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domingo, 16 de julio de 2023

Viejas piedras

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Uno escucha muchas teorías sobre la estupidez y se niega muchas veces a creerlas por dejarnos mal, muy mal. Puede que no sepamos definir muy bien la "inteligencia", que haya discrepancias entre los científicos, que primero crean el concepto y luego meten la realidad, como decía Nietzsche, a martillazos. Pero en lo que sí puede haber más consenso es en el reconocimiento de la estupidez. Frente a cuestiones de orden físico y mental, la estupidez es netamente social. Se es estúpido a los ojos de los demás, que nos contemplan asombrado.

Si ayer hablábamos de la falta de sentido de la Historia, de lo que pueda haber más allá del fin de semana pasado, el diario El Mundo nos trae hoy otro caso de estupidez en la siguiente noticia:

Una joven suiza de 17 años ha sido grabada en vídeo mientras escribía la inicial de su nombre en una de las paredes del Coliseo de Roma, como ya sucedió hace algunas semanas con un turista procedente de Reino Unido, y tras denunciarla puede ser condenada a una pena de varios días de cárcel y a una multa de hasta 15.000 euros.

La escena fue filmada por David Battaglino, un guía turístico italiano, que estaba con un grupo de extranjeros visitando el anfiteatro cuando uno de ellos se dio cuenta.

Tras grabar a la turista suiza que escribía su inicial "N" en uno de los muros del Coliseo, Battaglino siguió a la chica, de vacaciones con su familia, para denunciarla al personal de seguridad del anfiteatro Flavio y entregar a los empleados una copia del video que luego fue visionado por la Policía, informan los medios locales.*


Dice el diario que unos aplaudían y otros abucheaban el acto vandálico de la joven suiza. Caigo en la idea de que ella no sabría por qué los actos vandálicos son vandálicos, pues probablemente no sepa quiénes fueron los vándalos y qué hacían para ser etiquetados de esta manera. Quizá alguien se lo haya explicado durante el tiempo que haya estado detenida y habrá salido un poco más culta, si bien el listón en su caso está muy bajo.

Confieso que me quedo un poco inquieto al ver a tanta gente viajando, con la maleta a cuestas. Ya no sé si van a tumbarse a las playas o si les da por marcar monumentos milenarios. Quizá haya que hacerles un test rápido antes de entrar en cada país o al acercarse a los documentos: ¿Sabe usted dónde está? ¿Sabe cuántos lleva este monumento en pie? ¿Sabe cuánto cuesta mantenerlo así al año? Incluso quizá más directas, menos generales: ¿sabe qué penas de cárcel y multas le pueden caer?

Pensamos que poner un cartel en las cercanías de los monumentos indicando las penas por dañar los documentos sería un poco "ofensivo" para algunos. Pero la realidad es que hay tanto ignorante suelto que sería mejor prevenir.

Hacía unos días, el diario ABC recomendaba las carreras con más salida y sueldo. En la punta negativa, es decir, con poco empleo y bajo sueldo, estaba la Arqueología. ¿Para qué estudiar Arqueología y similares? Es poco probable que alguien con cierto sentido del valor de la historia, de sus restos, alguien con sentido del valor del tiempo tratara con más respeto al mundo anterior. Pero el camino con más salidas y sueldo suele ser el de la Inteligencia Artificial que, aplicada a la enseñanza va a producir más idiotas naturales. La función de la educación es precisamente ayudarnos a entender el valor del mundo que nos rodea, pero eso era antes. Ahora solo se trata de rendir en lo tuyo, cobrar lo más posible e irte de vacaciones el fin de semana, los puentes y lo que te dejen a destrozar monumentos, rascar fachadas y hacerte selfies con cara de "yo estuve aquí y mola".

No sé porqué estamos todo el día hablando de Inteligencia Artificial cuando lo que debería preocuparnos es el crecimiento exponencial de la estupidez natural, que es el resultado del desconocimiento. El articulista hace memoria sobre el incidente: 

Hace algunas semanas circuló en todo el mundo el vídeo de Ivan Dimitrov, de 27 años, que vive en Bristol (Reino Unido) con su novia, Hayley Bracey, y que escribió el nombre de ambos también en las paredes del Coliseo.

Tras ser localizado, el turista escribió una carta de disculpas enviada a la Fiscalía de Roma, al alcalde, Roberto Gualtieri, y al ayuntamiento de la capital italiana en la que aseguraba que desconocía la antigüedad del monumento.

Los dos estaban visitando la capital italiana durante un viaje de tres semanas por Europa y durante una visita al Coliseo, el hombre escribió la frase "Ivan+Hayley 23" en una pared, como se pudo ver en un vídeo colgado por otro turista en una plataforma y que se hizo viral.* 

El desconocimiento de la antigüedad del monumento puede ser una excusa o una triste realidad. Yo me apunto a la segunda. No sé muy bien por qué, pero se percibe esa ignorancia de casi todo. No es solo una cuestión del sistema educativo, creo; pienso que hay más de desmotivación hacia todo lo que sea el presente y un sentimiento de vivir día a día. En las redes sociales se suele utilizar el pasado de forma cómica o ridícula, por ejemplo, mostrando en qué se han convertido las personas, el antes y el después. El tiempo se percibe como destructivo y ridículo. La persona que vive en el presente continuo se niega a evolucionar porque no tiene conciencia de su desplazamiento. La experiencia es algo que se capta con el teléfono móvil, que es el verdadero cerebro de una generación completa. Allí se alojan los recuerdos, de fotos a números de teléfono; allí queda todo registrado. Es la interfaz con la que nos comunicamos unos con otros y el agujero por el que miramos de forma modulada el mundo y su devenir.

Un monumento, como el capitolio, no es un recuerdo de hace miles de años; es un lugar en el que dejar una marca recordando que estuviste de la misma manera que te haces la foto para mostrar que has estado allí a los otros compartiendo la imagen. El compartir la imagen es esencial y hará aumentar los casos. Es la gloria. Si no se vuelve ejemplar el castigo, se volverá ejemplar el delito. Habrá que elegir.

