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miércoles, 26 de octubre de 2011

El desierto inmisericorde

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Se anuncia el entierro de Muamar el Gadafi en algún lugar secreto del desierto libio. Las imágenes crueles con los que las televisiones nos regalan, alejadas de cualquier pudor, nos sumergen con brutalidad en las consecuencias directas de las dictaduras, en la inmundicia de lo peor de la naturaleza humana llevada hasta el extremo. No hay nada sorprendente, solo la lógica aplastante de la generación del odio y la venganza. La exhibición de su cadáver , junto al de su hijo, en una cámara frigorífica ante la que aguardaban cientos de personas con sus móviles preparados, listos para tomar la imagen de su vida, el momento inmortalizado junto al dictador, reducido ahora a una masa inerte.
Gadafi cayó desde lo más alto de su egolatría hasta el duro y sucio suelo de esa cámara frigorífica, convertida en infierno helado, destino irónico. No creo que pueda existir mayor degradación, una inversión tan grande de la vanidad humana que la experimentada por el dictador.
El avance en la construcción de una civilización de la imagen ha hecho que queden lejos las exhibiciones anteriores de la brutalidad aplicada a los dictadores. Las imágenes que nos llegan desde la memoria visual del derrocamiento quedan cortas ante esta reconstrucción poliédrica de los hechos desde cada uno de los móviles con los que fue grabada y fotografiada. El sueño obsesivo de Gadafi de estar rodeado de cámaras que inmortalizaran sus más mínimos gestos, finalmente, se cumplió con toda la obscenidad a la que se puede recurrir.
Nuestra anticipación de una muerte -gran finale-, en Gadafi en los infiernos, un final como el de Don Giovanni, en el que el puño dorado, que gustaba de usar como representación de su poder, saldría de las entrañas ardientes de la tierra y los arrastraría hasta el fondo entre estruendos orquestales, su final soñado, se ha visto sustituido por ese otro final bufo con el que el dictador es reducido a un perro acosado cuya voz de falsete pide clemencia inútilmente. No hay grandeza, ni justicia, ni ejemplaridad: no hay consecuencias más allá de los hechos, ni deseados ni deseables. Solo la lógica camusiana en la que el reflejo del sol en la hoja de un cuchillo provoca la violencia y la muerte.


Un entrevistado anónimo, una voz de coro griego, protesta por el gasto inútil de enterrarlo. Reclama dejar su cadáver a las alimañas, que den cuenta de él. Que los dictadores pierdan su humanidad no debe hacer que perdamos la nuestra. La imagen televisa de una mujer que se cubre la nariz con el velo mientras sostiene firme su cámara fotográfica con la otra simboliza bien la primera parte del epílogo del drama libio. Los dictadores huelen mal en vida y se descomponen como cualquier otro cadáver. Muertos, dejan de regirse por leyes divinas autoproclamadas, por mitos ególatras, y quedan reducidos a la materialidad vulgar que rechazaron en vida. Atrás quedaron uniformes y medallas, charreteras y fanfarrias. Nada.
Ninguno de los dirigentes mundiales que lo abrazaron en vida, ninguno de los que le autorizaron a instalar su jaima en los jardines presidenciales, ninguno de los que aceptaron sus regalos envenenados…, estará allí, en ese lugar secreto del desierto, en el que será finalmente arrojado su cadáver, sin gloria y sin pena. Gadafi, el dictador que exigía ser amado, ha caído como caen los simples fardos de basura arrojados sin cuidado en un desierto convertido en vertedero. Solo cabe esperar que el ejercicio del cinismo no evite que lo entierren con la profundidad suficiente.
No me da pena Gadafi. Me apena la forma en la que los dictadores siguen degradando desde la muerte a sus víctimas haciendo que se manifieste en ellas el odio extremo, la repugnante crueldad, el exhibicionismo infame al que quieren acostumbrarnos estas televisiones que padecemos, incapaces de diferenciar entre la noticia y el vómito, entre la Historia con mayúsculas y el reality con minúsculas.
Anoche, al pasar frente a la sede de la Liga Árabe en El Cairo, no eran ya las banderas de Libia las que se manifestaban celebrando la muerte de un cruel tirano de opereta reducido al tremendismo. Las banderas levantadas eran las de Siria que, animadas por el estruendo de la caída de otro dictador, reclaman la desaparición del suyo dentro del extraño ritmo con el que están desmoronándose una tras otra, cada una con su estilo, pero todas con el mismo fin.

