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sábado, 24 de agosto de 2024

Seres cambiantes

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La historia humana es la del descubrimiento de la faltada de autenticidad de su propio mito. Los filósofos hablan de "revoluciones", de la que supuso descubrir primero que no éramos el centro del universo, que no todo giraba a nuestro alrededor sino que éramos un planeta más girando alrededor de una estrella, el Sol. La segunda bofetada a nuestra autoestima fue el descubrimiento de que no éramos una especie única, al margen de los demás seres vivos, sino que estábamos en la familia animal como un pariente más, que nuestros antepasados eran simios y ya que nosotros lo hemos sido. Hubo que etiquetarlo todo de nuevo y ponernos en el árbol evolutivo junto a otros con los que compartimos casi todo el ADN, una molesta evidencia para algunos. Dicen algunos que la tercera bofetada fue la idea que nuestra poderosa razón tiene sus sombras, sus zonas oscuras. Eso provenía de los avances en psicología cognitiva, en comprender cómo funciona nuestro cerebro, cómo toma sus decisiones y el extraño fenómeno de la consciencia y sus confusas relaciones con la parte no consciente, que es la que toma las decisiones antes de que se formen en la consciencia. ¡Todo un poco raro!

El efecto conjunto, claro está, es quitarnos un poco más de esa "diferencia" esencial con la que nos hemos revestido durante siglos y que nuestro autoconocimiento —eso sí— va poniendo en un lugar extraño, lo que provoca distintas formas de negacionismo tratando de restituir al ser humano a los tronos de los que ha sido desalojado. A algunos, todo hay que decirlo, no les sienta nada bien el cambio.

Para acabar (por ahora) de completarlo, leemos en la sección "Una mirada europea", la dedicada a reproducir artículos de la prensa continental, uno titulado "La moral fluctúa a lo largo del año y puede afectar a las elecciones o a los tribunales, según un estudio", firmado por Thomáŝ Karlík, de la Česká televize, de Chequia. La noticia nos dice lo siguiente: 

La moral humana se entiende como algo permanente, fijo, incluso granítico. Pero una nueva investigación, en la que se han analizado los datos de un cuarto de millón de personas a lo largo de una década, ha puesto de manifiesto la variabilidad de los valores morales según las estaciones del año. Según los autores del estudio, estos resultados podrían tener importantes implicaciones para la política, el derecho y la sanidad, incluido el calendario electoral y judicial.

La aceptación de determinados valores morales fluctúa en función de la estación del año. Así lo demuestran estudios realizados en Estados Unidos, pero también investigadores de Canadá y Australia han hallado resultados similares. "Los valores morales que fomentan la cohesión del grupo son más fuertes en las personas en primavera y otoño que en verano e invierno", resumió Ian Hohm, autor principal del trabajo.

"Los valores morales son una parte fundamental de la forma en que las personas toman decisiones y se forman opiniones, así que creemos que eso puede tener toda una serie de implicaciones", añade el psicólogo. Desde 2009, su equipo ha venido recopilando los resultados de encuestas en un sitio web especial que medía la valoración que la gente hacía de cinco valores morales: lealtad, autoridad, pureza moral, solidaridad y justicia.

Los autores del estudio describen la lealtad, la autoridad y la pureza moral como valores "vinculantes". Es esta "santísima trinidad" la que promueve la adhesión a las normas del grupo y garantiza el funcionamiento de las sociedades. También están estrechamente alineados con el conservadurismo político moderno. El cuidado y la justicia, por su parte, pueden considerarse valores más liberales que se centran en los derechos individuales y el bienestar. La investigación ha demostrado que todos estos valores guían los juicios de las personas sobre lo que está bien y lo que está mal.* 

Los resultados del estudio son un nuevo mazazo a la "esencialidad" humana, al su creencia en lo estable de estas cuestiones que resultan estar afectadas por las variaciones estacionales.

Hay algo tan interesante como el efecto estacional, que es la división en dos tipos de valores, los que refuerzan el grupo y los que afectan al sentido de la individualidad, es decir, los que afectan al sentido de uno mismo frente a lo social, por decirlo así.

En el artículo se centran en las variaciones que puede suponer el momento para ciertos procesos. Por ejemplo: ¿cómo afectaría a unas elecciones realizarlas en periodo u otro? o ¿cómo afectaría a la resolución de un juicio hacerlo en primavera o verano?

¿Tanto afectaría el cambio? Los resultados de los estudios ven variaciones sensibles. Unas elecciones como las presidenciales norteamericanas, por ejemplo, ¿podrían variar sus resultados según el periodo estacional? Imaginemos a un Trump exigiendo la repetición en una estación diferente, por ejemplo. Con estos estudios en la mano, las propuestas en cada momento, más conservadoras o más liberales, tienen una mejor o peor fortuna según cuando se pregunte.

La cuestión, una vez enunciada, no necesita ser verdadera, solo ser creída, lo que también puede depender de la época del año. 

Se nos abre, además otra cuestión, la del cambio climático. ¿Cómo nos afectará más allá de lo obvio? ¿Está ya afectando?

En España, por ejemplo, está cada vez más aceptado —nos guste o no, están los números— el aumento de la violencia de género en verano. ¿Podemos aceptar que aumente la violencia pero nos cuesta aceptar que pueda cambiar algo que consideramos "estable" como la moral?

Como seres humanos, no es fácil que asumamos nuestros propios cambios. Siempre creemos ser los "mismos", pensar lo "mismo" y solo podemos percibir nuestros cambios en el largo plazo, cuando nos pensamos en la distancia temporal o nos encontramos con pruebas objetivas del cambio. Otras veces, la noticia del cambio nos llega desde fuera... y solemos negarla, nos parece que nos juzgan mal.

¿Pero nos es aceptable un cambio estacional? ¿Es un golpe bajo de la Ciencia a nuestra autoestima estable? En un reciente número de una revista dedicado a "El cerebro social" se habla de un rasgo completamente humano, el autoengaño. De las muchas formas que usa el autoengaño, quizá la más importante sea precisamente la que nos hace creer en nuestra invariabilidad, en nuestra constancia, parte del mecanismo de construcción de la identidad.

¿Relativiza esto la moral? En absoluto. Que podamos estar sujetos a valoraciones distintas en diferentes momentos, no es solo una cuestión estacional. El cambio es humano, por mucho que nos empeñemos. Otra cuestión es, en el plano individual, sus consecuencias para las acciones. ¿Son tan amplios los cambios que hacen de nosotros un Dr, Jekyll y un Mr. Hyde? Como siempre, los habrá más volubles unos que otros. Aceptamos de antiguo los cambios estacionales sobre los cambios de humor, pero nos sorprende que ahora nos hablen de la "moral", que creíamos por encima de esto.

Hay algo que nos ofende en esto de depender de los factores climáticos o estacionales en cosas que creemos al margen, exclusivamente "humanas" o "culturales", "superiores". Nos parece que la distancia entre naturaleza y cultura está clara y que avanzar es alejarnos de la primera. ¡Tremendo error! No creo que podamos alejarnos de lo que somos ni de lo que estamos hechos. Nos dicen que somos, como casi todo lo vivo, seres variables en cosas que no pensábamos. Y sin embargo lo somos. Habrá que hacerse a la idea, que no a los hechos, y quizá reservar ciertas decisiones para otro momento. 