Vivimos esto como "normalidad", pues es lo que hacen nuestros iguales, que son aquellos con los que prioritariamente nos comunicamos e imitamos. Lo que alguien hizo allí, lo hacemos. Los rituales sustituyen a la individualidad. Sin embargo, el aprendizaje social requiere de una cierta verticalidad, es decir, de ver lo que otros distintos hacen. Si todos repiten lo mismo, el estancamiento en todos los órdenes es evidente. Quizá sea una de las consecuencias de la híper comunicación horizontal a la que se añade ese sentido de la utilidad estricta que estamos introduciendo. Que un joven británico diga que desconoce la "antigüedad" del Coliseo romano es todo la una declaración de lo que significa vivir hoy. Algunos se preguntarán por qué fue al Coliseo si desconocía su valor y antigüedad. La respuesta es doble: a) porque encontró una oferta barata y b) porque otros lo hacen.

Es raro el día que no se nos da noticia de alguien muerto haciéndose un selfie en un puente, un edificio famoso o una pirámide, pongamos por caso. No se sabe qué son, cuál es su valor, pero están allí y hay que dejar marca, llevarse recuerdo o ambas cosas.

La estupidez no requiere demasiadas vueltas ni explicaciones. Lo que sí debemos es preocuparnos por sus orígenes y causas. Puede que ya sea tarde y que los grandes monumentos desaparezcan porque la gente se lleva piedras de recuerdo o les dé por subirse, lanzarse desde lo alto o cualquier otra moda. Esperemos que no.

* "Una segunda joven denunciada por grabar su inicial en una de las paredes del Coliseo de Roma" El Mundo / EFE 16/07/2023 https://www.elmundo.es/internacional/2023/07/16/64b3a87a21efa0452e8b4577.html

sábado, 14 de mayo de 2022

La estupidez, los expertos y la consejera

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Debo confesar que la muerte de dos turistas por sendas estupideces me ha dejado bastante perplejo en Baleares. Las muertes han sido, como habrán visto, por caerse desde un séptimo piso haciendo eso que llaman "balconing", una; la otra ha sido por hacer un salto desde un acantilado y no llegar al agua.

Pero me han sorprendido más las entrevistas a dos expertos entrevistados. Uno de ellos hizo una larga disertación sobre cómo el alcohol nos hace sentirnos inmortales y capaces de todo y cómo lo que hace en realidad es reducir nuestras capacidades. El otro experto iba más por la metafísica del asunto, presentando el caso como una confluencia entre deseo y ocasión, es decir, las ganas de tirarse desde un acantilado y le acantilado mismo. La deducción informativa era que las vacaciones fueron responsables siguiendo el razonamiento implícito: si no vas al mar no hay acantilado y sin acantilado no te puedes tirar al mar. Todo muy complejo y elaborado, todo dicho desde la seriedad en respuesta a la inquietante pregunta de por qué la gente hace idioteces que les cuestan la vida.

Es una gran pregunta, desde luego. No creo que haya teóricos de la estupidez humana que hayan acabado de resolverlo. Para evitar este hueco, los humanos hemos inventado conceptos y teorías, tales como el "destino", "fatalidad" o incluso la casualidad selectiva, que está todavía formulándose. La de la estupidez es una teoría que se nos resiste pese a la abundancia histórica de casos.

La tercera intervención televisiva fue la respuesta de las autoridades políticas autonómicas que fue rotunda en sus declaraciones en lengua balear: "¡No queremos turismo de excesos! Hay que transmitirlo hacia fuera para que no vengan", vino a decir con total claridad y firmeza. No sé las repercusiones que tendrá en los países de procedencia.

Pese a la contundencia de la consejera balear, es difícil que se cumpla eso. Hay cosas que no se acaban de ver. Por ejemplo, no me imagino una campaña internacional con vallas, pegatinas, etc. con el lema "Absténgase idiotas" o con "Si calculas mal, no vengas". Tampoco me imagino contestando encuestas en la frontera sobre "si está usted al borde de un acantilado que hace: (1) espero la puesta de sol (2) me hago un selfie (3) me lanzo al agua (4) tengo vértigo y me alejo. Marque lo que proceda".

La etiqueta de la estupidez como "turismo de excesos" me parece poco esclarecedora porque el exceso no está en tirarse sino en beber y montar escándalos. Sin duda, hay muchas probabilidades que el que cayó haciendo balconing llevaba lo suyo encima y era jaleado por otros desde abajo. Tengo mis dudas en que el señor del acantilado fuera un caso similar. El alcohol solo explica una parte.


Que se den dos casos así el mismo día en una misma zona es alarmante para la imagen balear y preocupante para el futuro. Uno que se cae de un séptimo piso no es noticia, pero dos casos el mismo día y en un mismo lugar ya requiere espacio informativo y especulativo. Para el mundo de la información un caso es una anécdota, pero dos ya permiten la especulación y la aparición de expertos. Como hemos visto, los expertos dijeron mucho aunque en realidad no tenían nada que decir. Mejor hubiera sido un físico que hablara de la ley de la gravedad y de sus efectos perniciosos.

La etiqueta "turismo de excesos" no es más que una excusa que ponen la autoridades (a veces los vecinos) para quejarse con la boca chica de lo que luego añoran cuando les falta. Lo cierto es que un país con un bar por cada 170 habitantes, como es nuestro caso, es irónico (por no decir otra cosa) que nos quejemos de algunas de sus consecuencias. A lo mejor pretenden que se pase del alcohol al agua mineral o al descafeinado, algo que merecería otra campaña institucional balear.

Los expertos han hablado del alcohol, de la ocasión que se aprovecha, del "efecto vacaciones", etc. La Consejera también ha sido clara rechazado a las personas que tienden a tirarse al vacío fuera de su casa. ¿Por qué no se tiran en sus propios espacios turísticos?  A veces hablamos de "imprudencias", pero no es más que un eufemismo. 

Un factor clave de la estupidez suele ser la imitación. Cada muerto caído de terraza o acantilado llama la atención, en algún punto lejano o cercano, de alguien que quiere demostrar que es más listo que el que cayó. En alguna parte de su cerebro anida esa idea que le reta en su interior de forma constante. Algunos logran vencerla, pero otros se dejan llevar por el deseo de demostrar que el otro lo hizo mal y que ellos lo harán mejor. Los "premios Darwin" anuales a la estupidez lo consideran una forma natural de cortar los linajes estúpidos. Los prudentes sobreviven.

