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jueves, 15 de noviembre de 2012

El lector justo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Nos habla el diario El País de la decisión de algunos autores importantes —al hilo de una información sobre el Nobel húngaro Imre Kertész, mencionando al norteamericano Philiph Roth— de abandonar la Literatura.
"Abandonar la Literatura" es un acto extraño que tiene motivaciones diversas, desde el hastío hasta la soledad comunicativa de la incomprensión. Abandono de la Literatura fue el caso temprano de Arthur Rimbaud después de revolucionar la poesía; una forma relativa de abandono "teórico" —ya que siguió escribiendo— fue el manifestado por el poeta austríaco Hugo von Hofmannsthal en su breve Carta a Lord Chandos (1902), un texto clave en la comprensión de la crisis de comienzos del siglo XX. Hay gente que se va teorizando y otros se van de puntillas, con un sencillo silencio.
Durante el siglo XX se ha teorizado sobre la "muerte del autor" y, con profusión, sobre "la muerte de la Literatura". Las mismas teorías dando autonomía al Lenguaje y matando la instancia autorial, heredera del ego romántico, hacían superflua o anacrónica la presencia de una figura real al otro lado del texto. Igual ocurrió con la Literatura, deconstruida como entidad y reconvertida en diferentes industrias, materiales y conceptuales. Algunos plantearon como alternativa el regreso a fórmulas más campechanas del estudio, como habían sido las historicistas, sociológicas y psicológicas, pero desaparecía así el territorio autónomo que se había ganado previamente al mar de las especialidades. La Literatura dejó de ser algo "especial" para convertirse a través de los "estudios literarios" en pasto investigativo para adentrarse en otros territorios culturales, en los que el texto literario —junto a otros tipos de textos— se abordaba como síntoma cultural. El texto literario era la manifestación verbal de las miasmas de la cultura. Desde entonces, muchas voces se han elevado para decir que se habían metido —como ha ocurrido en otras formas del análisis cultural— en un callejón sin salida y, lo que es peor, sin retorno.


No es tan sencillo determinar con exactitud algo que se mueve en el terreno de la intuición, de la metáfora explicativa de algo que oscila entre el sentimiento y la circularidad de la teorías explicativas. Hablar de la "muerte de la Literatura" es hablar de metáforas sobre metáforas, ya que la "Literatura" misma es una gran construcción metafórica.  ¿Qué ha "muerto"?

La Literatura muere como objeto teórico, pero lo hace también en otra dimensión, la que provoca el cambio de función, su cambio de papel dentro de la cultura y la formación. Este papel no ha sido constante en la Historia y los textos —el canon, si somos más precisos— han tenido diversos usos y funciones, desde el didactismo al puro entretenimiento. Hoy es una parte de la industria de la "cultura" y la "cultura" una actividad económica. También una parte de la "industria educativa". Hoy, Paulo Cohelo, uno de los escritores que más venden en el mundo, puede salir hablando, con absoluta naturalidad, del "mal" que James Joyce ha hecho a la Literatura y decir que Ulysses puede ser resumido en un twit. Quizá sea Cohelo quien pueda ser resumido en un twit y sobre espacio.
El que los "autores" se retiren de la escritura literaria es un síntoma de que se ha roto la conexión que les enlaza con su tiempo, la distancia entre la representación que de él se hacen como idealidad y la que experimentan como realidad. Esto se puede mostrar como simple apatía, como una desgana que hace que la lucha por dar forma a las ideas que puedan ser llevadas a un papel no llegue a comenzar siquiera y el deseo de comunicar comience la retirada.


