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sábado, 24 de enero de 2026

De lo ficticio de Matrix al zen de la IA

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Antes de ponerme a escribir hoy me detengo en un documental sobre Matrix que me ofrecen en TV. Se cierra el documental con Keanu Reeves y Carrie Ann-Moss cuando este le refiere una anécdota al tratar de explicar a unos niños el sentido de las películas de la serie, el problema de la incapacidad de distinguir entre una vida real y otra ficticia. Dice Reeves que le contestaron qué para qué querían saberlo, qué importancia tenía saberlo y no simplemente vivir cualquiera de ellas. Las miradas de los dos actores se cruzan con las de un imaginario espectador que, como ellos, no acaba de entenderlo.

El documental nos deja este final, no con preguntas, sino con la inutilidad de preguntarse. La película ha sido interpretada al contrario de su planteamiento. Es un Matrix satisfecho.

Cuando me acerco a mi ordenador veo el artículo que dejé abierto para comentarlo en el blog de hoy. Se trata de un texto recogido en la sección "Una mirada europea" de RTVE.es, en la que se encuentran artículos aparecidos en medios europeos. Esta vez se trata de uno aparecido en Suiza, en la página de EBU.ch este pasado 20 de enero con el titular "Yang Mun: el personaje generado por la IA de Google con millones de seguidores en el mercado del bienestar". Podemos leer en su inicio: 

Un sanador de estilo oriental que ofrece consejos de vida basados en la "antigua filosofía china" a sus millones de seguidores fue creado con la IA de Google

Con millones de seguidores, Yang Mun y sus vídeos sobre "sabiduría antigua para la vida moderna" han calado hondo entre los usuarios de las redes sociales que buscan un significado más profundo.

Los vídeos son serenos: un monje anciano de Asia Oriental, a menudo con una túnica naranja, sentado con las piernas cruzadas en un jardín perfectamente cuidado o en el interior de un templo. A veces tiene un libro delante, y en todos los vídeos da un consejo o sirve de inspiración.

"Cuanto antes aprendas esto, más ligera sentirás tu vida. La mayor parte de tu sufrimiento no proviene de lo que está sucediendo. Viene de la resistencia a lo que es. Luchas contra el momento", dice en uno de sus últimos vídeos.

En otra: "Veo lo cansado que estás. No sólo en el cuerpo, sino en el lugar donde el corazón lo mantiene todo unido. Has estado cargando más de lo que muestras". A veces, se refiere a los espectadores como "mi niño".

Los sentimientos son positivos y generalizados, pero se inspiran en tradiciones orientales, en particular el budismo, a juzgar por la ropa y las estatuas que se ven de fondo en algunos de los vídeos.

Hasta ahora, nada parece ir mal, excepto que Yang Mun no es real.* 

Creo que la pregunta que le hicieron a Keanu Reeves —¿qué importa qué sea real y qué ficción?— se contesta con la falta de importancia de que "Yang Mun" lo sea. Las máquinas han ganado o quizá sea mejor decir "los que están detrás de ellas" en esa fusión de un nuevo capitalismo tecnológico. Ya no es problema inicial del desarrollo del maquinismo, de las máquinas que realizan el trabajo humano y lo sustituyen; tampoco es el momento en el que el mundo se convierte en mercado de esas mercancías y producen el consumismo.

Ahora ya no somos capaces —tampoco nos importa— de distinguir dónde empieza lo real y dónde lo ficticio. Lo ficticio, además, puede ser "verdadero" o "fake" y esto no es marginal, sino parte del consumo de información. En el documental sobre Matrix se nos habla directamente del presidente de los Estados Unidos  y su manejo de lo "fake".

