Mostrando entradas con la etiqueta Mark Pagel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mark Pagel. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de marzo de 2014

El futuro de las lenguas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En su estudio del fenómeno de las culturas desde la perspectiva de la explicación evolucionista, Mark Pagel, profesor de Biología Evolutiva de la Universidad de Reading, nos habla de las perspectivas de desarrollo futuro de las lenguas en el mundo Señala Pagel: "Algunas estimaciones aseguran que apenas van a llegar a finales de siglo un puñado de lenguas" (392). Tras soltarnos esta inquietante perspectiva, se suscita la cuestión evidente de qué lenguas serán las que lograrán sobrevivir en ese plazo u otros más distantes. El autor señala que las lenguas que tienen un mayor número de hablantes son el mandarín (1.200 millones), muy distanciado del resto, y el español y el inglés, con unas cifras similares de unos 400 millones de hablantes.
Las lenguas tienen un punto de origen pero después se esparcen por el mundo mediante el recurso a la fuerza o mediante la extensión del conocimiento. No es lo mismo la lengua que se impone en una invasión colonial, que la que se expande gracias al conocimiento que transporta o los casos de fronteras, en las que los hablantes hablan las dos o se adentra una de ellas en "territorio" de la otra. China posee un gran número de hablantes, pero no hay muchos hablantes que lo tengan como segunda lengua por el mundo. Sin embargo, el inglés, que cuenta con un menor número de personas, posee casi el dominio total de las opciones como segunda lengua. No basta con contabilizar los hablantes nacionales, sino que la existencia —y aquí el evolucionismo se queda corto y tiene que introducir variables más complejas— de lenguas superpuestas es un hecho tanto como las hibridaciones. No solo es la cantidad de hablantes lo que decide el futuro de una lengua, sino la cantidad y calidad del conocimiento que aporta.


La motivación para aprender chino era muy reducida hasta el momento por una salida relativamente pequeña de su cultura al exterior, aunque no siempre fue así, existiendo épocas de mayor contacto con Occidente. China se está abriendo a las relaciones comerciales y se transforma también en potencia investigadora receptora de aquellos que buscan mejores oportunidades fuera de sus países. Los que mantengan relaciones comerciales con China o deseen ir allí a trabajar aprenderán mandarín, ya tienen una motivación. Eso servirá también para dar salida a su propia cultura y aumentará su interés y aliciente para los demás. Basta con ver la proliferación de cursos, de academias o de Institutos Confucio en distintos países, incluido el nuestro.

Los chinos, en cambio, se diversifican porque se reparten por todo el mundo, allí donde los lleven los intereses comerciales, universitarios, etc. Mis alumnos chinos han aprendido español en sus universidades —estudiando Filología Española—, en sedes del Instituto Cervantes o mediante estancias en países como Cuba, que se ha especializado en ellos ofreciéndoles programas acordes con sus necesidades de aprendizaje. Ya hay universidades españolas que les ofrecen esa formación en la lengua, que les permite no solo estar entre nosotros sino extenderse posteriormente por los países de Hispanoamérica como destino laboral. Vemos cómo una lengua hasta hace poco sin atractivo exterior, ha adquirido, por la importancia que China tiene en estos momentos en diversos sectores, interés como segunda o tercera lengua en muchos países.
Estos contactos lingüísticos se desarrollan hoy, en un mundo interconectado, más allá de lo físico. En la actualidad existen personas por todo el mundo que aprenden lenguas y se mantienen en diálogo a través de los nuevos medios que nos han abierto grandes posibilidades, más allá de las migraciones o situaciones coloniales.


La cuestión de las lenguas supone siempre una tensión entre sus controladores —las instituciones artificiales que las regulan— y los mecanismos "naturales" de su evolución en los que se combinan los aspectos puramente pragmáticos de la comunicación, su verdadero objetivo. En este sentido, Mark Pagel recuerda:

Quienes se han erigido en guardianes de la lengua —los gramáticos reaccionarios y los ortógrafos reglamentistas, o quienes [...] se empeñan en excluir determinadas palabras y expresiones— podrán acabar por dominar el ritmo de cambio de sus idiomas; pero al hacerlo los pondrán a la cola de la comunicación internacional. Algo así podría estar sucediendo ya con el francés y el alemán. La otra opción frente a este sometimiento estricto no es el libertinaje que podrían tener algunos: si la comunicación es importante, las lenguas no cambiarán nunca a un ritmo que puedan poner en peligro la razón misma por la que existen. (392)*


La idea expuesta anteriormente de que las lenguas que podrían quedar a final de siglo serían unas pocas, es quizá demasiado aventurada porque la existencia de mecanismos y factores superpuestos, de índole cultural, podrían retrasar esa fusión de lenguas que los expertos auguran. Hay factores que podemos evaluar, pero desconocemos el alcance que algunos de ellos pueden representar en un entorno cambiante en el que las tecnologías se centran en las comunicaciones y las posibilidades de interacción. Lo que parece evidente es que la extensión de las comunicaciones potenciará las lenguas que sirvan de puente entre otras lenguas, como forma de contacto, como ocurre actualmente con el inglés.
El chino mandarín tiene sus numerosos hablantes y crecerá como opción de segunda lengua por el peso de China en economía, política y cultura; el inglés, crecerá como lengua de contacto, por el consumo de su cultura, exportada gracias a su peso y potencial económico, y vehículo de transmisión del conocimiento dado su poder investigador. Queda por ver cuál es el papel del español, que se beneficia de una población que lo habla por todo el continente americano y en nuestro país, que es su origen, pero no su fuerza actualmente. Hay que ser muchos o producir conocimiento y no es eso lo que percibo. Nuestros atractivos parecen centrarse en otros aspectos.


