Mostrando entradas con la etiqueta bibliotecas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta bibliotecas. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de agosto de 2023

La mejor biblioteca pública del mundo

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


En este mar de malas noticias cocinadas con un calor asfixiante, destaca una buena noticia, la concesión del premio de la Mejor Biblioteca Pública del Mundo a la biblioteca Gabriel García Márquez, de Barcelona, una biblioteca de barrio con apenas un año de vida.

La noticia la leemos en RTVE.es, donde se nos explica el sentido del galardón:

Inaugurada en mayo de 2022 como biblioteca central del distrito barcelonés de Sant Martí, la Gabriel García Márquez cuenta con un edificio de seis plantas con una estructura de madera vista de casi 4.000 metros cuadrados, una gran "casa" que parece colgada y semioculta entre los altos plataneros que la rodean.

Aunque a los visitantes les suele sorprender aún más su estructura interior, con un patio abierto al que se asoman las sucesivas plantas como si fueran balcones, y espacios abiertos y cubículos que permiten crear intimidad a base de cortinas de gasa que cuelgan del techo.

Especializada en literatura latinoamericana, la biblioteca lleva el nombre del Premio Nobel de Literatura colombiano, que residió en Barcelona de 1967 a 1975, y sirve de sede del KM Amèrica Festival de Literatura Latinoamericana, que va por su segunda edición.

El estudio SUMA Arquitectura, encargado del proyecto, ya recibió el Premio Ciutat de Barcelona de Arquitectura 2022 por el diseño del edificio.
La directora de la BGGM, Neus Castellano, explicó recientemente a Efe que el verdadero premio para la biblioteca -no es "un tópico", insiste- es la gente que acude a ella, unas 1.100 personas de media al día, cifra que ha aumentado desde que se conoció su candidatura a mejor del mundo.*

 

Contarlo no es hacer justicia; es mejor verlo en los vídeos que acompañan a la noticia en distintos medios. Se ha premiado sobre todo un espacio, su funcionalidad y la capacidad de interacción de los lectores asistentes.

El premio es importante, pero también lo es que en estos tiempos digitales se ponga foco en el espacio de la lectura y en el hecho del libro (y los medios audiovisuales).

El papel de las bibliotecas públicas se vuelve crítico en un tiempo de desaparición de las bibliotecas privadas, ya sean familiares o personales. Hoy asistimos al espacio vacío de los hogares, espacios sin libros.

Crecer en un hogar con biblioteca es un auténtico regalo; que los padres hagan que los niños vayan a creando su propia biblioteca es algo esencial para la formación de buenos lectores. Pongo el énfasis en lo de "buenos" porque leer no es "matar el tiempo", sino parte del plan de formación de la personas, algo que se olvida.

En el modelo de lector por aburrimiento o hábito y el lector como comprador, está el lector personal, el más desatendido, el que va evolucionando doblemente, en sus gustos lectores y en algo en lo que insistimos aquí, en su sentido estético de la vida. Se trata de un lector crítico capaz de captar la belleza y la verdad de los textos, no de un mero lector que no sabe cómo ocupar su tiempo.

La función de la biblioteca no es solo guardar libros, sino ofrecer trayectorias lectoras, para lo que se requiere un personal con características propias.

Por eso se ha producido un fenómeno especial, los clubes de lectura, que insertan la pasión y el gusto por leer en la vida. No se trata de leer por leer, sino de leer para crecer, para ampliar la visión de la persona ampliando su mundo. Muchos de los libros que se nos ofrecen no merecen el tiempo de lectura que suponen. Pero volvemos al mismo fenómeno que señalábamos el otro día para el cine: la desaparición de la memoria cultural, sustituida por la fuerza de las ventas, la presión de lo que se vende en competencia con el legado de la escritura.

Hablar de lectura y de libros no es decir mucho; como decía la canción, todo está en los libros, lo bueno y lo malo. Hay buenas y malas lecturas, como hay malos y buenos libros. Por eso es importante la selección, la recomendación, el diálogo sobre los libros, sentir que hay otros lectores con los que compartir las experiencias de las lecturas. Esto último es lo que permiten los clubes de lectura, ofrecer buenos textos a los que quieren leer con cierto criterio. La cuestión es que suele ser gente madura, personas que tenía el gusto de leer y que ahora disponen de más tiempo. Como tantas otras experiencias estéticas, el sistema educativo lo ha convertido en lo que no debía ser, una imposición de lo incomprensible para el lector. Se da por supuesto que leer es en sí mismo un acto formativo, aunque no se forme al lector como tal.