La escritura requiere de un apasionamiento crítico con el tiempo en que se vive. Puede ser la idea y experiencia del Holocausto, como en el caso de Imre Kertész, o cualquier otra idea axial. "Crítico" no se refiere a personas o acontecimientos, sino al propio tiempo que los produce. Nuestra época, llena de injusticias, ofrece cómodas diversiones y grandes compensaciones al olvido.
El noventa por ciento —creo que soy generoso en el cálculo— de las obras que se producen son prescindibles; son variantes más o menos entretenidas de lo mismo. No responden a esa pasión crítica en quien las crea ni la suscitan en quien lo recibe. Forman parte de la inercia cultural e industrial que necesita mantener en marcha una maquinaria productiva que va del autor al lector.
El mundo está lleno de personas que quieren escribir, publicar y ser leídas. Esa es su pasión. Y no es la misma. El que autores que son "voces", que tienen realmente la capacidad de conectarnos con nuestro propio tiempo, en el que vivimos como ciegos shakesperianos, tanteando con nuestro bastón, bordeando abismos, decidan el silencio es una noticia mala, pero que siempre permite al atisbo de la esperanza. Quizá regresen si hay respuesta.

Maurice Blanchot
Dice Cecilia Dreymüller, la crítico literaria y traductora, que analiza los motivos de la retirada de Kertész:

“La literatura se encamina hacia sí misma, hacia su propia esencia, que consiste en su desaparición”, afirmaba Maurice Blanchot, y Kertész probablemente no discreparía de él, al juzgar por su larga y lúcida autoentrevista Dossier K (El Acantilado, 2007). En ella, el escritor húngaro se encamina hacia sí mismo y penetra en los orígenes y el devenir de su literatura de forma tan sutil que parece fundirse con ella. Una de las cualidades inapreciables de la escritura de Kertész ha consistido en mostrar lo borroso de la línea divisoria entre hechos y ficción, entre autor y personaje, conduciendo al lector de lo circunstancial —el horror del campo de concentración, el régimen carcelario de la dictadura comunista— a lo universal: la anuladora realidad psicológica que instauran los totalitarismos. Este es su inapreciable legado, siga escribiendo a sus 83 años o no.*


La desaparición final de la Literatura, apuntado por Maurice Blanchot, no es el silencio del autor, aunque pudiera parecer lo mismo en sus consecuencias. El acto literario, efectivamente, es un paseo dantesco por infiernos, purgatorios y paraísos personales. Es un recorrido acompañados, tomados de la mano, con alguien que ha podido dar forma a sus fantasías, sueños y pesadillas, suscitadas por una realidad que necesita explicarse, incompleta, que intenta comprenderse. Todo arte comienza por una pregunta que necesitamos respondernos a falta de otras instancias que lo hagan. El abandono del autor es negarse a seguir preguntándose o negarse a llevarnos en esos paseos.


El énfasis puesto en las muertes de lo "literario" y del "autor", y ahora en su "silencio", olvida que, como acto comunicativo, la Literatura necesita para producirse del estímulo de un único lector justo, de una sola conciencia capaz de compensar el esfuerzo agonístico del autor con su acercamiento claro al texto aunque sea dentro de cien años, como quería Stendhal.
Hay una muerte del "lector" de la que nadie habla. Sí se habla, y mucho, de las ventas mayores o menores de los libros; pero no es eso. Puede que la Literatura se salve, que el autor regrese del silencio, si logramos encontrar un solo lector justo, uno que nos redima a todos, que permita perdonar los millones de tonterías escritas y leídas plácidamente, incluso perdonar a Cohelo. Alguien para quien sí merezca la pena escribir. — Hypocrite lecteur, — mon semblable, — mon frère!

* Cecilia Dreymüller. "Autoridad moral contra la barbarie" El País 14/11/2012 http://cultura.elpais.com/cultura/2012/11/14/actualidad/1352923506_727873.html






martes, 13 de diciembre de 2011

Los perros


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Escribe Imre Kertész:

Los recuerdos son como perros abandonados, vagabundos, nos rodean, nos miran jadean, aúllan alzando la vista a la luna; querrías ahuyentarlos, pero no se marchan, te lamen ávidamente la mano, y cuando les das la espalda, te muerden… (101)*

La capacidad para hacer que esa jauría de perros imaginarios que nacen de nosotros mismos se domestique, se vuelva dócil y obedezca nuestros deseos es muy limitada. Nuestra relación con los recuerdos es más complicada que nuestra relación con el pasado. Lo pasado es lo ocurrido; los recuerdos, nuestra vivencia subjetivizada. Podemos falsificar nuestro pasado reescribiendo o destruyendo nuestros documentos, nuestra historia oficial. Los falsos recuerdos, por el contrario, nos falsifican irremediablemente. El falso recuerdo es indistinguible del recuerdo verdadero porque ambos se presentan con los mismos ropajes, con los mismos avales de autenticidad. Porque el recuerdo no necesita ser verdadero, simplemente  vuelve, aunque sea de ninguna parte.

