mezclan. Sería interesante hacer una radiografía de estas celebraciones y ver cómo se estructuran.




Es una consecuencia de la prolongación de la infancia, después de la adolescencia y a la resistencia al abandono de la "juventud", que pasa a ser un conjunto de acciones, una actitud —aunque solo sea de fin de semana— que se mantiene.

Los propios medios ayudan con sus titulares cuando hablan de "jóvenes" cuando se refieren a personas que rondan los cuarenta años. Hay un problema terminológico y social en ello. Lo hemos visto cuando la gente ha puesto el grito en el cielo porque se hablaba en algún medio de "ancianos" de 60 años. Ya nadie quiere salir del nicho "joven".



No se me van de la cabeza las palabras de una joven de las confinadas por el macrobrote de Baleares: "No solo es responsabilidad nuestra; ellos lo han creado". ¿Quién ha creado qué? ¿Es una variante española y juvenil del "laboratorio de Wuhan", algo del "joven Bosé" o similares que actúan como justificantes de lo que se hace? Quizá una mezcla interesada de todo ello, fomentado por aquellos que viven de la trivialidad y que se han visto privados de sus ingresos habituales.

Lo más lamentable de todo es esa imagen de desprecio al mundo, entendiendo por tal todo lo que no es uno mismo y los colegas. Esa barrera no es nueva; se ha creado en estas formas de explotación juvenil que practicamos desde hace mucho tiempo, en esa "vieja normalidad" del que trabaja y no cobra, del que cobra y entra y sale del paro de forma continuada, del que no puede pagarse una casa, del que se ve estimulado al gasto y tira de padres como una forma normalizada de vida, del que vive con ellos y su sueldo, mínimo, lo emplea en socializar el fin de semana.



Vivimos en una sociedad de la trivialidad extrema, por lo que no podemos pedir mucho más. Lo que hay se ha creado entre todos. Es un futuro sin demasiadas ilusiones, donde imaginar es generar futuras frustraciones. Estas celebraciones sin medida tienen algo de "nihilismo", como señalábamos el otro día, un mal que nos aqueja como sociedad sin metas, que pierde su rumbo y vive el día a día sin recuerdos y sin expectativas. Cada uno que aguante su vela.

"Findes", "viajes de fin de curso", "botellones"... todo ello forma parte de esta "celebración" entre muertos e ingresados en las UCI. Se enseñó que "solo se mueren los viejos", que "los jóvenes los pasan con síntomas leves". Ahora que lo están expandiendo de regreso de los viajes y juergas, de insensatos finales de curso (turismo interior) que ellos se han organizado y otros han aceptado, nos encontramos con que otros países van poniendo la "segura España", región a región, en la lista roja de las zonas que hay que evitar. Todo esto en apenas una semana en la que las cifras se disparan. ¡Adiós a la cara de satisfacción del presidente anunciando el fin de la mascarilla en exteriores! De poco sirve la letra pequeña si se incumple la grande.

Hacemos mal en enfocar esto como un problema juvenil; es un problema del conjunto, del sistema en su totalidad, que se irá haciendo más grave si no hay más ilusiones que la que llegue el fin de semana. Lo escucho en el metro a primera hora los lunes, "¿qué vas a hacer el próximo finde?" Lo que hay en medio cuenta poco. Es iluso pedir más.

 

24/10/2020

jueves, 24 de enero de 2019

Sapiens más o menos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
¡Descanse en paz, Gigi Wu! Es triste morir y se puede pensar desde el existencialismo que somos seres para la muerte o que, como decía recientemente un científico en la prensa, somos humanos desde que somos conscientes de nuestra mortandad. Por eso una muerte estúpida, fruto de la falta de seso más espantosa, nos debería hacer reflexionar. Si antiguamente se trataba de aprender a aceptar la muerte, valorar la vida y en eso se formaba, hoy en día ocurre exactamente lo contrario; vivimos como si fuéramos inmortales. Y no lo somos.
Hemos tratado en varias ocasiones recientes la cuestión de la estupidez porque ya no es solo una cuestión de opinión, sino que se está convirtiendo en un problema que afecta desde las más altas instancias (no miro a nadie) hasta la calle. Por decirlo así, parece que se ha perdido la capacidad de discernir con claridad entre las cosas que hasta el momento estaban claras. Se ha desatado el afán por llamar la atención y esto lleva a desastres constantes.
No es otro el caso de la fallecida montañera taiwanesa Gigi Wu, empeñada en que se fijaran en ella por fotografiarse en bikini en las cumbres que coronaba. Subir no era bastante.


