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miércoles, 25 de febrero de 2026

Punch

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Lanzo la moneda: cara, Trump; cruz, Punch. Sale Punch y que no se entere Trump. Ya tiene bastante con Melania y su documental, como para que ahora pierda protagonismo por un macaco japonés al que rechazó su madre.

No me entiendan mal. Este texto no va de Punch abandonado por su madre, sino de las reacciones de la gente ante el abandono de Punch por su madre,  una sociedad que tiene alteradas sus jerarquías, que se mueve por eso que llaman "viral" como si fuera movida por el viento.

Punch ha conseguido... corrijo: los que quieren que nos conmovamos con Punch lo han conseguido, Unos hablan movidos por el drama del abandono; otros hablan de los que hablan de Punch y despotrican con el asunto hablando de manipulación, formas de distraer la atención creando cortinas de humo, etc.

Después te muestran que, como el mono se vende en IKEA, la empresa ha creado sus propias campañas publicitarias aclarando que donde unos te abandonan ellos te acogen. De repente, Punch mueve millones. Unos acusan al Zoo porque creen que todo es una maniobra para vender entradas, que está estudiado que esto de las crías rechazadas moviliza las emociones y lo aprovechan; dicen que a los niños les hace gracia y piden que les llevan a Zoo en cuestión o que les regalen un peluche de esos que han servido de refugio a Punch.

Nos tienen que recordar que en España está prohibido tener monos en casa porque la gente está empezando a llamar a las tiendas de animales a ver si tienen monos. Un señor que sale en la televisión dice que recibe decenas de llamadas preguntando por monos.

Punch ha movilizado a la opinión pública mundial, se ha convertido en cuestión de estado y en cuestión familiar. La gente sufre y habla sobre lo cruel que es mundo, incluido el de los macacos.

La cuestión lleva ante las cámaras a centenares de expertos en comportamiento de primates —¡los más próximos a nosotros, los humanos!— que aprovechan para darnos una disertación etológica y nos hablan de socialización, de rechazo, etc. Otros van más lejos:

La organización de defensa de animales PETA demandó este martes el traslado a un santuario del macaco japonés Punch, que se volvió viral por aferrarse a un peluche en el zoológico de la ciudad de Ichikawa, al afirmar que el animal sufre un trauma derivado del cautiverio y el aislamiento.

"Como todos los macacos, Punch debería crecer en un grupo familiar unido, aprendiendo habilidades sociales vitales y explorando un hábitat natural rico, y no buscando el consuelo de un juguete en un pozo de cemento", dijo Jason Baker, presidente de PETA Asia, según un comunicado compartido este martes por la organización de defensa de animales.*


La culpa, nos dicen, la tenemos los humanos que criamos en cautividad a los que deberían estar en la naturaleza, por lo que se alteran los comportamientos y se dan estos rechazos. En la naturaleza no pasan estas cosas, nos dice otro experto en simios, que le atraen más que los humanos, que convertimos todo en espectáculo y la liamos.

La verdad es que no hay medio que no trate este asunto capital y desplace de portadas y titulares destacados cualquier otra noticia, incluidas las de Trump, que tendrá que provocar una guerra más para poder recuperar protagonismo.

En Japón pasan últimamente cosas muy raras. La primera ministra, a la que le gusta que la llamen como a Margaret Thatcher, la "dama de hierro", esa que lleva un gran bolso para afirmar que trabaja más que nadie, debería tomar cartas en el asunto porque el caso Punch se puede ir de las manos, convertirse en metáfora política y que la madre mona acabe con un gran bolso. ¿Optaron los japoneses en las urnas por la mano dura y no por el blandengue peluche de consolación?

Este es ya un mundo de imágenes, imágenes de esas que no solo dan la vuelta al mundo, sino que lo ponen patas arriba con su poder simbólico, sea el que sea. No me quito de la mente esas personas llorando y llorando (ahora llorar también se ha vuelto un espectáculo y han surgido expertos en "llanto público" que nos lo explican) por lo de Punch.

Me imagino a muchos llorando por Punch durante una comida en medio de la dana; me los imagino llorando por Punch mientras nos muestran las imágenes de muerte y destrucción en Ucrania, en Gaza, en tantos sitios. No le ahorremos nuestras lágrimas, como pidió Goethe para su desgraciado Werther y sus cuitas.

Las cosas más extrañas se nos muestran explicadas por expertos en la materia. También los expertos pasan a ser extraños, gloria explicativa de un día. Nos dicen lo posible y lo imposible de hechos captados en un instante por gente armada de teléfonos que estaba allí. Luego llega el "trending" y todo se desborda.

Necesitamos del diccionario delante para leer a los clásicos ahora inaccesibles y necesitamos a los expertos en traumas infantiles de macacos japoneses para no desperdiciar la hermosa ocasión de llorar a coro.

Punch, ¡pobre Punch!, elevado a la efímera gloria de un día en el que se convierte en el centro emocional de la Humanidad, para regresar a la oscuridad poco después, dejando estelas de deseos de adopción insatisfecha.

Primeras planas, hueco en las televisiones, radios... con sonrisa irónica o sin ella, Punch está por todas partes mostrando nuestro funcionamiento social y mediático. Si ayer Donald Trump advertía de que no podía haber "dos estrellas en la misma casa", hoy sabe que caben tres, que siempre habrá un Punch que llegue a nuestras vidas, nos robe el corazón, movilice nuestro bolsillo y nos haga llorar. 


* "Los animalistas de PETA piden trasladar a un santuario al mono viral Punch: "Lo que algunos llaman adorable es un trauma"" 20minutos / EFE 24/02/2022 https://www.20minutos.es/gonzoo/peta-pide-trasladar-punch-mono-japones-viral-un-santuario-porque-sufre-un-trauma_6938143_0.html

viernes, 24 de octubre de 2025

Redes, de la independencia a la dependencia

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Para los que llevamos (y quedamos) en Internet desde sus inicios, allá por la primera mitad de los años 90, no dejamos de hacernos preguntas sobre cómo ha sido esta evolución del idealismo de una sociedad virtual alternativa a la degradación del mundo comercial e interesado, manipulador y cruel, a lo que ahora tenemos delante cada vez que entramos en un ordenador, un teléfono o cualquier otro dispositivo digital que lo permita.

Hemos pasado de concebirlo como un mundo autónomo que permitía ser creativos y libres y del que había que mantener alejados a todos los males que se achacaban al mundo material a... esto.

