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martes, 29 de noviembre de 2022

De banderas y oposiciones

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

El incidente balear con la bandera española, el mundial, la clase de catalán, los alumnos y la profesora es un síntoma de lo que ocurre en este extraño país en el que vivimos. La rabia de la profesora es evidente: todos sus intentos de catalanizar las mentes de sus alumnos se venía abajo ante el furor futbolero. ¡Toda una vida dedicada a catalanizar y ahora esto!

Creo que nadie ignora el poder del lenguaje, modelador de la realidad con su sintaxis, con su aparato conceptual que divide y clasifica el mundo, que nos une al grupo que lo comparte y nos distancia del que usa otra lengua. Ningún descubrimiento. Por eso la rabieta de la profesora, formadora del espíritu independiente, se produce como una frustración, como un signo de impotencia, por un lado, y de poder por otro. Lo que Michel Foucault (¡vaya, lo mencionamos dos veces en menos de siete días!) llamó el control de los discursos. Y la primera forma de control donde conviven dos lenguas es imponer una. El incidente con la bandera no es más que la consecuencia de una política y de la resistencia a ella. Es una variante de la "prohibición de lugar", aquí no se pone la bandera española. El aula es el lugar de forjar el orden lingüístico, primera fase del orden político.

Pero el incidente de la bandera española en el aula de "catalán" es solo uno de los muchos que se producen y alguno de los que salen a la luz. Unos pocos días después tenemos otro ejemplo de control. Nos lo muestra el titular de Antena 3 "Polémica en las aulas de la Comunidad Valenciana: el valenciano puntúa más que un doctorado", tras el que se nos cuenta: 

Nace una nueva polémica entre los sanitarios por los baremos para las ofertas de trabajo en la Comunidad Valenciana. No entienden en la comunidad autónoma que saber valenciano -idioma oficial en la comunidad- valga el triple que un doctorado. Dicho baremo para acceder en 2023 otorga 15 puntos al valenciano y 5 al doctorado o un máster.

Los sindicatos han convocado concentraciones. CSIF ha llamado a manifestarse contra esto el próximo día 30 de noviembre. Según detalla acuerdo adoptado por la Conselleria en la Mesa Sectorial del pasado 8 de noviembre, al valenciano se le otorgan hasta 15 puntos (conocimiento oral o A2: 11; Grado elemental o B1: 12; Nivel B2: 13; Grado medio o C1: 14; Grado superior o C2: 15). Mientras, a un máster universitario o doctorado tan sólo se le otorga un máximo de 5 puntos.

Aitana Mas, vicepresidenta del Consell y líder de Compromís, destacó que es "importante que un sanitario sea capaz de entender el valenciano, por lo que se ha mostrado a favor de que el conocimiento de esta lengua puntúe más que una tesis doctoral en el baremo de méritos propuesto por la Conselleria de Sanidad a los sindicatos para la consolidación de plazas".* 

El paso siguiente, claro está, es que el sanitario contratado solo se dirige en valenciano a sus pacientes. ¿Solo enferman los valencianos? Valencia tiene una enorme población turística tanto del resto de España como extranjera. Esto está fuera de dudas, por lo que una parte importante de su trabajo no es en "valenciano", sino en la lengua que toque según el paciente.

Es una forma más de proteccionismo, por un lado, al evitar que accedan a los puestos de trabajo personas que no sean locales; pero es también una forma de promover el sentido político selectivo valencianista. La lengua actúa como filtro y se va modelando todo según la conveniencia.

La diferencia lingüística es marcada como forma de expulsión de los que están al otro lado de la lengua que se atrinchera. Este tipo de políticas lingüísticas son las que han llevado a Rusia a Ucrania, sembrada de "rusófonos" creados por los propios rusos en sus oleadas anteriores. La lengua da identidad y más si es impuesta desde el poder, que va moldeando todas las instancias, de la educación a la sanidad, pasando por todas las administraciones públicas, los servicios, etc. y las empresas, que solo se ven favorecidas si hacen exhibición de su uso del valenciano o el catalán según donde toque.

La rabieta antiespañola en el Colegio La Salle  y los criterios de puntuación en oposiciones son manifestaciones de una práctica constante: el poder de modelado de la educación y el sentido de su control. Detrás de la lengua hay mucho poder y mucho negocio. Los que buscan beneficiarse de eliminar a sus rivales más preparados imponiendo la lengua saben lo que quieren, pero no lo que hacen. Con el valenciano se va a Valencia; con un doctorado se va por todo el mundo.


Hay mucho de hipocresía. En las demás zonas de España no se excluye por ser catalán o valenciano. Lo que crea cierta ley del embudo. Pueden presentarse a plazas o empleos en cualquier lugar porque nadie se lo impide. Entonces la lengua española resulta no ser tan mala. Sin embargo, en las zonas controladas se acaba convirtiendo en una forma de segregación. El victimismo habitual se ha convertido en un juego doble según donde toque.

Ese es precisamente el juego que el poder realiza para controlar sus imperios locales. Las imposiciones de lenguas siempre han sido características imperiales, pues la lengua se consideraba propiedad de reyes y emperadores. Los límites de la lengua eran los del imperio, por lo que se trataba de colonizar lingüísticamente primero para controlar después. Ahora son los políticos locales o autonómicos los que poseen el control de las lenguas.

La reacción enrabietada de la profesora es ilustra bien sus fobias y su sentido del poder. Ella impone y controla a través de la enseñanza de la lengua. El fútbol impone su poder por el otro lado.

El caso valenciano es lo mismo, solo que según una absurda pero poderosa forma de control a través de las oposiciones. Así se aseguran votos en un tiempo en el que cualquier ventaja competitiva es decisiva para obtener un empleo.

Todo esto no es nuevo. Se lleva produciendo mucho tiempo y tiene unos objetivos claros. Basta tirar de hemeroteca para comprobarlo. 

