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domingo, 14 de abril de 2013

Ding, dong

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Mientras el gobierno Cameron ha organizado un gran funeral como homenaje  la figura de la ex primer ministra Margaret Thatcher, los que no la valoran tan positivamente su recuerdo han creado su propia forma de celebrarlo: llevar hacia el número uno de la lista del "Top 40" de la BBC una canción alusiva, "Ding dong, the whitch is dead", perteneciente a la banda sonora de la película El mago de Oz (The wizzard of Oz 1939). Estar en la lista del Top 40 implica que la BBC tendría que emitirlo en el programa que da cuenta de las canciones. La polémica lleva toda la semana en los medios de comunicación y en las instituciones: ¿se debe emitir? En el momento en que escribo esto, la canción se encuentra en el número 10 de la lista. Para los políticos conservadores, las calificaciones oscilan entre el "insulto inaceptable", la "falta de respeto" y el "mal gusto". Los políticos se encuentran divididos entre el respeto institucional a la BBC, el respeto a la memoria de la fallecida y el respeto a los gustos del público, un conflicto de intereses.


La decisión de la BBC es emitir solo unos segundos de la canción. De esta forma cumple con su función de no interpretar los motivos de sus oyentes para seleccionar las canciones y no censurarles y realiza una acción "diplomática" respecto a las presiones políticas para que no emita la canción. Puede satisfacer a todos o, lo más probable, a ninguno. Será atacada por recortar el "tema" y por haber emitido el breve estribillo de la canción, que se limita a repetir "Ding, dong. The witch is dead" como alegría de los pequeños munchkins ante la muerte de la bruja. En el terreno de lo simbólico, con que sea emitida unos segundos será considerado un éxito para los que lo han promovido. No hace falta más.

Hoy muchas batallas son mediáticas. Sin que se haya emitido todavía la canción —el programa es hoy— han conseguido que el estribillo "Ding, dong. The witch is dead" sea —como acaba de ocurrir al escribirlo yo— repetido en millones de páginas de periódicos y medios digitales, ya sea para apoyarlo o para atacarlo. La polémica es el objetivo, lo más rentable.
De que Margaret Thatcher sea una figura histórica trascendente, no lo duda nadie. La interpretación del sentido de esa figura es lo que mueve pasiones contrarias, sentimientos opuestos, de la admiración y el respeto hasta el odio más profundo y el desprecio a su legado. Alguien que pasa a la Historia diciendo "¡no, no, no!" entre sus frases más recordadas, no puede ser indiferente.
La virulencia de las celebraciones de la muerte de un dirigente en un país democrático pueden parecer excesivas, pero, como ha señalado también The Mirror al recordarla en su portada, fue la "mujer que dividió al país", que marcó un antes y un después, pero sobre todo una polarización extrema de la sociedad.
El mundo se encuentra hoy bajo los efectos de aquel tandem creado a ambos lados del Atlántico entre Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Marcaron sus políticas y las de los demás, incluso las de sus propios opositores quienes no tuvieron más remedio que transitar sobre sus surcos o les faltó más valor para cambiarlos. Decidieron que el tamaño de los estados era el problema, que lo eran las decisiones de sus dirigentes. Menos las suyas.



Crearon, sobre todo, una gran metáfora, la de la "responsabilidad", llevando al discurso político y a las instituciones la idea de que los estados fomentaban la irresponsabilidad de las personas al ampararlas. La madurez, decían, es que los individuos asuman los riesgos de sus propias decisiones. La gran crisis en que nos vemos inmersos —en gran medida, hija de sus acciones— nos demuestra la falacia de ese planteamiento, que la "ley del embudo" es la verdadera ley del capitalismo salvaje que ellos retomaron: el beneficio es individual, las pérdidas colectivas. Crearon, además, una respuesta comodín a todos los problemas: cualquier problema creado es porque no se ha liberalizado lo suficiente. Una respuesta que constituye una salida de emergencia a las responsabilidades por lo que se hace a quienes lo hacen. Nunca han hecho bastante, sino que les queda por hacer. La culpa es de los demás, que se resisten.
La extrema respuesta a la muerte de Lady Thatcher es porque muchos sienten que todavía sigue en el poder, que todavía se perciben su efectos.







sábado, 7 de enero de 2012

Maggie, Margaret y la Dama de Hierro

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El diario El País se hace eco de las reacciones ante la nueva película de Meryl Streep en la que interpreta a la que fuera Primera Ministra británica, Margaret Thatcher*. Por más que queramos, la forma de responder ante una iniciativa artística de este tipo, la recreación de un personaje conocido, no suele ser imparcial porque, entre otros muchos motivos, no puede serlo. Nunca somos indiferentes y siempre esperamos que el retrato que nos ofrecen concuerde con el que nosotros hemos elaborado. Desde el punto de vista político, a unos les parece que hace justicia negativamente y a otros que no lo hace positivamente, que viene a ser no contentar a nadie. Eso sí, todo se rinden ante el arte de la actriz. Y esto no ocurre solo con las personalidades políticas.

