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lunes, 16 de julio de 2012

Malthus y la verdad que sufre

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Robert Malthus
En las primeras líneas del primer capítulo de su Ensayo sobre la población (1798), Robert Malthus escribió:´

Los grandes e imprevisibles descubrimientos en los últimos años en la filosofía natural; la creciente difusión de la cultura general, gracias a la extensión del arte de imprimir; el espíritu investigador, ardiente y libre, que prevalece en el mundo culto e incluso en el mundo inculto: la nueva y extraordinaria claridad sobre la vida política, deslumbrando y asombrando a los más entendidos y, especialmente, aquel tremendo fenómeno surgido en el horizonte político, la Revolución francesa, que, como un cometa en llamas, parece destinado sea a inspirar una vida nueva y vigorosa, sea a abrasar y destruir la mermada población de la tierra; todo ello ha contribuido a suscitar en la mente de muchos hombres de talento la idea de que la humanidad ha llegado al borde de un período en el que han de producirse importantísimos cambios, los cuales, en cierta medida, serán decisivos para el destino futuro de la sociedad humana.
Se ha dicho que el hombre se halla frente a una alternativa: o marchar adelante con creciente velocidad hacia mejoras ilimitadas y hasta ahora inconcebibles o ser condenado a una perpetua oscilación entre la felicidad y el infortunio, permaneciendo siempre, pese a todos los esfuerzos, a distancias inconmensurables del objetivo soñado. (46-47)


Las preguntas de Malthus siguen siendo pertinente hoy más que nunca: ¿en qué empleamos nuestros progresos? ¿qué significa mejorar? Hemos saludado —como la época de Malthus— la llegada de una nueva era plagada de conocimientos asombrosos, llegado a límites inimaginables, construimos mundos que desafían nuestras reglas anteriores superándolas..., pero seguimos sin avanzar en el objetivo final de todo conocimiento. Para Malthus ese objetivo era la estabilización de la felicidad más allá del sufrimiento cotidiano, la superación de los vaivenes de una naturaleza sin control y de unos seres humanos sujetos a su caóticos designios. El ser humano quiere saber más para poder estabilizar el mundo y huir de sus fluctuaciones dolorosas.

David Ricardo
El primer capítulo del Ensayo se dedica a describir la lucha entre los defensores del "estado actual de la sociedad" y los que, dice Malthus, creen en la perfectibilidad del Hombre. La lucha sorda entre unos y otros impide que la sociedad avance. Los "amigos del estado presente" atacan a los "reformistas" acusándoles de subvertir las instituciones para lanzar a la sociedad hacia una aventura sin garantías de éxito, hacia un presumible caos; los reformistas, por el contrario, acusan a sus rivales de defender un mundo imperfecto desde los prejuicios. Señala Malthus:

En este ambiente de enemistad, la causa de la verdad no puede menos de sufrir. Los argumentos de peso, por una parte y por otra, no tienen la posibilidad de ejercer la influencia que merecen. Cada uno prosigue con su propia teoría, sin preocuparse de enmendarla o mejorarla atendiendo a lo expuesto por sus contradictores. (48)


La edición que manejo contiene una interesante introducción de John Maynard Keynes manifestando su admiración por Robert Malthus, al que considera el "primer economista de Cambridge". Da cuenta Keynes de la profunda amistad de los dos grandes rivales del pensamiento económico del momento, Malthus y David Ricardo, relación que unió y marcó sus vidas. Keynes pondera el "sentido común" de Malthus y critica la constante "sordera" de Ricardo ante los argumentos expuestos. Escribe Keynes refiriéndose a la relación epistolar entre ambos:

No se puede salir de la lectura de esta correspondencia sin la sensación de que la obliteración casi total de la línea de pensamiento de Malthus y el completo dominio de la de Ricardo durante cien años ha sido un desastre para el progreso de la ciencia económica. Una y otra vez en estas cartas Malthus es la voz del sentido común, cuya fuerza es incapaz de reconocer, con su cabeza en las nubes, Ricardo. Una y otra vez la aplastante refutación de Malthus choca contra una mente tan completamente cerrada que Ricardo ni siquiera oye lo que Malthus le está diciendo. (34)


John Maynard Keynes
¿Por qué triunfó una línea y no la otra? ¿Por qué se imponen unas ideas y otras no? No es nunca fácil contestar esa pregunta que probablemente se repita en todos y cada uno de los campos de las ciencias o el pensamiento. Pero lo importante es la actitud de Malthus: la apertura hacia las teorías ajenas con el cuestionamiento de las propias. En última instancia es el problema de escoger entre humildad y soberbia. Las teorías no son entes aislados, sino que son pensadas y defendidas por seres humanos que las hacen suyas frente a los que se apropian de otras. No deja de ser irónico que triunfara la línea económica de Ricardo y que Malthus, en cambio, fue la inspiración decisiva para la formulación de la teoría de la evolución mediante selección natural, desarrollada por Darwin y Wallace. Ambos leyeron el Ensayo y les mandó en la misma dirección; fue la semilla que germinó en un campo distinto.
Vivimos un momento de convulsión muy similar al descrito por Malthus en las primeras líneas del Ensayo: una época de gran riqueza intelectual, de extensión del conocimiento a lugares a los que nunca había llegado; tenemos la herramientas más poderosas desarrolladas hasta el momento en la historia de la Humanidad; poseemos información sobre la realidad como nunca hemos tenido. Y sin embargo, seguimos siendo incapaces de encontrar soluciones porque seguimos siendo humanos aquejados de los mismos defectos que Malthus señalaba.


