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domingo, 26 de septiembre de 2021

Humillados y deprimidos a la carta

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Creía que no lo había entendido bien, pero pronto me tranquilicé al leer que varias fuentes decían lo mismo. Me pareció que era una historia "justa", pero solo era una historia "legal". La diferencia entre lo legal y lo justo se aprende a base de injusticias y legalidades que las amparan, que son las formas en que se manifiestan estas situaciones.

Llego a esta historia a través de titulares engañosos por lo esperanzadores: en Antena 3 leí "El TSJ de Castilla y León considera accidente laboral la depresión causada por la bronca de un jefe" y en Cinco Días, donde fui a revisarlo, me encontré con "La justicia considera accidente laboral la depresión causada por una bronca del jefe".

Como llevo una temporada escuchando lamentos de muchos jóvenes sobre el trato que reciben por parte de jefes echa broncas, malhumorados, despectivos, despóticos, etc. no solo aquí sino en diversas partes del mundo, tanto en públicas como en privadas, etc., me sentí gratificado pensando que esa situación de acoso constante, fruto de un mercado que sabe que tiene cola de trabajadores esperando a ocupar un puesto por la mitad del salario, se veía compensada por algún "acto justo" que dijera "¡basta!" a esta escandalosa e inhumana situación que vive tanta gente cada día.

Pero ¡mi gozo en un pozo! Tuve que verlo varias veces e ir a la fuente original para comprender de qué se trataba. Así nos los cuentan en Antena 3:

 

El Tribunal Superior de Justicia (TSJ) de Castilla y León ha determinado que las amonestaciones laborales, lo que comúnmente se conoce como broncas de los jefes, pueden provocar una baja por accidente laboral. El Tribunal ha dado la razón a una trabajadora que estuvo un año con depresión tras recibir una carta de apercibimiento de Recursos Humanos.

La mujer en cuestión trabajaba como ayudante de producción en una empresa cárnica. Según relata la sentencia, no tenía buena relación con sus encargadas. La empresa recibió un correo electrónico de varios compañeros en los que se quejaban del trato de la mujer. Tras este mensaje, el director de Recursos Humanos le envió una carta en la que le pedía que cambiara su actitud, informa el diario 'Cinco Días'.

La misiva relataba que la trabajadora recriminaba habitualmente a sus compañeros por errores, usando un tono de voz elevado y palabras inadecuadas con ellos. "Esta actitud es percibida por sus compañeros como soberbia, altiva y, en ocasiones, agresiva, lo que genera en ellos sensación de inferioridad, temor y ansiedad, de tal forma que ven el trabajo como una situación estresante", decía la carta.

El fallo concluye que el comunicado que recibió la trabajadora fue el único "incidente crítico" que desencadenó el estado mental que le impidió acudir a su puesto durante la baja médica y la depresión que padecía.

Los magistrados han aplicado lo dispuesto en el apartado e) del artículo 156. 2 de la Ley General de la Seguridad Social sobre la denominada enfermedad de trabajo en este caso de depresión. Según la norma, la naturaleza profesional del accidente depende solo de que la patología sea consecuencia exclusiva y directa del trabajo.*



Sí, es lo que pone, no han leído mal. En resumen: una trabajadora que estaba todo el día machacando a sus compañeras recibe una bronca por carta de su empresa por el trato que da a otras empleadas y se deprime, por lo que se pasa un año de baja.

A gran escala, podríamos decir que  Adolf se deprimió cuando le afearon sus masacres y que los herederos piden indemnización por su suicidio, fruto de una depresión provocada por las habladurías y el empeño de los Aliados en que rectificara su actitud hacia los países europeos invadidos. Es ridículo, pero ilustrativo.

Según cuentan los medios, los tres días pasados desde la recepción de la carta de Recursos Humanos diciendo que dejara de tratar así a sus compañeros y la depresión es suficiente como para establecer las "cadena causal" que lo transforma en "enfermedad laboral", ya que fueron sus jefes los que la causaron.



La susodicha reclamó considerando que su baja de un año no era por su propia causa o debilidad, sino por la acción de los jefes, mientras que la empresa argumentó lo contrario. En el diario CincoDías nos dicen que

 

El tribunal castellano rechaza, en cambio, este criterio. En su opinión, la enfermedad de la trabajadora tuvo un origen profesional.