* Estíbaliz González "Polémica en las aulas de la Comunidad Valenciana: el valenciano puntúa más que un doctorado" Antena 3 28/11/2022 https://www.antena3.com/noticias/sociedad/polemica-aulas-comunidad-valenciana-valenciano-puntua-mas-que-doctorado_202211286384d22f4a5f3000014931d7.html

jueves, 24 de noviembre de 2022

Michel Foucault y el Mundial de Qatar

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Trabajaba en clase con mis alumnos de posgrado el texto de Michel Foucault titulado "El orden del discurso", la conferencia que dio con motivo de su entrada en El Colegio de Francia, y que resume lo que podemos llama las formas de control de los discursos, diferenciando entre elementos externos e internos. Hay un momento al inicio del texto en el que Foucault se pregunta en qué mal hay en que el hablar se produzca libremente, qué miedos produce la libertad de expresarse y entra a detallar los mecanismos por los que se trata de controlar esa libertad por medio de procedimientos que intentan controlar qué se puede decir, quién puede decirlo, cuándo se puede decir, etc. Todos ellos son la forma en que la "institución" se enfrenta al "individuo", el "poder" al "deseo".

Se me ocurrió el ejemplo —tarea constante del docente— de lo que estaba empezando ya a ocurrir con el Mundial de Qatar. Los ejemplos de prohibiciones a través de la "institución", la FIFA en este caso, que imponer el silencio, evita que circulen los mensajes sobre los derechos humanos relacionados con el régimen autocrático qatarí. Hablamos de cómo, por ejemplo, los brazaletes irisados (una forma de mensaje) intentaban ser prohibidos, de cómo teníamos en la prensa noticias de que se había evitado la entrada de camisetas reivindicativas en un partido entre selecciones y de algunos otros casos.

El caso hizo entender bien la idea foucaultiana y avisamos que tendríamos pronto a la vista nuevos problemas de este tipo y que veríamos los intereses institucionales intentando controlar la circulación de los discursos de denuncia.

La prensa nos sigue ofreciendo ejemplos de esto y mucho me temo que este mundial va a ser recordado más por la tensión con la institución central, la FIFA, y las acciones de la Federaciones, que por lo que ocurra en el terreno de juego.

En RTVE.es nos ofrecen en toda su intencionalidad la fotografía de la selección alemana, a la que le había prohibido el brazalete irisado. Todos se han fotografiado tapándose la boca en un inequívoco gesto de denuncia del control de sus mensajes. Nos cuentan en la web de RTVE.es: 

Las presiones de la FIFA para evitar que Alemania apoyase al colectivo LGTBIQ+ durante la celebración del Mundial de Qatar 2022 no han evitado que los jugadores de la selección alemana hayan posado en la foto previa con la boca tapada en señal de protesta por la advertencia de la FIFA de sanciones deportivas si su capitán, Manuel Neuer, portaba el brazalete de 'One Love' en señal de apoyo a la diversidad y la inclusión, derechos que no son respetados en el país anfitrión.

"Con nuestro brazalete de capitán queríamos dar ejemplo de valores que vivimos en la selección: la diversidad y el respeto mutuo. Ser fuerte junto a otros países. No se trata de un mensaje político: los derechos humanos no son negociables", ha indicado la Federación Alemana en su perfil oficial de 'Twitter' junto a la foto.

El organismo ha recordado que "eso debería ser evidente", pero que, "desafortunadamente", todavía no lo era. "Por eso este mensaje es tan importante para nosotros. Prohibirnos la venda es como prohibirnos la boca. Nuestra postura se mantiene", ha sentenciado.* 


En una cultura multimediática como la nuestra, los discursos tienen muchas formas de aflorar y es difícil que se puedan frenar los intentos de comunicar el mensaje, en este caso en el gesto de taparse la boca como fotografía, la unidad que circulará en la prensa, los programas televisivos, las redes sociales, etc.

Con su intento de imponer el silencio, la FIFA se convierte  claramente en algo que ha sido siempre, una forma de que el deporte y sus intereses económicos no fueran interferidos por los hechos políticos. Esto no es nuevo.

Ha tenido que llegar el caso ruso para que se entienda que las sanciones deportivas forman parte del mismo paquete que las demás sanciones. Ese viejo eslogan de "no mezclar el deporte con la política" es una forma más de control que trata de evitar que el todopoderoso deporte y lo que hay detrás se vea perjudicado.

Política es llevar un campeonato mundial de fútbol a un país donde levantar los estadios ha causado miles de muertes porque las condiciones de sus trabajadores son de esclavitud y donde no se respetan los derechos humanos. La modernidad de sus edificios no refleja la modernidad de sus mentes, sino el poder de su dinero, algo que les ha permitido ser amos y promover nuevas formas de control para crear una sociedad inamovible, jerarquizada y desigual.

Pedir a los deportistas que se comporten como máquinas insensibles enviadas a trabajar a un mundo diferente, regido por normas que en sus propios países son delictivas por discriminatorias y autoritarias por imposición, es pedir demasiado. El Mundial no ha servido para que Qatar se abra, sino para obligar a que el mundo se cierre. Y eso se hace a través de esa "institución" que se llama "FIFA" y sus ramificaciones. La foto del presidente Infantino junto al príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohamed Bin Salman ha sido lo suficientemente clara, tal como se refleja en su sonrisa.

Siempre se ha dicho que el deporte unía a los pueblos, un tópico como otro cualquiera. Lo cierto es que este Mundial está dividiendo más que uniendo y, sobre todo, dando muy mal ejemplo.

Los titulares se acumulan en despropósitos nada democráticos de las federaciones de países democráticos. Las prohibiciones se suceden. Unas veces nos hablan de selecciones, pero en otras se nos hablan de los periodistas. La "institución" quiere controlar a los productos de mensajes en el césped, en las gradas (prohibiciones de llevar camisetas o cualquier otro tipo de indicador contra la política marcada por Qatar y la FIFA) y, finalmente, a los medios.

También son noticia los desafíos, como el gesto de la selección alemana, o el de la ministra de la misma nacionalidad que ha acudido al partido con un brazalete puesto y se ha sentado en el palco de autoridades desafiante, sabedora de que ha creado un conflicto, les ha planteado qué tipo de escándalo prefieren, el del brazalete o el del conflicto internacional. 

Nancy Faeser, ministra de Interior del Gobierno alemán ha plantado cara a la FIFA este miércoles luciendo el brazalete con el corazón arcoíris y el lema 'One Love' en el palco del partido que la selección de su país ha perdido sorprendentemente contra Japón por 1-2. El brazalete era el que la federación internacional ha prohibido llevar a los capitanes de las selecciones que lo habían solicitado.