La obligación, escribía Robert Malthus, de todas las personas sensibles al dolor que hay en el mundo es tratar de evitarlo, ponerse a pensar en cómo reducirlo y hacerlo desde la humildad de pensar que se puede estar en el error, pero que la causa es la correcta. Escuchar a los demás es siempre una buena opción. La cerrazón, el sectarismo, los desprecios, en fin, todos los síntomas de la sordera intelectual, no son más que formas estáticas que no ayudan a encontrar la solución a los problemas. Malthus se pasó la vida dando argumentos a Ricardo; Ricardo no podía entenderlos porque realmente no los escuchaba; su sordera era intelectual, la peor de las enfermedades del espíritu.
La observación de Malthus sobre los efectos de la falta de apertura  mental sigue siendo hoy cierta en muchos campos, desde la política hasta la economía. Los campos en los que han logrado sistematizar la posibilidad de superar las diferencias teóricas, eso han salido ganando. Por el contrario, las que han hecho de la discusión encastillada el fundamento de su supervivencia, grupal e individua,l se resienten de la incapacidad de encontrar soluciones reales a los problemas reales. Hay personas que llevan siempre puestas las mismas gafas teóricas de lejos y son incapaces de ver con nitidez lo que tienen próximo.


Las viejas ideas son, sobre todo, viejas. El mundo que tenemos delante es mucho más complejo, tiene variables que no había tenido nunca. Si aceptamos que nuestro mundo cambia cada día, tratemos de cambiar también nosotros. Necesitamos personas flexibles y con la humildad necesaria para comprender que lo importante es solucionar los problemas de la mejor manera posible, no tener razón. El viejo sectarismo sordo ya no funciona. Y sin embargo sigue creciendo.
Escribió Malthus:

Si yo viese que a un hombre se le ofrecía reiteradamente un vaso de vino, sin que éste le prestara atención alguna, me inclinaría a pensar que el hombre era ciego o descortés. Una filosofía más justa deberían enseñarme más bien a pensar que mis ojos me engañaban y que aquel ofrecimiento no era realmente tal y como yo lo percibía. (51)


Una sabia forma de pensar sobre el mundo —bastante más moderna que la de muchos modernos y más antigua que la de muchos anticuados—: se llama humildad y es lo contrario de lo que desde cada púlpito, cada tribuna,  cada atril, cada parlamento, cada pantalla..., se exhibe desde hace miles de años. En un mundo sin verdades absolutas, sin embargo, su causa sigue sufriendo.

* Robert Malthus (1979 4ª ed). Ensayo sobre la población. Introducción "Robert Malthus 1766-1834", de John Maynard Keynes. Alianza Editorial, Madrid.





domingo, 11 de septiembre de 2011

Un libro: Animal Spirits. Cómo influye la psicología humana en la economía, de George A. Akerlof y Robert J. Shiller

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La aspiración de las Ciencias Sociales a funcionar sobre los principios y métodos de las Ciencias de la Naturaleza no dejan nunca de suscitar equívocos. El deseo de poder comportarse como las Ciencias que se ocupan de las leyes de la naturaleza lleva necesariamente a la presunción de que su objeto se comporta de la misma manera. Se produce así un sacrificio de la realidad social como requisito para poder dar el salto.
La Economía se ocupa de varias cosas, pero esencialmente de la descripción y explicación del comportamiento social ante el uso de los recursos. El cómo contemplemos la naturaleza de ese comportamiento hará que concibamos de un manera u otra la ciencia que se ocupa de ello. Esto es decisivo porque lo primero que hace una ciencia es crear un “campo· específico y unos objetos que se comportan de una manera, cuya descripción de puede realizar en unos lenguajes adecuados.
Definir el comportamiento de los que intervienen en los procesos económicos como “racionales” significa que el comportamiento puede ser descrito en términos y  lenguajes racionales. La renovación de la ciencia en el Renacimiento hizo que la idea de que “el libro de la Naturaleza estaba escrito en el lenguaje matemático” se extendiera; esto quería decir que el modelo de ciencia por el que se apostó se basaba en la descripción matemática de los objetos, sus relaciones y comportamientos. Esto supuso que la Ciencia se dedicara esencialmente a la creación de modelos, leyes y fórmulas que presuponían “regularidad”, patrones, repeticiones. Mediante el descubrimiento de pautas (regularidades) se alcanza el deseo científico máximo: la descripción exhaustiva y la predicción del comportamiento. La descripción exhaustiva parte del principio optimista de que conoce y expresa la totalidad de los elementos pertinentes en los fenómenos, y la predicción parte del principio de que si se conoce el funcionamiento de forma completa, es posible conocer el comportamiento futuro y anticiparlo. Cuando los métodos que funcionan en el mundo de la materia se aplican a las acciones o comportamientos humanos, obtenemos un enfoque y uso con presupuestos implícitos sobre la naturaleza humana.