Hoy no se trata, como los luditas de antaño, de enfrentarse a las máquinas. Las máquinas se parecen a nosotros y nosotros a las máquinas. Compartimos nuestra soledad con los asistentes de IA, que nos aconsejan bien o nos incitan al suicidio. Nos diagnostican charlando con nosotros o analizando el iris de nuestros ojos. Muchos evitan los problemas de pareja haciendo un sitio en su corazón a la IA. Creemos vencer a la muerte creando un avatar de nuestros seres queridos al que hemos entrenado con información sobre ellos. No nos importa que nada de esto sea "real".

¿Qué significa "real"? ¿No es mejor vivir en una fantasía satisfactoria que en la dura realidad? ¿Qué significa, por cierto, "vivir"?

¿Qué significa que un cuadro haya sido pintado por un humano o por una computadora? ¿Qué significa que la literatura que nos guste no haya sido elaborada por una máquina tras conocer nuestros deseos en vez de por un humano atribulado que nos traslada sus frustraciones? ¿Por qué poner nuestra salud en manos de un humano mortal? ¿Qué significan tantas otras cosas?

Los humanos vamos degenerando con el tiempo, envejecemos; las máquinas mejoran cada día en sus versiones, siempre a la última, siempre en su mejor momento. Las máquinas inteligentes derivadas de la IA no solo nos informan, solucionan nuestros problemas. Nos hacen depender de ellas, nos incapacitan para afrontar algo que no acabamos de asumir: nuestra imperfección. Ser humano era hasta este momento una tarea centrada en asumir nuestro carácter de mortales. Esa era la base de la filosofía, de las religiones, del arte... hacernos conscientes de nuestra mortandad. Pero la base de la IA, pese a lo que diga el perfecto maestro oriental Yang Mun, es hacernos felices en la inconsciencia. Es una mezcla del producto perfecto del mercado y nuestra capacidad de autoengaño. El consumo ha avanzado hasta el siguiente nivel: consumirnos a nosotros mismo envueltos en los ropajes de la satisfacción ficticia.

Hace tiempo que muchos viven de aumentar nuestras necesidades físicas o mentales. Los problemas son rentables y muchos viven de ellos. Baratos, pueden ser muy rentables. Las IAs crecen por eso. No hay ni altruismo ni sabiduría tras el maestro zen artificial, solo una cuidadosa forma de contentarnos con lo que queremos escuchar.

El artículo de la publicación suiza habla del "mercado del bienestar", una fórmula más ajustada de lo que parece. El "bienestar" no es la "felicidad"; es otra cosa, algo intermedio entre cuerpo y mente, ligado a ambos en un punto oscuro que puede ser interpretado de muchas maneras y, por tanto, satisfecho de formas diferentes.

En vez de enfrentarnos a ello, buscamos respuestas que se nos dan porque aparentemente eliminan conflictos. ¿Por qué intentar dilucidar qué es real y qué ficticio? Cansados ya de preguntarnos sobre cosas sin solución, avanzamos hacia el engaño gratificante, hacia un "mundo feliz" en el que se nos estudia para conocer nuestros miedos y carencias para darnos una repuesta-producto. Siempre habrá otra cuando esta no nos satisfaga. 

* Una mirada europea: "Yang Mun: el personaje generado por la IA de Google con millones de seguidores en el mercado del bienestar" RTVE.es /EBU.ch 20/01/2026

miércoles, 30 de marzo de 2022

Dilema en el centro de la ficción

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Seis de los diez artículos más vistos en el diario El País tienen que ver con la "bofetada de Will Smith", un "acontecimiento" mundial por el fondo, forma y lugar. El caso nos dice mucho de los medios, pero también mucho de nosotros como consumidores de medios y sobre el hecho en sí, que en realidad se puede contar en una sola frase: un marido enfadado da una bofetada a un cómico con mal gusto por hacer chistes sobre su esposa. Punto.

