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jueves, 19 de mayo de 2022

El día en que Elvis apareció en mi Instagram

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Les cuento lo que me pasó: Estaba viendo una vieja película que tiene como escenario la ciudad de Las Vegas, en la que sucedía un concurso masivo de imitadores de Elvis Presley, lo que implicaba una banda sonora llena de canciones del "rey" durante las actuaciones de los imitadores en el casino donde transcurre una parte de la acción. Como la película no era gran cosa, aproveché para mirar en mi cuenta de Instagram. Al ver las novedades, por primera vez en años, me aparecieron dos mensajes seguidos con imágenes de Elvis. Al día siguiente apareció otra y no ha vuelto a salir ninguna más. ¿Casualidad? Piensen lo que quieran. Esta mañana revisé los permisos de la aplicación y desactivé el micrófono.

Las historias sobre los anuncios personalizados son ya un clásico. Todo el mundo te cuenta alguna. Escribió algo en su chat o en su correo y le aparecieron anuncios referidos al tema de la conversación.


No hace mucho, la polémica se extendió a Alexia. Según parece, Alexia no solo recibe órdenes, sino que está pendiente de las conversaciones que se celebran a su alrededor y procesa esa información, que es remitida a los centros de la empresa. La contestación que se dio entonces es que servían para mejorar las capacidades de procesamiento del lenguaje humano por parte del sistema de Alexia y así ser "más eficaz". Pero esto es como decir que los espías internacionales lo hacen para aprender y mejora su comprensión de los idiomas de los espiados. Es parte de esa retórica insultante para la inteligencia en la que se dice que todo se hace por nuestro bien, que les preocupa nuestra intimidad, etc., todos esos mensajes que se nos ofrecen para que aceptemos de buen grado (¡qué remedio!) que entren en nuestras vidas, aparatos, etc.

Si hacen limpieza periódica de las cookies de sus ordenadores, comprobarán que en apenas unos días de navegación se acumulan varios miles en sus ordenadores, que además de monitorear sus actividades con el navegador pueden realizar exploraciones del ordenador. Ya no se trata solo de que te aparezcan anuncios. La cuestión está empezando a ser mucho más seria.

Desde el comienzo de la pandemia, que hizo que la actividad online aumentara exponencialmente, habrán observado que el acceso desde la salida inicial se ha complicado con una series de requisitos, permisos que han de ser aceptados, etc. abrumadores. Google no le deja buscar si no ha iniciado alguna de sus cuentas, le exige sincronizarlas, no le deja cerrarlas en muchos casos de forma directa al salir de la aplicación y un sinfín de obstáculos que se multiplican en cada plataforma utilizada, condicionando los navegadores que nos "invitan" a usar, etc.

Me parece muy bien que se diga a la gente común cómo protegerse de Pegasus, el programa que les ha robado Gigas a nuestro presidente y algunos ministros y cuesta dos millones de dólares, una excusa retórica para justificar la pifia. ¿Pero qué pasa con toda esa otra gente que está tan "preocupada por nuestra seguridad"?

Ayer y hoy, encontramos en los medios noticias sobre cómo somos espiados y por quién. El que maneja más datos o contiene más interacciones es Google, que de buscador favorito ha pasado a ser el amo. En Antena 3 nos explican los resultados de un grupo irlandés para defensa  de las libertades:

A raíz de una filtración, la ICCL ha confirmado que Google inspecciona nuestras comunicaciones unas 426 veces al día de media: "Es la mayor violación de datos jamás registrada. Rastrea y comparte lo que la gente ve en línea y su ubicación en el mundo real 294.000 millones de veces en Estados Unidos y 197.000 millones de veces en Europa todos los días", ha detallado el organismo irlandés.

En términos de promedio, las intrusiones diarias en los datos de una persona que reside en EEUU aumentan hasta 747 veces, mientras que los ciudadanos europeos están expuestos 376 veces al día. En términos anuales, Google rastrea y comparte las ubicaciones de los usuarios de Internet de EEUU cerca de 107 billones de veces al año. En el caso de los europeos, la recopilación de información supone una media de 71 billones de veces al año.

Según ha explicado el ICCL, "las cifras de la industria en las que confiamos no incluyen las transmisiones de Facebook o Amazon".*

No es anecdótico que la investigación haya salido de Irlanda, pues es un centro de investigación y desarrollo informático muy importante.

Aquí, los políticos se miran el ombligo espiado, pero le dedican poca atención a un fenómeno que tiene importancia. ¿Desidia? En realidad, no, pues toda esta vigilancia se supone que está al servicio de una "buena causa", nuestro servicio y atención, es decir, esa "preocupación" por nuestra comodidad, porque nos llegue lo que deseamos antes de que nos hayamos despertado.

Todo esto es una forma de economía que surge de nuestro monitoreo y análisis. Es una doble economía, la que se produce con nuestros datos como materia prima, y la que esa información permite aplicar a la producción y gestión de la otra, la material, por decirlo así. Es un sistema de vigilancia constante que ofrece información para perfilar la oferta. Los datos permiten conocer la demanda y ajustar la oferta. Por otro lado, el mismo espacio informativo permite estimular nuestros deseos. Todo ello permite el viejo sueño del mercado: conocernos mejor que nosotros mismos.

Pero también permite muchas otras cosas, como manipularnos. No todos los objetivos son económicos; también los hay políticos. Es ahí donde el comportamiento pasa de la compra al voto. Lo que se nos vende es otra cosa. Lo de Pegasus es una anécdota en comparación de la sistemática intromisión en nuestras vidas.

Cuando se nos seduce con el 5 G y con la llamada "Internet de las Cosas", se olvidan decir que eso permite una mayor cantidad y velocidad de datos y, por otro, el cotilleo de las cosas conectadas a la red, convertidas en espías de nuestras acciones, movimientos y, como hemos visto, de palabras.

Otras noticias, esta vez de España, nos dice desde los titulares del diario ABC que "Protección de Datos multa a Google con 10 millones de euros y a Vodafone España, con 3,94 millones". Con el dinero de la multa de Vodafone España se pueden comprar dos programas de Pegasus, si nos sirve de medida.

Según la resolución del organismo español, publicada este miércoles en el Boletín Oficial del Estado (BOE) y con fecha de 9 de mayo, la sanción impuesta a Google se debe al incumplimiento del artículo 6 y del artículo 17 del RGPD, en los que se regulan la licitud del tratamiento de los datos y el 'derecho al olvido', respectivamente. 

Por su parte, Vodafone España ha sido multada con casi 4 millones de euros por infringir parte del artículo 5 del Reglamento, en el que se regulan las garantías para la confidencialidad e integridad de los datos personales.**


Hay cierta hipocresía de fondo. Los mismos medios que denuncian monitorean nuestros ordenadores o, si se prefiere, son una rentable puerta de entrada a ellos. Utilizan la publicidad personalizada pero después esos datos pueden ser tratados múltiples veces, convertidos en fuentes de información múltiple según lo que se busque en ellos.