Me ha venido como un flash a la memoria el nombre del documento que mejor sintetizaba ese deseo de un mundo digital nuevo, libre, puro... Era el Manifiesto por la Independencia del Ciberespacio, firmado por John Perry Barlow en 1996 y cuyo comienzo era este:

Gobiernos del Mundo Industrial, vosotros, cansados gigantes de carne y acero, vengo del Ciberespacio, el nuevo hogar de la Mente. En nombre del futuro, os pido en el pasado que nos dejéis en paz. No sois bienvenidos entre nosotros. No ejercéis ninguna soberanía sobre el lugar donde nos reunimos.

No hemos elegido ningún gobierno, ni pretendemos tenerlo, así que me dirijo a vosotros sin más autoridad que aquélla con la que la libertad siempre habla. Declaro el espacio social global que estamos construyendo independiente por naturaleza de las tiranías que estáis buscando imponernos. No tenéis ningún derecho moral a gobernarnos ni poseéis métodos para hacernos cumplir vuestra ley que debamos temer verdaderamente.

Los gobiernos derivan sus justos poderes del consentimiento de los que son gobernados. No habéis pedido ni recibido el nuestro. No os hemos invitado. No nos conocéis, ni conocéis nuestro mundo. El Ciberespacio no se halla dentro de vuestras fronteras. No penséis que podéis construirlo, como si fuera un proyecto público de construcción. No podéis. Es un acto natural que crece de nuestras acciones colectivas.

No os habéis unido a nuestra gran conversación colectiva, ni creasteis la riqueza de nuestros mercados. No conocéis nuestra cultura, nuestra ética, o los códigos no escritos que ya proporcionan a nuestra sociedad más orden que el que podría obtenerse por cualquiera de vuestras imposiciones.

 

Y más adelante se señalaba:

Estamos creando un mundo en el que todos pueden entrar, sin privilegios o prejuicios debidos a la raza, el poder económico, la fuerza militar, o el lugar de nacimiento.

Estamos creando un mundo donde cualquiera, en cualquier sitio, puede expresar sus creencias, sin importar lo singulares que sean, sin miedo a ser coaccionado al silencio o el conformismo.

Vuestros conceptos legales sobre propiedad, expresión, identidad, movimiento y contexto no se aplican a nosotros. Se basan en la materia. Aquí no hay materia.

Nuestras identidades no tienen cuerpo, así que, a diferencia de vosotros, no podemos obtener orden por coacción física. Creemos que nuestra autoridad emanará de la moral, de un progresista interés propio, y del bien común. Nuestras identidades pueden distribuirse a través de muchas jurisdicciones. La única ley que todas nuestras culturas reconocerían es la Regla Dorada. Esperamos poder construir nuestras soluciones particulares sobre esa base. Pero no podemos aceptar las soluciones que estáis tratando de imponer. (...)

Davos, Suiza. 8 de febrero de 1996

El manifiesto recogía la voluntad de crear un mundo virtual nuevo en el que se trazaba una clara frontera entre el salvaje mundo material, lleno de intereses, dominación e injusticia y el nuevo mundo, desmaterializado, un mundo en el que cada uno podía ser quien quisiera sin límite más allá de la imaginación y el deseo.

Hoy vemos con ironía todo esto. Fue muy poco el tiempo transcurrido para que todos esos monstruos del mundo material entraran a saco y se hicieran con el nuevo mundo convirtiéndolo en una prolongación.

La libertad de estar se convirtió en la obligación de ser a través de la manipulación. Bancos, partidos políticos, administraciones públicas, empresas con todo tipo de intereses lo colonizaron rápidamente y establecieron nuevas formas sorprendentes de manipulación, de construcción de las identidades tanto individuales como colectivas. La generación que ha crecido con acceso desde la cuna es ya otra. Las generaciones anteriores se fueron incorporando cambiando sus hábitos y costumbres de forma gradual.

Un ejemplo de hoy mismo nos lo ofrecen en El Mundo: el llanto. Un magnífico reportaje de Rebeca Yanke, titulado "Por qué los jóvenes exhiben sus llantos en redes sociales: "Llorar ha pasado de ser algo vergonzoso a percibirse como auténtico""**. La posibilidad de llorar en "público virtual" crea una serie de condiciones nuevas respecto a lo que era "llorar en público" a secas. Las emociones privadas se convierte en espectáculo. Se ha transformado la comunicación, el sentimiento y la forma de expresarlo. Escribe Rebeca Yanke: 

Llorar es también una forma de conexión social que en las redes sociales de 2025 se ve así: lágrimas (aunque sean pocas), una canción conmovedora (normalmente de fondo), dos o tres líneas desoladas y el rostro de alguien sufriendo. Llorando con congoja o hiperventilando, con ataque de ansiedad o de pánico, con el corazón roto o con sensación de fracaso. Y la cámara grabando el espectáculo.

La pregunta ahora es si este fenómeno del llanto público conseguirá no sólo trasladar el cambio a otras generaciones más distantes de la expresión emocional, como la X o la boomer, sino también una evolución del paradigma cultural de la tristeza, el dolor y la lágrima, que podría dejar de ser algo circunscrito a esferas más privadas e incluso íntimas.**

Sin duda lo hará, pero cuando el cambio se produzca, la nueva generación que llegue creará otras normas de expresión. Las cosas son eficaces menos tiempo y hacer algo nuevo significa eliminar una posibilidad y buscar otras para que sea efectiva. Esa es la nueva ley intergeneracional: todo cambia, nada dura; lo estable deja de significar.

Con esto aumenta la distancia generacional, pues dejan de compartir elementos comunicativos. La misma nomenclatura de las generaciones —Boomer, Z, X...— nos indica ese efecto burbuja creado por los que controlan los medios y redes. Necesitan, a la vez, segmentar y normalizar dentro del segmento, una técnica comercial que se ha convertido en social. Somos consumidores y producto a la vez.

Pero esto despierta un sentido crítico particular, sobre modas concretas y cambiantes (la palabra moda es esencial) y del plano general, es decir, del escenario de todo este movimiento, el ciberespacio, la nueva "realidad", un mundo para el que se vive y en el que nos relacionamos. Rodrigo Terrasa y Carmen Casado nos dan esta evaluación de este mundo virtual:

Enshittification: dícese del empeoramiento de una plataforma digital o red social debido a la reducción de la calidad de su servicio hasta convertirse en... en... en una auténtica mierda.