La dirigente alemana se ha sentado en el palco de honor del Estadio Internacional Khalifa a la izquierda del presidente de la FIFA, Gianni Infantino. Faeser decidió viajar a Qatar en el último momento. Alemania había sido una de las selecciones que más empeño puso para solidarizarse con la comunidad LGBTI qatarí, país donde las relaciones entre personas del mismo sexo están prohibidas. Faeser se sentó en el asiento contiguo a Infantino y junto a Bern Neuendorf, presidente de la Federación Alemana de Fútbol. Faeser llegó sin el brazalete y lo sacó del bolso que llevaba justo antes de comenzar el partido.** 

La foto que acompaña a la noticia nos muestra a un distraído Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, mirando su teléfono con aire enfadado. Se ve que está más a gusto sentado junto a los que ordenan asesinatos de periodistas, como el príncipe saudí, que junto a una mujer valiente y honesta que trata de expresar con su actitud lo mismo que los jugadores alemanes en el campo, el rechazo a la falta de libertades impuesta como "decisión deportiva". Ha sido más lista que sus vigilantes.

Creo que mis alumnos del Máster comprendieron lo que quiso expresar Michel Foucault en el texto. Lo que se describía de forma abstracta, lo teníamos (y lo tendremos) ante nosotros, la imposición de silencio institucional, los mecanismos de control, del mensaje a su circulación, para mantener ese poder que se enfrenta a la posibilidad de ese decir, de ese hablar que siempre es "temible" y por eso se reprime.

El brazalete, las camisetas, los gestos de taparse la boca, etc. son formas de expresión, mensajes, en una misma dirección y con un mismo objetivo, la denuncia de una situación. Si Qatar organizó el mundial para lavar su imagen ante el mundo, ha conseguido justo lo contrario.

La pregunta que se hacía Foucault sobre qué miedo hay a que se hable libremente nos la contestan cada día de este Mundial. 

* "Los jugadores de Alemania se rebelan contra la FIFA: se tapan la boca en el campo por no poder llevar el brazalete LGTBIQ+" RTVE.es 23/11/2022 https://www.rtve.es/deportes/20221123/mundial-qatar-2022-alemania-posa-boca-tapada-protesta-fifa-brazalete-lgtbiq/2409901.shtml

** "La ministra alemana de Interior se sienta ante Infantino con el brazalete 'One Love'" El Periódico 23/11/2022 https://www.elperiodico.com/es/mundial/20221123/ministra-alemana-interior-sienta-infantino-brazalete-one-love-78999504

viernes, 25 de mayo de 2018

Bonitas historias incompletas


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
De la interesante entrevista con el intelectual, político y politólogo canadiense Michel Ignatieff en El País Semanal, realizada por Andrea Aguilar, me quedo con dos frases. La primera representa un principio importante: «La lección complicada de aprender es que el pasado nunca acaba. No termina, porque en algún momento se convierte en el campo de batalla en el que se pelea el presente.»
En estas semanas pasadas he tenido la ocasión de trabajar en el seminario con mis alumnos de doctorado el libro de Keith Jenkins "Repensar la Historia", que me pareció un buen texto con el que adentrarse en la crisis en que la Historia se encuentra como un metarrelato vertebrador de las sociedades. Como sucede en las Ciencias Sociales y en la Humanidades, la historicidad de los procesos echó por tierra las pretensiones esencialistas sobre las que se había construido el pensamiento occidental arrinconado eternidades, inmutabilidades y cualquier otra cosa que sirviera como punto de referencia estable. El "ser" humano pasaba a ser un "existente" arrojado a los ríos históricos del devenir, condicionado por su posición en ellos, flotando entre un pasado nebuloso reconstruido constantemente por su mirada, y un futuro cambiante, imaginario, hacia el que se siente engañosamente arrastrado como destino, pero resultado de su percepción del presente.
La idea de Ignatieff de que "el pasado nunca acaba" tiene mucho de esa idea expuesta. Lo que no acaba nunca es la pretensión de su escritura historiográfica, discurso en el presente y para el presente. De ahí que la respuesta de Jenkins a la pregunta "¿qué es la Historia?" sea una corrección: "¿para quién es la Historia?". Se introduce pues al destinatario, aquel que se interroga desde su propio presente. Así adquiere un sentido la frase de Ignatieff: hay que aprender que el pasado nunca acaba. No acaba nos dice porque es la batalla del presente. Hizo bien Jenkins en separar el pasado "lo ocurrido", del que solo quedan restos, del discurso historiográfico que lo recoge y da sentido, en permanente cambio e interpretación, espacio de diálogo y enfrentamientos, de disidencias o acuerdos. Ese "campo de batalla", como lo llama Michael Ignatieff, es precisamente el conflicto que se abre en las sociedades por la reescritura del pasado.

Keith Jenkins

Lo podemos apreciar en la España de hoy en la reescritura y reinterpretación de fenómenos como la "transición", el discurso secesionista, etc.  En Egipto, por ejemplo, lo podemos encontrar en la actual reescritura del periodo de Mubarak, la consideración de la "Primavera árabe" y la revolución del 25 de enero de 2011, la reescritura del "no-coup" de 2013 (el "golpe" que se quiere reescribir como "revolución"), etc.
Si el relato histórico es una construcción lógica y cronológica realizada reinterpretando los "restos" del pasado para crear el sentido justificador desde el presente de la escritura, es aquí donde se produce el conflicto por legitimar e imponer la validez de uno de ellos para que sea aceptado. Los mecanismos de Jenkins para que esa "historia-relato" sea la "Historia" son parecidos a los que señala Michel Foucault para mantener el "orden" de los discursos: de las instituciones a los libros de texto, pasando por el cine, la literatura, etc. que reafirman representando la "verdad" de esa historia o, si se prefiere, esa historia como "verdad".
Como habitantes del presente, hemos desplazado a los que ya son para nosotros parte de un pasado con el que no nos identificamos.  Hay sociedades en las que los discursos del pasado se imponen como dogma impidiendo la evolución. Así ocurre con los fundamentalistas que consideran que la historia es degradación respecto a una edad de oro. Lo que queda de ella son los textos que describen la perfección del momento pasado y, como contraste, la imperfección del presenta. Así ocurre cuando los textos se blindan como dogmas y se castiga, expulsa o elimina a quien duda de ellos. Así son las sociedades ancladas en los relatos del pasado. Así ha funcionado el Estado Islámico allí donde ha controlado el territorio. Son sociedades con guardianes violentos de la ortodoxia.