No todo el mundo sube a lo alto de una montaña Por pereza, por alergia a las cumbres o por cualquier otro detalle, solo algunos lo hacen. Eso ya te separa de muchos mortales, pero aún así siguen subiendo demasiados como para destacar. La forma de filtrar es hacer algo arriba que otros no hagan. En el caso de la montañera era vencer al frío que suele hacer en las cumbres nevadas y fotografiarse en bikini. Hace poco vivimos aquí el caso de la pareja danesa dedicándose al sexo en lo alto de una de las pirámides egipcias para desesperación y ultraje de los que abajo ignoraban lo que ocurría arriba. Pero no se trataba de un placer secreto, sino de un placer comunicado, es decir, que se enteraran todos después.
Su muerte ahora revela el absurdo del hecho. Tuvo una caída por la que no murió. Murió de hipotermia, es decir, a manos del frío que ella había despreciado tan olímpicamente con sus selfies en bañador. Puede que haya tenido una vida feliz en las cumbres y que esté disfrutando en el cielo templado de los montañeros, pero eso no quita un ápice de estupidez al hecho de su muerte terrible: sola y helada.
Se supone que venimos al mundo dotados de instinto de supervivencia. El miedo y otros mecanismos hacen que nuestro cuerpo se aleje de los peligros. Pero también venimos al mundo dotados de una cosa ambigua que se llama "sociabilidad", que en muchos se traduce como el deseo de ser mirados o admirados, según como vengan de serie. Freud diría que tiene un componente sexual, que llamar la atención es una forma de reclamar "amor social", como otras especies se engalanan o realizan vibrantes sonidos para atraer a sus parejas. Muchos necesitan ser mirados. Su existencia depende de la mirada de los otros. Eso, que para Sartre era un infierno, hoy en día es el paraíso. ¡Para que veamos en qué ha quedado el existencialismo!


La muerte de Gigi Wu es una muerte estúpida. Si las culturas, si lo humano surgen de la idea de la muerte, nuestra cultura se encuentra en un límite de estupidez. Nuestra diferencia de otros animales es que ellos aunque no entiendan la vida, tienen un instinto para conservarla. Nuestra civilización camina a una animalidad sin instintos o, si se prefiere, solo con el instinto de llamar la atención.
Se dice muchas veces que nuestro cerebro, por efecto del rápido avance de la cultura, ha dejado atrás lo biológico, el cuerpo, que evoluciona mucho más lentamente. Nos dicen los científicos del área que nuestra inteligencia choca con nuestra biología, que entran en conflicto, que somos demasiado inteligentes para un cuerpo tan sometido a fuerzas primarias. Por eso algunos han empezado con la idea de lo Poshumano, deseando dar el salto de lo orgánico a lo mecánico, es decir, dejar atrás el cuerpo y sus debilidades. Pero cuando uno lee noticias como la de la alpinista muerta de frío por hacerse una foto en bikini, nos planteamos ¿qué es la inteligencia? O si se prefiere: ¿de qué nos sirve?



La pregunta "¿para qué nos sirve la inteligencia?" es pertinente desde el momento en el que hacemos tantas tonterías. Pero es más pertinente "¿para qué nos sirve la estupidez? ", ya que es el centro del problema. Creo que parte del problema es que hemos conseguido hacer rentable (para algunos) la estupidez. Pero los riesgos están claros. Es como si se tratara de una inversión de alto riesgo. Si tienes éxito, arrasas; pero como falles...
Siempre ha habido este tipo de incidentes, supongo. Pero solo ahora, con nuestros grandes avances comunicativos, es cuando corremos el peligro de comprobar que como especie inteligente dejamos bastante que desear.
La existencia de un público que nos mire nos fascina, bloquea o espolea, según los temperamentos. Asistimos a la crisis de la Ilustración por su vertiente más chusca: por el enaltecimiento de la estupidez a cargo de la masa que ríe las gracias.
Si los estudiosos de la lectura dicen que individualiza, los de la oralidad nos advierten de crea comunidades, que es lo que vivimos hoy, que comparten para bien y para mal lo que se les da. Lo malo es que lo que percibimos es la retroalimentación de la estupidez, que aumenta en cada proceso. La estupidez tira irremisiblemente para abajo, pero según parece, con una sensación de euforia, de embriaguez casi, que nos anestesia ante el castañazo.
El diario El País, que le dedica un artículo a la muerte de la alpinista congelada con el título acertado "Todo por los ‘followers’: Instagram y la era de la muerte absurda". En efecto, no puede calificarse de otro modo el episodio, por muy lamentable que sea. 