Falsificamos, modificamos nuestros recuerdos de forma constante. Ni si quiera hay maldad en ello. Lo hacemos para poder sobrevivir ante el tribunal del presente, tribunal compuesto por los jueces implacables de la necesidad. Ante la imposibilidad de engañarnos conscientemente, lo hacemos de forma inconsciente reajustando todo aquello que nos resulta demasiado doloroso o que no encaja con nuestro momento presente. Porque, no lo olvidemos, vivimos siempre en el presente. El pasado, como los sueños, vienen de visita, presencia incómoda de la que no siempre es fácil librarse.
Cuando los perros nos muerden demasiado fuerte, los recuerdos se transforman. Algunos, modificados, acaban aplacando con sus lametones la zona dolorida. Pero esas transformaciones en la jauría pueden acabar convirtiendo nuestro mundo en una fantasía cada vez más complicada, cada vez más difícil de mantener en la coherencia ilusoria. Por eso el arte de saber manejar los recuerdos no es sencillo. Es el recuento de nuestros errores y extravíos, de nuestras malas decisiones y nuestras elecciones fatales, y sobrevivir. El recuerdo es la gestión de lo vivido. Se vive en un instante; se recuerda toda la vida. El perro nos sigue, ya no nos abandona. Hay que vivir con él, entre lametones y mordiscos.

La otra posibilidad es el olvido. El tiempo lo cura todo, decirnos. Pero el olvido no es más que el disfraz de lo intranscendente. Olvidar —querer olvidar— es convencernos de que algo no tiene ya importancia. Otra falsificación. El tiempo solo cura lo que puede curar y olvidar es alejar a los perros arrojándoles algo con lo que puedan entretenerse un rato. Pero siguen aullando cada vez que esa luna asoma en el cielo. Como ella, el recuerdo puede regresar cada noche, menguante o lleno, brillante o tapado por las nubes.
Avanzan los estudios sobre el cerebro, sobre su estructura y funcionamiento, sobre su química. Somos nuestra memoria. Ese extraño verbo —ser— que nos permite vivir una identidad, adscribir las sensaciones y vivencias diarias a un cuerpo que tiene conciencia de sí mismo, de lo que siente y padece, de lo que vive y de su relación con otros, es el gran invento del lenguaje, la cima de la creación cerebral. Ser. Con el lenguaje etiquetamos, modulamos, damos sentido a las emociones, mecanismo más elemental del recuerdo, que clasifica la experiencia en agradable o desagradable. Nosotros, rodeados de emociones, las repartimos entre palabras para hacerlas manejables, para que haya un yo que diga yo soy.
Incapaces de librarnos de la jauría, hemos logrado poner nombre a los perros.

* Imre Kertérsz (2010): Yo, otro. Crónica del cambio. Acantilado, Barcelona.

Perro salvador de náufragos

martes, 4 de octubre de 2011

Confianza o la soledad del bien

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Escribió Imre Kertész:

Me crié en la nada y desde la infancia aprendí con la mente clara —o más bien práctica— a adaptarme a la nada, a moverme y a orientarme en ella, como si para mí simplemente equivaliera a la vida, en la cual había de saber guiarme, cosa que, siendo un niño, no me resultaba más difícil que aprender a hablar. Ahora bien, si no hubiera conservado una fe infantil en los valores primordiales o, si se quiere, originarios, jamás habría podido crear. ¿Pero de dónde provienen estos valores, si todos a mi alrededor los niegan? ¿De dónde mana nuestra confianza en tales valores, si en la vida cotidiana solo encontramos su negación? Confianza quiere decir en este caso que uno basa la vida en estos valores y se queda luego solo con ellos, como el detenido en un calabozo, que ya no aguarda la vista, si no sólo la sentencia; para colmo, una sentencia favorable en este caso significaría directamente la refutación de sus esfuerzos. (117)*