Robert J Shiller y George A . Akerlof
Los autores George A. Akerlof, Catedrático de Economía de la Universidad de California y Premio Nobel del año 2001, y Robert J. Shiller, Catedrático de la Universidad de Yale, creen que en el modelo actualmente imperante en la Economía, los presupuestos son incorrectos tanto por lo que se utiliza para explicar como por lo que se deja fuera. Parten del principio de Keynes, de quien se declaran seguidores, de que el centro de la Economía debe ser el estudio del comportamiento humano ante lo desconocido. Una psicología "realista" es, por tanto, un factor importante en el análisis del comportamiento económico. Esto es algo que nadie debería negar, pero que debe ser analizado en función de lo que estemos llamando “psique”. Señalan los autores, refiriéndose a John Maynard Keynes:

Su punto de vista se basaba en que la economía no está gobernada solo por los actores racionales que, «como una mano invisible», desean emprender actividades comerciales destinadas a obtener un beneficio económico mutuo, como creían los economistas tradicionales. Keynes se había percatado de que aunque la mayor parte de las actividades económicas suelen tener motivaciones racionales, también existen muchas otras actividades que están gobernadas por espíritus animales, ya que los estímulos que mueven a las personas no son siempre económicos ni su comportamiento es racional cuando persiguen este tipo de intereses. Según el punto de vista de Keynes, estos espíritus animales son la causa principal de la fluctuación de la economía y constituyen, asimismo, la causa principal del desempleo involuntario.
Por tanto, para comprender la economía conviene entender de qué modo se ve afectada por estos espíritus animales. Al igual que la mano invisible de Adam Smith representa la idea central de la economía clásica, los espíritus animales de Keynes constituyen la clave de otra visión diferente de la economía, una perspectiva que explica las inestabilidades que subyacen en el capitalismo (10)

La idea de Keynes —y la que anima a los autores— es tratar de aumentar el poder explicativo de la Economía como ciencia. La incapacidad de poder incorporar al modelo clásico económico-racional los elementos que quedan fuera por la propia forma explicativa que la disciplina establece se convierte en una grave carencia que disminuye su poder. La función principal de la Economía debería ser, precisamente, la capacidad de predecir para poder evitar las situaciones en las que el sistema económico es llevado al extremo y se produce el máximo de descontrol. La Economía se mide con las crisis. Las teorías funcionan o no teniendo en cuenta su capacidad de predicción, por un lado, y de explicación, por otro. Evidentemente, las dos funciones, la predictiva y la explicativa son de naturaleza distinta y ambas parten del principio de coherencia de los sistemas. Si los sistemas son coherentes o "racionales", podrá ser predicho y explicado su comportamiento. Si la herramienta de predicción, la teoría, se muestra eficaz significa que existen pautas, es decir, regularidades, racionalidad en última instancia.
La introducción de elementos no racionales en un sistema que se dice racional plantea problemas en el modelo, pero no en la realidad, que es la que es. El modelo debe reflejar el comportamiento de la realidad o no es un modelo útil. Es aquí donde se plantea el problema: los modelos tienden a la matematización, es decir, a convertir en magnitudes los distintos aspectos de la realidad para que puedan ser procesados conjuntamente y se establezcan las relaciones entre los distintos elementos. Si las variables pertinentes no pueden ser reducidas numéricamente, no pueden ser tenidas en cuenta más que de forma muy imprecisa en el sistema. La discusión pasa entonces al peso relativo de todos aquellos elementos que no pueden ser reducidos. La obsesión de los analistas y teóricos del sistema económico por los “indicadores” se produce por la necesidad de introducir nuevos datos en el sistema para hacerlo más preciso y predecir los cambios y evolución del conjunto. Si el sistema y los agentes que lo constituyen fueran completamente racionales y los indicadores fueran los suficientemente precisos y determinantes, la apoximación sería grande y el sistema podría ponerse a salvo de las fluctuaciones críticas, que constituyen el auténtico problema.



La importancia de los modelos pasa a depender de lo atinado de su construcción, del número y la calidad de sus indicadores. Lo relevante de los modelos es que fallan, es decir, no son capaces de anticipar las consecuencias de todas la decisiones tomadas, por lo que se vuelven inseguros y el sistema económico inestable. Y es aquí donde entra la idea keynesiana de cómo funciona “realmente” la economía y cuáles son los indicadores más adecuados para explicar su comportamiento:

Para comprender el funcionamiento de las economías y cómo podemos gestionarlas para prosperar, debemos prestar atención a los patrones de pensamiento que influyen en las ideas y los sentimientos de las personas, es decir, sus espíritus animales. Solamente podremos llegar a comprender con certeza los acontecimientos económicos relevantes si sabemos enfrentarnos con el hecho de que sus causas son principalmente de carácter mental. (17)


