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viernes, 8 de marzo de 2024

Con Stella y Blanche un 8-M

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

El miércoles pasado vimos en nuestro cinefórum "Un tranvía llamado deseo", la película que Elia Kazan filmó en 1951 sobre la obra teatral de Tennessee Williams. La película obtuvo un enorme éxito en todo el mundo y sirvió para elevar el nombre de Kazan, un director imprescindible, de Marlon Brando y de Vivian Leigh (Oscar como actriz principal), Kim Hunter y Karl Malden (ambos con Oscar como actores secundarios), además de otro premio de la Academia al trabajo de la extraordinaria fotografía en blanco y negro de Harry Stradling Sr.

Hoy, 8 de marzo, en el Día Internacional de la Mujer, creo que es bueno comprender el muestrario de traumas que la película nos muestra en ese año 1951, el clima de opresión femenina, de cárcel aceptada, de posesión conquistada y de falsos sentidos de lo que era el amor y la figura de la mujer.

La obra, en forma abreviada, nos muestra el reencuentro de dos hermanas, Blanche y la casada Stella, después de que la primera perdiera la propiedad que tenían en el Sur. Blanche se presenta en la casa de Stella, casada con Stanley, un polaco violento y ambicioso, que acepta en casa pensando que ella traerá algo de lo que quede de la antigua propiedad. Pero Blanche no ha traído nada porque lo ha perdido todo. Pronto nos damos cuenta de que lo ha traído han sido sus traumas y poco más. Stanley comienza un acoso constante contra ella. Stella trata de protegerla, pero se encuentra atrapada ella misma en una violenta relación con su marido que la golpea para después lanzarse apasionadamente contra ella, creyendo que es una forma de de deseo. Stella está embarazada.

Pronto se va descubriendo a través de los enfrentamientos la soledad de Blanche, una mujer que huye de la luz y vive rodeada de una falsedad con la que trata de ocultarse su pasado y su presente, en el que la edad es para ella determinante.

Blanche se refugia de sus heridas profundas y destructivas en el disfraz. Trata de ocultar su edad, fingiendo a través de su forma de expresarse, de hablar, ser una joven inocente. La maestría de la interpretación de Vivian Leigh con la voz doble, la inocente perdida y la voz dura de mujer que ha vivido un durísimo pasado autodestructivo tras sentirse responsable del suicidio de un novio del que se burló, da toda la profundidad al drama de esta mujer que se siente al margen por su edad.

El filme juega precisamente, a través de la luz, con la necesidad de ocultación de la edad de la mujer, que habría de fingir juventud y encerrarse en una cápsula del tiempo a la espera de ser rescatada por un hombre. Es lo que ocurrirá cuando uno de los amigos de Stanley, Mitch, se fija en ella y decide mantener una relación formal. El ideal de Mitch es que Blanche sea digna de ser presentada a su madre, que ya es mayor y no se encuentra bien. "Presentar a la madre" es todo un ritual simbólico y representa la aceptabilidad de la mujer, para lo que debe superar las pruebas de la honorabilidad. En uno de los momentos más dramáticos, Mitch exige ver a Blanche bajo la luz. Siempre la ha visto al atardecer y bajo las luces de faroles atenuados, una estrategia seguida por ella para que no se perciba su edad.

Stanley, su cuñado, se ha dedicado a destruir su reputación recabando informaciones del pueblo natal de las hermanas, donde Blanche ha dejado rastros de una vida disipada, llena de encuentros con desconocidos en los que se ha refugiado para intentar olvidar el suicidio que causó.

Stanley representa la violencia física contra la mujer y también la destrucción de su reputación, algo que acaba por destruir a Blanche. Cuando Stella intenta defenderla, Stanley la golpea. Stella acaba teniendo que acudir a urgencias por su embarazo. Aguanta las palizas de su marido por ese hijo que está esperando de él.

"Un tranvía llamado deseo" es una profundización en la violencia contra la mujer es esos dos ámbitos, en el físico (en la casa, en la familia) y en el reputacional, su nombre en boca de otros, algo que determina los filtros sociales a los que se ve sometida. Blanche y Stella son víctimas diferentes de un mismo principio, una sociedad machista que considera a las mujeres como propiedades que pueden ser tratadas de cualquier forma, cuyo destino puede ser destruido simplemente haciendo correr un rumor en una sociedad que desea escucharlos.