Imre Kertész
La pregunta de Kertész, premio Nobel de Literatura en el año 2002, es importante y no sé si todos, pocos o muchos, se la hacen en algún momento de la vida: ¿de dónde salen los valores que nos guían en la vida? La transparencia de los valores respecto a nuestra conducta hace que solo seamos conscientes de ellos en aquellos casos en los que nos vemos implicados en conflictos, cuando nuestros valores sufren la prueba traumática de la confrontación.
La pregunta que se hace —¿dónde provienen estos valores, si todos a mi alrededor los niegan?— nos lleva a rebuscar en lugares de la infancia, en actitudes contempladas en otros. Sobre todo en ejemplos de personas que han prendido en nosotros mediante mecanismos muchas veces inconscientes, pero que han marcado nuestra vida. Suelen ser momentos furtivos, instantes de los que solo nos queda el impacto de la emoción. Una lectura, un incidente al que asistimos, el impacto de una situación..., pueden hacer que nuestros valores cambien y, con ellos, nuestra vida. No hacen falta muchas trompetas para que los valores prendan en nosotros; muchas veces lo hacen de puntillas. Entran en nuestra vida y se quedan allí.
Pero esa pregunta de Imre Kertész también puede ser desviada más allá de nosotros mismos para tratar de responder a su complementaria: ¿por qué me rodea la nada?, ¿por qué percibo esa distancia tan grande con lo que me envuelve?


El aumento del descontento en el mundo tiene que ver con la experiencia creciente de la nada envolvente. Aunque intelectualmente pueda parecer que la nada es única, la sensación de opresión y angustia que produce es gradual. La nada que nos rodea se percibe en función de las veces que esos valores, que se han asentado en nosotros en algún momento de nuestras vidas, en momentos de positivos descuidos, se manifiestan dolorosamente. La indignación surge por verlos pisoteados, de la impotencia que crece hasta hacerse asfixiante. Y con la angustia crece también esa conciencia de la soledad a la que Kertész se refería.

John Donne
Por eso el gran descubrimiento es que la soledad deriva del silencio. Descubres que junto a tu celda existen las celdas de otros, que es posible comunicarse con ellos por medio de golpes en la pared o en las cañerías,  y que esas acciones devuelven al aislado a la comunidad a través de los ecos que obtiene como respuesta. La soledad del bien, su asilamiento, se rompe. “No man is an island entire of itself”, escribió el poeta metafísico inglés John Donne en su Meditación XVII (Devotions upon Emergent Occasions). Sin embargo, las fuerzas interesadas en convertirnos en islas son muchas.
La nada envolvente, la ausencia de valores, nos sumerge en el pesimismo de creer que lo que sentimos, que nuestras reacciones son únicas y se pierden en la inutilidad de la soledad. Sin embargo, los valores perduran, están ahí prendidos, encarnados como respuestas ante aquello que no nos gusta.
Las últimas décadas han contemplado el aumento de la nada,  de su sensación de realidad, que es la forma de imponerse y reinar que tiene. La nada se presenta como naturalidad, como la forma de ser que las cosas y acontecimientos adquieren en su deriva. Su fuerza está en convencerme de que estoy solo.
Por eso saber que no estamos solos, que nos conmueven las mismas cosas, que esos valores son compartidos y compartibles, es esencial para ir haciendo que, poco a poco, esa niebla que nos rodea se vaya levantando dejándonos ver los rostros de los aislados, nuestros propios rostros
Imre Kertész sobrevivió a dos de esas nieblas, al holocausto y al horror que tras él se apoderó de Hungría. Nuestras nieblas son de otro tipo, pero, igualmente, ponen a prueba la respuesta de nuestros valores. Como canto de sirena, la nada nos repite incansablemente: “estás solo”. Confiemos. No somos islas; no estamos solos.

* Imre Kertész (2010): Yo, otro. Crónica del cambio. Acantilado, Madrid.