De alguna forma, las Ciencias Sociales  —y la Economía con ellas— deben tener un modelo implícito del comportamiento humano. La economía clásica partía de un sujeto racional que construía un sistema racional en el que se comportaba racionalmente. La Ciencia ha trabajado sobre la regularidad y ha evitado ocuparse de los elementos que escapan a lo regular y no pueden ser convertidos en “ley” o “patrón”. La basura se guardaba debajo de la alfombra. El resultado es su pérdida de eficacia explicativa y predictiva:

[…] la macroeconomía de los últimos treinta años ha seguido una dirección errónea. En sus intentos de sanear la macroeconomía y convertirla en más científica, los macroeconomistas ortodoxos han impuesto una estructura y una disciplina  de investigación que se basa en cómo sería el comportamiento de la economía si la gente solamente tuviera motivaciones económicas y su comportamiento fuera completamente racional. (276-277)

La importancia que han adquirido las Teorías de la decisión, que son la base última del comportamiento, giran sobre el cómo de las decisiones. Al igual que en otros campos sociales, al comportamiento se le van sumando todos aquellos elementos que la racionalidad había tapado y excluido pero que, sin embargo, se encuentran en la realidad. Fue lo que hizo Keynes, establecer cuáles eran esas reacciones “instintivas” ante un hecho cierto: no lo sabemos todo para decidir, pero decidimos. Esos huecos determinan que afloren en el comportamiento elementos no racionales, respuestas que proceden de nuestra visión intuitiva sobre cómo funciona el mundo. Son los espíritus animales:

En el uso inicial del término, spiritus animalis en su antigua forma de latín medieval, la palabra animal significaba «de la mente» o «que anima» y se refería a la energía mental primordial y a la fuerza vital. Pero en la economía moderna, los espíritus animales han adquirido un significado diferente y actualmente es un término económico que se refiere al componente fluctuante e inconsistente de la economía. Representa nuestra peculiar relación con la ambigüedad o la falta de certeza. A veces los espíritus animales nos paralizan, mientras que en otras ocasiones nos revitalizan y nos llenan de energía, haciendo que superemos nuestros miedos e inseguridades. (22)

La incorporación de todos estos aspectos refleja un cambio de consideración respecto a la propia naturaleza humana. La economía clásica es hija del Siglo de las Luces y de su concepción racionalista del ser humano. El “Homo economicus” es un constructo que parte de esos principios racionalistas. Son ya muchos los campos que tratan de describir los comportamientos individuales y sociales desde otros parámetros que escapen al determinismo del modelo racional. De hecho, lo que está en cuestión es la propia idea de “racionalidad”. Modificándose la idea abstracta del “Hombre”, necesariamente se tienen que modificar todas las disciplinas que parten de una descripción que no se considera ya totalmente pertinente. Nuestros descubrimientos actuales en distintos campos, especialmente, desde las neurociencias y ciencias cognitivas no han hecho sino modificar esa visión dieciochesca y decimonónica del ser humano. No es de extrañar que, por ejemplo, Keynes sintiera admiración y fascinación por la obra del novelista Joseph Conrad, pues Conrad supo indagar en esos “espíritus animales” del comportamiento y que no son otra cosa que los miedos instintivos que rigen nuestro comportamiento y reajustan “racionalizándolo” nuestras decisiones. Somos seres que nos enfrentamos a nuestra necesidad de decidir mediante mecanismos psíquicos de defensa. Tapamos nuestras inseguridades, desconocimientos y miedos con fórmulas de coherencia con las que ocultamos nuestras raíces débiles.
Los autores señalan cinco factores determinantes en la economía, que serán los que analicen, capítulo a  capítulo, a lo largo de la obra:

— La piedra angular de nuestra teoría es la confianza, así como los mecanismos de retroalimentación entre esta y la economía, que magnifican los desórdenes.
— El establecimiento de salarios y precios depende en gran medida de temas relacionados con la justicia social.
— Analizamos la tentación a caer en comportamientos corruptos y antisociales y el papel que ello representa en la economía.
— La ilusión monetaria es otra piedra angular de nuestra teoría. El público confunde inflación y deflación y no es capaz de razonar sobre sus efectos.
— Finalmente, nuestro sentido de la realidad, quiénes somos y lo que hacemos, se entremezcla con la historia de nuestra vida y con la de los demás. El conglomerado de estas historias constituye una historia nacional o universal que por sí misma representa un papel importante en la economía. (25)

Confianza, justicia social (equidad), corrupción, ilusión monetaria y las historias en las que nos representamos constituyen el conjunto de factores que para los autores dibujan ese fondo comportamental que determina el funcionamiento económico.


