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martes, 2 de enero de 2018

Dos fábulas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Mientras sacaba mi entrada de ayer para la primera sesión de cine del año, mi taquillera me preguntó: "¿Tienes un minuto?" El minuto era para leerme la sinopsis de la película "The Disaster Artist" que yo había visto unos días antes. Cuando la gente le preguntaba de qué iba la película y les leía la sinopsis, sacaban entradas para otra sala. "¡Es que ni me enteró yo ni se enteran ellos!" Mi sinopsis, en la cola, fue más rápida: "En realidad es una historia sobre la soledad y la amistad como remedio". Hablamos un poco más. "Con lo que me dices ahora ya me hago una idea y puedo explicarlo mejor", me dijo. "The Disaster Artist" (James Franco 2017) es una película sencilla que nos empeñamos en hacer complicada con cosas como lo de la "peor película del mundo". Pero es una muestra también de la rigidez del gusto que estamos creando con tanta película parecida. Las que son atípicas y se salen del guión nos cuesta digerirlas.


De lo mismo se queja hoy David Trueba en su breve artículo sobre otra película mal etiquetada y, por ello, mal comprendida, "Un mundo a lo grande", una "traducción" horrenda del "Downsizing" original. Pero el título —como otras veces— trata de llevarnos hacia la película que no es por desconfianza hacia la que es.
Escribe Trueba:

Alentado por las malas críticas que la última película de Alexander Payne recibió a partir de su presentación en el festival de Venecia me decidí a verla. Para entonces, Downsizing ya era un fracaso rotundo. Tanto es así que en España los distribuidores le mutaron el título a Una vida a lo grande, en el vano intento de transmitir esa megalomanía que gusta más que el reconocimiento de nuestra pequeñez. Por ahí van los tiros del mundo, gente sintiéndose mejor cuando sabe que otro está peor, tuertos reinando entre ciegos. Payne es uno de los mejores directores de nuestra época y le engrandece haber pergeñado el fracaso vocacional que es su última película. En ella, una pareja de norteamericanos medios decide reducirse de tamaño para formar parte de esas nuevas comunidades liliputienses que resuelven así los problemas económicos y medioambientales, a partir del hallazgo científico de unos noruegos. Pero en lugar de ilustrar los superpoderes habituales que el cine concede a sus protagonistas, en este caso los somete al reconocimiento de sus infrapoderes. Historieta, pues, de supermiserables y no de superhéroes.*


 Hay que reconocerle a Trueba que las oposiciones de "supermiserables / superhéroes" e "infrapoderes / superpoderes" crean un espacio interpretativo interesante. Hasta el momento los "supermiserables" nos los habían ofrecido sagas como las de "Torrente", especializadas en mostrar lo contrario del glamur y el centro en la zafiedad. Era cine "casposo", por usar una terminología que le va al pelo. Pero la película de Payne es mucho más que eso y no hay la casposidad de un Torrente, sino la crítica heredera de fábulas como Gulliver o los relatos satíricos volterianos.


Tampoco es fácil hacerle una sinopsis a "Una vida a lo grande". Cuanto más compleja es una obra, más pérdida de elementos esenciales se produce con una sinopsis. Si además se trata de despistar con el título para que la gente haga asociaciones con películas que poco tienen que ver, la cuestión se hace más complicada.
Tanto "The Disaster Artist", la película de James Franco, como "Downsizing" no son películas fáciles de resumir argumentalmente más que a expensas de "simplificarlas" y acabar haciendo una caricatura. No es lo mismo una película sencilla que una película simple. La sencillez puede ser una virtud, la simpleza, en cambio, es siempre un defecto, como en sentido contrario lo es la pretenciosidad. Las historias contadas de ambas películas no son muy estimulantes, por eso fracasan las sinopsis y se van por las ramas del camuflaje. Como ocurre en las fábulas —por más que The Disaster Artist calque los hechos reales—, lo importante es lo que surge de la lectura global, no del detalle.
Me distancio de la parte del escrito de Trueba que ve el mérito de la película en el feísmo. Él ve a Matt Damon como "fofo, alopécico y memo"*. Son tres aspectos de diferente factura que no afectan a lo que es la esencia de esta fábula. No creo que sea esa la intención del autor.