Yo mismo me encuentro que, tras resistirme varios días, hay una fuerza que me empuja a escribir sobre la bofetada. La bofetada como destino ineludible del que se sienta ante la pantalla de su ordenador y una pregunta en su mente: "¿sobre qué escribo?". Una vocecita en el fondo de tu interior dice tímidamente "sobre la bofetaaaadaaaa". Pero la parte racional de tu cerebro dice "¡noooo!". La cuestión se plantea hamletianamente porque a) no ha cambiado nada en el mundo más que los propios medios; y b) para negar algo, hay que escribir sobre ello, el silencio es cómplice. Con Trump pasaba lo mismo: hablar de él era malo; callar, todavía peor.



Mi problema no es "qué decir" sobre la bofetada, sino cómo evitar que me arrastre la corriente universal que lo impulsa por esas circunstancia señaladas, fondo (un chiste cruel y de mal gusto sobre la alopecia de la esposa de Will Smith), forma (una respuesta violenta en forma de bofetada) y lugar (la entrega de los premios Oscar, el suceso mediático más calculado del planeta). Desde estas tres líneas, los medios universales se disparan: del mal concepto del "amor" de Smith a las "sanciones" de la Academia (¿prohibirle la entrada a la próxima, atarlo a la silla...?), del machismo latente en abofeteador y abofeteado a la incapacidad de reaccionar de unos y otros al no saber si formaba parte de la realidad o era una ficción pactada. Entre todas estas líneas y otras muchas más, lo escrito sobre la bofetada es muy superior a todo lo escrito sobre los premios Nobel en todas sus ramas en los últimos veinte años, por utilizar la unidad de premios y trascendencia de los mismos. La bofetada ha conseguido incluso separar al propio Smith de su premio. Las explicaciones dadas entre lágrimas han sido el epílogo de su propia acción. ¿Deberían haber cambiado la tarjeta después del espectáculo previo y que se quedara sin Oscar?

La promoción excesiva de los Oscar es, en este caso, un arma de doble filo. Las expectativas mediáticas generadas se han visto satisfechas más allá de los tópicos manidos de los vestidos en la alfombra roja. Hace mucho que la entrega de los premios se ha disociado de los premios mismos, que la fiesta del cine se convirtió en la fiesta de la "alfombra roja", de los diseñadores de moda compitiendo en paralelo por llamar la atención con sus actores y actrices convertidos en perchas.


Tras la constatación de la expansión del caso de la bofetada glamurosa en el diario El País trato de hacer un merodeo por periódicos serios del planeta. Me dirijo a The Washington Post en busca de equilibrio y cordura. Me encuentro con un pequeño recuadro, orillado a la derecha de la pantalla, al final del listado de las columnas de opinión y leo el titular "The Oscars created worldwide talk — for all the wrong reasons", algo que aviva mis esperanzas de cordura mediática. Lo firma Michelle L. Norris y es muy sensato en sus términos. Tras señalar los logros que esta ceremonia tenía, desde el primer Oscar para un actor sordo a una mujer negra, latina y "abiertamente queer", Norris se lamenta de que esos focos de atención notable, únicos, hayan sido borrados de la faz de la tierra por la bofetada. Escribe Michelle L. Norris:

But days later, it seems like the beatdown is all that people are talking about. That’s a shame. It all points to the supreme selfishness of Will Smith’s actions. He knew that the room was filled with people who were living once-in-a-lifetime moments. He’d been the butt of jokes before — as a big-eared, awkward kid growing up in Philadelphia— and as one the highest grossing international stars on the planet. Rock’s “G.I. Jane” jab at Jada Pinkett Smith’s buzzed head was a low blow and an unforced error. It wasn’t even funny. You don’t go after a nominee’s spouse. You don’t try to earn laughs by mocking someone’s medical condition. And a man who made a movie about Black women called “Good Hair” ought to know better than to chide what does, or does not, grow out of someone’s scalp. But this was a case where the unfortunate was followed by the unacceptable.

Most of us have had a moment when we might want to smack the stank off someone. And if you live in the spotlight as Will and Jada Smith do, that probably happens several times a week. But throwing hands outside a boxing ring is rarely if ever acceptable, and throwing a punch on live television in a room full of people who hold the keys to your future is just not smart.