Quizá el momento clave de la obra es cuando un enloquecido Mitch, el hombre respetuoso que quería presentarla a su madre, entre enfurecido tras haber visto confirmados sobre lo que ha sido la vida de Blanche en su población, una vida escandalosa y destructiva. Mitch la besa, lo que Blanche entiende como una aceptación, pero Mitch desvela su verdadera intención: ha dejado de respetarla, por lo que su relación con ella es tratarla como una "cualquiera".

De todos los momentos en que queda al descubierto el funcionamiento patriarcal de esa sociedad, quizá sea este el más aterrador porque comprendemos la enorme hipocresía en que se asienta esa honorabilidad que divide a las mujeres entre las que pueden ser presentadas a la madre, las honorables, y las que serán tratadas como pura materia para el disfrute. Queda al descubierto la falsedad de ese "amor" que pretenden sentir el violento Stanley y el honesto Mitch.

La obra de Tennessee Williams, que se ocupó también del guion en la película, puede ver en la distancia con enorme claridad y permite comprender esa visión de un tablero masculino en el que se juega con las fichas femeninas. Todo se encuentra movido por ese machismo que se disfraza de normalidad e impone sus gustos y creencias.

Se ha avanzado en muchas zonas desde los años cincuenta en los que el feminismo comienza a organizarse en movimientos que tendrán como fondo las sórdidas prisiones como las que nos muestran en el filme de Kazan o en la rejas de la felicidad, otra manera de crear cárceles estableciendo los estándares, desde el punto de vista masculino, de lo que se debe desear y considerarse satisfechos por tenerlo.

Hoy, los medios están llenos de noticias sobre la celebración del Día de la Mujer, pero también siguen las noticias de muertes y ataques a mujeres. Los asesinatos son una forma extrema, pero todavía nos hablan, como lo hacían ayer mismo, de la lentitud de la Justicia por desbordamiento de los juzgados en los casos de denuncias por violencia de género, por esas órdenes de alejamiento que tardan meses, años a veces, en llegar...

De la "naturalidad" de la violencia en la sociedad que se nos mostraba en el filme de Elia Kazan a la conciencia de los derechos, del control de la propia vida, de la necesidad de autonomía, del derecho a ser una misma, etc. es un paso grande, pero la violencia se mantiene ya sea dentro de la familia o en los entornos laborales, en las calles. Hace falta algo más que leyes; hace falta interiorizar su sentido, comprender que no son nada si no se cree ellas, por un lado, y si no se dota de medios para hacerlas cumplir.

La noticia de la violación en grupo de una turista española en la India no muestra que, pese a lo que nos cuenten, el mundo no es un paseo playero desde el que ver hermosos atardeceres consumiendo un refresco. Por el contrario, es un escenario de varias velocidades y direcciones. En algunos los avances son lentos, en otros se está retrocediendo.

Las estrategias políticas de polarización extrema han comenzado a usar la cuestión de los derechos de las mujeres como campo de batalla. En esto se da un enorme retroceso. En España, como en otros países, el populismo juega a ser "tradicionalista", entendiendo por "tradición" la sumisión de la mujer al varón y su encierro en tareas domésticas y en tener hijos. Es el modelo de "familia tradicional" que dice basarse en la naturaleza o en el mandato divino. El "feminismo", dice, es una "ideología" mientras que el tradicionalismo, parece ser, no lo es. La aparición de un negacionismo de la violencia de género es fruto doble de la ignorancia y de la presión fundamentalista patriarcal, que se refuerza.

Lo que vemos en colegios e institutos y lo que nos dicen los datos es preocupante, mientras los partidos políticos aprovechan para cuestionarse en un tema que debería formar parte de cualquiera de ellos. Pero todo se convierte en estado de conflicto, que es la forma de no entrar en consensos sociales.

