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domingo, 26 de enero de 2020

Naufragios o estos no serán los felices 20

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Salí ayer a comprar el pan y regresé con la obra de Amin Maalouf, El naufragio de las civilizaciones, publicada entre nosotros a mediados de octubre pasado. Una mirada hacia lo alto del estante me permitió descubrirlo, solitario, en una esquina. Pagué el pan y el libro; sin querer esperar más, me puse a leerlo aprovechando lo que quedaba de tarde.
Hace tiempo que sintonicé con Maalouf, con sus visiones y explicaciones del mundo, especialmente de lo que define aquí como el "Levante", la parte oriental del Mediterráneo, hoy en conflicto permanente. Maalouf se pregunta en su introducción por el desastre ocurrido para que un espacio en el que muchos convivían, orgullosos de ello, se convierta en un espacio de muerte y odio. Su mirada va más lejos, al resto del mundo, donde no ve mejores perspectivas. División, conflicto, hacer saltar los logros de décadas con un solo gesto... Convivencia parece un concepto viejo, del que se ha renegado de forma expresa. "¿Cómo hemos llegado a esto?" (16), se pregunta ya desde el prólogo mismo de la obra.
Expresa su preocupación (y dolor) Maalouf en la presentación del texto:

Larga es la lista de todo cuanto ayer, sin ir más lejos, conseguía hacer soñar a los hombres, elevarles la mente, movilizarles las energías, y hoy se ha quedado sin atractivo. Esa «desmonetización» de los ideales, que se sigue extendiendo sin pausa y afecta a todos los sistemas y doctrinas, no me parece abusivo asimilarla a un naufragio espiritual generalizado. (18)

Es una paradoja que existiendo mejores condiciones para el diálogo en la comunicación, un mayor conocimiento, mejores bases para el entendimiento, sea en la confrontación constante donde se esté desarrollando un juego autodestructivo. Si el siglo XX tuvo dos grandes confrontaciones mundiales, el siglo XXI se ha atomizado en sus conflictos sin resolución y con constantes efectos en cadena.
Se han perdido los sueños comunes, como señala Maalouf. Lo peor es que han sido sustituidos por mezquinos sueños parciales enfrentados, pesadillas en las que el otro es objeto de agresión, pesadillas de miedo en la que los otros son los que nos agreden, como señalábamos ayer al hablar de la videovigilancia en Londres. No son figuraciones, son una probabilidad más o menos remota que es suficiente para jugar con ella para crear el miedo que paraliza y estresa, que nos consume y agota.
En el prólogo, Maalouf hace referencia a la Casa Blanca y la energía negativa que sale de allí. Pero hay también un párrafo sobre el asombro que le causa un Brexit que está todavía en el aire cuando escribe la obra. Dice tener la esperanza —hoy inexistente, a pocos días de que se cumpla la salida— de que no ocurra. "¡Qué naufragio!", exclama.
Leemos en La Vanguardia de hoy un magnífico artículo de Rafael Ramos, su corresponsal en Londres. En él se señala:

El Brexit ha resquebrajado la Unión, empujando a Escocia hacia la independencia y a Irlanda hacia la reunificación (aunque ninguno de esos procesos está maduro como para caer del árbol, y Londres se va a resistir con todo su poderío), y ha partido a Inglaterra por la mitad –jóvenes frente a viejos, intelectuales frente a obreros, la ciudad frente al campo…– empujándola hacia la derecha en línea con los populismos ultraconservadores y fascistoides de moda en el continente y en los Estados Unidos. El cincuenta por ciento está exultante, agigan­tado, borracho con la victoria. El otro cincuenta por ciento está deprimido, triste, hundido en la agonía miserable de la derrota.*