La confianza es, lógicamente, el factor esencial del conjunto y es un sentimiento, un estado mental, al que se trata hoy de llegar mediante indicadores indirectos o encuestas. El sentido de la equidad es importante y, nos advierten los autores, no se tiene en cuenta ya que la teoría clásica establece un sujeto egoísta que busca maximizar el beneficio, y unos ajustes mecánicos de los salarios. En el caso de la corrupción, los autores se refieren al peso que estos comportamientos negativos llegan a tener el conjunto de la economía cuando se eliminan las regulaciones. La ilusión monetaria son las diferentes ilusiones que nos llevan a juzgar erróneamente los elementos del sistema económico confundiendo sus efectos. Muchas de estas confusiones determinan nuestras acciones y nuestras decisiones respecto al futuro. Finalmente, las historias son los relatos bajos los cuales nos encuadramos y que actúan determinando nuestras propias acciones. Que podamos ser esclavos de nuestras propias ficciones es algo que no debería extrañar a nadie, excepto a los que creen en un sujeto sincero y racional. La lectura de Conrad, por ejemplo, es un buen correctivo de esto. Todos, individual y colectivamente, fabricamos una ilusión relativa a nuestra forma de ser y comportarnos que constituye la identidad que nos forjamos. Actuamos como suponemos que debamos actuar. De esto se ocupa una disciplina denominada Storytelling que ha tenido un desarrollo en el campo del marketing.

La obra, además de entrar en el análisis de todos estos factores, incorpora un componente importante de actualidad: están enfocados hacia la actual crisis económica, sus efectos y la forma de contrarrestarlos.
Los males, para los autores, provienen de no haber comprendido el papel que juegan los espíritus animales en el terreno de la economía y consideran que las teoría de la corriente dominante deben ser revisadas para que la Economía recupere el papel previsor y alerte e impida los desastres en forma de crisis como las ocurridas en los últimos años. El capitalismo se juega su propia supervivencia:

Con tanto elogios que ha recibido el capitalismo durante las dos últimas décadas, se han olvidado los reparos. El capitalismo es bueno, sí, pero también cae en excesos que deben vigilarse con mucha atención.
[…] Ha llegado el momento de tener en cuenta que lo que permite que el capitalismo funcione son las reglamentaciones que garantizan que cuando un ciudadano invierta su dinero en el mercado, suscriba una hipoteca o se compre un coche, reciba un producto con ciertas garantías.
[…] Actualmente existe la necesidad de protegerse de estas exageraciones y reconocer que los mercados financieros requieren regulación. (244-245)

La obra concluye con la necesidad de que los gobiernos abandonen la idea neoliberal de que deben quedar al margen (“el gobierno es el problema”) y asuman sus responsabilidades en la generación de la confianza, la equidad, atajen la corrupción, se aseguren de que la gente no incurra en errores de valoración (sobre temas como las jubilaciones, por ejemplo) y suministre historias coherentes y positivas al conjunto de la población. Al “gobierno es el problema” neoliberal le sigue ahora “la inhibición de los gobiernos lleva a los problemas” actuales.
La obra resulta de gran interés tanto para economistas como para personas interesadas en otras ciencias sociales, especialmente para la Psicología. En el fondo, esta nueva perspectiva trata de acercar lo real a lo teórico y modificar las percepciones erróneas que la teoría clásica no había podido eliminar. Lo malo de las teorías no es solo que estén equivocadas, sino que además te las apliquen.

Nota: recomendamos la lectura de la crítica del libro de Robert Sidelky "El regreso de Keynes", realizada en este mismo blog, de semanas anteriores.

George A. Akerlof y Robert J.  Shiller (2009): Animal Spirits. Cómo influye la psicología humana en la economía. Gestión 2000, Madrid. 327 pp. ISBN: 978-84-9875-039-3.


domingo, 28 de agosto de 2011

Un libro: El regreso de Keynes, de Robert Skidelsky

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Permítaseme comenzar con una cita de un texto de Keynes que no se encuentra en nuestra obra de hoy, pero que me parece una introducción adecuada a lo que seguirá después. La cita pertenece a la obra Las consecuencias económicas de la paz (1919):

Veo pocos indicios de acontecimientos próximos en ninguna parte. Motines y revoluciones los puede haber; pero no tales en el presente, que tengan una significación fundamental. Contra la tiranía política y la injusticia, la revolución es un arma. Pero ¿qué esperanzas puede ofrecer la revolución a los que sufren de privaciones, que no son producidas por las injusticias de la distribución, sino que son generales? La única salvaguardia contra la revolución en la Europa central está positivamente en el hecho de que ni siquiera al espíritu positivo de los hombres que están desesperados ofrece la revolución de ninguna forma perspectivas de mejora. Puede, pues, ofrecerse ante nosotros un proceso largo y silencioso de extenuación y de empobrecimiento continuado y de lento de las condiciones de vida y bienestar. Si dejamos que siga la bancarrota y la ruina de Europa, afectará a todos a la larga, pero quizá no de un modo violento e inmediato.
Esto tiene una ventaja. Podemos tener todavía tiempo para meditar nuestros pasos y para mirar al mundo con nuevos ojos. Los acontecimientos se encargan del porvenir inmediato de Europa, y su destino próximo no está ya en manos de ningún hombre. Los sucesos del año entrante no serán trazados por los actos deliberados de los estadistas, sino por las corrientes desconocidas que continuamente fluyen bajo de la superficie de la historia política de las que nadie suele predecir las consecuencias. Solo de un modo podemos influir en estas corrientes: poniendo en movimiento aquellas fuerzas educadoras y espirituales que cambian la opinión. La afirmación de la verdad, el descubrimiento de la ilusión, la disipación del odio, el ensanchamiento y la educación del corazón y del espíritu de los hombres deben ser los medios.  (190-191)*