Hoy Stanley y Mitch, los personajes de Williams, tendrían sus nuevas "explicaciones" y exigirían que las mujeres volvieran a su lugar "natural", bajo el mandato vigilante de los hombres que, como ellos, saben diferenciar a las buenas de las malas, saben cómo usar a unas y otras para mantener ese orden social patriarcal.

La violencia es peligrosa, pero el negacionismo está seduciendo a una generación en formación. Es lo que los datos nos dan, incluidas las opiniones de mujeres que creen que ese castigo sigue siendo amor, que es lo mismo el amor que la propiedad. En muchos lugares del mundo las cosas han ido cambiando. No lo han hecho a la misma velocidad en todos y en muchos retroceden.

Está bien que repasemos obras como Un tranvía llamado deseo. Hay muchos ejemplos de ficción o con solo mirar la prensa, con escuchar las noticias. Considerar los avances como "ideología", es decir, reversibles, es una de las grandes amenazas, una forma de justificar la violencia existente contra las mujeres, creando una sociedad bajo principios desequilibrados, desiguales, una forma de esclavitud que pone límites y derechos diferentes.

Los ejemplos de Blanche y Stella nos muestran extremos de esa forma de esclavitud transparente, esos muros de cristal que no solo afectan a cuestiones como el empleo, una forma de acceder a la autonomía, sino a la vida misma, como lo prueban los asesinatos a manos de parejas y familiares según los países.

Quizá si miráramos más a nuestro pasado, a cómo la cultura en sus variadas formas nos habla con claridad, tendríamos un sentido crítico más agudo y responsable. Lo que se olvida, se repite.



 

 

lunes, 24 de julio de 2023

Barbie, un malentendido

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

No, esto no es una reseña, sino un montón de ideas atropelladas y sentimientos al salir de ver Barbie (2023), la película de Greta Gerwig. No es una reseña porque no voy a hablar de la película, una sátira feminista en la línea de otros trabajos de la autora, actriz y directora.

Mi crítica no va al filme, sino a su manipulación comercial para llenar las salas de niñas de entre 5 y 12 años que van ilusionadas a ver una película que no está pensada para ellas.

El fenómeno no es nuevo. Recuerdo la salida del estreno de una estupenda película, Un puente a Terabithia (2007), basada en la novela del mismo título de Katherine Paterson. Niños absolutamente traumatizados por lo que habían visto, en absoluto una película infantil, preguntando a sus padres sobre qué era aquello que habían visto. ¿De dónde el malentendido? En este caso las secuencias de animación existentes, que fueron las que se promocionaron. Por extraño que parezca, seguimos pensando que la "animación" es "infantil" y que todo lo que no es "realista" puede ser visto por los niños más pequeños. De nada sirve, por ejemplo, que el anime japonés tenga todo tipo de niveles. En España, los "dibujos" siguen siendo interpretados como algo destinado a los niños, cuando no lo son.

Bastan los primeros segundos de Barbie para darse cuenta de que los niños no se van a enterar, que Barbie va ser una riada de ideas que no entiende y un montón de imágenes "infantilizadas" de lo que se supone que el mundo de las barbies, Barbiland. Las imágenes aniñadas forman parte del infantilismo que se le atribuye en la separación entre los dos mundos, el real y el de las barbies. ¿Cuántos menores, niños o niñas, han visto 2001 Una odisea espacial, el filme de Stanley Kubrick para entender la broma del tráiler?

Ya no se trata de los continuos juegos de palabras sobre "meterla" o no,  de si tienen no "pene" ni "vagina", sino de la complejidad de ideas frente a la simplificación de las imágenes. El propio mundo de las barbies está lleno de color y falto de sentido. Lejos de reflejar el mundo real, el exterior, Barbieland es una mediación irreal.

Nada hay en la película destinado a las niñas (esto es parte del sexismo previo, que se critica en la película mediante diversos juegos dialécticos). Sin embargo, la película es un continuo desfilar de familias con niñas de esa edad señalada, menores de 10 años. Los padres y adultos han visto una película; las niñas otra, algo que nos debería hacer reflexionar.

Sin embargo, no se trata de eso. Uno de los misterios de la película es la implicación en la producción por parte de Mattel, la empresa propietaria de Barbie. Las críticas a la empresa o a sus políticas se hacen evidentes en momentos, pero confusas en otros. 