Para los que han crecido en un mundo de superhéroes y van de secuela en secuela, no es fácil enfrentarse a este tipo de películas cuyos mundos no son maniqueos. De todos los defectos posibles en el cine, este es el peor. Ni "The Disaster Artist" ni "Downsizing" son mundos maniqueos. Y es a ellos a los que nos tienen ya acostumbrados. Ambas películas requieren de un poco de sensibilidad al gris, gama perdida en un mundo de muchos colorines, pero en blanco y negro morales.

Con tanto coloso estamos perdiendo la perspectiva humana de la narración, su función de enfrentarnos a nuestros propios dilemas. Quizá es que ya no tenemos dilemas y lo vemos todo tan claro que todo nos parece bien o mal. Tengo en mente desde hace décadas la contestación espontánea de una niña de unos diez años que salía del entonces festival de cine infantil de Gijón: "El cine nos enseña a vivir". Sabia contestación en donde "vivir" se abre a una gama infinita de posibilidades que los artistas son capaces de entregarnos. No siempre sabemos apreciarlas.
El cine de calidad es el que nos abre posibilidades, nos introduce en conflictos, nos hace reír con el sentido absurdo del mundo, con el ingenio agudo que revela las fallas de nuestra vida. Es un "teatro mágico" del que podemos salir redimidos si aprendemos a reírnos de nosotros mismos. Ambas películas muestran procesos de redención de la seriedad que seca, de la comodidad que distancia.
Las dos fábulas se camuflan de comedias para revelarnos, como hace el verdadero arte, la soledad humana y los pobres remedios a nuestro alcance. La vida es la que es y está en nuestras imperfectas manos humanizarla. El Cine —como la Literatura, por ejemplo— no es solo lo que se ve desde la butaca, sino también el proceso posterior en que seguimos pensando en lo que hemos visto, hilando consecuencias, aventurando ideas.


¿Son grandes películas? Eso no lo hacemos nosotros —tan selectivos para unas cosas y tan poco para otras—, sino el tiempo. La película de sinopsis incierta, "The Disaster Artist", ha recibido premios, incluido San Sebastián, y está nominada para los Globos de Oro. Lo mismo ha ocurrido con James Franco, director y actor, premiada su interpretación en los Gotham Awards, del cine independiente. Es un  film modesto y eficaz. Distinto destino es el de Downsizing, película de mayor presupuesto. Sin embargo, contiene una de las grandes interpretaciones del año, la que realiza la actriz tailandesa Hong Chau con un personaje al que dota de una humanidad asombrosa.




* David Trueba "Encoger" El País 2/01/2018 https://elpais.com/elpais/2017/12/29/opinion/1514548299_530087.html



domingo, 26 de febrero de 2012

La fatídica décima página

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El actor George Clooney, al hilo de su doble candidatura, como guionista e intérprete a los próximos premios Oscar de este año, ha señalado que no suele pasar de la décima página de la mayor parte de los guiones que le llegan. “Quizá es que llevamos haciendo películas más de 100 años y se nos están agotando las historias. O que el sistema de estudios no busca buenos guiones sino grandes espectáculos”*, ha dicho Clooney. Ambas cosas no son incompatibles y la diferencia entre ser optimista o pesimista es apostar por la segunda o la primera. Si se nos han agotado las historias, no hay nada que hacer; si los estudios no apoyan buenos proyectos, los independientes pueden buscarlos.