El "naufragio" no es una figuración de Maalouf, el mal sueño de un pesimista. Es una realidad que nos envuelve, que vamos percibiendo como enfrentada, de unos contra otros. Los enfrentamientos son en el nivel micro y también en el macro, de tu vecino a otra cultura, es una forma de estar en el mundo. Nos percibimos como enfrentados. Eso hace desmoronarse muchas cosas, naufragar.
No me parece exagerada la descripción de Ramos desde Londres. Su artículo se titula "El Brexit dispara la xenofobia y saca a relucir lo peor del alma inglesa" y ofrece elocuentes ejemplos del ambiente que se respira en las islas británicas. No es el único lugar donde se está sacando lo peor que tenemos. Es el alimento del odio, sus proteínas básicas: racismo, intransigencia, odio, xenofobia. Estamos sacando lo peor en casi todas partes.
Es la paradoja de la falta de convivencia cuando ya nada nos parece lejano; todo está próximo y es peligroso. Todo es coronavirus que en pocas horas es detectado en nuestras puertas. ¿Por qué vienen los otros a infectarnos, a quitarnos los puestos de trabajo? ¿Por qué saltan muros y vallas para invadirnos? Los medios contribuyen con su sensacionalismo a cargar de gasolina muchas situaciones. Nadie se para en nada; hay prisa en ganar antes de que todos perdamos.


La política ha descubierto la necesidad de canalizar este odio, esta insatisfacción constante hacia otros. Los británicos contra Europa, los norteamericanos contra México y China y ahora, que ya se han firmado acuerdos, contra la Unión Europa, como ha señalado Trump. El extremismo de todo el mundo crece porque se canaliza el odio hacia el extranjero, el diferente... Las instituciones son sustituidas por la violencia en las calles. Nada parece funcionar; no hay palabra posible que libere el deseo de gritar.
Todo va tan deprisa que no acabamos de comprender hacia dónde vamos. ¿Naufragio? Sí, quizá sea el término más adecuado a esta situación en la que hemos dejado de creer en lo que hemos construido juntos, en las buenas ideas que unen. Cada vez es más palpable el malestar en la discordia. Los que se resisten a ser arrastrados por este enfrentamiento constante son desbordados por los gritos que piden... no se sabe muy bien qué. ¿Otra cosa? ¿Qué? Es necesario encontrarlo antes que sea tarde.
La descripción anímica del Reino Unido dada por Ramos valdría para muchos otros lugares en los que la división se vive de forma dramática. Estos no serán, a todas luces, los "felices 20" del siglo XXI. Habrá que rebuscar en los escombros de nuestras ilusiones para sacar energía positiva, la necesaria para remar contracorriente.
Son muchas voces las que advierte de este fondo sobre el que se recortan las figuras. Cada día se percibe con más claridad que no es un buen camino, que hacen falta correcciones, que se han llegado a ciertos límites que no se deben traspasar. 



Amin Maalouf (2019) El naufragio de las civilizaciones. Alianza Editorial, Madrid.
* Rafael Ramos "El Brexit dispara la xenofobia y saca a relucir lo peor del alma inglesa" La Vanguardia 26/01/2020 https://www.lavanguardia.com/internacional/20200126/473132508412/brexit-reino-unido-fecha-viernes-boris-johnson.html

domingo, 3 de septiembre de 2017

Vidas después del odio

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La BBC publicó el 29 de agosto el reportaje titulado "I was a neo-Nazi. Then I fell in love with a black woman"* en el que se nos cuenta la historia de Angela King, una violenta neonazi, una supremacista blanca, que fue a parar pronto a la cárcel. King había cubierto ya su cuerpo de tatuajes con los que  expresaba su ideología y mostraba su desprecio a los demás. Llena de rabia, su entretenimiento era idear formas de acabar con los que molestaban a la raza blanca. Su vida giraba sobre el antisemitismo, el odio a la gente de color, la homofobia. En este clima, Angela King mantenía en secreto la atracción sexual que sentía por personas de su mismo sexo. «My mother used to say to me, 'I will never stop loving you... except you better never bring home a black person or a woman», cuenta en el reportaje. En su vida pasó de ser una adolecente punk a ser una skinhead y finalmente una neonazi con una sencilla teoría para el funcionamiento del mundo: la violencia contra los que no fueran blancos estaba justificada.