En realidad vivimos en nuestras jaulas del zoológico virtual donde somos observados por todo tipo de analistas que buscan cómo convertir nuestros datos en rentables. Así, lo ofrecen a todos aquellos a los que les puede resultar rentable conocernos.

Parte del problema es que es tal la cantidad de datos que vamos liberando en cada acción que deja de existir el anonimato y los perfiles personales constituyen ya una descripción en tiempo real de nuestra vida a la que en cualquier momento se puede descender.

Hace algún tiempo, Facebook te preguntaba y te animaba a contactar con "personas que quizá conozcas", lo que dejaba al descubierto cómo procesaban tus relaciones. También te invitaba a "etiquetar" las personas de las fotografía que aparecían en tus páginas. Los protocolos de procesamiento de caras eran cada vez más afinadas. La muestra de eficacia de ambas técnicas creó problemas y fueron retiradas a niveles más discretos. Con una amable sonrisa son técnicas que hacen felices a los estados totalitarios.

Haga un repaso de sus aplicaciones telefónicas y desactive todo aquello que sea innecesario, como el micrófono en la mayoría de las aplicaciones.

No sé si la aparición de Elvis al llamado de las voces de sus imitadores fue una casualidad estadísticamente billonaria o si fue otra cosa. Elvis es Elvis, pero no quiero que Elvis me vuelva a aparecer al conjuro de sus canciones.

 


* "¿Cuántas veces revisa Google nuestros datos? Una investigación acaba de revelar este curioso dato" Antena 3 18/05/2022 https://www.antena3.com/noticias/tecnologia/cuantas-veces-revisa-google-nuestros-datos-investigacion-acaba-revelar-este-curioso-dato_2022051862848c8b3fa5760001d7e500.html 

** "Protección de Datos multa a Google con 10 millones de euros y a Vodafone España, con 3,94 millones" ABC 18/05/2022 https://www.abc.es/economia/abci-proteccion-datos-multa-google-10-millones-euros-y-vodafone-espana-394-millones-202205181324_noticia.html

viernes, 19 de febrero de 2021

Nosotros y nuestros socios o la trata digital

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



En La Vanguardia, Francesc Brasero hace suya una preocupación general que se ha intensificado con la situación provocada por la pandemia: el control de los usuarios de las redes mediante esa fórmula omnipresente del "nosotros y nuestros socios". La aceptación forzada para poder acceder a la información ha explotado con la situación de la pandemia en donde muchos sitios web han visto reducidos sus ingresos a la vez que les llegaba una oferta tentadora: la compra de los datos de sus usuarios.

Creo que fue en el año 1997 cuando me cupo el honor de moderar lo que se llamó entonces "El Gran Debate de las audiencias", que se organizó por parte de una empresa desaparecida ya, Teknoland, dedicada al incipiente negocio de Internet. Acababan de aparecer los primeros diarios españoles en la red y estos no acaban de entender bien la jerga de las nuevas compañías tecnológicas del campo de la información, especialmente en algo que chocaba con su modelo de negocio tradicional, la venta de un objeto material —el periódico— con unas determinadas y específicas reglas publicitarias, el segundo tipo de ingreso junto a la propia venta del ejemplar. Un diario valía lo que era su precio en el quiosco más lo que se ingresara por la venta de su espacio publicitario. Los responsables de los diarios tenían que hablar con personas que les prometían millones de accesos, "hits", etc. una jerga que no acaban de entender.



Rescato, a efectos arqueológicos, la información que salió entonces de aquel encuentro pionero para discutir sobre algo que hoy nos afecta a todos. Lo encuentro en la hemeroteca digital de una revista de la época, ComputerWorld, firmado por Imma Rico:

 

Un tema tan polémico como la medición de audiencias en internet ha reunido a investigadores y profesionales de los medios de comunicación en dos foros de análisis y debate celebrados los días 13 y 14 de noviembre en Madrid. El objeto de ambas iniciativas era encontrar fórmulas efectivas de control y medición de internautas así como analizar la importancia de este tipo de información de cara a la obtención de inversiones publicitarias en medios digitales.

La primera de ellas, organizada por la AIMC (Asociación para la Investigación de Medios de Comunicación. www.arroba.es/aimc) contó con la presencia de Frank Harrison, director Internacional de Sistemas de Zenith Media Worldwide y Jaques Brown, director Internacional de Mediametrie.

En la segunda, "El Gran Debate: La medición de Audiencias en Internet", promovida por Teknoland (www.teknoland.es), participaron Manuel Sala, director Técnico de OJD (Oficina de Justificación de la Difusión. www.ojd.es) y responsables de algunos medios digitales: El País (www.elpais.es), ABC (www.abc.es), El Mundo (www.el-mundo.es) y Grupo Recoletos (www.recoletos.es). 

Sistemas de control 

Desde la aparición de Internet y demostrada su influencia en los internautas, instituciones y medios han tratado de encontrar sistemas coherentes y fiables de medición capaces de proporcionar datos cualitativos y cuantitativos sobre ciberaudiencias.

En este sentido, destaca el análisis de ficheros log (log file), que se basa en el estudio de ficheros log del servidor mediante filtros que registran las visitas. Este sistema es el utilizado por la OJD y, según explicaba su director Técnico de Medios Electrónicos, Manuel Sala, "con él se puede acceder a información detallada sobre páginas visitadas, accesos a secciones y situación geográfica gracias al conocimiento de direcciones IP y sus correspondientes dominios".

Manipular estos ficheros log es sencillo, por lo que OJD dispone de un sistema paralelo de control que compara los análisis de los ficheros entregados por los medios con los obtenidos independientemente por la institución investigadora. 

Dificultades en la medición de audiencias 

A pesar de la existencia de numerosos métodos, la medición de ciberaudiencias sigue presentando dificultades, ya que, como explicaba José Luis Alegre, del Departamento de Nuevas Tecnologías de El País, "no es posible determinar cuántos son usuarios individuales o grupos, ni cuánta gente hay detrás de los proveedores y de los proxis, por lo que manejamos cifras orientativas".

Además, sólo se consiguen datos cuantitativos y no cualitativos, que son los más demandados por agencias. Para ello, el director técnico de OJD propuso que sean los medios quienes consigan información a través de concursos, juegos, etc. cuyo servicio requiere datos personales verificables. 

Inma Rico (irico@idg.es)*

 


En el debate que me tocó moderar ya se planteó un tema conflictivo, el de las "cookies", concepto entonces en mantillas y que hoy tenemos que aceptar, si deseamos poder acceder a la información. La información lleva fecha del 1 de diciembre de 1997, salida del número mensual.

Si nos fijamos, el tema que estaba entonces sobre la mesa es el análisis de los ficheros log, que son los que recogen los movimientos de los usuarios "en" los servidores que alojan las páginas. Lo que se analiza es el comportamiento desde la información que queda en el servidor, es su propia información. Pero ya se planteaba entonces ir más allá. En el debate salieron ya las "cookies". Se veía un "futuro prometedor". ¡Y vaya si lo ha sido!