Para llegar a esta conclusión se apoya en el hecho de que la tarjeta amarilla que envió la empresa a la empleada en forma de carta de Recursos Humanos fue el principal y único motivo de su situación de ansiedad y posterior depresión. En este caso, argumentan los magistrados, no existía constancia de antecedentes psiquiátricos de la trabajadora, ni, tan siquiera, de tratamiento por enfermedades mentales o alteraciones patológicas previas. Tampoco se probó que existiesen otros factores externos al ámbito laboral que hubieran influido la baja, “o una personalidad de base que favorezca reacciones ansiosas”.

El único elemento desencadenante, concluyen los jueces, fue la comunicación empresarial mediante la que requerían a la trabajadora a modificar su comportamiento so pena de sufrir castigos disciplinarios. Este fue un “acto objetivamente susceptible de producir en su receptora una alteración del ánimo por sus eventuales efectos en un desarrollo ordinario de la relación laboral e, incluso, en su propia persistencia, que la trabajadora asumió de forma patológica en función de su capacidad de aceptación, responsabilización y autocontrol frente a la nueva situación creada”, certifican.

Lo decisivo, insisten, es que este hecho motivó la depresión de la trabajadora, con independencia de que la misma situación laboral “pueda causar incapacidad para unas personas y otras no, en función de su personalidad”. El informe de la Unidad de Seguridad y Salud Laboral de la Junta de Castilla y León así lo atestiguaba.

En consecuencia, el tribunal estima el recurso interpuesto por la trabajadora y revoca la sentencia del juzgado.

 


Si ya teníamos problemas para entender la Justicia —¡que Dios guarde muchos años!— lo tenemos un poquito más oscuro tras esta sentencia ejemplar en la que nos muestran la diferencia entre "lo legal" y "lo justo". ¿Consideran el Tribunal que el comportamiento agresivo de la empleada hacia sus compañeros, sus insultos y desprecios, son una forma de "normalidad", que el hecho de que no lo soportaran más y dieran parte de la situación forma parte de la "normalidad" psíquica y laboral? De ser así, ¡pobres de nosotros!

Sé que el Tribunal no quiere decir que ella haya actuado bien, sino solo que es una víctima de la carta, bien merecida, pero que ella se tomó con un berrinche que la deprimió un año.

Los criterios de "justo" y "legal", y de "normalidad laboral", las formas de trato, etc. se ponen patas arriba en este caso, que animará a ser despótico y a las empresas a cuidar de a quién le echan la bronca por maltratar a los demás, no vaya a ser que alguien se deprima. 

O hay cosas que no se nos dicen o sencillamente estamos consagrando el mundo al revés. El tribunal se limita a decir que es la carta de Recursos Humanos el desencadenante, pero no entra en más, lo que es una forma de reduccionismo laboral realmente peligrosa por los efectos secundarios que pueda tener. Si cualquiera que pueda ser reconvenido por el mal trato que da a otros se apunta a la depresión, el panorama será desolador dentro de poco. Los de Recursos Humanos tendrán que dejar de hacer lo que hacen porque este tipo de personas pueden caer en depresión. Quizá la solución hubiera sido que en vez de protestar por el trato recibido ante las instancias correspondientes se hubieran declarado todos en "depresión colectiva" para que quedara claro que el motivo de su depresión era la compañera bronquista.


En un sentido muy limitado, el Tribunal tiene razón, la causa de la depresión fue decirle que no podía seguir haciendo lo que estaba haciendo. Pero si tenemos un poco más de perspectiva el panorama que se nos muestra en empresas y fábricas, en los lugares de trabajo es bastante desolador. Es una queja constante allí donde vas. Hemos creado una sociedad en la que el maltrato, el acoso, la agresividad en los lugares de trabajo, se están imponiendo como algo que hay que aguantar, algo que va con el sueldo. No debería ser así.

El estrés que se genera, las enfermedades de todo tipo que producen, no son tan inmediatas como esos tres días para deprimirse en el caso. Hay gente que deja la depresión para el fin de semana porque los otros cinco días tiene que resistir y aceptar todo por sus responsabilidades y la necesidad de un puesto de trabajo. De eso se aprovechan muchos. Los jueces les han abierto un nuevo camino, la respuesta depresiva. ¡Gracias! A lo mejor consigue una indemnización por el daño causado con la reprimenda, que seguro que es el próximo paso legal una vez dado el primero.

En 2017, los medios recogían un caso en el que el maltrato de un jefe a un empleado se consideró como causante de una depresión y la consiguiente baja laboral. Por entonces, parece, eran los jefes los que eran responsables, pero en un sentido diferente. El nivel de broncas, según parece, ha descendido entre pares. Dicen que hay acoso laboral ascendente, descendente y horizontal. Aquí hay uno previo "horizontal" y algo que no se define más que desde la reacción psíquica de la "afectada", que le sentó fatal que le afearan su forma de tratar a sus compañeros.