Pero la lectura hoy carece de faros reales, de gente que habla apasionadamente de libros que quiera compartir. Las revistas de Literatura van desapareciendo entre el trabajo de eruditos para eruditos y las académicas penalizan la divulgación cuando más falta hace.

Los libros, que antes se heredaban y compartían, se han convertido en algo extraño para muchos. Basta con darse un paseo cada mañana por la mayor biblioteca del mundo, el transporte público, para ver cómo se emplea ese tiempo. El teléfono se ha convertido en la conexión por el mundo y este ha quedado reducido a lo que se muestra en pantalla.

Da una cierta tristeza ver cómo, cada vez que se jubila un compañero o compañera de la Facultad, los libros se dejan fuera de los despachos que han  de quedar vacíos. Pasan días solitarios sobre los bancos ante las miradas indiferentes de los estudiantes universitarios. He publicado alguna fotografía de libros puestos sobre contenedores de papel, en plena calle. Alguien ha sentido pudor en arrojarlos y deja en manos del destino una segunda oportunidad. Hoy pocos quieren leer lo que no es obligado, pese a que todos quieren escribir (las editoriales son ya fábricas de libros para autores sin público).

Libro abandonado sobre un contenedor

El sistema educativo, que sería la alternativa de apoyo a una segunda generación que ya apenas lee y cuando lo hace es a golpe de promoción, se centra en la rentabilidad de los estudios para las profesiones y rechaza la llamada formación "humanística", que se considera como una especie de suicidio para el futuro profesional. Mentes cerradas antes de tiempo.

La concesión del premio a la biblioteca barcelonesa es una buena noticia, una solitaria buena noticia. Espero que ese año que llevan de trabajo se centre en la parte no visible, en los efectos lectores. Es el espacio perfecto para poder desarrollar una lectura cómoda. Ahora llega la parte más difícil, la promoción, la selección, el interés.

Dicen en el artículo  

"Este premio lo que reconoce es, básicamente, el edificio, no una trayectoria, sino un proyecto que comienza, aunque en este caso existía un espacio previo (en otra localización) y se valora también este arraigo, además de la sostenibilidad, la forma de construirlo, sus sistemas de eficiencia energética, la flexibilidad de espacios... que hace que al final todo sea más respetuoso con el planeta”, resumía la directora.*

 Me alegra saber que sí se distingue una y otra función. Espero y deseo que de ese espacio no solo salgan lectores, sino "buenos lectores", algo muy complejo, más con los tiempos que corren en contra. Con humor, la directora señala que hay ahora un "turista lector", que es el que va a ver la biblioteca. Se les distingue, dice, porque miran para arriba y no para abajo, que es donde están las páginas abiertas.

* "La biblioteca Gabriel García Márquez de Barcelona, elegida Mejor Biblioteca Pública del mundo" RTVE.es / EFE 21/08/2023 https://www.rtve.es/noticias/20230821/biblioteca-gabriel-garcia-marquez-mejor-mundo/2454337.shtml

lunes, 26 de noviembre de 2018

Michelle Obama y la pequeña biblioteca libre

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Las cosas pequeñas también son importantes. La vida cotidiana está hecha de muchas, muchas cosas pequeñas. Son el 99% de lo que nos ocurre. Por eso este tipo de cosas adquieren significación en un mundo de grandes titulares. Lo pequeño es importante.
The Washington Post ha llevado una de estas historias pequeñas al espacio de las grandes porque muestra el deterioro de la vida norteamericana, la profunda división y el aumento de la intransigencia, el odio y la discriminación.
La historia es la de una pequeña caseta convertida en lugar de entrega y recogida de libros, una Biblioteca Libre, en espacio común en el que dejas tus libros leídos con la esperanza de que los lean otros y tú recoges alguno que te puede interesar. Cuando los terminas los dejas en el cajón callejero. Y esto es lo que nos cuenta The Washington Post que ha ocurrido:

The Little Free Library went up a week after the inauguration, its wooden walls painted to evoke the White House eight blocks away. But if the book box coincided with President Trump taking office, its tiny plaque pined for the previous administration.
“In Honor of Michelle LaVaughn Robinson Obama,” it said. “Lawyer, writer, and First Lady of the United States.”
For a year, few seemed to notice the dedication. Then the attacks began.
The library’s small glass window was smashed in the spring. Its plaque was ripped off over the summer. And when neighbors replaced the plaque with a photo of the former first lady, that, too, was quickly torn down.
Then, earlier this month, Obama’s name was crossed out and replaced with another.
“Trump’s,” the vandal wrote in black marker.
“Who would do that?” wondered Maureen Dolan-Galaviz, who erected the library outside her home at 16th and Q streets in Northwest Washington in early 2017. “If there is one thing that should be off limits it’s the idea that we all deserve access to books.”*