 

* "La moral fluctúa a lo largo del año y puede afectar a las elecciones o a los tribunales, según un estudio" RTVE.es / Česká televize 22/08/2024 https://www.rtve.es/noticias/

domingo, 12 de septiembre de 2021

El cambio en Marruecos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


De lo que ha ocurrido en Marruecos apenas se ha comentado nada. Solo dos datos se han resaltado: que es el segundo hombre más rico de Marruecos, después del rey, y en segundo lugar que es un empresario que apunta un perfil tecnócrata para su gobierno. Se ha señalado la amistad que les une —¿podría ser de otro modo siendo los dos más ricos y uno de ellos rey?— y poco más. Sin embargo, la debacle islamista en Marruecos es un asunto de enorme importancia y en la que es probable que hayamos tenido algo que ver.

Con una participación alta para las circunstancias habituales, un poco más del 50%, los resultados han sido un vuelco absolutos después de diez años de gobierno de los islamistas en el país.

Estos eran los datos que nos daban:

 

Después de una década encabezando el Gobierno, el islamista Partido Justicia y Desarrollo (PJD) ha sufrido una fuerte derrota en las elecciones legislativas celebradas en Marruecos, que dieron la victoria al partido centrista liberal Reagrupamiento Nacional de Independientes (RNI).

Según los resultados provisionales con un 96 % escrutado anunciados por el ministro del Interior, Abdeluafi Laftit, el PJD pasó del primer puesto al octavo lugar y consiguió solo 12 escaños de los 395 de la Cámara de Representantes (cámara baja).

El vencedor de las elecciones fue el RNI, que dio un salto del cuarto al primer puesto con 97 escaños, seguido del liberal Partido Autenticidad y Modernidad (PAM), que obtuvo 82 asientos, y del nacionalista e histórico Partido Istiqlal (PI), con 78, mientras que el PJD se quedó con 12, frente a los 125 que obtuvo en 2016.*

 


Es cierto que ha habido modificaciones en el sistema electoral que han hecho que el voto se reparta en más escaños, en vez de hacer concentrarse en los principales partidos, pero esto, es igual para todos. De no ser así, el partido islamista que estaba en el poder pasó de tener 126 a obtener ahora 12. Es decir, no ha quedado segundo o tercero, sino por detrás de casi todos.

Los acontecimientos internacionales —la información manda de forma caprichosa— ha hecho que los análisis sobre Marruecos no se hayan realizado con la intensidad que se debía realizar.

En primer lugar hay una circunstancia que no se debe olvidar, el carácter islamista del partido y lo que eso supone. El islamismo no es una ideología "política"; es la conversión de la religión en acción política. Uno puede "cambiar de partido", por decirlo así, pero no "cambiar de religión". En cierto sentido, el voto islamista es una especie de voto cautivo, de voto al que se está vinculado por razones de creencia y no de forma pragmática.

Para que se haya producido un cambio de este calibre, el hundimiento islamista, tiene que haberse producido un cambio profundo en la actitud que haya hecho que los votantes que les mantenían en el poder durante dos legislaturas les hayan dejado de lado. Por eso creo que es necesario establecer algunas hipótesis sobre lo ocurrido. En Marruecos están prohibidas las encuestas electorales, por lo que se hace difícil saber cómo se está percibiendo por parte de los votantes la legislatura y, sobre todo, establecer algunas cuestiones sobre el resultado electoral. Pero la sorpresa producida ha sido grande por el cambio de gobierno y, sobre todo, por el cambio de tendencia en la propia sociedad.

Vamos a aventurar algunas cuestiones, en especial teniendo en cuenta el papel que han tenido con España (y, a su pesar, con Europa) a raíz de la crisis en las ciudades de Ceuta y Melilla.



A mi entender —y como señalamos en su momento— la crisis provocada por la apertura de la verja por parte de la Policía marroquí lanzando a su suerte a los que deseaban emigrar— supuso un punto de inflexión por lo que tenía de desprecio absoluto para con el pueblo marroquí. Hasta el momento los saltos habían estado protagonizados por los grupos de subsaharianos que han sido utilizados muchas veces como forma de presión fronteriza cuando le ha interesado al Reino de Marruecos. Pero lo visto esta vez ha sido algo muy distinto: eran marroquíes los que eran lanzados a la muerte, ya fuera por ahogamiento, como ocurrió, o en un deseado e incumplido choque con la Policía española. Sin embargo, este hecho salió de forma impensable para Marruecos: las imágenes de las fronteras abiertas y los guardias animando a los jóvenes y niños, madres con bebés a pasar al otro lado y lanzarse al mar las entienden bien todos. Es un desprecio absoluto hacia las personas. Eso no se puedo impedir que se viera.

El primer efecto fue el encontronazo con Europa, que planteó la frontera española como frontera de la Unión, por lo que se hizo piña con España pese a las repetidas consignas de que era una cuestión entre España y Marruecos. Europa respondió con claridad.

A efectos del interior, los marroquíes tuvieron la ocasión de ver el profundo desprecio que sentían por ellos los miembros del gobierno islamista.

Los islamistas, no solo en Marruecos, se presentan como apoyo del pueblo cuando no están en el poder, como ocurre en Egipto, donde una parte importante de los médicos son de esta orientación. Pero carecen de sentido social, es decir de lo que debería ser un "reformismo". Esto hace que sean profundamente conservadores y, en la mayoría de los casos, con un sentido elitista muy marcado. El pueblo es una fuerza que usar cuando es necesario, pero no mucho más. Lo mantienen apartado y controlado a través de predicadores, redes de mezquitas y la ignorancia, que es caldo de cultivo que les asegurará tener reservas disponibles. Hay grupos de elite que forman parte de la internacional islamista desde los gobiernos o con su apoyo. Establecen rápidamente negocios, como ocurrió con los gobiernos islamistas de Erdogan y los del Mohamed Morsi en Egipto. Apenas habían llegado al poder, ya estaban cerrando tratos preferentes.

The Guardian 2013

Desconozco lo entresijos de los gobiernos islamistas de Marruecos, pero lo cierto es que las acciones de Ceuta y Melilla les han pasado factura pues era la demostración de la penuria del país. Un Marruecos del que ya no solo huyen los subsaharianos de paso, sino del que tratan de escapar en masa los propios marroquíes es un fracaso ostentoso del que es mejor desprenderse cuanto antes para que el pueblo mantenga esperanzas en algo con futuro, lo que ahora no perciben con la crisis actual, provocada por diversos factores, entre ellos la pandemia, pero que acabaría desangrándose a mayor velocidad si se enfrenta a su vecino más rico. España y la Unión Europea.

La salida del poder de Donald Trump, quien se dedicó a crear su cabeza de playa en Marruecos, ha truncado los apoyos que se pensaba serían un importante respaldo ante la cuestión del Sahara, que fue la desencadenante al dar España cobijo al líder del pueblo saharaui, una operación de pésima planificación y ejecución, que es probable que haya costado algunos cambios en el gobierno de Sánchez.

Podemos entender la salida escandalosa de los islamistas como una "maniobra real", como algo que surge del poder más alto; pero eso solo afecta a una parte de la cuestión, aunque esta sea importante. Si los islamistas han perdido en buena lid, es decir, el pueblo les ha dado la espalda, puede que pronto el partido "islamista moderado" deje de serlo, como ha ocurrido en otro puntos. Significaría que el pueblo ya no tiene confianza en ellos. Si el cambio se ha producido por una decisión "real" de no apoyarles más por el caos producido, la mala imagen y la situación económica, la reacción puede ser de otra manera, pero no necesariamente distinta en las consecuencias.