El 5 de enero del año pasado, cerca de 300 expertos en lingüística se reunieron en el Hotel Sheraton de Times Square, en Nueva York, a apenas 800 metros de la Trump Tower de la Quinta Avenida, para comer canapés y deliberar sobre cuál debía ser la palabra del año para la American Dialect Society, una institución con 135 años de historia. Allí había lingüistas, lexicógrafos, etimólogos, expertos en gramática, historiadores, investigadores, escritores, editores, estudiantes y académicos independientes. Cuentan que ésta es la votación más larga de las muchas votaciones de palabras del año que se realizan alrededor del mundo. Esa noche, la American Name Society eligió Gaza y Barbie como nombres propios del año y la Sociedad del Dialecto escogió como mejor palabra enshittification.

«Es un término lamentablemente adecuado para describir cómo se han degradado gradualmente nuestras vidas online», aseguró Ben Zimmer, presidente del Comité de Nuevas Palabras de la institución y columnista de idiomas de The Wall Street Journal.

El palabro en cuestión podríamos traducirlo aquí de forma muy gráfica como mierdificación (shit es mierda en inglés) y básicamente resume lo que ustedes ya habrán percibido en los últimos tiempos: que las redes sociales se han convertido en un insoportable lodazal que todo lo acaba infestando.

Y, sin embargo, ahí seguimos. Enshitificados hasta el cuello. *** 

Lo expuesto no requiere excesiva explicación. La percepción sobre las redes ha pasado del idealismo de los 90 a la "mierdificación" de los momentos actuales. Son muchos los factores implicados es estos cambios, especialmente la ruptura generacional que se produce con la llegada de los "nuevos" a los que no se entiende y de forma clara la sobre exposición que padecemos. En algún punto se rompió el equilibrio y hoy se nos obliga a depender de las redes. Eso afecta a las relaciones con la administración, con los bancos que ya apenas nos atiende, al teletrabajo, las videoconferencias, etc. Lo que era "libertad" ha pasado a ser esclavitud por la obligación. El malestar es grande entre las generaciones mayores (que comienza a ser mayoritarias) en sociedades envejecidas y a las que se deja de atender en persona. Todo esto genera un sentimiento de soledad en una sociedad hiperconectada. Padecemos agresividad basada en el anonimato a través de las redes, algo que se convierte en el bullying, el ciberacoso, las difamaciones y ataques, etc.

Indudablemente, la sociedad virtual tiene aspectos beneficiosos, pero es cierto que estos pueden no ser los que más resalten, sino que lo sean los de saturación, distanciamiento, soledad, imitación, etc. La sociedad de la información nos hace más débiles porque necesita vencer las resistencias para intensificar las dependencias. Eso hace que seamos más sensibles a los cambios y, a la vez, situaciones normalizadas. Esto se traduce en la actual preocupación por la salud mental y por la agresividad creciente, de la infancia a los adultos.

Hace falta equilibrar la situación, no dejarse arrastrar, resistir. Hay que crear una burbuja personal dentro de la burbuja en la que nos meten. La gente llega ya tocada a la etapa adulta después de la constante manipulación a la que se ve sometida desde la infancia. Quedamos moldeados por el sistema y no todos tienen la capacidad crítica de resistir a los aspectos más nocivos. Pero los que manejan todo esto son muy poderosos en muchos niveles y no es fácil intervenir para remediar esta situación.


* John Perry Barlow (1996) "Manifiesto por la Independencia del Ciberespacio". Recogido en Universidad de Huelva https://www.uhu.es/ramon.correa/nn_tt_edusocial/documentos/docs/declaracion_independencia.pdf

** Rebeca Yanke "Por qué los jóvenes exhiben sus llantos en redes sociales: "Llorar ha pasado de ser algo vergonzoso a percibirse como auténtico"" El Mundo /Papel 23/10/2025  https://www.elmundo.es/papel/historias/2025/10/23/68fa2c68fc6c831a268b4582.html

*** Rodrigo Terrasa y Carmen Casado "Atrapados en la 'mierdificación' de internet: cómo las redes sociales cambiaron a tus amigos por basura" 22/10/2025 https://www.elmundo.es/papel/historias/2025/10/22/68f2399afc6c8306598b4579.html

martes, 21 de octubre de 2025

Leer con pasión hoy

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Se queja Juan Manuel de Prada en su columna de ABC de que "Hoy la literatura no interesa a nadie" (es el titular) y apunta a continuación: "Hoy el Premio Planeta, para resultar rentable, tiene que concederse a un famoso televisivo".

No dice de Prada algo nuevo, algo que no haya sido dicho muchas veces con esas mismas o parecidas palabra. Vienen a cuento cada vez que se concede el premio Planeta a alguien que por el simple hecho de aparecer en un programa televisivo tiene ya asegurado unas cuantas decenas de miles de lectores.

No le falta razón al afirmar en su titular que la literatura no le interesa hoy a nadie. La pregunta que surge entonces es: ¿qué tiene que ver el premio Planeta con la Literatura, por qué se utiliza como medida? Y no es ironía, sino la triste realidad de que los máximos enemigos de las artes suelen ser los que rigen sus destinos.

Realmente, ¿interesa a alguien la Literatura?

He sido profesor de Literatura durante los primeros 20 años de mi carrera académica. Como he sido entusiasta lector desde poco más de los diez años, para mí la Literatura era algo que había llegado a mi vida para quedarse. Traté de compartir mi conocimiento, pero sobre todo mi entusiasmo, algo que ha sido sustituido por el interés económico. Por eso digo que vincular la Literatura con el Premio Planeta no es hacerle justicia al arte literario, porque siempre ha estado el premio en entredicho como algo interesado más en vender que en emocionar realmente desde la Literatura.

La creencia en que lo literario caduca en pocos años, que se considera viejo, solo tiene sentido cuando se trata de dejar hueco al siguiente premio.

Casi todas las artes tienen su momento de descubrimiento, un libro, una película, una pintura... con la que nos encontramos y hacen abrirse nuestro deseo de más y más. Ese encuentro tiene algo de revelador, nos hace pararnos y decirnos ¿qué es esto, qué me ha pasado? El resto de nuestra vida es un viaje para poder revivir esa sensación de claridad luminosa, de superar el aquí y el ahora para volver a él con nuevas energías y sensaciones.

Desgraciadamente, hoy muchos de los que fabrican, editan y venden libros, incluso los que los escriben pueden no haber experimentado ese momento. Escribir, editar puede ser una pasión, pero es una pasión extraña, algo que no siempre prende. Queda entonces la economía.