En las sociedades democráticas, es decir, en las basadas en el diálogo, es necesario un equilibrio en los discursos históricos: se hace necesario mantener un discurso estable que una y una plasticidad suficiente para poder reajustar la historia a nuestro presente. En ellas tampoco el pasado se agota; más bien está abierto a la exploración continua, a la reescritura crítica. La quiebra se produce cuando los relatos son incompatibles; surge así el cisma, la separación violenta de las comunidades interpretativas. Es el ser histórico de cada uno lo que queda sobre el tablero.
Introducimos aquí la segunda frase de Michael Ignatieff en la entrevista: «Nadie comprende en su totalidad lo que estamos viviendo. No le voy a contar una bonita historia que ate todos los cabos porque no creo que sea posible.» En su obra, Jenkins planteaba lo que sería el problema epistemológico (frente al ontológico): el conocimiento necesario para crear nuestra visión de un camino del pasado al presente siempre es insuficiente e imperfecto. No sabemos todo, quizá apenas nada. Es nuestra necesidad doble de racionalidad y relato (logos y mitos) lo que nos hace intentar encontrar coherencia explicativa en lo que asumimos como verdad. Como seres de deseo, racionalizamos aquello que justifica nuestras ambiciones, nuestra voluntad de convertir en verdad aceptada nuestros discursos explicativos.
Hay otros campos de las Ciencias que trabajan con experimentos y métodos empíricos de verificación. La Historia —como parte de la Ciencias Sociales— y las Humanidades trabajan sobre interpretaciones que llevan a la construcción de los relatos que dan cohesión al grupo, a la comunidad. En la medida en que la comunidad es estable y se produce una convivencia más o menos armónica, los relatos funcionan. Cuando surgen los conflictos, comienzan las discrepancias y las luchas por los grandes relatos, por convertirlos en la explicación global y centralizada de la que se derivarán otras en cadena.
La expresión de Ignatieff a su entrevistadora —"No le voy a contar una bonita historia que ate todos los cabos"— plantea de forma "amable" la cuestión. Podría hacerlo y plantear su historia como "el relato que ya no necesita más relatos", el final interpretativo. Esa es la aspiración totalitaria, cerrar la historia, es decir, tener la última palabra, la que condena a los demás al silencio sumiso. Ya no hay nada más que decir.
En la medida en que nuestras sociedades se han hecho más abiertas, comprendemos el sentido de apoderarse del significado, de la reescritura constante. No hay otra cosa en el fenómeno que vivimos de las "noticias falsas". Aquí se manifiesta en toda su dimensión la lucha por los relatos, ya que son estos los que nos mueven socialmente y políticamente. En las sociedades totalitarias, laicas o religiosas, hay un discurso único de cuya discrepancia surgen riesgos; en las democráticas, se corre el riesgo de grandes fracturas sociales que hagan imposible la convivencia.


En la Historia muchas cosas no son solo cuestión de "verdad" o "falsedad", sino de "aceptabilidad". Las sociedades antiguas vivían bajo el yugo de los mitos y de sus intérpretes. Nosotros hemos cambiado nuestros criterios y tenemos nuestros propios mitos, como el nacionalismo, las religiones, etc. que tienen sus propios relatos que compiten por hacerse con la centralidad social.
Nuestro mundo es y será un escenario permanente de conflictos. Ya tenemos una guerra abierta por la información que nos permite comprender el mecanismo en su plenitud. Se produce con una intensidad desconocida porque nunca habíamos tenido una cobertura global de la información. El fenómeno del "para quién" había tenido dimensión local. Pero la Historia misma nos muestra la ampliación tecnológica para la dispersión de los discursos. Desde la localidad oral hemos llegado, a través de los siglos, a la simultaneidad global, a la deslocalización de los discursos que se han vuelto "líquidos" en un mundo fáustico. Velocidad frente a profundidad, dispersión frente a concentración.
Me gustaría introducir aquí otras palabras de Michael Ignatieff, las últimas, describiendo el mundo en el que nos encontramos:

«Vivimos la mayor revolución tecnológica desde Gutenberg, tenemos la Biblioteca de Alejandría en nuestros bolsillos. Esta emancipación de la información es algo inédito y debería fortalecer la democracia, hacer a la gente más sabia y que nuestras conversaciones fueran más inteligentes, debería ser algo maravilloso. Pero lo que ha generado es una furia incandescente contra quienes tenían el monopolio del conocimiento, incluidas las universidades y la prensa. Hay quien dice: "Si tengo el conocimiento en mi teléfono, ¿por qué crees que tienes derecho a decirme lo que es verdad o correcto?". Parte de este cuestionamiento me parece bien, pero las universidades son absolutamente vitales como guardianas de la distinción entre rumores, paranoias, fantasías y noticias falsas.»*