Es curioso que las personas de piel tan sensible no lo sean para el trato con los demás. Pero eso, según parece, no está diagnosticado. 

 

2017


* "El TSJ de Castilla y León considera accidente laboral la depresión causada por la bronca de un jefe" Antena 3 Noticias

25/09/2021 https://www.antena3.com/noticias/economia/tsj-castilla-leon-considera-accidente-laboral-depresion-causada-bronca-jefe_20210925614f5bcc6cca8700017c01a5.html

** "La justicia considera accidente laboral la depresión causada por una bronca del jefe" CincoDías 25/09/2021 https://cincodias.elpais.com/cincodias/2021/09/23/legal/1632412440_800103.html

lunes, 6 de enero de 2014

El concurso, la cocina y el café

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Cualquier acción tiene su lado pedagógico: hacemos lo que hacemos y, de un modo u otro, es una propuesta de cómo hacerlo. Por eso me resulta curioso ver el éxito de algunos concursos televisivos en los que al contenido específico —el objetivo del concurso— se suman las malas maneras y ciertos procedimientos que lejos de rechazarse se incorporan a nuestra memoria como si fueran "legítimos". Esto es especialmente grave —en mi solitaria opinión— en los casos en los que se simulan entornos de trabajo, como ocurre con MasterChef, por ejemplo, en la edición americana, que alguna cadena nos repone en estos.
Debo confesar que me resulta difícil aguantar tantas malas maneras, tantas formas autoritarias, tantas palabras tapadas educadamente con pitidos, en suma, tanto desprecio hacia las personas. No llego a entender que desde las televisiones el concepto de "realidad" conlleve jefes déspotas y empleados humillados constantemente. Puede que muchos lo sean, pero no debería presentarse como propuesta porque no es el objetivo del concurso, suponemos. No es lo mismo decir el suflé está malo que "¡el piiiiii suflé es la mayor piiiiiiiiii que he probado en toda mi piiiiiiiiiiiii vida, pedazo de piiiiiiii!".


En los viejos concursos televisivos, el presentador solía ser cómplice de los concursantes pues se convertía en una figura mediadora entre el público y los que luchaban por conseguir sus objetivos. El presentador quería, pero no podía ayudar a los concursantes a conseguir sus objetivos. Los concursantes solían tener al público con ellos y se jugaba con esa empatía.

Pero todo cambió cuando se le pidió al público que votara para despedir a los concursantes —el público se pasó del sindicato con los concursante a la patronal— que le resultaban poco simpáticos y cuando los presentadores se convirtieron en jueces implacables y despectivos, dioses engreídos de los Olimpos catódicos. Al principio, se colocaba a un malo profesional, a un borde, entre los jueces —por aquello de polis buenos, poli malo— del programa. Luego se descubrió que era mejor convertirlos a todos en The dirty dozen, en los Doce del patíbulo, reclutados entre criminales y psicópatas, aunque en casa fueran buenas personas, algo que no dudamos. Mejor para las audiencias, claro. La gente dejó de empatizar con los concursantes y empezó a hacerlo con jueces a lo Spillane (I, the Jury), jurado, fiscal y verdugo en una tacada. Cuanto más borde fuera el jurado, más segura era su popularidad, traducida en éxitos de ventas.
Al público, no se sabe muy bien porqué, le iba la marcha, le gustaba eso de votar para echar gente a la calle y valoraba positivamente a los jurados en su fuero interno —nunca se vota para echar a los jueces— cuanto más sádicos y deslenguados fueran.


Lo malo de todo esto es el modelo implícito de relaciones generales que establece y, más precisamente, cuando se reproducen ambientes laborales, como ocurre en el caso de esa cocina campo de juego que nos muestran en Masterchef y que varía en otros concursos sin que lo haga el tipo de relaciones que tienden a ser parecidas. Se argumentará que todo es espectáculo, sí, pero también la tragedia tenía fines didácticos. Es la lluvia fina  la que cala más como mensaje.
La brutalidad —otros lo llamarán sinceridad, pero la sinceridad no requiere ser tapada con pitidos— de estos jefes se justifica en que quieren sacar lo mejor de sus concursantes y luego todo concluye con unas sonrisas y abrazos con los que se borran los malos momentos, las angustias y descalificaciones que han vivido en manos de aquellos maestros de la vieja escuela, de los de "la letra con sangre entra", borrada de las aulas escolares pero vigente en los escenarios laborales y en las aulas televisivas que lo reproducen.