A quien nunca lo haría, esto le resulta incomprensible. ¿Por qué esa rabia, esa intransigencia sobre algo tan simple? ¿Por qué ese odio hacia los Obama, especialmente hacia Michelle, a la que muchos consideran como una modélica Primera Dama? ¿A quién ofende ese "abogada, escritora y Primera Dama"?
La rabia contra el nombre de Michelle Obama y contra la biblioteca lo es también contra la doble idea que representa, el intercambio y la cultura. Al autor o autores les debe repugnar tanto la figura de la ex Primera Dama como el hecho de que la gente comparta lo que tiene (¿le parecerá demasiado "progresista"?) o el hecho mismo de que sean libros.
Pero es más sencillo pensar que es Michelle Obama la que ha despertado el odio irrefrenable del vándalo destructor de la pequeña biblioteca libre a unos cientos de metros de la Casa Blanca. Así lo piensan los que han visto el odio contra ese pequeño homenaje en forma de biblioteca libre de barrio, un simple cajón con forma de casa pintada de blanco recordando su residencia un poco más allá.
Los vecinos del barrio no acaban de entender quiénes son los que llevan el odio puesto todo el día:

“Oh my gosh. Who are these monsters?” she said. She wondered if “this was some kind of partisan thing, or hate for Michelle. . . . What if this is a racist thing?”
Vandalism against the libraries is rare, according to Margret Aldrich, who works for the nonprofit. In a survey of Little Free Library stewards earlier this year, only 6 percent reported a significant case of vandalism, she said. But those few cases cut deep.
“When stewards call us, they say it really feels like a personal attack,” said Aldrich, who has also written a book about the little library movement. “What Little Free Libraries stand for is community and coming together, so it is disheartening to see something happen to a Little Free Library in a neighborhood. But it’s also in­cred­ibly heartening to see the outpouring of support that comes after an incident.”*


Los incidentes dan al vecindario la posibilidad de unirse, de sentirse diferentes a aquellos que les agreden y no son capaces de soportar el nombre de Michelle en la biblioteca, que alguien le haya dedicado ese pequeño espacio cultural.
Recordemos que los primeros incidentes tras la elección de Trump fueron precisamente contra Michelle Obama. Es el paquete retrógrado completo: racismo más machismo. En esto Michel Obama se opone a la idea de los enemigos de los libros. Representa un  símbolo más amplio que Barack. Si Barack Obama rompió el techo de los afronorteamericanos, Michelle lo hizo en su propio territorio, el de la igualdad. Supo ser discreta sin querer aparentar lo que no era. Para muchos norteamericanos ha sido una referencia y por eso muchos la odiaron en cuanto consideraron que el triunfo de Trump era el de la venganza blanca. El odio racista contra los Obama es un  fenómeno que muchos creerían que no se produciría. Pero, como hemos sostenido en ocasiones anteriores, ha sido una espina clavada durante su mandato. Sencillamente, no lo soportaban. Iba más allá de la política, hasta las raíces del odio racista.
No es una cuestión pequeña. Es otro síntoma de lo que ha ocurrido en los Estados Unidos con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Los incidentes racistas y de odio se han multiplicado por toda la geografía, en todas las esferas. La estimulación constante de sus seguidores crea este efecto de conflicto permanente. 
La pequeña caseta de la Biblioteca Libre se entiende como una provocación en una "América blanca" ganadora de las elecciones. Lo que es un sencillo homenaje callejero, poner su nombre a una caseta, se convierte en campo de batalla. Michelle Obama sí hizo mucho por la educación y las bibliotecas, especialmente por la educación de las niñas como una forma de mejora de la sociedad. No llego a pensar a qué le se puede poner el nombre de "Trump" cuando salga de la Casa Blanca. ¿Un depósito de armas?
Dan ganas de empezar una campaña para crear nuevas bibliotecas libres por distintos sitios con el nombre de Michelle Obama para fastidiar a los energúmenos racistas que se desahogan destruyendo la biblioteca libre y lo esta que representa.