Puestos a ser diferentes, por ejemplo, podría haberse hecho selfies en las cumbres leyendo a Joyce. Eso le habría dado una exclusividad. Pero lo interesante estaba en el contraste entre el frío y el bikini, lo que finalmente la mató. 
Otros mueren haciendo balconing (¡cuántos en Ibiza!) o haciendo cualquier otra tontería. Para completar la estupidez, los "antiturismo" han lanzado una campaña "animando" al balconing. El único turista bueno es el turista muerto, parecen decir. 
La explicación del cónsul británico apunta a que en su país no hay muchas casas con balcón, lo que no deja de suponer su aportación a una concentración de estupideces alrededor de un hecho que cuesta  algunas vidas al año lanzándose por un balcón a una piscina. Aquí no mueren de frío, sino en un ambiente cálido y agradable, disfrutando de las últimas vacaciones de su corta vida.


Guillermo Alonso, el auto del artículo del diario El País explica sobre estas modas estúpidas:

Cada mes nos invade al menos una noticia de una muerte fácilmente evitable que siempre tiene la misma constante: la de alguien joven haciendo algo peligroso para trascender en las redes sociales. En julio de 2018 tres estrellas de un canal de YouTube centrado en experiencias extremas (Ryker Gamble, Alexey Lyakh y Megan Scraper) fallecieron tras caerse a una cascada en Canadá. Un año antes, en junio de 2017, un youtuber de Minnesota llamado Pedro Ruiz falleció cuando su mujer le disparó al pecho. Fue “accidental”: ambos grababan un vídeo en el que querían demostrar que un libro (que él tenía puesto en el pecho) detendría la bala. Pedro y su mujer tenían un hijo de 3 años y ella estaba embarazada de siete meses cuando tuvo lugar el disparo. Querían alcanzar con ello una legión de suscriptores en YouTube.
Las muertes absurdas siempre han existido. De hecho, su cantidad ha dado para hacer libros recopilatorios. Pero en la era de las redes sociales, al simple despiste se le añade la voluntad de arriesgarlo todo a cambio de la gloria online. La reciente película de Netflix A ciegas (Bird Box en su versión original), protagonizada por Sandra Bullock, desató a comienzos de 2019 una peligrosa moda de caminar por las calles con los ojos vendados (como deben hacer los protagonistas) y subir el resultado a la red con el hashtag #BirdBoxChallenge. El célebre youtuber Jake Paul llegó a conducir un coche con los ojos vendados en compañía de un amigo. Es el hermano del también youtuber Logan Paul, que sufrió una crisis de imagen y una fuga de anunciantes cuando grabó y subió a su canal un vídeo del cadáver de un hombre que se había suicidado en un bosque de Japón.*



Necesitamos un nuevo Desmond Morris que nos analice como animales estúpidos —no solo como "monos desnudos", como hizo— y ve la interacción existente entre el deseo de agradar (social) y el riesgo llevado al extremo (instinto de supervivencia).

En grandes números, lo que invertimos en educación y formación, en inteligencia, se anula con lo que invertimos en estupidez, equilibrándose ambas de alguna forma. Lo preocupante no es que haya personas estúpidas, que habiten entre nosotros, como se decía en las viejas películas de alienígenas. Lo peligroso es que están dentro de nosotros, en términos de porcentajes. Depende del contexto y depende del día, pero parece que no dejamos pasar una buena oportunidad de ser estúpidos. Ya no se trata de hacerse el tonto, sino de hacer el tonto. El reflexivo es esencial.
Pero, la inteligencia —como las cosas delicadas— hay que cuidarla. No en vano se habla de personas "cultivadas", para las personas que aprecian la cultura. Hay demasiada bazofia intelectual que nadie barre; demasiada benevolencia con lo del es solo entretenimiento. Puede que las personas cultas no sean inmunes al virus de la estupidez, pero tienen más argumentos de resistencia cuando no más ligereza en la huida. La estupidez arrastra.
Parte de nuestros avances se dan tanto por la sociabilidad, como hemos señalado, como por nuestra capacidad de imitación, una forma de aprendizaje. Pero los malos ejemplos son imitados igualmente, por lo que debería ser aprovechado beneficionamente, se nos vuelve en contra. También ocurre en la naturaleza, cuando un ñu o similar se despeña, todos los que le siguen (los followers) tienden a irse de cabeza al barranco. En este caso, la naturaleza prima a los que van más por libre. Y así se va perfeccionando el proceso. Quizá nuestra forma de selección sea la estupidez, como aseguran los promotores de los Darwin Awards, en donde celebran desde el punto de vista de la evolución que se pierdan por el camino los genes menos inteligentes. No es personal; dicen que es por el bien de todos.