Mis reparos —que hagan lo que quieran— se centran en que no siempre el arte imita a la vida, sino que con mucha más frecuencia, la vida tiende a imitar al arte. Los que vean el desprecio verbal con el que son tratadas las personas en esos programas pensarán que es el modelo para sacar lo mejor de las personas y, sintiéndose estrellas de su propio show, se dedicarán a practicarlo con los que tengan bajo contrato o con aspiraciones futuras a estampar su firma en algo. Dada la precariedad cada vez mayor de los contratos, la tentación de ser jurado de Masterchef o similares e ir por las oficinas o talleres dando gritos y poniendo firme a la gente con malos modos, me parece un peligro.
No sé si los concursantes de estos concursos laborales tienen derecho a sindicarse o a salir un día en pantalla detrás de una pancarta pidiendo la dimisión de algún jurado. Tampoco sé si serviría de mucho. Lo peor es que lo aguantan gustosos por su premio, lo cual me parece una enseñanza más perversa incluso.
En este mundo de libre mercado, libre contratación, libre audiencia de programas, etc., en el que todo es libre, la libertad de ser esclavo por un buen premio debe estar al alcance de cualquiera. No sé si a ellos les parece normal por los entornos laborales en los que viven habitualmente, si donde trabajan la gente se relaciona realmente así.


Como contrapartida, el diario El Mundo nos resume los resultados de un estudio realizado en la Universidad de Copenhague en donde se ponderan las ventajas de la pausa del café en los entornos laborales. Nos dicen que sirven para socializar. Los entornos laborales son cada vez más estresantes entre la presión de tus jefes y la competitividad furiosa de tus colegas y la pausa sirve de desahogo más que de descanso.
La doctora realizadora de la investigación concluye que "no puede verse como un gasto de productividad, sino que puede tener un importante valor emocional y social para las organizaciones"*, según nos cuenta el periódico. Esto quiere decir que el hecho de que se aparten un rato de sus condiciones habituales —en lo físico y lo psíquico— repercute en beneficio de la misma empresa que les presiona y por eso lo permite. ¡Es tremendo que tenga que justificarse el descanso también como un beneficio para la empresa, que gana tanto cuando trabajas como cuando descansas! ¡Ni eso queda a la reivindicación laboral, que se suele limitar ya a negociar los despidos!
El artículo termina con una nota enternecedora en la que se nos dice:

Y si usted tiene suerte, tal vez le ocurra como a Janet Yellen, la nueva presidenta de la Reserva Federal estadounidense, que conoció a su marido (George Akerlof) en la cafetería de la Fed, cuando ambos trabajaban allí como economistas en 1977.*

Nos alegramos mucho por Janet Yellen y el premio Nobel de Economía, Akerlof. Supongo que, dadas las circunstancias y como reconocimiento del hecho, sus respectivos jefes serían los padrinos de boda. Quizá hasta sus empresas les cobren una comisión por haber favorecido el encuentro. Todo llegará.
Lo importante no es el café, sino el estado en el que llegas a él: estresado, con necesidad de desahogarte con alguien antes de cometer una tontería. En el fondo, ese café parece cumplir las funciones del carnaval señaladas por Bajtin: que sea una breve pausa liberadora en medio de un orden despótico.
  

* "Las ventajas de la pausa para el café" El Mundo 6/01/2014 http://www.elmundo.es/salud/2014/01/06/52c6cca122601dc46c8b4575.html







lunes, 27 de agosto de 2012

Xu Wu no está loco

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En ocasiones, un "loco" es alguien que no está de acuerdo contigo y un "loco peligroso" alguien que pueda convencer a los de más para que también dejen de estarlo. El problema es si esto se convierte en una práctica institucional y disentir se considera una enfermedad mental y un peligro social.
En China está en marcha un proyecto de ley que trata de evitar algo que ha ocurrido oficialmente las veces que se sabe que ha ocurrido y que no ha ocurrido las veces que no se ha sabido. China Daily nos cuenta:

Forced in-house treatment for mental patients went on center stage after Xu Wu, a 43-year-old Hubei resident, claimed that he had been wrongfully rehabilitated for repeated petitioning. Xu said he had been illegally kept in a hospital from 2006 to 2011 after he had complained about making low wages when he had worked as a security guard.*

Se trata de introducir la posibilidad de otros diagnósticos y la intervención de los jueces si el paciente o sus familiares consideran que se le ha internado erróneamente o mediante un abuso de poder. La "locura" de Xu Wu fue una reivindicación de sus condiciones de trabajo. Cinco años de "condena / tratamiento" parece una forma de terapia excesiva. Xu Wu se escapó varias veces y fue vuelto a encerrar. Fue secuestrado, metido en un coche por desconocidos, policías presumiblemente, a la salida de unos estudios de televisión en los que se había presentado para sacar adelante su caso, que empezó a ser tenido en cuenta.