La recreación artística de una persona conocida y próxima en el tiempo suele ir acompañada de reacciones de este tipo. Recientemente hemos tenido varios casos de recreación de Richard Nixon, los interpretados por Anthony Hopkins, en la cinta de Oliver Stone (Nixon, 1995), y por Frank Langella, en El desafío: Frost contra Nixon (Frost /Nixon 2008), dirigida por Ron Howard. Son frecuentes la apariciones de John F. Kennedy, al que durante años se le puso la cara del actor Martin Sheen, que pasó a ser considerado, no sé si con su consentimiento, como el prototipo de lo que debe ser un presidente norteamericano visto desde el asiento de una sala de proyección o el sofá televisivo. Esto se desprende del número de veces que ha interpretado a presidentes, incluido por supuesto su interpretación del presidente Bartlet en la serie televisiva El ala oeste de la Casa Blanca (The West Wing). Recientemente hemos tenido en las pantallas a la Reina de Inglaterra, al Che Guevara y a otros personajes conocidos, vivos en algunos casos.

Frost y Nixon reales
Para un actor, representar a un personaje reciente en la era de los medios audiovisuales, en la que existe todo un registro de gestos, voces, expresiones, etc., no es sencillo. Los actores que han representado a Churchill se han pasado todo el día con el puro entre los dedos y haciendo la “V” de victoria. El problema está en que esos detalles son para muchos la esencia del personaje. Un mohín con los labios, una subida de cejas, una sonrisa especial…, la caza de detalles que aporten verosimilitud al personaje suele ser una tarea crítica porque el mismo elemento que nos lo identifica nos evita que podamos percibir otros. Hay actores que caen presos de un tic, impidiéndoles salir a los terrenos abiertos de la interpretación. El gesto tapa al personaje. Muchas actrices han querido ser Marilyn Monroe tiñéndose el pelo y haciendo un mohín con sus labios; no es fácil interpretar un personaje de artificiosidad tan natural y de naturalidad tan artificial como Marilyn. La actriz Michelle Williams, quien acaba de protagonizar My week with Marilyn, ha señalado “I'm most interested in her life before she became Marilyn. For me, the interest wasn't so much in this larger-than-life personality.” Es en esa parte de la vida, en la que ella no era la que conocemos, en donde puede encontrar la naturalidad que evite la caricatura.

Philip Seymour Hoffman y Toby Jones recreaciones de Truman Capote

No hace mucho pudimos ver, casi en una misma temporada, dos interpretaciones diferentes de un mismo personaje real, Truman Capote. Las divergencias en un proyecto para llevar a la pantalla la historia que rodeó su “novela-verdad”, A sangre fría (In cold blood) dieron lugar a un desdoblamiento interesante. En 2005, la película Capote le sirvió para ganar un premio de la Academia al actor Philip Seymour Hoffman. Un año después, Historia de un crimen (Infamous), dio ocasión al actor Toby Jones para recrear de nuevo al escritor. La crítica tuvo una reacción insólita: algunos llegaron a decir que el Oscar había ido al actor equivocado, haciendo referencia a que si la interpretación de Hoffman había sido buena, la de Jones había logrado superarla y situaba al espectador ante un Capote casi real. No suelen darse casos de unanimidad así, aunque algo parecido llegó a concedérsele a la actriz Helen Mirren con su interpretación de la Reina de Inglaterra (The Queen, 2006).


Para un actor siempre es un reto la interpretación de un personaje real. Pero en estos casos, los conflictos se pueden plantear, como ocurre con el de Meryl Streep, más allá de la interpretación y referida a la historia. Debe ser frustrante para una actor o actriz dar vida a un personaje para que después el debate se traslade a si se debe mostrar al personaje bajo el deterioro mental de la vejez. El debate deja de tener sentido estético —rara vez lo tiene— y se adentra en terrenos complicados. Algunos han señalado que a los norteamericanos no les habría hecho gracia ver a Ronald Reagan representado en los momentos de su deterioro psíquico senil, llevando la polémica a un terreno estéril. Quizá sea inevitable que este tipo de películas tengan ese problema siempre, como lo tienen las biografías en el terreno literario. Nunca dejan satisfechos a nadie.