* "A Little Free Library honored Michelle Obama. Vandals tagged it ‘Trump’s’"  The Washington Post 24/11/2018
https://www.washingtonpost.com/local/a-little-free-library-honored-michelle-obama-vandals-tagged-it-trumps/2018/11/23/8dbfdc70-edbf-11e8-8679-934a2b33be52_story.html?noredirect=on&utm_term=.f374c637512f




miércoles, 21 de noviembre de 2018

La butaca o el lector existencial

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Lo confieso. El artículo de Cristian Segura en El País, me ha emocionado desde su título casi existencialista "El niño lector que siempre está ahí". Esa perspectiva del niño lector como una especie de dasein heideggeriano me ha cautivado como texto y como realidad.
Como texto, se ve liberado de la tensión de las noticias que sacuden al mundo y puede discurrir por los tranquilos meandros del estilo, por usar una expresión flaubertiana; como realidad, conmueve por estar precisamente alejada de todo lo que supone la novedad. "El niño lector que siempre está ahí" convierte en noticia lo que no es novedad, creando una paradoja que no es tal, dado el signo de los tiempos. Convertir en noticias (texto) lo que no es noticia (en la realidad) es precisamente lo que distingue a la Literatura del Periodismo, que se convierte en arte cuando sobrevive a su circunstancia. Y es ahí donde el hecho se transforma en fábula, en lectura ejemplar elevando el caso a una dimensión de significación universal.
Nos cuenta el singular caso Cristian Segura con toques de realismo mágico:

Una tarde de agosto de 2017, aburrido de no hacer nada, Hao Yu entró en la librería +Bernat de Barcelona, se sentó en la que ahora dice que es su butaca, y empezó a leer. Un año y tres meses después, Hao Yu, de 12 años, sigue ocupando cada día su butaca para leer y leer: lo hace durante el parón del almuerzo en el colegio —de 13.30 a 14.30—y por la tarde —de 18.00 a 20.00—. En el barrio le conocen como El Chino de la +Bernat. Lo primero no es correcto, porque Hao Yu nació en Barcelona en 2006; lo segundo, sí: Montse Serrano, la librera, se ha convertido en una suerte de segunda madre.
"Yo no lo entiendo, no sé de dónde le sale. En casa no hemos leído mucho", dice Lili, la madre de Hao Yu, mientras recoge la terraza del bar que regenta con su marido en la calle de Buenos Aires, frente a la librería. El bar Bocinet es un local de quintos de cerveza, menú de mediodía y de tragaperras. Lo gestiona la familia Hao desde hace cuatro años, de los 20 que llevan en España. El verano de 2017, Hao Yu estaba harto de no hacer nada en el bar mientras sus padres faenaban y cuidaban de él y de su hermano pequeño. Hao Yu se fugó a +Bernat. Y entonces empezó a leer. "Es muy movido, en el colegio da problemas. Pero cuando lee, está tranquilo. De verdad, no lo entiendo", insiste Lili.*


Un texto polifónico en el que se entretejen las voces del barrio, la familia, la librera y un silencio, el del imperturbable Hao Yu concentrado en su lectura. Y es precisamente en ese silencio absorto en el que se nos revela el lector empedernido.
El texto, como decíamos, tiene algo de realismo mágico, de historia extraordinaria contada con los mimbres de lo cotidiano. Gracias a la forma de expresarlo, el simple hecho de un niño leyendo deja de ser simple y se convierte en un hecho extraordinario, casi heroico, en una gesta contracorriente.
Y ese es su secreto textual, llevarnos a lo mítico por la vía de lo que ha dejado ser cotidiano. El asombro generado por el niño, merecedor de un título incorrecto, "El Chino de la +Bernat", es precisamente el que nos muestra el vacío lector que le rodea.
En efecto, el niño lector que siempre está ahí se nos ofrece a la mirada del barrio como una especie de prodigio, como si fuera un telekinésico que pasara las páginas con el poder de la mente y viéramos volar el volumen terminado camino de su estante. Sin embargo, Hao Yu simplemente lee. Lee sin parar, lee para asombro de los que no leen o leen poco, de los que deslizan nerviosamente sus dedos sobre la superficie grasienta de sus teléfonos modestamente inteligentes, de los seguidores de realities con personajes triviales pero con ínfulas, etc. Hao Yu no dobla cucharas o hace equilibrios con lapiceros en la punta de la nariz. Solo lee, pasa páginas y está ahí.
Nos dice Segura en el artículo:

Hao Yu no es un niño muy sociable. Para ser entrevistado por EL PAÍS, aceptó a cambio lo que él considera un soborno de Montse Serrano: el último libro de Brandon Sanderson, otro autor de best sellers de ciencia ficción. Serrano tiene fotos de él devorando La transparencia del tiempo, de Leonardo Padura o partiéndose de risa con La extraordinaria familia Telemacus, de Daryl Gregory. También se han fotografiado con él escritores como Enrique Vila-Matas —un habitual de la librería—, Antonio Muñoz Molina o Ignacio Martínez de Pisón.
A Hao Yu parece que le traen sin cuidado quiénes son, él solo quiere que le dejen tranquilo leyendo en su butaca. Se queda absorto en un nivel de concentración admirable pese al trasiego a su alrededor. En dos ocasiones ha detectado erratas en libros y se las ha hecho llegar a la editorial. "A mí me gusta que esté aquí, y su madre me pide que le ayude", comenta Serrano: "Él nos echa una mano en días como Sant Jordi, o cuando hay que vender números de la cesta de Navidad. A veces atiende a clientes; aprendió él solo a utilizar la caja registradora. Pero eso es si quiere, porque es muy suyo. Pero ya es parte de nuestra vida, incluso los comerciales lo adoran, le traen ejemplares de regalo".*