Es difícil que los islamistas salgan del poder por las buenas porque para ellos no es más que un medio para cumplir un objetivo, la islamización de la sociedad y la progresiva reducción de lo secular en el territorio. Lo hagan al brutal modo talibán o de forma más sinuosa, atrayendo a la gente por medio de diversos métodos de engatusamiento, lo cierto es que les cuesta salir porque para ellos, realmente, la democracia no es más que un instrumento.

Habrá que ver cómo evolucionan sus pasos, hacia dónde se dirigen y cuál es la actitud que tienen hacia sus vecinos, incluido el problema constante del Sahara. La insistencia en que se trata de un "gobierno tecnocrático" evidencia que se ha apagado la ideología islamista y que se aborda la preocupación prioritaria, el estado maltrecho del pueblo y la economía.

Sea por los motivos que sea, lo cierto es que es un cambio drástico, que nos afecta directamente y que será necesario ver cómo se traduce a nuevas reglas de juego. El cambio, ya sea en la alturas o por deseo del pueblo, ya nos indica algo. Pero el país vecino del sur es complejo y complicado, no es fácil prever su ruta.



* "Derrota histórica del partido islamista en Marruecos después de una década en el poder" RTVE.es 9/10/2021 https://www.rtve.es/noticias/20210909/derrota-elecciones-partido-islamista-marruecos/2169714.shtml

miércoles, 23 de junio de 2021

El desafío del populismo

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Gran parte del atractivo del populismo es convencer a sus seguidores de que los cambios siempre son a peor, que todo deterioro viene de cambiar. Por eso la base es conservadora, tradicionalista, etc. Eso puede llegar a ser muy contagioso, especialmente en un mundo en el que se aceleran los cambios y que tiene sus crisis. Sin embargo, el populismo interpreta los cambios como un desafío a leyes naturales o divinas, según interese. Esto es válido para los populistas antivacunas, que confiarán en la naturaleza o en la divinidad ("Jesucristo es mi vacuna", decía un populista norteamericano) o para el gobierno húngaro que recibe críticas de medio mundo por sus leyes homofóbicas.

El populismo es una respuesta política al cambio del mundo, a la desarticulación de grandes principios en pequeñas unidades de corte más pragmático y local. Pero es también una respuesta psicológica al cambio, al hecho de vivir muchos años y padecer cada vez más cambios en la vida.



Dicen que nos cuesta más cambiar con la edad. Es cierto en muchos casos. Pero sobre todo la presión se produce por una inversión del cambio. Ya no hay que esperar a la madurez para vez que el mundo cambia; esta sensación de cambio se empieza a producir mucho antes, casi desde el momento en que uno empieza a amoldarse a una forma de vida tras la adolescencia. Esto quiere decir que no entra en una edad donde las cosas cambian, sino que es el mundo el que te obliga a cambiar. Esto lleva a relativizar conceptos como "madurez" y lo que implica ya que te traslada de forma permanente a una época de cambios, a una interminable adolescencia, algo que explicaría muchos casos de inmadurez al no poder adaptarnos a algo, ya que ese "algo" cambia de continuo.

Frente a esto, el populismo crea un discurso sobre la maldad del cambio que puede ser muy convincente en cuanto que las crisis se comienzan a producir y la gente ve que la realidad es escurridiza, que no es refugio. El discurso populista tiene entonces una explicación; el mal viene del cambio y nos espera en el futuro. Solo en una serie de principios que presenta como inamovibles, eternos, grandes palabras, es posible vencer al futuro. El no-cambio o la reversión de lo hecho son sus estrategias básicas y los pilares de su discurso.



Si pensamos, por ejemplo, que fueron los grupos más adultos los que se dejaron seducir por el populismo de la idea del Brexit lo podemos explicar un poco mejor. El Brexit cobra fuerza como una especie de vuelta al pasado, algo imposible, pero mentalmente deseable y que se ofrece como posible. Pero una cosa es lo que podemos hacer y otra lo que deseamos hacer. Los discursos populistas sobre el Brexit colmaban el deseo de regreso a una situación idealizada y se anunciaban como salvación del presente. Como hemos podido ver, lo que ha traído el Brexit no es el pasado, sino un presente diferente, probablemente más conflictivo, con la advertencia de la separación de Escocia de Reino Unido, conflictos en la frontera con Irlanda, problemas de exportación, etc.

El populismo avanza hoy en el mundo gracias a la espiral de conflictos, a las inseguridades que producen los cambios y a unos discursos emocionales y primarios que incentivan el miedo presentándose como soluciones. Los cientos de miles de muertos —más de un millón— que se acumulan entre Estados Unidos y Brasil son víctimas del COVID19, pero sobre todo del discurso populista y negacionista de sus presidentes, Trump y Bolsonaro. Todavía ayer veíamos a Jai Bolsonaro insultar a la prensa por preguntarle por la mascarilla en un país que acaba de superar los 600.000 fallecidos.



El discurso populista está en contacto continuo con la realidad para poder reinterpretarla e insertarla en su comunicación. Nadie es más activo en este sentido que los grupos de corte populista. Lo hemos visto en los propios grupos en Estados Unidos, un constante refuerzo en redes sociales y en medios, tejiendo un cuidadoso discurso cuya finalidad es impactar en las mentes, reestructurarlas para que entiendan el mundo y sus problemas de forma próxima. 

Los grupos populistas saben del valor de la "propagación", pues es la palabra la que precede a la acción. Y la palabra es adscrita a los puntos de vista más fundamentalistas para asegurarse que el universo mental se cierra en aquellos a los que se ha llegado y han aceptado premisas y razonamientos básicos a partir de los que derivar las nuevas interpretaciones de los acontecimientos que se vayan produciendo y las crisis que vayan llegando. Para que eso funcione se necesita una base firme y general, un discurso de partida cerrado, sólido, que asiente los posteriores, los ajustados a las circunstancias. De afirmaciones grandilocuentes e irrebatibles se pasa a las aplicaciones de detalle que son dadas como explicaciones incontestables. Si creo en Dios, el virus no me enfermará. ¡Pero qué poco se airean las muertes de los negacionistas! Si es necesario, se recurrirá a la explicación conspiratoria.



El populismo necesita además de un claro frentismo, de una definición negativa del "otro", al que convierte en contrario de sí mismo. Un ejemplo lo hemos citado recientemente cuando se acuña el término "supremacismo feminista", como se está haciendo en España. En el discurso populista es el feminismo el que causa los problemas familiares y no el que los explica en su caso.

Un ejemplo claro del populismo lo encontramos en el deleznable discurso del párroco canario que ha responsabilizado a la madre de las niñas asesinadas por su padre. No solo es falso en los datos, y nauseabundamente machista sino una muestra de cómo el populismo se fundamenta en una suerte de "ley" o "principio" divino que le sirve para condenar a la mujer como responsable. Ella es la culpable por "adúltera" dice el infame párroco, que hasta las autoridades eclesiales han tenido que llamar al orden. El caso muestra a la perfección cómo este tipo de discursos aprovechan las circunstancias para "explicar" y "fortalecer" su propio discurso sobre el que se difunde su visión retrógrada del mundo.