Fue cuestión de tiempo que acabara en la cárcel, algo que ocurrió tras el asalto a un videoclub en 1998. Angela King llegó dispuesta a pasar una temporada complicada en una cárcel, llena de gente de todo tipo, y en la que sus tatuajes eran una señal de llamada. Nos cuenta la BBC:

It was the first time she had lived in close quarters with people from different cultures and backgrounds.
"People knew why I was in there and I got dirty looks and comments. I assumed I would spend my time with my back to the wall, fighting," King says.
What King did not expect was the hand of friendship - especially from a black woman.
"I was in the recreation area smoking when a Jamaican woman said to me, 'Hey, do you know how to play cribbage?'" King had no idea what it was and was taught to play.
It was the start of an unlikely friendship and King found her racist belief system crumbling as a result. Her friendship circle widened as she was taken under the wing of a wider group of Jamaican women, some of whom had been convicted for carrying drugs into the US.
"I hadn't really known any people of colour before, but here were these women who asked me difficult questions but treated me with compassion," King says.*


No hace mucho tiempo, tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, antes de los sucesos de Charlottesville, dimos cuenta aquí de la publicación de un artículo de un ex supremacista blanco. En él contaba cómo se había criado en un entorno racista —como el caso de Angela King— y cómo para él la normalidad era el odio hacia todo lo diferente. Su mundo era cerrado y lleno de ideas negativas que se recargaban en sus interacciones con un entorno.
Fue la llegada a la universidad lo que hizo derrumbarse sus prejuicios e ideas de odio. En vez de aislarle, sus compañeros le sometían a constantes ejercicios de explicación hasta que se fue dando cuenta de sus propias carencias, de la debilidad de sus argumentos. Como en cualquier otro tipo de secta, salir del entorno es esencial. El aislamiento de las personas hace acaban absorbiendo las ideas del grupo. En encontrarse fuera de ese entorno de odio hizo que fuera consciente de su propia situación.
A Angela King le pasó lo mismo. Cuando esperaba reforzar sus esquemas de odio enfrentándose a batallas sin fin en la cárcel, conflictos que confirmarían sus prejuicios y estereotipos, se encontró con una situación totalmente nueva que, de alguna forma, la liberó de sí misma derribando las barreras que la habían mantenido cercada.


King fue aceptando el cambio, empezando por su sexualidad. Se fue acercando a todos aquellos a los que había odiado y fue explicándoles su vida. Recibió el perdón de los que había atacado en otros tiempos. Se integró en la comunidad gay, aceptando su sexualidad; sus prejuicios raciales se habían desvanecido en la cárcel.

While there she made contact with the local Holocaust Centre, and sat down with a Holocaust survivor in 2004 to share her life story.
"She was very stern, but afterwards she looked me in the eye and said 'I forgive you,'" King says.*

Angela King fue realizando el viaje saliendo de su propia cárcel, sin prescindir de ninguna parada, para poder liberar sus demonios. En cada etapa, se fue encontrando a sí misma. Más allá de su experiencia personal, se matriculó en la universidad en las carreras de Psicología y Sociología para tratar de enmarcar, comprender teóricamente, el proceso propio y el de otras muchas personas que seguían enganchadas a las ideologías de odio. Y trató de contar su historia para utilidad de otros.

She has been doing public speaking for the centre ever since. Then in 2011 she went to an international conference where she met other former extremists.
"I was excited to meet other people who had got involved in violent extremism and then got out. I wasn't alone," King says.
She met two Americans who had founded a blog called Life After Hate, in which they shared their stories. They agreed to work together to create a non-profit organisation to help other people leave the far right community.*

Life After Hate sigue siendo una realidad necesaria en un mundo que tiende a usar el odio como forma de vínculo motivacional para diversos objetivos. Ellos se describen así en su sitio web: «LIFE AFTER HATE is dedicated to inspiring individuals to a place of compassion and forgiveness for everyone, including themselves».**
Ayer hablábamos de la sociabilidad y de cómo se van creando grupos cada vez más diferenciados que usan el odio para crear sus identidades. El odio es un motor poderoso que conlleva grandes riesgo para el equilibrio del conjunto. Cualquier grupo puede canalizar sus diferencias con otros basándolas en el odio. Pensemos incluso en el deporte, convertido muchas veces en campo de batalla de grupos irreconciliables.
En estos momentos, los Estados Unidos se ve sometido a las mayores campañas de odio de las últimas décadas gracias a las intervenciones de un presidente divisor, como han mostrado hasta la encuestas de la Fox, cuyas opiniones justifican en gran medida las intervenciones del presidente.
Nos preguntamos qué lleva a la radicalización y cómo se canaliza ese odio hacia personas en cuyo entorno has vivido o, por el contrario, a los que ni siquiera conoces. El odio es un sentimiento con el que convivimos diariamente en distintos tipos de fobias.