Vi ayer la película con la que Martin Scorsese rinde su homenaje a los inicios del Cine, al mago Georges Méliès y lo mejor son las recreaciones de las viejas películas mudas. Junto con The Artist, parecen querer decirnos que hay que volver a los orígenes, que —cómo el nadador— se ha tocado el final de la piscina y hay que regresar. Evidentemente, volver al principio no es ponerse a hacer películas mudas, aunque algunas pudieran ganar con ello. Volver al principio es recuperar el espíritu pionero que tienen los locos que se embarcan en lo desconocido. Es volver a recuperar —en el film de Scorsese— la chispa en los ojos de Georges Méliès cuando descubre, en una barraca de feria, la máquina que han creado los hermanos Lumière. Es la chispa de la creación, y no la de la mera codicia, la del negocio.


Siempre hay cosas que contar, pero somos nosotros los que las descartamos por falta de seguridad, como en tantas otras facetas de la vida. Existe una autocensura creativa: la que solo piensa en términos de gusto. Intentar siempre crear algo en términos de lo que les puede gustar a los demás es prescindir del motor más importante de la creación: uno mismo. Lo sabe cualquiera: hay que creer en lo que se hace, sentir entusiasmo. Muchas películas no producen a los que las hacen más entusiasmo que el saber que van a tener unas semanas de trabajo o unos ingresos posteriores.
No es casual que haya aumentado el número de actores que se lanzan a la producción, a escribir guiones o a la dirección. Son ellos los que padecen en última instancia la vulgaridad del proceso, los que tienen que poner la cara y decir frases tópicas frente a la cámara, dar réplicas absurdas a sus compañeros de reparto.


Muchos necesitan meterse en estos proyectos arriesgados porque no encuentran —como señalaba Clooney— ofertas por parte de los estudios. Los buenos guiones llegan hoy a los actores para que estos luchen desde dentro y poder sacarlos adelante. También los malos les llegan, claro, como señalaba y no se puede pasar de esa fatídica décima página. Muchos han creado sus productoras para poder sacar sus propios proyectos, delante o detrás de la cámara. El más evidente es Clint Eastwood y su productora Malpaso, con la que pudo salir del encasillamiento y la rutina ofrecida por los estudios.


Clooney se queja con razón, de que el director de su película The Descendants, Alexander Payne, haya tardado siete años en llevar al cine una nueva película desde Entre copas (Sideways, 2004), otro proyecto muy interesante con gran éxito de crítica y público. Pero en las películas de Payne no hace falta 3D ni los coches saltan por los tejados. Son historias.
La clave, como si en una pélicula de Welles nos encontráramos, nos la da la lápida conmerotaviva puesta en la casa en que nació, no el cine, sino Georges Méliès: "creador del espectáculo cinematográfico, prestidigitador, inventor de numerosas ilusiones". Puede que algunos vean en Méliès al abanderado de los "efectos especiales", pero lo era sobre todo de despertar la ilusión. La palabra ilusión nos remite a lo que no tienen existencia real, pero también a la energía que se pone en las tareas, al entusiamo. El cine, como cualquier arte, requiere de las dos: ilusión tras las ilusiones, ilusión que ilusiona.

No se agotan las historias. Nosotros las agotamos y nosotros nos agotamos por contar las mismas una y otra vez de la misma manera. Se acaba con el riesgo que supone la creación artística. Las historias las da la vida y no la taquilla. Cuando el creador se pone a pensar qué es lo que le gusta a la gente para dárselo, se pone en marcha un círculo vicioso del que es difícil, tras varios giros, salir. Esa forma de trabajo maleduca a los públicos; los convierte en acomodados seres que languidecen entre los contradictorios deseos de novedad que les saque del aburrimiento y la incapacidad de percibir el valor de lo nuevo. Creadores y público se vuelven rutinarios.

En alguna parte, a alguien se le está ocurriendo una historia que contar. Comienza la lucha.

* “George Clooney: En el cine se nos están agotando las historias”. El País 25/02/2012 http://cultura.elpais.com/cultura/2012/02/25/actualidad/1330174849_387293.html