Lo que está ocurriendo en Hungría es otro ejemplo de ese mismo populismo, esta vez sobre la homofobia. Hungría está creando un serio problema dentro de Europa, no solo por la gravedad de los discursos, sino por lo que supone —como en el caso de Trump y Bolsonaro— de referencia para otros lugares en los que se desarrollan discursos similares. Es una forma de minar la unidad Europea creando grandes diferencias que acaban creando la incompatibilidad de los modelos democráticos abiertos con los populistas cerrados. No es casual que se pregunten en la BBC sobre los parecidos de Hungría con la Rusia de Putin.



El populismo acaba desplazando la convivencia y la diversidad. Su idealización de un pasado que explica todo, que se aferra contra el cambio pone en peligro los cambios provocando su propio cambio que se presenta como rectificación de una "modernidad", madre de todo los problemas existentes. Como hemos señalado, esta estrategia funciona en aquellos a los que se convence de que el cambio es en sí mismo un problema. Con esto se sustrae la capacidad de decisión y, sobre todo, se plantean —como en USA y en Brasil— problemas derivados de la propia parálisis. En el fondo, Trump y Bolsonaro no han tomado medidas, solo un cómodo (y trágico) no hacer.

El mundo cambia. Lo que hay que hacer es no negarlo y, por el contrario, tratar de que ese cambio se ajustado a lo que necesitamos porque los problemas forman parte unos de la propia vida y otros de nuestra ceguera.


 

martes, 22 de junio de 2021

Olvidar lo justo

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



A los humanos nos gusta pensar en el futuro y lo hacemos con la ilusión del control, de que realmente podemos controlarlo. Es posible que esa capacidad de pensar más allá del momento sea lo que nos ha hecho llegar hasta aquí, evolutivamente hablando. Somos el futuro imprevisible de muchos momentos anteriores. Probablemente, sean muy pocos los que nos imaginaron así.

Los efectos de la pandemia en todo el mundo no solo han cambiado el presente que vivimos de manera radical sino que nos obligan a repensar nuestros posible futuros partiendo de lo que ahora tenemos. No creo que nuestros futuros anteriores nos sirvan hoy de mucho, lo que ha provocado un intenso debate sobre cómo imaginarlo.

Desde que comenzó la pandemia se han visto nuestras dos tendencias: aquella que aboga por volver a una normalidad que es una restitución improbable del pasado del que fuimos desalojado por la pandemia; por otro lado, están los intentos de definir un futuro posible, algo difícil ante la gran cantidad de cosas que han cambiado en nuestras vidas, muchas de ellas impensadas todavía, pero que irán surgiendo cuando la tormenta se vaya asentado y podamos hacer la evaluación real de daños y cuáles son las cosas que quedan en pie, cuáles son los restos aprovechables y qué hay que inventar para seguir adelante.

Están también los que son conscientes de que esta pandemia ha creado en muchos lugares una brecha honda por las respuestas o faltas de respuestas dadas, que esto no es olvidable inmediatamente y que tiene una serie de secuelas de muy diversos tipos.



En la CNN, el analista político Stephen Collinson ocupa el lugar preferencial de la página con un gran titular en dos tiempos, "America may never be the same after Covid" seguido en el interior de "The pandemic wrought a new America". Ambos titulares abordan desde perspectivas distintas la situación. El primero es una advertencia a los nostálgicos: el pasado no volverá, no hay regreso porque se han destruido demasiadas cosas. El segundo es de corte realista, constatando que los USA de hoy no eran los esperados desde un pasado pre pandémico, un pasado al que el futuro le llegó de forma inesperada.



Que el pasado no pueda volver no es necesariamente pesimista; eso sería una ingenuidad, idealizarlo, y la situación de los Estados Unidos no era precisamente la mejor, pese a lo que Trump dijera (o quizá por lo que Trump decía). La llegada de Biden a la Casa Blanca, indudablemente, ha supuesto un cambio respecto a los efectos demoledores —las peores cifras de muertos y contagiados— del coronavirus. Como en el Brasil de Jair Bolsonaro, la pandemia se ha cobrado más víctimas de las que debería por la negligencia obcecada de los dirigentes. Con Biden, al menos, se vacunan. Pero eso es solo una parte del cambio producido.

Escribe Collinson en su artículo:

 

Things are demonstrably better. A 300 million vaccine effort gave many their lives back and a once-apocalyptic jobs crisis is much improved. A new presidency has restored science to its rightful place. The more than 600,000 dead are honored, not ignored. And the most important antidote in a national crisis -- truth -- has made a White House comeback.

But hopes of a sudden transition to a new and carefree "Roaring 20s" are elusive. It's becoming clear that a shock-and-awe pandemic changed society in unanticipated ways that may take many years to play out. An emerging scenario, for instance, of a nation divided by Covid -- between vaccinated Democratic states and skeptical and sickened conservative bastions -- is deepening an already bitter political estrangement.*




Las heridas del coronavirus no son cosas del pasado. Conforme vaya pasando el tiempo, la tranquilidad para pensar en qué ha ocurrido realmente no va a ignorar los problemas, sino quizá agravarlos. ¿Es posible esa división de los estados que Stephen Collinson prevé? ¿Es posible que Estados Unidos introduzca una nueva barrera divisoria entre estados vacunados y estados enfermos en rebeldía? Los indicadores de las medidas tomadas por algunos estados muestran que el coronavirus sigue siendo un conflicto ideológico por parte de los republicanos y de los subgrupos radicales que ahora les integran. ¿Es posible tanta obcecación? El tiempo lo dirá, pero como Collinson, muchos son pesimistas. Lo que sí sabemos es que esos 600.000 muertos hasta el momento van a estar pesando como los de una guerra civil.

El comentarista pasa repaso a fenómenos que regresan ante la retirada del coronavirus. No toda la normalidad es buena: la violencia de los tiroteos callejeros ha vuelto a su propia "normalidad", con unos números que parecen querer recuperar el tiempo perdido. Los espacios que quedan libres en las UCI por los contagiados son ocupados de nuevo por las víctimas de los tiroteos.


Son efectos similares a los que percibimos nosotros aquí con las cifras disparadas de crímenes machistas. La "normalidad" no implica muchas veces positividad, sino solo frecuencia. Las explicaciones quedan para psicólogo y sociólogos; a nosotros nos quedan las cifras, las historias, los casos.

Collinson advierte que hay signos en diversos sectores —la violencia, la vida económica, los hoteles y el turismo— sobre cambios. La violencia se dispara; en la economía se siente la incertidumbre y los hoteles no están como se esperaba. Son tres campos diferentes, pero lo importante es que su comportamiento no es el previsto. ¿Cuánto duraran los efectos? Todo esta interconectado y los efectos sistémicos requieren comprender los problemas más allá de los gestos con los que queremos ingenuamente conjurar la realidad.

El artículo de Collinson es una advertencia, un aviso de que el mundo al que vamos va a tener muchos más cambios de los que pensamos, que la idea de "normalidad" como vuelta al pasado es solo una ingenuidad. Nos guste o no, muchas cosas tendrán que ser distintas. Con ellas haremos esa normalidad construida con nuevos y necesarios hábitos, nuevas rutinas y olvido de las viejas.