El odio se ha utilizado en la campaña del Brexit cuando se canaliza la frustración hacia personas que no tienen la culpa de nada pero a los que presentas culpables de tu situación. El nacionalismo, los separatismos, etc. abundan en el uso del odio como un sentimiento identitario. Es lo que llevó a Amin Maalouf, el novelista y sociólogo, a escribir su obra "Identidades asesinas", analizando el fenómeno del extremismo violento.
El odio surge en entornos muchas veces tranquilos. Surge en la madre de Angela King diciéndola que la querrá siempre, pero que no le lleve nunca a casa gente de color o una lesbiana. Y tú no quieres enfadar a tu madre. El racismo, la xenofobia, la homofobia... surgen de simples comentarios dichos frente al televisor cuando la familia está reunida. No hace falta que se grite o gesticule. Los mensajes se comprenden rápido y los valores aceptados se reajustan pronto. Angela King pudo aceptar su sexualidad cuando estaba en la cárcel, más liberadora para ella que su propio entorno familiar y de amistades. ¡Enorme paradoja!, pero que revela hasta qué punto el odio es una forma encarcelada de vida.
«Life After Hate works to counter the seeds of hate we once planted.» Hoy se siembran muchas semillas de odio de muchos tipos. Las redes sociales se han convertido en escenario de intransigencia al mezclar amplificación y el anonimato. Hay que combatirlo allí donde crece. Crear espacios de libertad y de tolerancia para evitar que los que más gritan sean los más escuchados.


Life After Hate usa como idea el "vida después de la muerte" concentrándose en la igualdad "odio=muerte". El que odia no tiene una vida plena. Todo se enfoca hacia el objeto de su odio que le obsesiona y domina.
Hace dos días escribimos el texto titulado "La más odiada" en el que se recogía la historia de una chica egipcia que tuvo la osadía de manifestar su alegría porque su padre la había deseado felicidad al tener una pareja homosexual. El odio homofóbico se desencadenó contra ella, su familia y la comunidad gay. Ella asumió, como si fuera un título nobiliario, ese odio desencadenado contra ella: "I'm most hated lesbian in Egypt". Ella no odia a nadie.
Las palabras son engañosas y muchas veces nos desvían de lo que unen muchas cosas. Las distintas formas de radicalismo suelen tener un discurso que encarna el odio hacia los que son diferentes, de otra manera o sencillamente se niegan a seguir nuestras doctrinas.


Decía Albert Camus en una entrevista que le realizaron en 1951: «No se puede odiar sin mentir. Y, a la inversa, no se puede decir la verdad sin reemplazar el odio por la comprensión, que no tiene nada que ver con la neutralidad.»
Hemos creado mentiras y mitos para ocultar la única verdad, que somos iguales en nuestra condición humana y deberíamos serlo en nuestros derechos; que teniendo una misma condición, somos todos diferentes y ese es también nuestro derecho. El odio busca crear diferencias, levantar muros engrandeciendo los meros detalles, las circunstancias para justificar su deseo de poder, de privilegio, de imposición, de voluntad de verdad.
Hay odios que viven ocultos y salen de forma intensa, como estallidos. Hay otros odios que se convierten en cotidianos. Lo primero que vi esta mañana fue un hermoso vídeo****, recogido por el HuffPost conteniendo un poema dedicado a la gente indocumentada, sin papeles, a los que se levantan cada día para recibir su ración de odio en sus trabajos, en los periódicos, en los canales de televisión, etc. en donde se habla de ellos, de todos, como criminales, como responsables de los males. Es el odio más duro, el que se disfraza de normalidad, de patriotismo incluso. De ese es difícil redimirse si se convierte en epidemia colectiva. "Cada día, nos despertamos en un país que nos odia", se dice.  Un día es por el color de tu piel, otro por tu sexualidad, otro porque fabricas más barato, otro porque no cumples tu religión como debes o porque no tienes ninguna... cada día se hace más difícil el despertar en esta era de odios mediatizados. Odia global, discrimina local.
La historia de Angela King y los demás miembros de Life After Hate nos enseña de que siempre se está a tiempo para recuperar la vida propia y a trabajar para que otros la recuperen. Hoy en el centro indagan, investigan sobre el odio; acogen a los que quieren salir de esa muerte en vida y extienden su mensaje para evitar que el mundo en el que vivimos sea peor cada día.