Universidades y prensa forman parte de la producción de los discursos que dan sentido a la realidad. La idea de "monopolio del conocimiento" es relativa e histórica, producida por el devenir y la emancipación de las instituciones anteriores, cuyo monopolio era dogmático. La Ciencia se emancipa de las religiones, que detentaban los mecanismos dogmáticos que producían los discursos de sentido y explicaban la Historia. Todo estaba subordinado a ellos.
Las universidades suponen una forma de emancipación del conocimiento respecto al dogma centralizado. El conocimiento se fundamenta en principios provisionales y no dogmáticos, autocríticos y formando parte de un debate abierto en la comunidad.
La prensa supone la irrupción de la "opinión pública" frente a la más elitista "república de las letras". No es casual el efecto interactivo entre opinión pública y la emancipación política que surge al hilo ilustrado de las revoluciones. Por eso la libertad de prensa y expresión son garantías de la apertura del diálogo social frente al verticalismo dogmático que tiende a imponer silencio reverencial.
La armonía social se debería producir allí donde existe la libertad de dialogo, en donde el conocimiento surge de la crítica y es transferido a la sociedad que lo recibe para ampliar el debate y mejorar la cultura. Sin embargo, poco tiene que ver este planteamiento idílico con la "furia incandescente" de la que habla Ignatieff contra el conocimiento que fluye desde las instituciones que tienen la función de busca y construcción.
Hoy vivimos en el reino de la confusión sistemática, estrategia usada para subvertir el orden social. La duda sobre todo arrastra hacia el dogma como refugio.
El llamamiento de 600 rectores a hacer que las universidades regresen a su función producir personas pensantes y dejen de centrarse en la empleabilidad considerada como mera formación para el trabajo, un trabajo en el que cada vez es menos necesaria la inteligencia a la luz de los avances en la automatización y en la IA. El mundo sin pensamiento crítico es una mezcla extraña de fábrica y juego infantil impulsivo y caótico.
¿Cómo se para esta tendencia al caos y al enfrentamiento, está violencia que nos devuelve al dogma y al autoritarismo? La respuesta es muy compleja que es la forma actual de decir que lo desconocemos. Como en todo sistema, debemos trabajar en la estabilidad y no en lo contrario. Algunos predican la necesidad del caos para que de las cenizas surja un orden nuevo. Pero puede que de las cenizas no quede nada que surgir.


¿Se puede vivir sin verdades eternas? Quizá se trate de vivir con una combinación pragmática de conocimiento provisional y deseo de mejorarlo, es decir, valorando lo que sabemos a sabiendas de que pronto será insuficiente. Quizá no tengamos que buscar la eternidad, que pertenece a otros metarrelatos, y sea más importante pacificar nuestro presente.  Pero mucho me temo que no sea eso lo que tenemos por delante. La paradoja señalada por Ignatieff es que cuando más información tenemos, más divergencias se producen. Es la confusión de los discursos, el Babel informativo. No es el primero que lo nota. Eso nos responsabiliza más a las dos instituciones mencionadas: universidad (educación) y medios (opinión pública). Si pierden el rumbo, solo quedarán conflictos por delante.
Señalaba Ignatieff que es necesario que aprendamos a vivir en lo incompleto, en la renegociación constante con nuestro pasado desde la autocomprensión (en lo personal y en lo colectivo). No es fácil y es necesario. Vivir dentro de nuestro mundo complejo es cada día más difícil.
Quiero dedicar este post a Xin, a Yangyang y Shiruyu por sus atentas lecturas de Keith Jenkins que han servido para diálogos fructíferos en nuestros seminarios doctorales junto a otros compañeros. La universidad puede seguir siendo un espacio de debate intelectual, un espacio para dialogar y pensar constructivamente, donde nada está cerrado definitivamente y se puede seguir el camino de la investigación. Buscamos la claridad, poder explicar y explicarnos. Hablamos, hablamos y hablamos. Otros solo gritan y confunden.



* Entrevista Andrea Aguilar "Michael Ignatieff: “La unidad nacional está en permanente construcción” 15/05/2018 El país Semanal https://elpais.com/elpais/2018/05/15/eps/1526379724_688938.html?por=mosaico

sábado, 1 de octubre de 2016

Periodismo, poder y verdad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Ahram Online publica otro nuevo artículo en el que se plantea la imposibilidad de la comprensión realidad por parte de los corresponsales en Egipto (¿por qué no al contrario?), esta vez de forma más teórica, considerando el mundo como un universo de mónadas incomunicadas e incompresible unas para otras. Todas las mentes bien pensantes se ponen al servicio de una idea general: todo es cuestión de los mensajeros. Egipto es incomprensible para el mundo, se viene a decir, que mantiene así un juicio erróneo sobre sus acciones y situaciones. "Nadie me entiende", dice el adolescente régimen egipcio.
El artículo, titulado "Coverage by omission: The dilemma of foreign correspondence" , lleva la siguiente entradilla: "Does the narrative of Western media coverage of Egypt contribute to the sense that the country is being maligned intentionally? Politics aside, the answer also lies in the way foreign coverage comes to being"*. La respuesta esta vez no es tanto la "conspiración universal" como los problemas de los corresponsales, que por mucho que se esmeren nunca llegarán a comprender lo que tienen delante. No sé qué es peor, si el argumento conspirativo o este que se funda en la incapacidad de la comprensión.


La idea de una "narrativa de los medios occidentales" es una especie de excusa sacada de las propias bases teóricas occidentales pero que, lejos de universalizarse, se aplican solo a los medios ajenos, es decir, a los demás. Es la idea de la conspiración universal pero en postmoderno, la conspiración de siempre pasada por el "giro lingüístico" y por la interculturalidad. Nadie ve la viga teórica en el ojo propio. ¿Qué ocurre, por ejemplo, con la "narrativa de los medios árabes" sobre "Occidente", sea esto lo que sea?
Al-Sisi va a Naciones Unidas y nadie le entiende, pero él tiene una explicación a por qué nadie le ha entendido: no le pueden comprender. No lo hacen porque su realidad es incomprensible para todo aquel que esté fuera. Los Derechos Humanos, por ejemplo, forman parte de la visión "occidental", por eso no la comparte y no está bien que se le recuerde. La excusa es siempre la misma y aburrida.


Sin embargo, más allá de la teoría, lo que hay que comprender creo que es muy sencillo: el gobierno egipcio y los que lo celebran lo consideran una democracia porque tienen libertad de apoyar al presidente al-Sisi; se equivocan, en cambio, aquellos (los incorregibles países occidentales) que deducen que porque sean encarcelados aquellos que están en desacuerdo con el gobierno suponen  hay un gobierno autoritario en Egipto.
La periodista egipcio-americana Fatemah Farag saca su conclusión de los desacuerdos existentes con lo que cuenta The New York Times, objeto constante —junto a The Washington Post y algunos diarios británicos— de ataques debido a su prominencia.:

The point I’m trying to make here is that the “truth” of the Arab world can’t be brought down to one narrative, and may not be reduced to mere “ruin”. Not in a single image nor in one of the multitude of stories recounted in this “historic” full magazine-size feature do we glimpse the albeit short-lived moments of victory and joy, heroism and hope that were so much a feature of the Arab Spring, and at the time acknowledged with wonder by all, including NYT.
The real point I would like to make here is that stories of a globalized nature will only be true when they are executed by a new form of journalism, one that not only brings together the collaboration of journalists across countries and regions, but also ensures that the very setting of the story and the editorial process that brings it to being is made “native”.*