Olvidar lo que ha ocurrido tiene un límite. Pero necesitamos imaginar nuevos futuros factibles, adaptados a lo que la pandemia nos ha hecho o desvelado. Imaginar una fantasía sobre un mundo nuevo e igual al anterior puede ser un ejercicio inútil y peligroso. Olvidar lo justo para no caer en los mismos errores.

 


* Stephen Collinson "The pandemic wrought a new America" CNN /06/2021 https://edition.cnn.com/2021/06/22/politics/the-pandemic-has-changed-america/index.html

jueves, 29 de octubre de 2020

El ocio como materia prima y el COVID19

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Debo confesar mi continua perplejidad (¡y más allá!) ante los términos en los que se debate en este país. Intento encontrarle un sentido que no sea un sinsentido, que suele ser el callejón poco iluminado al que llegó y del que salgo con desánimo. Y así, día tras día.

Me sigue dejando perplejo la naturalidad —y el encono— con lo que se discute en la pandemia centrándolo en términos como "puentes", "veranos", "campaña de navidad", "temporada veraniega", "qué pasa con el puente de Todos los Santos", "el puente de la Constitución", "el finde" (de semana, año o de lo que sea), etc. etc. Me vienen siempre recuerdos de esas lecciones de vida que uno recibe en el transporte público, auténtico test en vena de la realidad.

Dos recuerdos: el primero de ello fue la escucha de dos compañeros que se encuentran a finales de septiembre, primer día camino de clase, y se preguntan con naturalidad dónde van "a pasar el finde". Por supuesto se trataba del "fin de año". Tarde en reaccionar, en comprender que, efectivamente, su horizonte era el navideño, siguiente escala vital, parada en su trayecto, que —como en los viajes— te despiertas, preguntas cuanto falta para la siguiente parada y continúas con la cabezadita.

El segundo recuerdo es mucho más frecuente, las conversaciones de los lunes, las que se cuentan que han hecho el fin de semana pasado y se preguntan por el siguiente.

La vida española (al menos la de muchos) es como el Juego de la Oca: "de fiesta en fiesta y tiro porque me toca", no rima, pero es claro. Por algún motivo, nosotros no contamos la vida según lo que hacemos sino cuánto nos falta para dejar de hacerlo, por un lado. Pero por otro, se tiene la sensación del bocadillo invertido, es decir, un trozo de pan entre dos lonchas de jamón. Las lonchas, por supuesto, son las fiestas y lo que hay en medio, en este caso, es el pan laboral, el pan de los estudios.

Hemos encontrado el extraño punto en el que el "ocio" se ha vuelto más importante que el "negocio" o, más realísticamente, hemos transformado el ocio en el verdadero negocio. En unos días somos fuerza laboral, y en otros pocos materia prima. Nos exprimen en el trabajo primero y lo que obtenemos sirve para ser exprimidos de nuevo. Ya no sabemos divertirnos, descansar, dedicarnos algún proyecto personal, etc. que no conlleve gasto y, por lo tanto, sea la forma de vida de otros, que vivirán de nuestro ocio. El asocial, el apátrida, el traidor, etc. es el que se sienta a leer un libro en el banco de un parque un tarde soleada de primavera. Si el libro, además, lo ha sacado de la biblioteca ¡peor!, lo heredó de su abuelo, eso le convierte en un peligro público. ¡Menos paseo y más consumir!

Aunque lo llevemos al absurdo, la realidad causa cierto sonrojo. No digo que no pase en otros sitios, pero la elevación a drama griego, ¡qué digo "griego"!, "cósmico" de nuestros días sin terrazas, sin cafelito de media mañana, de después de comer o cuando sea, no consigue motivarme lo más mínimo y, más bien me deprime.

Solo se discute del ocio. Solo se habla de fiestas, de "domingos y días de guardar", como se decía antes. ¿Somos conscientes del tipo de país que somos realmente? Puede que sea una distorsión mediática, que se empeñaba en mostrarnos el drama de una barra sin clientes, como si hubiéramos dejado solo a Sinatra con su vaso pequeño y botella medio vacía cantando "One more for the road" o a June Christy sin nadie a quien cantarle "Something Cool", canciones de dramas solitarios que acaban en sórdidos bares nocturnos.

El problema aquí, claro no es el de la "sordidez" ni el de la "soledad", como esas viejas canciones repletas de tópicos. Nuestro problema es que no solo son sórdidos, sino que los hemos convertidos en Lourdes, en Fátima, en lugares de peregrinación y ganancia de indulgencias para la otra vida, que deja de tener alicientes. ¡Se imaginan una eternidad sin "puentes" sin "findes", sin vacaciones en la playa ni ofertas de viaje y hotel! ¡Me quedo en el infierno!

Soy sociable como el que más y echo de menos a amigos y compañeros. Pero la trampa de la sociabilidad mediterránea no me impide diferenciar entre el trabajo y el ocio. Hemos llegado a ser potencia industrial y nos hemos ido quedando en el orgullo del turismo, que supone en vez de mirar al cielo para que llueva, como cuando éramos un país de agricultores, a mirar al cielo para que no llueva y al pronóstico del tiempo de cuatro días de anticipación para poder planificar nuestros viajecitos de ida y vuelta, nuestro voy a la costa, me tomo unas gambas, unas copas por la noche y vuelvo.

El turismo y todo lo que gira a su alrededor nos ha desequilibrado. En algún momento lo comparé en la crisis anterior con lo que los economistas llaman el "mal holandés", fenómeno que se produce cuando tienes demasiado de algo y esto hace que desaparezca la sana diversidad de la economía.

Nuestro problema es que vivimos contando los días entre festivos, para planificar una vida que nos parece normal, pero que es estimulada desde las autoridades y las patronales, desde los medios para mantener este desequilibrado modelo económico en marcha.

El drama de los bares es lamentable por las personas. Pero no escucho a nadie quejarse por el drama de las librerías, por ejemplo, que reflejan una pérdida cultural o de fábricas que cerraron en estos años de desindustrialización y ascenso de los servicios. En España tenemos un bar por cada 170 personas, creo haber leído. Para que eso funcione tenemos que estar pegados a una barra, atados a una mesa, caña tras caña, café tras café. Le llaman "cultura de bar" y se dignifica mediante nuestro sentido de la amistad o la forma de vida mediterránea. Pero es lo que es.

Me apenan los ingenieros, científicos, médicos, industriales, profesionales de muchos tipos, que han tenido que irse de España a países con otros modelos económicos disfrazados de culturales y convertidos en destinos. No han tenido tanto eco sus dramas migratorios a países donde se valore su trabajo y función. Nuestro modelo, por el contrario, es de empleo precario y estacional, donde te contratan cuando es temporada y te despiden cuando llega el otoño hasta navidades y así sucesivamente. Son sectores precarios, mal pagados, al que abocamos a nuestra juventud ya sea como clientes o como oferta de trabajo. Este modelo es perverso y crea una condena.