Lo sirios sienten que su tiempo ha llegado, que el entierro en algún lugar perdido del desierto de un dictador es la señal de partida para que comience el acto final de su propia tragedia. La historia se repetirá, pero como siempre lo hace, con apariencia de diversidad y lógica repetitiva. 
Solo la muerte no tiene lista de espera. Los dictadores lo saben y acuden, inquietos, a la ceremonia final sabedores de que es cuestión de tiempo y que les aplicarán la medicina que recetaron sin mesura en un agujero en un desierto inmisericorde.

viernes, 21 de octubre de 2011

Celebraciones

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La última comensal que faltaba por sumarse a nuestra mesa trae la noticia: Gadafi ha muerto. Mientras nos llegan los múltiples y variados  platos egipcios, comentamos su final. Los egipcios no le dan más importancia; es un final buscado a pulso. Un loco menos en el mundo. Solo Chávez, según parece, lamenta la desaparición de su héroe. Él sabrá. Esperemos que la fijación que tiene con el que califica como “mártir” pase de ahí. También a Chávez, como a Gadafi, le gusta que todos le amen. Hay amores que matan, decimos.
Los egipcios discuten sobre lo suyo. Siguen preocupados por las relaciones con los militares y el futuro de su democracia. Los militares les siguen diciendo que ellos no piensan quedarse ahí, en el poder, que se retirarán. No se fían, pero es lo suyo, no fiarse. Hacen bien, porque una larga tradición de engaños así lo aconseja. El papel del ejército los divide: los que no los quieren, los que no se fían, los que los aman. Luego están los que los quieren, pero quieren que se vayan, y los que los quieren y desean que estén ahí, liderando.

Por la mañana, entre clases, me pidieron que acudiera a un caso de urgencia: un mubarakista recalcitrante del que han perdido ya toda esperanza. Entiendo que acudo en calidad de exorcista político, a ver si logro liberar su alma de los diablos dictatoriales que la poseen y torturan. Los terribles espíritus le hacen cantar bondades de las dictaduras y lanzar improperios terribles sobre la incapacidad del pueblo egipcio para gobernarse; necesitan líderes fuertes, porque los pueblos son débiles. Le digo, mientras lanzo gotas de té con hierbabuena sobre él, que son los hombres fuertes los que hacen a los pueblos débiles para poder seguir vendiendo su fortaleza. Él se agita convulso, pero me sigue sonriendo desde su seguridad de habitado por inquilinos diabólicos.
Comienzo el ritual con una larga ristra de argumentos sobre las ventajas de la democracia que dudo que eviten las seguras recaídas. El exorcismo concluye con la frase ritual que se suele repetir como cierre de estas ceremonias: “¡Pobre de la que caiga en tus manos!”. Dado que mis poderes no me autorizan a lanzar augurios sobre su futuro matrimonial (eso son asuntos internos), salgo a mi nuevo encuentro con los que son el futuro, los alumnos, por otro tipo de espíritus mucho más saludables.
Cuando salimos de restaurante, en el recorrido por el caos que son las calles de El Cairo, vemos celebraciones de libios que agitan sus banderas por las calles. Las nuevas banderas de Libia se agitan por la alegría que les produce la desaparición del dictador, cazado en su pueblo natal. Según me entero posteriormente, fue herido en una mano y la balas acabaron en su cabeza. Las versiones oficiales nos piden cada vez más imaginación. A Gadafi le pilló el fuego cruzado, probablemente, al intentar poner paz entre ambos bandos. Todos conocemos sus deseos de paz y de que el conflicto acabase pronto.