¿Cree la autora de la propuesta que todos los periodistas "nativos" de un país, Egipto en este caso, interpretan lo mismo? ¿Cree que existe una forma "única" de entender la realidad o de percibirla? La ingenuidad es enorme. La función del periodismo no es la creación de una "verdad" incuestionable, que difícilmente existirá en lo relacionado con lo Humano; sino la de tratar de dar forma (in formar) a la complejidad que nos rodea. La idea de "verdad" es más filosófica que periodística, lo que no significa que lo que se afirme sea "mentira", sino simplemente que es una respuesta coherente (y honesta) a lo que nos enfrentamos cada día.
Mucho me temo que su bien intencionada propuesta —no tengo por qué dudar— tenga como fondo un concepto naif de lo que es la "historia" y mucho más de lo que es "verdad". Lamentablemente los seres humanos debemos aceptar la humildad de nuestros discursos respecto a los hechos y a sus interpretaciones.
El argumento de la verdad local —los "nativos" entienden y los de fuera no— se enfrenta a un elemento difícil de contestar: periodistas egipcios son encarcelados por sostener una versión de la realidad local diferente de la que el poder y los medios oficiales sostienen. Tan egipcios son unos como otros. 

La "verdad" de la que habla Fatemah Farag no es un problema de localización sino de poder, voluntad de verdad, que no tiene que ver con "lo cierto" sino con su capacidad de ser impuesto. Eso es lo que hace el gobierno egipcio cada vez que encarcela a periodistas o ciudadanos acusándolos de "esparcir mentiras" para debilitar al régimen y hacerlo caer cuando discrepan de sus afirmaciones, que constituyen la verdad oficial. Por eso los países democráticos tienen libertad de prensa y expresión porque es la forma de asegurarse que no se impone una "historia" (narración) de la Historia (hechos). Los hechos se pierden en el flujo del tiempo y solo quedan sus huellas, los testimonios, y los discursos con los que son recreados. Es ahí donde surgen las discrepancias interpretativas. Por eso el mundo periodístico, el de la información, debe permaneces abierto, crítico y polifónico en todos los ámbitos, locales e internacionales, en contante retroalimentación unos con otros.


Si ni la Historia llega a sedimentarse nunca, a convertirse en verdad única y oficial, difícilmente podrá hacerlo el Periodismo con su trabajo día a día, teniendo que anticipar interpretaciones de flujos de acontecimientos cuyo origen no es fácil de establecer y cuyas consecuencias son muchas veces imprevisibles. Es ahí donde entra la competencia periodística, la capacidad de establecer descripciones y explicaciones coherentes.
El caso de Azza al-Hennawy, periodista y presentadora del canal oficial "Al Kahera", ha sido juzgada por decir al presidente que no había cumplido con sus promesas electorales y que no se estaba trabajando como se debía. En una democracia, cualquier ciudadano debería poder decir esto: pero no en Egipto. Allí se considera que se falta a la verdad, se pervierte la ética del periodismo, etc., una sarta de sandeces para encubrir que se censuran las críticas.


La propuesta —redacciones de periodistas nativos y extranjeros— es naif . El presidente al-Sisi está en la fase en la que lo niega todo: acusa a los medios extranjeros de no entender y a los egipcios de no representar la realidad como a él le gustaría que lo hicieran, de forma triunfalista y según los discursos oficiales de los ministerios. En su obsesión, el presidente ha llegado a pedir públicamente que solo se le escuche a él; todos los demás mienten, están mal informados o son enemigos de Egipto, un Egipto que él encarna en exclusiva porque tuvo un "sueño profético" del que, por cierto, la prensa egipcia apenas ha dudado dándolo por fuente oficial. ¿Se debe aceptar que está ahí por voluntad divina?
Quizá sí cuando la "verdad" oficial se convierte en un mezcla de política y religión. Lo que es meramente humano se trata de reforzar con un elemento que lo fortifique, en este caso, el apoyo de las instituciones religiosas.


En estos días se ha producido un hecho que cuestiona la versión oficial del gobierno sobre sus logros. Es un hecho trágico, el naufragio de un barco cargado de emigrantes que se van en busca de un futuro que no les llega. Pero el discurso oficial, el gubernamental, esa "verdad" nativa que el mundo no entiende, se lanzó a acusar a los muertes [ver entrada]: todos eran insolidarios, no creían en las promesas del gobierno de puestos de trabajo para todos, se gastaron el dinero en el viaje en vez de invertir en el país, etc. El infame diputado Elhemy Agina manifestó no sentir ninguna pena o solidaridad por sus muertes, francamente carentes de patriotismo, algo que a él le sobra.
Daily News Egypt nos trae hoy el refuerzo religioso de esa "verdad" oficial, la que denigra al que se va porque no tiene un futuro a la vista:

In this week’s Friday sermon, Minister of Religius Endowments Mohamed Mokhtar Gomaa condemned the concept of illegal immigration, describing it as un-Islamic.
He added that it is illegal on both a judicial and religious level, saying that people who practice it subject themselves into misery and humiliation by “entering a country illegally”. In the sermon, which he gave in Sinai and was aired on Egyptian state TV, he called for “patience, resilience, work”.
He justified the waiting, by saying that young people will soon have job opportunities in the new national projects created by the state.
Gomaa added that youth should take the proper legal steps if they wish to travel, and “follow the law and their guardian”.
On the celebrations of the new Islamic year, which marks the journey of the prophet Mohamed from Mekka to Medina, Gomaa said: “there was no immigration after Islam was announced.”
This comes following the capsizing of an illegal migration boat off the coast of Rashid in Beheira governorate last week. The death toll has risen to 202.**