Todo este juego, que puede ser criticado o defendido, es totalmente incomprensible para un público infantil que solo se siente fascinado por los colores y por esas muñecas que cobran vida en ese universo artificial y tonto. Nos cuentan las noticias que Mattel se está forrando pues siempre ganan los mismos. No solo se ha ampliado su público, sino que han aumentado las ventas de barbies de todo tipo al hilo de la película.

Si se trataba de hacer tomar conciencia del "patriarcado" a través de Ken y los suyos, algo que descubren al salir al mundo real, el mensaje sigue siendo absurdo para las niñas: Ken y los otros ken deben aprender a ser hombres por sí mismos y no como dominadores de las mujeres.

La película desencadenará una tormenta mental en aquellos que deseen saber qué sentido tiene todo este mundo de colorines al que regresarán transformadas. Todo esto, claro, le da exactamente igual a los fabricantes, que solo miran las ventas. Y eso les funciona.

Esto no es una crítica de la película sino de los desaprensivos que meten menores en las salas con películas no destinadas a los infantes. Ya la calificación de algunas películas calificadas para "12 años" deja bastantes dudas, especialmente cuando se ve las que en otros países les conceden. En España hemos asumido que la responsabilidad es de los padres, por más irresponsables o mal informados que estén.

Todo el movimiento de captación está hecho para llenar la sala de niñas antes de que corra el boca a boca y se corte el flujo al advertirse unos a otros que no es una película infantil.

Cada película tiene un público que es fácil de determinar. El lenguaje contiene diversas alusiones sexuales; los chistes se hacen sobre conceptos complejos o que están fuera del ámbito infantil.  No será fácil explicar a nadie lo que ha ocurrido en la película.

Insisto, no es una crítica del filme, sino de los que llevan al público a las salas, sin importarles demasiado el método. Si el resultado son menores confundidos y aumento de las ventas de barbies por el mundo, algunos habrán conseguido su objetivo; otros, en cambio, habrán quedado un tanto perplejos y deseando cambiar de tema.

El ejercicio satírico sobre Barbie que acaba vendiendo barbies es algo un poco complicado de entender. Los que entienden la película ya no están en edad de jugar con muñecas, mientras que los que sí lo hacen no entienden la película. No está mal el plan del río revuelto. El mensaje crítico queda reducido, anulado o simplemente incompresible.

sábado, 15 de abril de 2023

Exorcismos ofensivos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

El cine siempre ha tenido múltiples trifulcas con la realidad y con los discursos derivados, especialmente con la Historia, otra forma de consumirla que ha generado también polémicas, pues está en su propia naturaleza tenerlas.

Cada vez que se realiza alguna película sobre cuestiones que tienen que ver los hechos de diverso tipo que contamos como reales a partir de lo que queda una vez pasado el momento, los restos y los recuerdos, con diversos grados de fiabilidad. A veces nos sorprende que encontrado algo muy sencillo se puede reconstruir a partir de ellos toda la vida de una civilización. Con la ventaja de que no serán ellos los que protesten por ya desaparecidos, la historia se cuenta a la espera de nuevos descubrimientos y mejores técnicas, más fiables, de mejores explicaciones teóricas.

Si esto pasa habitualmente en el mismo proceso de construir y contar (a la vez) la Historia, ¿qué no pasaría si se trata de algo ya de por sí complicado, vamos a decirlo así, como es el mundo de los exorcismos?

La polémica nos la trae La Vanguardia tras el estreno hace unos días de la película El exorcista del Papa (Julius Avery 2023). Parece ser que se han tomado las memorias de un célebre exorcista, el padre Gabriele Amorth, y se les ha ido de las manos, tal como denuncia la Asociación Internacional de Exorcistas (AIE), de la que confieso nunca había tenido noticias, pero que ahora se ha manifestado horrorizada (y esto en un exorcista es muy fuerte), ante la versión cinematográfica de las actividades del que fuera en los años noventa su fundador.