Si la conferencia para la Paz en España hubiera dedicado sus esfuerzos a solucionar los de Libia, ¡cuántos problemas se habrían acabado! ¡Eso es eficacia y convencimiento! Pero, ¡qué se le va a hacer!, nosotros los llamamos primero. Gerry se ha felicitado a sí mismo al comprobar asombrado su eficacia. No sabe Gadafi –yo me entero al llegar de madrugada al hotel- que ETA ha decidido abandonar la luchar armada. ¡Mala suerte la de Muamar! ¡Qué triste saber que la banda de encapuchados le ha robado, al menos en España, lo único que valoraba: las primeras páginas y las entradas de los noticiarios! ¡Qué humillación! ¡El gran final arruinado por las toses del espectador acatarrado de la primera fila! Pero el mundo de las dictaduras y el choubisnes son así de duros y de injustos. Te montas un gran final y te lo arruinan unos advenedizos. El Bad Boy nº 1 ninguneado por tres encapuchados.
La escenografía de los etarras sigue su vieja representación, su kabuki ridículo de máscaras anónimas. El momento ha sido elegido con cierta precisión, el momento electoral para tratar de aprovechar sus efectos. Con eso han conseguido que todos traten de robarse el protagonismo. Como no han disuelto el negocio, sino que lo han cerrado por reformas, algunos recelan, pero lo cierto es que, salvo escisiones de radicales dentro de la radicalidad, el anuncio no debería tener marcha atrás. La prudencia siempre debe mantenerse, pero si la banda hace alguna de las suyas, caería en un ridículo autoinducido del que les sería difícil salir. Mucha sangre, mucho dolor, mucha angustia… son sus méritos para participar en el futuro que los demás les acepten. Pienso en sus propios correligionarios o simpatizantes, que tanto los jalearon y que, ahora, pueden tener recelos de con quién han de hacerse las fotos. La capucha nunca ha sido fotogénica.

En el hotel, ya en la noche, contemplo en el canal 24 horas de RTVE los dos clips del día, el patrocinado por los servicios audiovisuales de ETA y el documental de la muerte de Gadafi. Sigo con mi costumbre de no alegrarme de la muerte de nadie, aunque sí de sus consecuencias. De nuevo, me repugna la humillación. Me causa un profunda repulsa ver a los milicianos haciéndose fotos con el móvil acercando su cara a la del dictador caído y arrastrado. Ya he escrito algo sobre esto. Hasta el asesinato, como pedía Thomas de Quincey, debía respetar cierta estética para ocultar la brutalidad del sentimiento primario que esconde. Puede que no podamos reprimir la crueldad de la venganza o el exceso de la justicia, que siempre son de aplicación local, pero para el espectador global solo queda la alternativa de sumarse al espectáculo, arrastrado por las pasiones, o desear que lleguen pronto los anuncios. La misma repulsa me produce leer la portada de The Sun: “That’s for Lockerbie”. Las formas, decían siempre los británicos, son lo más importantes, pero en la época del sensacionalismo, las portadas son el espejo del alma.
Que Gadafi, como Osama Bin Laden, haya desaparecido de la faz de la tierra es una buena noticia, especialmente para los pueblos que decían defender. Ahora tienen toda la responsabilidad de sus manos. El futuro no es bueno ni malo; se trata de que sea tuyo, que aciertes o te equivoques tú.
Me viene al recuerdo el título de un libro teológico que reposaba tumbado en los viejos anaqueles del departamento de español y que repasé mientras esperaba: “Dios no quiere, permite”.


