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sábado, 23 de noviembre de 2019

La culpa como vocecita interior

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Me llama la atención, entre tanto titular extraño, uno de ABC: "Cómo dejar de sentirse culpable por todo". No se trata solo de "cómo dejar de sentirse culpable", sino que está ampliado con un "por todo" que llama mi atención. ¿Realmente hay gente que se siente culpable "por todo"? En estos tiempos irresponsables, ¿puede que las culpas que unos no asumen sean recogidas por otros para que salga el cómputo final?
Es indudable que en esto de la "culpa", la indiferencia es una gran ventaja. Los que siguen para adelante sin sentir el más mínimo remordimiento tienen la enorme doble ventaja del descaro y la reincidencia, que se unen formando un poderoso tándem defensivo frente a la culpa.
La teoría general aceptada es que sentirse culpable está mal e interfiere en mi derecho a la felicidad. Pero ¿ante quién reclamo yo este derecho que todos me reconocen y me juran respetar, aunque nadie lo haga?


Pienso en personas que se deberían sentir culpables y que, sin embargo, no se sienten así y me pregunto si no estaría bien escribir para ellos un libro de auto ayuda para que se sintieran un poquito culpables por lo que nos hacen a los demás, que nos sentimos víctimas. Ser "víctima" es también un derecho universal, que también me reconocen, claro. Todos somos víctimas de algo y gracias a ellos avanzamos.
Leo en el artículo la explicación del fenómeno de la culpa:

«La culpa es de las emociones más tóxicas que existen». Así define la médico-psiquiatra Marian Rojas Estapé este sentimiento que irrumpe la tranquilidad mental en muchos momentos de nuestra vida. «Consiste en pensar que uno no ha actuado correctamente en algún momento de su vida o que no ha cumplido las expectativas que se habían generado decepcionando a otras personas o decepcionándose a sí mismo. El impacto puede ser igual de fuerte cuando se trata de decepciones a un cercano o a uno mismo», cuenta la psicóloga. Pero, ¿cuál es el origen de esta culpa? «Varía según las circunstancias: exigirse mucho, haber tenido una educación muy rigurosa o ser hipersensible a lo que sucede en tu entorno, entre otros. Pero también tiene que ver con la relación que se tiene con los compañeros, con los amigos, con la familia...», aclara Marian Rojas, autora de «Cómo hacer que te pasen cosas buenas», el libro que ha ayudado a más de 200.000 personas.*



Según esta definición, la única persona que reúne ese cuadro es Albert Rivera, al menos en España. La vuelvo a leer varias veces y no se me ocurre nadie más. Quizá el libro es demasiado bueno y esas 200.000 personas son el conjunto de los cargos políticos en España, se trata de su libro de cabecera.
Escucho con atención a algunos comentaristas políticos que las televisiones nos ofrecen y me sorprende ver hasta qué punto se han contagiado de los mecanismos exculpatorios de la clase política. Han entrado en fase numérica y se han dejado llevar por los puntos de vista. Han dejado de ser "mediadores" y han pasado a ser traductores de los enredos políticos incomprensibles.

A pesar de ser una emoción destructiva, hay que prestar especial atención a la culpa. ¿Por qué? Porque está vinculada con la actitud. «La culpa es una voz interior y hay que procurar que esa voz nos ayude a superarnos y no a hundirnos. Se debe tener cuidado con ese autoboicot del 'lo has hecho mal', 'no lo vas a conseguir'... Te hunde, no te permite avanzar y hace que te quedes enquistado en el pasado, además de llevarte o acercarte a estados depresivos muy severos», alerta Marian Rojas Estapé.*

Confieso que no entiendo la lógica del "a pesar". ¿No deberíamos prestar atención precisamente por eso? Reconozco que mi conocimiento de la autoayuda no es mucho y que tenga  sentido para los expertos en autoayuda y para los adictos a ser ayudados.


Lo de la voz interior sí me interesa porque la gente que solo escucha las voces interiores y no las exteriores tienen cierto peligro. Vuelvo a pensar en Rivera y en la culpa como coro interior frente a la "soledad sonora" de aquellos con más peligro y más votos que ha reinterpretado sin culpa el escenario que han creado.