Vida prodigiosa. Hao Yu adora los libros e ignora a los escritores, personas mucho menos interesantes que sus obras. Cuando un autor es más interesante que sus obras, malo. La imagen de los autores fotografiándose con un lector invierte nuestro sentido de la realidad. Pero tiene su lógica: autores hay muchos; lectores como Hao Yu, muy pocos. Es casi un prodigio, algo que fuera del barrio se recibe con escepticismo. Esperemos que el artículo en el diario no genere caravanas para fotografiarse con el lector, perturbando la única acción que le define. Allí donde el autor busca la fama; el lector, por el contrario, ansía la tranquilidad de la lectura, la paz del silencio que le permita perderse tras las palabras. ¡Respetad la paz de Hao Yu!



La historia del "niño lector que siempre estaba allí" ha coincido con dos momentos, actuando a modo de guinda o remate. Uno es la lectura de un maravilloso libro de escritos sueltos, artículos pequeñas conferencias, reflexiones, etc. de la escritora de ciencia-ficción o escritora a secas, Ursula K. Le Guin, titulado "Contar es escuchar" (2018), en el que se nos desvela no solo como autora sino mostrando la otra cara de la moneda, como lectora.
En el breve texto titulado "Mis bibliotecas", escrito en 1997 con motivo de la reforma de una biblioteca en Portland, Le Guin va haciendo un repaso su vida según los momentos pasados en diferentes bibliotecas públicas. Otros cuentan la vida en otras unidades de medida, pero Le Guin lo hace en bibliotecas, espacios en los que pudo perderse en la lectura. Uno se puede perder físicamente, pero la pérdida de la lectura es como la del sueño (con el que mantiene conexiones interesantes): nuestro cuerpo se queda pero nuestros pensamientos están lejos, imaginativamente hablando. Hao Yu está allí sentado, siempre; pero su mente está por otros lugares, viajando, viviendo aventuras en planetas o islas remotas. Los estímulos ya no le llegan del exterior, que ignora, sino de esa estimulación imaginativa que producen las palabras adecuadas en su orden correcto. Podemos verle reír, llorar o estarse quieto. Su mente está lejos o, si se prefiere, en una capa interior más profunda estimulada por las palabras. Milagro del lenguaje, milagro de la imaginación.


Al final del escrito, Le Guin nos valora esa perspectiva de las bibliotecas en su vida:

Les hablaré de mi definición personal de la libertad. La libertad es el acceso a los estantes de la biblioteca Widener.   
Recuerdo que la primera vez que salí de aquellos estantes interminables e increíbles apenas podía caminar bajo el peso de unos veinticinco libros. Pero iba volando. Volví la vista y miré las anchas escaleras del edificio y pensé: Es el cielo. Eso es el cielo para mí. Todas las palabras del mundo, y todas esperando a que las lea. ¡Libre al fin, señor, libre al fin!   
No crean que cito esas nobles palabras a la ligera. No es mi intención. El saber nos hace libres, el arte nos hace libres. Una gran biblioteca es la libertad.
(U.K. Le Guin "Mis bibliotecas", en Contar es escuchar)**


La libertad de la lectura es la que hace que estemos sentados, como Hao Yu, pero podamos estar a la vez en cualquier otra parte, en un mundo más gratificante, más interesante, en este caso, que el bar familiar en el que escuchar las historias de un mundo aburrido lleno de gente aburrida.
Sí, tiene razón Le Guin, ¡todas las palabras del mundo esperando para ser leídas! El problema es que esas palabras se suelen quedar con las ganas antes la desaparición de los lectores o, si se prefiere, de las ganas de leer o, todavía más, ante la desaparición de la aventura lectora, de la exploración frente a la prescripción de los libros a la carta.
El mundo se ha llenado de falsas aventuras, de visitas guiadas a los sitios más insospechados, incluidos los espacios mentales que han sido totalmente invadidos colonizando nuestras mentes y convirtiéndolas en parques temáticos de riesgos controlados. La aventura de recorrer estantes y encontrar un libro que te estaba esperando, solo a ti, en ese momento tan especial de tu vida, ha desparecido frente al cerco de la persecución comercial, del libro recomendado sin fe, solo como mercadotecnia.