martes, 23 de agosto de 2011

Houdini Gadafi


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hay que reconocer que todos los Gadafi han sacado el espíritu teatral de su padre, el dictador. Ese sentido del espectáculo solo se puede llevar en los genes y manifestarse como una vocación, como una forma de vida.
La reaparición de Saif al Islam tras su presunta (y a la vista anticipada noticia) detención solo puede ser calificada como espectáculo. A falta de otra cosa, los Gadafi viven y sobreviven a golpe de efecto. Han convertido Libia es un gigantesco escenario de variedades lleno de trampas, resortes y nubes de humo tras las que aparecen y reaparecen. Uno se puede imaginar a cualquier Gadafi introducido en una caja, rodearla de cadenas, atravesarla con espadas, sumergirla dos horas en agua helada y, tras unos pases mágicos, que reaparezca tan campante.
Siempre se habló (incluida España) que los dictadores tenían varios dobles a su servicio para estos casos. Su función era sobrevivir a los atentados, en el peor de los casos, o evitar el aburrimiento de la vida social, que para algunos dictadores es importante a falta de parlamentos. Incluso uno de los abogados personados contra Mubarak en la corte de El Cairo, sostiene la teoría de que Mubarak murió en 2004 y ha solicitado al tribunal una prueba de ADN. A los dictadores les encantan esas leyendas, que nunca se sepa a quién tiene delante sus aterrorizados súbditos. Les da cierto prestigio mágico. El que se la juega en un atentado contra el dictador, al menos, debe estar seguro de contra quién atenta.

Saif al Islam reaparecido anoche en Trípoli para desmentir su detención
Las gafas de Gadafi, sus atuendos llamativos, todos esos elementos teatrales, pueden ser artilugios psicológicos para sembrar esa duda sobre quién se tiene delante. Al final identificamos a Gadafi más por los atuendos que por la cara, por los uniformes de opereta que por sus rasgos ocultos tras gafas oscuras. 
Los llamamientos desde distintos lugares, las proclamas teatrales tras los bombardeos para hacer ver que no estaba donde los demás creían que estaba, etc., todo ellos son maniobras destinadas a sembrar confusión y crear leyenda. La metedura de pata del ministro de Asuntos Exteriores británico cuando dijo que ya estaba camino de Venezuela tiene todas las trazas de haber sido una intoxicación informativa. Y ese juego le encanta a Gadafi, que dentro de su histrionismo, refuerza la moral de sus seguidores haciendo ver lo tontos y crédulos que son los occidentales o los enemigos locales. Si por él fuera, huiría de Libia convertido en hombre-bala camino de Venezuela. Sería un final grandioso para un dictador teatral.

En 2005 David Smith cruzó la frontera con México enseñando su pasaporte mientras volaba
La reaparición de Saif al Islam es un golpe de efecto que demuestra que el caos sigue en las tropas rebeldes, que siguen careciendo de una coordinación efectiva, algo lógico en un “ejército” de estas características. Lo que habrá que ver a hora es qué efectos tiene sobre la moral y, sobre todo, cuántas  trampas y trampillas quedan sobre el escenario de Trípoli. Algunas pueden ser muy peligrosas.



lunes, 4 de abril de 2011

Hijos buenos, hijos malos: la sucesión de Gadafi


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
The New York Times* informa sobre los posibles movimientos dentro de la familia Gadafi para resolver una situación que no les beneficia. Para los Gadafi, el objetivo es mantener el poder porque no tienen otra opción, ni política ni mental. Mientras los enviados del régimen recorren algunos países que pudieran ser proclives a un posible acuerdo político, hay movimientos paralelos de distinto jaez. Parece ser que la familia se ha dividido en dos para ofrecer al mundo dos soluciones: una mala y otra peor.