The Oscars were suddenly part of an international conversation for all the wrong reasons, and violence in America had once again — quite literally — taken center stage.*



Desde que los premios de la Academia necesitan justificarse más allá de la propia interpretación y se ven como la punta del iceberg de colectivos sociales, de demandas reivindicativas, cuotas, etc. un acontecimiento como la bofetada de Smith los reenvía a su mundanidad, a lo más bajo de la escala y deja al descubierto que todo lo que pretende —el Oscar como motor e imagen del progreso— quede en evidencia. La bofetada actúa como un hecho contrarrevolucionario, como una involución en la que en afortunada frase de Michelle L Norris, "lo desafortunado es seguido por lo inaceptable". Pero el problema es que lo inaceptable y lo desafortunado es ampliamente consumido y repetido aunque sea para su condena, generando una sinfonía a lo Berlioz, llena de sonido, furia y mucho de recreación mecánica.

Más abajo, descendiendo por la página de The Washington Post, me encuentro con la correspondiente tanda de noticias sobre la bofetada, todo un ancho de página. También ellos han sucumbido a la tentación, negando el espacio privilegiado a todos los que, por citar a su articulista, han luchado mucho para llegar allí y se ven desplazados por la imagen omnipresente, ineludible, descompuesta en momentos, de la bofetada.

La BBC, por ejemplo, se centra una línea destacada en el suceso, la alopecia de la esposa de Smith. Siguiendo la línea positiva, se apuntan a ya es hora de hablar del problema y que la bofetada es una entrada en él, una ocasión. No deja de ser un punto de vista, pero también nos dice mucho sobre cómo se mueven en la fila los problemas que nos acucian con mayor o menor intensidad. Un hecho como este llama la atención sobre un problema real de la gente.

En el ABC se produce un curioso fenómeno de reciclado. A un artículo de opinión titulado "El Príncipe de Bel Air ha perdido el sentido del humor", firmado por Karina Sainz Bongo, y otro del provocativo Salvador Sostres, titulado "Insultar", se suma un artículo titulado "Violencia, drogas, infidelidad… la no tan feliz vida de Will Smith", fechado el 6 de diciembre de 2021, a cuya entrada se ha añadido el siguiente texto:

Will Smith fue el protagonista de la noche de los Oscars, y no sólo por ganar la estatuilla a Mejor Actor por su papel en “El método Williams”, sino por el bofetón que propinó al cómico Chris Rock durante la gana por llamar Teniente O' Neil a Jada Pinkett haciendo referencia a la alopecia que sufre la mujer del actor.**

De esta forma, el pasado se reescribe a la luz del presente, actuando de una forma asociativa. La "infancia traumática" que se invoca establece una extraña línea causal en la que a esa "violencia, drogas, infidelidad" y los puntos suspensivos del viejo título se añaden ahora la televisiva bofetada como el que pone la estrella en el árbol de navidad. No cae muy bien "el príncipe de Bel Air" en ABC, según parece.

¿Héroe, villano, aguafiestas, chupacámaras, narcisista, machista? ¿Es un poco el Don Lope del Tristana, de Galdós que Buñuel llevó al cine, una figura con demasiado orgullo protector machista, defensor de un concepto de honra un poco desgastado? ¿Una bofetada desafío, un nos vemos en la madrugada en las afueras? ¿Un nos vemos donde usted quiera?

La bofetada es materia de futuras tesis doctorales sobre Comunicación, investigaciones sobre el consumo informativo, sobre el comportamiento de los medios y de las audiencias, de la interacción entre ambos, de los géneros discursivos y periodísticos, entre otras muchas cosas. Es como una piedra tirada al centro de un estanque.