* "I was a neo-Nazi. Then I fell in love with a black woman" BBC 29/08/2017 http://www.bbc.com/news/magazine-40779377
** Life After Hate https://www.lifeafterhate.org/
*** Albert Camus "El odio y la mentira: entrevista a Albert Camus. (1951) Entrevista a Albert Camus. Le progés de Lyon." Red Filosófica del Uruguay 26/98/2012 https://redfilosoficadeluruguay.wordpress.com/2012/08/26/el-odio-y-la-mentiraentrevista-a-albert-camus/
**** "This Spoken Word Poem Is A Beautiful Love Letter To ‘Undocumented People’" Huffpost 02/09/2017 http://www.huffingtonpost.com/entry/undocujoy-poem-for-undocumented-immigrants_us_59ab392ae4b0dfaafcf0ddb3







domingo, 21 de octubre de 2012

Identitario (Oui, c'est moi)

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La ocupación en la ciudad francesa de Poitiers de una mezquita en construcción por parte de un grupo de sesenta personas pertenecientes a la denominada "Generation identitaire"* ha despertado de nuevo recelos, apoyos y condenas. El concepto de "identidad", se lo atribuya quien se lo atribuya, en cualquier escenario, tiene los límites precisos de la autodefinición y el peligro de incluir a los demás en tu propia definición.
La cuestión de la "identidad" implica muchas veces meter a los otros en el paquete asumiendo posiciones negativas, reductoras y caricaturescas. La identidad se refuerza en escenarios conflictivos. La identidad exige la definición de un contrario frente a quien se refuerza y expresa. El "yo soy" de la identidad es también un "no soy" y un "ellos son", todo en el mismo paquete. Esto afecta a todos.
La identidad no es solo una descripción o una definición, sino un programa de acción y una forma de juicio. La identidad nos dice qué debemos hacer —establece el sentido de la acción y la reacción— y nos señala cómo debemos enjuiciar lo que nos rodea, ya sean personas, grupos o acciones. Es un patrón de conducta.


La "generación identitaria" comete el error de creer que no "pensar" o "ser" como ellos es carecer de "identidad". Y nada más absurdo. Por eso los que han criticado su ocupación de la mezquitas les han acusado de ir contra la "identidad francesa", la "identidad republicana", que garantiza un estado laico y la libertad de culto de los ciudadanos. Por eso se apropian de la "identidad" acusando a los demás de carecer de ella. Tremendo error que convierte a los que no piensan como ellos en débiles y a la deriva. Uno de sus atractivos precisamente es su radicalismo que palidece ante las formas más moderadas de actuación. Se confunde la estridencia con la firmeza de los principios, la exhibición con la moderación expresiva.

Vamos aceleradamente hacia una forma de estridente de estar en el mundo. En parte porque —como la acción de Poitiers— el mundo se ha convertido en escenario o plató de televisión. Muchas acciones se realizan para lograr llamar la atención. Se busca el mayor impacto, la mayor resonancia. El problema es que cuando los demás gritan, nos vemos obligados a hablar más alto y se acaba en una gigantesca cacofonía.
La política española es desde hace tiempo una jaula de grillos cuyos gritos cada vez más radicalizados se han extendido a una parte de la sociedad, que ya no busca dialogar porque se pierden valores de convivencia al despreciar al otro, como los asaltantes del colegio en días pasados. El colegio religioso era su mezquita. También ellos son "generación identitaria" a su manera, es decir, les sobran del mundo los que no son o piensan como ellos.
La convivencia no es un valor débil; por el contrario, requiere de la firmeza y claridad necesarias para saber distinguir a los que la perturban porque no desean convivir. La convivencia debe saber distinguir perfectamente entre las minorías que deben ser amparadas y de las que hay que protegerse porque tiene claro que existe diversidad y diversidad dentro de la diversidad. El mayor error de la intransigencia es su incapacidad para ver diferencias y su consiguiente uso del tópico reduccionista y simplificado, de la aplicación al todo de los defectos de la parte.