¿Cabe manipulación más infame de los 202 dos muertos? ¿Se ha podido ver una declaración, repetida por los sermones oficiales en cada mezquita oficial del país, más cercana a la propaganda? ¿Hace falta ser nativo para darse cuenta? ¿Podemos los demás entenderlo? Me imagino que sí. Cuando los emigrantes muertos han salido desde Siria, los medios airean lo malo que es Occidente que no les acoge y la suerte que tienen los egipcios por no acabar en guerra civil como allí ocurre; cuando, en cambio, son ciudadanos egipcios que huyen de la pobreza creciente en su país, son los medios oficiales los que se ceban en ellos, los que les insultan creando uno de los mayores escándalos de falta de humanidad que he podido ver en mucho tiempo. Los jóvenes deben tener paciencia, dice, porque el estado pronto les pondrá buenos trabajos a su disposición. Infame.
Toda la maquinaria institucional para hacer que esa "verdad" del gobierno se convierta en "aceptable" dentro del marco que se le ha creado. No es la primera vez que se usa esa táctica del refuerzo religioso para potenciar los argumentos —la "narrativa"— del régimen. Se hizo en otro caso sonado, el de las islas de Tiran y Sanafir, al que también se dio respaldo desde el discurso religioso. Ahora se utiliza para reforzar la imagen del gobierno denigrando a los muertos.
¿Es esta la "verdad" que los medios de todo el mundo no entienden? ¿Es este el Egipto incomprendido?


Son muchos los problemas reales para hacer comprender lo que ocurre en los países y muchas versiones diferentes, pero sobrevivir en el enmarañado bosque de los símbolos, como nos enseñaron los teóricos hermeneutas, deben mantener coherencia. Los hechos se describen pero son interpretados y es ahí donde comienzan las discrepancias. Los 202 muertos están ahí, pero el discurso oficial los criminaliza. Los críticos, en cambio, ven en esa muerte la desesperación por la falta de oportunidades, por el deseo de salir de un país que abandonan hartos. La verdad, si es que se puede decir, así, se la llevaron al fondo.
En la entrevista titulada "Verdad y Poder", Michel Foucault señalaba:

El problema político esencial para el intelectual no es criticar los contenidos\ ideológicos que estarían ligados a la ciencia, o de hacer de tal suerte que su práctica científica esté acompañada de una ideología justa. Es saber si es posible constituir una nueva política de la verdad. El problema no es «cambiar la conciencia» de las gentes o lo que tienen en la cabeza, sino el régimen político, económico, institucional de la producción de la verdad.
No se trata de liberar la verdad de todo sistema de poder — esto sería una quimera, ya que la verdad es ella misma poder— sino de separar el poder de la verdad de las formas de hegemonía (sociales, económicas, culturales) en el interior de las cuales funciona por el momento.
La cuestión política, en suma, no es el error, la ilusión, la conciencia alienada o la ideología; es la verdad misma. (189)


Lo que está haciendo el régimen egipcio es juntar todas las formas de hegemonía (mediáticas, políticas, religiosas...) para producir una ilusión de verdad muy potente, no por ello es más verdadera que otras, sino que posee un mayor potencial de represión de quien discrepa. La verdad, como bien señala Foucault, es poder. No es la realidad sino la maquinaria que la construye, administra e impone. Pero esa verdad se va erosionando con el poder, apareciendo la crítica. Ningún régimen es hoy tan poderoso como para poder un silencio absoluto y una verdad absoluta. El egipcio lo intenta con mayor empeño, precisamente porque se le escapa el poder y necesita poner en marcha todas las instituciones capaces para sostener la verdad que los otros deben aceptar, dentro y fuera. 
La verdad es una, oficial y egipcia.



* Fatemah Farag "Coverage by omission: The dilemma of foreign correspondence" Ahram Online 1/10/2016 http://english.ahram.org.eg/NewsContentP/4/244976/Opinion/Coverage-by-omission-The-dilemma-of-foreign-corres.aspx
** "Egypt’s Islamic institutions continue to condemn illegal immigration" Daily News Egypt 30/09/2016 http://www.dailynewsegypt.com/2016/09/30/egypts-islamic-institutions-continue-condemn-illegal-immigration/

** Michel Foucault “Verdad y poder”, en Microfísica del poder, 1979, Madrid, Las Ediciones de La Piqueta.

jueves, 17 de octubre de 2013

Escena en un prado apacible o perplejidad de la oveja

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En su Introducción a la segunda edición —la de 2001— de Un diálogo sobre el poder, de Michel Foucault, pasados veinte años de la primera, el responsable de la edición y traducción del texto, Miguel Morey, catedrático de Filosofía de la Universidad de Barcelona, escribió:

Los intelectuales con vocación de pastoreo universalista, unos y otros, tanto como había con aspiraciones a algún puesto como portavoz y conciencia crítica de la humanidad, se sentían irritados y más que confusos ante alguien cuya obra insistía en descalificar la ignominia de todos cuantos pretendían hablar en nombre de los demás, como sus legítimos representantes. Es evidente que el sueño mayor de Foucault, el del intelectual como destructor de evidencias simplemente, les sabía a poco, o acaso les venía demasiado grande. (10)*


Se quejaba Morey del silencio que rodeó la obra de Michel Foucault, que pasó del todo a la nada por la simple "orden" de dejar de hablar de él, de convertirlo en tabú en una operación de cierre digna de ser analizada por el mismo maestro en cualquier capítulo de sus enseñanzas sobre los mecanismos propios del poder, pues no se trataba de otra cosa que de la incomodidad que la obra del filósofo causaba con sus desvelamientos de la forma en que el poder se ejerce. Ese "pastoreo universalista" al que se refiere Morey, que es la voluntad del pastor de que las ovejas le sigan y se deleiten con el sonido envolvente de su flauta melosa, era precisamente lo que Foucault dejaba al descubierto en sus indagaciones. Tras su muerte en 1984, la soledad los círculos de silencio se hicieron patentes. Morey menciona las descalificaciones que desde la izquierda se realizaron de su obra y persona, con el reconocimiento solitario de otro marginado y descalificado, el recientemente fallecido Eugenio Trías, "entonces también objeto de las más tonantes descalificaciones académicas: por excéntrico, en el sentido literal del término, cuando no por frívolo". (10-11)


Ese "hablar en nombre de los demás" es la perdición intelectual y queda en manos de su negación, el político. La pretensión política de hablar en nombre de otros, para lo que crea ficciones como "el pueblo" o "voluntad general", contrasta con la necesidad del intelectual de exigir que se piense por uno mismo, pues no debe ser otro su objetivo si se sigue el ideal kantiano de autonomía característico de la Ilustración —al menos de una parte— o formulaciones educativas como las Bertrand Russell en el mismo sentido de un ideal autónomo. La libertad se enfoca no como un elemento "natural" sino como la autonomía de las dependencias que se nos crean constantemente.