No hay que hablar tanto de la bofetada y, con un poquito de distancia, sobre la bofetada, como un suceso que rebota en las paredes mediáticas sin cesar, que abre caminos para reflexionar sobre el mundo y lo que lo tapa, sobre sus contradicciones, sobre qué es el humor o qué es la alopecia, sobre qué es y debe ser el amor. Quizá la ceremonia de los Oscar, la forma de plantearla y presentarla sean cosas del pasado y esto se produzca como fruto de los desajustes.

Pronto, otras entregas de premios incluirán piezas con parodias de la bofetada para tratar de conjurarla, de evitar que aparezca la realidad escondiéndola tras la ficción. Es eso o eliminar los chistes de mal gusto, los chiste personales, una vieja tradición con la que no quieren acabar.

Fondo, forma y lugar crearon esta tormenta mediática perfecta que nos absorbe en sus giros temáticos expansivos. Pensamos en los medios y en la información trascendente, saber sobre el mundo. Pero el mundo hoy quiere hablar y lo hace de cosas imprevisibles, triviales en sí mismas. ¿Para qué —se preguntaría un informador— elaborar extensos análisis cuando te ves sorprendido por un hecho inesperado de esta naturaleza y se eleva a universal? ¿Qué significa que, en medio de todo tipo de sucesos históricos, de peligros universales, la realidad sea desplazada por una bofetada entre actores en la ceremonia de las ficciones cinematográficas? ¿Veremos la concesión de un Oscar a una película sobre la bofetada, un premio al mejor documental sobre este hecho en el futuro? Es probable. Hollywood necesita moralejas finales y ésta todavía está por decidir. La ficción exorcizaría a la realidad en un acto del que casi todos dudaron que no estuviera preparado. Dilema en el centro de la ficción. Esa es la clave, la "fake reality".


* Michelle L. Norris "Opinion: The 2022 Oscars were part of an international conversation — for all the wrong reasons" The Washington Post 30/03/2022 https://www.washingtonpost.com/opinions/2022/03/29/oscars-will-smith-slap-diversity-international-conversation/ 

** Fernando Goitia "Violencia, drogas, infidelidad… la no tan feliz vida de Will Smith" ABC 6/12/2021 https://www.abc.es/xlsemanal/personajes/will-smith-hijos-infancia-vida-familia-jada-pinkett.html#vca=rot-ed-7&vmc=crosslinking-xlsemanal&vso=noticia-internacional&vli=1-violencia-infidelidades-drogas-la-vida-no-tan-feliz-de-will-smith

jueves, 2 de diciembre de 2021

Simpatía por la diablesa

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Quizá era inevitable que ocurriera. La película de Ridley Scott "La Casa Gucci" estaba destinada a la controversia desde su mismo origen. Me imagino que es lo que ocurre cuando se trata una situación demasiado próxima, hechos muy cercanos. Si a esto le añadimos el carácter público, muy público, de una gran empresa que vive de su propio nombre o, si se prefiere, que su nombre es su principal activo, la controversia está servida, máxime si hay un asesinato por medio.

La CNN da cuenta de lo mal que le ha sentado a la empresa la película:

The family took particular issue with the depiction of Reggiani, played by Lady Gaga, as "a woman definitively convicted of ordering the murder of Maurizio Gucci... as a victim" in the movie itself and in statements by cast members, Italian media agency ANSA reported.

The heirs criticize "the indulgent tones towards a woman who, definitively convicted of having been the instigator of the murder of Maurizio Gucci, is painted not only in the film, but also in the statements of the cast members, as a victim trying to survive in a male and male chauvinist corporate culture," ANSA continued.

The letter went on to say that Gucci "was an inclusive company," adding that in the 1980s, when the film is set, there were several women who occupied top positions in the company.

"The Gucci family reserve the right to take every initiative (necessary) to protect their name and image and those of their loved ones," a letter signed by Aldo Gucci's heirs said.

The statement also alleged that in the movie members of the Gucci family were falsely portrayed as "hooligans" who were "ignorant and insensitive to the world that surrounded them," ANSA added.