Es indudable que existe un islamismo integrista, intransigente y totalitario. También es indudable que los primeros que lo padecen son los millones de musulmanes que no son así. Ignorar que existen y padecen los excesos de las personas y grupos que les obligan bajo coacciones sociales, familiares, educativas, intelectuales o físicamente violentas, es no querer ver cómo funciona el mundo. Convertir a todo árabe en musulmán y a todo musulmán en integrista es un error, como lo es convertir a todo cristiano en un Anders Breivik o un Terry Jones. Pero los tópicos funcionan bien allí y aquí.
Los primeros y más interesados en librarse de los integristas religiosos son los que desean poder vivir en sus propios países sin la presión y vigilancia constante de los que quieren hacerles creer que solo existe una forma de vivir su vida y su fe.


Cuando esas personas salen de sus países y se acercan a otros, viven en el riesgo permanente de ser confundidos y asimilados con aquellos de los que huyen. Quedan encerrados entre el dogmatismo del que huyen y el tópico de quien les recibe.

La cuestión es qué rasgo de identidad es el que preferimos resaltar, si el de la tolerancia consciente o el de la intransigencia irracional. Escribió Amín Maalouf:

Para cualquier sociedad, y para el conjunto de la humanidad, el trato a las minorías no es un asunto entre otros muchos; es, junto con el trato a las mujeres, uno de los datos más reveladores de progreso ético o de retroceso. Un mundo en el que se respete cada día algo más la diversidad humana, en donde todas las personas puedan expresarse en la lengua que prefieran, profesar en paz sus credos y asumir tranquilamente sus orígenes sin exponerse a la hostilidad y al desprestigio ni de las autoridades ni de la población, ése es un mundo que progresa, que remonta el vuelo. A la inversa, cuando prevalecen las situaciones crispadas en lo referente a las identidades, como sucede en la actualidad en la gran mayoría de los países, tanto en el norte del planeta como en el sur, cuando nos resulta un poco más difícil cada día poder ser tranquilamente quienes somos y usar nuestra lengua o practicar nuestra fe en libertad, ¿cómo no hablar de retroceso? (72)


No es sencillo, porque el mundo se ha llenado de púlpitos y tribunas y no hay mejor forma de manipulación y control humano que la exaltación identitaria en todos los niveles: religiosos, políticos, nacionalistas... Se acabó la era de los discursos racionales; regresamos a la de los discursos emocionales, radicales, viscerales... a la casquería ideológica. La mesura no vende y hay que gritar.
Corremos el riesgo real de que estos movimientos intransigentes vayan calando en todos los niveles de la sociedad y que Europa, en la que muchos quieren ver la tolerancia y la convivencia como valores que ha costado dos siglos incorporar a su identidad, se vea sacudida de nuevo por los enemigos de estos valores y amigos de los contrarios, el ultranacionalismo, la intolerancia y el radicalismo. Corremos el riego de llenar el mundo de talibanes de todos los colores, penosa posibilidad, si no se hace algo por remediarlo mediante la reafirmación de valores de convivencia y sentido común.

Los discursos incendiarios, los llamamientos a la intransigencia, se refuerzan a través de unos medios que recorren el planeta instantáneamente. Es fácil intoxicar a través de redes sociales, micromedios, televisiones, periódicos, etc. que se alejan de cualquier control y que pueden esparcir veneno irresponsable o estupidez contagiosa. Es nuestro mundo y tenemos que aprender a vivir en el escenario que hemos creado. Hay que aprender a difundir valores tolerantes y sentido común. Venden menos, pero son cada día más necesarios para poder sobrevivir en un mundo habitable.

* "Des identitaires occupent une mosquée de Poitiers" Le Figaro 20/10/2012 http://www.lefigaro.fr/actualite-france/2012/10/20/01016-20121020ARTFIG00354-des-identitaires-occupent-une-mosquee-de-poitiers.php
** Amín Maalouf (2009): El desajuste del mundo. Cuando nuestras civilizaciones se agotan. Alianza, Madrid.