Si la imitación es clave, el papel de los medios es importante. Pero nadie va a renunciar a fotos y vídeos que nos muestran con todo detalle salto y caída. Los medios viven cada vez más de estas aportaciones sociales de vídeos al pie de la noticia. Pero a más de uno le salta la neurona tonta en el cerebro, "¡eso lo hago yo!".

Una cosa que se aprende con el tiempo y la experiencia es que no hay que dedicarle mucho tiempo a explicar las estupideces. Ninguna teoría sobre ella va a lograr que haya un idiota menos en el mundo. Existen, están entre nosotros, ansiosos por demostrarnos de lo que son capaces.


martes, 25 de agosto de 2020

Sobre la estupidez

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
A los misterios del coronavirus se le suman otros insondables, los de la naturaleza humana. Se supone que la Natura nos ha dotado a los seres vivos de instinto de supervivencia. Nuestro caso es dudoso o quizá está mal repartido. La concesión de los "Darwin Awards" celebra la estupidez autodestructiva como una forma de hacer desaparecer a los más tontos de la especie. Ellos lo explican así en su propia página: "Named in honor of Charles Darwin, the father of evolution, the Darwin Awards commemorate those who improve our gene pool by removing themselves from it"*. A falta de depredadores que nos atosiguen y persigan, es nuestra estupidez la que ayuda a filtrar en la evolución. Evidentemente, hay un fondo humorístico porque hay hijos listos de padres tontos y viceversa. Pero los premios no celebran la extinción sino la selección que hace que la gente labore su propia desgracia o desaparición. Esa frase con la que acogemos la tontería flagrante —¡no se le ocurre a nadie!— como una especie de genialidad inversa, deja claro lo excepcional de los casos en los que la gente se busca y encuentra su desgracia.


Me acuerdo de los Premios Darwin cada vez que leo o veo noticias sobre la estupidez que nos rodea y de la que teléfonos, cámaras y otro tipo de dispositivos dan cuenta fiel. El hecho mismo de que se grabe ya es un síntoma que evidencia que no solo es el acto, sino la exposición continua, la esperanza de ser aplaudidos. Sin duda, tienen su público, pero espero que se mayor el rechazo. Lo que comentábamos hace unos días de la colaboradora de Mediaset despedida por mostrar orgullosa lo bien que se lo pasaba sin ningún tipo de medida de protección, mostrando lo poco que le importan los demás. Ha llorado mucho cuando la han despedido; ahora se abre un futuro más que cierto para ella y seguro que no le ríen las gracias..


Hoy mismo se nos daba otro ejemplo merecedor de premio, el de dos jóvenes cuidadoras (¿qué pensarán que quiere decir esta palabra?) de un residencia de ancianos burlándose e insultando a una de las residentes mientras le daban de comer. No era bastante con hacerlo; tenían además que grabarlo y subirlo a las redes sociales. Han sido despedidas fulminantemente y tienen suerte si solo les cae eso. Creo que también se han lamentado, nos cuentan.


Escribí el otro día que la estupidez es el gran tema filosófico del siglo XXI, algo sobre lo que animo a reflexionar. Es cada día más necesario. Cada día recibimos, como especie, duchas torrenciales de humildad por la proliferación de vídeos de animales inteligentes en las redes sociales. Casi me ha emocionado ver a un lorito regar las plantas del salón de su casa o de un perro cuidando amoroso de un grupo de patitos recién salidos del cascarón en una charca.
Y luego está lo nuestro.
La estupidez no es un insulto; es una categoría en la que cada uno se coloca por sus propios méritos. No tiene nada que ver con la ignorancia, que es una situación en la que te ves metido. Lo estúpido, eso sí, sería tener la posibilidad de dejar de ser un ignorante y rechazarla.
Hay personas cualificadísimas en ciertos campos que, sin embargo, encajan con holgura en la estupidez. La Vanguardia nos cuenta el caso de Usain Bolt, el hombre más veloz de la historia:

El jamaicano Usain Bolt, el mejor velocista de la historia, ha dado positivo por coronavirus, informaron este lunes medios locales. Bolt, de acuerdo al Jamaica Observer, celebró su 34 cumpleaños el pasado viernes con una fiesta por todo lo alto y se había hecho el test ya que se disponía a viajar por negocios al extranjero. El atleta se ha aislado en su residencia. El jamaicano ha asegurado en un vídeo no tener síntomas y sentirse bien.
El positivo de Bolt se produce en medio de un aumento de los contagios en Jamaica, con 116 nuevos casos en 24 horas este domingo, lo que supone un récord de incremento en un solo día. El número total de casos positivos confirmados es de 1.413 y el de muertos es de 16. Su población es de 2,9 millones de personas.
Las autoridades achacan parte del incremento a las reuniones y festejos que tuvieron lugar la primera semana de agosto cuando se conmemoró la independencia de Jamaica.**



Puede que Bolt se sienta feliz por haberse contagiado en una fiesta de cumpleaños. Al tenista Novan Djokovic, otra figura mundial, le costó cara también otra celebración y el coronavirus se le metió de rondón en la fiesta. Positivo y cuarentena y a rogar que no le pase factura en su rendimiento futuro.
El hecho de que la mayor parte de los contagios, según nos dice, se estén dan en fiestas familiares, despedidas de solteros, cumpleaños, etc. nos dice mucho sobre nuestro sentido de las prioridades, más sociales que individuales. Mucho han debatido los biólogo sobre la idea del "gen egoísta" como esencial en la evolución, pero lo que vemos aquí es lo contrario, la "estupidez socializada". Lo egoísta, en el sentido biológico antes expresado, sería encerrarse en casa y preservar los genes para mejor ocasión. De todas las teorías de la conspiración del coronavirus en marcha la única que no se contempla es precisamente esa. Los que acuden a las manifestaciones negacionistas sin prevención alguna son víctimas de su propia estupidez conspiranoica. Hasta el presidente Trump es más inteligente que ellos, porque al menos se ponía la mascarilla cuando no le veían. Probablemente nadie tiene más miedo que Trump en estas cosas porque sabe que son verdad pero tiene que fingir que no lo sabe, que son poca cosa o una "gripezinha", como decía Bolsonaro hasta que lo pilló.
Capítulo aparte en la estupidez son los médicos negacionistas, para muchos un fenómeno incompresible, pero toda estupidez, por definición, es difícil de entender para el que no lo ve así. Siete años de carrera, como se decía antes, para esto.