CNN has contacted Scott's representatives for comment.*


En síntesis, es una descripción de los problemas que plantea hacer una película actual, con personajes reales y hechos que, por muy reales que sean, son vistos e interpretados desde puntos de vista distintos.

Precisamente la anterior y casi simultánea película de Ridley Scott, estrenada unas pocas semanas antes, "El último duelo" (2021) es una película también histórica, solo que unos cientos de años atrás, en el mundo medieval, pero con el peculiar tratamiento narrativo de ofrecernos la misma historia percibida desde cuatro ángulos distintos. Mientras que la historia medieval tiene una perspectiva relativista de la historia, lo que se nos cuenta en La Casa Gucci levanta ampollas acusada de unilateral y partidista.


Quizá sea que lo histórico, ya sea puntual o temático, requiere distancia. Es la diferencia entre la Historia y el Periodismo. La distancia elimina ciertos obstáculos (como las quejas de los afectados, aunque este concepto también pueda ser relativo, ya que toda obra acaba hablando del presente), pero mantiene otros. La película sobre la actualidad tiene, en cambio, muchos obstáculos aunque algunas ventajas. La proximidad implica controversia porque, como es el caso, la Casa Gucci reacciona ante su imagen, que considera malinterpretada y dañada. Pero esa misma controversia acabará beneficiando a Gucci, llevándola al primer plano mediático, y por supuesto a la propia película, que se ve promocionada por los escándalos que se generen.

¿Es cine sensacionalista como hay prensa sensacionalista? Quizá todo se trate de un ejercicio de estilo de Ridley Scott tratando de indagar (como hizo François Truffaut en los 70) entre los géneros y las realidades. ¿Son reales los seres que aparecen en la prensa del corazón, que copan las portadas sensacionalistas? ¿Cómo contar su historia en el futuro?


La película es película y es consumida como tal. Pero su efecto es ser tomada por la historia "verdadera", que ¡vaya usted a saber cómo fue! ¿Eran las personas tan retorcidas como  sus personajes? ¡Quién sabe! Lo que sí es cierto es que, entre tanto tonto, elitista y ambicioso, el personaje de Patrizia Reggiani, interpretado magistralmente por Lady Gaga se lleva las simpatías por muy antipática o asesina que sea. Cumple, además, el estereotipo de la italiana pasional frente a los decadentes Gucci. Ella es energía ascendente que tiene que tirar de un marido tirando a flojo para que este llegue a la cima y prescinda allí de ella.

¿Historia frente a ficción? Hace mucho tiempo que se entendió que la "Historia" es un tipo de discurso que escriben los vencedores, que necesita revisiones periódicas cada vez que hay un fuerte cambio político, social o generacional. Si la película llegara a ser un "clásico", los personajes quedarían fijados y superarían a las personas que los motivaron.


Toda obra de ficción es una interpretación; pero también la Historia lo es, por más que trate de centrarse en datos, números o cualquier otro autoengaño de objetividad. "La Casa Gucci" es una película. Para los Gucci —en la película se nos dice que ya no quedan Gucci en Gucci— puede ser un cruel retrato de una familia en clara decadencia, a la vista del filme. 

En el fondo, es una descripción de una "decadencia y caída" por más que la marca siga su exitosa trayectoria, quizá por librarse de ellos. Forma parte de un género y tiene sus propios tópicos. El modisto Tom Ford (que aparece como personaje) dice con tono despectivo que es un "culebrón" tipo Dinastía. ¿Y qué? Dice que estuvo muy triste tras ver la película. No debió ir porque entró en la sala con la película de su vida y esto era otra cosa. Enjuiciar las películas con las experiencias pasadas y los sentimientos fijados no es bueno. "Era mejor la novela", en este caso su vida. La película te lleva a crear nuevos sentimientos que a lo mejor crean conflictos.