A veces las voces interiores se llaman "responsabilidad", que no necesariamente coincide con la "culpa". A veces las voces que te hacen sentir culpable es porque eres culpable, algo que no sé bien cómo se resuelve en términos de "autoayuda".
Puestos a tener que elegir, me quedo antes con los que se sienten culpables que con los que hacen de todo sin sentir ni asomo de culpa. Desde el punto de vista de la sociedad, los peligrosos son estos últimos, que son capaces de llevarse todo por delante sin levantar una ceja o tener un ratito de insomnio.
Como todo, la culpa es una cuestión relativa y que tiene mucho de valoración propia. La sorpresa de los que estudiaron la ausencia de sentido de culpabilidad de los funcionarios nacis es un ejemplo; estaban muy contentos con la eficiencia de su trabajo.
Nuestro sistema político no se siente responsable y, menos todavía, culpable de la situación en que nos encontramos. No sé qué tipo de voces escuchan, pero seguro que van en otro sentido. Mucho me temo que sean cantos triunfales en cualquier circunstancia, llamadas al apocalipsis. Por eso ha parecido tan sorprendente lo que ha hecho Albert Rivera al dimitir e irse a su casa. No creo que sea culpable de nada, pero se ha sentido al menos responsable de algo. Y eso es mucho más de lo que tenemos, gente que no se siente ni culpable ni responsable de nada. 
Quizá la clase política haya leído el libro para no sentirse culpable, pero sospecho que se habría utilizado como promoción de la obra, lo que llevaría a un éxito de ventas seguro. 


No sé si habrá algún psicólogo capaz de abordar esta indudable patología política.  Quizá sea porque ahora, con la "nueva política", son tantos que la culpa se queda en "vocecita", apenas audible, de repartida que está.
Hemos pasado en nuestra cultura occidental del ejemplo de Edipo y su sentido de la culpabilidad a combatirlo con la autoayuda. Nuestra sociedad rechaza ser culpable y por eso el ejemplo negativo sirve de coartada: los culpables son los otros. La culpa no es sentido de la responsabilidad ante lo hecho, sino defecto, emoción tóxica, da igual que haya o no motivos para sentirse culpable. Las razones de la culpabilidad no importan; solo que es una molestia. Si Edipo hubiera tenido un libro de autoayuda...
Me adentro en la lectura que me describe qué hacer para que me ocurran cosas buenas y no dejarme llevar por el sentimiento de culpa de las malas. Interesante...


* "Cómo dejar de sentirse culpable por todo" ABC 21/11/2019 https://www.abc.es/bienestar/psicologia-sexo/psicologia/abci-como-dejar-sentirse-culpable-todo-201911210142_noticia.html

miércoles, 30 de noviembre de 2011

De la Ilustración a la Autoayuda


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Cuando Kant se planteó qué era la Ilustración en su escrito de 1784, apuntó lo siguiente:

La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de la inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón!: he aquí el lema de la ilustración. (25)*

El crecimiento desmesurado de los estantes de las secciones dedicadas a la Autoayuda en las librerías de todo el mundo desmiente rotundamente que nos hallemos en una época ilustrada. La proliferación de asesores, tutoriales, asistentes, vivos o mecánicos,  de gente que permanentemente les dice a los demás qué deben hacer y —lo peor— la necesidad manifestada por millones de ser guiados en las cuestiones más nimias, nos muestran que la inseguridad es el gran negocio del siglo XX y se prolonga en el nuestro. El sociólogo norteamericano Christopher Lasch lo supo ver muy bien en la proliferación de los “expertos” en todos los sectores.

La aparición de los expertos es una consecuencia directa de las carencias que aquello que debía liberarnos, la educación, deja en nosotros. El enfoque de la educación como el reflejo de las necesidades del sistema productivo y no como una necesidad de la persona hace que el conocimiento rentable se identifique como aquel que es capaz de generar un beneficio económico. Aprendemos lo que el sistema necesita que sepamos, no lo que necesitamos realmente saber. Eso nos deja desprotegidos por muchos flancos personales. Así nuestras preguntas angustiadas se resuelven con esos libros en los que, por un módico precio, nos refugiamos en sueños artificiales, en fabulaciones personales generadas a granel para sentir esa perversa sensación de que somos especiales. Ya Flaubert dejó en evidencia la vulgaridad de los seres que se creen diferentes, pero nosotros, lejos de aprender la lección, la hemos ampliado hasta el infinito. Somos pasto de aduladores y retóricos, de predicadores de bienes o males, de flautistas que nos embelesan con sus cantos y tonadas, recomendaciones o peroratas. Cualquier cosa menos pensar, cualquier cosa menos ese ejercicio de autonomía que Kant señalaba como necesario objetivo vital y social.