La película de animación "Rompe Ralph Internet" realiza una sátira didáctica sobre esa extraña necesidad de realizar estupideces para conseguir que la gente te dé su apoyo en las redes. Cuanto mayores son las tonterías, más gustan. No sé si los niños captarán el mensaje. Para muchos adultos puede que sea demasiado tarde. 
Las preguntas que surgen en un mundo saturado de tonterías son fascinantes: ¿se pegan como la gripe? ¿Hay gente inmune? ¿Caeremos todos? Creo que la analogía epidemiológica es la más adecuada. Pero el problema que tenemos es el mismo que afecta a todas las ciencias sociales, nos estudiamos a nosotros mismos. Por ello la pregunta final solo puede ser una: ¿llegaremos a ser tan estúpidos que no nos demos cuenta de ello?


* "Todo por los ‘followers’: Instagram y la era de la muerte absurda" El país - Icon 24/01/2019 https://elpais.com/elpais/2019/01/23/icon/1548232862_861138.html



domingo, 9 de marzo de 2014

El mundo es simple para los simples o la genética no lo explica todo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Me tocó explicar en clase durante esta semana pasada el sentido del concepto de "reduccionismo" y de sus dos usos principales, aquel que permite explicar dos fenómenos que hasta el momento se entendían y consideraban separados mediante una sola explicación, y el sentido negativo, que en ocasiones se usa, cuando algo que es muy complejo se explica de forma recortada, dejando fuera elementos importantes, es decir, con una simplificación excesiva.
En el primer caso, la Ciencia avanza comprendiendo la unidad de fenómenos aparentemente distintos, pero que se revelan como caras de un mismo principio. Gracias a este tipo de práctica, los científicos "reducen" el número de leyes unificándolas y volviéndolas más eficaces. La existencia de una "teoría del todo" sería el sueño final que permitiría una explicación unificada.
La segunda acepción de "reduccionismo", en cambio, introduce el simplismo en lo complejo, se queda corto al explicar los fenómenos. Cuando se acusa a alguien de ser "reduccionista" se quiere decir con ello que la explicación que nos da es demasiado simple para un fenómeno tan complejo.

En el estudio de nuestro universo, hay un movimiento de la ciencia hacia la sencillez, un movimiento hacia la base de su creación. Después el mundo se va estructurando de forma más compleja hasta llegar a los fenómenos de creación y organización de la vida, en donde con el aumento de la organización se aumenta también en complejidad. Las explicaciones son, por tanto, menos sencillas, porque se van acumulando diferencias. Finalmente, cuando damos el salto de la vida a la organización social y de ahí a la cultura, como fenómeno que no solo observamos, sino en el que vivimos, en el que no somos distantes observadores neutrales, sino partícipes activos, criados, educados, implicados en el seno de las sociedades, la complejidad crece. Ya no podemos aspirar a lo simple, sino a tratar de comprender de la mejor manera posible lo complejo. A cualquier explicación simple, le desborda la complejidad real.

En el diario El Mundo me encuentro hoy con un artículo titulado "Una especie violenta por naturaleza". Y después se nos explica desde la entradilla: "Científicos españoles defienden en un ensayo que la agresividad humana como una tendencia biológica que no se puede erradicar" [sic]. Uno lee estas cosas y se queda muy preocupado, sobre todo porque, dicho así, no solo es reduccionista, sino que un porcentaje elevado de lectores no pasará del titular y se quedará con un principio "científico" más que añadir a sus creencias.
Desconozco el texto publicado, pero en el artículo se recurre a las explicaciones dadas por los científicos implicados en la obra. Espero que el reduccionismo periodístico no haya actuado más de la cuenta y trataré de centrarme en los entrecomillados. Los autores provienen del campo de la genética, un territorio generalmente mal leído desde los comportamientos sociales, del que algunos sacan consecuencias peligrosas, especialmente cuando explican conductas y comportamientos sociales tan amplios como es la violencia, concepto, por otro lado, cargado de amplios matices, es decir, formas de evaluarla diferentes marcadas por la Historia y los contextos culturales.
Tras contarnos la historia de por qué el investigador que actúa como portavoz de los autores no consiguió pasar de cinturón marrón en Taekwondo, la periodista que le entrevista indaga en las raíces de la Humanidad:

Quizá desde entonces se venía preguntando si el ser humano era una especie violenta por naturaleza y el ensayo que acaba de publicar, junto a otros cinco expertos la Universidad de Barcelona, tenga como fin responder de una vez por todas esa pregunta. De ahí que su título sea tan directo: ¿Somos una especie violenta? (Ube). ¿Lo somos? «Lo somos, sí. Somos una especie violenta por naturaleza. Por dos razones. Porque somos agresivos y porque somos creativos. Sin imaginación no seríamos violentos», contesta.
¿Por qué no lo seríamos? «La agresividad es algo que compartimos con el resto de animales. Es una emoción, como el amor o el miedo. No es buena ni mala. No tiene connotaciones morales o éticas, simplemente es parte del instinto de supervivencia. La violencia es otra cosa. Es una agresividad consciente. Es un hacer daño queriendo hacerlo. Y para eso hace falta imaginación. Creatividad. El ser creativo es capaz de relacionar dos cosas que no tienen una relación natural. Su deseo de imponerse con la forma de conseguirlo, por ejemplo. El hombre sabe que siendo agresivo puede conseguir algo», asegura Bueno, experto en la genética del desarrollo y neurociencia, y en su relación con el comportamiento humano.*


Dudo que, como esperaba la entrevistadora, podamos "responder de una vez por todas esa pregunta", forma también de reduccionismo periodístico y que cerraría las posibilidades a más entrevistas, una vez zanjada, sobre esta cuestión. Pero no, me temo que tendrá que seguir preguntando a expertos.
Lo que se plantea ahí desborda, muy ampliamente, lo que la genética pueda explicar sobre el comportamiento humano, individual y colectivo. La distinción entre "violencia" y "agresividad" es esencial, pero ambas dejan de ser emociones y se canalizan a través de las personas, grupos e instituciones, que también tienen un componente de violencia. Lo primero que habría que hacer —y no es sencillo— es definir la "violencia" y a esto se dedican, más allá de la genética, sociólogos, filósofos, juristas, etc., campos bastante más complejos que los de la genética.


Peligrosa me parece la interpretación de la "violencia" como "creatividad". Schumpeter definió la "innovación", que sería su forma de definir la "creatividad", en ciclos económicos de destrucción y creación. Su visión del mundo —es decir, su cultura— le llevó a concebirlo así; él se limitó a importar esa idea de otros campos. La palabra "creatividad" no puede ligarse a la "violencia" porque precisamente es la que permite huir de ella en muchas ocasiones. No hay ninguna ligadura específica entre ambos conceptos. Es más, la violencia suele ser la forma de evitar pensamientos creativos y suelen ser más bien destructivos. ¿No es creativo un pacifista? Se da por descontado en la expresión anterior que el camino hacia el objetivo que se desea es siempre la violencia, cosa absurda, pues es el más primitivo; el más elaborado y, por tanto, inteligente, es el diálogo y la cooperación, como superación de la violencia. Pero esos supuestos no entran en las explicaciones genéticas habituales que se mueven mejor con el resto de la naturaleza que sí actúa sobre la lucha como principio de supervivencia.


Decir que como la violencia es "agresividad consciente" ya por eso es "creativa" me parece un verdadero despropósito. La expresión "violencia irracional", que solemos usar a menudo, marca esa diferencia. Si la agresividad consciente es creativa, ¿qué lugar le queda a la "paz creativa"? Definir la violencia como "agresividad consciente" ya no tiene nada que ver con los expertos en genética, es puro discurso social y, si me apura, político sin filiación definida, ya que entra en lo que es el ámbito del "poder" y lo medios para conseguirlo.