Los padres de Xu Wu enseñando la foto de su hijo

Radio Free Asia sintetizaba así el año pasado la historia de Xu Wu:

A fugitive Chinese petitioner has been captured and locked up again in a mental hospital after he exposed to the media his four-year ordeal in the facility, while a reporter was beaten up for trying to shed light on the case, fellow petitioners said Tuesday.
Xu Wu, an ex-worker at the Wuhan Iron and Steel (Group) Corp. (WISCO) in the central Chinese city of Wuhan, has been petitioning the authorities over unequal pay in his company.
 After a court rejected his suit against the company over the salary issue four years ago, Xu traveled to Beijing several times to seek justice.
Instead, he was confined in the mental ward of the WISCO No. 2 Hospital.
On April 19, Xu escaped from the psychiatric hospital and went to the southern city Guangzhou, where he exposed the “horrors” he experienced at the mental facility to a famous investigative TV program.
About a week later, Xu was kidnapped by at least 10 unidentified men in the compound of Nanfang TV, the television station to which he spoke about his ordeal, and was locked up again in the same hospital.**

El secuestro de Xu Wu a la salida del programa de televisión
La historia de Xu Wu ha causado bastante inquietud en la sociedad china desde que salió a la luz en 2011. La nueva ley pretende dar garantías de que este tipo de casos no se produzcan y pueda haber una intervención judicial por medio y no solo el apaño entre la empresa de seguridad en que trabajaba y una clínica mental con la que mantenía tratos comerciales. El relato de su tratamiento para vencer su resistencia, con descargas eléctricas incluidas, estremece.

Los aficionados al cine recordarán la película de Clint Eastwood, El intercambio (Changeling 2008). El personaje de Christine Collins (Angelina Jolie) es internado en una institución psiquiátrica para silenciar su discrepancia con las versiones oficiales sobre la desaparición de su hijo. Los médicos que firman su locura están al servicio de un poder corrupto. El relato se situaba en la década de los veinte. Aunque el diario Público, con motivo de la película de Eastwood,  sacó un artículo quejándose de la mala prensa del electroshock gracias al cine*** —lo cual es cierto—, la verdad es que no se trata del tratamiento en sí, sino de a quién se lo aplicas. En el caso de la película, una forma más de tortura aplicada al personaje, sin duda. No creo tampoco que sea el tratamiento correcto para las peticiones de subidas de sueldo, al menos según mis libros de psiquiatría, que no recogen la enfermedad. No sé si la CEOE ha publicado algo al respecto.
En los sesenta y setenta, una novela de Ken Kesey denunciaba el uso de la psiquiatría como forma de represión social y se convirtió en un emblema de la contracultura en la época del auge de la antipsiquiatría. La película que hizo basada en la obra, Alguien voló sobre el nido del cuco (One flew over the cuckoo's nest Milos Forman 1975) acaparó los premios de varias academias y asociaciones de críticos de ese año. Nos enseñó a considerar la locura de otra manera.

Desconozco si Xu Wu tiene algún tipo de trastorno más allá de considerar que está mal pagado, algo que le coloca dentro de la "normalidad" estadística del género humano. Llevar adelante su protesta y mantenerla tampoco puede ser considerado como un síntoma de locura, al menos en la mayor parte de los países que consideramos de convivencia civilizada y de derecho.
Seguro que se encuentra alguna forma más humana —aunque no sea tan eficaz— de mantener la moderación salarial. Nos alegramos de que el gobierno chino haya dado ese paso legal para tratar de evitar que casos como este se puedan producir.


* "Draft law protects right of mentally ill" China Daily 27/08/2012 http://www.chinadaily.com.cn/china/2012-08/27/content_15709933.htm
** "Mental Hospital Again for Petitioner" Radio Free Asia 3/05/2011 http://www.rfa.org/english/news/china/petitioner-05032011180933.html
*** "Electroshock" Público 16/01/2009 http://www.publico.es/ciencias/191697/electroshock