El autor, Sir Robert Skidelsky

El fragmento es extraordinario porque nos muestra sintéticamente el pensamiento de John Maynard Keynes en su plenitud de preocupaciones, diagnósticos y remedios. Señala los problemas de un empobrecimiento contra el que no cabe la personalización de la tiranía, del que queda excluida la revolución como solución. No ve estallidos de furia ante situaciones concretas, sino un lento empobrecimiento y pérdida de capacidad de reacción. Intentar predecir acontecimientos y consecuencias de acontecimientos es desconocer el funcionamiento de la Historia y un trabajo vano. Y finalmente señala lo que considera un remedio: los estadistas no deben tratar de descifrar lo indescifrable, sino tratar de mejorar la situación de sus pueblos a través de su educación. Con pueblos mejores, más y mejor educados, en un sentido que veremos más adelante, los peligros del futuro son ya de otra naturaleza. El secreto del éxito está en la gente.
La idea que podamos tener hoy de lo que es y cómo trabaja un economista no vale para analizar a Keynes, fruto de una época en transición cultural representante de una especie de intelectual en estinción. Tal es la idea, que compartimos plenamente, manifiesta en las páginas de la obra de uno de los grandes especialistas en John Maynard Keynes, Robert Skidelsky, catedrático emérito de Economía Política de la Universidad de Warwick, y autor de una biografía de Keynes merecedora de diversos premios. El regreso de Keynes** es una obra de gran interés para el conocimiento general de Keynes con aspectos que habitualmente no se recogen en las obras de Economía y, especialmente, en su aplicación a la situación actual, es decir, a la crisis que vivimos.



Esta doble perspectiva, la personalidad y los fundamentos intelectuales de Keynes, dotan a la obra de su peculiar estilo, contenido y estructura. Hemos dicho “personalidad” y no “vida” porque no se trata de una biografía, de hecho los acontecimientos de la vida se mantiene medianamente distantes y solo son invocados cuando justifican la explicación de un elemento de su formación que se traduce en idea. La existencia de una crisis de las características de las actuales dirige el contenido de la obra. Esta tiene una presentación de las ideas de Keynes desde la perspectiva de lo que ocurre hoy, que es contrastado de forma permanente para su análisis. Y finalmente determina su estructura, que comienza con un análisis del tipo de crisis que tenemos, lo errores cometidos y su origen intelectual, desarrolla una síntesis de las principales ideas keynesianas y finaliza con un “Keynes hoy” que trata de confrontar ideas y situaciones reales.
Hacia el final de la obra, en sus últimas páginas, Robert Skidelsky señala:

La tesis en la que se basa este libro propugna que, subyacente a la continua sucesión de crisis financieras que hemos experimentado recientemente, está el fracaso de la teoría económica para tomarse la incertidumbre en serio. Ha ocultado esta negligencia por medio de unas sofisticadas matemáticas.
Keynes no creía que toda la vida económica fuera incierta. La teoría clásica era apropiada para muchos mercados y problemas: para la mayoría de los mercados de bienes de consumo, así como para las políticas de fijación de empresas e industrias. En estos casos era razonable suponer que había agentes a los que motivaba el interés personal y que poseían conocimientos suficientes de las condiciones del mercado para alcanzar sus objetivos. El problema era que la teoría clásica había colonizado todo el ámbito de la actividad económica, incluyendo todas aquellas actividades cuyos resultados eran inciertos. A consecuencia de ello, se sobrestimaba enormemente la estabilidad de la economía de mercado, y se extraían conclusiones engañosas para la política. El ataque de Keynes no iba contra la teoría clásica como tal, sino contra su objeto y aplicabilidad. (216-217)**

Si hay una idea que subyace en todo el pensamiento de Keynes, que se extiende desde su origen profundo hacia las manifestaciones más específicas, es la idea de “incertidumbre”. Es sobre este concepto sobre el que gira todo su pensamiento determinándolo. Y la incertidumbre, como bien señala Skidelsky, no es “riesgo”, que sería un concepto en un orden inferior.
“Incertidumbre” es, en este caso, un concepto filosófico que sirve de marco a muchos otros y que queda reflejado en el fragmento con el que iniciábamos este texto, Las consecuencias económicas de la paz. “Incertidumbre” significa, en definitiva, una forma de percibir el mundo y nuestras relaciones con él.  Toda la teoría económica, en especial su concepción del dinero, parte de ahí. El dinero es una forma de protegerse de la incertidumbre, es decir, de los cambios que no podemos prever. Los sujetos tienen que estar tomando decisiones permanentemente sobre sus acciones en el mundo. El hecho de que crean que tienen la información suficiente y su valoración de la relación existente entre lo conocido y lo desconocido es relevante y determinante. Toda decisión es el resultado de una evaluación del futuro con una cantidad determinada de información.
El hecho de que en la economía se parta de agentes racionales, no significa que el mundo sea racional ni previsible. Como saben las personas sensatas, solo los imprudentes creen que pueden saberlo todo. La vida no es controlable y ante esto, lo único sensato es la prudencia. Lo demás es incurrir en una “soberbia del conocimiento”, es decir, la presunción de que se puede tener un conocimiento de lo que va a ocurrir más allá de lo que es sensato esperar. La obra de Keynes parte de una epistemología que deriva en una psicología del comportamiento económico y finalmente en una teoría de la decisión: partimos del principio de que no podemos controlar o saber el futuro; eso nos hace enfrentarnos a él desde una construcción de universos estables, físicos y mentales, y, finalmente, actuamos a través de decisiones ajustadas que son el resultado de lo anterior, de nuestra forma de concebir el mundo.