No debe olvidarse en una perspectiva tan restrictiva, evolucionista. como la planteada por Mark Pagel, el papel identitario de las lenguas. Sobre ellas se construyó y se sigue construyendo el nacionalismo en todas las partes del mundo. La lengua es un poderoso vehículo emocional para suscitar ese elemento de identidad que se ve reforzado por la poesía y demás artes de la palabra. Las nuevas tecnologías también favorecen su permanencia a través del diálogo de los hablantes y de la creación de una memoria virtual colectiva.
Veremos qué nos depara el futuro y cuál es la estrategia más adecuada para la "supervivencia". Lo que parece cierto es que esa evolución depende de una conjunción de factores en los que el número de hablantes es solo una parte, que también se debe tener en cuenta el "atractivo" que las lenguas tienen. Ese factor es complejo y depende de muchas circunstancias: su potencial de conocimiento, su cultura, su organización educativa, etc. 
Con su conversión en una auténtica industria, las lenguas compiten por ganarse un espacio en las mentes ajenas. Pero su atractivo principal, como en una conversación, radica en su capacidad de tener algo que decir, nuevo o acumulado.



* Mark Pagel (2013). Conectados por la cultura. Historia natural de la civilización. RBA, Barcelona.





miércoles, 4 de septiembre de 2013

Prejuicios

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Coloqué ayer en mi página de Facebook una fotografía sobre los prejuicios que suscitó algunas reacciones sobre nuestra capacidad de evolucionar respecto a ellos. La fotografía que compartí desde la página oficial del Movimiento Antiacoso, una ONG que se enfrenta al enorme problema del acoso sexual en Egipto, nos muestra una serie de casos en los que se quedan reflejadas las formas en que percibimos como totalidades lo individual, es decir, las etiquetas que colocamos a los demás para clasificarlos en función de elementos o experiencias previos. "No todos los musulmanes son terroristas", "no todos somos mejicanos", "no cortaré tu césped", "mi pelo es auténtico", "no soy basura blanca", "no soy un color", etc., son las frases que sostienen determinadas personas a las que se les aplican esos tópicos.


Todos ellos reflejan el malestar que se siente cuando se es encuadrado colectivamente en unidades que destruyen nuestra individualidad. Es el malestar de la persona que se siente anulada en cuanto tal en favor de un extraño receptáculo social, una cárcel semántica, que llamamos prejuicios. Como su propio nombre indica, es un "juicio previo" a la propia experiencia que podamos tener con esa persona. El prejuicio es precisamente un sustituto de la experiencia, una reacción estereotipada basada en elementos previos, personales o transmitidos.


El sentido de los prejuicios y demás mecanismos similares es muy complicado porque no es que sean un "defecto", como tendemos a pensar, sino que tienen una función psicológica y social evolutiva, que son la defensa frente a lo extraño o diferente y el refuerzo de los lazos con los iguales. Los prejuicios son "marcadores" genéricos. En la naturaleza no se da la "justicia", que es una idea cultural muy avanzada, no hay ningún sentido de la equidad. Somos una contradicción viviente porque muchas de las cosas a que aspiramos suponen un conflicto con lo que como organismos vivos sentimos o deseamos. Por eso lo auténticamente meritorio es sobreponerse a los prejuicios que se nos transmiten o que nos formamos y transmitimos a los demás. Como seres vivos somos sencillos, simples; como seres humanos, sociales, culturales, somos de gran complejidad porque tenemos que enfrentarnos —o no— a nuestros propios prejuicios o sucumbir a ellos y dejarnos llevar, muchas veces con provechosos resultados para el que los aplica a los demás.