Hay una gran verdad en esa idea de la libertad construida desde las palabras, desde las lecturas recibidas. Con el tiempo, la seducción de la lectura se convierte en diálogo, en construcción conjunta. Ya no somos simplemente arrastrados en la lectura como por un agujero negro del que no se sale; nos movemos con más libertad en la lectura. Es la diferencia entre los lectores que matan el tiempo leyendo y los que lo viven plenamente como experiencia vital y construcción de esa libertad que nos hace más robustos frente al mundo. Es el efecto de los buenos libros, porque leer leer es leer buenos libros, que son los que te hacen crecer y te impulsan a nuevas metas en un mundo inagotable. El buen lector sabe discriminar, señal de que ha crecido como lector, que tiene criterio y gusto. Nada repugna más a los buenos lectores que leer por leer, que leer cualquier cosa. Cuando has conocido buenos libros, las malas lecturas, como se suele decir, se te caen de las manos.
El segundo momento de coincidencia feliz, junto a la lectura de la obra de Ursula K. Le Guin, en la que todavía sigo enfrascado (bonita expresión para la lectura) es la coincidencia en la explicación de un texto en clase, en donde desgranamos el texto de Nietzsche "Sobre verdad y mentira en sentido extramoral", un texto precisamente sobre el poder del lenguaje y las ficciones y sobre la creatividad humana, sobre el milagro estético de la apropiación simbólica del mundo a través del acto de poner nombre a lo que nos rodea, de poder empaquetar la experiencia vital en palabras, darle forma. 

Las ficciones son solo uno de los tipos de ficciones que reconocemos como tales. Vivimos, como estableció Baudelaire, frente a un bosque de símbolos (L'homme y passe à travers des forêts de symboles / Qui l'observent avec des regards familiers). Ya no es la naturaleza de la que huimos o fuimos expulsados, sino el bosque de la cultura, la semiosfera lotmaniana, en la que somos arrojados ahí, condenados felizmente a la aventura de la interpretación. Vivimos en un bosque de ficciones, la cultura. Vivimos leyendo, libros y todo tipo de signos que modelan y son modelados por nuestra cultura, una gigantesca biblioteca, un universo simbólico.
Hao Yu vive feliz en su parte del bosque, con sus ficciones encuadernadas para mejor manejo de los símbolos. No vive aislado, perdido, como algunos le pueden creer. Vive múltiples vidas, las que los textos le trasladan como mirillas abiertas en los cráneos de otros a través de las que ver el mundo.
Acusan a la librera, Montse Serrano, dice el artículo, de tener a Hao Yu "muy mimado". Pero si una librera no mima a su mejor lector, ¿quién lo hará? En otros espacios le habría dicho que si no paga no lee, pero hoy las librerías dignas de ese nombre saben que tienen mucho de casa de acogida ante el mal trato del mundo.
Respetemos la paz de Hao Yu, su tiempo de lectura, su estar ahí, siempre. Habrá un día en que no esté, que tampoco esté su butaca en la que deja el cartelito de ocupado cuando se va para cuando regrese. Y que tampoco estén los libros ni la librería, convertida en local de comida rápida para gente que no quiere perder su tiempo. Para Hao Yu, el tiempo es otra cosa y por eso vuela a su butaca en cuanto que sus obligaciones infantiles se lo permiten. Dicen que está muy tranquilo mientras lee, pero que en el resto de su otra vida es muy inquieto. Quizá porque está deseando regresar a su butaca y seguir leyendo. Le quedan mucho camino por recorrer, muchas obras que visitar sin moverse de si butaca.
Los escritores seguirán fotografiándose con él, que les ignora. No valora la fama, sino la experiencia que sus obras le producen. Saben de su rareza, pero quizá los raros somos nosotros en nuestras vidas planas, llenas de ajetreo, sin butacas que nos contengan.
  