"Un médico advierte de que las PCR no funcionan", "la verdad sobre el coronavirus contada por un médico" o "Médicos por la verdad explican que la pandemia no existe". Como estos hay decenas de titulares de 'posts' en redes sociales y webs de plataformas negacionistas del covid-19 con un denominador común: son -supuestos- médicos los que avalan las teorías conspiranoicas sobre la pandemia. Si son o no médicos reales depende -y mucho- de cada bulo, pero mientras las voces negacionistas van cogiendo fuerza en España tras la manifestación multitudinaria de la pasada semana, los colegios de médicos han decidido actuar.
El Colegio Oficial de Médicos de Cádiz ha alertado este sábado a través de un comunicado de que los médicos que niegan la existencia de la covid-19 y la validez de los test PCR, que se oponen al uso de mascarillas, la cuarentena, el aislamiento y la distancia física, y que rechazan las vacunas para combatir la pandemia, incurren en "una grave irresponsabilidad" y provocan "un grave peligro para la salud pública". "La difusión de estos mensajes, contrarios a la buena práctica médica y a la evidencia científica" son contrarios a "las normas deontológicas de la profesión médica y, por tanto, son merecedoras de la correspondiente sanción", expone la institución.***



Hay estúpidos y además mucha gente que le saca rentabilidad a la estupidez en todos los órdenes, el económico, el político, el sentimental, etc. Es una materia prima inagotable con la que se pueden construir muchas cosas, tener seguidores capaces de dar la vida o el dinero por ti si te lo sabes montar.
La sociedad que hemos construido se basa en la comunicación, en la interacción comunicativa, que es la base de la trasmisión. Gracias a la facilidad de programación, a lo barato que resulta y el enorme potencial de expansión, la estupidez se está convirtiendo en un estado con futuro. Ya tiene presente, pero le queda mucho espacio de mejora. 
La llegada de un mundo en el que constantemente te están susurrando en la oreja, que apela a lo más burdo y zafio para hacerse con tus simpatías, que te ríe las gracias aunque maldita sea la que tienen (¿no llevan décadas proponiendo reír con vídeos de caídas y desastres de otros?); un mundo que te alienta a hacer el ridículo en público para conseguir pingües premios antes que a mostrar tu inteligencia (¡Buuuhhh!) que, por supuesto, debes esconder... Es el mundo trivial, el de la risa floja, de amistades virtuales, del destacar como sea entre tanta mediocridad.

Se destaca mucho colgando vídeos en los que la estupidez se convierte en viral, gracias entre otras cosas a los medios tradicionales que encuentran en las redes un filón inagotable de curiosidades de todo tipo. Los "like" se acumulan en cascada, dando esos minutos de gloria adictiva que se necesitan para el gatillazo de la celebridad.
Son tiempos de resistencia, de Ulises atado al mástil del sentido común para no ser arrastrado por el canto de las sirenas que le llevan a la destrucción. Resistir a la mareas del sinsentido, a los vientos de la vulgaridad, a los tsunamis que todo lo cubren de porquería por falta de higiene mental. Es el signo de los tiempos, el negocio del siglo.
La estupidez es la explicación final, el límite. No hay nada más allá; es el finisterre de la lógica; más allá el mar oscuro por el que rondan los fantasmas de los errores, las incongruencias, la osadía, el desprecio del sentido común y el olvido de los demás. 
¡Salve!



* The Darwin Awards https://darwinawards.com/darwin/darwin2019.html
* "Usain Bolt, positivo por coronavirus tras su fiesta de cumpleaños" La Vanguardia 24/08/2020 https://www.lavanguardia.com/deportes/otros-deportes/20200824/483018345824/usain-bolt-coronavirus-cumpleanos-jamaica.html
*** "Los colegios médicos abrirán expediente a los negacionistas y no descartan ir a la Fiscalía" El Confidencial 22/08/2020 https://www.elconfidencial.com/tecnologia/ciencia/2020-08-22/colegios-medicos-negacionistas-expediente_2722363/



viernes, 3 de julio de 2020

Los síntomas de la estupidez

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Sí, se sabía desde hace mucho tiempo, pero el COVID-19 nos lo ha dejado claro con esa nitidez de la evidencia diaria: los tontos son sintomáticos. La inteligencia se puede esconder, pero la estupidez no. Sus síntomas acaban saliendo a la luz.
La cuestión queda más clara cuando leemos el titular de La Vanguardia que me ha hecho dar un salto en mi silla inestable: "Fiestas del coronavirus en Alabama: gana un bote el primero en contagiarse"* Tras recuperar la respiración, me adentro en el texto que describe los procelosos mares de la estupidez humana.

Este jueves se confirmó lo que llevaba días siendo un rumor: algunos jóvenes están celebrando fiestas en Tuscaloosa para ver quién se contagia antes con el coronavirus. Sí, la estupidez humana no tiene límites como decía Albert Einstein. Según ha explicado la concejala de esta ciudad del estado sureño de Alabama, Sonya McKinstry, estos universitarios buscan infectarse a propósito.
El estúpido juego consiste en invitar a una fiesta clandestina a alguna persona infectada con la Covid-19. Los presentes ponen dinero en una olla y el primero que demuestre, días más tarde, que se ha contagiado se lleva todo el bote, según informa la CNN o la agencia AP.
McKinstry confirmó enfurecida que estas “fiestas del coronavirus” eran una realidad según las investigaciones médicas y del propio estado de Alabama. Tienen constancia de que se han celebrado varios eventos de este estilo en la ciudad y en sus alrededores, aunque temen que el número total sea mucho mayor del que creen.
“Me pone furiosa el hecho de que algo tan grave y mortal sea tomado de esta forma. No solo es irresponsable, también puedes contraer el virus y llevarlo a casa con tus padres o tus abuelos”, advierte la concejala recordando que aunque los jóvenes sean más resistentes a la enfermedad pueden contagiar a familiares en situación de riesgo.*