Hace décadas que la educación enseña sin pasión, sin entusiasmo. Las aulas son vistas como trincheras en las que se libran épicas y aburridas batallas entre jóvenes que consideran que todo está ya en su teléfono y personas que han acabado pensando que perdieron la guerra.

La Literatura es uno de esos campos desaprovechados en los que se lucha por imponer unas obras vengan a cuento o no. Hay obras para todos los gustos, pero se imponen las que oficialmente se establecen. No hay emoción. La temporalidad reducida del curso se opone a una vida de lecturas. La enseñanza de la Literatura lleva muchas veces a lo contrario de lo que se debería buscar, lleva hacia la desmotivación. No hay nada que buscar; todo está ya dicho en los programas. Lo mismo ocurre con otras artes. El arte es consumo y el entusiasmo se reduce a consumir producto tras producto.

En un programa de TV hace unos días se explicaba con toda naturalidad que la ventaja de los cómics es no tener que leer, lo que le debía suponer para quien lo dijo un enorme desgaste. Todavía está reciente el escándalo de la influencer que decía que los libros estaban sobrevalorados y que la gente se cree superior a los demás si lee.

Todas estas cosas forman parte de esos discursos que han ido dejando fuera la Literatura sencillamente porque se ha perdido la batalla de la lectura en beneficio de esos móviles con los que vemos en las sillitas a niños menores de dos años. Se les enseña a pasar el dedo para estar entretenidos y que no distraigan a los padres de la misma tarea, pasar el dedo por la pantalla. Desde Nerón nunca tuvo tanta importancia el dedo pulgar.

¿Leer? ¿Qué es eso? Algo muy antiguo. En la sociedad en la que se privilegia la captación de la atención, leer es desperdiciar el tiempo, que se te pasen ideas raras por a cabeza, etc. Todo esto si no tienes el último Premio Planeta que has comprado porque te suena la cara de ese que sale en la tele, ese tan simpático.

En este mundo de luchas por la atención y el bolsillo, solo se busca lo rentable, no lo culturalmente positivo para la persona. Y los primeros que buscan lo fácil son las propias editoriales, al menos las grandes. Toda mi admiración a esas editoriales pequeñas, independientes, que se la juegan con cada libro que editan y que creen en ellos. A lo más que aspiran es a que las mencionen de pasada en algún suplemento literario, colonias de las grandes editoriales.

La lectura no se produce de forma casual o calculada. En eso ha fallado estrepitosamente nuestro sistema educativo, por un lado, y el comercial por otro. Es un cambio de paradigma y se busca el entretenimiento, las más de las veces adictivo.

Han desaparecido los programas sobre libros. En las casas ya no hay libros. Es allí donde se coge el amor por la lectura. He dicho "amor" y no es metáfora o cursilería. Es la realidad de ese encuentro que te hace desear más.

Me viene a la memoria repentinamente lo que nos contó en clase un querido profesor de Literatura. Nos dijo que cuando terminó de leer El poder y la gloria, la novela de Graham Greene, lo cerró y llevándoselo a los labios lo besó. Creo que fue un acto espontáneo, algo que hizo pocas veces en su vida, pero que fue el motor que le impulsó a seguir buscando. Hoy leer es, desgraciadamente, otra cosa.

Las personas deberían salir del sistema educativo con varias pasiones, no solo con conocimientos. Esas pasiones deben acompañarnos toda la vida, le dan sentido al día a día y sirven de equilibrio con aquello que nos castiga y embrutece. Pero hoy el sistema educativo no es más que la antesala al sistema laboral; no importa lo que lleves dentro, sino la productividad. No importamos en cualquier otra dimensión. Es una sociedad de información, de datos, sin profundidad de las personas, desbordada por la falta de recursos personales internos, lanzada del trabajo al ocio embrutecedor, buscando no pensar.

Pero se está dando una cierta reacción. Son famosos que nos descubren que son enamorados de la lectura y crean sus clubes de lectores, como ha hecho la cantante Dua Lipa. No deja de ser una ironía que sean personas ajenas al mundo de los libros, como la cantante, las que tengan que realizar lo que otros no se atreven a hacer.

Dicen que ya hay influencers de los libros. No hay problema mientras sea esa emoción lo que le guíe y no las simples ventas, ser otro brazo del consumo. Con la crítica empeñada en vender, hacen falta personas entusiastas. El problema se nos vuelve macluhaniano, "el medio es el mensaje". Importa más la promoción que lo promocionado. No se trata de la novedad, sino precisamente de lo contrario, de lo que perdura, de lo que demuestra su valor en la resistencia al tiempo, de lo que resiste porque nos sigue hablando.

Preste, comparta libros, hable de ellos con sus amigos. Poco a poco se irá creando una red. Comparta lo que descubra. Leer no es un acto mecánico, es la puesta en marcha de nuestra imaginación estimulada por las palabras que leemos. Bese el libro que le ha emocionado, como hizo aquel viejo profesor. Puede que sea el libro menos rentable del universo, pero no se trata de eso.



viernes, 4 de octubre de 2024

La música que no cesa

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

El miércoles pasado vimos en nuestro cinefórum una película muy especial, "La música nunca dejó de sonar" (Jim Kohlberg 2011), con el destino incierto de las diferentes formas en que se traduce al castellano el título original en inglés, "The music never stopped". La película puede ser rastreada en español como "La música nunca dejó de sonar", "La música nunca se detuvo" o "La música nunca paró", algo que no suele ocurrir, pero que demuestra una situación extraña del filme, como el hecho de que fuera el debut de su director y su último filme, productor de películas como "Trumbo" (2007) y director teatral de una versión del "Todos eran mis hijos", de Arthur Miller, autor de una novela, "The Golden Gate is red". Lo último suyo que rastreo es de hace poco más de un mes, un artículo de Fortune con el explícito título "I’m committing $30 million to reforming the Supreme Court. It’s a small price to pay to protect our democracy". Un personaje curioso, como puede apreciarse.

La película se basa en una obra del afamado psicólogo y escritor, autor de grandes bestseller, Oliver Sacks. El filme recoge el capítulo llamado El último hippie, incluido en la obra "Un antropólogo en Marte", en el que estudia diversos casos de patologías.

Vimos la película y nos emocionamos todos.