Vi la película en su fecha de estreno y debo decir que me pareció mala, absurda y poco trabajada en el personaje del padre Amorth, al que se le ha dado un tono festivo y jacarandoso, con propensión a los chistes malos, que desconozco si eran rasgos de su personalidad (no he tenido ocasión de recurrir a un exorcista). Desconozco, como espero que la mayoría de la humanidad, cómo es un exorcista tipo, si es que lo hay, pero estoy seguro que muy pocos serán como el que interpreta Russell Crowe.

En La Vanguardia se nos explica la postura de la asociación:

La AIE se espera a ver la película para hacer un comentario completo, pero con el tráiler distribuido ya ha sacado el cuchillo. En un comunicado, ya asegura que el título de la cinta es “pretencioso” y que el anuncio “confirma que es una película de cine gore, subgénero del cine de terror, y la poca fiabilidad con que aborda un tema tan delicado y relevante”.

Para los seguidores del sacerdote, el conocido actor oscarizado por Gladiator “no recuerda ni en el aspecto, ni sobre todo en los modos, al perfil humano y sacerdotal de don Amorth”. “El exorcismo así representado se convierte en un espectáculo destinado a suscitar emociones fuertes y malsanas, gracias a una escenografía lúgubre, con efectos sonoros que solo despiertan ansiedad, inquietud y miedo en el espectador. El resultado final es inculcar la convicción de que es un fenómeno anormal, monstruoso y aterrador, cuyo único protagonista es el demonio, a cuyas violentas reacciones se puede hacer frente con gran dificultad; que es exactamente lo contrario de lo que ocurre en el contexto del exorcismo celebrado en la Iglesia católica en obediencia a las directrices que ésta dicta”, continúa el duro comunicado de la AIE.

Es más, creen que esta manera de contar la experiencia del exorcismo, “además de ser contraria a la realidad histórica”, “falsifica lo que verdaderamente se experimenta durante el exorcismo de personas verdaderamente poseídas”, por lo que ven que la película es “ofensiva” para “el estado de sufrimiento de aquellos que son víctimas de una acción extraordinaria del demonio”.*


El caso tiene cierto interés desde el punto de vista del conflicto que se plantea entre lo histórico y lo ficticio, entre tener que elegir entre una descripción realista del padre Amorth y sus actividades y lo que una productora puede realizar pensando en sus receptores, es decir, lo que el público espera.

Puede que los lectores de las memorias del padre Amorth sean sesudos investigadores de la Historia de la Iglesia, de la Historia del Diablo (Daniel Defoe escribió una en 1729), pero lo que creo que es más probable es que los que vayan a ver la película de Avery —con Crowe de protagonista— tendrán otros motivos diferentes.

Pero la falta de realismo no se ceba en el físico y carácter del padre Amorth, en las técnicas de exorcismo alejadas de la realidad o en las propias instituciones de la Iglesia, con el Papa incluido. Los españoles podríamos quejarnos de lo mismo: la España que aparece se remite a un par de coches con matrícula de Segovia, que se supone que es a donde llega el padre Amorth desde Roma con su moto. Que una familia norteamericana reciba en herencia una "abadía" en España, pues no suele ser lo más habitual; que se pongan a restaurarla con la idea de venderla, pues, la verdad, tampoco es muy normal por frecuente.

La película "El exorcista" marcó la historia, al menos cinematográfica, de representar el exorcismo. Lo podemos apreciar incluso en las portadas de algunos de los libros del propio propio padre Gabriele Amorth. Lo podemos apreciar, por ejemplo, en esa portada:


La referencia es claramente la película de William Friedkin, El exorcista (1973), ya todo un clásico,  que es la que ha servido de raíz genérica en lo temático y en lo visual.

Eso ocurre con muchos otros géneros, que tienen que recurrir a los precedentes cinematográficos antes que a los históricos. El "basado en hechos reales" no quiere decir ya mucho en ciertos géneros. Cuando el cine ha querido acercarse a la realidad lo ha hecho de otra forma. Pero en la mayoría de los casos prefiere otras vías.

Probablemente la gente no espere ver exorcismos normales (si es que eso tiene sentido); lo que espera ver son esas elevaciones de la cama, esos imposibles giros de cabeza y voces de ultratumba (otra costosa construcción cultural), sonoras risotadas infernales, etc. elementos con las que se ha creado el campo creativo de lo endemoniado, que tiene sus reglas, maneras e iconos.