¿Fue Patrizia Reggiani una víctima? En una historia de ambiciosos y presuntuosos, el personaje de Patrizia se nos presenta como "la gran mujer detrás de un hombre débil". Finalmente es un tradicional caso de despecho entre mármoles y visones, un conflicto entre mujer emprendedora y varones ociosos y débiles. ¿Ve el público con simpatía a la asesina, Simpatía por la diablesa, que dirían los Rolling Stone? 

En una galería de este tipo, la simpatía se decide por el menos malo. El corazón de los espectadores no es justo, solo resuelve los dilemas que se le plantean. Ella quería ser buena, pero no la dejaron; ellos se extinguieron simplemente por sus propias decisiones y tonterías personales, familiares y empresariales. ¿Es todo cierto? Por el precio de una entrada no tienes más derecho a más verdad.





* Nicola Rutuolo y Amy Woodyatt "Gucci family hits out at portrayal in 'House of Gucci' movie" CNN 30/11/2021 https://edition.cnn.com/style/article/house-of-gucci-family-intl-scli/index.html


lunes, 20 de mayo de 2019

Huérfanos de ficción

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Leí por algún lado la frustración de algunas personas que pusieron a sus hijas Daenerys a la vista de la evolución del personaje en estos ocho años de Juego de tronos. Es lo malo de dejarse arrastrar por la ficción. Las series se acaban, pero el nombre te queda para toda la vida. Es fácil imaginar el regreso a casa de esa niñita de seis o siete años regresando a su casa traumatizada y preguntando a su familia porqué sus amigos del cole ya no le hablan.
Espero que esto sirva de aviso a los que se dejan arrastrar por su pasión por la ficción. Si desean poner el nombre de sus héroes y heroínas a sus hijos, que al menos tengan la prevención de poner junto al nombre la temporada.


Dice el diario ABC, ya esta mañana, tras la emisión del último capítulo de esta histórica serie [atención, Spoilers; sigue leyendo solo si vas a inscribir esta mañana a tu hija en el registro civil]:

Las cosas nunca han sido sencillas para Daenerys Targaryen. La joven se presuponía como la gran heroína de «Juego de Tronos» desde el nacimiento de la exitosa serie de HBO hace ahora ocho años. Pero ya se sabe que en Poniente nada es lo que parece y la «khaleesi», irremediablemente y aunque muchos no lo viesen venir, se destapó como la gran villana de la ficción en su tramo final. Hasta que llegó Jon Nieve, su sobrino y amante, que de una estocada en el corazón acabó con el gobierno más efímero de la historia de los Siete Reinos.*



La cuestión de pasarles a los hijos los nombres de nuestros personajes favoritos debería tomarse más en serio ahora que la ficción televisiva ha encontrado un grado de madurez mayor al que tuvo por décadas. La televisión era el reino de la predictibilidad con sus personajes "planos", según la vieja terminología de E.M. Forster. Nacías y te morías con leves cambios. Pero ahora, los personajes son algo más que "esféricos". Empiezan de una manera y acaban de otra, pasando por fases diferentes. En estas condiciones, poner nombre a los hijos teniendo en cuenta las series pasa a ser algo muy arriesgado.
En estos días han terminado dos fenómenos de la ficción, el Universo Marvel y Juego de tronos. El primero ha sido una década de acompañamiento que se ha cerrado con lágrimas en todos los cines del mundo. El otro, Juego de Tronos, acabó ayer en una caída hacia la oscuridad que ha dejado a muchos tambaleándose por la sacudida emocional.