Están, por un lado, los “polis” malos de la línea dura, los hijos especializados en la represión que —como probablemente no sepan hacer otra cosa, ¡maldita especialización!— abogan por la vía militar. Ellos están seguros de ganar. Por otro lado, los hijos mediático y deportivo, Saif y Saadi (el futbolista), se ofrecen para que el primero lidere cambios “constitucionales” en el país. La familia está dividida y falta por saber si se trata de otra disputa más entre los jóvenes lobos de la camada o cuentan con el apoyo del padre.
La vocación democrática repentina de gente que tiene enfrente a todo el mundo conocido es siempre sospechosa. Se quedan en declaraciones como las de Bashar al-Assad, en Siria, que manda a los ministros a decir que hará reformas para aparecer dos días después en el parlamento para ser aplaudido por los suyos y seguir matando gente en las calles.
Los libios saben, como cualquiera que tenga sentido de la realidad, que no es posible una transición en estas condiciones y con esos agentes. Es lo que han rechazado día tras día hasta conseguirlo los tunecinos y los egipcios. La salida hacia una democracia es imposible cuando unos están acostumbrados a pensar en términos de represión. Saif al-Islam, el hijo candidato, “favorito” de Occidente durante años —puestos a elegir de entre lo malo lo aparentemente menos malo—, ha dado muestras suficientes de cuál es su talante democrático.
Los egipcios de la Plaza de Tahrir, que siguen defendiendo el sentido de su revolución en la Plaza de Tahrir, abuchearon el último viernes a los que llegaron con las banderas verdes de Gadafi y les hicieron retirarse de allí. Lo tienen claro y no quieren que, habiéndose librado ellos de un dictador, se les sumen los partidarios de otro.
Occidente puede verse tentado a tener que elegir entre lo malo y lo peor, pero eso sería convertir en inútil lo que han logrado hasta ahora lo que están allí. No es mucho, pero esencialmente ha sido poder seguir con vida y con la esperanza de poder librarse algún día del poder del dictador.
Que la alternativa a Gadafi sean sus hijos —cualquiera de ellos— nos lleva a aceptar que la salida a Mubarak tendría que haber sido el hijo de Mubarak, la salida al dictador sirio Hafez Al Asar haya sido el actual dictador sirio Bashar Al Asar, celebrada esperanza liberal en su momento, y así sucesivamente. Creo que todos estos pueblos están hartos de estos hijos de sus padres, benditas ramas que han salido a sus troncos, y sobradamente conocidos por los que han vivido bajo sus frondosas sombras de oscuridad absoluta.
Si los hijos de Gadafi se quieran matar entre ellos, como ya lo han hecho anteriormente por el control de los negocios o por situarse mejor en la sucesión, que lo hagan. Sería irónico que fueran los gobiernos del mundo los que dieran sus bendiciones a esa dinastía. Como sabemos por las películas, el poli bueno y el poli malo siempre están compinchados.

* "2 Qaddafi Sons Are Said to Offer Plan to Push Father Out" The New Yor Times 04/04/2011 http://www.nytimes.com/2011/04/04/world/africa/04libya.html?_r=1&hp

jueves, 31 de marzo de 2011

Libia y el juego del curling


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El conflicto de Libia se parece cada vez más a una partida de curling. El curling es un deporte popular en el norte de Europa y en Canadá y Estados Unidos. Es parecido a una petanca en pista de hielo. Lo que caracteriza al curling por encima de cualquier otra cosa es la frenética actividad que dos miembros del equipo realizan barriendo la superficie del hielo ante la piedra de granito para conseguir que llegue al objetivo, el centro de la diana. Para ganar la partida, además de llegar al centro, la piedra desplaza como en la petanca, a las piedras rivales para hacerse espacio en su avance.