* Cristian Segura "El niño lector que siempre está ahí" El País 20/11/2018 https://elpais.com/ccaa/2018/11/19/catalunya/1542663077_499169.html
** Ursula K. Le Guin (2018) Contar es escuchar (The wave in the mind 2004). Ed. Círculo de Tiza. Trad. Martín Sciffino.

jueves, 17 de abril de 2014

La dependienta ordenada

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El otro día, mientras me cobraban unas compras que había hecho, felicité a la dependienta que me atendía. "—Enhorabuena. Da gusto buscar las cosas y encontrarlas en donde uno espera hacerlo", le dije. No soy un maniático del orden, pero sí un enemigo de la pérdida de tiempo. He dedicado muchas horas de mi vida a explorar inútilmente estantes de todo tipo —música, cine, libros...— como para no valorar la capacidad de ordenar con criterio, algo que se está perdiendo.
En una sociedad que etiqueta todo, se naufraga a la hora de diseñar "órdenes" en los que sean fácilmente localizables las cosas. Hay campos medianamente claros, pero otros tienen una complejidad creciente. 
Sobre las grandes superficies se libra una batalla en la que se enfrentan el orden mental del que busca, el cliente, y el orden impuesto por el que ordena. Es una batalla desigual en la que el cliente acaba rindiéndose mediante el acto humillante de tener que preguntar sobre lo que se supone que está a la vista, algo que solo tiene en ocasiones la salida compensatoria de escuchar al dependiente decir que tampoco sabe dónde se encuentra lo que buscamos, en cuyo caso nos remite a otra sección con un brusco o amable, según toque, "no lo sé, pero aquí no tenemos de eso".


Con la crisis económica muchos grandes almacenes se han lanzado a la batalla del reordenar sin caer en la cuenta de que así desordenan la mente de sus clientes. Quizá pensaran que la gente no encontraba bien las cosas. En un periodo breve de tiempo ha sufrido el descalabro, en diferentes espacios comerciales, de tener que enfrentarme a nuevas distribuciones de las cosas que compras todos los días, privándome del mayor placer de ir de compras de lo cotidiano: poder pensar en otras cosas. Uno se desliza entre tomates y cebollas, entre embutidos y filetes, etc., pensando en otra cosa más interesante o distraído con la música que vas escuchando. Hay días en que salimos a ver qué compramos, en cuyo caso nos fijamos bien en todo, exploramos espacios y sus contenidos, y otros, por el contrario, que salimos con los automatismos puestos.
Los cambios de lugar te obligan a prescindir de la rutina y a lanzarte a explorar los pasillos que se han vuelto hostiles, territorio desconocido. Durante años, por ejemplo, en una sola pasada te llevabas el papel de cocina, las servilletas y el papel higiénico. Todo era "papel" y esa era tu "categoría mental". De repente, alguien decidió que las categorías eran confusas y las servilletas fueron a parar donde están los platos de papel, que se clasificaban por su "función", junto a otros platos, y no por su "material". Yo uso habitualmente "servilletas de papel", pero casi nunca "platos de papel", por lo que el cambio no ha hecho más que introducir confusión por tener que ir a buscarlas a zonas desconocidas. Por otro lado, el hecho de mantener dentro de la categoría "papel" tanto el destinado al baño como a la cocina favorece también la confusión. A más de uno le habrá ocurrido llevarse confundido el uno por el otro.



No sé si se han vendido más así, con tanto cambio, pero la desesperación de muchos es patente. Tienen que invertir más tiempo en las compras y probablemente dejen de comprar cosas si no logran encontrarlas pronto. Aunque ciertas localizaciones pudieran ser extrañas, pasado el tiempo se automatizan porque la memoria se independiza y nos lleva hasta el lugar donde encontraremos lo que buscamos. Lo que se basa en la rutina repudia el cambio, que nos obliga a pensar en dónde podría estar algo. Pasado un tiempo, aprendemos dónde está cada cosa y podemos seguir distraídos. Durante cierto tiempo las cajeras recibían la misma queja: nadie encontraba nada. No se hablaba de otra cosa en la cola del hipermercado. Todavía hoy hay productos que no sabes si ya no tienen o es que han quedado olvidados en algún recóndito pasillo. Y preguntar tampoco suele servir de mucho: cada uno solo controla "su" zona. No le preguntes qué hay al otro lado de la frontera.

Pero lo que ocurre con los productos estandarizados y rutinarios, lo que nos limitamos mayoritariamente a reponer, no tiene comparación con el problema del orden en otro tipo de productos de más difícil clasificación: los culturales. Libros, música, cine, etc. plantean problemas constantes de clasificación porque intervienen gran cantidad de factores en su clasificación. Técnicos y especialistas en documentación se ven en estos problemas constantemente, elaborar criterios claros de clasificación para poder recuperar lo archivado.
Yo ya me he prohibido la entrada a ciertas librerías por las barbaridades —vamos a llamarlas así— que se reflejan desde sus estantes. Veo libros clasificados en las baldas con etiquetas que revelan el profundo desconocimiento de lo que hay en sus páginas. No podemos pretender que los dependientes de las librerías, de las tiendas de música o de cine hayan leído, escuchado o visto todo, pero sí cierto decoro organizativo que vaya más allá de alguna palabra de la portada. Esto se agrava en casos en que una palabra se pone de moda en los títulos como, por ejemplo, "ornitorrinco".