Han sido dos formas de plantear la ficción: Marvel ha manejado el cine como si fuera televisión; Juego de tronos ha manejado la televisión como si fuera cine. Dos grandes aventuras narrativas que han corrido paralelas a la realidad y que son y serán estudiadas. Nos darán información sobre nuestra forma de relacionarnos con el consumo cultural, pero sobre todo sobre lo que nuestra fantasía colectiva requiere. Más allá de los datos, lo importante es el impacto en la imaginación colectiva, el universo de metáforas y referencias con las que se asientan.
El tiempo que se han mantenido, la duración de la aventura, es asombroso en un tiempo de productos efímeros, olvidables y olvidados. En momentos en que las cosas apenas duran, han sido capaces de mantener el interés, la atención y la admiración de millones de personas por todo el mundo. Eso es muy importante, un auténtico fenómeno más allá de la mercadotecnia.
Cada uno de los proyectos ha terminado de una manera. El Universo Marvel es abierto porque ya lo fue en los cómics, donde se ensayaron las formas alternativas de unos superhéroes que surgían de las cenizas para reinventarse con nuevos artistas que respetaban a los personajes, algo que nos les impedía reformularlos. Juego de Tronos es una historia que difícilmente podrá resurgir de su propio monumento. Pero todo es posible. 


En estos día en los que han abundado los programas recordatorios de la evolución de la serie, ha sido bonito escuchar los comentarios de algunos actores enfrentados a sus propios personajes. El desconocimiento de la evolución de los personajes ha hecho que se afianzaran mucho más las relaciones entre ellos creando una verdadera tensión emocional. El enfrentamiento a la muerte en la ficción de algunos de sus compañeros, personas con las que habían convivido durante ocho años, les había afectado, según su testimonio, profundamente. Habían vivido esos momentos con una intensidad especial que les hacía emocionarse al contarlo.
El Universo Marvel ha dejado algunas grandes películas, pero por encima de eso, un "universo" visto desde distintas perspectivas, a través de diferentes visiones. Juego de tronos ha sido capaz de crear otro, un descenso a la oscuridad de los seres humanos, con capítulos dignos de ser recordados en la historia de la televisión. Si en Marvel era el viaje de lo individual a lo colectivo, la fuerza del grupo, en Juego de Tronos el camino era otro, hacia la locura y la destrucción.
Expresa ABC esa trayectoria:

Y es que tras su larga odisea buscando el Trono de Hierro, la protagonista de «Juego de Tronos» se ahogó muy poco antes de llegar a la orilla. La crueldad de Cersei Lannister, la inesperada (y dañina) amenaza de Jon Nieve (o mejor dicho, Aegon Targaryen Jr.) y la extenuante amenaza de los Caminantes Blancos terminaron por desatar la ira desmedida de un personaje, el interpretado por Emilia Clarke, que nunca se caracterizó por tener mucha paciencia y que, por librar una guerra que no entendía como suya, perdió a su mejor amiga (Missandei), a su más leal consejero (Jorah Mormont), al líder de sus dothrakis (Qhono), a la mayoría de su incontable ejército y a dos de sus tres «hijos», los dragones Rhaegar y Viserion.*


Sea como sea, ambos caminos ha dejado sus frutos y han evitado la monotonía ganando en espectadores y seguidores. Basta con leer las reacciones para comprender el sentimiento de orfandad en que muchos han quedado tras los cierres de ambos universos. 
Estas dos gigantescas empresas visuales son la marca de una generación, forman parte de sus señas de identidad, como El Señor de los Anillos o Harry Potter lo han sido de otras. Han creado un mundo compartido que ha dejado huella. Muchas otras ficciones se han acabado, pero pocas como estas.
Las emociones al salir del cine eran verdaderas. La llegada del fin de Juego de Tronos también. No es solo la llegada de un final, sino el hecho de que no haya más, que se abra un vacío de ficción. El listón está muy alto.
Y ahora ¿qué?



* "Daenerys Targaryen, la rompedora de cadenas de «Juego de Tronos»... que dejó de serlo" ABC 20/05/2019 https://www.abc.es/play/series/noticias/abci-game-thrones-daenerys-targaryen-rompedora-cadenas-dejado-serlo-juego-tronos-201905180052_noticia.html