Con esa información, la cuestión estaba orientada a las relaciones entre el medio y la publicidad, usando la información del comportamiento de las audiencias para "negociar" las tarifas publicitarias. De eso se trataba.

Pero eso es el pasado o, al menos, una parte de lo que está ocurriendo hoy, donde hay un planteamiento totalmente diferente, al surgir unos elementos que negocian con los datos brutos, por un lado, y con capacidad de personalización por otro.

Tanto el aumento de la potencia de cómputo, por un lado, como la creación de algoritmos capaces de personalizar la información navegando en el big data, permiten crear perfiles automatizados de los usuarios, a los que se "estudia" y se dirige una comunicación "a medida".

Lo que está hoy sobre la mesa es muy diferente a lo que había entonces. Si antes eran los medios los que ponían los resultados sobre la mesa para negociar tarifas, ahora es a los usuarios a los que se pone sobre la mesa, a sus "perfiles", es decir a una descripción precisa de sus movimientos o huellas digitales, que permiten reconstruir su vida y milagros con todo lujo de detalles mediante en entrecruzado de informaciones múltiples, que surgen al identificar su dirección IP y, desde ahí, todos sus movimientos. Y nuestros movimientos somos nosotros mismos. Lo que somos es lo que hacemos desde una perspectiva conductual. Da igual lo que pensemos porque eso se manifiesta en la acción. En la medida en que tenemos una vida ya plenamente digital, tanto privada como social, todo lo que hacemos deja "huella", un rastro de datos que va del pago con la tarjeta en nuestro supermercado a la reserva de las entradas del cine, la navegación diaria por Internet y las páginas que podamos leer.

La explosión desde hace unos meses de las páginas de acceso que deben ser aceptadas no es más que la muestra de cómo trabaja hoy el big data y del valor de nuestro datos, una mercancía informacional que tiene enorme valor porque es inagotable y se puede extraer de ella futuros comportamientos, predicciones sociales e individuales si así se quiere. Permite personalizar los mensajes que recibimos o establecer deducciones algorítmicas sobre nuestro futuro comportamiento.



No es casual que esto haya saltado de forma escandalosa con el affaire de "Cambridge Analytica", el uso fraudulento de datos tomados a través de Google a usuarios de Facebook que acabaron en la Rusia de Putin.

Nuestro comportamiento tiene una especial importancia para el mundo político y, especialmente, para esa parte oscura de los partidos que les suministra información sobre el estado social más allá de las estadísticas, que permite equiparar las acciones comerciales a las políticas en cuanto a sus métodos y objetivos: anticiparse y desarrollar técnicas de seducción política, una retórica eficaz en las campañas y un estilo que venza resistencias.

Leemos en el artículo del diario:

 

La red social, que basa la gratuidad de su producto en la obtención de datos para la publicidad segmentados, ve peligrar una parte de su negocio. Si no puede obtener datos de alguien, deja de ser rentable. Todo ello deja más clara la sentencia de lo que aprendimos ya hace tiempo: cuando algo es gratis, el producto es el usuario.

Como en otros ámbitos, el de la privacidad puede abrir nuevas brechas entre los seres humanos si no lo está haciendo ya. El lugar en el que viva una persona va a ser cada vez más decisivo, pero la situación socioeconómica también. No todos los usuarios tendrán el conocimiento y el acceso a herramientas para controlar los datos que ceden. La necesidad de recurrir a servicios gratuitos para quien no pueda pagarlos abre la posibilidad de que la persona, a través de sus datos, sea su propia mercancía. El futuro no tiene por qué ser oscuro, pero la batalla por la luz no será sencilla.**

 


Sabemos desde hace mucho tiempo que muchas páginas web solo existen como forma de captación de datos. El contenido es el cebo, la atracción para acoger a un tipo de usuarios que pueden ser rastreados en sus movimientos y, por ello, definidos de forma concreta haciendo posible llegar a él, vencer sus resistencias y establecer muchas otras formas de observación y seguimiento.

Que la gran explosión se produzca en una situación de crisis sanitaria y económica como la actual no es una casualidad. Las compañías de datos llaman a las puertas de grandes y pequeños ofreciéndoles la compra de los datos de sus usuarios. Son puertas para entrar en nuestros ordenadores, es decir, en nuestras vidas, puesto que una parte muy importante se realiza ya a través de ordenadores, tabletas y teléfonos. Esta vida digital se ha intensificado por la pandemia, haciendo que pasemos mucho tiempo de navegación. Se ha disparado el teletrabajo, la telemedicina, la educación online, las reservas y pedidos, etc. De todo ello queda registro. Igualmente, las empresas en crisis ven en la venta de datos una ayuda para su supervivencia o beneficio.

Limpio mi ordenador cada tres o cuatro días. Cada vez que uso mi limpiador, este me avisa que va a borrar del orden de 3.000 "trackers". Son rastreadores que se alojan en nuestros ordenadores y teléfonos monitorizando nuestras actividades. Hay fórmulas realmente hipócritas, como la que nos dice que "es mejor mandarte anuncios que te interesan que otros que no te interesan lo más mínimo". Todas ellas comienzan con esa fórmula de "nosotros y nuestros socios", lo que le da un cierto toque entre misterioso y mafioso.



La política europea de privacidad obliga a advertir, pero no solo navegamos por Europa. Las páginas norteamericanas tienen otros, incluso algunas nos impiden la navegación por no "ajustarnos" a lo que hacen.

En los años 90 comenzaron a salir voces e instituciones que denunciaban y emprendían acciones legales para defender la red y a sus usuarios. Todavía era un mundo romántico, igualitario, universalista y basado en la gratuidad que se defendía del acoso creciente del mercado y de la voracidad de las empresas. Hoy no queda nada, apenas algún testimonio ocasional.

El incremento de la monitorización empieza a ser muy preocupante porque desconocemos los usos que, gracias a la potencia de cálculo, al uso del big data y al empleo de algoritmos e inteligencia artificial, puede darse a nuestros datos. Las normas de protección son molestas y están diseñadas para que sea un número reducido de usuarios el que solicite que se borren sus huellas. Se cuenta con la inercia, la comodidad y las costumbres, que tienden a hacer como si no existieran.

Sí, en efecto, la mercancía somos nosotros. La cuestión es a quién nos venden y qué hacen con nosotros. Todo se disuelve en fórmulas comunes que tratan de hacernos creer que esto es "normal", un trámite más en la navegación, algo en lo que no debemos entretenernos. Dicen preocuparse por nuestra privacidad. ¡Enternecedor!

La paradoja es que los mismos medios que denuncian esto lo practican, que leer un artículo sobre los peligros de ser monitorizado está sometido también a un peligroso rastreo. Usted, lector de este artículo, como yo mismo, hemos tenido que aceptar... o quedarnos fuera.

Lo único que nos queda es el molesto borrado de nuestros queridos visitantes, huéspedes de nuestras memorias, preocupados por nuestra privacidad. ¡Qué se le va a hacer!