Nos cuenta la historia de una familia en la que el padre modela el gusto musical del hijo con sus canciones y cantantes favoritos. El hijo crece y vive la rebeldía de los 60 a través de la música, que no gusta nada a su padre. La guerra de Vietnam acaba por distanciarlos y se produce la ruptura. El hijo se va de casa. Pasados 20 años les llaman para decirle que, a raíz de un tumor cerebral, su hijo esta postrado en una cama y ha perdido gran parte de sus recuerdos. Un día descubren que el hijo reacciona ante la música, que conecta con sus recuerdos y le devuelve a la actividad. Cuando la música cesa, el hijo se desconecta de la realidad. No es capaz, además, de generar recuerdos. Lo que vive se borra.

El papel de la música pasa a ser fundamental para llegar al hijo y el padre debe acercarse a lo que antes rechazaba, la música de su hijo, lo que se significa en el grupo Grateful Dead. La música que el padre despreciaba como una forma de pensar y vivir opuesta a la suya es ahora la vía que debe recorrer para entrar en la vida de su hijo. Un momento clave es cuando el padre coge todos sus viejos discos y va a venderlos para comprar los que le gustan a su hijo y así compartir con él las emociones.

La película tiene tres centros perfectamente equilibrados: el psicológico (el funcionamiento del cerebro en cuanto a la memoria y su construcción), el de las relaciones familiares y sus transformaciones y, finalmente, el de la música y lo que significa para nosotros individual y culturalmente.

Encendimos la luz al finalizar la película. Todos confesamos nuestras emociones por lo que habíamos visto.

—Tienes los ojos rojos —me dijeron después.

—He llorado —respondí—. Esa música del hijo fue también mi música. El personaje del hijo solo tenía cinco años más que yo.

Recordé mi adolescencia y cómo trasladaba una maleta de discos cada verano para las vacaciones.

— ¡Esa maleta vas a llevar! —me decía mi madre cuando cargábamos el 600 para salir camino de la playa a pasar el verano.

Yo defendía aquellos cien discos con mi vida; eran mis armas de supervivencia musical veraniega y herramientas para las fiestas de cumpleaños de los amigos. Yo ponía mi música, que era como mi otro yo en forma de vinilo.

Recordé cómo ponía a los Grateful Dead en el programa musical que tuve durante dos veranos en Radio Juventud de Murcia, algo insólito, pero que a me parecía normal porque era música.

Jim Kohlberg y Lou Taylor Pucci, el actor que interpreta al hijo

Todo aquello salía de los recuerdos que la música despertaba y de los personajes que la encarnaban dejando claro que, a diferencia de otras artes, la música juega un papel emocional muy diferente. La música tiene un intenso factor sentimental que hace que nos acompañe a lo largo de la vida. Se pega a los momentos intensos de nuestra vida. En un momento dado se cierra y dejamos de identificarnos con lo nuevo. Puede gustarnos más o menos, pero ya no somos nosotros.

Para la generación representada en la película, la música lo envolvía todo, lo personal y lo social. Era la forma de expresión que la distanciaba de la generación anterior. Cuando vemos al hijo compartiendo la música del padre, escuchando a Bing Crosby, sabemos que eso ya no es posible hacerlo con el pelo largo y la guitarra eléctrica que se convierten en sus señas de identidad. Comprendemos que son ya seres distintos de mundos distintos, con valores y recuerdos diferentes.

Bob Dylan, los Grateful Dead, The Beatles, The Rolling Stones, Crosby, Stills, Nash & Young... todas las canciones que suenan la película son algo más que música. Son ladrillos en la construcción de un yo distinto. No sé si las generaciones posteriores le han dado ese valor a la música. Creo que la MTV lo cambio todo y fortaleció una industria encargada de vender diversas cosas, modas, imágenes y sonidos. Pero la música que nos muestran en la película tenía una función diferente, esencialmente la construcción de un ente llamado "juventud" que significada sobre todo diferencia del mundo anterior, rebeldía, algo que se simboliza por la oposición a la guerra de Vietnam, frente al heroísmo orgullo de las victorias militares que el padre tenía. Es la quema de una bandera norteamericana en un concierto del hijo lo que separa definitivamente a ambos.

The Grateful Dead

La concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan fue una distinción a ese tiempo y a su figura de trovador de una generación. Había grupos que incluían una versión de alguna canción de Dylan en cada disco que sacaban. Era una forma de hacer suyas palabras, música y sentir.

Quizá todos tenemos esas piezas musicales que constituyen nuestro ser emocional e histórico. Son las canciones que hemos escuchado y nos conmueven al traernos momentos distantes que han quedado fijados en unas notas, en unas líneas de una canción.

Me da la impresión que el director de la película descubrió el texto de Sacks y se identificó con todo esto. Quizá se sentía también ese "ultimo hippie" y quiso traer de nuevo sus recuerdos en forma de música y compartirlos. 

Todos nos emocionamos, aunque por causas distintas. Quizá no era su música, pero sí las emociones alrededor de la familia. 

lunes, 20 de marzo de 2023

La gran familia se amplía

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Cada uno tenemos nuestra familia, pero hay una que compartimos todos, la gran familia mediática. Más allá de hermanos, padres abuelos, tíos, primos, etc. con los que tenemos lazos, todos tenemos es gran familia mediática construida expresamente para nosotros, para todos.

Es una familia muy selecta, aunque esté llena de impresentables. Lo importante no es eso, sino precisamente lo contrario: nos son presentados de continuo hasta llegar a formar con ellos esos lazos de sangre artificial necesarios para que no les quitemos la vista de encima.

Ellos viven por, para y de nosotros. Lo que hacen es pensando en nosotros, en nuestra mirada y sentimientos provocados para hacernos sentir, que tiembles las manos al teclear en el teléfono móvil sus nombres, al pulsar los enlaces que nos llevan directamente a sus vicisitudes, a sus penas, aparentemente reales, ficticias la mayor parte de las ocasiones.

La gran familia mediática es un selecto grupo de personas al que muchos tratan de incorporarse, pero al que solo algunos lo logran. Que quede claro: solo algunos lo logran. Han de tener los suficientes méritos empáticos como para que muchos millones de personas puedan sufrir por ellos, por su suerte, por su triste o alegre destino. Después deben tener lazos con otros miembros acreditados, que actúan como introductores. Los lazos empiezan con los hijos, que tendrán novios y novias; con ex que introducirán a sus nuevas parejas, con las que todos establecerán comparaciones.