Hace poco comentamos aquí la detención de un buscado gánster que tenía en su salón un póster de la película El padrino. Salvando la distancia entre las dos películas, la de Ford Coppola una obra maestra, lo que ofrece la mediocre El exorcista del Papa (también llamada en otras lenguas El exorcista del Vaticano, que le da un toque más institucional) es una visión ya estandarizada de lo que es un exorcismo, un procedimiento que los medios han popularizado. Si voy al cine y el niño o la niña poseídos no vuelan, blasfeman o adquieren posturas de de contorsionistas, no me parecerá que estoy ante alguien poseído.

Yo creo que la Asociación Internacional de Exorcistas se ha sentido dolidos por la interpretación de su fundador, el padre Gabriele Amorth, que parece más de "poli chistoso", pasándose de un género a otro. Probablemente tengan razón y solo han tomado la obra del padre Amorth como un aspecto publicitario y promocional. Puede también que les haya animado a ello la fotografía que ilustra la portada de la obra italiana del padre Amorth. Nos lo muestra sacando la lengua, todos imaginamos que  al diablo, pero ¡vaya usted a saber qué rasgo de la personalidad les ha representado esto a los autores del guion! Se puede decir que en la película les enseña la lengua, de una u otra manera, a todos menos al diablo.

El gobierno español podría quejarse también por ese "caso difícil" que hay en España, de que se vuelva a caer en lo de la Inquisición, el castillo, las mazmorras, etc. que desde los éxitos góticos del siglo XVIII tienen a las ciudades españolas como lugares diabólicos por la Inquisición, las jóvenes encerradas en conventos, etc. Después de todo, ¿quién no hereda en los Estados Unidos un castillo abadía español con cámaras de tortura inquisitoriales y monjes momificados, con una puerta al infierno? Pues eso.

Sea por lo que sea, lo cierto es que la AIE le ha hecho la publicidad gratuita a la película. Así funciona el mundo, con diablo o sin él.


* Anna Buj "Exorcistas contra Russell Crowe" La Vanguardia 15/04/2023 https://www.lavanguardia.com/vida/20230415/8896468/exorcistas-russell-crowe.html



miércoles, 15 de diciembre de 2021

Suicidas

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Entre en la sala de cine sin saber lo que iba a ver. Por exclusión, me metí en la película Querido Evan Hansen (Stephen Chblosky 2021) si saber qué era. Me encontré con un extraño musical sobré jóvenes suicidas, sobre la inseguridad y la presiones por cumplir las expectativas sociales y familiares, sobre las adicciones a los medicamentos para poder sobrevivir a la presión, sobre la indiferencia del mundo.

Vi la película yo solo, en una sala que se me antojó demasiado solitaria para ver aquel drama que no por cantando es irreal. Quizá haya que cantar tanto dolor, tanta presión, tanta soledad, tanto malentendido, tanta indiferencia. Las canciones y las ironías no ocultan la verdad del drama, la verdad de la verdad.

Vivimos en una sociedad más enferma de lo que pensamos. Nuestra enfermedad es nuestra propia forma de vida, la presión que creamos sobre nosotros mismos y sobre los demás. No, Querido Evan Hanson no es un musical escapista, sino una bofetada en plena cara. Son bofetadas de payaso trágico que se golpea él solo sus mejillas una y otra vez.


Escribí mi reseña de la película como suelo hacer en el fin de semana. Pero no he dejado de darle vueltas a la película. Escribí que quizá habría que verla en los institutos y colegios a cierta edad para que sepan los peligros, pero sobre todo para que comprendan cómo se sienten los que desaparecen en un silencio mayor o menor, los que desaparecen quitándose la vida y luego la gente se pregunta por qué. Creo que ese es el mensaje de la obra, que los síntomas están ahí, delante, claros, pero que no sabemos o no queremos verlos. Luego llegan el asombro y la culpa.