Lo contrario es creer que podemos tener información suficiente y representarnos un futuro sobre el que —al estar seguros— apostamos demasiado. Las herramientas matemáticas, la sustitución de la realidad por los modelos nos inducen a tomar riesgos crecientes. Cuando se produce una turbulencia, un imprevisto histórico, todo se viene abajo con efectos destructivos demoledores dado lo mucho que se arriesgó y lo falaz de nuestras mentiras y autoengaños para avanzar en el riesgo creciente.

Hay crisis que, como la financiera que padecemos, se producen cuando se ignoran estos fundamentos y se pretenden repartir los riesgos pensando que así dejan de existir. Es la imprudencia que se basa en la creencia en las falsas seguridades la que nos arroja al desastre. Y más si se ha perdido el sentido de responsabilidad y se aborda desde un deseo fraudulento.
La creencia en que nosotros no somos los que controlamos el mundo, sino que solo vivimos en él tiene profundas consecuencias en la toma de decisiones. Las personas se hacen prudentes y toman decisiones prudentes. Aprenden que la mejor manera de no tener un futuro inestable es tener un presente estable. Lo que tenga que ocurrir ocurrirá, lo imprevisible —un tsunami—; lo sensato es avanzar con tiento, parece decirnos Keynes. Los irresponsables son los que pretenden poseer un conocimiento total, que excluye todo imprevisto, y acaba arrastrando al sistema a las crisis.
Por eso los principios que Skidelky señala como rectores del pensamiento keynesiano se derivan no de la Economía, sino de un estamento superior y anterior que es la Ética, de la cual se derivan los principios responsables en un mundo incierto. Señala el autor:

El enfoque ético de Keynes ofrece consideraciones que han adquirido una nueva importancia en el contexto de la actual «crisis del capitalismo».
En primer lugar, y de la mayor importancia, mantiene viva la transcendencia de tener una idea de la buena vida. Sin ella, la actividad económica tiende a ser simplemente un envidioso esfuerzo por la ventaja relativa, sin ningún término natural.
En segundo lugar, introduce la relevancia de la filosofía para la economía. Keynes no fue un liberal económico, en el sentido actual, sino un liberal filosófico, pues reflexionó constantemente sobre la relación entre objetivos económicos, objetivos no económicos y comportamientos […]
En tercer lugar, nos obliga a plantearnos cuál es la finalidad de la actividad económica. En general, él creía en un óptimo de Pareto-ético: el progreso material aumentará el bienestar del universo hasta el punto en que comience a disminuir la cantidad de bondad ética. Al abogar por el patrocinio del Estado sobre las artes y el embellecimiento de las ciudades proporciona un argumento de base ética para la acción pública para influir en la composición, así como en el nivel, de la demanda.
En cuarto lugar, Keynes mantuvo viva la idea del «precio justo».
Por último, planteó la cuestión de si la moral puede sobrevivir a largo plazo sin religión. (179-180)

Creo que es un buen resumen de ese primer nivel, de ese macro nivel envolvente o fundamental, en el cual se desenvuelve el pensamiento keynesiano. Es desde esos principios y preocupaciones desde los que se puede empezar a pensar económicamente. Algo que Skidelsky recrimina a muchos neokeynesianos, los autores que trataron de reconstruir desde los 80 un Keynes alejado de sus principios fundamentales y aquejados muchas veces de los mismos defectos que el propio Keynes había denunciado: la matematización excesiva, la creencia en que el modelo es igual que la realidad que representa, el carácter abstracto del pensamiento frente a los hechos y el sentido común y, especialmente, el pecado de la soberbia del conocimiento, es decir, la creencia en que se pueden tomar todo tipo de decisiones porque conocemos suficientemente el futuro.
Habría que añadir otro pecado capital: el de una economía que no tiene como fin la mejora social porque ha perdido su carácter ético de compromiso. En este sentido, la intervención de los gobiernos en la economía va más allá del control, ha de estar orientada a la mejora social. Para Keynes, la intervención gubernamental no es una cuestión de restricción de libertades sino, por el contrario, para la creación de una sociedad que pueda acabar disfrutando de su propia libertad en un entorno estable y de calidad. Para Keynes, la economía no debía buscar otra cosa que la creación de las condiciones para que la “vida buena” fuera posible. Es ese concepto el que se ha pervertido desde la degradación de fines sociales y particulares que Keynes no hubiera entendido como una libertad, sino como un deterioro de ella. En el fondo, hay un ideal platónico e ilustrado, una concepción de una sociedad cuya aspiración final no es material sino espiritual. Los logros materiales no son más que la liberación del ser humano de la dependencia de unas necesidades que le impiden ser feliz y disfrutar de esa “vida buena”. Est vida es posible cuando se han cubierto los mínimos y se ha llegado a una sociedad en la que las personas pueden empezar a preocuparse por el disfrute de bienes superiores, pueden acceder a los placeres del conocimiento, la bondad y la belleza. Recuerda esta idea de Keynes la aspiración hölderliniana de una “sagrada teocracia de lo bello”, un mundo en el que fuera posible vivir en disfrute de lo bueno que la vida y el Arte, como plasmación de la aspiración humana a la Belleza y al Bien, encarna. La Política es el arte de llevar a los pueblos hacia ese ideal de vida.