Es cada vez más evidente que el levantamiento ciudadano en Libia es sobre todo, eso, ciudadano. Los rebeldes avanzan en la medida en que los otros retroceden. Inhabilitados para recibir armas por la resolución 1.973, van recogiendo lo que encuentran por el camino. Lo que no saben o pueden usar, lo queman; el resto se lo llevan y lo usan si saben cómo. Como en las partidas de curling, los aviones de la Coalición van barriendo obstáculos, alisando el camino, para que la piedra avance hacia su destino, Trípoli. Sin la ayuda de los cepillados previos, difícilmente podrían avanzar. Volveríamos a su arrinconamiento en Bengasi y la salida masiva hacia Egipto huyendo de los abrazos fraternales de las tropas del coronel.
La estrategia actual de Gadafi hace más difícil el apoyo aéreo, el cepillado de la pista. Obligadas a retirarse de campo abierto, donde puede ser bombardeadas con toda precisión —tanque a tanque, cañón a cañón—, las tropas gadafistas se refugian en las ciudades y se entremezclan con la población. Lo mismo que hace Gadafi sin pudor rodeándose de mujeres y niños —¡valiente héroe!— que le jalean, lo hacen sus tropas sin necesidad de afecto. Pero será difícil sacarlos de allí. No tienen prisa y de las ciudades a las que regresan ya habían eliminado la mayor parte de la resistencia anteriormente. En cuanto que la Coalición deja de bombardear, salen, atacan y regresan. Las tropas ciudadanas se montan en sus furgonetas y salen corriendo hasta lugar seguro. Y así podemos estar mucho tiempo.
The New York Times nos ofrece hoy noticia sobre los grupos de la CIA* que se han desplegado por Libia para recabar información de apoyo a los ataques aéreos. En la guerra semántica, los “operativos de la CIA” no son técnicamente “tropas”, que es lo que la resolución 1.973 prohíbe expresamente. En este “conflicto”, todo lo que no está expresamente prohibido está permitido. Deberían recordarse las carcajadas con las que el Subsecretario de Exteriores libio, Khalid Kaim [ver entrada], se dirigió al mundo  en rueda de prensa para decir que les parecía muy bien la resolución 1973: no pisar tierra, no armar, no dividir Libia. Según dijo, ellos iban a Bengasi a “proteger” a los civiles. ¡La semántica!
Ahora, Londres notifica la huida del jefe de Khalid Kaim, el Ministro de Asuntos Exteriores de Gadafi, Musa Kusa. Se da como un hecho que está allí y que está allí porque ha huido. Es importante matizarlo porque Londres ya metió la pata cuando anunció que Gadafi estaba en Venezuela. Por su parte, el Gobierno libio acepta que está allí, la primera parte, pero niega la segunda. Dice que está allí en “visita privada”, que es otra forma semánticamente interesante de definir el paso al enemigo. Siempre se dijo que las guerras hacen evolucionar la tecnología, pero se ha hablado poco de lo que hacen con el lenguaje.

* “Clandestine C.I.A. Operatives Gather Information in Lybia” The New York Times, 31/03/2011 http://www.nytimes.com/2011/03/31/world/africa/31intel.html?_r=1&hp