Antes de ocupaban de estas cosas las revistas del corazón; ahora somos todo corazón. Pueden ocupar minutos en nuestros noticiarios tras una invasión o la cura contra una grave enfermedad, tras unas elecciones nacionales o junto a una final de copa. Su rango atencional ha subido como la espuma y, como decía aquella canción, no podemos apartar los ojos de ellos. Hasta sus mascotas son objeto de nuestra atención.

La gran familia son el efecto de vivir en esta sociedad del aburrimiento sostenible, una sociedad tan civilizada que arroja los libros a los contendores de papel en su afán reciclador. Todavía me estoy recuperando de la visión del "Ubu Rey", de Alfred Jarry, sobre el contenedor de papel, hace unos días. ¿Algún republicano mal informado? ¡Quién sabe! Es esa mezcla de civilizado reciclado e ignorancia supina lo que hace temer por el futuro; se empieza tirando un libro al contenedor y se acaba arrojando a los que los escriben por el mismo camino. ¿Un nuevo contendor?

La falta de papel cuché (como se decía antes) para salvar los bosques (una excusa para la ignorancia) ha hecho que cierren los quioscos y que toda nuestra vida se concentre en pantallas, ya sean de televisores, ordenadores y teléfonos. Veo cómo se deslizan por el transporte público pendientes de los teléfonos, podrías quemarte a lo bonzo ante ellos y te pasarían por encima. Lo raro es un libro, pero ¿para qué? ¿Qué tienen que decirnos esos raros objetos cuyo destino en las dictaduras es la hoguera y el contendor en las democracias?

La vida de nuestra gran familia mediática rellena ese hueco, de hecho, rellena todos los huecos menos el mental, que se agranda hasta dimensiones cósmicas. Son los "famosos", una categoría distante y próxima; realista y teatral, falsa y verdadera por el valor que les otorgamos. ¿Qué haríamos sin ellos? ¿Pensar?

Las relaciones en esta gran familias pueden llegar a la cutrez más absoluta, como nos promete este titular de 20 minutos: "Secuestran a la abuela del novio de Gloria Camila y le obligan a sacar 5.000 euros"* La retórica no logra llegar a la épica y no consigo empatizar con esa abuela del novio de una persona que desconozco absolutamente.

Esta es otra: unos meses de inactividad, una noticia que te pierdas, un simple despiste pueden dar al traste con tu vida familiar. Puede que pierdas el hilo, que haya una separación, un conflicto, algo inesperado y... ¡quedas fuera, desorientado, con sentimiento de pérdida!

Pero la curiosidad me puede y me adentro en el territorio de lo desconocido. Sorprendido me encuentro con esto:

"Debo contaros una cosa. Estoy indignada con la vida, con la sociedad, con las malas personas, y llena de impotencia", comenzó, muy seria, la hija de Ortega Cano. "Me hallo en el hospital y viene a consecuencia de una historia muy heavy que creo que debo contarla y hacerla viral. No es nada mío, pero sí de alguien de los míos", relató. 

Me siento solidario con ese malestar con la Humanidad al completo debido, claro está, a ese secuestro exprés de la abuela del novio y el robo de los 5.000 euros. Son cosas que no deberían pasar (coincido con ella), pero pasan.

Tras contar el incidente, señala: 

"Entiendo que haya necesidades, que la vida esté jodida, pero no entiendo que no haya humanidad ni sensibilidad, que no haya una capacidad de entender lo que está bien o está mal", continuó relatando en sus stories la influencer. 

Las conexiones familiares nos ligan a todos y Gloria Camila (no es fácil llegar  a prescindir de los apellidos en este mundo familiar y que sepan quién eres, tu árbol genealógico) extiende su indignación convirtiéndola en "viral", tal como manifiesta. Esperemos que sirva de algo, por el bien de todos.

Frente a lo que ocurre en Irak, en Irán, en Perú, en Venezuela, en México, en fronteras y mares, con muertos, desparecidos, etc. todo esto nos podría parecer irrelevante. Pero da igual lo que nos parezca, lo importante es que los medios hacen sus huecos para todo esto gracias a la elasticidad de lo digital. Cuando había que sacar unas cosas para meter otras, no todo era tan fácil. Así, la gran familia mediática es familia numerosa por desbordamiento, por absorción de las relaciones posibles, porque no quede fuera nadie que atraiga la curiosidad de un solo lector. La red se extiende más allá de los seis grados famosos, hasta el infinito.

Los medios ya no dan noticias; las crean, que inexplicablemente, sale más barato. La reducción de corresponsalías, por ejemplo, nos muestra esta forma más barata. Para compensarlo, la introducción de material de redes sociales y cosas que la gente sube a YouTube o similares. Es el ciclo del reciclado eterno; toda va y vuelve. Así, podemos abrir un noticiario del mediodía con unas imágenes de un coche caído por un barranco en Perú o un traspiés al recoger un premio. Todo el trabajo de un año de cine, por ejemplo, eclipsado por una bofetada.

Las noticias ya no son lo que pasa y tiene transcendencia; ahora es aquello de lo que disponemos de imágenes en un mundo lleno de dispositivos de captación, de cámaras y móviles con cámara.


No hemos evaluado todavía cómo nos ha cambiado el mundo el hecho de que los teléfonos lleven una cámara y que se puedan "subir" sus imágenes para compartirlas. Es esa posibilidad de compartir la que nos lleva a la necesidad de crear marcos, como los familiares, que ordenen la experiencia visual, en los que vemos el día a día de personas cuya única trascendencia es la amplificación interesada que sufren sus historias. Son seleccionados para satisfacer nuestra curiosidad, para que nos metamos en sus vidas sin ser acusados de nada, sin sentirnos culpables. Ellos la ofrecen para nuestras morbosa curiosidad, la queman en el suculento altar de la trivialidad, para el que solo se necesita ser mirado, estar conectado con alguien, aunque sea al final de una red que dé la vuelta al mundo.

En este mundo de la falsa horizontalidad (no te engañes, la han diseñado los de arriba, los de siempre), huimos de lo que nos rodea para adentrarnos en lo que nos envuelve, un ligero matiz que afecta a lo diseñado para seducirnos y a lo que se nos viene encima sin preguntar. Fuera de él está la soledad, dentro el vacío compartido.

Alguien se pregunta cómo no hay un "ministerio del amor". Una buena pregunta en este mundo familiar en la que los grados llegan hasta el infinito, donde nos emocionamos con las cosas que ocurren a los que están ahí para emocionarnos.