Tras la noticia del fallecimiento de la actriz Verónica Forqué hace dos días, leo ayer el siguiente titular en RTVE: "La pandemia triplica los trastornos mentales en niños y el 3% pensó en suicidarse". En niños se incluyen personas hasta los 14 años, según se nos dice, algo que resulta un tanto complejo pues las diferencias de la franja de edad son enormes, aunque el resultado final pueda ser el mismo.


La noticia en RTVE nos explica:

La pandemia ha triplicado el número de trastornos mentales en niños y adolescentes, según el informe Crecer Saludable(mente) de Save the Children. Además, un 3% de los menores en estos grupos de edad ha tenido pensamientos suicidas en 2021, periodo en el que se han reducido los diagnósticos y los servicios de salud mental infantojuveniles están saturados.

"Ha traído nuevas preocupaciones, miedos, infelicidad y ha puesto de manifiesto la magnitud de los problemas de salud mental que sufren los niños", ha expuesto la organización en un comunicado este martes.  Los trastornos mentales han aumentado del 1% al 4% en menores de entre cuatro y 14 años y del 2,5% al 7% en el caso de los trastornos de conducta, de acuerdo con la encuesta realizada por la ONG a 2.000 padres y madres, que compara con los últimos datos oficiales disponibles de la Encuesta Nacional de Salud (ENS) de 2017.

"Se han disparado todas las alarmas a causa de la pandemia, aunque los problemas de salud mental no son nuevos. Hay mucho desconocimiento y un gran estigma. Un 3% de niños, niñas y adolescentes han tenido pensamientos suicidas este año", ha señalado el Director General de la ONG, Andrés Conde. En 2020 murieron por suicidio 61 menores.

Sin embargo, la ansiedad, la depresión, los trastornos alimentarios o las tentativas de suicidio "no las ha traído la COVID-19". "Ya en 2015 la salud mental fue incluida en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), teniendo en cuenta las circunstancias sociales y económicas que la determinan", ha insistido Save the Children.*


La noticia tiene una verdad, pero también un lenguaje, el contrario del que percibí en la película que me mostró desde otro ángulo la brutalidad de la situación. Allí donde el texto artístico ponía el énfasis en la ironía que dejaba al descubierto la gran hipocresía social, nos encontramos con la frialdad de las cifras, de los porcentajes, de los datos, etc. un lenguaje que ya no nos afecta.

Hoy tuve que hablar en mi clase de la "locura" en la obra de Michel Foucault, de cómo la analizó en su obra Historia de la locura en la época clásica. No era el centro de la explicación, pero sí hablamos de los mecanismos de exclusión del otro, del loco, del enfermo, de aquel que no se ajusta a nuestros ideales cada día más falsos de felicidad; de aquel al que se define bajo discursos legales, médicos, artísticos. Nos hace falta estudiar nuestros mecanismos de exclusión de esta enfermedad que ignoramos y que solo vemos cuando llega a los titulares. No hace mucho, la mención de la "salud mental" en el Parlamento español suscitó las bromas y risas de los que se siente a salvo y ven al enfermo como una debilidad.


Datos, encuestas, plazas, recursos... todo esto se funde con la realidad de las muertes y sufrimientos en unas sociedades que presumen de tantas cosas. Aquí, en estos años, hemos hablado de las muertes de ejecutivos en Francia por suicidio (alguien me escribió para darme las gracias). Hemos hablado de los suicidios de los veteranos en los Estados Unidos, con más bajas que las que producen las mismas guerras a las que sobrevivieron; nadie quiere ver los problemas tras esas sombras que viven en las calles.

Ahora es la pandemia la que deja al descubiertos nuestras carencias sociales, morales, asistenciales, etc. Somos una sociedad dura, pero de lágrima fácil y efectista. Nos gustan las sensiblerías, pero somos incapaces de afrontar nuestras enfermedades morales, que nos rompen por los escalones más débiles. Hacemos negocios con esas debilidades.