miércoles, 16 de marzo de 2011

Gadafi, Bahrein: el show debe continuar


Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La falta absoluta de eficacia de las instituciones se ha puesto, una vez más, en evidencia ante el caso libio. Las instituciones internacionales no son organismos operativos más que en la medida en que no obstruyen los intereses de determinados países. Unas veces les toca a unos y otras veces a otros.
Es sorprendente la incapacidad manifestada por los órganos de seguridad internacionales para frenar a un dictador sangriento que está masacrando a su pueblo con el armamento vendido a buen precio por los países que ahora debaten interminablemente sobre cómo frenarlo. Esta lentitud contrasta con la falta de problemas con la que los dirigentes de Bahrein han podido acoger en su territorio las fuerzas de Arabia Saudí  auspiciadas por un organismo llamado Consejo de Cooperación del Golfo.
El entramado de intereses comerciales y políticos que son hoy nuestros democráticos países dificulta cualquier tipo de acuerdo o decisión sobre asuntos que tengan un mínimo de conflicto o discrepancia. Hemos conseguido que los intereses se antepongan a los principios. Nos hemos convencido de que los dictadores más obscenos son gobernantes eficaces de unos países a los que reprimen, torturan y explotan con nuestras bendiciones. No tienen más que exhibir sus contratos en las escalerillas de los aviones para ser abrazados y besados.
Hace unas décadas, estos dictadores se quedaban en su casa sin salir porque existía cierto consenso sobre lo que había que hacer o decir con ellos. Después se modificaron las acciones, pero se mantenían los discursos. Finalmente, acciones y discursos se han adaptado a una situación en la que ya no existen los conflictos ideológicos sino la voluntad de comercio. En los ochenta se desarrolló la fórmula: "primero la libertad económica, luego la libertad política", creyendo que al establecer negocios con ellos, se irían abriendo a la democracia. El efecto ha sido justo el contrario: "primero la corrupción económica, luego la corrupción política". Nuestro nivel de democracia ha empeorado y los dictadores se han hecho escandalosamente ricos.
El estallido mundial al que asistimos no es más que el resultado de la confianza de tiranos que, sin presión exterior, no se han molestado en moverse un milímetro durante décadas, seguros de controlar su situación mediante distintos argumentos: la lucha contra el terrorismo, el control de las energías. Las democracias occidentales somos responsables de haberles sonreído y abrazado durante años, de haberlos sacado del gueto, de haberlos convertido en aliados con la excusa de que había otros peor que ellos. Ahora somos incapaces de frenar su crueldad.
La autoinvasión pacificadora solicitada por la monarquía de Bahrein no es más que la consecuencia lógica de la falta de contundencia mostrada ante Gadafi. Es un mensaje que se ha mandado a todos los que en estos momentos se encuentran en abierta guerra con sus pueblos. Tranquilos, si no hemos intervenido con un loco sangriento como Gadafi, ¿por qué íbamos a intervenir en Bahrein? Si Gadafi se sale con la suya, como parece temporalmente obvio, es cuestión de tiempo que las represiones se recrudezcan en los diversos escenarios abiertos. Se trata de acabar rápido; esa es la lección. Pasa por encima de todo y no dejes que los asuntos se calienten demasiado.
Bernie Ecclestone, el patrón de la Fórmula 1, fijó para el 20 de noviembre la carrera que  se debía celebrar en Bahrein como inicio de la temporada automovilística suspendida por las revueltas sociales. Como ha señalado hace unos días el propio Ecclestone: “Tenemos que estar siempre pensando en formas de entretener a la gente, formamos parte de la industria del entretenimiento”*
No sabe Ecclestone hasta dónde llega hoy la industria del entretenimiento. Y lo de acuerdo que están con él las autoridades de Bahrein.

* “Ecclestone quiere el GP de Bahrein en noviembre” Mundo deportivo 3/03/2011 http://www.elmundodeportivo.es/gen/20110303/54123281884/noticia/ecclestone-quiere-el-gp-de-bahrein-en-noviembre.html