La culpabilidad que el filósofo alemán señalaba se sigue manteniendo porque teniendo al alcance las herramientas que pueden concedernos esa autonomía, sin embargo las rechazamos en pos de los acogedores lazos en los que nos dejamos mecer en sueño infantil prolongado. “Es tan cómodo no estar emancipado”, señalará Kant unas pocas líneas después. Si hay un rasgo que define nuestra época es, precisamente, su inmadurez, pues no es otra cosa el refugiarse en la indecisión, alentados interesadamente por aquellas fuerzas a las que esto conviene.
A diferencia de otras épocas en las que se exigía la sumisión mediante la fuerza, la nuestra se deja seducir por los recomendadores profesionales de todos los órdenes. Esto incluye la política, entendida como un gran campo de seducción y renuncia, y no de crítica y compromiso, como debería ser, y casi cualquier otra actividad, como el arte o el consumo, que ha absorbido a las demás a través de la mercadotecnia.

La comunicación ha alcanzado el nivel de ideología en la medida en que se ha convertido en una herramienta indispensable en un mundo mediático y mediatizado. La forma comunicativa pasa a ser determinante por encima de sus contenidos, como técnica. Puesta al servicio del vacío seductor, la comunicación es lo contrario de la ilustración propugnada por Kant. Esa “tutela del otro” pasa a ser objetivo de una comunicación entendida como seducción y presión. La forma de mantener el contacto permanente es hacer que los que son contactados perciban la distancia como angustia y busquen la proximidad como forma de superarla. Al final, es el mero hecho del “contacto” el que tiene valor psíquico. Vacío de contenido, el contacto suple a la caricia, a la transmisión de seguridad. Pasa a ser un elemento emocional, adictivo y dependiente. Lo contrario de la emancipación razonadora, que olvida las caricias protectoras y te lanza a la vida a equivocarte y madurar.


Los libros de autoayuda son la confirmación de la falta de autonomía, la solución que viene de fuera, la luz exterior frente a la luz interior. La verdadera autoayuda es la que nos buscamos nosotros mismos. El uso de “auto” aquí es casi un sarcasmo. No deja de ser curioso que los llamen de autoayuda cuando los escriben otros; es una muestra más de esta seducción aduladora que nos vende que somos nosotros mismos los que llegamos a resolver algo. La distinción entre “ayuda” y “autoayuda” es la encuadernación, ya que estos libros no son más que obras en las que se vierte la experiencia de los que los escriben. Tienen la virtud de hacernos creer que están escritos especialmente para nosotros —de ahí su peculiar lenguaje directo, en la mayor parte de los casos—, cuando la vulgaridad repetitiva del nosotros que encarnamos hace que ni tan siquiera merezcamos tener problemas originales. El hecho de que se vendan por miles es la certificación de la vulgaridad del problema.
No hace mucho tiempo, una alumna que había leído algunos relatos míos publicados hace unos años me dijo que le habían gustado los cuentos porque eran como de autoayuda. Me quedé sorprendido y preocupado. Entendí que esa era ya la descripción genérica del tratar los problemas característicos de, al menos, dos seres humanos.

* Emmanuel Kant (2000 7ªr): “¿Qué es la Ilustración?”, en Filosofía de la historia. FCE, Madrid.


lunes, 11 de julio de 2011

Aunque todo vaya mal, no se sienta fracasado

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

En La corrosión del carácter, Richard Sennett escribió:

El fracaso es el gran tabú moderno. La literatura popular está llena de recetas para triunfar, pero por lo general callan en lo que atañe a la cuestión de manejar el fracaso. Aceptar el fracaso, darle una forma y un lugar en la historia personal es algo que puede obsesionarnos internamente pero que rara vez se comenta con los demás. Preferimos refugiarnos en la seguridad de los clichés. Los campeones de los pobres lo hacen cuando intentan sustituir el lamento «He fracasado» por la fórmula supuestamente terapéutica «No, no has fracasado; eres una víctima». En este caso, como siempre que tenemos miedo de hablar directamente, la obsesión interna y la vergüenza se vuelven mayores. Si se dejan sin tratar, se resume en esta cruel sentencia interna: «No soy lo bastante bueno». (124)*