Sorprende también la consideración del "amor" como una emoción, junto al "miedo". Confunden quizá el "amor" con la "sexualidad" como "reproducción", que es como confundir el simple alimentarse con la compleja gastronomía. Alimentarse es necesidad; cocinar es aspecto cultural, regulado, historia, diversidad. "Amar" es un hecho cultural; la forma en que se canaliza y se interpreta la sexualidad en cada cultura, cuyos usos, reglas y costumbres amatorias difieren grandemente. La sexualidad existe en la naturaleza, pero desde ese hecho común también ascendemos por las escalas de la complejidad según las especies. Ninguna tan compleja como la nuestra en nuestra concepción de lo amoroso. Hay culturas —hoy todavía— en las que el amor está separado del matrimonio y la reproducción; el matrimonio se acuerda por familias y no hay necesidad más que de dar hijos. Para reproducirse no hace falta "amor", una práctica cultural relativamente reciente.
Pero cuando uno se queda más sorprendido es en el final de la entrevista, después de especular sobre la cantidad de testosterona que deben tener las mujeres líderes en sus campos de trabajo, nos adentramos de nuevo en terrenos complejos:

Ligado a la idea del líder, otro apunte interesante del ensayo tiene que ver con el terrorismo. «Tendemos a pensar que el terrorista es alguien terriblemente malo y se ha comprobado que aquellos que se inmolan tienen, por el contrario, un exceso de empatía. Los que no son empáticos son los líderes, casi mesiánicos, que les convencen de que deben sacrificarse para favorecer a su grupo. Pero, ¿cómo alguien tan empático mata a otras personas que también sufren? Aquí es donde entra en juego otra vez la imaginación. Un león no puede desleonizar a otro león, pero un ser humano sí puede deshumanizar a otro. Podemos convertir a las personas en cosas. Es así como podemos torturar, por ejemplo», explica Bueno.
¿Y de qué manera podría acabarse con el terrorismo? «Deberíamos combatir el dogmatismo, y tratar de detectar a ese tipo de líderes mesiánicos, que son detectables ya de niños, y no reforzar su cerebro ya de por sí en exceso masculinizado, en el sentido en el que por encima de todas las cosas desean dominar al otro, sino tratar de gestionar ese exceso, a través de la educación», concluye.*


La diferencia entre el antiguo sabio y el moderno experto es que el sabio trataba de integrar conocimientos para explicar el mundo, mientras que el experto de hoy trata de explicar el mundo entero desde su campo. En este caso toca a la genética.
Desarmados por el descubrimiento, desde la genética, de que los terroristas no son terriblemente malos, sino confraternizadores empáticos, cambia nuestra visión del mundo y no sabemos qué hacer. De nuevo la complejidad del fenómeno del terrorismo —una nueva capa cultural que se superpone a la violencia— se nos queda reducido a la nada. ¿El descubrimiento es que los líderes de las organizaciones terroristas actúan por "odio" y sus sicarios por "amor" a ellos? ¿El descubrimiento es que hay terroristas que tienen unos niveles muy bajos de autoestima y que las organizaciones les compensan reforzándoles con sus ideales de entrega a la causa? ¿El descubrimiento es que los que se inmolan lo hacen porque creen ciegamente en su causa y líderes? Para este viaje, no hacen falta alforjas ni microscopio.
La propuesta de combatir el "dogmatismo" tampoco se debe a la genética. Aunque sí habrá que indagar en eso de detectar "líderes mesiánicos" entre los niños y no "reforzar su cerebro ya de por sí en exceso masculinizado".


La genética es un campo extraordinario, una de las fronteras actuales, junto con el cerebro y el espacio exterior. Pero sí la genética aspira a convertirse en la "filosofía primera", en la "física de partículas" del comportamiento humano, en la explicación de la Cultura, la Historia, etc., no vamos por buen camino porque se aplica la distinción entre las dos formas de reduccionismo con la que comenzábamos. Una cosa es comprender lo básico y otra desatender lo complejo. Cuando se dan ese salto del gen al comportamiento social o a la Cultura se está ejerciendo una gran violencia explicativa. Se va más allá de lo que se puede explicar. La palabra "ensayo" con la que se presenta el texto no deja de ser un nadar y guardar la ropa, una forma de cubrirse las espaldas.

No se puede decir que la "violencia" es "creativa", que el "terrorismo" es exceso de "empatía", que hay que desmasculinizar el cerebro de los líderes tras detectarlos en la infancia, que las mujeres con más testosterona llegan más lejos, etc. porque el mundo no cabe ni en una probeta ni en una pizarra ni en un refrán. Ni en libro. Tampoco en el titular de un periódico. Y lo malo es que hay gente que piensa que sí y ya se han hecho un mundo más clarito, sencillo, contable en dos tuits.


* "Una especie violenta por naturaleza" El Mundo 9/03/2014 http://www.elmundo.es/ciencia/2014/03/09/531a1f72e2704e30248b457a.html