 

* "Secuestran a la abuela del novio de Gloria Camila y le obligan a sacar 5.000 euros" 20 minutos 19/03/2023  https://www.20minutos.es/noticia/5111116/0/secuestran-a-la-abuela-del-novio-de-gloria-camila-y-le-obligan-a-sacar-5-000-euros-del-banco/

martes, 30 de agosto de 2022

Cultura, caras y emociones

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Una de las cosas que las redes sociales nos permiten en conocer la cara de la gente. Para ser más precisos, nos permiten conocer la cara con las que las personas quieren que las conozcamos. Los millones de fotos que diariamente se publican por todo el mundo empiezan a ser fuente de investigación desde muy distintos ángulos y están produciendo una clara confluencia de gestos por todo el planeta.

Ya en el siglo XIX, los investigadores se preguntaban por la universalidad de las expresiones en función de las diferentes emociones que se producían. ¿Ponemos todos la misma cara de sorpresa ante algo inesperado, la misma de miedo, ira o cualquier otra emoción básica? La única forma de verificar cualquier hipótesis positiva o negativa sobre la cuestión era analizar miles de caras, algo que hasta hoy era una ardua tarea. Hoy tenemos todo un banco de datos con los millones de fotos diarias que subimos a las redes sociales. Tenemos máquinas programadas para leer nuestros rostros y respondernos en algún sentido. Tenemos modas, como por ejemplo, esa costumbre actual de sacar la lengua, que en otros tiempos se hubiera considerado insultante, es hoy practicada por actores y actrices (sobre todo estas últimas, mucho más liberadas, hartas de poner caritas). Hemos desarrollado todo un lenguaje a través de los emoticonos, que en teoría son expresiones básicas de emociones que podemos combinar creando diversas combinaciones cuyo grado de interpretación es variable. Nada preocupante porque ocurre igual con las expresiones faciales, que requieren de un entrenamiento muchas veces.

Releía a primera hora de la mañana la novela de P.K. Dick "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?" (la que será llevada al cine como Blade Runner)  en donde se nos muestra un avanzado y cuestionado test que permita diferenciar a los androides más perfeccionados de los humanos. El test trata de medir reacciones ante una serie de elementos emocionales que muestran la falta de empatía propia de los androides.

Terminados los capítulos previstos para hoy, comencé un libro que tenía pendiente sobre las emociones, obra del catedrático de Psicología de la Universidad de Salamanca, con el título "Las emociones. La base neurológica del comportamiento", en que ya se debate desde su inició la cuestión de la relación de la cultura con las emociones, es decir, si cada cultura tiene sus propios códigos expresivos, ya sea a través de la gestualidad o a través de metáforas que se desarrollan de forma independiente en diferentes espacios.

Más allá de la cuestión de la unidad de las emociones básicas y de su gestualidad está la cuestión de su base comunicativa, lo que implica filtros sobre lo que podemos y queremos expresar ante los otros. La expresión "cara de póquer" refleja que si es importante conocer e identificar las expresiones, es tanto o más importante poder controlarlas. me ha llamado la atención el siguiente párrafo de la obra: 

Una vez demostrado que existe un repertorio de lenguaje facial emocional común a toda la humanidad, los investigadores se han preguntado si hay una diferente valoración social de las emociones en cada contexto cultural, si hay emociones autóctonas e importadas, si la memoria emocional es similar en las distintas sociedades, o cómo influyen y se expresan las emociones en la vida social de distintos países. Por ejemplo, en el siglo XVI se animaba a las personas de la Europa cristiana a sentir tristeza, pues se suponía que era la respuesta humilde y apropiada para las vicisitudes de la vida terrenal como antesala de la vida eterna, que era la verdaderamente importante. Un ejemplo de ello queda reflejado en los retratos oficiales: ¿en qué momento empezaron a sonreír los altos mandatarios? Después de siglos durante los cuales hasta las niñas princesas que pintaba Diego Velázquez aparecían serias, empezaron a surgir las sonrisas en los retratos y fotografías. La felicidad alcanzó entonces una aceptación social y se generalizó, lo que en realidad poco o nada tenía que ver con la verdadera emoción que sentían las personas retratadas.* 

Creo que el párrafo es muy sugerente y muestra cómo se alcanza una gran complejidad en todo esto. Cualquier elemento que es comunicativo tiene esa dimensión de control por parte de aquellos que pueden controlarlo. Si la tristeza tenía un sentido oficial, si respondía a una actitud teórica sobre el mundo, Mijaíl Bajtín pudo mostrarnos que en el pueblo —lejos de los retratos oficiales— la risa carnavalesca era parte del pueblo. Si la tristeza era cristiana, la risa era diabólica y estaba proscrita oficialmente. Recordemos que la novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa, tiene precisamente como fondo esa persecución de la risa, recogida por la gran autoridad, Aristóteles, en un libro que ha sido escondido para evitar que trascienda por su carácter opuesto a la doctrina oficial.

Es una buena pregunta la de cuándo comenzó la risa a ser menos culpable. Hoy nuestros políticos consideran que deben sonreír porque eso refleja un optimismo que la gente percibe a través de las lecturas faciales y empatiza con ellas.

Hace unos días vía al magnífico actor Tom Hiddleston, el popular Loki en las películas de Marvel, retado a llorar en público en un programa de entrevistas. Es algo que pudo hacer apenas sin esfuerzo, pero con concentración.

En esta era de las comunicaciones, estamos asistiendo a dos movimientos paralelos: el fingimiento comunicativo (podemos fingir las emociones) y a la híper comunicación emocional, que deja de usar factores racionales en su argumentación y se centra en los emocionales. De esta forma nos parece que podemos controlar la curiosidad de los otros fingiendo emociones y poniendo caras, a la vez que se accede a nosotros a través de una más extensa comprensión de los códigos de expresión de las emociones. La pregunta hoy no es ya si existen universales gestuales, sino cuánto podemos extender nuestros códigos de expresión emocional y si estas emociones son reales o fingidas.  Podemos expresarnos a través de esos gestos que vamos lanzando convirtiéndolo en un lenguaje que expresa cómo queremos ser vistos y oculta cómo somos.