viernes, 24 de junio de 2011

Elogio de Maalouf


Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Amín Maalouf acaba ingresar en la Academia francesa con 17 de los 24 votos posibles. Es una votación que lo sitúa en una posición de reconocimiento amplio*. A los premios Goncourt y Príncipe de Asturias, entre otros, Maalouf suma esta nueva condición de Académico, que en Francia significa algo. Ocupará la silla de Claude Lévi-Strauss, que seguro que para él tendrá un especial significado. No hace mucho, recomendábamos la lectura de su último ensayo [ver entrada].
Maalouf ha conseguido trasladar su propia problemática a ambos territorios, el de la ficción y el del pensamiento. No creo que se puedan considerar ámbitos separados, porque maneja la ficción como realidades y la realidad como conjunto de ficciones. Para entender el alcance de la obra de Maalouf hay que comprender su profesión de periodista, sus estudios de sociología y su condición de exiliado, porque Maalouf es una persona que no ha renunciado a ninguna de las tres vertientes o, mejor, cada es consecuencia de la otra.
Las novelas de Amín Maalouf tratan de dar cuenta en el terreno de la ficción de lo que resulta difícilmente comprensible en la complejidad de la vida. La vida se hace narración para mostrarnos la perplejidad de los sujetos convertidos en los puntos de intersección de la Historia. Entre la teoría y la realidad está la ficción. Entre el conocimiento teórico y la experiencia vital está la novela, que permite encarnar las teorías y expresar explicaciones que el mundo difícilmente acepta. Maalouf, como tantos otros, ha entendido que el sinsentido del mundo solo se resuelve en la expresión estética, en la forma. El Arte da el sentido que la vida niega. Lejos de un esteticismo aislado, las novelas de Maalouf hablan del mundo al mundo, devuelven estructurado lo que se recibe caótico.
Personajes, tiempos y espacios son cuidadosamente seleccionados por Maalouf para ofrecernos una perspectiva ajustada de un problema real: el sometimiento de los individuos a las mareas de la Historia. Maalouf no hace novela histórica; hace novelas en la Historia. Cada instante es la intersección de las fuerzas ciegas que anulan a los individuos sometidos a las imposiciones del momento. Cada escenario espacio-temporal, cada cronotopo, es el lugar en el que las fuerzas de la vida se enfrentan como política, religión, cultura.


 Los hombres somos el resultado del conflicto entre nuestra identidad cultural, preformada en nuestro tiempo, acumulación de luchas, y nuestra aspiración a la felicidad. El mundo al que llegamos está ya en guerra, es un escenario de conflictos. Y crecemos y se nos forma en ellos. Podemos dejarnos arrastrar y sumarnos a los odios existentes o, por el contrario, tratar de escapar de ellos. Como Ulises, tratando de no escuchar el canto de las sirenas, o San Antonio impasible ante las tentaciones del mundo, los personajes de Maalouf tratan de encontrar su camino propio imposible. Por eso las novelas de Amín Maalouf eligen tiempos complicados, tiempos de transición en los que los conflictos ideológicos, religiosos, políticos, culturales en última instancia, se muestran en su violento chocar.
Como sociólogo, Maalouf sabe que la sociedad es una gigantesca maquinaria cultural que modela al individuo dándole una forma que se vuelve peligrosamente transparente. Todo sistema cultural lucha por imponer lo obvio, por construir la naturalidad que aplaca la crítica y la aceptación.  Sabe también que las identidades se construyen como hechos diferenciales, como negaciones del otro y afirmaciones de uno. Eso es algo que ha podido apreciar un libanés cristiano, alguien nacido en un país en el que las diferencias son recordadas cada día; un libanes que se traslada huyendo de la sinrazón de los conflictos a Francia y vive más diferencias.

Maalouf es el escritor de los que se sienten incómodos en sus papeles, de los que se resisten a ocupar un espacio en el que las obligaciones contrastan con los deseos y los instintos han sido cuidadosamente inducidos. Es un escritor para lectores apátridas espirituales. Es el hombre que dedicó una novela, Los jardines de luz (1991), a contar la historia de Mani, el fundador de una religión odiada por todos porque no exigía odiar a nadie.
Maalouf hace tener esta última visión en su tormento final a Mani, su personaje rescatado de la falsificación de la Historia:

—Cuando cierres los ojos por última vez, volverán a abrirse inmediatamente, sin que tú lo hayas querido. Y tu primer instante será de incredulidad, cualquiera que haya podido ser tu fe. En el más firme de los creyentes subsiste la duda y el más obcecado de los descreídos habita la esperanza no confesada. Frente al Más Allá, los hombres no hacen más que interpretar sus papeles, su creencia común está inscrita en la fatiga de sus cuerpos. (366)**

Solo lejos del mundo es posible ser uno mismo. En el mundo somos lo que podemos ser.