martes, 15 de marzo de 2011

Ojos españoles en las noches libias


Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Me llaman desde El Cairo. Acaban de regresar de Libia. Las emisoras europeas que han mandado a mis amigos periodistas egipcios les han pedido que salgan de allí. Temen que el desastre se cebe en ellos ya que los periodistas, una vez más, se han convertido en el objetivo del silencio. Fuera testigos, fuera imágenes que nos muestren el proceso de borrado, la vaporización orwelliana de Libia. ¿Para qué molestarse en hacer desaparecer fotos cuando es más fácil hacer desaparecer personas? El borrado documental que nos describía Orwell era el de los regímenes empeñados en alterar la Historia. Gadafi la quiere hacer desaparecer. El fin de Libia, si alguien no lo remedia, es vivir a la sombra del gigantesco retrato sonriente de un dictador acartonado.
Pero los periodistas las traen grabadas en su memoria. “Todavía no hemos podido asimilarlas, son muy duras”, me dicen. No es fácil mantener la distancia ante el sufrimiento humano y la indignación es el poso que les queda en la boca.
Mientras la comunidad internacional sigue debatiendo sobre el tipo de intervención —ayer mismo se reunió el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas sin llegar a un acuerdo—, Bahrein lo tiene muy claro y ha pedido que entren fuerzas militares y policiales de Arabia Saudí en su territorio por si aquello se les va de las manos. Teóricamente, se trata de proteger los lugares estratégicos, pero la oposición no lo ve así. Lo ven como una ocupación. En clave árabe, el conflicto en aquel país tiene el rasgo peculiar de parecer una partida de ajedrez sobre territorio de Bahrein, una partida entre Irán y Arabia Saudí, entre chiíes y suníes. En Bahrein gobiernan los suníes sobre una mayoría chií y la tentación iraní, los chiíes lejanos pero influyentes, podría complicar las cosas. Arabia Saudí e Irán son enemigos declarados y la clave para entender muchas jugadas enlazadas sobre el tablero global.
Mientras, las tropas de Gadafi siguen avanzando liberando territorios, limpiándolos de cuerpos y almas. Las resoluciones para considerarlo criminal de guerra, llevarlo a la corte penal internacional, todas las condenas, son papel mojado sobre un reino de muertos, los actuales y los futuros, porque el régimen sabe que su supervivencia pasa por el exterminio de cualquier atisbo de oposición. Libia debe convertirse en un templo donde no haya más dios que Gadafi ni más seres vivos que los que le rindan culto.
Occidente y otros países no han tenido reparo durante años en vender armas a Gadafi. El 23 de febrero, el secretario de Estado de Comercio Exterior, Alfredo Bonet, informó sobre la cancelación de las ventas de material militar español a Libia.* Gafas de visión nocturna y piezas de aeronaves es lo que le hemos facilitado al dictador. Aunque no se sabe bien lo que ya les hemos mandado, según consta en la documentación oficial, en el primer semestre de 2010 se había autorizado la exportación por valor de 7’8 millones de euros en material de visión nocturna. Una cantidad similar es la que ha sido cancelada para este año. El procedimiento seguido por el gobierno español ha sido la cancelación de las licencias, conforme al artículo 8 de la Ley 53/2007 de Comercio de Armas, y se teme que esta medida excepcional pueda suponer acciones legales por parte de las empresas españolas “perjudicadas” por la cancelación.
Una vez más, no deja uno de sorprenderse. Las conciencias económicas no entienden más que de economía. Hemos hecho respetable la industria armamentística porque no hay diferencia entre producir coches y carros de combate, bombas y fuegos artificiales. Solo hay diferencias entre las rentables y las que no lo son. La Ley de Venta de Armas parte del curioso principio de que hay que dejar de vender armas al que las utiliza mal. El problema es que no te las devuelven cuando empiezan a utilizarlas mal. No es necesario hacer demagogia; la hacen ellos. Las empresas de fabricación de material militar pueden reclamar sobre lo perjudicial que ha sido que les cancelen las ventas; los muertos no.
Las ventas de material a Libia aumentaron un 7.700% en 2008 tras la visita de Muamar el Gadafi a España en 2007. España esperaba facturar un total de 1.500 millones de euros, según se deprende de uno de los documentos filtrados en Wikileaks (08MADRID34)**. Los dictadores pagan bien. Aznar fue el primer líder mundial en visitar Libia tras el levantamiento de las sanciones en 2003 y los contactos de entonces han concluido en rentables negocios de las empresas españolas hoy, proyectos de colaboración militar, intercambio de información contraterrorista e inmigración… Lo último, las gafas de visión nocturna y las piezas de aviones.
Quizá si algunos se pasaran unos días en las zonas de guerra viendo el uso que se les da a los materiales que orgullosamente fabricamos, ponemos sellos de calidad, y vendemos estrechando manos de los compradores, seríamos algo más cuidadosos. Hemos vendido gafas de visión nocturna a los que, seguro, les están dando un buen uso. Así, las noches libias serán un lugar un poco más tranquilo y seguro gracias a nosotros. Pronto habrá paz.

* “España suspende la venta de armas”. El País 23/02/2011 http://www.elpais.com/articulo/internacional/Espana/suspende/venta/armas/elpepuint/20110223elpepiint_5/Tes
** http://www.20minutos.es/cable-wikileaks/968242/08madrid34-cable-en-el-que-se-detalla-la-visita-de-gadafi-a-espana/