Una de las polémicas más acaloradas respecto a las películas biográficas fue la que suscitó la magnífica obra de Milos Forman, Amadeus (1984). Recuerdo la discusión mantenida en la prensa española entre el psiquiatra Vallejo Nágera, el crítico musical Antonio Fernández-Cid y, finalmente, la gran mezzosoprano española Teresa Berganza. La cantante escribió lo siguiente: “El producto chapucero de la industria fílmica que sobre la vida de Mozart invade las pantallas al tiempo que maltrata y tergiversa la vida de uno de los más grandes genios de la Humanidad, conduce al espectador incauto hacia esas zonas de pseudocultura donde, por obra y gracia de la masificación, el error se enraíza como planta mala, y el hombre-masa que acude a las salas de proyección pasa a engrosar, ingenua o inocentemente, la infinita turba de los necios” (“Mozart”, Tribuna abierta, ABC 27/4/1985 p. 33). El infinito amor de Teresa Berganza por Mozart le hace caer en el error de pensar que nos encontramos ante una biografía realista, quizá inducida por el propio tratamiento cinematográfico. Berganza señala en el artículo de ABC que vio la película en Viena y que sintió rabia, indignación y lágrimas en sus ojos. Llega a escribir: “Deseo que el peso de las estatuillas que —¿premian?— esa obra la hunda para siempre en el abismo del olvido”. El error, como ya señaló Roland Barthes, es pensar que la biografía es una forma de dar cuenta de una verdad existente, la vida. Toda biografía es una forma de ilusión.


La interpretación que Tim Hulce hizo de un Mozart cretino no se refería al personaje real sino a algo que Alexander Pushkin, el romántico ruso, ya había planteado —recogido de la época— en la historia de una rivalidad entre Mozart y Salieri, como drama sobre la envidia. Curiosamente los que se ofendieron tanto por la representación de Mozart, no lo hicieron con la igualmente distorsionada y simbólica del músico Antonio Salieri. Peter Scheffer fue lo que retrató en su obra de teatro Amadeus y fue lo que Milos Forman llevó a las pantallas para deleite de millones de personas y frustración dolorosa de Teresa Berganza. La forma de representar la envidia era la pregunta de Salieri de por qué Dios es tan injusto como para conceder los favores de la genialidad a alguien tan idiota como el personaje representado por Hulce. El actor, sin tener que preocuparse por caracterizaciones —como en los casos de Nixon o Thatcher—, gestos o cualquier otro documento sonoro o visual, centró estilizadamente la interpretación de Mozart en su estruendosa risa, para irritación de muchos que entraron inmediatamente a discutir sobre la historicidad de la carcajada. Algunos citaron cartas o documentos que otros no encontraron y es probable que eso forme parte de la leyenda, como tantas otras cosas relacionadas con el genial autor. Pero aunque no encuentren el documento que pruebe que aquella risa era digna de un cretino, está el hecho de formar parte de la tradición —no del hombre-masa orteguiano condenado por Teresa Berganza—. En la obra de Herman Hesse, El lobo estepario, la risa de los dioses, de los Inmortales, está representada por la risa estridente de Mozart. Será la que salve finalmente de su propia gravedad al suicida Harry Haller. La risa es la risa dionisiaca, de Zarathustra, infantil, absurda, que Nietzsche coló en la obra de Hesse, este en la obra de Shaffer y Milos Forman en nuestros oídos a través de Tim Hulce.

Nunca es fácil interpretar a un personaje que surge de un ser real, porque a su vez los seres reales somos personajes de nuestras propia vidas y ofrecemos al escenario del mundo un sinfín de poses y tics. La verdadera grandeza del actor no consiste en la mímesis del personaje real sino, por el contrario, en hacer una auténtica creación de lo que se puede quedar en mera recreación. La interpretación del actor es eso, interpretación, la elección de una de las muchas posibilidades que el arte tiene de crear vida y no solo de imitarla.
No existe una Margaret Thatcher real entre Maggie y La dama de hierro. Existe un fantasma múltiple que trata de convencernos de su propia solidez y unicidad. Y es ese fantasma el que el actor o actriz trata de encarnar ante nuestros ojos con mayor o mejor fortuna, pues en el arte solo se trata de crear ilusiones convincentes más que de verdades eternas.

* “’La Dama de Hierro’ divide a los británicos también en las pantallas”. El País 6/01/2012 http://www.elpais.com/articulo/cultura/Dama/Hierro/divide/britanicos/pantallas/elpepucul/20120106elpepucul_4/Tes