* "Amín Maalouf, elegido miembro de la Academia francesa" El País 23/06/2011 http://www.elpais.com/articulo/cultura/Amin/Maalouf/elegido/miembro/Academia/francesa/elpepucul/20110623elpepucul_8/Tes
** Amín MAALOUF (2009): Los jardines de luz. Barcelona, Alianza.


miércoles, 9 de febrero de 2011

Líderes carismáticos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Una de las teorías que suelen aplicarse para explicar las revueltas y revoluciones es la de las apariciones de los líderes carismáticos. También la sublevación egipcia está siendo atípica en este punto. Esos cientos de miles, de millones de personas repartidas por todo Egipto, han aprendido algo de cincuenta años de regímenes personalistas, la diferencia que existe entre el líder carismático y el culto a la personalidad. La historia del Egipto moderno es la que va del carismático Nasser al faraónico burócrata que es Hosni Mubarak.

Una de las cosas a las que he prestado atención entre los miles de imágenes que nos han ido llegando en estos días era a la aparición de las imágenes de Nasser. Es un signo importante porque forma parte del mundo árabe, no solo egipcio, y de su escenario simbólico. En su apasionante obra El desajuste del mundo*, Amín Maalouf dedica un espacio considerable al análisis de lo que Nasser supuso para todos los árabes y al problema de la legitimación. Nasser fue un líder carismático, alguien en cuyas manos un pueblo pone su destino. Nasser fracasó y, además, marcó la percepción de sus dos continuadores, Sadat y Mubarak. Nos dice Maalouf:

Sadat se convirtió en un icono, pero para la opinión occidental, no para la opinión árabe, que no llegó a identificarse con él en momento alguno. […]

Seguramente a Sadat le guardaban un rencor inconsciente por haber sucedido a Nasser, de la misma forma que se puede aborrecer al nuevo marido de una madre sólo por el hecho de que ha ocupado el lugar de un padre idolatrado. (173)

Nos plantea Maalouf dos problemas separados: el del sustituto del insustituible y el del icono exterior. Muchos dirigentes han tenido que luchar contra la memoria de sus predecesores y eso abarca todo tipo de organizaciones, de las presidencias a los papados. Da igual que lo hagan mejor o peor; tienen que competir con un recuerdo que se hace mito en la memoria colectiva, que tapa los errores y resalta los aciertos con el paso del tiempo. El otro problema, el de ser un icono exterior, es el que le ocurrió, por ejemplo, a Gorbachev. Los occidentales le adorábamos y los rusos le despreciaban. Paradojas locales de la historia.

Mubarak tiene ambos problemas y se ha dado cuenta tarde. Nunca pudo vencer, como tampoco pudo Sadat, a la figura de Nasser y, en segundo lugar, ha sido más valorado en el exterior, como valedor de las alianzas occidentales de Egipto, que en el interior. En un texto anterior señalábamos que Occidente puede apoyar a ciertos dictadores si no se convierten en dictadores escandalosos, es decir, que les creen problemas con sus opiniones públicas porque pueden ser compañeros envenenados. En Francia ya hay montado un gran escándalo político doble: el de la ministra de asuntos exteriores, Michèlle Alliot-Marie, y el del primer ministro François Fillon. Alliot-Marie había propuesto la cooperación policial con el régimen tunecino anterior para sofocar las revueltas que han desembocado en el cambio. Después se supo de sus viajes financiados por un allegado a Ben Alí cuyas cuentas acaban de congelar en Suiza. La defensa de la ministra diciendo que, gracias a este tipo de viajes, sus vacaciones no les han costado un céntimo a los contribuyentes nos demuestra que es de la vieja escuela política y que no ha entendido nada. El primer ministro François Fillon pasó las vacaciones navideñas en Egipto pagadas por Mubarak (es decir, por los egipcios). Los dictadores arrastran a sus amigos en su descenso. Unos van hacia el exilio, lo otros hacia la vergüenza en cómodos jets.

* Amín Maalouf (2009): El desajuste del mundo. Cuando nuestras civilizaciones se agotan. Alianza, Madrid.