Las fuerzas que están detrás de este modelo luchan para evitar que se les escape. Los pueblos ya no piensan en qué fábrica sería interesante para crear puestos de trabajo, sino que piensan en crear una "buena fiesta" que, como la "tomatina" salte a las pantallas del mundo y les atraiga turista a lanzarse tomates. Un invento para atraer dinero al pueblo. Ingenioso, sí, pero también una maldición de cara al futuro porque elimina otras posibilidades. Aquí comentamos no hace mucho el caso de la ciudad española que había instalado unas esculturas chocantes, vamos a decirlo así, apara atraer turistas que se hicieran selfies en ellas. No se trata de fomentar el arte o la cultura, solo de crear un escenario llamativo para hacerse selfies y, de paso, tomarse unos cafés, unas cañas, unos montaditos o lo que toque. Pero los demás pueblos montan también sus extravagancias, sus "tomatinas", crean sus "pimientinas" sus "boniatinas" o lo que tengan para tratar de conseguir el éxito acumulativo, la llegada, más esperada que la de los extraterrestres, en los que también habría que ir pensando por si acaso es buen negocio, gastronomía para extraterrestres, visitas guiadas por nuestros monumentos.

Lamento el drama de bares y hoteles, de restaurantes y terrazas. Pero esa lamentación es más amplia por este folclórico destinos que nos atrapa por nuestra falta de miras, aspiraciones o sentido del equilibrio en el desarrollo. Somos la economía que más padece los estragos de la pandemia. No nos hemos cuestionado porqué. Y deberíamos hacerlo porque en cada crisis ocurre igual. Tenemos el récord de estragos, las cifras más altas de paro en Europa; somos los que menos invertimos en sectores como sanidad, investigación, educación... ¿Y nos extraña lo que nos ocurre?

El descenso de sueldos, de estándares de calidad en muchos sectores, el aumento de la precariedad, la tardanza angustiosa de la estabilidad, etc. obedecen a este modelo aparentemente amable y divertido, ¿a quién no le gusta un rato de charla y risas hasta altas horas de la madrugada? La pandemia ha dejado al descubierto la fragilidad y la peligrosidad de este modelo.

Los políticos irresponsables que interpretan el país en términos de puentes, desplazamientos, ocupación hotelera, etc. debería mejor en dedicar sus hipotéticos esfuerzos en proponer cambios de modelo económico para que nuestra dependencia exterior, nuestra debilidad, fuera menor. No se quedaran vacíos muchos espacios de España no turística que trata de atraer turistas en vez de fomentar proyecto, modernizar el campo y la agricultura, acoger sectores industriales limpios, digitalizarse, etc., que son la vías de empleo estable y no dependiente. El turismo es inexportable, viene o no viene. Queda muy bonito eso de "ser una potencia turística", pero ahora comprendemos que es el ídolo de barro y que más dura será la caída, por hacer referencia a dos títulos cinematográficos relacionados con el boxeo. Hemos caído, sí, en picado. Y lo malo es que queremos seguir haciendo lo mismo en vez de cambiar nuestro futuro de forma previsora, diversificando sectores, invirtiendo en modelos mixtos y no dependientes totales del turismo.

Me gustaría que aparecieran más artículos hablando de un futuro posible y distinto y menos cantos quejumbrosos por un modelo que, con pandemia o sin ella, está cambiando en origen, como habremos visto ya si queremos hacerlo. Sentados y quejándonos no se construye futuro, solo se repite el pasado. Menos quejas y más propuestas, más alternativas. Los males de este modelo los padecemos en la sociedad española hace mucho tiempo. El problema, claro está, no son las actividades en sí, sino la falta de alternativas y las carencias que esto supone. Ojalá todo pase pronto (que no creo, pero deseo), pero también que, además de pasar, permita el desarrollo económico y tecnológico, la inversión en otros sectores de futuro. Hay que evitar que recibamos turistas mientras otros muchos españoles están obligados a salir del país a buscar mejores trabajos, un situación a la que nadie alude. Son los contra turistas, los que salen del país por falta de oferta, de reconocimiento y de estabilidad. Hemos llenado los países más avanzados de médicos, científicos, investigadores, etc. Nadie se lamenta por ellos. Pero necesitamos médicos y personal sanitario, científicos, ingenieros, etc. Desgraciadamente la "epidemia" que les echó fuera de su país es mucho más antigua que esta del COVID-19 y sin vacuna. 

Ahora se nos dice que todo es seguro. Pero si lo es, ¿de donde salen los contagios? La reivindicación de algunos del "derecho a contagiarse" es un paso más en este despropósito en el que vivimos y la distorsión que nos produce. Son tiempos duros, pero lo son doblemente por nuestro modelo y las exigencias que plantea. Lamento las crisis, pero sin resolver el mal de fondo es complicado. Este país ha desmantelado sectores industriales y agrícolas enteros en nombre del futuro. Al final, a esas dramáticas transformaciones no se les dio más futuro que el turismo, que inventarse una fiesta, llenarse de bares y crear muchos puentes para desplazarnos. Sobre eso se ha creado una poderos industria y una parte importante de nuestra economía. También una poderosa resistencia. El futuro de las próximas generaciones no puede estar en elegir de qué lado de la barra del bar se sitúan. hay vida más allá del ocio, de la noche, de las vacaciones, de los puentes y de otras enormes tragedias que lamentamos.

Volviendo al principio, me da vergüenza que sea qué se va a hacer el próximo puente lo que debatan nuestros políticos y empresarios. Pero es muy revelador.

 

viernes, 23 de octubre de 2020

El tiempo, el espacio y el teletrabajo

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


La Vanguardia nos recuerda hoy que hubo un mundo sin relojes*, donde el tiempo era otra cosa. Probablemente ningún invento ha cambiado nuestra vida como el reloj. Ha tenido que llegar un coronavirus para confirmar su importancia y lo que implica modificar nuestro sentido temporal, que implica orden y función. Hubo un tiempo en el que se trabajaba de "sol a sol" y se levantaba uno con el canto del gallo. Luego, al "gallo" paso a dársele cuerda todos los días y a fijarle las alarmas para levantarnos a cualquier hora. Y eso nos creó un nuevo sentido compartimentado de lo que antes era un flujo continuo. Algo más, el mundo comenzó a sincronizarse y nuevos problemas llegaron para ajustar las horas entre distancias largas. Lo del "una hora menos en Canarias", que repetimos automáticamente es el resultado de procesos de enorme complejidad y precisión en el cálculo. Eso de llegar a otro país y cambiar la hora trajo de cabeza los que viajaban a América y se realizaron múltiples experimentos llevando relojes a bordo para intentar sincronizar las horas, algo que se planteaba en un planeta por fin redondo. 
A  la lucha anterior por los calendarios, es decir, por la división del tiempo de traslación, del año, le siguió el fraccionamiento del día, para lo que el reloj, un lujo inicial, fue decisivo. Los relojes de sol, los de arena o agua, todo tipo de dispositivos fueron desplazados por los relojes mecánicos, fruto de precisos artesanos, y ahora por   los digitales. El mundo se rige por el reloj, ya sea para las jornadas laborales, los récords de velocidad que nos marcan los cronómetros de precisión, el tiempo de aparcamiento o la programación de la radio o televisión.

El titular del diario, que reproduce el artículo de The Economist, nos dice "Contra la tiranía del reloj: así cambia el trabajo flexible la relación de los trabajadores con el tiempo". Y es que nos encontramos inmersos en una celdas invisibles, las de las horas o minutos, las de los límites que nos marcan. Trabajo, descanso, paradas, trayectos, hasta los artículos de periódicos incluyen ya un "tiempo estimado de lectura 8 minutos" como si fuéramos torpes si tardamos más o nos lo fueran a quitar una vez pasado ese límite. Por eso, no hay duda, hablamos de tiranía. El reloj es el sicario del tiempo, la vida que nos compran mediante diversas formas de pago.