Nosotros teníamos a la "tonta del bote", que era un genio en comparación con estos tarados universitarios. ¿Por qué será que nuestras universidades producen estos irresponsables, que se creen inmortales y que les importan un bledo la vida de los demás? hay que contestar urgentemente esta pregunta y hay que hacerlo antes de que comience el próximo curso, que puede ser el mayor ejercicio de irresponsabilidad mundial en las aulas.
Las noticias televisivas nos mostraban hoy al ministro Illa diciendo "No me ha gustado, no me ha gustado, no me ha gustado", un triplicado de gravedad ante las noticias de las fiestas y festejos irresponsables, mayoritariamente de jóvenes. Las fiestas han sido clausuradas oficialmente, pero se celebran ilegalmente bajo las miradas de los municipales del pueblo correspondiente que prefieren no liarla más, no sabemos si con buen o mal criterio, pero desde luego, con muy mal ejemplo. Vamos a tener el mayor espectáculo veraniego de fiestas clandestinas e irresponsables.


Lo estamos viendo en terrazas, discotecas, calles, playas... y pronto lo será en muchos más espacios conforme se vayan abriendo y se produzcan más interacciones. Ya no es posible esconderse tras la ignorancia, pero queda la estupidez congénita, la del que le da igual saber. Hay que reconocer que es un porcentaje de la humanidad, algo sobre lo que los filósofos y tratadistas no han querido adentrarse. Prefieren halagarnos con la "razón", la "sabiduría" y el "bien", pero sabemos por los hechos que precisamente eso es lo que repiten por su carencia. Cada día descubrimos que, como el coronavirus, aumenta el número de sintomáticos de la estupidez, deseosos además de exhibirla, pues una de las leyes que determinan este tipo de comportamiento es que hacer el tonto en casa no tiene gracia, se necesita público, risas, celebración ritual de la tontería.
Pero lo de Alabama traspasa cualquier (toquemos madera) nivel de estupidez irresponsable  de las conocidas hasta el momento. faltan palabras...o quizá sobran.

La estupidez en los Estados Unidos es un continuo que va de las casas más humildes hasta la Casa Blanca, donde se ha instalado, por elección, al mayor ignorante que ha ocupado el despacho oval.
Lo que ocurre en Alabama no se queda en Alabama. La tontería fluye y la simple noticia inducirá a estudiantes de todo el mundo a hacer lo mismo. De igual forma, las celebraciones sintomáticas de nuestros jóvenes se irán esparciendo porque ¡cómo vamos a dejar de hacer los de Villaseta de Arriba lo que hacen los de Villaseta de Abajo! La estupidez es contagiosa y pronto los que la ocultaban bajo títulos, cargos y matrículas de honor, se lanzarán al espectáculo de su gloria efímera grabada con teléfonos móviles.
Al tonto de hoy le basta el selfie. Las noticias sobre los que se matan por hacerse un selfie en sitios o situaciones peligrosas han dejado de ser noticia. Pero siempre habrá un innovador, alguien que alcanza la gloria por la vía estúpida. Los ejemplos nos llegan con claridad y fluidez.


¡Tuscaloosa es un insulto a la inteligencia y a muchas cosas más! A los muertos, a los que se juegan la vida por salvar las de otras. El triple enfado del ministro Illa necesitaría de contundencia en Alabama, tal como han señalado sus autoridades.
Es en Tuscaloosa, Alabama, USA. Pero no nos engañemos, ahora mismo se están viviendo estupideces similares en muchos lugares próximos o lejanos. Esto ha salido a la luz en Alabama, pero podrían encontrarlas en algún lugar de La Mancha, más arriba o más abajo. 
La mayor parte de los rebrotes se están produciendo en fiestas y celebraciones. Las llaman festejos familiares y fiestas privadas, pero las imágenes que nos llegan son de irresponsables celebraciones callejeras por fiestas patronales o simplemente porque es viernes y se busca la rutina de cada viernes. Luego edificios, barrios, pueblos cerrados. Y la queja por la economía, las culpas a un "paciente cero" llegado de no se sabe donde, etc.
Un detalle estadístico: nos dicen que la edad media de los contagiados ha bajado mucho, lo que hace que haya muchos pero menos muertes. Eso quiere decir que el factor "convivencia" se hace cada vez más peligroso. La fiesta se lleva a casa, como bien señalaba la concejala McKistry, de Tuscaloosa.
Los hay que se contagian porque se tienen que ganar la vida y en los campos, factorías, empresas, cárceles, etc. no tienen las condiciones para protegerse. Pero los que lo hacen en fiestas y celebraciones no tienen más excusa (¿la necesitan?) que su propia estupidez. 



Son muchas las preguntas que la manifestación de este tipo de comportamientos suscita. The Washington Post no habla de cómo un hombre que asistió a una fiesta sin mascarillas le pidió perdón a su familia antes de morir por el COVID19. Esto solo conmueve a los que son capaces de entenderlo. A los tontos manifiestos que se la juegan a ver quién es el primero en contagiarse, en cambio, no les dice nada o lo considerarán "un pringao". Su universo mental es impenetrable por su simpleza. Nada importa, solo la emoción que rompe el tedio. Un mundo sin fiestas, sin celebraciones, no tiene sentido para ellos. ¡Menudo veranito nos espera!


* "Fiestas del coronavirus en Alabama: gana un bote el primero en contagiarse" La Vanguardia 3/07/2020 https://www.lavanguardia.com/vida/20200703/482059489859/fiestas-coronavirus-alabama-primero-contagiarse-tuscaloosa.html

 



jueves, 24 de enero de 2019

Sapiens más o menos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
¡Descanse en paz, Gigi Wu! Es triste morir y se puede pensar desde el existencialismo que somos seres para la muerte o que, como decía recientemente un científico en la prensa, somos humanos desde que somos conscientes de nuestra mortandad. Por eso una muerte estúpida, fruto de la falta de seso más espantosa, nos debería hacer reflexionar. Si antiguamente se trataba de aprender a aceptar la muerte, valorar la vida y en eso se formaba, hoy en día ocurre exactamente lo contrario; vivimos como si fuéramos inmortales. Y no lo somos.
Hemos tratado en varias ocasiones recientes la cuestión de la estupidez porque ya no es solo una cuestión de opinión, sino que se está convirtiendo en un problema que afecta desde las más altas instancias (no miro a nadie) hasta la calle. Por decirlo así, parece que se ha perdido la capacidad de discernir con claridad entre las cosas que hasta el momento estaban claras. Se ha desatado el afán por llamar la atención y esto lleva a desastres constantes.
No es otro el caso de la fallecida montañera taiwanesa Gigi Wu, empeñada en que se fijaran en ella por fotografiarse en bikini en las cumbres que coronaba. Subir no era bastante.