Las categorías fallan en muchos casos estrepitosamente porque fallan previamente en el cerebro de quien las establece. Crear etiquetas para los estantes no es tan fácil como parece, sobre todo si se carece de una visión amplia del conjunto y de un criterio de clasificación sólido. El principio básico de que no se deben mezclar criterios de división se suele ignorar con desastrosos resultados. En el establecimiento del orden también es esencial que la persona que lo determina tenga idea de lo que está ordenando, cosa que no siempre sucede. Como me dijo la dependienta a la que felicité, "—¡El cine de autor lo ordeno yo!". Y me dio algunos ejemplos de lo que ella consideraba "cine de autor" y lo que no. Un criterio tan vago como ese requiere tener las ideas medianamente claras y ella las tenía. Manejaba con soltura las filmografías y te podían decir qué películas del director por el que le pregunté estaban ya en blu-ray y cuáles no. Para eso había que saber las películas del director, cosa que muchos consideran que no va con su sueldo. El buen orden es el que sale de una cabeza bien ordenada porque tiene algo que ordenar. Eso parece claro.

Una cabeza sin orden, en cambio produce un pseudo orden que hace rechinar los dientes y crujir ciertas partes del cerebro. Eso me ocurre cuando encuentro en los estantes, bajo la etiqueta, por ejemplo, "religiones", estudios sobre la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, trabajos de Mircea Eliade o sobre los manuscritos del Mar Muerto, junto a libros que nos hablan de los viajes astrales, del tarot o las memorias de alguno que dice haber sido abducido. Otro caso de clasificación intelectualmente escandaloso se produce habitualmente en las secciones de "Psicología" en donde se entremezclan sin pudor los trabajos de neurocientíficos con los libros de autoayuda. Lo mismo ocurre en "Economía" donde los trabajos de Keynes, Krugman, Stiglitz, Galbraith, Smith... descansan abochornados junto a aquellos que nos prometen ser ricos por las vías más fáciles con una serie de consejos numerados.
Estos librillos pizpiretos, de colores llamativos y grandes tipografías, se juntan a los clásicos aprovechando el prestigio del estante, término que uso para referirme al hecho de que haya quien considere que se trata del mismo campo por estar en la misma balda. Los que confunden a Tomás de Aquino con J.J. Benítez o a Steven Pinker con Uri Geller o la Bruja Lola, ya tienen bastante. Quita las ganas de escribir pensar con quién te pueden juntar en un estante.
No contribuye a una buena clasificación y colocación la epidemia de los títulos en los libros, algo realmente penoso y que da cuenta de que ya nadie escribe para la posteridad sino para el presente más inmediato y un futuro de unos cuantos meses, en el mejor de los casos. El título chistoso parece ser un requisito para las ventas en un mundo en el que nadie quiere parecer aburrido. En ocasiones los libros son tontos, pero en otras son obligados a parecerlo a través de títulos impuestos por editores y agentes ante el temor de que no se vendan. Los que no leen demasiado siempre han sostenido que un buen título vende mucho. Así nos va.


Me alegró mucho ver que la dependienta ordenada y ordenante no se dejaba seducir por las modas. Sabía y tenía criterio. Lo que en otros centros está desperdigado por distintos estantes, allí estaba ordenado facilitando el encontrarlo. El problema del orden es que no es tan natural como nos gusta pensarlo; es el reflejo de un orden mental que se construye con conocimientos y que requiere también de una proyección de la mente del que va a buscar. Ordenamos para que otros encuentren. Pero creo que entre el confusionismo que demuestra la creación de etiquetas como "autoayuda y espiritualidad" y la claridad que supone el que yo me encontré, la batalla está perdida, como nos muestra su excepcionalidad. Si el orden clasificatorio revela "orden mental" y este "conocimientos", el desorden, la confusión o la "fusión" de criterios revelan lo contrario. En el fondo muestran una percepción confusa de lo que nos rodea. El mundo ya no ama lo claro y distinto; ama el capricho y la analogía, que es el arrastre de una cosa con otra.  Por eso se imitan los títulos y portadas en una aparente ingeniosidad asociativa.
Recuerdo que unos años después de publicar un libro de relatos, una antigua alumna que los había leído los calificó, para mi sorpresa, como de "autoayuda". Cuando le pedí que me lo explicara me dijo que "te hacían pensar". Esa fue toda la explicación.

Al final acabas filtrando el mundo a través de las categorías que te dan.