José Ramón Alonso (2018). Las emociones. La base neurológica del comportamiento. Col. Ciencia & cerebro, National Geographic - RBA, p.20

jueves, 1 de diciembre de 2016

El trol jefe

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La futura presidencia norteamericana será una continuación de lo ocurrido en las primarias republicanas y la posterior campaña. No parece que se vaya a cerrar el modelo instaurado por Trump de la provocación y la reacción. La diplomacia o la mesura son estrategias que buscan el apaciguamiento, la relajación de la tensión, mientras que Donald Trump necesita de un clima diferente: el de la crispación. Y se consigue con la provocación constante que hace levantar las voces. Esta reacción refuerza su unión con los que le siguen.
La desesperación expresada desde los medios por su incapacidad de entender el sentido de la constitución norteamericana en cada uno de sus puntos continúa. Donald Trump ha manifestado en repetidas ocasiones (y le funciona) comentarios e ideas que han hecho llevarse las manos a la cabeza, esbozar sonrisas, etc. a los juristas o a las personas medianamente formadas. Pero Trump no se dirige a ellas ni emplea su lógica. La posición que busca es otra.
El editorial de The New York Times, titulado Mr. Trump, Meet the Constitution" parte de ese principio de la ignorancia:

When Donald Trump, hand on the Bible on Jan. 20, swears to preserve, protect and defend the Constitution of the United States, we the people will have good reason to doubt he knows what he’s talking about. Consider what he tweeted out on Tuesday:
“Nobody should be allowed to burn the American flag - if they do, there must be consequences - perhaps loss of citizenship or year in jail!”*

No seré yo quien niegue que Donald Trump sea un ignorante, pero creo que ya hay casos suficientes como para ver cuál es su estrategia o el patrón que se revela en sus actuaciones. Sabiendo que tiene a la mayoría de los medios en su contra, su pretensión es poner en contra de ellos a los ciudadanos. El tuit anterior es un ejemplo de ello.


El diario hace una exposición razonada de cómo "quemar una bandera" está amparado por la primera enmienda. Señala el editorialista "Here’s where we explain what shouldn’t need explaining. Flag-burning is constitutionally protected speech." Pero no es eso lo que le importa a Trump, sino obligar a que sus oponente se encuentren defendiendo "causas impopulares". Defender a los que queman las banderas de su propio país es un ejercicio mental que lleva a considerar lo racional por encima de lo emocional, como lo es oponerse la pena de muerte para un asesino en serie o un terrorista. Es un ejercicio intelectual que es lo opuesto a lo que Trump busca proponer.
Con casos como este o como la expulsión de personas por su religión, Donald Trump se ha limitado a dar voz a lo que muchas personas, que no hacen esa abstracción necesaria, desean. La aparición de Trump ha puesto de manifiesto que la constitución americana, por ejemplo, con sus valores y equilibrios, con sus principios jurídicos, etc. está por debajo de las formas intuitivas con las que mucha gente encuadra a su propio país.
La América de la Constitución representa una forma de pensamiento y de identificación diferente a la que Trump encarna y a la que apela. La bandera representa a los Estados Unidos, la Constitución, en cambio, le da sentido. La bandera es emocional; la constitución es racional. Estamos asistiendo al ascenso de los valores emocionales frente a los racionales. Lo inteligente es evitar la disolución del vínculo, es decir, que lo emocional surja precisamente al lado de lo racional. Es la diferencia entre el amor a la patria (emocional) y el estar orgulloso (racionalmente) de tu país por lo que hace (que implica por dejar de estarlo). El primero se basa en lo puramente emocional, acrítico, mientras que el segundo centra el orgullo en los valores que el país representa a través, entre otras cosas, de su constitución, que es contrato de convivencia. La ceguera emocional nacionalista disculpa los excesos, justifica todo en ese "amor" patriotero. La idea de "hacer a América grande nuevo" no explica demasiado; apela a un sentimiento y después señala con el dedo a los enemigos: los inmigrantes, la globalización, los tratados, etc. Y eso es lo único que necesita porque no tiene que explicar, solo señalar. Eso es lo que ha hecho Trump con su tuit, señalar. Ha encontrado en su caza un nuevo objetivo: los quemadores de banderas. Se suman a los inmigrantes, a los de otras religiones, etc., igualmente señalados.


Con estas acciones, Donald Trump no pretende tener la razón, sino tener a más personas a su lado manteniendo el vínculo que les identifica como "neoamericanos", como americanos emocionales surgidos del populismo nacionalista que Trump ha unificado. Necesita mantener abiertos los canales y hacer circular por ellos este tipo de mensajes con la doble función de alimentar a sus seguidores y de mantener la brecha con los medios que le atacan, verdadera fuerza de Trump. De esta forma redirige las iras hacia los medios que le critican. Sus seguidores se mantienen activos en la idea de que su ira es necesaria contra los "falsos americanos", es decir, los que sostienen posturas contrarias a ellos y defienden a inmigrantes, musulmanes (de cualquier religión no "cristiana"), minorías étnicas, delincuentes, etc.
El editorial se cierra con una serie de observaciones sobre su propia actitud ante el futuro presidente, pero también señalando el papel que este está jugando:

But we don’t have the luxury of merely mocking someone who is now as powerful as Mr. Trump. Before you tune him out, remember what the right-wing propaganda site Breitbart was celebrating on Tuesday — that Mr. Trump’s social-media presence allows him to get his message to millions, bypassing “corporate media.” He has more than 16 million Twitter followers. With Twitter, Facebook and Instagram, he can feed lies and ignorance directly to 36 million people.
He tweets, he posts, he incites. He trolls. He commands a global platform and will soon be America’s commander in chief. But it has to be said, and said again: This is not normal. It demeans the presidency.*


Combatir a Trump requiere de nuevas estrategias que anulen los elementos emocionales. No será fácil. Tiene razón el diario en la cuestión final, la degradación de la presidencia. La presidencia es un elemento más de la racionalidad que Trump necesita convertir en emocional. Eso es lo que The New York Times ha percibido. Pero si la estrategia sigue en la misma dirección, Trump —del que siempre se esperaba tras cada victoria se racionalizara y equilibrara— no hará tal cosa nunca. Y eso es lo que muestran sus conductas tras la elección.
" But it has to be said, and said again: This is not normal", señala el editorialista. Es un buen comienzo para empezar a contrarrestar los esfuerzos de Trump por llevar al país hacia un hundimiento de los que han sido sus valores constitucionales en nombre del país. Uno puede envolverse en la bandera, pero no en la Constitución; la bandera sale en las fotos, la Constitución hay leerla y razonar desde ella.
Probablemente pueda hacerlo, pero no le interesa. Le favorece actuar de trol en la transformación de un "país" en una "red social". Es su terreno.




* "Mr. Trump, Meet the Constitution" The New York Times 29/11/2016 http://www.nytimes.com/2016/11/29/opinion/mr-trump-meet-the-constitution.html