No todo el mundo sube a lo alto de una montaña Por pereza, por alergia a las cumbres o por cualquier otro detalle, solo algunos lo hacen. Eso ya te separa de muchos mortales, pero aún así siguen subiendo demasiados como para destacar. La forma de filtrar es hacer algo arriba que otros no hagan. En el caso de la montañera era vencer al frío que suele hacer en las cumbres nevadas y fotografiarse en bikini. Hace poco vivimos aquí el caso de la pareja danesa dedicándose al sexo en lo alto de una de las pirámides egipcias para desesperación y ultraje de los que abajo ignoraban lo que ocurría arriba. Pero no se trataba de un placer secreto, sino de un placer comunicado, es decir, que se enteraran todos después.
Su muerte ahora revela el absurdo del hecho. Tuvo una caída por la que no murió. Murió de hipotermia, es decir, a manos del frío que ella había despreciado tan olímpicamente con sus selfies en bañador. Puede que haya tenido una vida feliz en las cumbres y que esté disfrutando en el cielo templado de los montañeros, pero eso no quita un ápice de estupidez al hecho de su muerte terrible: sola y helada.
Se supone que venimos al mundo dotados de instinto de supervivencia. El miedo y otros mecanismos hacen que nuestro cuerpo se aleje de los peligros. Pero también venimos al mundo dotados de una cosa ambigua que se llama "sociabilidad", que en muchos se traduce como el deseo de ser mirados o admirados, según como vengan de serie. Freud diría que tiene un componente sexual, que llamar la atención es una forma de reclamar "amor social", como otras especies se engalanan o realizan vibrantes sonidos para atraer a sus parejas. Muchos necesitan ser mirados. Su existencia depende de la mirada de los otros. Eso, que para Sartre era un infierno, hoy en día es el paraíso. ¡Para que veamos en qué ha quedado el existencialismo!


La muerte de Gigi Wu es una muerte estúpida. Si las culturas, si lo humano surgen de la idea de la muerte, nuestra cultura se encuentra en un límite de estupidez. Nuestra diferencia de otros animales es que ellos aunque no entiendan la vida, tienen un instinto para conservarla. Nuestra civilización camina a una animalidad sin instintos o, si se prefiere, solo con el instinto de llamar la atención.
Se dice muchas veces que nuestro cerebro, por efecto del rápido avance de la cultura, ha dejado atrás lo biológico, el cuerpo, que evoluciona mucho más lentamente. Nos dicen los científicos del área que nuestra inteligencia choca con nuestra biología, que entran en conflicto, que somos demasiado inteligentes para un cuerpo tan sometido a fuerzas primarias. Por eso algunos han empezado con la idea de lo Poshumano, deseando dar el salto de lo orgánico a lo mecánico, es decir, dejar atrás el cuerpo y sus debilidades. Pero cuando uno lee noticias como la de la alpinista muerta de frío por hacerse una foto en bikini, nos planteamos ¿qué es la inteligencia? O si se prefiere: ¿de qué nos sirve?



La pregunta "¿para qué nos sirve la inteligencia?" es pertinente desde el momento en el que hacemos tantas tonterías. Pero es más pertinente "¿para qué nos sirve la estupidez? ", ya que es el centro del problema. Creo que parte del problema es que hemos conseguido hacer rentable (para algunos) la estupidez. Pero los riesgos están claros. Es como si se tratara de una inversión de alto riesgo. Si tienes éxito, arrasas; pero como falles...
Siempre ha habido este tipo de incidentes, supongo. Pero solo ahora, con nuestros grandes avances comunicativos, es cuando corremos el peligro de comprobar que como especie inteligente dejamos bastante que desear.
La existencia de un público que nos mire nos fascina, bloquea o espolea, según los temperamentos. Asistimos a la crisis de la Ilustración por su vertiente más chusca: por el enaltecimiento de la estupidez a cargo de la masa que ríe las gracias.
Si los estudiosos de la lectura dicen que individualiza, los de la oralidad nos advierten de crea comunidades, que es lo que vivimos hoy, que comparten para bien y para mal lo que se les da. Lo malo es que lo que percibimos es la retroalimentación de la estupidez, que aumenta en cada proceso. La estupidez tira irremisiblemente para abajo, pero según parece, con una sensación de euforia, de embriaguez casi, que nos anestesia ante el castañazo.
El diario El País, que le dedica un artículo a la muerte de la alpinista congelada con el título acertado "Todo por los ‘followers’: Instagram y la era de la muerte absurda". En efecto, no puede calificarse de otro modo el episodio, por muy lamentable que sea. 

Puestos a ser diferentes, por ejemplo, podría haberse hecho selfies en las cumbres leyendo a Joyce. Eso le habría dado una exclusividad. Pero lo interesante estaba en el contraste entre el frío y el bikini, lo que finalmente la mató. 
Otros mueren haciendo balconing (¡cuántos en Ibiza!) o haciendo cualquier otra tontería. Para completar la estupidez, los "antiturismo" han lanzado una campaña "animando" al balconing. El único turista bueno es el turista muerto, parecen decir. 
La explicación del cónsul británico apunta a que en su país no hay muchas casas con balcón, lo que no deja de suponer su aportación a una concentración de estupideces alrededor de un hecho que cuesta  algunas vidas al año lanzándose por un balcón a una piscina. Aquí no mueren de frío, sino en un ambiente cálido y agradable, disfrutando de las últimas vacaciones de su corta vida.