¿Pero existe algo más históricamente absurdo, vaciado de sentido, que la "voluntad de autonomía"? Todas las fuerzas que percibimos tienden a lo contrario. Entre la "vocación de pastoreo", señalada por Morey, y la vocación de ser oveja, se ha establecido esta alianza que nos reduce al mero deslizarse por los prados del consumo y la aquiescencia. No parece cuestionarse la autoridad del pastor o la dirección del rebaño, sino la calidad de la hierba, sujeta a intensos debates entre rumia y rumia.
La intelectualidad está mal vista y se tacha de pedante y ridícula —mecanismos de sanción social—, pero no es más que el deseo humano de pensar por sí mismo, de reflexionar en voz alta, resistiéndose a convertir la reflexión en discurso. El intelectual no debe ser un líder sino un constructor de ideas, sus propias dudas, que despierten precisamente la crítica del líder. Se ha cerrado el ciclo con la conversión del "intelectual" en cortesano, incluso en cortesano del "pueblo", al que adula o escandaliza según interese en cada caso para mantener su propio estatus de estrella vendedora de ideas convertidas en mercancías, en golosinas.
Distinguía Michel Foucault entre dos tipos de intelectuales "políticos": el "intelectual universal", el que había nacido del "jurista notable" y que se enfrentaba a los "juristas burocráticos" oponiéndose a sus interpretaciones rutinarias de la justicia (para Foucault "burocracia" y "tribunal" son materializaciones del poder); y el "intelectual específico", que derivaba del "sabio experto", un especialista en algún campo que se erige en autoridad. El primer modo, nos dice Foucault, "encuentra su expresión más plena en el escritor portador de significado y valores en los que todos pueden reconocerse" (184)**.
"Reconocerse" es un proceso distinto al mero seguir del pastoreo. Implica un proceso de desbloqueamiento de uno mismo en el diálogo, en la condición dinámica de la identificación, antes que en la imitación. "Reconocerse" implica un desconocimiento previo, una ocultación del uno mismo, perdido en la tormenta de arena del ser social. Salvo que consideremos el aislamiento la condición natural del ser humano, el contacto con los otros puede considerarse como un estímulo al autodescubrimiento o como una ocultación de uno mismo sepultado por los otros. "Reconocerse" entonces es un proceso de desvelamiento, una epifanía que libera al sujeto de su ceguera y le convierte en buscador de sí mismo. Por eso el verdadero encuentro intelectual no es imitativo sino en paralelo hasta llegar al desvío en el que se buscan nuevas respuestas a las preguntas sin contestar y que solo surgen en quien aspira a conocer.


Como bien señalaba Morey, el intelectual es "destructor de evidencias" más que fabricante de seguridades, algo a lo que apelan constantemente, en cambio, los discursos del poder, basados en la creación de miedos e inseguridades, que van del miedo a la inmigración a la venta de dietéticos.
En otro texto de Morey, "Foucault, veinte años después", escrito en 2005, conmemorando la muerte del filósofo francés, fallecido en 1984, escribió:

Era imposible no recordar el modo cómo pesaba sobre Foucault la filiación nietzscheana del filósofo como animal de conocimiento, condenado a hacer experimentos consigo mismo. Su testamento intelectual no dejaba lugar a dudas al definir el envite actual de la práctica filosófica, no tanto del lado de la legitimación de lo que ya se sabe, cuanto del trabajo crítico del pensamiento sobre sí mismo, en la tarea de saber cómo y hasta dónde sería posible pensar de otra manera. En realidad, este derecho fundamental de la práctica filosófica (explorar lo que puede ser cambiado en el propio pensamiento) le impone un carácter decididamente sacrificial, y en antagonismo abierto con los consensos de la opinión pública. Ésta responderá a su vez acogiendo esa voz un instante para dejar que se pierda luego en beneficio de otra cualquiera más actual, importa poco que el nuevo discurso nazca con las premisas ya refutadas por algún razonamiento anterior. Sin duda el límite puede ser transgredido, pero se recompone de inmediato a las espaldas de un transgresor cuyo gesto se pierde así en lo ilimitado.***


Esta desoladora imagen de una sociedad condenada a la efímera memoria del pez, incapaz de aprender en un sentido profundo porque repite sin cesar los mismos razonamientos al carecer de un recuerdo sobre el que asentarse y avanzar, nos muestra la desconexión intelectual existente, el vaciado de su función. Esa "experimentación consigo mismo", tal como la define Morey, es simplemente el ideal de autonomía hacia el que se camina infructuosamente, intentando sacudirse las adherencias inevitables en el devenir de la experiencia. La conversión de la idea en moda implica precisamente su muerte como aprendizaje ya que nada queda en los sujetos más que el hueco receptor para la siguiente idea recibida.

De animal de conocimiento a animal a secas, ya que quien renuncia a pensar en eso se convierte o a eso se reduce. Lo más penoso de todo es que el mismo sistema que debería producir el pensamiento y enseñar su valor autónomo, ha caído —¿estuvo de pie?— en las prácticas de un poder que, tal como lo señaló Foucault, se mueve del burocratismo al tribunal, en perfecto ejemplo de cómo la mejor manera de ejercerlo, de reducir la crítica y fomentar la rumia, es enjuiciando, valorando, evaluando sin cesar para que por fin el sueño de la interiorización del poder, del miedo a pensar de forma distinta, de la necesidad del premio, la palmadita o terrón de azúcar, estén siempre en nuestras mentes.
Joven oveja: ¡el poder te llama!


Miguel Morey (2012 3ª) "Introducción", en Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones. [1981] Alianza editorial.
Michel Foucault (2012 3ª): "Verdad y poder", en Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones. [1981] Alianza editorial.

Miguel Morey (2015) ** "Foucault, veinte años después" [La Vanguardia 19/01/2005] reproducido en Infofilosofía http://www.infofilosofia.info/modules.php?name=News&file=print&sid=172 Infofilosofía