La muerte de Trayvon Martin, el adolescente afroamericano muerto a tiros porque a un "vigilante" le pareció que un joven negro con capucha debía ser un delincuente peligroso. Nos muestra el funcionamiento del prejuicio en ambos niveles, el individual y el social, profundamente vinculados ya que son la manifestación de lo mismo. 
El prejuicio es un campo de estudio importante desde diversas perspectivas —sociales, psicológicas y biológicas—, cuya comprensión es esencial en un mundo que se enfrenta a la diversidad, que evoluciona rápidamente y se ve sometido a tensiones precisamente por la confrontación diaria con los efectos nocivos que tienen y causan.
Creo que escribí alguna vez —creo que al hilo de las ideas de Bertrand Russell sobre educación— y si no lo hago ahora, que para muchos avanzar en la vida significa lograr arrancarse, conseguir desprenderse de los prejuicios que se nos inculcan en la infancia. En esos años, extraordinariamente receptivos y acríticos, se agarran en nosotros dando lugar a creencias sobre los demás o sobre nosotros mismos difíciles de erradicar posteriormente. Son momentos dolorosos porque están arraigados como convicciones firmes. Descubrimos que estamos llenos de ellos, que surgen automáticamente como reacciones. Muchos son inocuos y no suponen demasiado para los demás. pero otros son determinantes de nuestras acciones y reacciones dirigiendo nuestra vida por senderos perturbadores cuando se revela su injusticia o falsedad.
Pensamos que el aprendizaje es adquirir. Eso es solo una parte. La otra, más importante a veces, es desprendernos de ideas, principios, etc. que han regido nuestra vida desde antes de que pudiéramos experimentarlos por nosotros mismos.
Los prejuicios sociales nos son transmitidos y sirven para reforzar el sentido de la comunidad frente a los demás. Cuando compartimos prejuicios estamos compartiendo un sistema clasificatorio y otro de respuestas ante situaciones posibles. Su función es también económica, nos ahorra pensar, que es lo que quiere decir "prejuicio". Lo distinto es sospechoso, de lo nuevo hay que recelar, etc., son formulas generales de conservación en los seres vivos, pero que, llegados a la vida social, plantean problemas cuando precisamente nuestro desarrollo cultural nos hace abrirnos a otros.
El biólogo evolutivo Mark Pagel, en su reciente "Conectados por la cultura. Historia natural de la civilización", escribe:

Si las consideraciones antropológicas de nuestra historia son ciertas, existen motivos de peso para creer que la selección natural no solo ha favorecido en nosotros la tendencia a matar a otros integrantes de nuestra propia especie, sino que nos ha equipado con una serie de propensiones que hacen que llevar a término tal acto resulte fácil hasta extremos alarmantes. Téngase en cuenta, sin más, que el acto para el que reservan nuestras sociedades la reprobación moral más pronunciada —el asesinato— puede llevar a una persona a recibir el mayor de los honores de parte de su grupo social si está dirigido a la clase correcta de prójimo durante una guerra. A falta de pruebas que demuestren lo contrario, se diría que los seres humanos son capaces de encender en sus cabezas un interruptor que les permite, aun mediando una provocación insignificante, tratar a los miembros de otras sociedades —y hasta de las suyas propias, si se dan determinadas circunstancias— como seres muchísimo menos humanos desde el punto de vista moral. La paradoja más marcada y nefasta de nuestra especie es que ambas actitudes están conectadas y nacen de la fragilidad de la forma «especial» y «limitada» de altruismo que adoptamos para con quienes no guardan relación con nosotros. (126)


La idea de Pagel viene a decir que lo mismo que nos hace identificarnos intensamente con ciertos elementos del grupo, nos hace rechazar con la misma intensidad aquello con lo que no nos identificamos, lo externo, lo otro. Su idea es que la evolución nos ha hecho buscar el grupo como pertenencia —una estrategia de supervivencia— pero que esto nos ha separado de otros grupos. Interpreta en este sentido, como una necesidad diferenciadora, el hecho de que exista tal diversidad de lenguas incluso entre lugares próximos.
Todas las imágenes que nos mostraba la fotografía nos enseñan variantes de esos prejuicios. Mostraban sobre todo el mismo mecanismo clasificatorio, reductivo, que aplicamos a los demás. En sociedades abiertas e intercomunicadas, muchos aprovechan para abrir sus propias mentes y aproximarse a los otros sin prejuicios. Pero hay personas para las que esto se percibe como una agresión, como una invasión de su territorio grupal o personal en el que se refugia frente a todo lo nuevo. Los prejuicios van mucho más allá de la xenofobia o el racismo, que sería lo externamente otro. Ese otro puede ser la "mujer", los "jóvenes", o los "alquilados" frente a los "propietarios" en una comunidad de vecinos, etc. Constantemente fragmentamos lo que nos rodea, lo etiquetamos y lo almacenamos en nuestra memoria personal y colectiva. Establecemos lazos intensos con aquellos que comparten lo nuestro y nos distanciamos del resto, de los que quedan fuera del círculo. Esos círculos pueden ser más amplios o más pequeños, pero son círculos, fronteras.


Avanzar es tratar de evitar los más obvios e injustos. Tratar de que no se cuelen en nuestras conversaciones, escuelas, periódicos, películas... pero no es fácil. No por ello hay que dejar de intentarlo. La proliferación de observatorio de la comunicación o la publicidad se debe al peligroso papel que en un mundo interconectado pueden jugar los medios de comunicación, redes sociales, etc., auténticas máquinas de replicación social, de fabricación de estereotipos y, por tanto, transmisores de prejuicios. También, en sentido contrario, son potentes maquinarias para combatirlos.
En cualquier caso es una tarea social importante combatirlos y debería ser labor de todos. La tarea más importante es aprender a descubrir que no solo los demás los tienen, sino que muchas de nuestras firmes convicciones también lo son. De no ser así, no nos libraríamos del más peligroso.


* Mark Pagel (2013): Conectados por la cultura. Historia natural de la civilización. RBA, Barcelona.