Nos dice en el artículo:

Hace doscientos años, un aparato empezó a dominar el mundo del trabajo. No, no fue la máquina de vapor... fue reloj. La llegada de la fábrica supuso que los trabajadores cobraran según las horas trabajadas y no por su producción material. En el sistema de taller doméstico que imperó antes de la época fabril, los mercaderes entregaban en la casa del trabajador el material que había que tejer, hilar, coser o cortar. Cada trabajador era remunerado según los artículos que producía. Eso daba a tejedores e hilanderos la libertad de trabajar cuando consideraran conveniente. En la fábrica, en cambio, el dueño exigió a los trabajadores que se presentaran a un turno determinado.

La tiranía del tiempo estuvo marcada por una serie de innovaciones. Dado que en el siglo XIX pocos trabajadores poseían relojes, unos personajes conocidos como “despertadores” recorrían las calles golpeando puertas y ventanas para avisar de la hora a los obreros. Más tarde, las fábricas usaron sirenas y silbatos para indicar el inicio y el final de los turnos, con los empleados usando al entrar y salir un reloj de fichar. Con el tiempo, cuando los trabajadores vivieron más alejados de su lugar de trabajo, el poder del reloj provocó unas horas punta diarias, puesto que eran millones las personas que iban y venían del trabajo. A menudo, pagaban una penalización temporal porque tenían que soportar atascos de tráfico o esperas de trenes impuntuales.* 

Recuerdo haber leído hace unos años una interesante "historia del reloj" donde se daban detalles de este tipo pero, sobre todo, lo esencial es cómo ha afectado a nuestras vidas regularizando y controlando las más mínimas acciones.

La clave, una vez más, está en nuestra organización del trabajo, el gran cambio que se produjo con la revolución industrial. La sociedad se transforma en una "megamáquina", por usar el concepto acuñado por Lewis Mumford. A las máquinas hay que añadir nuestra propia conversión, individual y colectiva, en piezas cuya función es la realización de determinadas acciones con unos resultados. El tiempo es determinante.

Lo que Nos trae el diario es el descubrimiento, a través del teletrabajo, de que existe otra alternativa al orden regular y masivo, orientándose al control de lo producido y no tanto al proceso de producción.

La pandemia del coronavirus está modificando la forma de producción, el espacio y el tiempo. El trabajador tiene la capacidad de organizar su propia jornada y establecer una forma propia de cumplir unos objetivos. Igualmente, el teletrabajo deslocaliza la empresa, la convierte en un sistema virtual de interacciones entre sus miembros y clientes.

Con los confinamientos, el trabajo se ha desplazado de las fábricas y empresas a los hogares. Lo primero que se vieron fueron los problemas, pero ahora están viéndose también las ventajas. Unos días atrás comentábamos los reportajes sobre el boom de la venta (y fabricación) de sillas ergonómicas para aquellos que deberían trabajar en casa. El hogar pasa a ser también un espacio de trabajo y se modifica: de la velocidad de las conexiones al mobiliario, de la potencia del ordenador a la sillas y mesas en las que se van a pasar muchas horas. Yo mismo, realizo desde casa una serie de tareas, de clases online a tutorías durante el día. Lo que antes se hacía en un aula, ahora se hace mediante una conexión de Zoom; las tutorías que se hacen en el despacho, ahora las atiendo desde casa. Ya he participado en diversos congresos online, tribunales de tesis, etc. Los lunes, por ejemplo, me desplazo hasta la universidad, dando la clase en un aula con una reducción significativa de alumnos; el resto del grupo sigue las clases online. Otros días, la clase es completamente online y yo "teletrabajo" y ellos también, ya que su tarea es la asistencia a clase. Los efectos son claros en estas semanas: un aprovechamiento mayor del tiempo y también una intensidad mayor, lo que implica mayor esfuerzo. Las dos horas de clase online suponen un esfuerzo mayor que cuando son presenciales. Supone también una adaptación de materiales y enfoques pedagógicos diferentes, que es quizá lo que más les está costando a muchos ya que supone un cambio mental y salir de las rutinas.

En los meses finales del curso anterior fue posible mantener, por ejemplo, mis seminarios de doctorado y hasta conseguimos mantener online el cinefórum semanal. Costó más avanzar en las clases regulares, pero lo achaco más a la incertidumbre de cuánto iba a durar la situación (tanto por parte del alumnado como por el profesorado y las autoridades educativas). Ya hemos comentado en varias ocasiones como ese infundado optimismo sobre la provisionalidad de la pandemia ha retrasado muchas cosas en la educación, un sector que es más conservador de lo que debiera. Las empresas que han podido adaptarse lo han hecho; otras simplemente se han quejado.

Los medios nos informan de la avalancha de gente que se ha desplazado a sus segundas residencias o a los pueblos para teletrabajar desde allí. Hay incluso hoteles que ofrecen servicios de este tipo, adaptando sus habitaciones para que se pueda trabajar en ellas. ¿Por qué no trabajar desde una playa o desde el campo? Si desaparece el concepto de "espacio de trabajo", diferenciado del "hogar", ¿qué sentido tiene vivir cerca de tu lugar antiguo?

Otro de los problemas que se plantean es precisamente el del carácter esencial de las comunicaciones. Las buenas conexiones son esenciales y, aunque se ha hecho un gran esfuerzo empresarial, el crecimiento de la demanda no se corresponde con el crecimiento de las condiciones de transmisión, que producen problemas de desconexiones, ralentización, etc. Es una buena ocasión para renovar todo lo referido a la vida digital y desplazarla del ocio casero al teletrabajo, lo que implica un mayor número de conexiones, abriendo canales para toda la familia, de los niños que celebran un cumpleaños, asisten a una clase, se hace una cibervisita a la familia o se trabaja en una sesión.

Si la actividad lo permite, el teletrabajo va a ser una solución para muchas empresas, lo que está ya provocando una caída de la demanda de muchos espacios, que no se necesitan tan amplios al tener a muchos de sus trabajadores diseminados y conectados en redes.

El enfoque del artículo se centra en el énfasis en la tarea y menos en el tiempo empleado. Lo importante es que esté hecho en el momento en que debe estarlo y no el control del tiempo de las personas. No es necesario "fichar", por decirlo así, sino mostrar el trabajo realizado. Cuánto tiempo emplee y en qué momento es cosa mía.

El gran peligro es, de nuevo, el tiempo. Lo primero que se ha estado reivindicando ha sido el derecho a la desconexión, es decir, el poder fraccionar de nuevo el tiempo por encima de las posibilidades de conexión. Esta vez, el tiempo, actúa como límite de protección, evitando que se exceda, que el hecho de estas deslocalizado y conectado no implique la explotación de la persona. Por ello, se da la paradoja de que pidamos límites horarios al desaparecer los límites físicos. Otro problema es la aplicación de los costes. Lo que antes se hacía en la empresa, se hace ahora en casa, con un gasto y unos materiales e instrumentos que corren a cargo del trabajador.

¿Se perderá el sentido de unidad al estar distribuidos en redes? Es probable, al carecer de referencias físicas o incluso personales. Tampoco conviene ser demasiado estrictos en los pronósticos ya que esto es un acelerón enorme a una situación que había empezado a darse con anterioridad. El aumento masivo del teletrabajo obligará a regular de forma más equilibrada lo que antes era minoritario.