 

 

* Imma Rico "Medición de ciberaudiencias a debate" Computer World 1/12/1997 https://www.computerworld.es/economia-digital/medicion-de-ciberaudiencias-a-debate

** Francesc Bracero "La privacidad marcará una guerra tecnológica" La Vanguardia 12/02/2021 https://www.lavanguardia.com/vida/20210212/6203674/privacidad-marcara-guerra-tecnologica.html

miércoles, 15 de abril de 2020

El teléfono móvil y el COVID-19

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Con la búsqueda de sistemas eficaces para detectar los casos escondidos, las tecnologías de la información son una alternativa a la lentitud de sistema de test masivos. El test además tiene un doble sentido: para el que se lo hace la da una tranquilidad falsa, pues puede contagiarse pocas horas después; el que los hace, por el contrario, busca detectar quiénes están infectados para aislarlos y así proteger a los demás. El planteamiento y la percepción son muy diferentes en cada caso. Es la diferencia entre la perspectiva individual y la colectiva.
Los sistemas basados en las tecnologías de la información pueden adoptar varios enfoques, desde la predicción a través del tratamiento de datos hasta el seguimiento o rastreo de las personas analizando su recorrido y su exposición y contactos con otras personas que puedan estar infectadas.
Todas estas tecnologías son perfectamente viables y solo necesitan ser desarrolladas o adaptadas. Muchas de ellas han estado limitadas hasta el momento por las leyes de protección de datos. Es el concepto de "intimidad" o de "lo privado" lo que limita nuestra percepción. Los límites no son tecnológicos, sino legales o morales.
Lo primero que el COVID-19 ha roto son nuestras condiciones jurídicas. Los estados de alarma o de gravedad, como en el que nos encontramos, implican una serie de recortes (debemos estar en casa, por ejemplo, y ser multados por estar en la calle sin justificación) o limitaciones. Esto se hace en nombre de un bien superior, que es la salud pública, que debe ser protegida. Lo que antes estaba en el punto de mira, ahora se ve como solución. Esa es la diferencia.


Recordemos que hace unos meses, en nuestra era anterior, se levantó cierto revuelo al notificar el Instituto Nacional de Estadística una recogida de datos durante una serie de días usando nuestros móviles como fuente. Las compañías telefónicas suministrarían información sobre los desplazamientos (recorridos, horas de salida y retorno, etc.). Se trataba de conocer nuestros hábitos en los desplazamientos en determinados días para tener un mejor conocimiento y poder gestionar mejor los recursos en infraestructuras y medios de transporte. Nada sospechoso, pero que suscitó debates y resistencias. Pronto surgieron iniciativas sobre cómo desactivar el teléfono móvil durante los días de recogida de datos. Había que protegerse del Gran Hermano, proclamaron muchos.
Hoy la situación es muy otra y los Gran Hermano los tenemos en algunos edificios donde se trata de expulsar a personas porque son personal sanitario y los vecinos se sienten "amenazados"; lo tenemos en los pueblos que denuncian a los que tratan de pasar la cuarentena en sus residencias al considerarse peligrosamente "invadidos"; lo tenemos en los balcones desde los que se insulta o se tiran cosas a los que pasan por debajo, de tal forma que las familias de niños autistas han tenido que crearse un código de identificación, el llevar pañuelos o lazos azules, para evitar ser insultados cuando tienen que salir con ellos para evitarles el estrés de la rutina alterada. Hay muchas formas de Gran Hermano.
El diario El País titula "El móvil avisa: “Has estado en contacto con alguien positivo de coronavirus”". La noticia nos explica:

Suena el móvil. Aparece una alerta: “Has estado en contacto con alguien positivo de coronavirus, pide las pruebas y aíslate hasta saber el resultado”. Un mensaje parecido a este puede estar circulando pronto por los teléfonos españoles. Los países europeos tienen cada vez más claro que alguna aplicación que permita el rastreo de casos va a ser una herramienta importante para controlar la epidemia una vez que podamos salir a la calle. 
La Secretaría de Estado de Inteligencia Artificial anunció el lunes su participación en un proyecto europeo originado en Alemania llamado PEPP (siglas en inglés de Rastreo Paneuropeo de Proximidad para Preservar la Privacidad). “Apostamos por una app única europea. Solo logrando la interoperabilidad entre países podrá garantizarse una trazabilidad que asegure el intercambio de datos anónimos en la lucha contra la Covid-19”, dijo su responsable, Carme Artigas.
El funcionamiento, a grandes rasgos, es el siguiente: cuando una persona sabe que se ha infectado lo notifica en una app que, mediante Bluetooth, ha estado activa archivando todos los móviles con los que la persona ha tenido un contacto estrecho, como haber mantenido una distancia inferior a dos metros durante al menos cinco o 10 minutos (no está claro cuáles serían los parámetros exactos). A todos ellos le saltaría la alarma para avisarle de que se hagan las pruebas. A partir de aquí, faltan por concretar muchos detalles, que dependerán tanto de la solución tecnológica que se use como de hasta qué punto los gobiernos decidan hacer obligatorio el uso y el reporte a estas aplicaciones.*



Hay que reconocerle imaginación a algo que decide denominarse "Rastreo Paneuropeo de Proximidad para Preservar la Privacidad", aunque no tenga sentido. Lo que se busca en un sistema que trate de evitar que no sepas que aquellos con quienes has estado te pueden haber contagiado o son un riesgo para ti.
Si el primer paso en la defensa contra el COVID-19 trataba de evitar que se colapsara el sistema sanitario. La nueva fase de la defensa trata de evitar tener que testar a toda la población, algo inútil en un cierto sentido: no hay garantías de que no te infectes. Por eso los test primeros van destinados a las personas en máximo riesgo, los que nos atienden en primera línea (médicos, policías, dependientes...). Ahí sí es esencial la realización de test para evitar que su labor de protección se vuelva contra los protegidos.
Pero en la fase siguiente se trata de evitar otro colapso, el del sistema económico. Para ello se va ahora la detección de aquellas personas que puedan estar infectadas, especialmente aquellos asintomáticos, los que no presentan ningún tipo de síntomas y pueden estar haciendo estragos infectado a los que tienen a su alrededor. Por eso la aplicación que se propone, una vez confirmado que alguien está efectivamente infectado, manda el aviso a su red de contactos, para lo que el móvil es importante.
Démonos cuenta que el aspecto clave está en la primera frase de la descripción: "cuando una persona sabe que se ha infectado lo notifica en una app". Esto implica que una persona debe 1) tener instalada una aplicación; 2) tener activado el bluetooth; 3) que los otros tengan activado el bluetooth; 4) que la aplicación envíe la información a todos aquellos que han estado cerca del teléfono; y 5) que las personas que reciben la notificación reaccionen tomando medidas y vayan a realizarse un test para comprobar su estado. Finalmente, debe haber algún sistema de recogida de resultados o verificación, que podría ser que aquellos que han sido infectados hagan lo mismo, lo notifiquen, con lo cual vuelve a empezar el proceso.