La recuperación de una finalidad ética de la política y la economía, de la ciencia incluso, es una demanda que cada vez se hace más presente e imperiosa. Lo que Keynes planteaba no era otra cosa que una vida con principios que comprometieran al individuo consigo mismo y con los demás. Este era el compromiso de la función pública y los gobiernos. La era poskeynesiana abrió, por el contario, el paso a enfoques muy distintos en casi todos los ámbitos. Las necesidades no son ya algo que hay que superar, sin algo que hay que utilizar y fomentar para el consumo. Se crece para crecer, sin objetivo: Se crece económicamente, pero no se madura ni social ni individualmente. Recuperar un Keynes intervencionista sin plantearse el sentido ético de las intervenciones es absurdo porque es seguir moviéndose en un terreno cada vez más arriesgado. El desprecio de Keynes al “amor al dinero”, al dinero por el dinero, es decir a la avaricia y la codicia, se fundamenta en su idea de que el dinero debía servir para algo, y para algo bueno. Su racionalidad estaba en la vieja concepción de  que quien conoce el bien quiere el bien. Por el contrario, el concepto de acumulación , de“más es mejor”, carece de fines y, por tanto, de justificación ética o moral. Por eso para Keynes —y por eso comenzamos desde ahí—, lo esencial es la mejora educativa de los pueblos para que puedan elegir bien: puedan elegir bien a los que han de administrarles y puedan elegir bien en qué invierten el tiempo de su vida, el auténtico bien escaso. El embrutecimiento que hoy vivimos no es el mejor camino.

Esa moderación que pretende fijarse en las tablas pétreas de la Constitución española, mejor haría en intentar inscribirse en el espíritu de los ciudadanos y de los dirigentes políticos y empresariales mediante la educación, el factor que se deja fuera siempre. La educación no es la formación técnica y profesional, como nos repiten hoy los que deberían responsabilizarse de la formación social. No tiene nada que ver con la competitividad, que desgraciadamente nos obsesiona. Es esencialmente, y en paralelo, una formación ética y moral, una formación en fines y límites, una formación en lo que es deseable y aconsejable, personal y colectivamente. En suma una formación de ciudadanos, personas con aspiración a mejorar en lo personal y comprometidas con los demás en una sociedad con una voluntad común de progreso real. Mientras no se produzca esa escritura y lo que se ofrezca como sociedad sea el embrutecimiento colectivo a través de un consumismo que solo tiene como objetivo el enriquecimiento económico y no la prosperidad social, que es un concepto que abarca lo material, pero también lo espiritual, no servirá de mucho que escribamos nuestros compromisos en letras de oro sobre el mejor mármol.
Lo que deberíamos aprender y recuperar de Keynes es el Keynes que hemos sepultado, el que creía en algo hoy en desuso, la idea de un bien común y de la responsabilidad de políticos e intelectuales haciendo suya la causa de todos: la mejora social. Una sociedad mejor es una sociedad que sabe ser moderada y armoniosa en sus demandas porque ha aprendido a fijarse en lo que es importante y esencial en la vida y rechaza lo superfluo y banal. Lo que orienta finalmente la demanda es la formación del gusto, un gusto que es capaz de apreciar y reconocer, como señalaba Keynes, la “vida buena”, la que tiene por objeto la maduración de las personas y no la acumulación indiscriminada e infantil de bienes que caracteriza a nuestras sociedades consumistas, desprovistas de criterios capaces de discriminar entre lo esencial y lo trivial, entre las personas y lo que simplemente acumulan. Una sociedad que deje de admirar el dinero y se preocupe del bien que se puede generar con él.
La obra de Robert Skidelsky es altamente recomendable y no solo a los interesados en la Economía, porque —como hemos dicho— la Economía no es algo que competa solo a los economista, una ciencia oscura y críptica, sino la traducción de nuestros sueños y deseos a acciones. La lección de Keynes es que mejoremos en nuestros sueños y deseos y así serán mejores nuestras acciones y contribuirán a un mundo mejor en el que podamos seguir soñando sin pesadillas. O con las justas.

* John Maynard Keynes (2010 3ª ed.): Las consecuencias económicas de la paz. Col. Biblioteca de Bolsillo. Crítica, Barcelona.

** Robert Skidelsky (2009): El regreso de Keynes. Crítica, Barcelona. 249 pp. ISBN: 978-84-9802-033-8.