Se nos habla de la telemedicina, de la teleducación, etc. Hay sectores que van verse potenciados por esta actividad; serán los que descubran más ventajas que inconvenientes. La producción eficaz y el ahorro será un tema determinante. La experiencia del tiempo que llevamos y lo que nos queda por delante, que no será poco, nos dan un empujón al otro lado de la transformación social, del cambio de paradigma del trabajo.

Ya se ponen encima de la mesa aspectos beneficiosos que antes solo se insinuaban, como la bajada de los locales, el ahorro en contaminación por los menores desplazamientos, etc. Las imágenes de grandes aparcamientos vacíos porque sus anteriores ocupantes trabajan desde su casa va a ser más frecuente de lo que pensamos en determinados sectores, sobre todo el de las empresas cuyos productos sean convertibles en digitales o sean servicios que puedan ser ofrecidos online.

El mundo del ocio ya tenía adelantado el gran avance en los videojuegos, actividad casera. También las plataformas online de exhibición cinematográfica experimentaron un gran cambio al trasladar las películas de las salas de cine a las salas de casa. Igualmente el mundo de la edición desmaterializó los libros, los discos y el vídeo.

Pero ahora se trata de un cambio importante en el sistema productivo. El espacio deja de ser relevante y se deslocaliza. El tiempo se flexibiliza en beneficio del producto, como nos recordaba La Vanguardia en los tiempos en que la medida de los artesanos era la obra y no el tiempo empleado y un lugar diferente al del propio taller. Señala el diario los estudios que recogen la buena disposición de ciertos sectores al teletrabajo:

 

Según una encuesta encargada por la compañía de mensajería corporativa Slack y realizada a 4.700 teletrabajadores en seis países, el trabajo flexible se considera muy positivo, ya que mejora tanto el equilibrio entre trabajo y vida privada como la productividad personal. Además, los trabajadores flexibles obtuvieron en la categoría de “sentido de pertenencia” a su organización una puntuación más elevada que los que tenían un horario fijo tradicional.

[...] Lo sorprendente del estudio de Slack es la naturaleza generalizada del apoyo al teletrabajo. En general, sólo un 12% de los encuestados deseaba volver a un horario de oficina normal. En Estados Unidos, los empleados negros, asiáticos e hispanos se mostraron más entusiastas ante esa modalidad de trabajo que sus colegas blancos. Las mujeres con hijos se mostraron en general favorables y mencionaron una mejora en el equilibrio entre su vida laboral y personal; aunque existe, de todos modos, una brecha entre las mujeres estadounidenses descontentas y las de otros países, mucho más satisfechas con ese tipo de trabajo (una diferencia atribuible en parte a la disponibilidad de guarderías públicas).* 

Me imagino que los resultados estarán marcados por el sentido del "trabajo" y el "tiempo" en cada cultura, algo bastante variable. De "el tiempo es oro" al "tiempo es vida" hay toda una serie de consideraciones marcadamente culturales. Lo que creo que sí es cierto es que nuestra percepción del trabajo —el que sea— está determinada por nuestra percepción de "desempleo", un factor relevante a la hora de valorar lo que se nos ofrece o lo que podemos disponer.

La debilidad de la economía española es la gran cantidad de autónomos a la fuerza, de las microempresas que no pueden o no saben o no quieren crecer, que de todo hay. El teletrabajo del autónomo no es el mismo que el de quien forma parte de una organización. Parece, en cualquier caso, que mientras dure la pandemia y probablemente más allá, el mundo laboral se abra a nuevas fórmulas más elásticas que tendrán una gran repercusión —ya la tienen— en sectores muy diversos. Comentábamos que no solo están los aparcamientos vacíos en muchos centros. También se han quedado vacíos, por ejemplo, los restaurantes en los que se servían comidas a los trabajadores de las empresas cercanas. El cambio ha sido muy rápido, lo que tiene efectos dramáticos, sin demasiado tiempo. La restauración es un sector perjudicado porque se reduce la movilidad, pero el teletrabajo lo hará también. Los que sepan ver el cambio —empresas, educación, ocio, cultura...— tendrán eso ganado; los que no lo hagan, el signo de los tiempos los borrará del mapa.

En nuestros tiempos, la velocidad de adaptación tiene que ser grande, dinámica. Este cambio lo ha producido un hecho extraordinario, pero que no sabemos cuánto durará o si será el último. Es probable que la realidad sea más negra que nuestras perspectivas optimistas y nuestro autoengaño.

El reloj marca nuestras vidas y lo ha ido haciendo cada vez más en esa combinación de tiempo, espacio y calendario. Ningún cambio —y menos de esta categoría— puede beneficiar a todos. Los cambios tienen siempre sus elementos difíciles de cambiar. La imposición del reloj, la imposición del desplazamiento del campo a las ciudades, la industrialización, etc. han sido cambios traumáticos y salvajes en muchos aspectos. Hoy tenemos que pensar rápido para poder sobrevivir en este mundo acelerado, que se puede ver irreconocible en unos meses.

Tengo mis dudas sobre si vamos a volver a algo parecido en muchos sectores que se van a ver transformados por el cambio, la percepción de los riesgos y la conversión del Plan B en Plan A, si este funciona mejor.

Al "espacio-tiempo" einsteniano, al "cronotopo" bajtiniano" en él inspirado, se les debe añadir la acción: el aquí, el ahora y el qué, en este caso el trabajo, pero también el ocio, como estamos viendo. es la totalidad del tiempo: ¿nos desplazaremos por el ocio cuando no lo hagamos por el trabajo? ¿Quién pensó que la gente se jugaría la salud y la vida por tomarse un café, por fumarse un cigarro o por ir a celebrar la victoria de su equipo en una final de Copa? Hay muchos interrogantes de tipo sociocultural por resolver en adelante.

La tiranía del tiempo existe. El reloj la marca, pero las fuerzas sociales son quienes la imponen. Las nuevas unidades de medida de la eficiencia productiva puede que se fijen menos en los horarios tradicionales y se centren, como se nos dice, en los objetivos que alcanzar. No es nuevo, pero puede darse un salto cuantitativo que afecte a muchos otros sectores desde una perspectiva sistémica. Son los efectos que casi nadie tiende a valorar, pero los más importantes que hay que prever.

Todo está interconectado y lo que ocurre en un lugar causa movimientos en otros. El tiempo y su división, la estructuración laboral en unidades temporales y espaciales, etc. se van a ver profundamente alterados. No hace falta que todo cambie, pero, si los cambios llegan a un punto crítico, entonces todo se precipita. Por eso es importante imaginar los escenarios posibles, un ejercicio valioso que es necesario agudizar para que el futuro no te caiga en un pie.

El teletrabajo no será la Arcadia que algunos pintan ni el infierno que otros auguran. Pero sí es importante que, lo que sea, nos pille preparados. Los que se han comprado una silla nueva, infierno o paraíso, estarán siempre más cómodos. 

* "Contra la tiranía del reloj: así cambia el trabajo flexible la relación de los trabajadores con el tiempo" La Vanguardia / The Economist 23/10/2020 https://www.lavanguardia.com/economia/20201023/484220766308/trabajo-flexible-trabajadores-tiempo.html