Como todo sistema basado en la idea de red (el infectado es el centro de una red de contactos) y de red de redes, como se llamaba a Internet, depende de que esa red esté efectivamente conectada y sea fluida. Habrá personas, por ejemplo,  que no lleven teléfono móvil o que solo lo activen para realizar algunas llamadas si sienten que estas tecnologías son invasivas de su privacidad. Son "cortes" en el flujo informativo, están bloqueando la recogida de datos.
La pregunta que surge es, efectivamente, si tengo derecho a moverme sin algún tipo de protección propia y de los demás. Es como plantarse el derecho a llevar mascarilla o si es una obligación. El ministro Illa lo dijo muy claramente hace unos días, "el gobierno no puede exigir lo que no se puede tener". Si no hay mascarillas para todos la cuestión se queda, como tantas otras, en "recomendaciones". Esto también tiene consecuencias pues puede crear conflictos en los que se aplique la "ley de la calle" al que no lo lleve frente a los que sí lo hagan. Cuando hay peligro, la fuerza tiende a sobrepasar a las leyes.
El artículo del diario recoge la cuestión a través de diversos expertos, pero la coincidencia sobre el problema ético es general. La tecnología de la información se nutre precisamente de nuestra vida traducida en datos. Lo que hay tras ellos somos nosotros mismos.


Lo que es indudable que este camino se debe emprender, por eso es esencial un debate social y una comprensión de los riesgo. Ahora mismo nuestra vida está muy limitada, por más que a alguna le dé por hacer senderismo nocturno y tenga que ser rescatada y posteriormente detenida por los mismos que la rescataron. Creo que el caso, como decíamos ayer del de Boris Johnson, tiene algo de fábula, algo de ejemplo de lo que puede ocurrir.

Es un debate en el que entran muchos factores más allá de nuestros deseos. Nadie desea el COVID-19, pero está transformando nuestra vida y nuestra percepción. En la medida en que consigamos racionalizar las medidas y evitar el imperio de la ley de la calle, el grado de aceptación será mayor. Influyen mucho los factores culturales, el sentido de comunidad y de responsabilidad colectiva. Por eso hay enormes diferencias entre las respuestas de los países, unos lo explican por calvinistas y otros por confucianos, pero lo cierto —en esto hemos insistido múltiples veces— que nuestra respuesta está condicionada por nuestra percepción cultural.
¿Vamos a desaprovechar nuestra potencia tecnológica? Cuidado no nos pase como a Boris Johnson, que las teorías le desaparecieron en la UCI. Es mejor usar nuestros conocimientos ajustadamente, tratando de hacerlo lo menos invasivos posible, manejando los recursos y buscando las garantías necesarias de que se usan bien.
Hay otras muchas línea de investigación, como la desarrollada en la Universidad de Cambridge a través del European Reseach Council, que investiga los sonidos específicos en la voz humana: «As COVID-19 is a respiratory condition, the sounds made by people with the condition – including voice, breathing and cough sounds – are very specific. A hopefully large, crowdsourced data set, collected through a mobile app, will be useful in developing machine-learning algorithms that could be used for automatic detection of the condition.»** ¿Es más invasiva que la señalada anteriormente? Depende de cómo se aplique. Si se utiliza para el diagnóstico a distancia de los pacientes puede ser eficaz o actuar como un test rápido. Pero, obviamente, puede ser tremendamente invasiva si se aplica sin conocimiento de los usuarios telefónicos.


Si no se desarrollan fórmulas rápidas de detección, se corre el riesgo de que ocurra lo señalado: que la ley se traslade a la calle y se empiecen a poner carteles en las puertas de los pisos de los sospechosos o ser simplemente denunciados por ir por la calle o estar en tu segunda residencia. En tiempos de epidemias lo más peligroso es el vigilantismo.
Un aviso en el teléfono diciendo que has estado en contacto con una persona infectada no me parece una invasión de la privacidad. Notificar a amigos o familiares, a conocidos o desconocidos, que se realicen test porque han estado en contacto  con alguien que ha dado positivo es avisarles de un riesgo para ellos y los suyos. Son tiempos extraordinarios y se necesitan soluciones pensadas, meditadas y eficaces. Lo peor es no hacer nada o improvisar de mala manera.
El mayor problema que veo es la personalización del contagio, es decir, que una persona pueda ser identificada como la fuente. Esto plantea riesgo reales, pues una cosa es saber que estás infectado y otra saber quién te ha contagiado. La información puede crear una situación conflictiva y llegar a extremos imprevisibles. Algún caso hemos conocido ya de responsabilizar personalmente a quien consideraba que le infectó. Esto es peligroso porque no todos reaccionan igual.


De seguir la pandemia así, caminamos hacia la idea de "pasaporte sanitario" o "salvoconducto", que al igual que otras aplicaciones haga que los otros sepan de nuestro estado para el acceso a la vida común: espacios, actividades, etc. Hasta hace poco, los movimientos antivacunas preocupaban por sus efectos nocivos sobre la comunidad. Hoy ese debate es absurdo porque luchamos por conseguir una vacuna en todas partes del mundo. Siempre habrá personas que se aíslen voluntariamente, que se alejen de los demás; la diferencia es que ahora serán alejados si no tienen una mentalidad comunal de la pandemia.
El teléfono móvil es ya un apéndice de nosotros mismos. Es una interfaz con el mundo y un compañero de viaje. Es la vía más fácil de entrada y salida en nuestras vidas, las que comparten. Tiene lógica que se encaminen hacia él los esfuerzos. Es una vía rápida y accesible, pero es precisamente ese papel que juega en nuestras vidas lo que nos hace vulnerables. No tendría sentido, en nuestra urgencia, desechar los datos que nos ofrece. Pero por su presencia en la vida cotidiana es fundamental que se tengan garantías.
Una iniciativa europea es una buena idea porque estamos en esto juntos. Formamos parte de un mismo espacio y esta es una buena forma de demostrarlo. Si pensamos en común será más fácil y probablemente mucho mejor. Igualmente, hay que avanzar en las garantías y en la custodia de los datos para evitar que a los males de la enfermedad se sumen los sociales de la discriminación que ya comienzan a aparecer.