Guillermo Alonso, el auto del artículo del diario El País explica sobre estas modas estúpidas:

Cada mes nos invade al menos una noticia de una muerte fácilmente evitable que siempre tiene la misma constante: la de alguien joven haciendo algo peligroso para trascender en las redes sociales. En julio de 2018 tres estrellas de un canal de YouTube centrado en experiencias extremas (Ryker Gamble, Alexey Lyakh y Megan Scraper) fallecieron tras caerse a una cascada en Canadá. Un año antes, en junio de 2017, un youtuber de Minnesota llamado Pedro Ruiz falleció cuando su mujer le disparó al pecho. Fue “accidental”: ambos grababan un vídeo en el que querían demostrar que un libro (que él tenía puesto en el pecho) detendría la bala. Pedro y su mujer tenían un hijo de 3 años y ella estaba embarazada de siete meses cuando tuvo lugar el disparo. Querían alcanzar con ello una legión de suscriptores en YouTube.
Las muertes absurdas siempre han existido. De hecho, su cantidad ha dado para hacer libros recopilatorios. Pero en la era de las redes sociales, al simple despiste se le añade la voluntad de arriesgarlo todo a cambio de la gloria online. La reciente película de Netflix A ciegas (Bird Box en su versión original), protagonizada por Sandra Bullock, desató a comienzos de 2019 una peligrosa moda de caminar por las calles con los ojos vendados (como deben hacer los protagonistas) y subir el resultado a la red con el hashtag #BirdBoxChallenge. El célebre youtuber Jake Paul llegó a conducir un coche con los ojos vendados en compañía de un amigo. Es el hermano del también youtuber Logan Paul, que sufrió una crisis de imagen y una fuga de anunciantes cuando grabó y subió a su canal un vídeo del cadáver de un hombre que se había suicidado en un bosque de Japón.*



Necesitamos un nuevo Desmond Morris que nos analice como animales estúpidos —no solo como "monos desnudos", como hizo— y ve la interacción existente entre el deseo de agradar (social) y el riesgo llevado al extremo (instinto de supervivencia).

En grandes números, lo que invertimos en educación y formación, en inteligencia, se anula con lo que invertimos en estupidez, equilibrándose ambas de alguna forma. Lo preocupante no es que haya personas estúpidas, que habiten entre nosotros, como se decía en las viejas películas de alienígenas. Lo peligroso es que están dentro de nosotros, en términos de porcentajes. Depende del contexto y depende del día, pero parece que no dejamos pasar una buena oportunidad de ser estúpidos. Ya no se trata de hacerse el tonto, sino de hacer el tonto. El reflexivo es esencial.
Pero, la inteligencia —como las cosas delicadas— hay que cuidarla. No en vano se habla de personas "cultivadas", para las personas que aprecian la cultura. Hay demasiada bazofia intelectual que nadie barre; demasiada benevolencia con lo del es solo entretenimiento. Puede que las personas cultas no sean inmunes al virus de la estupidez, pero tienen más argumentos de resistencia cuando no más ligereza en la huida. La estupidez arrastra.
Parte de nuestros avances se dan tanto por la sociabilidad, como hemos señalado, como por nuestra capacidad de imitación, una forma de aprendizaje. Pero los malos ejemplos son imitados igualmente, por lo que debería ser aprovechado beneficionamente, se nos vuelve en contra. También ocurre en la naturaleza, cuando un ñu o similar se despeña, todos los que le siguen (los followers) tienden a irse de cabeza al barranco. En este caso, la naturaleza prima a los que van más por libre. Y así se va perfeccionando el proceso. Quizá nuestra forma de selección sea la estupidez, como aseguran los promotores de los Darwin Awards, en donde celebran desde el punto de vista de la evolución que se pierdan por el camino los genes menos inteligentes. No es personal; dicen que es por el bien de todos.


La película de animación "Rompe Ralph Internet" realiza una sátira didáctica sobre esa extraña necesidad de realizar estupideces para conseguir que la gente te dé su apoyo en las redes. Cuanto mayores son las tonterías, más gustan. No sé si los niños captarán el mensaje. Para muchos adultos puede que sea demasiado tarde. 
Las preguntas que surgen en un mundo saturado de tonterías son fascinantes: ¿se pegan como la gripe? ¿Hay gente inmune? ¿Caeremos todos? Creo que la analogía epidemiológica es la más adecuada. Pero el problema que tenemos es el mismo que afecta a todas las ciencias sociales, nos estudiamos a nosotros mismos. Por ello la pregunta final solo puede ser una: ¿llegaremos a ser tan estúpidos que no nos demos cuenta de ello?


* "Todo por los ‘followers’: Instagram y la era de la muerte absurda" El país - Icon 24/01/2019 https://elpais.com/elpais/2019/01/23/icon/1548232862_861138.html



miércoles, 9 de enero de 2019

La carrera

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
A diferencia de los convencidos del progreso de la Humanidad, el escritor Gustave Flaubert sostenía que la inteligencia y la estupidez avanzan en paralelo. El siglo XIX se denomina el "siglo del progreso" y, como heredero del "siglo de las luces" tenía fe en que los grandes avances científicos y tecnológicos producidos en ese tiempo, los descubrimientos que transformaron el planeta con la luz eléctrica, con los motores de vapor o de explosión, los ferrocarriles, etc. transformarían también nuestras mentes. El mundo solo podría ser mejor. En esta mejora la Ciencia y la Tecnología eran sustanciales. Si el siglo de las Luces había sido filosófico, el positivista siglo XIX sería sobre todo de mente científica y de hechos transformadores basados en las aplicaciones de esos descubrimientos, como las leyes del electromagnetismo, la poderosa idea de "energía", etc.
Pero el tiempo o los hechos, como prefiramos, parecen haber dado a Flaubert algo de razón. Un mundo tecnológico, con conocimientos científicos, no necesariamente va a mejor. Más allá de las críticas rousseaunianas al progreso,  el mundo que surgió de la revolución industrial y que causó una verdadera conmoción social. Cambio las mentalidades y la vida cotidiana, reorganizó saberes y profesiones, cambió las relaciones generacionales, comenzó a ser consciente de las discriminaciones de género con el sufragismo y al ser consciente de los límites del acceso de la mujer al conocimiento por su exclusión de las universidades, etc.