El fracaso no solo es una realidad, sino que es un gran negocio. Desde que Sennett publicó su libro en 1998, el fracaso ha aumentado su ya floreciente mercado. El sistema aprovecha los sentimientos a los que hace referencia Sennett —la culpa, la vergüenza…— y trata de sacar provecho de ellos ofreciéndote alternativas con las que gestionar tus estados de ánimo. El abanico es inagotable. Podemos sentirnos culpables de casi todo.
Los mecanismos psíquicos más efectivos para la manipulación son los que se derivan de la culpa. El mundo está lleno de personas a las que se les hace sentir culpables de su destino o del de los demás. Esto funciona en todos los niveles. Afecta a su renta, a su peso, a sus canas,… Al fracaso, la incapacidad de hacer lo que los demás o nosotros mismos hemos fijado, sigue el sentimiento de culpa por no haberlo logrado. No hay probablemente insulto más hiriente que el de ¡fracasado! Es un insulto que abarca desde la presidencia de las grandes empresas hasta la intimidad de los dormitorios.

 
Al ponderar tanto el éxito, nuestra sociedad incrementa los estragos del fracaso. La simple existencia de listas y rankings —una obsesión actual— implica el éxito de los que están en la cima y el fracaso de los que se encuentran en los puestos inferiores. La inhumanidad de la sociedad que estamos construyendo magnifica las distancias para que los triunfadores queden lo suficientemente alejados de los fracasados. La modestia ha dejado de ser una virtud desde el momento en el que podemos ser confundidos con un fracasado.
Del fracaso viven instituciones enteras y grandes negocios, como el creciente sector de la autoayuda. La autoayuda es la forma de intentar salir del fracaso sin tener que pasar por la vergüenza de solicitar apoyo a otros. Pedir ayuda ya es signo de debilidad y un síntoma más de porqué se ha fracasado. Las personas de éxito son las que escriben los libros de autoayuda, no quienes los compran. El aumento en cantidad y longitud de los estantes de estas secciones en los grandes almacenes y librerías es un signo preocupante del miedo al fracaso en nuestra sociedad.



Hay personas estigmatizadas, como hay países estigmatizados por el fracaso. Lo que está ocurriendo con Grecia y Portugal es un ejemplo de lo mismo, de la incapacidad de esos extraños entes impersonales llamados mercados o inversores —que somos nosotros mismos sin saberlo— de frenar su odio y sanciones al fracaso. El sistema necesita que unos vayan mal para que otros vayan bien. El mecanismo del fracaso es contagioso y se extiende como se están extendiendo los problemas de la deuda a los demás países, incluidos nosotros. Cuando desaparece el último de la lista, el penúltimo ocupa su lugar. Y sigue subiendo. El dominó del fracaso se pone en marcha.

Lo que Richard Sennett llama la “fórmula supuestamente terapéutica” consiste en pasar del fracaso, del cual es uno mismo responsable, a considerarse “víctima”, a responsabilizar a los demás. También los países pueden considerarse víctimas. Pero a diferencia de las personas, que pueden a llegar a hacer un examen medianamente consistente de las causas de su fracaso y superarlo, los países lo tienen un poco más complicado. En primer lugar, porque las causas que llevan al fracaso se pueden haber estado vendiendo hasta minutos antes como claves del éxito. La política tiene estas incongruencias al ser un arte que oscila entre los hechos y las palabras. A veces los hechos se quedan en palabras y a veces las palabras sirven para encubrir los hechos. Los principales obstáculos para la terapia del fracaso suelen ser los propios políticos ya que, al ser el resultado de sus errores, son incapaces de asumirlos y tienden a aplicar la mala terapia de la victimización. El auge del nacionalismo en muchos países es el contrapeso terapéutico de los fracasos. Se responsabiliza a los demás: terceros países, la inmigración… Es más fácil echar la culpa a otros que asumir los verdaderos errores. Hay que romper el tabú del que hablaba Sennett, el silencio que envuelve al fracaso. La mejor terapia es la sinceridad y el debate. Con el autoengaño, individual o colectivo, no se logra nada. Solo comprender los problemas lleva a las soluciones.
Probablemente los griegos, los portugueses, los irlandeses, nosotros mismos, no sabemos qué hemos hecho mal, pero nos señalan como fracasados y se empeñan en hacernos sentir culpables. Usted y yo hacemos lo mismo todos los días, pero el mundo se mueve en una dirección o en otra. No lo entendemos muy bien, pero unos días subes y otros bajas en las listas oficiales de países fracasados. Hay muchos que lo explican, pero muy pocos que lo solucionen.

* Richard Sennet (2011 11ªed.): La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. Anagrama, Madrid.