* "El móvil avisa: “Has estado en contacto con alguien positivo de coronavirus”" El País 15/04/2020 https://elpais.com/sociedad/2020-04-14/el-movil-avisa-has-estado-en-contacto-con-alguien-positivo-de-coronavirus.html
** "AI APP, PART-FUNDED BY EU, COLLECTS THE SOUNDS OF COVID-19" European Research Council 6/04/2020 https://erc.europa.eu/news/ai-app-part-funded-eu-collects-sounds-covid-19


domingo, 3 de noviembre de 2019

Tranquilo, nadie te vigila o respetamos tu privacidad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
No sé hasta qué punto somos conscientes del mundo que hemos creado a nuestro alrededor, lo que supone vivir en un mundo híper conectado de redes y datos, de registros de actividades y huellas digitales. No es ya que seamos "vigilados" por unas tecnologías orwellianas, por "grandes hermanos"; eso quedó superado por nuestra capacidad para ordenar los espacios caóticos de los datos perfilándolos hasta hacerlos coincidir con nosotros mismos o también por el registro de actividades. Nuestros televisores almacenan y transmiten nuestros movimientos selectivos, los programas que nos gustan, creando nuestros perfiles. El tapado de los ojos de las cámaras que conectamos a ellos viene ya de fábrica y no tenemos constancia de que la comodidad de poder darle órdenes de viva voz no implique demasiada información al exterior, es decir, que lo que el micrófono recoja sea algo más que las órdenes de subir el volumen o cambiar de canal.
Los teléfonos pueden estar abiertos transmitiendo información desde nuestros teléfonos y lo hacen de nuestros movimientos a través de la geolocalización, algo que será aprovechado por el Instituto Nacional de Estadística, como tratábamos hace unos días aquí, para saber nuestros "movimientos". Por ello pagará una buena cantidad a nuestras compañías telefónicas. La reacción de los usuarios en los medios ha sido bastante negativa, pero eso es por parte de quienes lo manifiestan, que tampoco son muchos en comparación con el total.


Hay otro elemento que se ha introducido en nuestras casas, los asistentes, de cuyo nivel de intromisión en nuestras vidas no tenemos un conocimiento claro. Ya ha habido casos en los que han quedado grabadas conversaciones de las personas en la sala. No solo las instrucciones y, como suele ocurrir, es lo más pintoresco lo que sale, como declaraciones de los que escuchan para verificar la eficiencia del sistema sobre adulterios y otros casos en las casas "vacías". La idea de que no hay nadie en casa queda convertida en una peligrosa ilusión, ya que lo que ocurre está siendo "escuchado" desde unos sistemas abiertos conectados al conjunto de nuestro espacio. ¿Qué otra cosa es la "Internet de las cosas" más que un sensor absoluto de nuestra vida?
En marzo de este año, The Guardian publicó un artículo titulado "Smart talking: are our devices threatening our privacy?"*. Era un extracto de la obra de James Vlahos, "Talk to Me: Apple, Google, Amazon and the Race for Voice-Controlled AI", anticipando la publicación del libro. En el texto se hace un repaso de lo que supone la introducción en los hogares (o llevar encima) dispositivos inteligentes que transforman nuestra vida y entorno en datos. En el artículo se explica:

There are a number of ways in which home devices could be used that challenge our ideas of privacy. One is eavesdropping to improve quality. Hello Barbie’s digital ears perk up when you press her glittering belt buckle. Saying the phrase “OK, Google” wakes up that company’s devices. Amazon’s Alexa likes to hear her name. But once listening is initiated, what happens next?
Sources at Apple, which prides itself on safeguarding privacy, say that Siri tries to satisfy as many requests as possible directly on the user’s iPhone or HomePod. If an utterance needs to be shipped off to the cloud for additional analysis, it is tagged with a coded identifier rather than a user’s actual name. Utterances are saved for six months so the speech recognition system can learn to better understand the person’s voice. After that, another copy is saved, now stripped of its identifier, for help with improving Siri for up to two years.
Most other companies do not emphasise local processing and instead always stream audio to the cloud, where more powerful computational resources await. Computers then attempt to divine the user’s intent and fulfil it. After that happens the companies could then erase the request and the system’s response, but they typically don’t. The reason is data. In conversational AI, the more data you have, the better.*



Cada vez que pasamos a una página web, esta nos ofrece una declaración de amor en la que expresa que se queda con nuestros datos para que "tengamos una mejor experiencia" o "lo preocupada que está por nuestra privacidad". No son más que excusas para quedarse con nuestros datos de navegación y lo que es peor, quedarse en el interior de nuestro ordenador con intenciones —siempre por nuestro bien— poco claras y desde luego desconocidas para el que sirve de alojamiento. Esto lo están haciendo hasta los diarios que realizan campañas en contra de la invasión de la privacidad en un ejercicio de esquizofrenia o de hipocresía verdaderamente insólito. Pero es indicativo de esta situación de control en la que parece que, por una causa u otra, todos tienen derecho a introducirse en nuestras vidas y almacenar datos de diferente tipo. Somos la nueva materia prima en esta sociedad de la información. Somos el bosque, el mar, la mina... de donde sale la riqueza que otros hacen con ello, analizando, vendiendo y revendiendo a todo el que quiera comprar los datos para hacer con ellos su propio negocio. Por definición, la información es inagotable, solo puede quedar "obsoleta", es decir, ser cada vez menos representativa del universo que la produce. Mientras lo sea, su valor es enorme para aquellos que saben cómo explotar nuestros datos. Siempre nos dirán que son anónimos en un océano de datos, pero lo cierto es que entre la "persona" y el "océano" el paso es sencillo y la tentación grande.


Somos conscientes de lo que puede estar ocurriendo cuando salta a la prensa algún caso que involucra a los asistentes. The Washington Post trae hoy mismo a los titulares el siguiente caso "Police think Amazon’s Alexa may have information on a fatal stabbing case".** Este tipo de casos tienen el doble interés del caso en sí, la resolución de crímenes, junto con la demostración de los problemas legales que se plantean.

On the night of July 12, Adam Reechard Crespo and his girlfriend, Silvia Galva, got into a fight in the bedroom of his condominium, the South Florida Sun Sentinel reported. The argument ended with the blade of a spear protruding from Galva’s chest, and Crespo has been charged with murder.
A friend of Galva’s reportedly told authorities she overheard the pair arguing in the bedroom, but police wanted to hear from another source: Alexa.
Police in Hallandale Beach, Fla., have obtained a warrant for recordings from Amazon Echo devices they say were in the house at the time of Galva’s death, the Sentinel reported.
The devices allow users to instruct a virtual assistant, referred to as Alexa, to perform commands such as playing music or reading the news. Law enforcement officials have turned to the devices’ data and recordings to solve crimes.
Hallandale Beach Police Department spokesman Sgt. Pedro Abut confirmed to the Sentinel that “we did receive recordings, and we are in the process of analyzing the information that was sent to us.”**


No sé si estos casos habrían dado para una película del maestro Alfred Hitchcock, pero sí para muchas en las que se nos muestra un futuro que ya no merece ese nombre, pues está aquí.  No hay mucho interés en que lo percibamos, pero estamos sobre él como en una cinta transportadora pensando que solo caminamos.
Si el Alexa de turno puede haber recogido datos reveladores del crimen, puede haberlos recogido de cualquier otra cosa, registrando y enviando los datos hacia un mundo gris del que apenas sabemos nada. Solo sabemos de los dispositivos inteligentes aquello que nos interesa saber, pero no manifestamos tanto interés por todos aquellos aspectos que podrían ser intromisiones en nuestra vida y privacidad. Este último concepto que disuelto en la comodidad de la vida y en la aceptación sin preguntar de aquello que nos cuentan. ¿Por qué hacerlo?
El artículo de The Washington Post se cierra con una opinión legal y una descripción del mundo que estamos creando:

The use of such devices for investigations will only increase as the technology becomes more pervasive in everyday life, said Andrew Ferguson, a law professor at the University of the District of Columbia.
Ferguson warned that judges, who assess whether police have probable cause to obtain such warrants, will increasingly need to decide whether there’s a valid reason to obtain a person’s personal data, which can be “incredibly revealing of who we are.” Because Alexa is only supposed to activate and record when given a specific voice command, it was unclear whether obtaining a blanket warrant to examine a device’s transmissions could amount to a “fishing expedition,” Ferguson said.
“We live in a world where we have these little digital spies listening to us in our homes, in our cars, in our phones,” Ferguson said. “It is going to become pretty commonplace that law enforcement is going to request as much digital evidence as they can about us using the legal means available.”
“We have really created a privacy-invasive world because of consumer convenience,” he said.**

No deja de ser una frustración que las compañías manejen nuestros datos sin que podamos resistirnos o que sepamos el fin real que se le da (siempre existe esa frase, "ofrecerle una mejor experiencia", que lo justifica todo), mientras que se pueden encastillar legalmente para negar esa información a un juez.


La idea supone una cierta perversión. Nos fiamos más de una compañía, que no comunicaría nada "raro" que hiciéramos en nuestro hogar (un crimen, por ejemplo) y que se resistiría hasta el final a que un juez, como es el caso, intentara investigar. La ficción es que los datos "no existen" para unas cosas, pero sí para "otras". La idea de que todo lo que hacemos acabara en manos de un juez convertiría a las compañías en  inservibles. Nadie querría tener en casa a un "chivato" o delator. En cambio, en muchas ocasiones, lo que se necesita es un "testigo"; en ese caso, la compañía se cierra en banda resguardando lo que ha usado en cierta manera, nuestra "privacidad".
El concepto de privacidad se convierte en algo muy distinto, en algo que se viola y se defiende simultáneamente, válido solo si se usa para el beneficio de la compañía (rentabilidad) o usuario (comodidad). Lo malo es que esos dos concepto están sujetos a los intereses cambiantes, según el caso.


Nuestra comodidad tiene un precio. Pese a la información de que disponemos hoy sobre lo que se hace con nuestros datos, no hay una regulación clara de la cuestión. Y creo que no la hay porque hay una aspiración no confesada por parte del mundo de la política de poder acceder a esa información que les da mejores perspectivas. Hay indicios de ello en los últimos tiempos. Si las empresas se benefician para determinar nuestro comportamiento, ¿por qué no hacerlo ellos? Si esta percepción es correcta, estaremos cada vez más desprotegidos pues las leyes se harán cada vez más flexibles. Nos darán datos "anónimos", pero la capacidad de computación permitirá cruzar datos y hacer perfiles cada vez más claros. En esa línea es en la que avanza la industria y las empresas del ramo, en la identificación final, en el cero margen de error en el mensaje respecto al destinatario. Pero se han dado pasos más allá del "servicio" adecuado. Los datos se recogen y ya se verá su utilidad.


La ambición de los partidos —todo por el poder— hará el resto. Y si no, mirarán para otro lado mientras alguien les hace el trabajo. Siempre habrá alguien que acepte y nadie querrá perder esa ventaja. 
Es probable que cuando ha accedido a este blog, se le haya pedido aceptar cosas que no sabe para qué son. Yo tampoco y ellos probablemente tampoco. El principio del Big Data es "guarda que ya saldrá algo". Más preocupante son los fallos de seguridad, la liberación de datos, etc. que hace que las garantías que nos dan sean papel mojado en la realidad. Las noticias sobre esto son abundantes y cuanto más valioso sea el paquete, más tentaciones habrá de violar la seguridad. Esto sin contar el jaqueo de datos específicos de personas de interés. 
Un mundo de Barbies cotillas, ositos simpáticos, asistentes fieles, etc. dispuestos a vigilarnos por nuestra comodidad nos esperan en casa, oficinas o calles. Nos hemos rodeados de ellos y no será fácil silenciarlos en su misión.



* James Vlahos "Smart talking: are our devices threatening our privacy?" 26/03/2019 https://www.theguardian.com/technology/2019/mar/26/smart-talking-are-our-devices-threatening-our-privacy
** Kayla Epstein "Police think Amazon’s Alexa may have information on a fatal stabbing case" The Washington Post 3/11/2019 https://www.washingtonpost.com/technology/2019/11/02/police-think-amazons-alexa-may-have-information-fatal-stabbing-case/









domingo, 30 de junio de 2019

Chucky aprende o la cadena de montaje educativa

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La nueva y divertida versión de "Muñeco diabólico" (Child's Play, Lars Klevberg 2019) estrenada el viernes en nuestros nos muestra a un autómata asesino (como en todas las versiones) con las novedades esta vez que Chucky ha salido de una explotadora cadena de montaje en Vietnam, está conectado a la "nube", tiene acceso a todos los dispositivos de la casa y aprende de los que le rodean. Es un Chucky 5G. Ya no hace falta recurrir a los espíritus. El muñeco es tan diabólico como el sistema que le ha creado da de sí. Un Chucky interconectado es más terrible que un Chucky poseído.

La celebrada película "Nosotros" (Us, Jordan Peele 2019) también ironizaba sobre las casas automatizadas y sus fallos en los momentos decisivos. No servían de mucho los asistentes automatizados. Una bonita voz no garantiza un buen servicio.
El excesivo protagonismo de las máquinas, desplazando el contacto, las interacciones humanas, está empezando a provocar una reacción en muchos sectores. Los procesos de automatización son cada vez más intensos y desplazan a las personas. En ese mismo cine, nos ofrecen en la entrada una aplicación especial para no tener que pasar por taquilla. Ya se pueden sacar las entradas por internet, claro, pero esta es otra vuelta de tuerca. Pero yo quiero poder charlar con mis amigas taquilleras y comentarles qué tal estaba la última película. No podré hacer eso y no instalaré en mi teléfono la app que me ofrecen. Tampoco la del lugar donde como un par de veces por semana. Por si quiero pedirlo a través del teléfono, me dicen. Vivo enfrente. Prefiero, de nuevo, charlar con las personas. Mi vida se construye con palabras, dialogando.
No es el "futuro"; son dos sistemas en competencia por hacerse con parte del negocio. Lo malo es que ese negocio es a costa de las reducciones del material más caro y débil, las personas. Nos advierten que los lugares de trabajo se desmaterializan, que se puede teletrabajar (ya no tienes que salir de casa para realizar tu trabajo). Ellos se ahorran el espacio, tú el transporte. El cine también dio una descripción irónica en La asesina de la oficina (Office Killer, Cindy Sherman 1998).
El diario El País nos trae una nueva noticia de rebelión contra las máquinas con el siguiente titular "Rebelión contra Zuckerberg en colegios de EE UU". La cuestión no es nueva y se puede rastrear en la prensa norteamericana desde noviembre del año pasado en que comenzaron a protestar las familias. Nos cuentan:

La protesta empezó en Cheshire, (Connecticut, Estados Unidos) uno de esos condados residenciales que atraen a las familias por la calidad de sus escuelas públicas. La oferta era golosa. Un nuevo modelo para las clases, la última tendencia en educación. Serían pioneros. Habría ordenadores gratis para todos. Lecciones a la medida de cada alumno, enseñanza personalizada para maximizar cada potencial. Silicon Valley llegaba a las escuelas de este tranquilo distrito de la costa Este. Pero no tardaría en irse por donde había venido.
“Era un programa piloto llamado Summit Learning. Cuando empezamos a ver cómo funcionaba, nos rebelamos. Comenzó en grupos de padres y pronto se convirtió en un movimiento en toda la ciudad. Apenas había interacción entre profesores y alumnos. Los padres se empezaron a preocupar por qué pasaba con la información de los niños que se metía en el sistema”, recuerda Mary Burnham, educadora, que fue una de las líderes de la movilización. “Recogimos firmas, pero al principio los colegios no nos escuchaban. Entonces un padre vio que los niños habían tenido acceso a contenido inapropiado, explícitamente sexual. En un día, se sumaron 500 firmas. El distrito escolar ya no podía ignorarlo más. Al volver de Navidad, ya habían quitado el programa”, prosigue.*


La queja va en tres direcciones: 1) la falta de interacción; 2) qué se hace con la información generada; y 3) el acceso a contenidos sexuales. En una sociedad puritana como la norteamericana, el paso definitivo ha sido el tercero, pero no nos dejemos engañar. Es el más fácil de solucionar y el de efecto más relativo ya que todos esos jóvenes disponen también de acceso a todo tipo de materiales desde sus propios dispositivos, ordenadores o teléfonos inteligentes. Pero el sexo siempre se vende bien, especialmente como excusa. Si los dos primeros argumentos falla, el tercero no.
Son mucho más preocupantes, desde el punto de vista educativo, los dos primeros puntos. La falta de interacción y la producción de información y su acceso a ella.
En cuanto al primero de ellos, la interacción, las instituciones educativas y las políticas han derivado hacia un modelo educativo básico enfocado hacia el trabajo (un bien escaso) prescindiendo de las personas. Somos piezas en el sistema productivo y la dimensión humana se ha reducido al par consumo / producción. Desde el punto de vista político, lo que importan son los cálculos para la sostenibilidad del sistema, ya sea por el problema inicial de la formación, el segundo de la ocupación y el tercero de la jubilación. El sistema ha visto en los sistemas automatizados un gran negocio para la formación (infancia, juventud y reciclado), en el segundo a través del teletrabajo o de la sustitución de la mano de obra por automatismo; y en el tercero ve una gran oportunidad de negocio en la asistencia y monitorizaciones a distancia.


La rebelión en los colegios que El País nos cuenta sobre la percepción de los padres respecto a los dos problemas, conocimiento y privacidad:

Los padres descontentos se quejan tanto de la calidad del currículo que ofrece como de la cantidad de tiempo que los niños deben pasar ante las pantallas, y no escuchando al profesor. “Cuando mi hijo venía a casa, yo miraba su ordenador y me daba cuenta de que había estado horas en YouTube, Facebook o Vine. Se pasaba el día ante la pantalla. Se reunía con su tutor solo una vez a la semana. Al principio los alumnos estaban muy emocionados, pero al final del curso mi hijo, que era de los mejores en matemáticas, estaba llorando porque no sabía hacer los ejercicios”, asegura Bethany Berry, una madre de un alumno del condado de Lincoln, en Kentucky, que introdujo este curso Summit en las escuelas y se enfrenta a una contestación creciente de los padres.
También hay preocupación por la gestión de la privacidad de la información que proporcionan los alumnos, teniendo en cuenta que el principal financiador de la plataforma ha creado un imperio a base de recoger y capitalizar económicamente datos de sus usuarios. Desde Summit aseguran que la privacidad es una de sus “más altas prioridades”. “Estamos profundamente comprometidos con la privacidad”, explica Catherine Madden, portavoz de Summit Learning. “Los datos de los alumnos no se venden y se usan solo para propósitos educativos. Cero excepciones”.*

La estrategia, como en otros campos, es ir adentrándose en el sector. El resto es cuestión de tiempo. La percepción de las familias de que sus hijos acceden a informaciones, pero eso no significan que aprendan, concepto que necesitaría una reformulación profunda dadas las campañas y distorsiones que se producen. Lo contando sobre el "tutor semanal" como sustituto de los profesores es un elemento clave en la construcción del sistema. No es que desaparezcan los maestros o profesores, sino que cambia totalmente su formación y función. El perfil requerido es otro.


Este perfil ya se modela en todos los ámbitos mediante los sistemas de puntuación, que premian a los que van en el sentido correcto (desde el diseño previo) y penalizan a aquel que tiende a formar su propio estilo o un currículum propio. El profesor, como el alumno, no son más que dos productos complementarios.

Por otro lado, la enseñanza online abre la entrada en el negocio de la enseñanza a muchos agentes. Todos los que pueden hacerlo se introducen en este mundo en el que se les dice que pueden vender su "know how" a través de plataformas online y profesionales que prestan su imagen e información. Se trata de virtualizar para comercializar. No hay límites.
La respuesta de los colegios norteamericanos a lo realizado por Zuckerberg y su fundación es importante. Es necesario repensar lo que estamos haciendo con la educación y no solo con sus costes, como parece que se hace.
Hay que establecer un ideal humanizado y humanizador de educación. Lo que se lleva haciendo desde hace décadas es la reducción curricular, la fragmentación de los saberes para transformarlo en "unidades", paquetes de información que puedan circular y ser aprovechadas.

Hace mucho que se perdió la idea inicial de aprovechar una nueva tecnología para mejorar el sistema y se decidió sustituirlo. Las universidades han desarrollado programas, herramientas y sistemas sin tener en cuenta los efectos reales sobre la formación. Se les dijo que se podía vender el conocimiento de esta forma. Resolvían así parte del problema económico de la financiación de la educación en unas sociedades cada vez más marcadas por la competencia y con menos lugar para la cultura, sustituida por el "entretenimiento". Hasta el mismo entretenimiento ha sido modificado para poder ser adaptado a los nuevos sistemas.
Lo que suponía que debía ayudarnos nos ha convertido en apéndices del sistema. El profesor ha pasado a ser supervisor de la cadena de montaje educativa.  Las sociedades que infravaloran o desprecia la educación pagan sus consecuencias, si no las estamos pagando ya sin darnos cuenta. Cada vez que hablamos de un problema social o cultural grave, apuntamos a la educación como solución. Sin embargo, la deterioramos al considerarla como un negocio más. No lo es. 


* "Rebelión contra Zuckerberg en colegios de EE UU" El País 29/06/2019 https://elpais.com/sociedad/2019/06/29/actualidad/1561832269_832729.html