En realidad, muchos de los fenómenos que consideramos históricos surgen en eso que Michel Foucault llamó "brecha" o "cesura" entre el siglo XVIII y el siglo XIX. Es ahí cuando se produce un gran cambio que afecta al "estable" mundo anterior y abre las puertas a algo llamado "cambio" que no se les había pasado por las mentes a los anteriores que pudiera ser tan importante.
El concepto de "cambio" es parejo al de "progreso". Ambos implican que la situación en que se vive es provisional, que está sujeta a una dinámica que hace que lo que hoy es  importante o esencial mañana sea visto como una carga. De hecho, todo es visto como carga en la medida que es el movimiento constante (el progreso) lo que es esencial en la vida.
El siglo XIX se ve sacudido con esa idea de cambio también en la Biología. Frente al estatismo creacionista que había sido doctrina oficial, basada en la autoridad de las Escrituras, también la Naturaleza se contagió del dinamismo evolucionista.
De repente todo estaba sujeto a cambios, el mundo físico, la vida y la cultura. Se empezó a querer ser "creativo", "original", etc. conceptos que implicaban un deseo de cambio y consecuentemente un desmarque de lo anterior, cuyo sentido más claro lo encontramos en las "vanguardias", término que explica perfectamente la idea del cambio como centro. Se pasó de mirar hacia atrás, el clasicismo, a la necesidad de hacer algo nuevo, algo distinto, a la "innovación" como valor absoluto. De lo duradero a lo desechable, ya sean ideas, objetos o relaciones; de la estabilidad al cambio; la crisis como oportunidad.
Este proceso se da de forma generalizada, aunque hay que señalar importantes matices en las resistencias. El cambio tiene muchas implicaciones a las que hay que añadir los efectos del cambio mismo. Es importante distinguirlos. A la idea de que todo se transforma se contrapone la resistencia al cambio por las implicaciones traumáticas que el cambio puede tener en el campo específico.
En su muy interesante obra Convergencias, centrada en cómo ese dinamismo llevó a la concepción unificadora de la Naturaleza, tanto en el aspecto físico como en el biológico, Peter Watson escribe en el segundo capítulo:

Hoy puede resultarnos difícil de comprender, pero a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, cuando los filólogos atacaban los fundamentos del cristianismo (por ejemplo, poniendo en evidencia los absurdos y las incoherencias de la Biblia), los hombres de ciencia, en su mayoría, no intervinieron. En su mayor parte, los biólogos, los químicos y los fisiólogos  siguieron siendo devotos religiosos. Lo mismo se podía decir, de nuevo en términos generales, de quienes practicaban las dos ciencias que habrían de producir las pruebas más convincentes de que la cronología bíblica era errónea: la astronomía y la geología.


La observación es interesante porque muestra la idea de los "marcos" y la capacidad de resistencia variable en función de los campos. La tendencia a la estabilidad (no cambio) puede ser compatible con cambios en otros sentidos más locales. Es decir, no se mueve la totalidad, sino el área específica. La observación de Watson implica que los cambios propuestos desde el mundo de las Letras afectaban al mundo como una totalidad que debía ser interpretada, por decirlo así, mientras que los cambios que ocupaban a los "científicos" tenían efectos "locales". Las incoherencias, como señala Watson, se producen precisamente por las contradicciones entre lo que la realidad muestra y lo que el texto nos dice.
Nuestro mundo es dinámico, aunque no tenga una meta. Se mueve, aunque no sepa hacia dónde. Pero este movimiento constante, convertido en destino, produce estrés, es traumático. Quizá estemos llegando al límite de velocidad que podemos soportar. Las angustias que el propio cambio produce, traducidas a inseguridad, tienen sus efectos sobre la salud física, mental y social. Hay adictos al cambio, insatisfechos perpetuos. Han asimilado precisamente esa necesidad de estar entre el ser y el no ser, que es el estado intermedio; no un "ser para", sino un "ser entre", un desplazamiento entre lo que se fue y lo que puede ser. Sobrepasado el estatismo del esencialismo, desbordada la humanidad de la existencia, queda ese ser en tránsito, fantasmático, proteico, que es definido por su posición (roles) o por su huella (perfil).

Nuestro mundo, por lo que vemos cada día, está en una tensión permanente entre el cambio por el cambio y el retroceso por el retroceso. Las últimas décadas que han sido las de la explosión informativa gracias al universo creado por la interconexión han mostrado la idea de Flaubert: el avance paralelo de la inteligencia y la estupidez. Es sorprendente que en este mundo de acceso a la información se nos den datos del avance de ciertas ideas retrógradas en los países más avanzados del planeta. Son ideas que prescinden de lo conocido para entrar en lo deseado, en eso que alguien ha llamado "alternativo". El retroceso, en este caso, es también una forma de cambio, pero hacia atrás, casi siempre un "atrás" idealizado.
Estamos generando nuestras propias formas de estupidez contemporánea, como señalaba Flaubert de su propio tiempo. Distinguió entre la estupidez novelesca, la vivida por Emma Bovary, y la estupidez científica, la representada por los burgueses Bouvard y Pécuchet, decididos a compilar la ciencia de su tiempo en un diccionario. En Emma describió la vida de quien vive una fantasía cegada por los poetas; en su obra inacabada, las contradicciones de los que quieren encerrar el mundo en discursos técnico científicos, algo que ya estaba esbozado en el farmacéutico Homais, en Madame Bovary.
Nuestra estupidez contemporánea es difícil de describir por exceso de variantes. La degradación de la cultura a manos del mero "entretenimiento" es cada vez más grosero, cada vez más influyente. Hoy tenemos Info-entretenimiento, pero también política-entretenimiento y hasta ciencia-entretenimiento. Nada se abre paso sin fórmulas que lo acomoden a los que lo reciben. La vida de unos sirve como entretenimiento, como en los realities, frente a la idea antigua de ejemplaridad, como en Plutarco. No miramos para aprender, sino para estar entretenidos en ese movimiento constante y sin dirección hacia un futuro que es como un piso-piloto del mañana. 
Miramos para no vernos, para no pensarnos, objetos fugaces para nosotros mismos.
Debemos preguntarnos quizá si no nos está empezando a ganar la estupidez, si no va cogiendo cierta ventaja en esta carrera sin sentido.