Como profesor, me tengo que enfrentar en muchos momentos a situaciones duras en las que veo a gente en el límite. Las presiones no vienen de los sistemas educativos, sino de las familias, de las exigencias sociales, de las presiones sobre el éxito que les exigen, sobre las responsabilidades brutales que siente sobre ellos. El sistema responde muchas veces con indiferencia porque se ocupa ya de sí mismo, se ha vuelto lo que nunca debe ser un sistema educativo, egoísta. Mucha gente solo se ocupa de su promoción y apenas se fija en aquellos que tiene alrededor. Es lo que el propio sistema te pide. Muchas veces se mira para otro lado no vayan a entorpecer nuestras brillantes carreras.

Como sociedad estamos desarrollando un doble discurso. Por un lado el sensible, el que pide atención; por otro lado —también lo he escrito aquí en varias ocasiones— somos una sociedad que está explotando a sus jóvenes a través de los contratos basura, de los becarios eternos, de la precariedad, de la temporalidad, de los decenas de contratos acumulados (los que tienen suerte) donde lo que comenzó justificándose en un momento de fuerte crisis se hizo recaer sobre los jóvenes. Y sigue. Se me crea un malestar físico cada vez que escucho al presidente de la patronal española decir que "no es el momento" cada vez que se plantea alguna mejora de los sistemas de empleo.


Usamos a los jóvenes para llenar esos bares que tanto queremos en vez de emplearlos, de crear una generación mejor. Hemos asumido que los jóvenes vivirán peor que sus padres y hasta abuelos. Lo decimos con un guiño porque viven peor porque esos mismos bares que nos traen placer están atendidos por otros jóvenes que cobran sueldos miserables, de economía sumergida en muchos casos, con jornadas brutales, sin descansos, por las que deben además dar las gracias. Se queja el sector de la hostelería de que no consigue que vuelvan a atender las barras y mesas. Muchos prefieren ser explotados de otra manera.

La noticia de RTVE no es la única que salta a la actualidad sobre la salud mental infantil. Pero voy más allá. La salud mental ya no admite estas divisiones. Las personas no están divididas para nuestra comodidad. Son personas. No son solo una tarea hasta que llegan a un límite de edad, como denunciaba hace unos días en los medios una persona que se sentía absolutamente derrotada al comprobar que solo podía ocuparse de las personas hasta los 18 años, más allá de los cuales si se matan o no deja de ser su responsabilidad. Estas son nuestras hipocresías, nuestras mentiras sociales en una sociedad que no crea fuerza sino que se deshace de los más débiles de cualquier edad mediante la desatención o la indiferencia. Es lo que se escondía detrás de muchas muertes en las residencias de ancianos, un mero negocio para muchos sectores, incluidos los que se dedican a llevarlos de turismo de un lado a otro y que les da igual su salud.

Me explico la sala vacía ese viernes de estreno. ¿Queremos vernos retratados? ¿Queremos que se nos recuerde la deshumanización en que vivimos? Los titulares duran unas horas; todo desaparece. Las muertes son estadísticas, como esos 61 menores muertos por suicidio en 2020, de los que nos hablan en la noticia. Habrá más, aquellas que se tapan por temor a quedar en evidencia, por miedo al estigma.


Han tenido que salir casos como los de Naomi Osaka o de otras deportistas para que, tras las burlas iniciales, nos diéramos cuenta de que el éxito deportivo tiene un coste, que eso que disfrutamos en estadios y televisores lleva a las personas a niveles excesivos en muchos órdenes. Presión, abusos, manipulaciones desde edades muy tempranas... Estos casos están saliendo a la luz por la celebridad de las personas, ¿pero qué ocurre con las anónimas, qué ocurre en el día a día, delante de nosotros?

Vendemos camisetas, sudaderas, posters, pulseras, todo tipo de artículos con las frases sacadas de Querido Evan Hunter. Hacemos negocio de ello con enorme hipocresía y ambigüedad, ¿pero qué más? ¿Qué hacemos realmente por las personas? ¿Estamos disponibles para ellas o son simplemente estadísticas, motivos de especulación?

Fallamos y simplemente lo ignoramos. Sigan clamando por los bares, por los botellones, por las terrazas, por la marcha... Son el ruido que tapa el grito.

* "La pandemia triplica los trastornos mentales en niños y el 3% pensó en suicidarse" RTVE 14/12/2021 https://www.rtve.es/noticias/20211214/pandemia-triplica-trastornos-mentales/2238793.shtml